Saludo a un joven poeta
Ricardo Gullón
—591→
El crítico tiende con frecuencia a la cautela. Cuando reseña o comenta las obras primerizas de jóvenes ingenios, esa cautela se exacerba instintivamente, previniéndole para que no se comprometa, para que modere su entusiasmo -si entusiasino siente- o temple la censura, si a ella se advirtiere inclinado. Es arriesgado vaticinar, y conviene negarse a toda veleidad profética; pero, en cambio, es necesario opinar en cada ocasión con entera franqueza, sin que alarmas de la prudencia obliguen a reducir el alcance del juicio.
Pensando así, me atrevo a decir que Ángel fieramente humano, primer libro del bilbaíno Blas de Otero1, revela un poeta, un excelente poeta cuya voz, lejos de perderse en el coro, destaca entre las de sus cofrades cual acento personal y con peculiares modos de expresión. No se trata de ponderar la originalidad del «mensaje», ni otras zarandajas, buenas para servir de consuelo a tantos profesionales de la macana extra-poética como por ahí pululan, sino de descubrir, a quienes aún la ignoren, la presencia de un poeta que canta elementales y complejas efusiones, nada sorprendentes, pero vertidas en perfectos ritmos, utilizando con destreza los recursos del lenguaje para conseguir una expresión adecuada de los sentimientos.
El gran escollo de una retórica caprichosa, fortuita, votada a la imitación de primores inconexos, queda salvado en cuanto Blas de Otero poetiza desde dentro, desde una intuición que para llegar al lector con la plenitud de su fuerza, o con su intacta gracia, necesita extraer a la palabra sus mágicas posibilidades. Magia de la gracia, precisamente; tal es la fórmula aplicable a una de las vertientes de esta primorosa obra juvenil. Pero, entiéndase bien, de la gracia artística, no simplemente del humor o de la ironía.
Para caracterizar sumariamente la poesía de Otero convendría retener en primer término, como elemento definitorio de precisa y delicada belleza, la —592→ presencia en sus versos de una inquietud, que no sé si sería exagerado llamar angustia, pues desde luego tiene una calidad angustiada. Esta inquietud la expresa líricamente con recursos sencillos, graduados con tanta habilidad que el balbuceo de las repeticiones, mientras imprime al verso una cadencia, va diciendo cuál es el estado de ánimo del poeta. Lo esencial, desde el punto de vista poético, no es la inquietud, seguramente compartida por cientos de jóvenes ahora y ayer y mañana, sino la técnica sutil y calculada que le permite hacer ver al lector, como sorprendidos en su manantial, los anhelos y difusos ensueños del alma.
La manera poemática de Otero es de crecimiento, en contraste con las denominadas de acumulación. Los poemas arrancan de una vivencia, por ejemplo, del recuerdo de una mujer, y desde él va la memoria destilando imágenes que la palabra instala en el verso, sea con delicadeza, como en «Mademoiselle Isabel», sea con relampagueante ímpetu, como en «Hombre». Su poesía arranca del conocimiento sensible de un mundo cargado de soledad, de Dios, de amor, de vacilación, de fe, y se hace imprecación por la energía del lenguaje. Esta energía la consigue por la concentración del poema en una idea esencial, por la ausencia de elementos accesorios, y se caracteriza estilísticamente por la reiteración de iguales motivos e iguales vocablos, iniciando las estrofas del poema con un adverbio o un sustantivo, o incluso con una frase cuyo final varía de verso a verso; la repetición de una o más palabras a lo largo del poema y en ocasiones dentro del mismo verso, la trasmutación de algunos términos en sus análogos, de verbos en sustantivos, de un verbo en otro, no sinónimo pero concurrente a fijar la impresión sentida, añadiéndole un matiz nuevo, son recursos que tienden a seducir el interés por el chisporroteo del lenguaje, con tanta flexibilidad empleado.
En el soneto «Ímpetu» transmite la que tal vez sea expresión más aproximada de su actitud. Lo señalo a la curiosidad de quienes se interesen en recoger una versión más de la esencial ambivalencia del espíritu humano. Poéticamente vale en cuanto su cesión de imágenes enlazadas con pericia a través de un idioma vigoroso. Este poeta recuerda la apasionada elocuencia de Miguel Hernández, con quien no parece temerario emparentarle. En su libro creo advertir la huella de Miguel, como la de Alberti y -ocasionalmente- la de Gerardo Diego. No importa, porque estamos ante un poeta auténtico que sabe verter a su lengua cuanto asimila, cuanto toca. Si en ocasiones no acierta con el tono, estos malogros dan la impresión de ser causados por falta de fidelidad a lo que él puede ser y significar en la poesía española. En ella suenan los versos de Otero con un acento humano, «fieramente humano», de veras, y porque el artista revela a través de ellos hombría y entereza, considero legítimo saludarle con la esperanza y entusiasmo con que debe ser recibida la aparición de un nuevo poeta, de un espíritu capaz de comunicar, bajo hermosa envoltura -«fermosa cobertura»- las emociones suscitadas por una entrañable percepción del mundo y del alma del hombre.