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Referencias de los epígrafes:

  • - Fragmento de la «Introducción» a Epístolas y poemas de Darío citado por Sergio Ramírez en Balcanes y volcanes (202).
  • - «Conversaciones con Sandino. Ramón de Belausteguigoitia (febrero de 1933)», en El pensamiento vivo de Sandino (295) de Sergio Ramírez.
  • - Epígrafe de Mis días con el Rector de Sergio Ramírez.
  • - Discurso proferido con motivo del título de Doctor Honoris Causa, Universidad Central de Ecuador. Véase Las armas del futuro, p. IX; y Seguimos de frente (347 o 355).
 

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Según él, Rubén Darío, un poeta, sin caballo y sin espada, se ha convertido en un héroe nacional y le ha dado identidad a Nicaragua a través de la palabra; la vida y las hazañas de Sandino lo conmueven y lo llenan de orgullo, siente que Nicaragua no sería la misma sin su ejemplo, sin su gesta libertaria (2004b: 199). Nada sorprendente entonces si Sergio Ramírez conoce casi de memoria la obra poética del gran vate al que ya integró en varias novelas, y si recopiló escritos y otros documentos del rebelde nacionalista sobre el que confiesa tener archivadas unas tres mil fichas con la perspectiva de una posible novela en la que presentarlo como un ser humano (201).

 

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Ese hombre al que vemos condecorando a Sergio con la medalla del mejor alumno de la promoción de 1962 en una de las fotos de Una vida por la palabra, lo exhortó a escribir y a alejarse del país, a conocer mundo para no terminar ahogado por el medio provinciano. Le sugirió que se fuera a Costa Rica, lo que hizo su «discípulo» en 1964 (87 y 92).

 

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Ninguna euforia, como la del mítico julio de 1979, se apoderó de Nicaragua que, al contrario, parecía sumida en un duelo nacional, si se cree a Gioconda Belli para la que aquel día fue el más triste de su vida: «fue como si a todos se nos quebrara la columna vertebral [...]. El pueblo nos rechazaba. Nunca creí que me tocaría vivir ese día. La desolación también se me llenó de muertos pero esta vez fue terrible. Sentí que todos volvían a morir, y que ahora sus muertes eran vanas, inútiles. Vidas perdidas. Tantas vidas perdidas. Muchas más ahora. Con la guerra contrarrevolucionaria eran más de cincuenta mil los muertos. Y todo se terminaba allí» (2001: 395-396).