Para Cervantes, naturalmente, la obra de Martorell era castellana; la traducción de 1511 no indica en ninguna parte cuál era la lengua del original, ni siquiera que era una traducción. Asimismo no se mencionan los autores de la obra; en los comentarios sobre el Tirant en Don Quijote, I, 6, sólo se puede referir al autor como «el que le compuso». Clemencín sólo conocía el Tirant en su traducción italiana.
Esta obra la cita Clemencín (véase n. 306). Sobre el autor, véase Narciso Alonso Cortés, Miscelánea vallisoletana, 2a ed. (Valladolid: Miñon, 1955), I, 225-30, y la edición de Mary Lee Cozad (supra, nota 58 al Capítulo II).
Véase Antonio Rodríguez-Moñino, Curiosidades bibliográficas (Madrid: Langa y Compañía, 1946), pp. 7-16. En prensa el presente libro, ha salido la edición de Ricardo Arias de Rosián (Madrid: CSIC, 1979), reseñada por Cozad en JHP, 4 (1980), 266-70.
Esta obra la estudia por primera vez Maxime Chevalier, en L'Arioste en Espagne (Bordeaux: Institut d'Études Ibéro-américaines de l'Université de Bordeaux, 1966), pp. 172-75.
Este libro se menciona también en I, 24.
Henry Thomas ha señalado que el nombre de Silva figura en ediciones tardías del Libro IX de la serie de los Amadises, y ofrece evidencia que demuestra que el autor del Libro IX lo fue también del Libro VII. Pero aunque Cervantes lo supiera, las «intricadas razones», rasgo que Don Quijote tanto admiraba, aparecen más en los Libros X y XI. Sobre las obras caballerescas de Silva puede verse ahora el libro de Sydney Cravens, Feliciano de Silva y los antecedentes de la novela pastoril en sus libros de caballerías (Chapel Hill: Estudios de Hispanófila, 1976).
No fue, como sugirió Riquer en la introducción a su edición catalana del Tirant (véase W. T. McCready, «Cervantes and the Caballero Fonseca», MLN, 73 [1958], 33-35), porque abriera al azar el libro, sino que tenía la intención de ilustrar su opinión del libro. Véase infra.
Aunque, como dice Riquer, «A Itàlia el Tirant lo Blanc fruí de certa acceptació» (Tirant lo Blanch, ed. Riquer [Barcelona: Selecta, 1949], I, *180), se niega a llegar a la conclusión implícita en su afirmación, es decir, que en Castilla no disfrutó de aceptación alguna. De hecho, Cervantes aparte, sólo mencionan la obra algunos moralistas que la conocían poco o nada: Vives, y algunos que le copiaron, y Jerónimo de San Pedro, quien hace un retruécano con el título en la introducción a su Caballería celestial. Es cierto que muchos libros de caballerías nunca se mencionaban -había poca ocasión para ello- pero si el Tirant hubiese sido obra bien conocida habría sido comentada por Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua, escrito poco después, mencionado por Román Ramírez (véase supra, n. 270), o habría sido citada en la lista de Lope en Las fortunas de Diana (véase Rodríguez Marín, Don Quijote, nueva edición crítica, I [Madrid: Atlas, 1947], 192, nota), o habríamos encontrado al protagonista en las presentaciones de los caballeros famosos que aparecen en libros posteriores, como las introducciones a Olivante de Laura y a la Tercera Parte del Espejo de príncipes y caballeros (véase también Irving Leonard, Books of the Brave [Cambridge, Massachusetts: Harvard, 1949], pp. 15, 106, y 107, y supra, «A Definition»).
Véase notas 15 y 25 a I, 32. Particularmente útil para fijar el alcance de su conocimiento de los libros de caballerías son sus notas más extensas, en las que da ejemplos de algún fenómeno tomados de todos los libros que había leído (nota 14 a I, 49; nota 32 a I, 19; nota 27 a II, 17).
«El Caballero de la Triste Figura y el de los Espejos: dos notas para el Quijote», BRAE, 2 (1915), 129-36, reimpreso en sus Estudios cervantinos (Madrid: Atlas, 1947), pp. 373-79. Philesbián de Candaria es otro ejemplo de un libro que Cervantes conocía, no mencionado en el Quijote (véase mi artículo citado en la n. 308).