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Relatorios

Gilberto Ramírez Santacruz



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Y entonces yo me pregunto a mi vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera, por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida...



Haroldo Conti                






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ArribaAbajoPueblo de locos

Veréis con frecuencia que el más loco se ríe con más ganas del que lo es menos.


Erasmo                


A todos les llamaba la atención que en Tatakuá hubiera tantos locos. Algunos decían que era una maldición de Dios. Otros, porque el pueblo se volvió ateo y materialista; y la prueba estaba, según el cura, en que muy poca gente asistía a misa los domingos. Los más sensatos, en cambio, pensaban que la causa estaba en la mala alimentación del pueblo. Pero lo cierto es que Tatakuá estaba poblado por innumerables locos, sordos, mudos, tullidos y mancos. Muchos de ellos famosos, y otros casi desconocidos.


Felipe

Entre los locos Felipe era palabra mayor. Su zona de influencia abarcaba todo el pueblo. Ninguno de los locos podía actuar sin su autorización. Por eso algunos de ellos debían trasladarse a otros pueblos para traer el sustento. Porque Felipe era una suerte de autoridad máxima entre sus pares y respetado como tal. Solamente él   —8→   podía habilitar a sus colegas para ocupar un sitio en el mercado, en la estación o en la iglesia.

Felipe, además de comandar en el pueblo, llevaba adelante varias actividades. De lunes a lunes estaba firme en la carnicería. Apenas llegaba en carreta la carne del matadero, Felipe agarraba su carretilla y llevaba el cuero a una curtiembre. Luego regresaba a la carnicería y retiraba su infaltable rabo. En Tatakuá, desde tiempos inmemoriables, nadie conocía el gusto del rabo; ya que nadie sabía cuando empezó a achurarse por la cola. Y sucedió más de una vez que un carnicero nuevo, que no conocía la irascibilidad de Felipe, cometió la inocencia de querer reemplazarle el rabo con la mejor carne, y recibió a cambio hondazos de su infalible gomera. Otras veces también sucedió que la vaca directamente no tenía cola, porque de ternera se le cayó agusanada o porque se la cortaron por ahí. En estos casos, era imprescindible mostrar primero a Felipe y luego carnearla, para que él -convencido- pudiera optar por otra cosa.

Felipe era parte del paisaje del pueblo, recorriendo las calles con su maleta al cuello y su carretilla llena de cosas. Con su carretilla se lo veía ir con una bolsa de maíz, o porotos, luego volvía con otra de azúcar o galletas. Siempre hacía de carguero en todo el pueblo. Llevaba y traía de todo: mercaderías, cueros, leñas, chismes y verdades. Era prácticamente el portavoz y noticioso de Tatakuá. Nadie sabía cómo, pero a Felipe no se le escapaba nada. Negociados, desvirgaciones, infidelidades, delaciones, robo y toda la infamia del pueblo.

Felipe era un artista de la sobrevivencia. Tenía varias formas de ganarse dignamente el pan. Por épocas los carniceros decidían no carnear por falta de ventas, entonces Felipe recurría a proveer de yuyos refrescantes y medicinales al pueblo. Más de una vez vendió alguna raíz parecida como batatilla o perudilla. Para colmo, el caso más conocido fue con el farmacéutico de Tatakuá, que le había comprado raíces para el tereré. Por descuido, se le había caído una bajo la mesa. Con el tiempo brotó y resultó ser de una planta enredadera conocida como mbaracajá pysapê, uñas de gato.

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Además Felipe era en el pueblo el más importante fabricante de bodoques para gomera; ya que todos los niños los hacían caseramente. Pero él ofrecía calidad y variedad en precios. Tenía bodoques de primera calidad (con brillo), normales y de secado rápido. Entonces, Felipe alternaba cualquiera de sus posibilidades de subsistencia, según cómo se presentaba la situación. Pero Felipe jamás pidió limosna, siempre se ganó la vida con el sudor de su cuerpo.

En pocas palabras, Felipe llevaba en el pueblo una vida muy activa. Cuentan por ahí que en principio vivía en el pueblo mismo y luego se mudó a la periferia por orden del párroco, después que provocó un escándalo durante una misa de boda.

Cuando vivía Felipe en Tatakuá era vecino de los Fernández Vera, la familia más adinerada y reconocida del pueblo y sus alrededores. Porque «Almacén Fernández Vera, Ramos Generales» ocupaba casi toda una manzana y en el fondo, un yuyal inservible, habitaba Felipe en una casita de adobe y paja. Vivía solo y sin molestar a nadie. Desde allí se movilizaba con su carretilla de trabajo -porque tenía otra de paseo- todas las mañanas a entregar mercaderías de los Fernández Vera o llevar el cuero a la barraca. Mantenía una fluida relación, casi familiar, con los Fernández Vera, especialmente con las hijas de don Baldomero, a quienes hacía de correo con algunos pretendientes o novios.

Todo iba normal. Felipe carretilleaba cargas de todo tipo o sacaba con su carretilla linda a pasear por el pueblo, algunas tardes, a la Viuda de Riquelme, una «señora bien» venida a menos y que a raíz de una enfermedad quedó paralítica. Y Felipe muchas tardes le hacía pasear por Tatakuá con la carretilla, y algunos domingos le llevaba a la misa. Cuando no trabajaba con su carretilla salía a vender bodoques o yuyos.

Todo iba normal. Pero un día Julia, la hija mayor de don Baldomero Fernández Vera, decidió casarse con Adalberto Godoy, un joven acopiador de frutos del país en rápido ascenso comercial y social. Varios días fue la noticia más importante de Tatakuá. «Se va a casar Julia». «Qué suerte tiene Adalberto Godoy». «No cualquiera se casa con la dos veces   —10→   Reina de Tatakuá». «La más linda de los Fernández Vera». «La más rica de Tatakuá».

Así también los preparativos fueron grandiosos. Cientos de invitados. Algunos venidos expresamente de Asunción. Don Baldomero para la ocasión mandó traer tres vaquillonas de su estancia, cientos de patos, gallinas, cerdos, ovejas y todo lo mejor que se puede lograr en un pueblito. Mandó pintar la casa, podar los árboles, limpiar todo el patio poblado de naranjos y bananos. Los postes del cerco también fueron pintados y el alambrado, tensado nuevamente. Y el fondo que daba con el predio que ocupaba Felipe fue disimulado amontonando carretas, escaleras, maderas y otros elementos de trabajo. Todo quedó perfecto y listo para cuando llegara la tan esperada fecha.

Se repartieron las invitaciones. Unas pocas en el pueblo y el resto a los amigos comerciantes y familiares de San José, Villarrica y Asunción. Como nunca en Tatakuá trabajaron los sastres y los zapateros para vestir a los selectos invitados. Las tiendas no daban abasto en la venta de telas, jabones finos y ropas interiores. Tatakuá fue arrasado por un embriagante olor a naftalina y lociones añejadas.

Cuando llegó el día de la boda todos los preparativos estaban ultimados. En la víspera ya vinieron llegando los invitados de las ciudades. Don Baldomero se sentía realizado al ver que sus invitados venían llegando en automóviles y de a poco iban llenando el frente de «Almacén Fernández Vera, Ramos Generales». El sábado también llegaron más invitados, todos en coches. Por eso después en Tatakuá alguien murmuró que don Baldomero invitó en las ciudades exclusivamente a los que tenían autos, «para luego purear en el pueblo».

-¡Cuántos coches y toditos importados! -comentó satisfecho don Baldomero al pasar revista a los automóviles estacionados delante de su casa.

-Eso es normal, don Baldó -le respondió el maestro Venialgo que estaba llegando trajeado a la fiesta y le había salido a recibir.

-¿Cómo normal, Venialgo? ¿Quién en el pueblo fue capaz de traer invitados tan selectos? -respondió casi ofendido.

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-No, don Baldomero. Yo me refería a los coches. Es normal que sean todos importados, porque el Paraguay apenas produce carretas y carretillas -tranquilizó el maestro y entró en la fiesta.

Pero todo esto viene a cuento de lo que pasó aquella noche en la iglesia, durante la boda de Julia y Adalberto Godoy. El párroco Mereles estaba contento con su iglesia repleta, aunque de gente extraña y no de sus fieles del pueblo. El altar se iluminó y se decoró con flores especialmente. Un silencio acongojado reinaba entre los presentes. Comenzó el cura a hablar del sacramento, el compromiso y todas las cosas de rigor. Los padres de los novios lloriqueaban de emoción. Julia sonrió y guiñó un ojo a su madre que sollozaba ruidosamente. Adalberto Godoy miraba duro como una estatua al sacerdote que recitaba versículos bíblicos y caminaba de un lado a otro en el púlpito. Pero la emoción del público subió al máximo, cuando el cura se acercó a los novios y los iba a hacer marido y mujer... Se escuchó un cuchicheo general y gente que se movía para todos lados. Los que estaban adelante empujaban hasta a los novios. Indudablemente, alguien se venía abriendo paso hacia el altar. En ese instante de desconcierto generalizado, apareció Felipe baboseando de rabia y se abalanzaba hacia la novia. Le tomó a Julia del brazo y empujó a Godoy hacia un lado. Este trastabilló y tuvo que apoyarse en don Baldomero para no caer. Pero Felipe no dejaba de hacer el gesto de que Julia le pertenecía como mujer y que Godoy pagaría caro. Luego Felipe se calmó y se puso a llorar desconsoladamente. El pa'i Mereles hizo una seña a los hombres que estaban adelante y lo sacaron como una bolsa de mandioca del púlpito.

Desde aquel escándalo Felipe no volvió a su casa que lindaba con los Fernández Vera. De la comisaría lo trasladaron directamente al barrio karapé, un bajío ubicado a un kilómetro del centro de Tatakuá. Según el comisario, Felipe salió nuevamente libre -a pesar de la presión de don Baldomero Fernández Vera- porque confesó el motivo por el cual creó la batahola. Julia y Felipe se encontraban algunas siestas en el fondo donde se unían sus patios. Felipe, entró en detalles,   —12→   pero el comisario sólo explicó que él la sentía como mujer propia a Julia y por eso hizo lo que hizo.

Y todo se solucionó. Julia igualmente logró casarse con Adalberto Godoy que se hizo el tonto. Felipe prometió al comisario que no volvería a molestar a la señora Julia Fernández Vera de Godoy.

Desde aquellos días se lo veía a Felipe diariamente, con lluvia o sin lluvia, cruzar el pueblo con su figura enclenque y haraposo; con su bolso al cuello cargado de bodoques y yuyos; con su carretilla cargada de cueros o de la Viuda de Riquelme. Pero siempre ganando el pan de cualquier forma. Jamás fue un impedimento su condición de sordomudo. Felipe oía, hablaba y vivía con dignidad como otros tatakueños.




Simona

Se cuenta en el pueblo que Simona también pordioseaba antes en el mercado de Tatakuá. Hasta que un día no apareció más. Después alguien explicó que tuvo un altercado con Felipe y éste la despidió para siempre de ese lugar. Tampoco faltó quien acusara a Felipe de haber abusado de su autoridad, queriendo someter a Simona bajo su renombrado instinto.

La cuestión es que Simona desde entonces limosneaba en San José, a 2 leguas de Tatakuá y a donde marchaba todas las madrugadas y llegaba antes que el sol. Todo para conseguir, a veces, un pedazo de bofe o algún hueso loco. Según cuentan sus vecinos, Simona escuchaba y hablaba pero a solas. Jamás en el pueblo pronunció una palabra ni dio señal de su capacidad auditiva. Pero indudablemente su mejor sentido era el de la vista, ya que ostentaba en su rostro fino dos ojos feroces que apenas dejaban lugar para la disimulada nariz.

Simona era joven y hubiera parecido normal si no fuera por sus ojos alucinados y la cabellera larga y suelta barriendo el suelo tras su paso. Simona vivía con su madre muy anciana, de alrededor de 90 años. La   —13→   mala lengua decía que a Simona la mamá la tuvo cuando tenía ya los 60 años, y que por eso ella salió loca. Pero la gente seria decía que Simona fue encontrada en la estación de tren en una valija, aparentemente olvidada por alguien en el apuro.

Es cierto, Simona vivía con la madre pero jamás compartió con ella la casa. Prefería habitar una especie de madriguera o nido que construyó ella misma bajo un naranjo, en el patio trasero. Nunca pasó el umbral de su madre, tenía terror a las casas o a la idea del encierro. Se pasaba los días de frío y calor metida en su refugio de paja y hojas secas. Salvo los días de lluvia que salía al patio, se arrodillaba como rezando y se dejaba llover todo el tiempo que podía, hasta las últimas gotas. Pero ella jamás tuvo aspecto de sucia, siempre vestía su bolsa limpia. En San José conseguía bolsas de azúcar y ella misma, agujereando para el cuello y los brazos, confeccionaba para su vestido largo y suelto; ahorrando así ropas interiores, aunque sin poder evitar las leyendas del producto que había contenido su tela.

Simona para las 8 de la mañana ya estaba de vuelta del matadero de San José, trayendo un pedazo de tripas, mondongo o cualquier otra menudencia. Y se sospechaba que comía todo crudo, porque nunca se le vio hacer fuego.

Así vivía Simona. Siempre guarecida en su escondite. La gente de Tatakuá solamente la veía al regresar de San José, religiosamente todas las mañanas. Y los vecinos, también cuando llovía. Partía tan temprano al matadero que ni los luceros a menudo la podían acompañar.

Hasta que de un día para otro, el regreso diario de Simona del matarife se convirtió en un espectáculo digno de ver. No a Simona, sino a la gente que la miraba a escondidas. El motivo: la transformación de su baja y fina figura. Bajo su vestido suelto comenzó a crecer un bulto, como si se hubiera tragado una pelota. No faltó quien se atreviera a decir que estaba embarazada. Fue el escándalo del pueblo y el asombro de todos. Como si hubiera parido una mula o saliese el sol en plena noche. Todos quedaron boquiabiertos. Pero la sorpresa fue la sorpresa   —14→   que causó en Tatakuá, un pueblo que hace tiempo había perdido su capacidad de asombro y en donde nada dejó de ocurrir.

El pueblo se dio vuelta como un bolsillo vacío y cundió el espanto, la vergüenza y deshonra para Tatakuá. Los pueblos aledaños ni se dieron por enterados, inclusive en San José nadie vio rareza en que una mujer -aunque loca- quedara encinta. Sólo Tatakuá se revolcaba en su propio estiércol. Para mayor preocupación del pueblo, Simona no cambió en nada su ritmo de vida. Cuanto más preñada estaba, cruzaba más lentamente el pueblo camino a su casa.

Tampoco faltó quien vigilara el refugio de Simona por si aparecía de noche la piedra del escándalo. Todo fue infructuoso. Un gran signo de interrogación afligía a Tatakuá. Sólo había una pista indudablemente, no fue el Espíritu Santo.

Las comadronas del pueblo, rosario en mano, ya andaban esperando día a día, hora a hora, el desenlace del escándalo. Pero Simona no suspendía su caminata diaria a San José, aunque apenitas ya podía levantar los pies, casi arrastrándose.

En esos días, un domingo, todo el pueblo en misa como nunca, Simona volvía como siempre a media mañana de San José, en vez de dirigirse a su madriguera, se encaminó hacia la iglesia. Cuando llegó, la misa ya había terminado y la gente conversaba entusiasmada en el patio, antes de retirarse a sus casas. Sobre todo los jóvenes, que aprovechaban el momento para acercarse a sus pretendidas e intercambiar algunas palabras que en otra situación se hacía difícil. Los galanes se rompían todos al competir en elegancia y buenos modales.

Pero todo concluyó cuando Simona se hizo presente en el patio de la iglesia, con su bolsa de azúcar llena de sorpresas y sus dos ojos buscando a alguien como dos linternas de luces negras. Las señoritas del pueblo creyeron tener una pesadilla, ya que Simona jamás hizo otra cosa que volver de San José y desaparecer entre sus ramas secas. Los jóvenes pretendientes quedaron paralizados, que eran recorridos uno a uno por la mirada perturbada y enturbiada de Simona, que parecía ensuciar con la vista los almidonados trajes blancos de los mozos. En el   —15→   fondo del patio, casi apartados y sin percatarse de la insólita visita, estaban abrazados Nacho Aguilar, hijo del intendente, con su novia Clementina Sosa, hija del presidente de la seccional. Simona dejó el portón y se dirigió pesadamente hacia el fondo. Parecía no saber qué hacer. Todos miraban estupefactos a Simona, ya que todos crecieron con el miedo de ella. Simona era el cuco de los niños de Tatakuá. Por miedo a ella los chicos aprendían a rezar, estudiar, obedecer y comer. Agregada a esta fama estaba su embarazo, esta vez para terror de los adultos.

De pronto, Simona dejó de buscar entre la gente y clavó su alucinante mirada en la pareja del fondo y caminó lenta pero decididamente hacia Nacho Aguilar, uno de los jóvenes más cotizados de Tatakuá. Su novia al ver que Simona se dirigía hacia ellos se agarró más fuerte de su brazo. Espantados estaban los dos, cuando Simona pegó un alarido indescifrable y enganchó el brazo desocupado de Aguilar, como queriendo despegarlo de su novia. Entre alarido y lloriqueo pesadillescos Simona hacía un gesto que responsabilizaba a Nacho Aguilar del producto de su bolsa.




Galeano Tavy

Un buen día apareció en Tatakuá un nuevo personaje y pasó a engrosar la colección de locos. Muy pronto su figura se convirtió en normalidad en el pueblo, aunque su figura se adornara con un brilloso gallo bajo el brazo y un perro cabizbajo que lo seguía a sol y a sombra.

Galeano Tavy le decían la gente, y se cree que su nombre alguien lo inventó para llamarlo de alguna manera. Porque Galí, así también le llamaban algunos cariñosamente, jamás hilvanó otra frase que la que repetía hasta el infinito: «Gallo, Ñandejára guyrá rembimbo'u». (El gallo es un pájaro enviado de Dios).

Entonces Galí ante cualquier pregunta o situación repetía la misma frase y bajaba su gallo en el suelo, lo premiaba con unos granos   —16→   de maíz y lo volvía apretar en su sudoroso sobaco. Su perro, sin embargo, no cumplía otro papel que el de seguir los paseos inciertos de su amo indiferente.

Galeano Tavy caminaba ritualmente las calles de Tatakuá sin detenerse en lugar alguno, rumiando siempre sus granos de maíz que compartía con su gallo sagrado. Solamente respondía con ademanes a los que le saludaban o le dirigían alguna palabra y gesto cualquiera. Levantaba su índice hasta lograr la atención y luego largaba gravemente su sentencia como la primera vez: «Gallo, Ñandejara guyra rembimbo'u».

Galí era el blanco preferido del pueblo para dispararle cualquier cosa: un chiste, un mareante, una pregunta, una burla, etc. Por lo visto una mañana no había amanecido del todo bien o simplemente respondió la verdad. Única y última vez que se escuchó decir otra cosa que no fuera: «Gallo, Ñandejara guyra rembimbo'u».

Desde que entró al pueblo, con sus infaltables gallo bajo la axila y su perro que iba oliendo su paso, comenzaron a preguntar si cómo había pasado la noche, cómo había amanecido, adónde iba, de dónde venía, si ya había dado de comer al gallo, si cuántas veces cantó antes del amanecer, que si el que le seguía era su perro o su radiografía (puro hueso); todos disparates y ocurrencias de todo un pueblo. Pero Galí no interrumpía su marcha, iba decidido hacia San José, como apurado. Era pleno verano y mediodía perfecto. Si no fuera por el perro, no hubiera tenido sombra Galeano en ese momento.

Cuando creyó haber salido del pueblo y dejado atrás tantas estupideces juntas sin responder, salió en la barranca de una chacra un agricultor y lo interrogó también burlonamente.

-Mamópiko reho hataité Galí, nde vyro, ko asajé pyte -le preguntó si a dónde iba tan apurado con el calor de la siesta.

-Aha akaká San Josépe -contestó secamente que se iba a cagar a San José y sin perder más tiempo continuó su viaje, en compañía de su gallo, perro y frase de siempre: «Gallo, Ñandejára guyrá rembimbo'u». (El gallo es un pájaro enviado de Dios).



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Alocore

Al parecer Secundino Ayala enloqueció en los turbulentos días de la Revolución del 47', cuando volvió del Servicio Militar -después de pelear y ganar con las fuerzas gubernistas- y encontró que sus padres habían sido muertos -acusados de revolucionarios-, por los mismos campesinos armados a favor de Morínigo y por quien él también había luchado hasta que le dieron la baja.

Algunos decían que ya había venido perturbado del cuartel, a causa de una bala de cañón que le rozó una de las sienes. Otros, que la muerte de sus padres lo arruinó mentalmente. Pero lo cierto es que, desde entonces, Secundino Ayala se internó y vivió en la selva hasta sus últimos días, cumpliendo un papel meteorológico para Tatakuá. Nunca se supo dónde mismo vivía en la selva, pero alguien dijo que habitaba dentro de un gigantesco timbó ahuecado, árbol milenario que abundaba en la zona. Las veces que salía Ayala a recorrer Tatakuá era señal de que iba a llover. A menudo las radios y los diarios anunciaban que iba a haber precipitaciones tal o cual día, pero nadie daba crédito al anuncio hasta que no saliera Ayala a gritar con voz en cuello, por todo el pueblo: «Alocoréééééééééééé...» «Alocorééé», ... «Alocoréééééééééé...» ... «Alocoréééééééééé...» ... «Alocorééééé...»

Por eso ya nadie en Tatakuá recuerda su verdadero nombre, sino su apodo: Alocoré. Y desapareció misteriosamente durante la represión antiguerrillera, en los años 60', sin haberse nunca equivocado en su pronóstico del tiempo. Algunos culparon de su desaparición a los guerrilleros. Otros, al general Caimán que había arrasado todo con su ejército y milicianos: pueblos, ríos y montañas. «Alocorééééééé...!». «Alocoréééééé...!». «Alocoréééééé...!».




Cepí y Lolo

La familia de Cepí y Loló era muy particular y numerosa. La única que parecía estar en sus cabales era la madre. Porque padre no tenían,   —18→   sino padres. A juzgar por el aspecto que tenían, esta familia era un muestrario de razas: uno parecía africano, otro escandinavo, otra egipcia, otro pigmeo, otra aria, otro sajón, mongol, fenicio, guaraní, etc. Pero con una característica común: a todos les faltaba algo: uno tenía el tornillo flojo, otro más salido, menos flojo, más flojo, otros directamente estaban sin tornillo; así todos. Eran como 15 hermanos y una sola madre. Ella administraba todo, la alimentación y la locura. Lavaba ropas, vendía grasa de chancho, huevos, cocos, bananas, liaba cigarros y hacía velas. Contaba con la cooperación de todos sus hijos, menos Cepí que jamás quiso ponerse una ropa ni salir fuera de su cerco. Era negro como el betún, como 2 metros de altura, de perfecta dentadura blanca, mudo. Pero a menudo sonreía. Caminaba despaciosamente bajo el naranjal tras su nutrido cerco de takuara, como exhibiendo su musculoso cuerpo libre y desmesurado genital colgante. Las niñas curiosas del pueblo muchas veces ocupaban su siesta para espiar la anatomía de Cepí, y así saciar su temprana fantasía.

Sin embargo, Loló era laborioso y era uno de los encargados de distribuir los productos de trabajo de su madre, y la ración diaria de los chanchos que pronto proveerían de grasa a Tatakuá y sustento a su familia. Loló era divertido e inocentón. Era un peligro en sus confesiones. Contaba todo. Si qué había comido y a qué hora había hecho sus necesidades. En este sentido, Loló acostumbraba ir al bosque más próximo de su casa a desechar. Para peor, justo en la barranca de un arroyo muy concurrido por los niños del pueblo. Y más de una vez Loló fue víctima de las travesuras de los chicos. Porque tenía la costumbre de entrar al bosque y desnudarse. Luego colgaba su ropa de algún árbol y comenzaba a buscar un lugar propicio para ponerse en cuclillas. A veces, sin darse cuenta, se alejaba mucho de la ropa, en busca de algunas hojas higiénicas, y cuando volvía ya no estaba su ropa. Entonces, Loló salía así desnudo -como Cepí- a recorrer el pueblo averiguando por su ropa.



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Ña Enriqueta y Salú

Ellas eran madre e hija. Vivían en los yuyales aledaños al pueblo. Nunca entraron al centro de Tatakuá, sector denominado abstractamente en un pueblo sin veredas ni calles trazadas. Ña Enriqueta y Salú encontraban sustento en la sangre y desperdicios que recogían del matarife de Tatakuá. Cuando salían de su ranchito iban bordeando el pueblo hasta llegar a destino, donde debían procurarse su achura diaria. Había días en que se les hacía difícil, sobre todo cuando el vecindario se acercaba a beber la sangre caliente de algún renombrado toro semental, creyendo ciegamente que eso les potenciaría la vitalidad y la apetencia sexual. Otras veces, porque la miseria del pueblo obligaba a muchos a retirar sangre y cocinarla, en reemplazo de la carne que cada vez resultaba más inalcanzable. Pero Ña Enriqueta y Salú no cejaban en su lucha por la vida, dirigiéndose al matadero diaria y tangencialmente a través del pueblo.




Ña Chokó

Nadie sabía por qué Ña Chokó estaba considerada en el pueblo como loca. Ella tampoco nunca mostró interés alguno en desmentir esa consideración. Ña Chokó parecía normal. Hablaba. Oía. Caminaba. Veía. Tenía un hijo. En síntesis, existía. Aunque jamás se preocupó por demostrar siquiera su existencia. Ella era un árbol o un takurú más del pueblo. A nadie le importaba Ña Chokó y a ella tampoco parecía importarle nada. Vivía porque, como se dice, el aire es gratis. Pero como se dice también, no sólo del aire vivía Ña Chokó. Ella se alimentaba de las osamentas del pueblo. Enmedio de Tatakuá había un campo comunal y ahí se tiraban todos los chanchos, vacas, caballos, burros, gallinas y otros animales muertos por alguna enfermedad. Ña Chokó pasaba a recoger y carnear sus presas. Nadie vivía comiendo tanta carne como ella y su pequeño hijo. Nunca nadie supo que haya por lo   —20→   menos estornudado a consecuencia de consumir carroñas. En los años '70 se produjo un milagro para Ña Chokó, porque el gobierno decretó una fumigación masiva para combatir el paludismo y no se sabía qué otro cuento. Lo único que lograron, aparte de inspeccionar los ranchos por si tenían sótanos o armas escondidas, una muerte en cadena de animales domésticos. La fumigación aniquilaba a las cucarachas; éstas eran comidas por las gallinas; a su vez éstas morían y eran devoradas por los chanchos; y éstos posteriormente pasaban a ser presas de los perros, cuyos restos sembraban el campo comunal de huesos caninos.

No se sabe si alguna vez la fumigación hizo mella en la peste palúdica, pero sí diezmó de miseria y hambre a Tatakuá. Pero la cadena de muertes no fue tan perfecta, entre los eslabones, Ña Chokó se benefició como nunca; ya que otras épocas escaseaban las osamentas y más de una vez tuvo que lidiar con los perros para arrebatarles su codiciosa presa.




Querido

Querido era lo que se llama un loco suelto. Era un gigante como los del país que visitó Gulliver. Un mastodonte lleno de harapos que se echaba a los caminos y regresaba al pueblo en semanas, meses y hasta años. Sólo le gustaba caminar, caminar y caminar. A veces tomaba la vía férrea y no paraba hasta llegar a la capital, luego de haber recorrido todos los pueblos en su trayecto de 300 km. Querido era apreciado por todos. Un niño gigante, inofensivo como nadie. Su vida era caminar y caminar. Él a todos les consideraba hermanos y abrazaba a cualquiera confianzudamente, y a veces era objeto de rechazo por su condición de harapiento y sucio. Porque Querido con su fuerza a menudo hacía volar al aire a personas mayores como si se tratasen de criaturas de pocos meses. No distinguía entre niños y adultos, su afecto era desproporcionado como su inocente gigantismo. Su cariño por la gente era desmesurado y muchas veces alzaba a upa a señores serios y desconocidos. Su figura elefántica inspiraba miedo, pero bastaba conocerlo mínimamente   —21→   para que su bondad adquiriera la forma de su fisonomía. En un descuido, a veces tomaba a alguien y lo llenaba de babas y aprecio descontrolado. Y cuando recibía algún reproche o afrenta por su gesto, se ponía a llorar y su llanto resultaba tan poco creíble o absurdo, como si se viera lagrimear a una estatua.

Triste final el de Querido. Él que sólo pedía libertad de caminar y caminar. Cuando fue envejeciendo comenzó a desorientarse por los caminos, y más de una vez se salvó milagrosamente de la muerte; ya porque se quedó dormido en la vía férrea y alguien pudo despertarle antes que llegara el tren, o porque alguien lo encontró vagando por los cerros y entre tigres ya lamiéndose los colmillos. Por tal motivo, los familiares tuvieron que encerrarlo en una jaula de rejas forjadas, después que derrumbó una pared y se fugó varios meses. No había calmantes ni consuelo que pudieran reemplazar el camino. Querido muy pronto dejó de comer, enfermó de tristeza y encegueció. Así murió, como si a un niño recién nacido se le quitara la leche. Para Querido el camino era el alimento imprescindible de su existencia.

Pero la anécdota más recordada de Querido en Tatakuá es su aventura con la mujer más hermosa que ha dado el pueblo en toda su historia. Mimicha parecía más bien una creación del sueño y la imaginación. Cualquiera la hubiera confundido con alguna estrella moldeada por el cine. Pero Mimicha vivía realmente en Tatakuá, como una flor en el barro. Los muchachos del pueblo soñaban con un saludo de Mimicha, que parecía no tener inclinaciones humanas. Cada día era más bella y menos accesible. De su casa a la escuela y de la escuela a su casa. Sus alumnos entraban en delirio colectivo soñando tener alguna vez una novia como ella. Su cabello dorado refulgía sobre su perfecta cadera.

Mimicha parecía vivir etéreamente y sin necesidad de intercambiar una sola palabra con nadie del pueblo. Se dice que hablaba en la escuela, porque los niños le resultaban los únicos merecedores de su consideración. Y más de un desengañado caballero empezó a despotricar contra ella. Que despreciaba al pueblo y a su gente. Que no tenía mérito alguno para estar en la escuela. Que ella solamente soñaba con   —22→   tener un novio de la capital y no de un pueblucho que no figura en el mapa. El pueblo con justa razón comenzó a enumerar sus defectos y antipatías, pero su belleza se sobreponía a todos los embates. Sobre todo las mujeres se ensañaban con ella, como queriendo tapar el sol con una mano. Los hombres no pasaban una noche sin imaginarla entre sus brazos. No faltó quien dijera que se trataba de una mujer irreal y endiablada.

Pero una siesta Tatakuá no supo de modorra ni quietud.

Querido iba pasando por la casa de Mimicha y ésta le llamó. Querido no escapaba al delirio varonil del pueblo por ella. Sin que nadie pudiera explicar el porqué ni el cómo, Mimicha se desvaneció como una virgen de cera en los brazos monumentales de Querido, en la creencia de que su placer iba a tener un mudo dueño. Algunos despechados y decepcionados caballeros interpretaron el gesto de Mimicha como la peor afrenta, dejando entender que Querido era el único que merecía su amor. Pero por supuesto, Querido que hasta entonces era considerado mudo, salió a vivar su hazaña amorosa por todo Tatakuá. Mimicha, por supuesto también, como si fuera realmente irreal, se esfumó para siempre del pueblo.




Tatakuá

Parecería que en Tatakuá todos fueran locos. Pero no es así. Sólo Felipe, Simona, Galí, Alocoré, Ña Chokó, Cepí, Loló, Ña Enriqueta, Salú y Querido son los locos; todos los demás eran normales y cuerdos. El comisario, que defendía el orden con garrotes y todo lo que encontraba a mano. El intendente, que representaba al dictador políticamente y decidía como un Dios enano sobre la vida de los demás. El presidente de Seccional que tenía la tarea de afiliar a todos: perros, gatos y ratones. El cura, siempre perdonando y bendiciendo con la mano derecha lo que hacía su mano izquierda. El resto del pueblo se repartía entre delatadores, torturadores, contrabandistas, cultivadores y traficantes de marihuana,   —23→   cepilleros, recomendados y unos que otros opositores tibiamente opuestos al tirano. Como se habrá visto sería una infamia imperdonable llamar a Tatakuá pueblo de locos, donde notoriamente eran mayoría los normales y cuerdos.

1985





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ArribaAbajoLa vida en la ciudad

De eso que somos y que queremos muy poco queda realmente...


Antonin Artaud                


Añorado amigo Remberto:

Hace casi un año que estoy en la ciudad y recién me pongo a escribirte. Porque siento que por fin he llegado del todo y es como si hubiera nacido de nuevo o resucitado, después de haber conocido una vida anterior. Ahora sé también que algo murió en mí y algo volvió a nacer. Lo que murió debe ser la esperanza que tenía de poder vivir en Tatakuá y lo que nació, quizás la resignación de no tener otra alternativa que procurarme la sobrevivencia y proyectar una nueva vida en lo posible. Como verás ya estoy sobreponiéndome a la tragedia que significó para mí dejar todo aquello, gracias a eso te escribo estas líneas y espero que al recibirlas te encuentres bien en compañía de los tuyos. Te ruego que al contestarme ésta no te olvides de ninguna novedad importante que haya ocurrido en el pueblo, durante mi ausencia.

Por mi parte, Remberto, no sé por dónde empezar a contarte lo que es la vida en la ciudad. Lo único que debes saber es que todo cuanto aprendemos en el pueblo no sirve para nada en la ciudad. Estoy comenzando de uno nuevamente. Mis conocimientos sobre las plantas   —26→   y los animales a nadie le interesa por acá. La agricultura apenas se menciona en los libros escolares. Aquí no tienen importancia las fases de la luna, los vientos no presagian nada, los pájaros cantan y lloran sin anunciar nada para los que habitan la ciudad. La lluvia no trae bonanza, sino tristeza y miseria porque inunda las villas y barrios pobres. ¡Cuántas veces nosotros, Remberto, mudábamos de lugar las cruces y haciendo rogativas con la gente hemos hecho llover a cántaros! Así el campo recuperaba su verdor y el maizal volvía a blandir al viento sus hoces de chalas y espigas. Pero aquí lamentablemente nada de eso importa. Nuestro arte para domar redomones desbocados no se cotiza en la ciudad como los otros oficios, relacionados con los fierros y motores en general. Los que son de estos quehaceres sí consiguen trabajo y con facilidad, hasta los diarios piden por ellos. Pero de los problemas te seguiré hablando en cartas próximas, porque vos estarás más interesado en saber cómo es la ciudad y cómo se vive en ella.

Cuando llegué, lo primero que vi en la ciudad fueron sus luces infinitas, porque el tren que me trajo llegó de noche. De lejos parecía una interminable siembra de estrellas caídas. Lo más parecido que vi a una ciudad de noche fue la función patronal de nuestro pueblo, que traía consigo su ruidoso motor que hacía un milagro -según nosotros- haciendo encender por algunas horas cientos de tubos fluorescentes. Pero en vez de abarcar un sólo predio, las luces se diseminaban como un mar de velas ardiendo. Y cuando uno está dentro de esa montaña de lámparas dispersas, la noche se vuelve remota y distribuida en pequeñas porciones de oscuridad. La ciudad está poblada de automóviles que parecen escarabajos gigantes y ojos encandilantes que suben y desaparecen por las calles desniveladas. Los letreros luminosos de mil colores se apagan y se prenden eternamente. Los maniquíes de ambos sexos sonriendo en los escaparates, vestidos de trajes o bikinis. Creo que, Remberto, nunca vimos en nuestro pueblo algo parecido. Hay tanta gente caminando apurada que por poco no me lleva por delante. No se puede realmente contar lo que es la ciudad, amigo mío, algún día podrás venir y verla con tus propios ojos. Porque tengo la impresión de que con   —27→   dos ojos solos no alcanzan para ver tantas cosas nunca vistas, como tampoco alcanzan las palabras para describir mi añoranza por Tatakuá.

¿Y las mujeres, Remberto? Son todas como esas que veíamos en los viejos periódicos de artistas. Rubias, morochas, trigueñas, altas, bajas, flacas o gorditas, pero todas lindas como esas virgencitas que cada uno en nuestro pueblo tiene. Con esto no quiero decir que nuestras (¿nuestras?) mujeres sean menos hermosas, pero son de la clase con quienes imaginábamos siempre tener historias de amor, en las calurosas y largas siestas en el arenal del arroyo; mientras jugábamos con los amigos quién era el mejor dotado y sería elegido por una sirena si saliera de repente del agua junto a nosotros. ¿Te acordás, Remberto, de las fórmulas insólitas que aplicábamos para acrecentar nuestros dones viriles? ¿O lo siguen haciendo todavía ustedes, partida de sinvergüenzas? Si es así, ya es hora de que se dejen de perder tiempo y se aboquen a corresponder a nuestra comunidad de admiradoras. No vaya ser que después se arrepientan y como yo ahora que estoy lejos, mirando pasar a diosas con minifaldas y sin posibilidad de convertirme en devoto de ellas. O no te acordás, Remberto, que yo me hacía el arisco como ustedes y ahora estoy pagando caro tanta estupidez. Entonces, mi extrañado amigo, tienen que hacerme caso y no dejar ninguna virgen sin su espíritu santo. Y luego háganme saber todos los detalles. A propósito, quiero saber cuál de mis pretendidas se acordó con más insistencia de mi humilde persona; para escribirle luego y preparar el ambiente para cuando vuelva.

Quiero que vayas contando a las chicas que estoy trabajando bien (aunque a vos te confieso que apenas me alcanza para comer), que ya me compré para mi reloj, una radio portátil y que estoy juntando plata para cuando vuelva, y pueda comprar una moto. Porque no voy a ir de vuelta a montar mi viejo alazán, que ya debe estar a punto para picadillo. Pero vos, Remberto, como un buen amigo, tenés que dejarme bien cuando contás noticias sobre mí. Podés decir, por ejemplo, como es cierto, que vivo en una pensión (aunque acá signifique casi lo peor), porque en nuestro pueblo esas cosas suenan bien. Otra cosa que también podés   —28→   decir, que ya estoy hablando bien el castellano y que de a poco voy pareciéndome en elegancia a los muñecos que hacen de modelos en las vidrieras. Bueno, ya sabés, tenés que mentir pero en forma creíble. Pero de verdad ahora te digo, cuando pueda nomás me compraré algunas ropas nuevas, reloj, zapatos, cadenilla, pulsera y anillo. Me sacaré una foto en alguna plaza y te enviaré para que le muestres a las chicas y amigos. Te cuento, además, desde que vine no me corté el pelo y estoy hecho un melenudo como esos cantantes de «nueva hola». En cambio, ustedes ya se estarán pelando para la reclutación y para terminar sirviendo en la casa de los capos militares. Como yo me voy a salvar por estar en el extranjero, procuraré llevar mucho dinero para comprar la moto que te dije y mi baja. Aunque por ahora estos no pasan de ser proyectos, yo me tengo mucha fe en cuanto a la plata que voy a ganar cuando aprenda algún oficio de buena remuneración.

Remberto, ya debés estar cansado de leer tantas cosas y ocurrencias que me vienen a la mente al escribirte. Pero yo te cuento todo para cuando salgas del Servicio Militar y puedas venir junto a mí a rebuscarte también. Así vas a venir con la cabeza fría y no con los pajaritos como vine yo. Aquí todo es raro. Yo anduve por montes y selvas solo, pero nunca sentí la soledad como ahora en la ciudad, aun entre la gente. El domingo pasado me sentí tan triste que decidí ir al circo, a ver si conseguía apartar de mí un instante siquiera tanta nostalgia. No vas a creer, cada gesto, cada chiste del payaso me hacía entristecer más y tuve que salir antes de que terminara la función. ¿Te acordás, Remberto, cuando ibamos al circo que visitaba de vez en cuando nuestro pueblo, y volvíamos roncos y con los ojos llorosos de tanto reír? Pero parece que cuando uno está mal no hay mono que le resulte simpático. Y hablando de monos y otros animales, en estos días visité el tan mentado zoológico. Me vi reflejado también en cada bestia enjaulada y me sentí más oprimido por la ciudad y la gente, que miraban con diversión a los animales entre rejas y se fotografiaban con ellos. Había miles de pájaros de todos los pelajes y tamaños, pero yo me sentía otro pájaro raro más entre ellos; aunque sin la admiración de la gente y con mi celda invisible.   —29→   Algunos leones parecían no tener apetito y preferían aprovechar el sol que se filtraba entre los rascacielos. Unos osos regordetes se hacían los muertos y permanecían revolcados, indiferentes. Los monos, en cambio, como en nuestro pueblo y creo en todas partes, a pesar de estar enclaustrados, saltaban sin parar y repartían al público gestos obscenos.

A veces pienso, Remberto, que lo que otros ven con alegría yo lo estoy viendo con tristeza y desánimo total. ¿Será porque las cosas se muestran como uno se siente? Pero un amigo nuevo que hice en la ciudad, me dijo que él también cuando vino recién veía todo negro y que con el tiempo le fue cambiando a mejor color. Más de una vez pensé que no aguantaré por mucho tiempo más este sufrimiento, pero también pienso qué podré hacer en nuestro pueblo y con qué excusa volveré con las manos vacías. Como sabrás, yo soy la esperanza de mi familia y sin embargo ellos no saben que la pobreza también existe en la ciudad. Aunque a los pobres por aquí se les llama carenciados y el nuevo gobierno militar los está echando fuera de la ciudad. Dicen que la miseria no existe cuando no se ve. ¿Qué te parece, Remberto? Cuando vine la gente vivía en libertad y democracia. Pero las bombas explotaban minuto a minuto, como si fuera en fiestas de fin de año, en escuelas, hospitales, plazas, ministerios, calles y por todos lados. Un día yo iba viajando en colectivo y, mientras esperábamos que pasara un tren, alguien lanzó de un edificio alto una bomba y explotó a pocos metros de nuestro ómnibus. En los días previos al golpe militar, faltaba hasta para comer. No se conseguía alimentos ni medicamentos. Así se vivía hasta que una mañana amaneció aparentemente todo calmo. Las radios transmitiendo música sacra y marchas militares, la televisión comunicando los decretos de la nueva Junta Militar y la gente corriendo a los almacenes a comprar las mercancías que un día antes escaseaban. Llegaron hasta a regalar los artículos de primera necesidad y ese día se supo quiénes ponían las bombas y escondían las mercaderías. Para que tengas una idea, Remberto, pasó igual que en Paraguay pero mucho más desordenado. Es decir, salían los tanques y disparaban a la gente   —30→   en plena calle. He visto sangre por todos lados y puertas derribadas a cañonazos. Ómnibus quemados y vehículos de secuestradores atormentando por los barrios. Aviones y helicópteros transportando presos y desaparecidos. Patrulleros y ambulancias de aquí para allá alocadamente. Sabemos, Remberto, que en nuestro país ocurre lo mismo, pero algo más sistematizado y sin despertar muchas sospechas. Y yo entré todo esto, buscando trabajo sin documentación alguna. Porque andaba ya a punto de conseguir la radicación y justo vino el golpe. Nos dijeron que teníamos que hacer de nuevo todos los trámites, que se perdieron los expedientes y no sé que otros cuentos. Desde entonces, estoy sin ningún papel, ni para ir al año como se dice.

Bueno, Remberto, espero no amargarte la vida con todo lo que te conté. Pero necesitaba contarle a alguien de confianza mi dolor y mi esperanza. Y no tengo otro amigo mejor que vos, a pesar de la distancia y el tiempo que nos separa. Pese a todo, sigo con optimismo y creo que pronto saldré de este pantano de problemas. Quiero que a vuelta de correo me hagas saber tu opinión sobre mi vida en la ciudad y las novedades de nuestro querido pueblo.

Un fuerte abrazo de tu amigo de siempre.

Baldovino («Churí») 1982



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ArribaAbajoLas dudas de un verdugo

Las luces están prendidas en el palacio del dictador. Es la hora en que se reúnen los consejos de guerra y los técnicos en torturas bajan a las prisiones.


Ernesto Cardenal                


La madrugada traía consigo un aire espeso de silencio, que penetraba en las herméticas celdas y atormentaba anticipadamente a los presos que aguardaban su inexorable sesión. Sólo el eco de algunos pasos perdidos, de los guardias por el corredor, rompía levemente la abrumadora quietud que reinaba en el Cuartel de Seguridad. Los oídos entre rejas se agudizaban tanto que se convertían en perfectos radares, que detectaban cada noche la llegada de los verdugos a la cárcel y todos sus movimientos previos al interrogatorio. Lo demás, ya era audible para ellos: las carcajadas de borrachos, las amenazas de muerte que hacían escuchar, los gritos acuciantes que habían grabado a los torturados anteriormente y que muchos de los detenidos reconocían en la grabación sus propios alaridos. Luego se prendían las luces potentes de iodo, el tintinear alarmante de las llaves en camino, las pisadas fuertes   —32→   y exageradas dirigiéndose a las celdas. Aun ya sabiendo a quiénes les tocaba la sesión esa noche, abrían las pesadas puertas de cada una de las celdas e insultaban groseramente a sus ocupantes para tenerlos en vilo mientras torturaban a los otros.

Unos hombres sacaban de la celda al que iba ser molido y lo llevaban casi prolijamente a la cámara de tortura. Lo amarraban a la mesa y lo dejaban solo unos minutos con su conciencia. Nadie podría describir ni aproximadamente lo que ocurría en esa antesala del infierno. Esos fatales instantes previos al dolor inconcebible. Pero todo terminaba o comenzaba cuando hacía su entrada Toledo a la sala, cubierto el rostro como si fuera un cirujano que entraba al quirófano, e iniciaba así -el más renombrado torturador de Rubioroch- su macabro suplicio. Él no distinguía niños, mujeres o ancianos. Tampoco hacía distingo de ninguna especie. Le daba igual un político, sindicalista, obrero, estudiante, poeta, músico o religioso. A todos les daba sin miramientos su inmisericorde golpiza. Cumplía su misión con esmero, ni un golpe más ni un golpe menos. Su oficio de muchos años y estricto respeto a la orden de su jefe, hicieron que la fama de Toledo trascendiera los muros infranqueables de la cárcel de máxima seguridad. Aunque su nombre siempre se asoció a la idea de un loco, su disciplina e incondicionalidad para cumplir su trabajo sirvieron siempre de ejemplo para sus colegas y de terror para sus potenciales víctimas.

Aquella madrugada tuvo por paciente el cuerpo de un dirigente campesino secuestrado, enmedio de un desalojo realizado de unas tierras ocupadas. Creían que las ocupaciones estaban alentadas por algunos políticos y hasta por la iglesia. Toledo recibió unas férreas instrucciones de su jefe, que a su vez fue apretujado por Rubioroch para conseguir un resultado que sirviera para barrer a varios de un escobazo.

Toledo golpeaba y golpeaba el cuerpo flaco del secuestrado. Con cada golpe parecía quebrarse, pero sólo se encurvaba y volvía a su lugar de partida. Machacaba sin cesar en los puntos más sensibles del cuerpo. Se retorcía el campesino como una lombriz y volvía a ofrecer su físico al verdugo para los siguientes golpes. El torturador estaba lejos de   —33→   comprender cómo un hombre podía dejarse humillar tanto en nombre de quién sabe qué ideales. El cuerpo permanecía en su postura temblorosa y desafiante para Toledo que esa noche observaba todos los detalles por la urgencia del resultado. Con cada golpe que bajaba no sabía si iba a romper el silencio del cuerpo o el cuerpo del silencio. Se sentía también apremiado porque su jefe lo miraba cada minuto, a través de una ventanita-trampa que comunicaba la cámara de torturas con su oficina. Eso era señal de que Toledo debía poner en acción su máxima eficiencia porque estaba en juego su jefe y podría quedar sin su único protector.

El torturador creía que con arrancar algunas miserables palabras del interrogado, ya alcanzaría para convertir al torturado en un tilingo más que pasó por su gabinete y a quien le arrancó el delirio de haber querido ser mejor hombre que otros. Entonces, entraría el jefe a la cámara, como algunas veces había ocurrido, y pactaría con el secuestrado su libertad. Claro, a cambio de los compañeros de más renombres de la Organización y otros cómplices. Pero después Toledo se dio cuenta de que esa vez estaba soñando, tal vez por el cansancio y el calor de diciembre que no perdona ni en las madrugadas, ya que el cuerpo entumecido seguía mudo bajo el silbante látigo de tejuruguái o cola de lagarto.

El matón seguía con su cruel labor y atentísimo a los labios de su cliente. Este parecía jadear y lloriquear pero sin modular palabras. El jefe volvió a abrir la ventanita-trampa y la dejó abierta para escuchar en directo lo que sucedía en la cámara. La madrugada ya estaba avanzando mucho para seguir sin éxito. Ahora todos los quejidos estaban dirigidos al jefe que caminaba por su oficina como si estuviera también en una celda.

Toledo sólo estaba en condiciones de descifrar las posibles y remotas palabras de su torturado, todo lo demás observaba con total indiferencia. Se enjuagaba la frente con el puño, escupía la mano y repartía golpazos sobre el cuerpo maniatado de su víctima. Quizás, quería a toda costa descubrir alguna vez, después de pasar por sus manos miles de opositores, cuál era la diferencia que había entre el   —34→   hombre que torturaba y el que se dejaba torturar. Porque siempre vio a los presos en la cámara como desafiándole en su propio terreno, como si el agredido fuera él y no los que noche a noche le entregaban para machacarlos, con su colección de garrotes y látigos. Jamás Toledo los imaginó a sus innumerables huéspedes como traídos a empujones y encapuchados de sus propios lechos. Los veía siempre con la imaginación pronunciando improperios y engañifas contra Rubioroch y su respetado jefe. De ahí el gusto con que hacía posar sus intermitentes y triturantes golpes, como palo de mortero contra maíces duros, sobre el cuerpo de cualquiera que le tocase en suerte estar en Seguridad y pasaba a convertirse automáticamente en su propio enemigo.

Sin embargo, Toledo no lograba nunca salir del todo de su extrañeza de cómo podía un hombre soportar tanto dolor y mezquinar sus palabras que, según él, no son imprescindibles. Será por eso que revisaba a menudo la lengua de sus apresados; porque después de poner todo su conocimiento y toda su fuerza, pensaba que no habían hablado porque la tragaron y no podía convencerse de que lo que hizo fue en vano. Esto hacía crecer su curiosidad y entusiasmo hacia los hombres y mujeres que pasaron bajo su mortífero instinto.

Aquella madrugada calurosa de diciembre, Toledo transpiraba sobre el amoratado cuerpo del campesino secuestrado. Este, a los golpes ciegos respondía con ligeros retorcimientos y chirridos de dientes. Pero sin murmurar siquiera una sílaba cualquiera. De pronto, clareó la media luz de la cámara y apareció el jefe meneando la cabeza negativamente. Observó de reojo el cuerpo estaqueado sobre la mesa y se dirigió con severos gestos hacia el torturador.

-Toledo tavy, además de ser sordomudo, ahora ya no servís ni para hacer interrogatorios -le dijo el jefe y lo invitó a salir casi a empellones.

1983



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ArribaAbajoEl baile


Qué sola estás en tu casa,
vestida de blanco!
Por la tarde ves temblar
los cipreses con los pájaros...


F. García Lorca                


Cada vez que llueve en Asunción cualquiera puede imaginar lo que habrá sido el diluvio bíblico. Como aquella noche que salió Emérito Zoilo de su pensión El Viajero, para dirigirse al baile La Reina, los raudales se encontraban en las esquinas y parecían invitarse para correr más hacia las mugientes alcantarillas, que iban succionando todo cuanto arrastraba la torrencial lluvia. El río Paraguay atraía a su vez, allá abajo, todas las aguas caídas como un largo imán sediento al pie de la ciudad.

Emérito no quería salir, pero ese día había cobrado y pensó que ya era tiempo de comenzar a olvidar el pueblito que tuvo que dejar por fuerza mayor y adaptarse a una nueva vida urbana. Después de un largo ensayo para vestir su perramus nuevo, salió a la calle y abrió su paraguas nuevo también para llegar lo menos empapado al baile.   —36→   Después de unas cuadras quiso volver desalentado por la inenarrable lluvia que ahogaba la noche de primavera. El baile a lo mejor está lindo, pensó Emérito y siguió adelante.

En las esquinas, algunos coches quedaban boyando como si fueran barquitos de papel. Los ómnibus iban repletos y cruzaban abriendo caminos, y provocando olas en las aguas demoradas de las alcantarillas. Pero Emérito seguía con tal de conocer cómo eran los bailes en Asunción y así comenzar a tejer las nuevas vivencias y amistades. Para eso tuvo que quitarse, a pocas cuadras más, también sus zapatos nuevos y caminar hasta llegar a La Reina con las mangas del pantalón levantadas. Había quedado lejos de aquella elegancia que había visto Emérito en el espejo de la pensión. Ahora era apenas un solitario hombre que iba al baile con sus zapatos en las manos, bajo un imparable temporal que parecía prohibir la fiesta de primavera.

Emérito se apersonó a la boletería y pronto ya estaba acodado en el bar del salón. Había alegre música pero algo le afligía en el ambiente. Luego pensó que tal vez extrañaba la frescura de la lluvia que seguía cayendo copiosamente afuera, mientras en el salón se respiraba un aire esponjoso. Bebió casi sin querer una gran copa de cerveza y quedó un poco agitado por retener la respiración mientras sorbía.

Había mucha luz en el salón y pocas parejas bailaban desganadamente. A Emérito le pareció que a la gente poco le importaba que fuera fiesta de primavera. En ese momento le hubiera gustado estar en el baile de su pueblo, rodeado de amigos y pretendidas. Pero descartó la idea por inoportuna y recordó que él había salido de su cómodo hospedaje para distraerse un poco y no para emborracharse de nostalgias. Hasta llegó a pensar que la lluvia le había apagado su ánimo como si fuera llamita de fósforo. Entre la movidísima música y su aquietado espíritu, Emérito seguía sorbiendo su cerveza como jugando al dejar la espuma como blanco bigote, que burlonamente observaba en el espejo del bar. De repente, en un margen del espejo encontró el hermoso rostro blanco de una señorita que también se divertía gratuitamente con su espumoso bigote.

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Emérito se quedó duro mirando aquel rostro que parecía estar al tanto de su inestable y volátil espíritu. Abandonó con su mirada el espejo y sentía que la señorita lo seguía observando con sus penetrantes ojos negros. Entonces, apuró otro balón de cerveza y viró la mirada disimuladamente hacia la chica. La descubrió sonriéndole como encantada o quizás burlándose de él. Emérito se quedó con la mente en blanco, sin posibilidad alguna de racionalizar esa situación. No sabía si mirarla como un galán o mostrársele desinteresado e indiferente. La señorita aparentemente estaba sola y tal vez con ganas de hacer pareja, se le pasó por la cabeza a Emérito. Pero nada hacía animarlo y salir de su acorralado estupor de sentirse en un juego estúpido.

Volcó varias cervezas más, casi mecánicamente, en su estómago y se sintió ya listo para sortear el desafío. Justo se había cortado la música rítmica y comenzaban a distender el ambiente las canciones melódicas. Emérito se sintió algo desequilibrado cuando bajó la cabeza en señal de invitación a bailar a la señorita que tanto lo observaba. Esta correspondió con una sonrisa amplia y le entregó su mano como dejándose llevar a la pista de baile. Emérito apretó su suave mano en la suya y la sintió fría. Llegaron al centro del salón y la chica se dejó aproximar con confianza al cuerpo de Emérito. Este la estrechó del mismo modo y temía que la señorita sintiera galopar como enloquecido su corazón al estar tan cerca. La chica bailaba tan quietamente que Emérito por momentos creyó que se había dormido en su hombro. Pero bastaba con mirarla para descubrir una vez más, a pocos centímetros, su lejana sonrisa. Eso sí, ni una palabra. Emérito, después de varias canciones de baile, arriesgó una pregunta de rigor.

-¿Con quién tengo el gusto de bailar?

-Mariluz.

Emérito, sin saber por qué, como arrepentido de haber interrumpido aquella sonrisa silenciosa, prefirió apretarla más fuerte y seguir bailando sin curiosidad alguna. Habrán bailado tanto, y tan encantados, que cuando Emérito miró a su alrededor ya eran la última pareja en la pista, y los dueños del salón estaban con caras de querer cerrar ya.   —38→   Dejaron la pista agarrados de la mano y así también tomaron la calle bajo el paraguas de Emérito: Mariluz aceptó ponerse el perramus después de mucha insistencia y Emérito la acompañó hasta su casa, en la cercanía del Mercado 4. Caminaron en silencio y abrazados para caber plenamente bajo el paraguas, que apenas podía con la demencial lluvia que no cesaba ni un segundo. En las alcantarillas seguían chorreando los raudales que traían en su lomo torrentoso hojas secas y flores. La madrugada iba tomando cuerpo a pesar de la lluvia que parecía borrar la divisoria de la noche.

Emérito no resistió más y también borró la sonrisa de Mariluz por un instante, cuando se despidió con un beso. Ella quiso devolver agradecida el perramus y argumentó que no había llevado nada de abrigo porque había salido antes de llover. Emérito también argumentó que no podía llevarlo así mojado, porque en la pensión no tenía lugar para tenderlo. Además, dijo, que ese día domingo por la tarde podría venir a retirarlo. Emérito buscaba establecer un motivo para volver a verla, ya que Mariluz no avanzaba en ninguna conversación, sólo sonreía dulcemente cada vez que debía responder sobre alguna propuesta de amor. Emérito se dio por vencido y partió a su pensión con la única idea de volver a ver a Mariluz por cualquier motivo. Camino a El Viajero pensó que a lo mejor las chicas de Asunción eran así, de poco hablar y mucho sonreír. Y se felicitó íntimamente por habérsele ocurrido dejar el perramus para volver a la casa de Mariluz.

Prácticamente, había amanecido cuando aún tenía en su mente la sonrisa imperturbable de Mariluz y seguía sin dormir en su cama. Volvió a repasar con su memoria cómo había comenzado todo. Recordó el espejo y el rostro de Mariluz que se iluminó de repente en un costado de la estantería espejada. Su bigote de espuma y la sonrisa indescifrable de Mariluz en ese momento. El coraje de invitarla a bailar y apretarla fuerte a pesar de parecer tan frágil. Su eterna sonrisa: antes, durante y después de cada gesto o palabra. Emérito había quedado dormido, pero sin cambiar de recuerdos y sus sueños también fueron todos de Mariluz.

  —39→  

Se despertó después del mediodía y miró por toda la pieza como buscando a alguien. Al principio, no podía distinguir si lo de Mariluz fue solamente un sueño o realmente estuvo con él durmiendo. Pero pronto entendió que sólo lo del baile se había repetido en su sueño y que enseguida se encaminaría hacia la casa de ella.

Para el desayuno ya era tarde y para el almuerzo no tenía tiempo, Emérito se vistió elegantemente y salió apurado a la calle. No se dio cuenta de que había parado de llover y que había un sol espléndido sobre la ciudad. Caminó apurado y levantando la cabeza como si olfateara el aire o el rumbo a seguir. La siesta estaba en su plenitud y Asunción, desierta. Emérito no veía la hora de llegar a la casa de Mariluz y volver a contemplar su dulce sonrisa. Pensó que la confusión con que recordaba todo lo ocurrido en el baile se debía a la exageración con la cerveza, aunque estaba acostumbrado a beber esa cantidad, o la gran emoción que le produjo la primera salida en la ciudad. Cuando menos esperaba, Emérito ya se encontró tocando el timbre de la casa de Mariluz. Esperó un rato y escuchó que alguien venía, con los pies arrastrando, para abrir la puerta. Se entreabrió apenas la puerta y asomó su rostro arrugado una enlutada anciana.

-¿A quién busca, señor?

-A Mariluz, señora.

La anciana, como por resorte, cerró la puerta y Emérito quedó paralizado sin mover un dedo. Un silencio inquietante se apoderó de los dos lados de la puerta. Pero un rato más y se volvió a entreabrir la puerta. La anciana se quedó mirando atenta al visitante. Este siguió mudo y sorprendido. Luego volvió a repetir que quería hablar con Mariluz.

-Alguien le hizo una mala broma, señor.

-No puede ser, señora. Nos conocimos anoche en el baile La Reina y la acompañé hasta aquí porque llovía. Sólo venía a buscar mi perramus que le presté anoche y quedamos que yo venía a retirarlo hoy.

La anciana escuchó atentamente a Emérito y balanceó su cabeza negativamente.

  —40→  

-Le hicieron una malísima broma, señor.

-¿Cómo puede ser, señora? ¿Aquí no vive Mariluz?

-Aquí vivía, ella era mi hija, pero murió hace 10 años y está en La Recoleta, señor, a pocos metros de la entrada principal.

Emérito quiso correr y miró a su alrededor, pero permaneció en su lugar clavado como un poste vestido. No supo responder nada y tampoco se atrevió a preguntar nada más. Hizo media vuelta, y cuando iba a marcharse, volvió a hablar la anciana.

-Mariluz no faltaba nunca a la fiesta de primavera de La Reina, por eso alguien le habrá hecho una broma tan fea, para dañarme a mí. Pero todo se paga en esta vida, la mala gente que le hizo la broma...

Emérito se alejó del lugar muy asustado del aterrador suceso. Comenzó a descomponerse y se tranquilizó a sí mismo diciendo que fue causa del mal sueño y el estómago vacío. Sintió náusea y angustia por la desopilante noticia. Se desplomó sobre él una inmensa añoranza por su pueblo natal. Iba caminando por la despoblada ciudad que dormía su siesta dominguera, cuando Emérito se encontró delante de La Recoleta. Se negó a entrar, primeramente, luego se encaminó hacia un sector lleno de nichos y flores. No había más que tumbas y silencios cuando Emérito clavó su mirada en un panteón bajito, con una foto en el fondo del nicho. Se acercó y, efectivamente, ahí estaba Mariluz, con su sonrisa límpida y lejana. Emérito, apesadillado, miró todo su alrededor y volvió a mirar a Mariluz en la foto amarillenta. En eso, observó una bolsa plástica que colgaba cargada al lado de la cruz. Se acercó y la abrió solemne y cuidadosamente. Ahí estaba. Bien planchado y doblado, el perramus de Emérito.

1984



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ArribaAbajoLa humillación

Odio y amor se juntan en una sola herida y es dulce el odio y el amor nos duele...


Josefina Plá                


Luperio Pérez sobrellevaba las afrentas de su mujer solamente por su hijo. Prefería hacer oídos sordos al chimento del pueblo antes que abandonar su hogar. Tal vez, por eso iba al filo del amanecer a la chacra y volvía al caer la noche: con su figura que, azada al hombro, se recortaba contra el ocaso del día. Atrás quedaba para él la intensa carpida bajo el sol inclemente y las amelgas despojadas de sus hierbas malas.

«Lupe, tu mujer anda con otro», le decían algunos amigos y él hacía que no le importaba. Pensaba que lo importante era cuidar de su hijo Vencho y, el resto no contaba en absoluto. Sabía que su mujer no le perdonó nunca no haberle valorado y agradecido por su virginidad con que llegó al casamiento. Luperio le explicó entonces que no era la primera vez que le tocaba en suerte una mujer así, quizás sin advertir la puñalada con que se clavaba a sí mismo. Por aquella época, Luperio Pérez tenía poca competencia entre los hombres, en su mayoría campesinos muy poco comunicativos, aprovechaba él de su posición de Secretario   —42→   Municipal para galantear con quién más le gustaba. Su fama de picaflor cundió por el pueblo y más de una muchacha lo denunció por abandono.

Lupe jamás creyó en lágrimas de cocodrilo y cada vez le atraían más las jóvenes. Hoy conocía una mujer y mañana ya era historia pasada y pisada. Hasta que llegó a su umbral Ansia y lo descarriló sentimentalmente para siempre. Se cree que fue la única que le puso condiciones para la prueba de amor, para él que hasta ese momento nunca tuvo reparos de nadie ni para con nadie en este asunto. Ansia le puso a consideración, antes que Luperio se sobrepasara con ella, los pasos a seguir si realmente tenía interés en su persona. Creyó él que una vez más debía aceptar un juego amatorio para llegar a su objetivo, pero le resultó imposible obtener con Ansia lo que con otras obtenía con un guiñar de ojo. Al parecer, mientras se prestaba al juego quedó atrapado como un vulgar insecto en las telarañas que urdió Ansia inocentemente.

Cuando se acordó ya era tarde, Luperio pidió la mano de Ansia y el casorio fue anunciado festivamente. Varias muchachas, esperanzadas en Luperio, se sintieron agraviadas por la falsa promesa que había hecho a ellas al decidirse por otra. El pueblo comentaba que el Secretario Municipal cayó en las redes de una mujer antes de lo pensado, como si fuera que nunca tuvo una experiencia anterior. Para más le agarró una pendejita tilinga, aunque sea la más hermosa del pueblo, acotaba la chusma. Algo le habrá hecho esa jovencita para tenerlo tan dominado, dejando de lado a las demás novias libradas a su suerte, opinaban los amigos envidiosos y desconcertados.

Se hizo el casamiento en el juzgado y en la iglesia, luego una fastuosa fiesta en la municipalidad. Para la luna de miel estrenaron la nueva casa que construyó Luperio de material, una de las pocas del pueblo. La noche fue corta para los recién casados y el día siguiente prosiguió la luna de miel. Ansia le recordó a Luperio, cuando vio que éste no hacía ningún comentario sobre su pureza como novia, su juramento de amor y su cumplimiento. Luperio, como cobrándole el tiempo que tuvo que esperar, le contestó que eso era normal y que él estaba   —43→   acostumbrado a recibirlo. Ansia calló un instante sin saber lo que sentía o quería hacer en ese segundo que le pareció fatal. Se sentó en la cama, miró a Luperio que mostraba signos de cansancio y fastidio por el diálogo, y le dijo que entonces no valió la pena haberse reservado exclusivamente a un sólo hombre. La frase de Ansia quedó flotando en el aire de la habitación, nadie más habló una palabra del tema.

Pronto notaría Luperio en su mujer alguna actitud vengativa, que luego con el tiempo comprendería el motivo. Al principio parecía extrañar su hogar familiar y el nuevo compromiso le quedaba holgado para su tierna edad. Luperio pensaba que sería cuestión de tiempo para hacer de ella una mujer plena y excelente ama de casa.

Ansia, en cambio, en vez de avanzar como quería su esposo retrocedió, hacía sus travesuras de niña pretendida por otros muchachos que quedaron con las ganas. En especial, se acordó de Cancio que le había declarado ardientemente su amor y que casi le derritió su valla de contención aquella siesta que volvía de la escuela. Aunque le había aclarado que él no iba poder sacarle de la casa, igualmente quería merecer su oro guardado bajo el inviolable candado. Ansia se sintió arrepentida por no haber cedido a la insistencia de Cancio, al fin y al cabo todo fue en vano para Luperio. Pensaba ella que ahora podía aceptar a Cancio cuanto quisiera y sin necesidad de pedirle nada. Ya estaba fuera de la casa, a salvo de los látigos y férrea vigilancia de su padre, esposada con un hombre mayor que ella, orgulloso hasta la estupidez, que la deshonró legal y religiosamente, pero deshonra al fin y a nadie le podría importar su situación. Ansia se sentía cada día más insatisfecha y Luperio la atendía cada día menos.

El secretario municipal andaba tan atareado que muy poco interés parecía mostrar por su esposa y su hogar. Llegaba después de la medianoche, porque de su trabajo se iba siempre a reuniones de la Seccional para reasegurar su puesto en la Municipalidad. A su mujer la encontraba siempre dormida, de mañana al salir y a la noche al llegar. Tan ocupado debía estar que se dio cuenta de que su mujer estaba embarazada cuando abultaba ya la panza. Por lo menos pidió disculpas   —44→   a Ansia por tamaña despreocupación y ella aceptó simplemente sin hacerle notar su disgusto. Pasó el tiempo y nació un varón que Luperio llamó Juvencio, en homenaje a un abuelo caudillo. La llegada del niño también descarriló a Luperio, prácticamente le hizo abandonar el trabajo y se pasaba cuidándolo como un mezquino niñero. Ansia, por lo menos, recuperó una imagen respetable al principio cuando su marido estaba más a su lado. Luego pareció equilibrarse más la cosa, Luperio retomó plenamente su trabajo y Ansia hecha madre aparentemente comenzaba a realizarse como mujer en el pueblo. Pero pronto todo volvió a enrarecerse nuevamente en la pareja. Ahora el insatisfecho era Luperio, a medida que iba creciendo su hijo Vencho, Ansia se tornaba más rebelde y caprichosa.

Todo comenzó con el chisme de que Ansia andaba con otro. Todo el pueblo lo comentaba, menos Luperio como ocurre siempre en estos casos. De chisme pasó rápidamente a ser casi verdad, con el agravante de que alguien dejó rodar el nombre de Cancio, como el amante de la esposa del secretario municipal. Luperio recién andaba oliendo el chisme cuando se le solicitó la renuncia en su trabajo, a pedido del intendente que temía perder la imagen manteniendo a un secretario burlado por su mujer y todo el pueblo. Luperio renunció sin oponer resistencia y restó importancia al comentario sobre Ansia. Esta se volvía cada vez más altanera y no se dio por enterada de que su marido perdió el puesto por su conducta. Luperio tampoco le hizo mención alguna al respecto, se refugió cuidando a su hijo y volvió a la agricultura, como antes de recibirse de bachiller y ocupar el cargo en la municipalidad. Plantó varias hectáreas de algodón, soja, tabaco y mandioca. Le parecía todo poco sacrificio por amor a Vencho, que pronto iba a ser hombre y tenía que prepararle el mayor bienestar posible. Por más que crecía el murmullo sobre su mujer, él agachaba la cabeza y trabajaba de sol a sol sin importarle lo que hacía ella en su ausencia. Volvía a la casa, rendido y sudoroso, pero apenas franqueaba el umbral y veía a Vencho, parecía renovarse automáticamente.

Vencho crecía y empezaba a entender las cosas. La reputación de   —45→   su madre en el pueblo llegó al límite de la tolerancia: ya nadie la conocía como Ansia de Pérez sino como Ansia de Penes. Su padre, por un lado, se achicharraba en la chacra y su madre, por el otro, se pasaba el día maquillándose y sin preocupación alguna. Al advertir esto Luperio, y antes de que su hijo también le comentase lo que hacía Ansia, comenzó a maquinar la forma de separarse de su esposa y quedar con Vencho. Como todo el pueblo sabía que Cancio andaba con su mujer, buscó la colaboración de algunos amigos para llevarlos como testigos y denunciarla ante el Juez por adulterio. Así lo hizo. Una madrugada que salió de su casa, como hacía siempre, rumbo a la chacra, una hora después, aún sin amanecer, volvió con los testigos y la encontraron a Ansia en su propia cama con Cancio, y llevaron la acusación ante el Juez de Paz.

El Juez explicó su función de que él estaba para conciliar a la sociedad, pero ante la evidencia y prueba del adulterio cometido por Ansia, se veía en la obligación de obrar hasta contra su propia voluntad: de disolver legalmente el matrimonio. Pero Ansia hizo una acalorada defensa atacando a Luperio de descuidar su compromiso como hombre y convertirse en un cornudo justicieramente. Dijo que era una persona incapaz para sí mismo y mucho más para hacerse cargo de un niño que requiere educación y autoridad. El juez escuchó a Ansia y declaró que el padre estaba facultado plenamente para la tenencia de su hijo, ya que ella estaba afectada moralmente para educar a un hijo que necesita ejemplo para la conducta y solvencia económica para la subsistencia.

Luperio se sintió aliviado al escuchar al juez favorecerlo decididamente, pero muy poco le afectó la confirmación pública de que Ansia le fue infiel desde siempre. Estaba decidido a renunciar a todo si fuera necesario, menos a su hijo que era lo único que le quedaba para querer y por quién vivir. El juez quiso terminar el asunto sentenciando que Ansia podía seguir haciendo lo que quisiera pero menos la pretensión de tener a Vencho, y sobre quien había perdido todo derecho al faltar a su deber de madre. Ansia prometió formar un nuevo hogar y prometió también, juramentando al juez que no volvería a cometer ningún error con su hijo. Luperio al escuchar que Ansia seguía llamando hijo a   —46→   Vencho, quiso rematar la cuestión diciendo que ella debía aceptar la verdad de su condición de mujer perdida, y confiar en él que era un hombre de bien que se desvivía por ofrecer lo mejor a su hijo. Ansia salió al duelo que le posibilitó Luperio, y le dijo que ella no dudaba de que él era un hombre de bien, pero lamentablemente estaba peleando por algo que no le pertenecía, porque el padre de Vencho también era Cancio y con quien ella iba a formar pronto un nuevo hogar.

1985



  —47→  

ArribaAbajoLa célula


Donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena
que no exista dios
pero habrá otros
[...]
dignos de recibirte, comandante


Mario Benedetti                


El rubicundo Secretario General entró apuradísimo al cuarto de reunión. Era el último miembro de la dirección que faltaba para que comience la sesión. Miró su reloj y antes de sentarse pidió disculpas por el atraso. Nadie supo si fue en broma o en serio, ya que sólo tardó segundos más de lo previsto. Pero todos sabían que algunas de sus jactancias siempre fueron la disciplina en ese sentido y la puntualidad, aunque otros aspectos quizás más importantes en su conducta nunca fueron del todo transparentes. Se le ha acusado muchas veces de divisionista, sectario, autoritario, hasta de delator y haber entregado a la dictadura de Rubioroch a sus propios compañeros. Pero casi nadie en definitiva se oponía abiertamente a su liderazgo, menos ahora que traía entre manos una nueva teoría política.

Prácticamente, el Secretario saludó a sus camaradas con gestos y comenzó a explayarse sobre su nuevo enfoque de lucha. De nuevo mencionó su atraso y justificó diciendo que primero tuvo que ordenar la   —48→   información recibida de muy buena fuente. Calló un instante, como temiendo largar de golpe y se vuelva inverosímil. Los compañeros se miraron entre ellos como diciéndose «y ahora con qué se viene». Se mostraba emocionado y casi orgulloso, como si hubiera descubierto recién un nuevo sistema solar y el éxtasis le impedía traducir en palabras su hallazgo. Pero un camarada más práctico le simplificó y le dio un ovillo para su enredo mental.

-Adelante, camarada Carey, informe lo que tiene para informar o bien comencemos por el orden del día.

El hombre se sintió arrinconado y con el presentimiento de que su anuncio iba tener rechazo. Su inseguridad le llevó a pasar revista a los compañeros, por si haya algún extraño entre ellos, ya que la nueva realidad política se presentaba muy grave. Miró también a su alrededor como queriendo ganar tiempo. Luego carraspeó e inició su exposición pomposamente.

-Camaradas, me corresponde a mí el alto honor de informarles que la revolución paraguaya ha comenzado a madurar y a endulzarse de pronto. La liberación ya está en el umbral. Todo el pueblo está en pie de lucha. Y nuestro partido, como vanguardia obrera, no puede estar ciego al nuevo tiempo de lucha que se acerca...

Le interrumpió el mismo compañero que le había dado la palabra para anunciar su repentino cambio político.

-Camarada Carey, disculpe pero debería comenzar con el informe y luego con su apreciación personal.

El Secretario agradeció por la sugerencia, pero siguió sin variar el hilo de su alocución.

-... y cómo negarnos como revolucionarios que somos. La revolución ordena y nosotros cumpliremos hasta la última gota de sangre que nos quede. Bueno, camaradas, el asunto es sencillo. Todos se están preparando para combatir a Rubioroch. Los liberales, febreristas y hasta algunos colorados que se creen democráticos. Y sería una gran vergüenza para nuestro partido estar ausente en esta lucha de todo el pueblo paraguayo. La información es tan cierta como que estamos aquí   —49→   reunidos. Pero debemos estar precavidos, ellos reciben asesoramientos de los militares argentinos. El propósito de ellos es ganarnos de mano y frustrar así la verdadera revolución que propugna nuestro partido. Inclusive están recibiendo también solidaridad internacional de amigos nuestros, quienes me dieron pruebas fehacientes de esta organización que ya está en los últimos detalles.

Los camaradas no sabían si salir disparando de la reunión o seguir escuchando la descabellada información. Pues la reunión fue convocada anticipadamente para atar los últimos cabos sueltos de la teoría de lucha a largo plazo, que tanto costó concientizar a los afiliados. Sin embargo, de acuerdo a la exposición el Secretario General, como es su estilo, con la información está proponiendo que el partido gire 180 grados y con la pretensión de no marearse. En este sentido, el segundo en importancia en el Comité Central le respondió certera y duramente.

-No se puede, camarada Carey, manipular la realidad como un juguete de goma. Debemos recurrir a las teorías revolucionarias para saber el momento histórico que vivimos. Es decir, caracterizar política y científicamente nuestra etapa de lucha y, acorde a este conocimiento, actuar en consecuencia. No podemos permitir que otros nos digan lo que es nuestra propia realidad. Bajo ningún punto de vista es dialéctica la imitación política, eso es infantilismo de izquierda. En nuestro caso doblemente grave, ya que usted está proponiendo que sigamos los pasos, a los partidos burgueses, que son aventureros y sólo pretenden un cambio de gobierno, no una revolución.

El Secretario se incorporó en su asiento llamativamente, se dispuso para apabullar a su contrincante teórico y desplegó su artillería verborrágica.

-Camaradas, no debemos permitir entre nosotros reparos prejuiciosos de tipo ideológico. Es admisible la multiplicidad de interpretaciones de la realidad, pero lo que no es admisible para nadie es la manipulación que hizo recién el camarada de la teoría revolucionaria que nos guía: el marxismo-leninismo. Esta resistencia al cambio cualitativo es el germen reaccionario que muchos camaradas no han podido   —50→   superar. Ya lo dijo Marx, a veces la humanidad tarda siglos para dar un paso y otras, con un paso salta siglos. Y este es nuestro caso, hemos estado décadas sin dar un paso adelante y ahora si damos bien este paso, saltaremos varias décadas victoriosamente.

Un silencio de complicidad y cobardía se apoderó del ambiente. Por un lado, la mayoría temerosa de ser blanco de la ira del Secretario y por el otro, el miedo a ser aplastado en caso de resistir por la elocuencia de Carey. Así terminó la reunión abruptamente y sin fijar fecha de la próxima reunión del Comité. Algunos requirieron al respecto y tuvieron por respuesta del Secretario que «serán notificados oportunamente».

Pasaron los días, semanas y meses, nunca más se volvió a reunir el Comité Central, según adujo el Secretario debido a problemas de seguridad. Algunos miembros de la dirección ni recibieron el motivo que impedía realizar las reuniones pertinentes. Otros directamente fueron notificados de la actividad que debían llevar adelante. Entre las actividades fundamentales estaban el encuentro inmediato con los cuadros del partido, recaudar fondos por todos los medios y capacitar a los militantes con la nueva teoría de lucha, sobre todo en lo que se refiera a la instrucción militar. Hubo un revuelo entre los afiliados y dirigentes, ya que los nuevos lineamientos que emanaban del aparato partidario les exigían una prueba de amor con la vida, sin quedar claro para nadie cómo fue el violento cambio de lucha a largo plazo a la de corto plazo. A pesar de la confusión en muchos también despertó el entusiasmo y la esperanza. Pero en esos momentos de tensión la duda era prácticamente sinónimo de traición, algunos fueron sancionados severamente y otros, aislados como portadores pestíferos. Asimismo, hubo muchos alistados voluntariamente para lo que sea, con tal de aportar algo para aniquilar la oprobiosa dictadura de Rubioroch. Entre éstos se había presentado al Secretario un cuadro de extracción campesina, Lucio Peñalba. Éste fue enviado, junto a otros compañeros, al Paraguay para «preparar terreno y apoyo a la revolución que se avecinaba». Por supuesto, fue advertido por Carey que primero entraría un movimiento burgués con intenciones golpistas y luego, iría el verdadero con la   —51→   liberación en las manos. Lucio Peñalba se interiorizó del plan y se puso camino al Paraguay. Llevaba consigo la esperanza de servir a su patria a través de los mandatos del Secretario. Debía instalarse en un pueblo perdido (Poblado Kañy) del Paraguay, ganar adeptos y esperar la consigna que le haría llegar Carey sin saber con quién ni cuándo. Tenía que estar atento para eludir a los falsos mensajeros y no entregar los frutos de su trabajo a otro movimiento que no sea el del partido. Le quedaba prohibido tomar contacto con otros miembros de la dirección, salvo a pedido del propio Carey. Éste le había dicho también que lo único que debía hacer es trabajar con la gente y esperar el momento, que puede significar semanas, meses o años.

Peñalba ya era un hombre maduro y vivió siempre solitario; nunca había formado familia alguna debido a su disposición incondicional para el partido. Desde que se afilió no paró de servir a su organización y siempre estuvo listo para cualquier actividad, aun para la más arriesgada. Cuando era estudiante, durante el gobierno febrerista de 1936, se acercó al partido a través de su maestro. Pronto fueron echados de la institución, maestro y discípulo, por inculcar política dentro de las aulas. No obstante, su formación cultural era sólida y su hábito de la lectura lo fortaleció ideológicamente. Pero también estas virtudes, además de la ciega lealtad a su partido, hicieron que le faltara algún ápice de picardía. De tan idealista que era ya había caído en una suerte de candor e ingenuidad. Por eso nunca pudo ascender como cuadro a un mejor lugar dentro de la dirigencia del partido. Siempre le faltaron esos que se llaman carácter y orgullo de superación. Y él pensaba que llegado el momento sus camaradas le pondrían en el cargo que se merecía. Pero también veía que algunos astutos un día estaban detrás de él y al día siguiente, ya adelante ordenándole lo que debía hacer. Además, no podía siquiera parpadear porque sabía que el partido, o el Secretario, prescindía diariamente de hombres más necesarios que él y callaba todo esperanzado en que algún día le reconozcan su mérito. Porque Peñalba toda su vida había consagrado a la militancia, cómo podría caber en su imaginación la remota posibilidad de estar un día fuera del partido.

  —52→  

Por todas estas cuestiones, Lucio Peñalba obtuvo su designación de encargado de una célula, más que como un reconocimiento a su trayectoria, como una delirante maniobra de Carey que suplir a cuadros superiores que le resistían por los de las bases. Peñalba ignoraba todos los vaivenes del Comité Central y sólo atinaba responder a los mandatos partidarios. Pero no era para menos, los argumentos del Secretario fueron tan formidables que nadie hubiera podido mantenerse en una postura negativa.

-Mire, camarada Peñalba, algunos hombres son privilegiados y la historia los convoca para ser instrumentos de transformación de la humanidad. Pero atento, camarada, estos privilegios no surgen del azar sino de la rigurosidad histórica que eligen a estos ilustres e ilustrados hombres por su trayectoria de lucha. Y usted es uno de esos escasos hombres que tienen el alto honor de cumplir su destino revolucionario. Como sabrá, camarada Peñalba, en Paraguay la revolución está llamada a los elegidos y se sienten convocados hasta los burgueses traidores. Y nosotros no podemos, bajo ningún pretexto, hacer oídos sordos a esta llamada de la historia de nuestro glorioso partido y sus hombres, para ser instrumentos de liberación.

El Secretario calló como si hubiera terminado su exposición y quedó asintiendo con la cabeza como ratificando con los gestos lo expresado a su camarada. Peñalba, sin haber salido todavía de la sorpresiva visita de su jefe partidario, agradeció por habérsele ubicado entre los hombres privilegiados por la historia y se ofreció como siempre para trabajar en lo que diga el partido, suponiendo que la visita del Secretario no podía ser de cortesía sino para solicitarle alguna colaboración.

-Camarada Peñalba, seré más preciso y claro. El partido en su última reunión decidió que usted debe entrar al Paraguay y preparar el terreno para apoyar una insurrección armada. Como los burgueses saben el propósito de nuestro partido, están queriendo frustrar la revolución en nuestro país. Pero nosotros, camarada Peñalba, vamos a crear las condiciones necesarias para obtener el cambio de poder, y no   —53→   sólo el del gobierno como pretenden los partidos tradicionales. Vamos a hacer del Paraguay el cuerpo y alma de la liberación. Como se sabe, el cuerpo humano tiene miles de células, corazón y cerebro. Así también la revolución necesita de organismos en perfectos estados para su buen funcionamiento. El pueblo organizado va a ser el cuerpo de la revolución. El sueño de libertad, el corazón inagotable que proveerá de fuerza a la revolución. Y el cerebro será nuestro heroico partido, coordinando las miles de células y órganos vitales de la revolución.

Peñalba escuchaba estupefacto y emocionado hasta una lágrima que se le escapó del ojo izquierdo. El Secretario volvió a callar y su rostro enrojecido parecía arder más cada vez que callaba. Peñalba ya estaba ansioso de saber qué parte fisiológica iba a ocupar dentro del cuerpo de la revolución, ya que el Secretario sólo mencionó a las células, al corazón y al cerebro. Porque hay otros órganos del cuerpo que cumplen funciones importantes pero poco decorosos. Entonces, sin saber decir otra cosa, volvió a agradecer al Secretario por su honrosa visita y se ofreció nuevamente también al partido para lo que sea. Carey, sin haber escuchado nada de lo que dijo Peñalba, retomó su discurso.

-Camarada Peñalba, usted fue elegido por nuestro partido para crear y manejar una célula y para nombrarlo tuvo en cuenta su intachable moral. Porque muchos aspiran a esta distinción, pero son pocos los que acceden a este mérito. Así que manos a la obra.

Con el tiempo Peñalba recordaría estas palabras de Carey como si las hubiera soñado, porque no podía creer que ninguna de ellas se haya cumplido. Aunque él hizo todo cuanto pudo y no le fue nada mal. Ganó prestigio en Poblado Kañy, lugar donde creó la célula y ganó también muchos adeptos para la causa revolucionaria. Se pasó la vida esperando la consigna y ésta no llegaba nunca. Pero lo que más le dolía era que no podía rendir cuentas al Secretario -o sea a su partido- de su trabajo encomendado. Porque él recibió estricta instrucción para no abandonar su puesto de lucha aunque pase un siglo, le había dicho Carey.

A poco tiempo de haber creado la célula en Poblado Kañy, ubicado   —54→   en la zona coordillerana, Peñalba supo de la incursión guerrillera del lado argentino, pero jamás llegó hasta él una información confiable sobre la misma. Todo cuanto sabía de noticias era a través de las versiones y comentarios que corrían de boca en boca, ya que fueron incautadas las dos únicas radios que había en el pueblo y no llegaba ninguno de los diarios de Asunción. De parte del Secretario no le llegaba ni señal de vida. En cambio, entre los rumores se decía que los que entraron de la Argentina eran comunistas. Pero como Peñalba era respetuoso hasta la exageración de las órdenes, no movía un dedo fuera de la célula y menos del pueblo. Llegó un momento, inclusive, en que Peñalba sabía que el comandante de una fuerza guerrillera de su zona era un camarada, pero él no tenía la libertad para tomar contacto por su cuenta y siguió esperando. Peñalba teniendo toda una población bajo su célula, no pudo brindar apoyo al comandante que hirió al general Caimán y acto seguido murió acribillado dentro de un baúl de coche. Cuando supo que el comandante que murió era Agapito Valiente, lloró a solas y no pudo compartir con nadie su dolor. Siguió trabajando como nunca para no bajar la moral y contagiar a sus nuevos camaradas el desánimo.

Pero iban pasando los meses y años, el poblado había juntado los fondos imprescindibles para cualquier emergencia y la consigna no llegaba. La dictadura cantaba victoria y hablaba de haber exterminado totalmente a la guerrilla. Pero la represión seguía arreciando como si todo siguiera igual, el país invadido por comunistas como en la Cuba de Batista. Mientras el pueblo comenzaba a inquietarse por la tardanza de la consigna, Peñalba tuvo que ceder en ese sentido para no producir grietas en la célula. Aceptó que una parte importante de los fondos se destinara para restaurar la escuela, el oratorio y un trecho vital del camino. Peñalba argumentó que la lucha a veces utiliza un calendario en donde la espera se hace más larga y penosa. Pero ni él mismo estaba convencido de lo que dijo, aunque sirvió para ese momento de incertidumbre. Así logró que nadie perdiera la esperanza de que un día cualquiera llegue la consigna y la instrucción para responder como célula al cerebro que gobierna el cuerpo de la revolución.

  —55→  

Rubioroch siguió intacto en su sillón después de aniquilar todos los movimientos guerrilleros, burgueses y revolucionarios. Peñalba se ingeniaba para convencer a los compañeros de la tardanza del mensajero y echaba a correr historias perfectas que envolvían la realidad paraguaya y mundial, explicando con lujo de detalles por qué sé debía seguir esperando con la misma firmeza de siempre. Decía que lo que ganó Rubioroch fueron batallas y no la guerra que era prolongada y segura para el pueblo. Peñalba justificaba para sí mismo diciendo que no siempre se dan las cosas como uno quisiera y recién ahora valoraba a Carey por su entereza, ya que él encabeza todo el partido que a su vez comanda las células, el corazón y el cerebro del cuerpo de la revolución; y no sólo una de las miles de células que él tenía a su cargo y no pudiendo a veces afrontar con todos los compromisos. Peñalba sin darse cuenta actuaba y se sentía un auténtico Carey al frente del Poblado Kañy, donde funcionaba en perfecto estado una célula abandonada y a la espera del cerebro partidario.

Habían pasado como 20 años y Lucio Peñalba seguía esperando como el primer día. Y nada ni nadie llegaba al pueblo con el mensaje tan anhelado. Los jóvenes ya cuestionaban la falta de progreso y alegría en Poblado Kañy. Muchos abandonaron en busca de trabajo y mejor bienestar. Otros para estudiar. Sólo se quedaban aquellos que eran alimentados por Lucio Peñalba con la esperanza que repartía a diario como si fuera un pan interminable, y los que no podían marcharse por falta de medios.

Pero algo empezaba a descomponerse dentro de la célula. Peñalba de inmediato culpó a la larga espera y trató de impedir cualquier agrietamiento. Algunos ya comenzaron a cuchichear que Peñalba estaba loco y que estuvo mintiendo todo el tiempo. Otros que Rubioroch ya estaba al tanto y que en cualquier momento mandaría por ellos. La mayoría optó por una renuncia elegante a la célula. Ninguno cayó preso ni nada por el estilo. Caso insólito en el Paraguay, donde el «radio so'o» o la irradiación carnal está siempre en la vanguardia de la tecnología de la comunicación. Peñalba siguió con su mismo prestigio y autoridad.

  —56→  

Sin embargo, pronto se notó la diferencia. Las hectáreas de siembra bajaron al 50% en dos años. Nadie se preocupó más del pueblo. Se vinieron abajo la escuela, el oratorio y se arruinaron los caminos dejando aislado a Poblado Kañy. Murieron rápidamente los ex integrantes de la célula, en su mayor parte agricultores de avanzada edad. La soledad se apoderó del pueblo. La tristeza ocupó el lugar de la célula. Y Peñalba amaneció un día muy enfermo, casi paralizado y sin quejarse de ningún dolor. Pero su ahijado, un joven que lo visitaba todas las mañanas, al encontrarlo en esas condiciones decidió llevarlo a un hospital de Asunción. Lo acomodó sobre su caballo y salieron a la ruta para tomar un ómnibus.

A los pocos días Peñalba ya estaba recuperado y los doctores le diagnosticaron que nada tenía, que sólo fue algo propio de los nervios. Un día antes de retirarse, por casualidad reconoció a un médico como un ex camarada y le llamó para hacerse conocer.

-¿Qué necesita, abuelo? -le dijo el doctor casi sin darle importancia.

-Nada, doctor. Sólo una pregunta. ¿Usted es el doctor Reguera? -interrogó emocionado.

-Así es -contestó secamente y puso una mirada escrutadora-. Yo soy Lucio Peñalba, tu camarada de Buenos Aires -dijo con los ojos brillantes y sonriendo con su despoblada encía.

El doctor le apretó la mano y le palmeó la espalda.

-Estás irreconocible, Peñalba. ¿Qué enfermedad te dejó así? -preguntó preocupado el doctor Reguera y se sentó al borde de la cama.

Luego Peñalba comentó que estaba por salir ya del hospital y que vino hace apenas una semana de Poblado Kañy. Rápidamente su conversación deslizó hacia lo que esperó toda la vida, saber algo del Secretario o del partido. El doctor Reguera, sin pelos en la lengua, suponiendo tal vez que Peñalba ya no tenía nada que ver con esas cuestiones, narró que «después de la estúpida aventura guerrillera se alejó para siempre del partido». Que no quería saber más nada al respecto. Peñalba desconcertado quiso interferir y el doctor siguió sin   —57→   compasión. «El partido en el 65 se partió en dos», dijo. «Una parte se quedó en el partido y la otra, se llevó Carey para formar otro partido. Que a todo esto, escuché hace poco que murió Carey», comentó sin anestesia Reguera.

Peñalba quedó demolido cuando escuchó todo eso, aunque en el fondo siempre sospechó lo mismo. Pensó que no debía preocuparse mucho por su salud y que ya sabrá qué hacer luego.

El doctor Reguera al despedirse le entregó una tarjeta personal y se puso a su disposición como amigo. Peñalba agradeció casi sin palabras y se dejó caer en la cama. Se le hizo larga la tarde, no pudo encontrar nada que le pueda distraer mentalmente. Le asustó un poco ese hecho, ya que antes nunca le había pasado tal cosa. Si algo siempre le sobró, se dijo a sí mismo, fue imaginación. Llegó la noche y le pasó lo mismo. Cerraba los ojos y le parecía que ya había dormido todo en la vida. Ningún pensamiento raro o preocupación alguna le impedían el sueño, sino la idea de que ya había dormido todo en la vida. Al llegar la madrugada, escuchó el solitario canto de un zorzal korochiré en los alrededores del hospital y se dio cuenta de que había dormido con los ojos abiertos.

La mañana que debía retirarse, llegó temprano el ahijado al hospital. En la administración le dieron la orden para salir de alta. Con el certificado en la mano, se dirigió el joven hacia la sala donde estaba internado el padrino. Peñalba parecía pensativo en la cama desde lejos. Cuando se acercó a la cama el ahijado, lo encontró duro y con los ojos abiertos mirando fijamente por una ventana con vidrios rotos, que dejaba entrever un florecido lapacho.

1987



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ArribaAbajoEl honor de los vencidos


¡Ibas en pos de glorias sonrientes
mientras de atrás la muerte te seguía!


Campos Cervera (Padre)                


La guerra suele poner a prueba a los hombres, enfrentándolos a la muerte fuera de tiempo y devolviendo a la vida con una nostalgia de la violencia. Tal parecía el caso de Ladislao Ponce que todo cuanto decía lo remitía a su condición de ex combatiente de guerra y cuantas revoluciones intentadas en el Paraguay, desde el año 1904. Aunque hacía varios lustros que jugaba solamente al bojo y al truco, no perdía oportunidad para asociar cualquier situación con declamaciones de tipo militar.

El juego de naipes pasó a ser lo más importante en la vida de Ponce, después que se resignó a luchar contra la dictadura y padecer cárceles y persecuciones. En invierno solía llegar con su poncho chará a la casa de Benjamín Arce, pedía una raya de Aristócrata, mientras aguardaba la conformación del equipo. Bebía concentrado su aperitivo, como si estuviera armando una estrategia para el truco. Pero era respetado por todos, a pesar de ser catalogado «contra» del gobierno. El pueblo estaba acostumbrado a sus improperios y bravuconadas contra las autoridades.   —60→   Antes lo llevaban preso por cada crítica que hacía en público, hasta que se cansaron de detenerlo. Sabían, perfectamente, que Ponce no encarnaba ningún peligro para el orden establecido.

«En la guerra se gana o se muere», decía Ponce al comenzar una partida en el bolichito de Arce. Apostaba fuerte dinero y gastos para los mirones. Disfrutaba mucho de jugar en público, ya que hacía reír a todos cuando glosaba su flor o dejaba de pintar el palo que esperaba.

«Yo siempre canto al amor / yo siempre canto por la paz / yo sólo quiero libertad / para regalarte esta flor», recitaba Ladislao Ponce gritando sus buenas cartas.

«No busco fama ni honor / no busco ganar ni perder / traigo sólo a mi querer / este ramo de floripón», remataba al fracasarle la última carta.

Ponce no perdonaba nunca a su contrario de juego, le cobraba indefectiblemente todo cuanto se apostaba. Una noche tuvo la suerte de juntar todo el dinero de la mesa. Se levantaron dos, después de haber perdido todas las prendas: relojes, cadenillas, anillos, linternas, carros, carretas, bueyes, caballos, pistolas, etc. Siguió uno en la mesa, dispuesto a todo, sin que nadie supiera con qué. De pronto, apostó a lo último que le quedaba.

-Ya no me queda nada. Solamente mi mujer... -dijo Severo Barúa y barajó las cartas.

-Como no. Yo soy un guerrero honorable y nunca abandono el campo de batalla. Más aun si el enemigo conserva su asiento en la mesa y se dispone a ofrecer resistencia -respondió Ponce con su habitual grandilocuencia estratégica.

-Porque la guerra ofrece al victorioso la oportunidad de mostrar su estatura moral a la hora de respetar el honor de los vencidos -agregó Ponce, orgulloso de pertenecer a esta clase de ganadores, según daba a entender.

Comenzaron la partida, los mirones por poco no se caían sobre los jugadores de tan entusiasmados que estaban. Algunos proponían terminar el juego, otros decían que había que respetar al perdedor y seguir la partida hasta la última consecuencia. Ponce quedó aventajado en la   —61→   primera vuelta, con un falso envido y truco ganado por la primera. Arce, como dueño de casa, parecía muy nervioso y temeroso de un final trágico. Prosiguió el juego y Ponce seguía avanzando vertiginosamente. Barúa torcía las barajas dolorosamente y parecía no rendirse ante la adversidad. Ponce trató de mantener la calma, no largó nada que pudiera hacer reír a los mirones. Temía también una reacción imprevista de Barúa ante la posibilidad de perder su propia mujer. Éste seguía peleando con uñas y dientes. Ponce no sabía si ganar, para quedarse con la mujer de Barúa o perder para devolverle todas las prendas inútilmente. Prefirió ganar la mujer a Barúa y no caer en sentimentalismo. Le pareció no adecuado retroceder para un hombre de ley y deshonrar a un enemigo que peleaba con todas las armas a mano.

Llegó a su fin la partida. Ponce obtuvo una vez más el triunfo. Barúa se apretó la cabeza y se puso de pie, en señal de que aceptó la derrota. Ponce le tomó del hombro sin saber qué decirle, pero dispuesto a respetar el pacto de honor. Pensó que la mejor manera de respetarlo era permitirle que cumpla su apuesta, aceptarle que entregue su mujer como había prometido.

-Ponce, en casa está tu paga... Vamos..., antes de amanecer -dijo Barúa con su voz entrecortada y salió acompañado por «el vencedor de todas las batallas», como se autodenominaba Ponce en broma.

Cuando atravesaban la tranquera de Arce se escucharon dos tiros de fusil, que vinieron certeramente de la oscuridad, y alguien cayó en el suelo a consecuencia. Era Ladislao Ponce que recibió dos balazos entrecruzados, tal vez para que sepa -aunque tarde-, que en la guerra también muere a veces el que gana.

1991



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