Santayana y España
Concha Zardoya
1. Presentación del filósofo y del hombre
Jorge Ruiz de Santayana se nos ha muerto en Roma el 27 de septiembre. De haber vivido en su país nativo -nació en Madrid el 16 de diciembre de 1863-, habría pertenecido a España por completo y hubiera formado parte de nuestra «generación del 98», siendo apenas un año mayor que Unamuno. A pesar de todo, en algo es nuestro todavía, pues hasta los americanos que nos lo disputan como suyo, le llaman the Spaniard George Santayana. Y es nuestro porque la huella de lo hispánico siempre es perceptible a través de toda su obra en prosa y verso. Su sangre castellana le enseñó austeridad, idealismo y lo que él llamaba the Spanish dignity in humility.
Mas, ¿quién es ese hijo que se perdió para España, porque escribió en inglés y no en español, la lengua de sus padres y de su infancia?
Antes que nada diremos que es una de las figuras más interesantes y más discutidas de la filosofía contemporánea. Sus obras filosóficas son una sorprendente y extraña mezcla de platonismo, materialismo, escepticismo y misticismo. The Sense of Beauty (1896) y The Life of Reason (1905-1906) nos presentan una moral que se deriva del idealismo platónico y del naturalismo conservador de Aristóteles. En ambos libros sostiene Santayana que el idealismo y el materialismo no son incompatibles. La naturaleza humana es un crecimiento biológico: la moral y la religión son la más elevada expresión de aquella. Como Aristóteles, reconoce que la moral se sustenta sobre unos fundamentos naturales. Aunque el espíritu depende de la materia por origen y existencia, es superior a la materia. El mundo del espíritu es un mundo de ilusión, pero es el reino más elevado en que puede vivir el hombre. Sus obras -Winds of Doctrine (1913), Skepticism and Animal Faith (1923), Realms of Being (1927-1940)- revelan un definitivo cambio de actitud. Estos libros posteriores se ocupan largamente de la teoría de la esencia fundamentada por Santayana. Según ella, el mundo está dividido en dos reinos: el de la materia y el de la esencia. Es imposible probar la existencia de uno y de otro. Aceptemos el reino de la materia por medio de la fe animal; penetramos en el reino del espíritu solo por medio de la intuición. El reino de la esencia que sustenta Santayana difiere del de Platón, en que no solamente incluye en él lo bueno y lo bello, sino también lo horrible, lo fantástico y lo absurdo. Santayana alcanza el misticismo cuando declara que tocas las ideas, tomadas como esencias, son compatibles y suplementarias. Así, sustituye la vida de la razón por una vida de contemplación desinteresada.
A despecho de cuarenta años de residencia en los Estados Unidos, Santayana nunca llegó a convertirse realmente en un norteamericano. Siempre ha seguido escuchando «la voz de la sangre» española. Vino a Boston desde su nativa España a los nueve años. No olvidó su linaje, sí, pero también sufrió la influencia del medio. De este modo se complacía y se disgustaba a la vez con la ingenuidad y prisa de los norteamericanos, porque conseguían las cosas rápida y eficazmente, pero sin mirar a la tradición ni al arte. Su filosofía -contenida en los libros ya citados- combina su pasión por la tradición y la belleza con el respeto del Nuevo Mundo hacia el racionalismo y materialismo.
Sus padres eran pobres pero respetables, pues vivieron estrechamente dentro de lo que los españoles llamamos una «pobreza decente». Sus abuelos, oficiales del Gobierno civil español en Filipinas, dieron a sus hijos las ventajas de una buena educación y de numerosos viajes.
El primer marido de la madre de Santayana era americano. A fin de cumplir una promesa hecha antes de su muerte, la viuda trajo a sus hijos a los Estados Unidos para educarlos. En una de sus visitas a España -el solar de su origen-, se casó en segundas nupcias con el hombre que habría de ser el padre de George Santayana, pero la pareja se separó más tarde de mutuo acuerdo. Ella volvió a Boston. El niño Ruiz de Santayana abandonó España a la edad indicada y vino a este país para vivir con su madre, porque podía ofrecerle una buena educación, en tanto que su padre seguía apegado a su tierra de Ávila y a su orgullo español. Y España perdió así a este filósofo y poeta.
Santayana se educó en Boston, en cuya Latin School logró una sólida preparación clásica. Después, ingresó en Harvard, siendo su vida de estudiante «a miracle of economy»
, según declaraba él mismo. Fue a Berlín en 1886, y allí estudió filosofía durante dos años, al cabo de los cuales empezó a enseñar esta disciplina en Harvard University hasta los cincuenta años de edad. En 1912 se trasladó a Europa. En ella descubrió en sí mismo la universalidad de pensamiento que distinguió al mundo clásico y medieval, al mismo tiempo que una nacionalidad trascendente. Al terminar la guerra de 1914, marchó a Roma, «la ciudad universal»
en su opinión, porque simbolizaba para él los perdidos valores que amaba su espíritu. En Italia escribió sus dos libros autobiográficos -Persons and Places (1944) y The Middle Span (1945)-, más un tercero, con la específica recomendación que fuese publicado después de su fallecimiento. En 1935 apareció su única novela -The Last Puritan-, la cual se convirtió en un «best seller», llevando el sorprendente mensaje de su filosofía a millares de lectores. Vivía en un viejo hotel de la Piazza Barberini, con vistas a la Via Tritone. Se levantaba a las siete, trabajaba toda la mañana y paseaba por el Pincio durante la tarde, después de un almuerzo en que bebía -como buen latino- dos o tres vasos de vino. Frugal, austero y sencillo, no intentó reformar a nadie en ninguna parte. Y en Roma se puso a esperar la muerte. Cuando esta vino, Santayana se entretenía -mientras la esperaba- dando los toques finales a su traducción de un poema escrito por Lorenzo de Médici. Murió en la enfermería de un convento romano de la orden inglesa de las Monjas Azules, The Little Company of Mary. En la última página de un cuaderno de notas, él mismo había dejado compuesto su propio epitafio: un canto final de alabanza a la Juventud y a la Belleza, en las que siempre había creído, porque ellas viven eternamente aunque los hombres mueran.
Es sabido que Santayana, a despecho de que hablaba, escribía y pensaba en inglés, conservó siempre su ciudadanía española. En sus años mozos pasó gran parte de sus vacaciones de verano en Ávila. Y ya veremos cómo esta ciudad y el espíritu total de Castilla influyeron en sus versos.
Es conveniente recordar que Santayana ha insistido siempre en una afirmación: el poeta verdadero es un filósofo; el verdadero filósofo es un poeta. Así, quien intente estudiar su filosofía debe empezar por examinar la poesía de Santayana, pues solo de esta manera llegará a comprender el desarrollo de su pensamiento. Porque su visión filosófica es también una visión poética. Sus ideas aparecen siempre cubiertas con la vestidura del sentimiento poético. Pero no es lugar aquí para analizar al filósofo, ni al poeta, ni al estilista1.
2. España en la poesía de Santayana
George Santayana ha producido una obra poética poco extensa: toda ella queda contenida en cuatro volúmenes. La forma tradicional es la escogida por el poeta-filósofo para su poesía de queja íntima: empleó el soneto, el dístico, el cuarteto y la oda casi de un modo exclusivo y realizó muy pocos experimentos con las formas poéticas nuevas.
Como es lógico suponer, España aparece algunas veces en estos libros poéticos. En Sonnets an Other Verses (1894-1896) encontramos que un soneto y una oda sáfica se relacionan con España. En el soneto XXXV Santayana dice que le gustaría morir entre las colinas de España o sobre la llanura melancólica y sin árboles:
A través de estos versos, las sierras de Ávila y la llanura de Castilla se asoman a la poesía de Santayana. Arrastrado por una especie de misticismo, el poeta quiere esperar allí «the coming of the final gloom»
, quiere dormir su último sueño en aquella tierra exenta, pura, llana como la mano de Dios y de la Eternidad. Solo España pudo sugerir al poeta-filósofo tal ansia última. ¿Porque está más cerca del cielo o en contacto con lo divino, siendo un suelo gris, desolado, quemado por el sol? ¿Porque se ha depurado de todo lo adventicio, placentero y mortal? Santayana, por medio de estos versos, confiere a Castilla un valor de tierra espiritual, de tierra mística.
La oda III es una alabanza y canto a Colón, a los descubridores y conquistadores españoles, al mismo tiempo que al cosmos, hacia el cual vuelven sus ojos los dioses antiguos. Colón, recogiendo la sabiduría del pasado y de su época, «he gave the world another world»
, pero anatematizó a España «with barren gold»
y convirtió a los Andes en «fiefs of Saint Peter»
:
El desengaño del poeta le lleva a dudar de la felicidad y honor que pudieron dejar a los hombres la era de los descubrimientos. Por esto pregunta a Colón y a Magallanes:
No cree que los peligros sufridos por ellos hayan traído dicha a los humanos:
Ninguno de estos descubridores podrá perpetuar la vida, ninguno podrá atravesar el mar de la muerte: todo cumple su ciclo en la tierra. Ponce de León no beberá juventud eterna en ninguna fuente y durante ninguna Pascua Florida; ni Cortés verá por encima de otro océano:
En todos estos versos de Santayana advertimos el total desprecio del filósofo para los bienes de este mundo y por la pompa y el fausto de la vida. He aquí la huella dejada en el espíritu del poeta por su ascendencia abulense y el paisaje castellano. ¿Es Castilla quien le ha enseñado un amor a lo esencial y duradero, una desgana para lo banal y adventicio, un respeto y culto a la muerte? (Los críticos americanos no se explican tal ascetismo de Santayana y, si llegan a explicárselo, lo atribuyen a su constante preocupación filosófica. Dicen que la filosofía le ha alejado de aplicar su talento al mundo de lo cotidiano. Todos se olvidan de este hecho biográfico: la indeleble huella ejercida por Ávila y Castilla en el espíritu del poeta-filósofo.)
Finalmente, aún descubrimos en este libro otra influencia de España que, en esta ocasión, afecta directamente a las formas métricas: Santayana ha introducido, dentro de la poesía americana, un ejemplo de décima española y variantes en los tercetos de gran parte de sus sonetos. Así, un poema -cuyo tema no nos interesa ahora- lleva por título el nombre de «Décima» (sic), y lo es en realidad: ocho versos octosílabos que riman de este modo: ABBAACCDDC. En cuanto a los sonetos, Santayana prefirió el italiano, pero no se limitó a utilizar la ordenación de las estrofas en las cuatro divisiones lógicas. Algunos críticos americanos se han lamentado de esto, considerándolo como un defecto de Santayana en el uso del soneto.
La verdad es que el poeta logró hacer más flexible la forma italiana, combinando a su antojo los dos tercetos (o sextina inglesa), aplicando así a la métrica inglesa una licencia métrica española en la construcción de los sonetos a la manera italiana. Dichos críticos norteamericanos ignoran que la métrica española permite una plena libertad en la combinación de la rima en los tercetos, y a ninguno se le ha ocurrido investigar -al menos por ahora- esta posibilidad como fuente o licencia seguida por Santayana en los cambios métricos que ha introducido. En algunos esquemas de sus rimas, Santayana usó un pareado final, cosa que también le ha sido criticada, porque disminuía la belleza del soneto italiano; pues bien, tales dísticos o pareados pueden hallarse en muchos poetas españoles que han cultivado el soneto. Hemos de apuntar por último que, al no seguir matemáticamente la estructura clásica del soneto italiano, Santayana procuraba relacionar sus rimas con sus ideas. Él mismo escribió en The Sense of Beauty: «Un soneto en el cual el pensamiento no se distribuye apropiadamente dentro de la estructura del verso no tiene excusa para ser un soneto»
. Un cuidadoso estudio de los sonetos de Santayana revela -lo que no es evidente a primera vista- que ha usado diestramente el esquema de la rima, con el deliberado propósito de aclarar la idea de un modo estricto. Ejemplos de este criterio se hallan en el empleo de la fórmula CDC DCD, cuando expresa una serie de tres ideas que se relacionan entre sí, y la división de la sextina o sexteto en dos tercetos para equilibrar dos ideas distintas aunque emparejadas.
En A Hermit of Carmel and Other Poems (1901), Santayana dedicó a España dos poemas completos: uno es «Ávila» y el otro es «Spain in America». En el primero, el poeta da eterna fe de su amor por la vieja ciudad castellana, con la cual su espíritu se siente ligado, pues Ávila es cuna de sus antepasados y ha merecido siempre su visita y siempre su reto perfecta de que el significado y símbolo de Ávila han dejado una clara huella en la trayectoria místico-idealista de Santayana, pese a su materialismo, nacido en contacto con la vida americana. En la primera estrofa pinta la abrasada y desolada meseta de Castilla: esta es un páramo fragante, un reino orgullosamente desolado y pobre, quemado por el celo del sol inexorable; es un ancho desierto en donde una diadema de torres rodea a la ciudad silente y abraza sus templos, junto al río Adaja:
Againt my feet are on the fragant moorScorched by the sky's inexorable zeal.Realm proudly desolate and nobly poor,Wide desert where a diadem of towersAbove Adaja hems a silent town,And locks, unmindful of the mocking hours,Her twenty temples in a granite crown.
Encima, un cielo de férvida luz que consuela los dolores y tristezas del poeta, que calma sus inquietudes:
The shafts of fervid ligth arc in the sky,And in my heart the mysteries of yore.Here the sad trophies of my spirit lie:These dead fulfilled my destiny before.
Así como el ardiente cielo cancela el dolor sin nombre de las piedras en la llanura, su pena sonríe y sus inquietudes se serenan: Ávila ejerce sobre el poeta una acción pacificadora y calmante. Mas, sobre la ciudad se yergue un castillo almenado, nido de cigüeñas y de almas altivas, y aun suena el toque de queda... y entrevemos sombras de monjas o de silenciosos capuchinos...:
Still o'er this town the crested castle stands,A nest for storks, as once for haughiy souls;Sill from the abbey, where the vale expands,The curfew for the long departed tolls,Wafting some ghostly blessing to the heartFrom prayer of nun or silent Capuchin...
Después, Santayana filosofa acerca de las vanidades del mundo. Al contemplar tan estéril paisaje de su país nativo, el poeta-filósofo extrae una conclusión metafísica: ningún mundo ni desierto es una patria para él, pues es un vagabundo sobre esta tierra y debe construir su morada en la eternidad. Ávila ha sido su maestra de ascetismos y renuncias.
«Spain in America» es un poema escrito después de la destrucción de la flota española en la batalla de Santiago de Cuba, en 1898. Santayana recuerda los nombres de los gloriosos barcos hundidos: «soon was Teresa gone, Furor, Plutón, Vizcaya, Oquendo and Colón»
. Evoca el orgullo de España, hundido en estos naufragios, en el mar que no volverá a dominar; orgullo que ha de devolverse a sus colinas amuralladas, a sus llanuras expuestas al viento:
As the anguished soul, that gasped for difficult breath,Passes to silence from its house of pain,So from those wrecks, in fume of lurid death,Passed into peace the heavy pride of Spain,Passed from that aching tenement, half fain,Back to her castled hills and windy moors,No longer tossed upon the treacherous mainOnce boasted hers, which with its watery luresToo long enticed her sons to unhallowed sepultures.
Santayana describe las principales características de la raza hispana: es frugal, pensativa, inclinada al amor y la ira, despreciadora de reinos a causa de una mujer, el honor o la fe religiosa. El corazón de España es de fuego y su lengua es risa.
Why went Columbus to that highland race,Frugal and pensive, prone to love and ire,Despising kingdoms for a woman's face,For honour riches and for faith desire?On Spain's own breast was snow, within it fire;In her own eyes and subtle tongue was mirth...
Inicia la revisión de la historia de España, empezando por los fenicios y cartagineses; sigue luego con los griegos, romanos y árabes. Estas evocaciones le permiten hablar de las riquezas y hermosuras de España. Cita a Hamílcar, a Aníbal, a César, pero añade que, en realidad, el único conquistador de la nación española ha sido Cristo:
Después, pasa a la época de la Reconquista: Pelayo, con sus montañeses, obtiene el triunfo de Covadonga, y la lucha acaba con la toma de Granada, al cabo de varios siglos. Entre tanto, España se nutría de lágrimas, se bautizaba en la sangre y se educaba en el sacrificio: «fed on tears, / Christened in blood, and schooled in sacrifice»
. Y, entonces, España soñó un sueño que solo su corazón podía comprender: tres carabelas, con una cruz en la proa y una cruz en la bandera y en las velas, surcaron las aguas, burlando las viejas leyendas del océano, en busca de Cathay. Y la reina Isabel la Católica fue soberana de las Indias Occidentales; los soldados de España ganaban los combates al grito de «¡Santiago! ¡Santiago!». Los galeones españoles surcaron los mares y hasta la Araucanía sintió el yugo de España: esta enseñó al mundo más joven su fe y su lengua, dándole también su corazón:
Mas, ahora, espera en silencio mejores años, pero las naciones que fueron hijas suyas, parecen decir:
Santayana, después del desastre de Cuba, no se resignaba a la muerte de España como gran nación; por esto confiaba en un oro eterno, inagotable: en el oro del arte, herencia y riqueza indestructibles.
El paisaje español -en su proyección metafísica- y la historia trasmutada en arte son la contribución de Santayana al concepto de España dentro de la poesía americana. Su actitud no es una postura literaria, sino que representa un sentimiento y una emoción reales ante lo hispánico.
Es difícil valorar el mérito de Santayana como poeta. Pero es más difícil aún fijar su posición dentro de la historia de la poesía americana. ¿A causa de su aislamiento hispánico? Su figura, por sí sola, constituye una de las principales corrientes de la poesía y de la filosofía en América. Parece muy extraño ver su nombre en las antologías de la mejor poesía americana de este siglo, al lado de Masters, Sandburg, Frost, Lindsay y otros; casi diría que se halla fuera del lugar que ocupa, este grupo de poetas modernos. Pero debemos recordar que, aun cuando Santayana es un contemporáneo de estos hombres, escribió su poesía unos pocos años antes que ellos, y por entonces (1894-1912), la poesía de América era una marea muy baja.
Seguramente, también hubiera sido una figura única dentro de las letras hispánicas. Y habría muerto en España, si lo hubiera querido el destino, cumpliéndose así el ansia de aquellos versos suyos:
Pero descansa en Roma, la ciudad eterna que fue cifra para el poeta-filósofo de los símbolos universales que él amaba.
Tulane University of Louisiana, New Orleans, 26 de octubre de 1952.