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Santiago, Jerusalén, Roma

Francisco de Cárdenas





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Cumpliendo el encargo del Sr. Director de proponer á la Academia el informe que á mi juicio debe darse al Gobierno de S. M. para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875 y Real orden de 23 de Junio de 1876 sobre el tomo III y último de la   —246→   obra escrita por los Sres. D. José Fernández Sánchez y D. Francisco Freire Barreiro con el título de Santiago, Jerusalén, Roma, tengo el honor de someter al acuerdo de esta ilustre Corporación el siguiente:

Esta Real Academia tuvo el honor de informar á V. E.1 que los dos primeros tomos de Santiago, Jerusalén, Roma; Diario de una peregrinación á estos y otros santos lugares, escritos por los Sres. Fernández Sánchez y Freire Barreiro, eran un libro interesante, instructivo y ameno, con todas las condiciones que requieren el Real decreto de 12 de Marzo de 1875 y la Real orden de 23 de Junio de 1876 para optar á la subvención del Estado. Sometido ahora á su examen el tomo III de la misma obra, cúmplele sólo investigar si desmerece de los anteriores, ó si reune como ellos las condiciones de originalidad, mérito relevante y utilidad para las bibliotecas que requieren las disposiciones citadas.

Comprende este tercer tomo un grueso volumen en 4.º mayor de 1268-XXII páginas con profusión de grabados. Contiene el viaje de los autores volviendo de Tierra Santa por Turquía, Grecia, Italia, Francia é Inglaterra, hasta su llegada á Santiago en España. Embarcados en el puerto de Beiruth, siguen las costas meridionales del Asia Menor, se detienen en Rodas, en Quios, en Esmirna y en Metelín ó sea la antigua Mitilene, cuyas ciudades describen, haciendo notar sus monumentos y curiosidades. Pasan de allí á Constantinopla y la visitan detenidamente, dando detalladas noticias de sus palacios, mezquitas, lugares notables, iglesias, casas religiosas, instituciones y costumbres locales. De allí arriban á las costas de Grecia, desembarcan en el Pireo, entran en Atenas, la describen, reseñando sus ruinas y sus antigüedades, particularmente las de la Acrópolis, el Partenón y el Erectyón. Vienen luego á Sicilia, donde visitan y examinan cuidadosamente las ciudades de Mesina, Palermo y Monreale. Entran en el admirable golfo de Nápoles, recorren la ciudad, examinan sus numerosos palacios, museos, iglesias, antigüedades y   —247→   monumentos, suben al cráter del Vesubio, descienden á las interesantes ruinas de Herculano y Pompeya, y contemplan las de Cuma, Baias y la deliciosa Cápua. Parten de allí para Roma, deteniéndose en el camino para visitar el famoso monasterio de Montecasino. Llegan á la ciudad eterna para admirar las magnificencias de sus basílicas y templos, los preciosos tesoros del Vaticano, sus ricas bibliotecas, sus palacios suntuosos, sus venerables catacumbas y sus memorables ruinas de foros, termas, arcos triunfales, circos, acueductos, teatros, pórticos y templos paganos. Siguiendo su camino de regreso, hacen breve parada en la milagrosa Loreto, en la ciudad en que nació y dejó tan preciosos recuerdos de su vida San Francisco de Asís; en Florencia, emporio de las bellas artes; en Bolonia, madre de tantos sabios ilustres; en Padua, cuya historia está enlazada con la de uno de los santos más populares de la cristiandad, que lleva su nombre; en la inmutable Venecia, cuyos edificios y monumentos bastarían para rehacer su historia si se perdiese la que existe escrita; en la ciudad de Milán, donde rivaliza el lujo de las artes modernas con el esplendor de las antiguas; y por último, en Turín, la ciudad de severo aspecto y calculada modestia, que siempre cultivó con más fruto las artes de lo útil que las de lo bello. De Italia pasaron los autores á Francia, deteniéndose en Grenoble para visitar el famoso santuario de la Virgen de la Saleta. Luego hicieron breve descanso en Lyon, y de allí vinieron á París, donde recorrieron las principales iglesias, sus museos, sus bibliotecas, sus establecimientos científicos, industriales y de beneficencia y los demás lugares y monumentos notables de la gran ciudad. Esto mismo hicieron en Londres, mediante una breve excursión á las orillas del Támesis. Volviendo á emprender su marcha, entraron en España, se detuvieron en Barcelona, visitaron á Madrid y dieron fin á su viaje en Santiago.

Como que el asunto principal del viaje y de la obra es una peregrinación religiosa, no contiene el libro descripciones artísticas ni arqueológicas de lugares y monumentos, pero sí reseñas claras, ordenadas, minuciosas y á veces pintorescas, de todo lo que los autores vieron y contemplaron en su largo camino. No   —248→   descubrieron nada desconocido, puesto que los países que visitaron han sido mil veces descritos é ilustrados por escritores y viajeros, pero dan testimonio del estado en que los hallaron, el cual á veces no es el mismo que aquel en que le encontraban cuando otros los describieron, revelando las impresiones que en su ánimo causaron; y sabido es que estas noticias, sucesivamente consignadas en libros de viajes, forman con el tiempo materiales preciosos para la historia.

Pero si el volumen objeto de este informe no contiene una obra técnica de arqueología ni de bellas artes, tampoco es un simple manual de viajero semejante á los muchos que se encuentran en las estaciones de los ferrocarriles. Sus noticias, sobre ser siempre exactas, son casi siempre más abundantes y detalladas que las que se hallan en esos manuales, y á veces aparecen acompañadas de recuerdos históricos y reflexiones oportunas.

Tampoco se limitan los Sres. Fernández y Freire á describir los lugares santos, por más que visitarlos fuera el objeto principal de su peregrinación religiosa. Cumpliendo enteramente este fin, y sin pretensiones de arqueólogos ni de artistas, dan perfectamente á conocer, en términos claros y precisos, todo lo que interesa á la arqueología y á las bellas artes en los muchos lugares que recorrieron.

Por estas consideraciones entiende la Academia que el tomo III de la obra que da lugar á este informe no desmerece en nada de los dos que le preceden. Y habiendo informado sobre ellos que los considera dignos de la protección del Estado, según las disposiciones legales anteriormente citadas, entiende que no es menos digno de la misma protección este tercero y último volumen.





Madrid 11 de Junio de 1886.



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