En vez de especificar todos los libros de caballerías que Cervantes había leído, es más seguro proceder en dirección contraria y eliminar aquellos que no conocía, reservándose el juicio sobre los otros. Provisionalmente podemos concluir que no estaba familiarizado con Florisando, Libro VI de la serie de los Amadises, no sólo porque era una obra temprana, sino porque es tan distinta de enfoque y contenido que habría sido mencionada en uno de los debates sobre los libros de caballerías en el Quijote (véase Maxime Chevalier, «Le Roman de chevalerie morigéné. Le Florisando», BHi, 60 [1958], 441-49. Menéndez Pelayo, quien vio una fuente para el personaje de Sancho Panza en el Caballero Cifar (Orígenes de la novela, segunda «edición nacional» [Madrid: CSIC, 1962], I, 311-13), estimaba que era «imposible que Cervantes no conociera [el Cifar]» («Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote», en San Isidoro, Cervantes y otros estudios, Colección Austral, 2.ª ed. [Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1944], p. 116), pero ello no es razón para suponer que sí lo conocía (como queda confirmado por Schevill y Bonilla, en su edición del Quijote, I [Madrid, 1928], 416, y por Roger Walker, «Did Cervantes Know the Cavallero Zifar?» BHS, 49 [1972], 120-27); pudo haber sido mencionado también, ya que era un libro antiguo, y por consiguiente de interés para Cervantes. (El Cifar como origen de Sancho ha sido rechazado también por W. S. Hendrix, «Sancho Panza and the Comic Types of the Sixteenth Century», Homenaje a Menéndez Pidal, II [Madrid, 1925], 485-94, y por F. Márquez Villanueva, «Sobre la génesis literaria de Sancho Panza», ACerv, 7 [1958], 123-55, aumentado y puesto al día en su Fuentes literarias cervantinas [Madrid: Gredos, 1973], pp. 20-94; también véase Erich Köhler, «Ritterliche Welt und villano. Bemerkungen zum Cuento del enperador Carlos Maynes e de la enperatris Seuilla», RJ, 12 (1961), 229-41. No encuentro en el reciente artículo de Roger Walker, ya citado, ninguna prueba sólida de su tesis, que Cervantes conocía la obra, sólo posibilidades y paralelos no concluyentes). Al otro extremo, es cierto, como apuntó Rodríguez Marín, que Cervantes estaba en Valladolid en 1602, cuando se publicó en esa ciudad Policisne de Boecia, pero eso no prueba que lo conociera antes de escribir la Primera Parte de Don Quijote; tenía pocos amigos y menos dinero, y probablemente no estaba con ánimo para leer esa obra mediocre. En todo caso no hay nada en la Primera Parte que refleje dicha obra; el descubrimiento que hace Rodríguez Marín en ella de la fuente de la historia de Micomicona sólo revela su ignorancia de los libros caballerescos. Afirmar que fue Policisne de Boecia la causa de que Cervantes, espantado ante tal obra, ampliara su «novela ejemplar» e hiciera de ella una obra extensa es especulación irresponsable (Don Quijote, ed. cit. en la nota 13, IX, 53-56).
I, 43, nota 30. (La obra a que se refiere es ésta).
Por desgracia la tesis de Howard Mancing, «Chivalric Language and Style in Don Quijote» (Diss. University of Florida, 1970; véase DAI, 31 [1971], 3556A), es de valor limitado porque el autor dio por sentado que el Amadís era lingüísticamente representativo de los libros de caballerías españoles, lo cual no es de ningún modo el caso.
Rodríguez Marín, al comentar este pasaje, sólo pudo señalar una práctica legal. -Ahora James Ray Green ha preparado una edición de Cirongilio de Tracia como su tesis doctoral de la Johns Hopkins University, 1974 (supra, nota 92 al Capítulo II).
En el «Discurso preliminar» a su Libros de caballerías, I (BAE, 40), p. Ivi.
Orígenes, I, p. 437.
Romances, pp. 140-42.
Paralelo a este truco del Cirongilio es el hecho a Virgilio; véase Castillejo, Obras, I, Clásicos Castellanos, 72 (Madrid: Espasa-Calpe, 1960), 56. María Rosa Lida, en Arthurian Literature in the Middle Ages, ed. Roger Sherman Loomis (Oxford: Clarendon Press, 1959), p. 415, sugiere una fuente para la burla de Maritornes en el Lancelot; también véase John J. O'Connor, Amadis de Gaule and its Influence on Elizabethan Literature (New Brunswick: Rutgers University Press, 1970), pag. 102. [Sin embargo, me es forzoso confesar que Marie Cort Daniels ha encontrado, en una burla de Fraudador de los Ardides, personaje de Feliciano de Silva, fuente más probable. Véase pág. 228 de su tesis (citado supra, n. 92)].
«Dos huellas de Esplandián en el Quijote y el Persiles», RPh, 9 (1955), 156-62.
Parece que Clemencín saltó esta parte del Espejo de príncipes y cavalleros. Es la misma cueva a la que se refiere en la nota mencionada arriba, pero más adelante en el libro, cuando un personaje secundario lo visita.