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Alguna vez me he preguntado si esta concepción marxista -o marxiana- del trabajo no llevará en su seno, acaso sin que el propio Marx fuera consciente de ello, una secularización materialista y dialéctica de la relación entre el hombre y el cosmos que esboza San Pablo en Rom. VIII, 19-22. Afirma San Pablo que la creación entera -por tanto, el universo- se halla «en impaciente espera» y como «con dolores de parto» hasta que llegue «la manifestación de los hijos de Dios»; esto es, la comunión del hombre en su plenitud con las criaturas no humanas. Tal sería para San Pablo -pienso yo- el sentido cristiano del trabajo. El pensamiento de Marx, ¿no viene a ser una secularización materialista y atea de esta idea cristiana y paulina? He aquí un punto más para el diálogo entre los cristianos y los marxistas.

 

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Aludo ahora al autor de El capital y a los marxistas doctrinarios que hasta hace poco parecían haber monopolizado ese pensamiento; pero en la mente filosófica del joven Marx -e incluso, veladamente, en un par de líneas del propio Manifiesto comunista- el amor tenía su puesto. Véase lo que a este respecto se dice en el capítulo de la segunda parte consagrado a la ascética de la amistad.

 

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A veces de un modo más adversativo que complementario: cuando, bajo forma de «dictadura del proletariado», el marxismo niega de hecho el ejercicio público de la libertad.

 

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Pasando bruscamente del orden de los magnos sucesos universales al de las mínimas anécdotas locales, no resisto la tentación de contar una -de gran calado antropológico, bien mirada, y en muy estrecha relación con lo que ahora acabo de apuntar- procedente de la vida política de Cánovas del Castillo. Hallábase este dictando cartas a su secretario Morlesín, y le llegó su turno a una con la que el político había de dar respuesta a cierta petición, también epistolar, de un caciquillo rural. «Escriba, Morlesín: Querido amigo...». El secretario queda un momento inmóvil y silencioso, y replica con respeto: «Pero, don Antonio, ¿cómo llama usted amigo a este hombre, si ni siquiera le conoce?». A lo cual Cánovas, tan ingenioso como profundo, bajo la ocasional levedad de sus palabras, repuso sin demora: «Observe, Morlesín, que yo no le digo Mi querido amigo, sino tan solo Querido amigo. ¡Alguno tendrá!».

 

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Un verdadero amigo -sostiene Shaftesbury en otra página de The Moralists, recogida luego en Characteristics of Men, Manners, Opinions, Times (London, 1711)- debe ser a la vez un amigo de la humanidad; lo cual es muy cierto, pero, como veremos, por razones más complejas que esa ingénita «simpatía» del Self.

 

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Merece el título de «exquisito» -suele decir Xavier Zubiri- el hombre que puede prescindir de todo, pero al que nada le es indiferente. En el orden de la vida en amistad, esto es lo que venía a pensar Emerson.

 

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Desde esta segunda mitad del siglo XX, un cristiano cabal respondería a Nietzsche: «Para mí, el amor al prójimo comporta el amor al lejano; para mí, el amor al lejano exige el amor al prójimo; para mí, el prójimo llega a su máxima projimidad cuando soy su amigo».

 

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«Harás educar a tus hijos por tus amigos», dice el sexto de «Los diez mandamientos del librepensador» que contenían los escritos póstumos de Nietzsche.

 

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Lo cual no quiere decir que la extinción del siglo XIX y el orto del siglo XX no trajeran consigo, tanto en el pensamiento científico y filosófico como en la creación literaria, decisivas novedades históricas: la nueva física (Becquerel, Planck, Einstein), la nueva filosofía (Bergson, Husserl, Scheler), la nueva biología (de Vries, von Uexküll); y, por debajo de ellas, el profundo sentimiento de alienación que frente al general estilo del vivir latía en las almas de no pocos de los hombres más representativos de la época: después de Nietzsche -muerto, como he dicho, en 1900, pero herido de muerte por la locura ya diez años antes-, J. Burckhardt, Bergson, Stefan George, Bernard Shaw, Unamuno, Maeterlinck, D'Annunzio. Pero en torno a todos estos pensadores, hombres de ciencia y poetas, la vida europea de 1910 apenas parecía haber cambiado respecto de lo que había sido en 1900.

 

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En esa preciosa conferencia había un designio fundamental: denunciar coram populo -copio literalmente- «que la más grande limitación de la gente hispana estriba en algo vergonzoso, en algo que es, por definición, un vicio de esclavo: en la incapacidad específica para el ejercicio de la amistad»; en el hecho de que «la amistad no parece, por lo común, entre nosotros, blanda y voluptuosa disposición sentimental, sino ejercicio voluntario, análogo al de la castidad esforzada y viril. Somos amigos, cuando lo somos, como podemos ser castos, cuando lo podemos ser: por obra y fábrica de dominación». Sería esa lacra «una especie de estado morboso, una impotencia, tal vez aparente, hay que esperarlo, tal vez debida más a falta de ejercicio que a falta radical de disposición». Muy kantianamente, tal vez sin sospecharlo su autor, la conferencia termina así: «Quisiera -dice a menudo Octavio de Romeu-, quisiera, cuando la hora fuese llegada, morir en los dulces brazos de un amigo tal, que, con conocernos de toda la vida y amarnos con toda el alma, no nos hubiésemos tuteado nunca». ¿No hay en estas palabras una como exageración irónica, bajo forma de cortesía, del «respeto» kantiano?