Retrato en el café
Joaquín Marco
Era un hombre cansado, de castigado rostro,
sentado a la mesa de un café. Sus gafas de concha
escondían sus ojos cubiertos de tristeza.
A ratos escribía «Mirador de la guerra»,
porque sus compatriotas habían convertido
los campos de encinas y alcornoques
en un escenario de tragedia cainita.
Por el Ebro descendían cadáveres como leños flotantes.
Ese hombre vencido antes de la derrota,
enamorado escéptico de su oscura pasión
sabía ya del final del camino.
Entreveía la luz, el reposo y la noche
en tierras extranjeras. Era un árbol
hendido por el rayo, el ejemplo
de un tiempo sin misericordia.
La taza del café, descuidada, en la mesa,
de mal café, le traía el recuerdo
de la bohemia de su juventud: París, Madrid.
Ante sus ojos desfilaban
Sevilla, Soria, Segovia, los campos castellanos,
las mujeres de antaño, los poetas, los amigos,
Guiomar; la tragedia del sueño,
la quimera final: la vida con sentido.
Barcelona, octubre, 1990