21
No es difícil ver en esta expresión la resuelta actitud de Santo Tomás en la vieja polémica entre la vida eremítica y la vida cenobítica, respecto de la verdadera perfección cristiana. También para la perfección de la vida contemplativa son necesarias la compañía y la amistad. O bien, en términos institucionales e históricos: la urbana «vida común» del frater es más adecuada para el pleno desarrollo en Cristo de todas las virtualidades de la naturaleza humana que la agreste «vida solitaria» del primitivo monakhós.
22
Bien merecen una breve nota, tras este también breve comentario de la famosa sentencia de Montaigne, las ideas de su amigo Pierre Charron (De la sagesse, Bordeaux, 1601) acerca de la amistad. Para Charron, el hombre sólo es verdadera y plenamente hombre cuando de algún modo se aparta del mundo para comunicarse con alguien, ya à un sien bien confident, ya, au pis aller, à soy mesme; de ahí su alta estima de la amistad. Esta sería el alma y la vida del mundo, y más necesaria que el fuego y el agua. Es el verdadero fundamento de la sociedad, y sólo a los tiranos y a los monstruos desplace. Nace de la libertad y la elección; pero cuando es firme e intensa, conduce a la fusión de las almas de aquellos a quienes vincula. Dos formas cardinales habría en la realización de la amistad: la amistad de la droite ligne (entre superiores e inferiores) y la amistad de la ligne collatérale (entre iguales o casi iguales). Ambas se realizarían simultáneamente en el matrimonio.
23
Antes de hacerlo, no será inoportuno recordar que el tema de la amistad, aun cuando no sistemáticamente tratado, no deja de estar presente en la obra de los grandes pensadores del mundo moderno anteriores a Kant. En sus Sermones fideles, sir Francis Bacon sostiene, como los antiguos epicúreos, que el principio de la utilidad es el fundamento de la relación amistosa, y su conducta en el famoso proceso contra el conde de Essex, su antiguo amigo, demostró bien a las claras que supo ser consecuente con sus propias ideas. La brevísima consideración de la amistad en Les passions de l'âme, de Descartes -diferencia entre afección, amistad y devoción, arts. 82 y 83-, no tiene mayor importancia. Más significativas y cartesianas son las reflexiones acerca de aquélla en una carta a Chanut (Adam y Tannery, V, 56 ss.): habría, dice Descartes, dos modos cardinales de la amistad, uno consecutivo a la mutua atracción de dos res extensae y otro, más elevado, resultante de la afinidad de dos res cogitantes. Para el individualismo racionalista de Spinoza, los hombres, enemigos entre sí por naturaleza, sólo por obra de la razón podrían llegar a concordia y amistad; y así nada es más útil para el hombre que otro hombre cuya vida sea regida por la razón (Ethices IV, 35, 1). Para Leibniz, en cambio, la amistad es una tendencia radical de nuestra naturaleza (Nouveaux essais I, 2, y De vita beata, II, 4). En el mismo sentido habla Wolff. Sobre los pensadores de la Ilustración inglesa (Cumberland, Shaftesbury, Hutcheson, Hume), véase lo que en el capítulo siguiente se dice. Los materialistas franceses del siglo XVIII (Helvetius, Holbach) sólo mediante la necesidad y el interés del individuo son capaces de explicar la amistad. Entre los ilustrados alemanes -Gleim, Klopstock, Winckelmann, etc.- la amistad fue a la vez íntimo menester y objeto de veneración: «Amistad y amor representaban la más exacta concordancia de las almas y eran un símbolo de la armonía del mundo»
, escribirá Kuno Fischer, describiendo esta época de la cultura de su país (Geschichte der neueren Philosophie, 4.ª ed., III, 723). Pero el pensamiento de estos hombres acerca de la amistad no estuvo, preciso es reconocerlo, a la altura de su vehemente entusiasmo por ella. Véase, si no, el abundante material recopilado por W. Rasch en su estudio sobre el culto a la amistad en la literatura alemana del siglo XVIII (su referencia precisa, en la bibliografía correspondiente a la segunda parte).
24
En uno de los artículos políticos de la juventud de Ortega descubro la siguiente apología del respeto, acaso determinada por la temprana impregnación kantiana de la mente de su autor: «Tal vez nada mueva mi pluma con tanto afán como el ansia de ver todas las cosas nacionales instauradas en el respeto: Instaurare omnia in Christo. Es para mí el respeto la virtud socializadora por excelencia, la emoción religiosa (de religare, atar)... Por eso Goethe busca en el sentimiento de la respetuosidad la esencia de la religión»
(«Fuera de la discreción», El Imparcial, 13, IX, 1909; O. C., X, 95).
25
La comparación entre la amistad y la gravitación -y en cierto modo la referencia de aquella a esta- hállase temáticamente expuesta en Hutcheson, Essay on the nature and conduct of passions and affections, IV, 4.
26
Que Kant tuvo amigos, en el más estricto sentido de la palabra, lo demuestran sus cartas. Véase una bien evidente prueba de ello en Immanuel Kant in Briefen an einen Freund, von Reinh. Bernh. Jachmann (Königsberg, 1804, y luego Berlín, «Deutsche Bibliothek»); y por supuesto, en los volúmenes 10 («Briefe von und an Kant») y 11 («Kants Leben und Lehre») de las Immanuel Kants Werke editadas por E. Cassirer.
27
El carácter protestante -y precisamente por esto «moderno» y de algún modo «actual»- del pensamiento kantiano sobre la amistad me parece indiscutible. El «respeto» que Kant propugna vendría a ser un acto de culto individual ante la divinidad en que se cree, por parte de quien en su persona es a la vez «realidad sacra» y «sacerdote» de esa divinidad.
28
Desde un punto de vista meramente textual, ¿puede admitirse esta afirmación de Hegel? No lo creo. Cristo dijo a sus discípulos «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»
(Joh. XV, 2) y -por otra parte- «No os llamaré en adelante mis servidores, porque el servidor ignora lo que hace su dueño, sino mis amigos, porque todo lo que yo he oído de mi Padre, a vosotros os lo he dado a conocer»
(Joh. XV, 15). El mandamiento evangélico de la amistad es bien notorio.
29
Ya en Aristóteles (Eth. Nic., 1157 b 23, 1161 a 25, etc.) aparece expresamente nombrada, con el término hê hetairikê, la relación que nosotros llamamos «camaradería», aunque más bien referida al gusto común («encontrar gusto en las mismas cosas»
) que al común quehacer. Diógenes Laercio, por su parte, distingue tres modos en la amistad: la «física» o «por lazos de sangre» (physikê), la de «camaradería» (hetairikê), y la «de hospitalidad» (xenikê), de las cuales solo la segunda merecería en rigor el nombre de philía (D. L., III, 81). La novedad de Hegel -decisiva, como veremos, en la historia de Occidente, y por extensión en la universal- consiste en conceptuar formalmente la amistad como camaradería, según el sentido de esta arriba apuntado: como servicio común y solidario a la empresa de conseguir un bien objetivo, y en el mejor de los casos universal.
30
Sobre el problema histórico y filosófico de la relación entre la Entfremdung («alienación») de que habla Marx y la Entfremdung de que antes había hablado Hegel, tema tratado hoy en una ya bastante extensa bibliografía, no debo entrar aquí.