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Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, «Una vida ejemplar: La estrategia de Recuerdos de provincia», en Literatura/Sociedad (Buenos Aires: Hachette, 1983), en especial pp. 174-180. Mi deuda con este trabajo, el más lúcido y estimulante de cuanto se ha escrito sobre Recuerdos, es considerable.
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«Reminiscencias de la vida literaria», en Obras completas, t. I, p. 335.
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«Toda enseñanza y cualquier adquisición cultural se le aparece metaforizada como libro. Los ejemplos de esta condensación de lo oral y lo escrito/impreso son reiterados: cuando el personaje de Recuerdos es consultado sobre su opinión, literalmente le salen "las páginas de un libro de los labios"; en Copiapó, cuando expone sus ideas acerca de la colonización del sur ante sus amigos, afirma que edita un libro oralmente...»
(Altamirano y Sarlo, pp. 184-186).
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Véase, por ejemplo, el dogmático rechazo de Manuel Gálvez: «Todo lo ha devorado en desorden, sin maestros. Muchas cosas no puede haberlas comprendido, si bien las retiene porque le sobra memoria. Esta formación intelectual deplorable, sin la menor disciplina, marca el espíritu de Sarmiento para toda su vida... En estas cosas, cuando se empieza mal se sigue mal»
(Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad [Buenos Aires: Emecé, 1945], p. 42).
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No carece de humor la descripción que hace Sarmiento del error de Funes: «[E]l autor usa de los tesoros de su erudición, tanto en las americanas crónicas como en los libros clásicos de la Europa, que casi él solo poseía, con un total olvido de que escribía en el albor de una época que iba a poner al alcance de todos los elementos mismos de su saber. Así, el lector empezó a percibirse en muchos de sus trabajos de que ocurrían frases, períodos, que ya habían sonado gratos a sus oídos, y páginas que los ojos se acordaban de haber visto»
(III, p. 127).