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Como desde Heidegger es tópico, llamó éxtasis de la temporalidad de la existencia a la distensión de esta desde un presente hacia un pasado y un futuro.
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Acaso nadie haya expresado tan clara y bellamente como Georges Duhamel este carácter de «morada transtemporal» que por obra del acto confidencial adquiere la convivencia:
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En los movimientos y las operaciones de un individuo humano, el momento cósmico u orgánico y el momento transcósmico o personal de su existencia se funden entre sí, en efecto, de un modo más o menos unitario. Hay por un lado movimientos somáticos casi puramente mecánicos o cósmicos: por ejemplo, el descenso del paracaidista hacia la tierra cuando se lanza desde el avión. Hay por otra parte actos mentales casi puramente íntimos o transcósmicos; por ejemplo, la evidencia intelectual, el acto mental de descubrir la verdad como evidente. Sólo casi puramente mecánica, aquéllos, porque aun cuando su cuerpo se halle sometido mecánicamente a la gravitación, el paracaidista «personaliza» de algún modo su descenso; sólo casi puramente íntimos, éstos, porque también el acto espiritual de la evidencia lleva consigo una mínima alteración corporal. Por eso en las líneas anteriores he usado con cierto énfasis el adverbio «preponderantemente». Como ha escrito Zubiri, en el hombre «todo lo biológico es mental y todo lo mental es biológico»
; pero en la realidad de cada uno de los actos humanos prepondera unas veces lo biológico y otras lo mental. No será a nadie difícil añadir nuevos ejemplos a los dos -el descenso del paracaidista, la evidencia intelectual- ahora mencionados.
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Muy finamente, el francés coloquial suele distinguir entre el nous y nous deux; expresión esta última de clara significación diádica. En menor medida, algo de esto hay también en el «nosotros dos» español.
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La novela, el teatro y el cine de los últimos años ha manejado tópicamente -con sutileza o sin ella- el tema de la «incomunicación»: vivir auténticamente sería «estar incomunicado». Tal conclusión, ¿no será, me pregunto, el resultado de haber intentado reducir la existencia personal a la suma de la «conciencia de sí» y la «conciencia del placer», especialmente del placer erótico? A mi modo de ver, este era el sentido antropológico del tedio a que tan magistralmente daban expresión -valga este único ejemplo- las primeras secuencias de «El eclipse», de Antonioni. En páginas ulteriores reaparecerá el tema de la incomunicación.
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Véase la Theorie des Vertrauens de este autor (Berlín, 1957). Piensa con razón Schottlaender que el mundo está viviendo un proceso de «consunción de la confianza», cuyas principales notas serían la divinización del trabajo, la contienda de las exigencias de lealtad, el fanatismo de la seguridad (racionalización y ansia de previsión de la vida), la pérdida de interés por un verdadero conocimiento interpersonal, el temor a juzgar, el agnosticismo psicológico-moral y el hábito de la abstracción generalizadora; y estima que el cultivo de la amistad puede ayudar eficazmente a la reconquista del bien de la confianza. Quien sólo se fía de lo racionalmente previsible -podría decirse-, vive día tras día bajo el peligro de la desesperación; quien confía en un amigo vive más resguardado de la desesperación, porque conoce la confianza.
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Excluyo, claro está, las acepciones precristianas -en el fondo, meramente sociales y jurídicas- del término griego prósôpon y de la palabra latina persona.
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Sería improcedente dar aquí más detalles acerca de los conceptos fundamentales de la metafísica de Zubiri. Aquéllos a quienes estos conceptos interesen, deberán buscarlos en las páginas de Sobre la esencia y -si esto les es posible- en los cursos con que luego ha desarrollado su autor el pensamiento de ese libro fundamental.
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El fundamento último de lo real, dirá luego Zubiri, posee estas tres notas esenciales: además de último, es posibilitante e impelente.
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El lector avisado advertirá sin dificultad que mi expresión alude a la vieja idea de Pierre Janet, según la cual el desorden fundamental de la «psicastenia» es un trastorno de la que él llamaba «función de lo real». No pretendo yo afirmar, naturalmente, que un hombre sin creencias relativamente firmes -las que sean- es un psicastánico; pero sí que su conducta en el mundo mostrará una versatilidad y una desazón «psicastenoides».