Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Ser y tiempo en la lírica de Leopoldo de Luis

Francisco Morales Lomas

A propósito de la poesía de Hölderlin decía el filósofo Martin Heidegger en un estudio dedicado al poeta alemán amigo de Hegel: «En la poesía se recoge el Hombre al fundamento y fondo de su realidad, y en él llega a aquietarse». Palabras premonitorias que coinciden totalmente con la concepción poética de Leopoldo de Luis, pues no cabe la menor duda de que el ser humano es en primera instancia la materia prima de toda la lírica del autor cordobés. Decía este en Reflexiones sobre mi poesía que «la poesía debe reflejar el hombre» porque «es la forma de expresar una entrañable realidad humana». De ahí la constante presencia de este debate existencial en el que poesía y ser son sinónimos. Pero frente a una lírica onanista o narcisista en el que el poeta es blanco de sí mismo, la lírica de Leopoldo de Luis trasciende el status subjetivo para adentrarse en el sufrimiento y penalidades de los demás, creando una poesía socializante de amplio vuelo y profundamente solidaria con el ser humano en mayúscula. Pues como decía Gabriel Celaya «ser poeta es vivir como propio lo ajeno, traspasar lo individual, producirse en lo otro» y nuestro autor añade: «La poesía es restitución: el poeta devuelve a su pueblo, hecho poesía, lo que de su pueblo recibe». Se adentra así Leopoldo de Luis en una suerte de dialogía en el que el fundamento son las historias de la colectividad y su paso por un tiempo muy concreto que corresponde a toda la posguerra española. El tiempo que le toca vivir, como sucediera a Machado con el que tantas veces se le compara (aunque hay evidentes diferencias), es desmoronado parsimoniosamente en una lírica reflexiva dirigida al interior del ser humano, una lírica trascendente de corte metafísico en la que se ha cuidado muchísimo un discurso moral y progresista. La presencia constante de ese ser humano nos trae a la memoria el ensayo de Heidegger cuando reflexionaba sobre ¿quién es el hombre? y añadía: «Un ser que ha de dar testimonio de lo que es [...] Pero ¿qué es lo que debe testimoniar el hombre? Su pertenencia a la Tierra. Y consiste tal pertenencia en que el Hombre es el heredero de todas las cosas, y el aprendiz de todas. Mas las cosas se mantienen siempre en Combate». Este combate del ser humano con el tiempo que le toca vivir surge con una enorme fuerza y sinceridad en los cercanos poemas de Leopoldo de Luis.

Tras la experiencia traumática de nuestra incivil guerra aspira la metralla del dolor y su poesía se convierte en todo un proyecto de vida, una forma de esclarecer el mundo y vivificarlo: «Hay una patria de esperanza y sombra / donde amanece el hombre cada día, / tierras aradas en silencio, campos / que en soledad siguen soñando vida». En toda su lírica vital y humana hay una permanencia constante de lo que Ungaretti llamó en uno de sus títulos el sentimiento del tiempo. El tiempo que le toca vivir es duro, arduo, lleno de penalidades y persecuciones, un tiempo de diablos y muerte. Esa situación vital acompaña a los poemas trasladando un tono apesadumbrado y triste en muchas ocasiones, un tono desfallecido como si se quisiera arrojar la toalla, pero Leopoldo de Luis cree en el hombre Homo sum, nihil humani a me alienum puto», dijo Hölderlin) y en su poesía siempre vence la esperanza, a pesar de ese tiempo de perros que es la posguerra: «tomo el metal oscuro de estos versos / la sonora hoja azul de estas palabras, / las saco al rojo de mi lumbre, templo / su hierro sumergiéndolo en el agua / de mis ojos y busco una vez y otra / conseguir un acero de esperanzas». Su poesía, por tanto, es una forma de respirar, de ser, es una poesía necesaria, el lugar de encuentro con las heridas que nacen de la emoción ante la existencia. Vivir es emocionarse, pero en la emoción también hay tragedia, porque como muy bien dice el autor «la emoción la pone la herida». «Soy aquel joven muerto frente al alba / que avanza hacia tu otoño, atravesado / el pecho por la luz de un orificio / por el que se descubren años, sombras, / y un paisaje remoto se trasluce». El poema es un reflejo solemne y directo de la condición humana y las palabras son el reencuentro, la sangre de esos campos calcinados por los ocasos. De ahí que cuando esa imagen domeñada se hace materia poética la lírica deviene como un bálsamo en las heridas que los cascos de los caballos de la vida han horadado.

Siempre «en el principio de la vida era / un hombre al borde de un camino», un hombre que ofrece su testimonio en la tierra, esa yacija que nos delimita con su constancia y permanencia. El discurso elegíaco de Leopoldo de Luis es uno de los más recios y sentidos de la literatura española contemporánea, porque está transido de sinceridad y autenticidad, y en cierto modo es un reconocimiento de la colectividad que le da sus armas al poeta para que a través de la palabra produzca la vida. La poesía se conviene en una forma de ejercicio de la libertad, pero también en un consuelo. La poesía así entendida es un arma necesaria para que la vida no nos absorba en sus celajes.

Uno de los temas conscientes y permanentes en su lírica es el tema del espejo. Dice a este propósito Leopoldo de Luis: «no es que el poema nos retrate, es que nos espeja. El espejo es mucho más que el retrato. Un retrato nos inmoviliza; un espejo nos dinamiza». Y así añade en uno de sus poemas titulado «El espejo»: «Sólo somos figuras proyectadas / sobre un cristal, pero jamás nos vemos». Íntimamente unido a este concepto está el de testimonio. En ese espejo se refleja la realidad y el compromiso del escritor con su tiempo. En su momento definió Manrique de Lara esta poesía en los siguientes términos: «lo que hace el poeta es mostrar un problema que le afecta y conmociona, no con una emoción intemporal como podría ser la belleza, el amor, o la libertad anárquica con que pueda comportarse, sino con una pasión por lo que está sucediendo en su contorno».

Como en su momento citaba en mi artículo «Humanismo en la lírica vital de Leopoldo de Luis» su lírica, más de castellano grave que de andaluz, nace en el día a día, en la experiencia cotidiana y también en esa memoria de lo que ha vivido. De ahí la presencia constante de personas y cosas cercanas: el hijo, el padre, la esposa, la casa... a través de la que se adquiere una trascendencia vital. En definitiva, una poesía que trasciende una época y bucea en los temas que siempre han acuciado al ser humano.