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Razones de una literatura: «Libro de navíos y borrascas»

Daniel Moyano





Intentaré explicar aquí las razones que me llevaron a escribir Libros de navíos y borrascas, novela aparecida en Argentina, Editorial Legasa, 1983, y en Francia, Editions Roben Laffont, Paris, 1987.

La obra comienza narrando la salida del país de unos exiliados, tras el golpe militar de Videla, y termina cuando el barco que los traslada llega a Barcelona. La crítica, tanto argentina como francesa, la catalogó como «novela del exilio».

Yo no sé si estoy de acuerdo con esto, porque el exilio empezaría cuando los personajes comienzan una nueva vida fuera de su país, y mi novela termina cuando éstos empiezan a bajar del barco. Se trataría, más bien, de la historia de un viaje.

Para aclararme les contaré su gestación. Yo había salido del país, camino del exilio, como cualquiera de mis personajes, y llevaba 5 años en Madrid sin poder escribir una línea sobre la experiencia vivida, ni escribir sobre nada, porque con el exilio mi capacidad de expresión parecía que desaparecía.

Debo aclarar antes que no me considero un escritor «profesional», de esos que pueden escribir buenos libros sobre cualquier tema externo o ajeno a ellos. Yo escribí siempre para explicarme la realidad, y sobre experiencias que pueden ser externas pero que deben pasar por mi interior e incorporarse en mi sentimiento del mundo para poder ser escritas. Lo que los franceses llaman un autor «de tripa».

Por qué se escribió esa novela: porque unos militares en 1976 tomaron el poder y mataron a 30000 personas, entre ellos a muchos escritores que en su mayoría eran mis amigos. Otros fueron encarcelados y algunos consiguieron la opción de abandonar el país, los sacaron de la cárcel y los metieron en un barco.

Por qué fue posible eso, es lo que quiero contarles. Debo aclarar que no soy un crítico y que tampoco, lo repito, me considero un escritor profesional sino una persona que se ve obligada a escribir acuciada por las circunstancias. No puedo hacer otra cosa. Todo lo demás lo hice mal en la vida. Escribir es lo que hice con más gusto, aparte de ser ejecutante de viola en una orquesta de cámara. Nunca llegué a ser un instrumentista bueno, de modo que colgué el instrumento músico, tanto en la realidad como en la novela (el narrador de «navíos» es un violinista), y he seguido insistiendo con las palabras, con la ventaja de haber sido músico, que me ayuda mucho a la hora de escribir. Porque las palabras son ciertas, pero los sonidos son más ciertos, están más en la naturaleza, forman más la estructura del mundo que las palabras. Participan, los sonidos, de la estructura de la materia. Esto lo dice don Antonio de Nebrija en su «Gramática» de 1492, cuando afirma que los pensamientos, convertidos en palabras, salen al aire en forma de sonido y que en esto no se diferencian del canto, o cuando define sílaba como «lo que sale en una sola herida de la voz». Cosas de músico, ¿no?

Al cabo de 5 años del desastre sufrido por mi país, el peso de lo sucedido era casi insoportable para mí y no podía expresarlo con palabras.

Pero para explicarse mejor el porqué de esta novela hay que ir un poco más lejos, cuando el primer fundador de Buenos Aires, don Pedro de Mendoza, hizo las cosas mal hace más de cuatro siglos y la ciudad duró muy poco, fue destruida por los indios y él, enfermo y abatido, debió regresar a España, a donde no llegó porque murió en alta mar. Dicen que las prisas del regreso le impidieron recoger unas vacas y unos toros que había traído de la península, y éstos, hallando pastos tiernos y dulces en la pampa húmeda, empezaron a reproducirse.

Y con esas enormes extensiones llenas de vacas gordas ya tenemos el país gestado, sus riquezas cárnicas, su vocación de país agroexportador o sea su subdesarrollo, su literatura gauchesca, la oligarquía vacuna, los militares coleccionistas de tierras y de vacas, los golpes de estado, todo se da en esos juegos amorosos de los toros y las vacas en ese paraíso vacuno que es la pampa. A todo esto lo encuentra atado y bien atado el segundo y definitivo fundador de la ciudad, el burgalés o vizcaíno don Juan de Garay.

La ciudad crece, el país se independiza de España a comienzos del siglo XIX, y como las extensiones son enormes hay necesidad de poblarlo. El escritor y estadista Domingo Faustino Sarmiento, autor del famoso Facundo, donde plantea el drama o la opción entre civilización o barbarie, piensa que el país debe ser europeo, esto es, culto y civilizado, en contraposición a los gauchos y a los indios, que son mayoría en el país. Había que traer gente de Europa para construir un país como Dios manda, especialmente europeos del norte teniendo mucho cuidado de evitar a los hispanos y a los árabes, incluso a los italianos, considerados todos ellos, por nuestro autor, especies de personas no gratas. Lo que sucedió entonces me ha inspirado este pequeño relato que les cuento.


Civilización o barbarie

Sarmiento, escritor y político argentino del siglo XIX, queriendo salvar a su país de un destino hispanoamericano que preveía fatal, decidió poblar esas pampas desoladas llenándolas de alemanes y austríacos industriosos, franceses cartesianos e ingleses de sangre azul, desterrando de paso todo resabio árabe o hispano, elementos étnicos que él vinculaba con la barbarie. El hecho de que consiguiera exactamente lo contrario de lo que se proponía, no se debe a su falta de capacidad o previsión sino a un grupo de españoles aguerridos y a la indudable congruencia de la Historia, que para entonces -y ahora mismo- no podía concebir una réplica de Europa allá en el desolado cono Sur.

En sus tranquilas siestas provincianas veía, en sueños, puentes de Londres en cualquier río que bajase de la cordillera, teatros vieneses en cualquier guitarra y arcos de triunfo en todas las esquinas, mientras unos indios trilingües vestidos a la inglesa recitaban de corrido, gracias a la educación obligatoria, tanto la «Ode to a Nightingale» como «Bateau Ivre» o las rimas melosas de Walter von der Vogelweide.

Cuando lo eligieron presidente de la república, la idea de instalar una Europa en el Río de la Plata pasó de la potencia al acto. Entonces fletó un barco, que íntimamente veía como el May Flower sudamericano, viajó a esa Europa que en sueños lo visitaba desde niño, y llenó su nave de alemanes, suecos y holandeses (los ingleses se le echaron atrás a último momento). También puso en el arca parejas de gorriones, mirtos, ruiseñores y conejos de angora.

Felicísimo, partió de algún puerto alemán una madrugada clara, con esa preciosa carga que coincidía en todo con sus sueños. El capitán del barco, un prusiano paradigmático, mientras pilotaba como el capitán pirata de Espronceda, disipaba ciertos temores del presidente diciéndole que pasarían muy lejos de las costas españolas, y también de las árabes, ya que las provisiones estaban perfectamente calculadas para un viaje largo y no sería necesario hacer escala en ningún puerto.

Pero, como sucede casi siempre en los relatos de navegación a vela, llegan los vientos caprichosos (verdaderos agentes del Destino), y la nao, perdida, navegando a palo seco arriba adonde puede, y esta vez es a Cádiz, en cuya bahía Sarmiento y los suyos se ven obligados a pedir abrigo y pernoctar. Mientras lo hacen, un grupo de andaluces famélicos, con mujeres e hijos, asociados para la aventura americana con unos italianos acaso más indigentes que ellos, y entre los que no faltan judíos, claro, miran codiciosos el barco del ilustre estadista.

Actuando como agentes de la Historia, que rechaza por principio la idea de una Europa sudamericana, esa noche, en un operativo comando, se dirigen hacia el barco aprovechando la falta de luna y el tranquilo ruido de las olas en la caleta. En el camino aparecen unos beduinos, que les ofrecen cien dynares si les permiten sumarse a la aventura. Los demás aceptan.

Sarmiento, que reposa en su camarote presidencial, oye ruidos de cuerpos que caen al agua, y considera sueño la realidad de aquellos desdichados nórdicos que adormecidos descienden a dormir al fondo de la bahía, mientras beduinos del desierto, andaluces de Jaén e italianos de la camorra ocupan sus puestos en el barco.

El ilustre argentino, que ni siquiera conoce el rostro de los viajeros anteriores, no advierte el cambio y los confunde, no sin sorprenderse del conocimiento que sus teutones tienen de la dulce lengua castellana.

Y tras un viaje tan esperanzador como divertido (por ambas partes), arriban por fin al Puerto de Buenos Aires, donde los inmigrantes se desbandan y desparramándose por todos los rumbos pueblan las pampas con generosa descendencia bárbara, sin contar los curiosos cruces que tienen alegremente con los indios y las indias del lugar.

Sarmiento, al advertir la maniobra, para expresar su descontento frunce el ceño y saca el labio inferior hacia afuera.

Un gesto que después se reproduce en todas sus estatuas.

*  *  *

Efectivamente, así lo hemos dibujado siempre en nuestros cuadernos infantiles, muy cabreado y con el labio afuera.

Bueno, más o menos así se formó nuestro país. Esos inmigrantes lo forjaron, con un modelo europeo en la cabeza, sin tener en cuenta la realidad que estaban manipulando. Constituciones ficticias, leyes ficticias. País de grandes extensiones penosamente recorridas por carretas. Se dijo: «gobernar es poblar». Y trajeron miles y miles de extranjeros para poblar las pampas. En una de las primeras elecciones que se hicieron, más del cincuenta por ciento de la población eran extranjeros. Esa gente iba al país principalmente a vivir una aventura económica: hacer la América y volver. Los hombres dejaban a sus mujeres en Europa hasta ver qué pasaba. Entonces aparecieron los prostíbulos y con ellos el tango, definido como un sentir de solitarios, como un dolor que se baila.

Antes de la independencia, cuando repartieron las tierras entre los españoles con enchufe, los españolitos de a pie fueron excluidos y construyeron sus viviendas en el desierto vecino, casi junto a las miserables tolderías de los indios desposeídos, o sea lejos de la incipiente urbanización de Buenos Aires. Pero cada año nacían más vacas y entonces se necesitaba más espacio, de modo que los Pacos y Manol de a pie debían trasladar sus viviendas más hacia dentro del desierto, para dar lugar a las vacas. Un viajero francés de la época cuenta que vio a un español viviendo en una vivienda precaria, de barro y paja, casi como la de los indios, y cuando le preguntó por qué vivía tan miserablemente el Manolo le dijo que como todos los años lo obligaban a trasladarse más hacia el desierto, lo mejor era una vivienda precaria de cuyo abandono no tendría que lamentarse.

Finalmente el único espacio propio de estos Pacos y Manolos fue el caballo, que los llevaba a sus diversos exilios, y la guitarra que les servía para cantar sus penas. Con lo que ya tenemos el gaucho, y la literatura gauchesca que sobrevendría, y el Martín Fierro y cierta conciencia nacional.

Las vacas siguen creciendo y llenando las extensiones, y después llegan los vascos, con un tal Anchorena a la cabeza mentado en el Martín Fierro, y después lo que se ha llamado el «aluvión zoológico», gentes de todo el mundo que van a hacer la América, es decir, a ganar dinero para regresar algún día a Europa en mejor situación económica. Estos inmigrantes expresan su soledad y su exilio urbano en los tangos («la vida es una herida absurda», reza una letra famosa). También en el interior la música popular refleja un sentimiento de tristeza.

La Rioja, provincia donde viví y que configura el contenido de mi novela Libro de navíos y borrascas, fue en la época precolombina el extremo sur del imperio incaico. En los tiempos de la organización nacional, o sea de las guerras civiles a mediados del siglo XIX, se convirtió en el extremo norte de un país que Buenos Aires pensaba como una extensión más de Inglaterra, o sea que pasó a ser el extremo norte del imperio británico. Los caudillos que se alzaron en armas contra esa determinación, como Facundo Quiroga o el Chacho Peñaloza, fueron asesinados con armas inglesas. Al Chacho le cortaron la cabeza y la exhibieron durante tres días clavada en una lanza en la plaza principal del pueblo, para escarmiento de la población. Antes de las guerras civiles, La Rioja comerciaba con Chile a través de la cordillera de los Andes. Llevaban ganado en pie al país trasandino, y de allí traían los productos de que carecían, entre ellos instrumentos de labranza e instrumentos musicales. Cuando La Rioja y demás provincias pierden las guerras civiles, tras décadas de lucha, los puertos naturales hacia Chile son cerrados, el comercio prohibido, y Buenos Aires se declara puerto único. Los riojanos, para poder venderle una vaca a Chile, debían llevarla a Buenos Aires (1600 kilómetros), desde allí meterla en un barco, descender hasta el Estrecho de Magallanes (3000 kilómetros más) y subir por el Pacífico unos 4000 kilómetros todavía hasta alcanzar la limítrofe provincia chilena de Atacama, lo cual no tenía sentido y así comienza la ruina económica de esa provincia.

En 1930 gobierna legalmente el presidente Hipólito Yrigoyen, perteneciente a un partido popular. El 6 de septiembre de ese año, es derrocado por Uriburu, un coronel asistido ideológicamente por el poeta Leopoldo Lugones, que admiraba al águila germánica y que en 1910, centenario de la independencia nacional, había publicado su «Oda a los ganados y las mieses». Yo estaba entonces en Buenos Aires, pero dentro de mi mamá, es decir, a punto de nacer. Escribí esa novela, entre otros determinantes, por esas circunstancias. En mi inconsciente guardo los latidos del corazón de mi madre, oídos desde dentro de ella, pero también el ruido de los sables y de las balas que venía de afuera. En Francia me preguntaron por qué había escrito ese libro contraías militares. Les dije que yo no lo escribí contra los militares sino sobre lo que oí desde ahí adentro. Dicen que el día del golpe mi madre, aterrorizada por esa violencia nunca vista, corría en dirección al hospital porque sentía que yo iba a nacer. A nacer «de un susto», como me dijeron años después. En el hospital el médico la tranquilizó. Vaya tranquila señora, su hijo o hija nacerá a su debido tiempo. Lo cual se produjo justo un mes después, cuando ya los militares estaban instalados en el poder y Leopoldo Lugones hijo inauguraba las torturas con la picana eléctrica, un aparato que se usa para las vacas. Como mi padre pertenecía al partido político del presidente derrocado, lo echaron de su trabajo en un ministerio y tuvimos que salir, allí se produjo el primer exilio, salimos hacia el norte, yo tenía 3 años. Ya nunca más volvimos a Buenos Aires. Nos radicamos en Córdoba, donde estudié un poco de música, y después me fui a vivir más al norte, a La Rioja, donde no sólo escribí esta novela sino casi toda mi producción. Elegí esa provincia porque de ella era oriundo mi padre, me fui a buscar las raíces perdidas. Allí me dediqué a la música, y esto explica por qué además de militares hay música en Libro de navíos y borrascas. El ejercicio casi cotidiano de la música durante los 17 años que viví en esa provincia me permitió el uso musical que suelo hacer de las palabras en esta novela.

También trabajé allí como periodista. Los golpes militares, a partir del año 30, se fueron repitiendo a lo largo del tiempo, y muchas veces me tocó cubrir la información. Ahora les voy a conto donde se narra una de esas experiencias.




Entre gallos y medianoche

El tiempo, el tiempo verdadero, está fuera de los relojes. Estos sólo intentan imitarlo, sin conseguirlo. Los relojes son muchos, mientras que el tiempo, ya lo dijo Martín Fierro, es uno solo. Los únicos que se le aproximan, sin alcanzarlo jamás, son los relojes biológicos. Entre ellos, el gallo. Un reloj vivo que aparece patéticamente en la Biblia cuando el asunto del huerto de los olivos, el mismo gallo que más o menos dos mil años después oí cantar en la madrugada durante un golpe de estado que me tocó cubrir como periodista allá en el entrañable Cono Sur.

Fue cuando voltearon a Frondizzi, que llegó a presidente de Argentina por casualidad. A pesar de que era más derechista que el Ejército, los militares lo voltearon lo mismo, por pícaro. Veleteaba con todo el mundo y viajó a Uruguay para entrevistarse con el Che Guevara, que fue como cavarse su propia fosa. Después de eso, apenas duró unos días. Los milicos, cual pieles rojas irascibles, lo sacaron de la Rosada vendiendo almanaques por no clavarlo desnudo en postes de colores. Y con él cayeron todos los gobernadores de provincias, entre ellos el mío, quiero decir, el de La Rioja, dejándola a la deriva como barco ebrio.

De pronto, en Buenos Aires sonó la clara espada en oposición a la furtiva dinamita lugo-borgeana, y el presidente, precedido por su mentirosa nariz, fue arrastrado hasta la isla Martín García y todo quedó acéfalo. Yo siesteaba en La Rioja, ignorante de todo, cuando suena el teléfono y el diario de Buenos Aires, para el que trabajaba, viene y me dice que ha caído el presidente, que todo el país está sublevado. Entonces me voy para el lado de los cuarteles a ver cómo han tomado la cosa en mi provincia.

El regimiento provincial está en celo y encrespado, no dejan llegar a nadie a menos de cien metros. Grito desde lejos, pidiendo ver al jefe, pero los soldados de guardia no alcanzan a escucharme a esa distancia, y no encuentro señas adecuadas para lo que quiero preguntar.

A todo esto, en la Casa de Gobierno han quitado la guardia habitual de policías y bomberas, dejando las puertas abiertas para que los golpistas entren libremente y no tengan que matar a ningún inocente. Pero los golpistas no llegan ni dejan llegar a nadie a sus cuarteles.

El gobernador, fuera de la provincia, había delegado el mando en el vice, y éste llevaba un par de horas redactando, de su propio puño y letra (todos sus ayudantes habían huido), un acta donde se decía que entregaba el poder legítimo ante la imposición de la fuerza. Fue eso lo que me dijo cuando lo entrevisté esa tarde, ya casi noche, me lo dijo frotándose esas manos de labrador que tenía, con esa cara de labrador que tenía, con esa voz de campesino sabio que tenía, justo cuando estaba empezando; el tiempo de la cosecha de las nueces.

En eso es noche cerrada, y el Vice enciende todas las luces de la Casa de Gobierno, las enciende a todas como nunca, acaso para protegerse, acaso para que todo el mundo vea cómo llegan los golpistas como lo han hecho durante casi todo el siglo. La gente ha cenado ya y está pegada a las radios escuchando los comunicados y las marchas patrióticas, nunca ha parecido tan odioso el ritmo de la marcha. Las calles están vacías, y la Casa de Gobierno vacía, con las puertas abiertas y sin guardia, con el Vice muy sentadito junto a su escritorio, en medio de los miles de kilovatios de todas las luces juntas de la Casa de Gobierno.

La ciudad en ese entonces era muy pequeña, condición que me permite escuchar desde mi casa, con un oído, lo que sucede a mi izquierda, en la Casa de Gobierno, y con el otro lo que sucede en el Regimiento. Y justamente a mi derecha escucho el ruido de los treinta camiones que sacan del cuartel para dirigirse a la Casa Iluminada, treinta soldados armados en cada uno, un total de novecientos y armados hasta los dientes, según se dice cuando se habla de ir armado, los soldaditos, que son riojanos asustados, tienen la orden de apuntar, todos al mismo tiempo, al corazón del Vice si éste se resiste a entregar el Mando, mientras ya es alta noche y los gallos duermen profundamente en las oscuridades de los barrios.

La distancia entre el Regimiento y la Casa donde ya dormita el Vice, a la espera de la llegada de los triunfadores (de siempre), es de un kilómetro, más o menos. Ya avanzan entre estruendos y entre claros clarines rubenianos, corro junto a ellos cámara en mano buscando el tanque que sé que viene entre ellos, a ver si el flash me alcanza para que el Panzer quede claro y sea foto de primera página.

¿Medidas especiales? Nada, dice el Vice, que lleguen de una vez y se hagan cargo, así todos podremos irnos a dormir, mañana hay que levantarse temprano a levantar las nueces. ¿No han salido ya para aquí treinta camiones? Sí que han salido, le digo, pero ahora mismo están cargando nafta en la estación del Automóvil Club Argentino, apenas van por el cuarto camión y ya sabemos que son treinta, de modo que, haciendo cálculos, estarán aquí con el sol alto.

Qué manera de perder el tiempo, dice el Vice, que por ser expulsado de la realidad empieza él mismo a convertirse en tiempo, y enchufa un calentador eléctrico que aquí, en España, llaman infiernillo, se está poniendo frío y en la Casa de Gobierno no hay calefacción, no tendría sentido, por los quince días que dura aquí el invierno, dice.

Lo dejo acurrucado, junto al infiernillo, y corro hacia la estación de servicio, los militares dejan que me acerque, un jefe me pregunta qué hace el Vice, está redactando el Acta de la Toma, le digo, el militarote hace un gesto de incomprensión o de fastidio y firma unos papeles para que los dueños de la Estación puedan cobrar la nafta, mientras está a punto de romper el alba, el gallo bíblico espera semidormido y todos los demás, militares incluidos, nos morimos de sueño, que vengan de una vez así todos podemos irnos a dormir, vuelve a decir el Vice, emponchado junto al calor del braserito.

¿Y?, me dicen por teléfono desde Buenos Aires los del diario, y les digo que el tiempo parece detenido, nadie sé decide aquí a mover el tiempo, los militares han terminado de cargar nafta en sus camiones y en el tanque que llevan oculto, pero no avanzan, están quietísimos a quinientos metros del objetivo, cabe consignar que el Vicegobernador también permanece quietó, él espera y los otros no avanzan, es una guerra de nervios y de tiempo cuidadosamente calculado, les digo a los del diario. Está bien, me dicen, no te rompas más y anda a dormir, nosotros tenemos información más fresca y sabemos que no van a llegar a la Casa de Gobierno hasta que salga el sol, y lo mismo pasará en todas las provincias, de modo que anda a dormir, lo único que nos interesa es saber a qué hora se retiró el Vice de la Casa de Gobierno.

Ya son como las cuatro de la madrugada, no queda un solo borracho en las tabernas, el frío es cruel y cuando llego a la Casa de Gobierno llena de luz y sin guardianes, subo por la escalera saltando los peldaños de dos en dos y veo al Vice, arrugadísimo ante el fuego, a qué hora va a retirarse Su Excelencia le pregunto, y él desde el fondo del alma y de los tiempos que empiezan en la Biblia, sin vacilar, me dice que se irá «en cuantito cante el gallo», que aparte de ser su verdad profunda, es la verdad del tiempo.

En realidad, le digo: ¿A qué hora se va a retirar, Doctor? Y si le digo «doctor» es porque todo gobernante que se precie debe serlo según la tradición, y porque a él oírse llamar doctor lo hace feliz, y esto es lo menos que puedo hacer por él para darle algún alivio en esos momentos dolorosos de su caída.

Me voy tristísimo hacia casa, lo dejo solo en el edificio iluminado con todas sus luces (que serán inútiles en cuanto amanezca, y faltan unos pocos minutos, pero no hay quien las apague), llego y veo que está por romper el día, los militares siguen quietos en la estación de servicio a la espera de un momento estratégico, y justo cuando estoy llamando a Buenos Aires, oigo el canto del gallo bataraz que vive a la vuelta de mi casa, que siempre es el primero en cantar en la ciudad.

En el silencio que sigue, y en el tiempo que falta para que cante un segundo gallo, se oyen los pasos del Vice solo y sin escolta por la calle solitaria, como no vino nadie dejó el acta firmada y la Casa de Gobierno iluminada. Cuelgo y salgo a la calle y le digo adiós doctor, me escucha y agradece llevando una mano al ala del sombrero como amagando sacárselo.

Luego hay el ruido de la chatarra castrense que penetra en la casa vacía sin matar a nadie porque no hay nadie, menos mal. Pese a lo sucio del asunto, el acto tiene sin embargo un barrunto de decoro: en esos tiempos todavía no se pintaban la cara para ser más feroces a la hora de la matanza. En el instante indeciso del amanecer entran en el despacho del Vice, como si lo hicieran a espaldas del tiempo, en un lapso ficticio que sólo pertenece a la violencia.

Menos mal que en eso el canto del gallo de la Biblia restablece el tiempo verdadero, el de las estrellas y las nueces, demostrando que lo demás es inútil estridencia, la chispa de los sables en busca de enemigos invisibles, un ruido molesto que entorpece la clara audición del tiempo y de la vida, por lo menos allá, en esas tierras calientes perdidas en el Sur desamparado.

*  *  *

Bueno, ahí se acaba el cuento. Son cosas como éstas las que finalmente lo impulsan a uno a escribir novelas como la que estamos comentando.

Para terminar, les voy a contar el último relato relacionado con estas cuestiones castrenses que uno se trajo al mundo desde el vientre de su madre, un hecho que yo tenía grabado en mi memoria por haberlo vivido, y que, como todos los que les he contado, me facilitó el acceso al convencimiento de que tenía que escribir «navíos y borrascas».

Y dice, más o menos, lo siguiente:




Los oídos de Dios

No es frecuente que haya gallinas en una emisora de radio, pero en aquélla de mi provincia las había, por alguna razón oculta que ahora intentó descubrir. Lo infrecuente y aparentemente absurdo del hecho delata su singularidad. Y toda singularidad tiene un sentido.

Cuando la dirección de LV14 contrató los servicios de un sereno para que se ocupara de la vigilancia de la casa, cediéndole las habitaciones del fondo para que viviera con su familia, con derecho a consumir el producto de los árboles frutales que había en el fondo, el hombre preguntó si podía criar de paso unos animalitos, por ejemplo gallinas, para paliar el sueldo bajo que tenía. El director, trajeado y de corbata pese al calor norteño y al polvo del patio de tierra sin regar, pensó un poco el asunto arrugando la cara, repasó mentalmente el reglamento y viendo que no había razones legales para negarle lo que pedía dijo sí, por qué no.

La emisora, primera en la provincia, se acababa de instalar en esa vieja casona de principios de siglo con un naranjal en el fondo regado por acequia, y los contratos publicitarios llovían, especialmente los vinculados con la refrigeración, debido al clima caliente de la zona. Todos los fabricantes de neveras y ventiladores de Buenos Aires, a los que se agregaron después los de las multinacionales, se disputaban los espacios publicitarios de la flamante emisora, mientras las gallinitas del sereno ponían huevos y enclocaban, y los patios se llenaban, como diría luego un cronista radial amigo de las frondosidades, de un amarilloso parlotear pollino. La prosperidad económica chorreaba por todas partes gracias al milagro de la publicidad, mediante la cual nuestra provincia saltaba sin transición de la mitad del siglo XIX, donde se habían parado todos sus relojes, a la mitad del XX, pletórica, como dijo el cronista, de raudas tecnologías electrónicas y de estridentes inflexiones yankis.

Las diez de la mañana y ya treinta y dos grados, rieguen los patios y mojen las paredes, decía el director de la emisora, nervioso ante la inminente visita presidencial que llegaba para inaugurar las instalaciones, y el capellán que las bendeciría (el presidente era un general y, aunque nadie lo había elegido, era el presidente y ya está), y el avión que estaba tocando tierra en el aeropuerto, en menos de media hora lo tendremos acá, pongan al máximo los ventiladores, que las gallinas no ensucien el patio, enciérrenlas a todas.

Cuando los siete coches del general y su comitiva llegaron entre el ulular de sus bocinas y las estridencias policiales, hubo en la calle un revuelo de periodistas y en el fondo de la finca un revuelo de gallinas. Uno de los gallos, guiado por una inteligencia externa que lo contenía, saltó la valla y avanzó majestuoso por el patio regado aledaño a la oficina de transmisión, de par en par abierta a causa de la canícula. El aturullamiento de todos, abriendo paso para que entrara el presidente, permitió que el ave pasara inadvertida y se mezclara con los edecanes. Era un hermoso gallo de riña, hierático, inglés, de tinte oscuro con manchas de color impreciso, avanzando hacia un objetivo que ignoraba y que ni siquiera intuía, pero que existía y desde muy lejos atraía poderosamente.

-Señor -dijo el locutor tiritando de miedo y derritiéndose de calor al mismo tiempo-, señor presidente, el pueblo entero espera en estos momentos su palabra definitiva y esclarecedora sobre estos momentos cruciales que vive nuestra república.

El presidente estaba por quitarse la gorra y empezaba a mover los labios acercándolos al micrófono cuando el oscuro gallo «saltó a la altura del micrófono y de las circunstancias desparramando la algazara colorística de su cresta y la exasperación de sus ojos de riña, y sin dejar de batir las alas y manteniéndose fijo en el aire como un helicóptero, volcó en el micrófono, con certeros golpes de aire, la estridencia de su canto bíblico», según la crónica poética del evento.

-Quiquiriquí -respondió el presidente en millones de hogares que lo estaban escuchando.

-La gente no oyó más, con la sorpresa y el susto y las corridas para atrapar al gallo (que logró huir y desapareció para siempre), los edecanes y los guardaespaldas se atropellaron entre ellos y sin querer, desenchufaron los aparatos, mientras la «respuesta» del presidente salía de la provincia y de la tierra y con la velocidad de la luz ganaba los espacios.

Cuando los funcionarios de la emisora lograron restablecer el orden y enchufar otra vez los aparatos y explicar a la audiencia que se trataba de un problema técnico felizmente superado, el canto del gallo ya había abandonado la Tierra, ya había rozado la Luna, y el avión del presidente no acababa de regresar a la capital cuando el canto ya iba pasando junto a Júpiter coloso, y es casi seguro que a estas horas, sin perder su timbre musical y terrestre, se aleja a grandes pasos de este rincón de la galaxia signado por el crimen y la muerte, en busca, en su condición de plegaria, de quien esté dispuesto a escucharla en otros mundos, pidiendo a quien sea salir del degolladero.

*  *  *

Bueno, de todo eso que me tocó vivir como periodista, más el uso de las palabras como si fueran sonidos, ha salido la escritura de Libro de navíos y borrascas. Muchas gracias.







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