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Cuestiones hispano-americanas
(Madrid, 1900). Mecanoscrito del Archivo de la Residencia de
Estudiantes. Madrid ( Legado de Rafael Altamira)
La reciente visita de los marinos argentinos y la noble contestación que ha dado a nuestro sincero y entusiasta recibimiento el Gobierno de la gran república Sud-americana, son hechos que importa considerar por la significación que tienen en punto a las relaciones entre España y sus antiguas colonias, convertidas hoy en pueblos de admirable vitalidad sustantiva, en naciones y Estados de luminoso porvenir en el camino de la civilización.
Todo el mundo está convencido de la necesidad de estrechar esas relaciones, cuya razón se funda en la existencia —154→ de algo verdaderamente esencial común a españoles y americanos, en quienes -por muy diferente que parezca ser la dirección de ciertos órdenes de vida- alienta un mismo espíritu. Respondiendo a esta creencia, vienen significándose, desde hace años, corrientes de aproximación manifiestas en hechos que no es preciso recordar menudamente.
Bastará traer a la memoria que, aun en los días luctuosos de nuestra guerra con los Estados Unidos, y no obstante la natural simpatía que muchos demócratas americanos sintieron por la causa cubana, no pocos supieron advertir el peligro que entrañaba un excesivo fervor yanqui, y separaron discretamente la cuestión política especial que se debatía entonces, del interés general de raza y de civilización, y aun de los mismos merecimientos de la antigua metrópoli. A este sentido respondieron escritos varios, como los periodísticos de Rubén Darío193, las conferencias y discursos de Sáez Peña194, Groussac195, Tarnassi196, Gómez Palacios197, Solar198, Oyuela199 y más recientemente, los trabajos del Dr. Paulino Alfonso, del Dr. Pizarro, de D. A. Rodríguez Bustos -en su significativa —155→ crítica del libro de Burgess, titulado Peligros americanos200-, de Rodó, de Arreguine201, de Zeballos202 y otros.
Fijándonos
particularmente en una de las cosas a que dan más
importancia los pueblos americanos, la obra de su educación,
fácil es notar que el unánime deseo de los hombres
más cultos y más entusiastas por el mejoramiento de
su país es, como ya en otra ocasión he demostrado,
«hallar en el movimiento
científico español pasto adecuado y suficiente para
su cultura»
.
Y si del fondo de la vida intelectual pasaron a lo que muchos tienen por simple medio de expansión, al idioma (que es, sin embargo, cosa ligada íntimamente a lo más profundo del espíritu, como ya demostró Fichte), nótese igualmente el empeño con que los escritores americanos, desde los tiempos de Bello y García del Río, trabajan para mantener la tradición lingüística lo más pura posible, remontando de nuevo a la raíz de los idiomas modernos de ella nacidos, contribuyendo al estudio científico del castellano (en mayor escala, a veces que los mismos españoles), y pretendiendo enriquecerlo con aportaciones nuevas, como se ve en las razonables iniciativas de Ricardo Palma y de Julio Calcaño, en parte coronadas con el éxito.
—156→Pero el reconocimiento de esa solidaridad ideal que nos une por encima de las pasadas luchas, convirtiéndonos en colaboradores de una misma obra superior a todas las diferenciaciones nacionales y políticas, con ser un hecho tan acentuado y de tan consoladora significación, no debe hacernos olvidar otro de inmenso atractivo y de irresistible elocuencia, que constantemente tienen ante sus ojos las repúblicas latinas americanas.
El ejemplo de los Estados Unidos es, hoy por hoy, un obstáculo temible para la solidaridad que pretendemos establecer. Propenderán a él en lo político los demócratas, seducidos legítimamente por la historia de la gran federación del Norte y por el espectáculo de sus libertades civiles; lo buscarán como modelo los educadores, ganados por el esplendor y la perfección de sus centros de enseñanza, que con perfecta razón asombraron al ilustre Cajal y le hicieron prorrumpir en alabanzas sin cuento; le pedirán inventos y libros los industriales y los hombres de ciencia, seguros de que ha de responder gallardamente a la demanda, y en algunos casos aventajando a la misma Europa.
Los
hispano-americanos conocen sin duda el peligro que hay en todo
esto. Pero la vida de los pueblos tiene exigencias fundamentales
que no se pueden evitar y que buscan naturalmente su
satisfacción allá donde mejores condiciones
encuentran, a menos que una ceguera absoluta les lleve al suicidio;
y las libertades, la cultura, el progreso material de los Estados
yanquis serán siempre un señuelo poderoso para las
naciones próximas que aspiren —157→
también a ser cultas, ricas, libres. En estas
condiciones, «y por muy grandes y
fuertes que sean el temor político de las repúblicas
a ser absorbidas y el sentimiento de solidaridad respecto de
España»
, la lucha es desventajosa para nosotros.
Debemos reconocerlo así y no embriagarnos con las huecas
burbujas de un entusiasmo que pronto se desvanece. Si queremos
unión con América, fundémosla en bases
sólidas y no en lirismos más o menos brillantes.
Vayamos de una vez y con ánimo resuelto al fondo de las
cosas.
Y en primer lugar comprendamos que la más grande garantía que podemos ofrecer a nuestros hermanos de América, es una franca política liberal. Ellos mismos lo dicen, y por bocas tan autorizadas como la de Ricardo Palma y Valentín Letelier, dos glorias de la literatura y del profesorado, dos inteligencias de gran peso en la América del Sur. Con la España inculta, estancada en su progreso y reaccionaria en su política, nada quieren, porque sería contradecir los mismos principios de vida de las repúblicas americanas.
Temen los americanos que España no acierte a entrar de lleno en el camino de la verdadera libertad, en los hábitos de tolerancia de los pueblos cultos; y esto crea, sea en los hispanófilos mejor dispuestos, suspicacias y reservas en punto al establecimiento de una franca e íntima unión internacional.
Fúndase ese temor en la experiencia de nuestra historia contemporánea, sobre todo. El espectáculo de tres guerras —158→ carlistas y el injustificado retroceso producido en el orden político a raíz del desastre de 1898 -en que la mayor derrota fue para la «España vieja» y los hechos dieron toda la razón a los radicales-, son sin duda argumentos de fuerza para los recelosos, especialmente si a ellos se une la terrible atonía y desorganización de los elementos demócratas españoles. Pero aun así, cabría hallar, en el fondo de esos mismos hechos razones favorables a la esperanza de un porvenir mejor; ya que la circunstancia de hallarse hoy el carlismo impotente para todo lo que no sea agitar el país y levantar partidas que harían mucho daño sin duda, pero jamás podrían aspirar al triunfo, y la misma subsistencia del espíritu liberal en la masa, no obstante repetidos desengaños, traiciones, apostasías y halagos del positivismo conservador, son prueba de que el tronco tiene vida propia, tenaz y que se puede confiar en su próximo reverdecimiento. Pero necesitamos demostrar a los hispano-americanos que esto, no sólo es posible, sino que lo procuramos con ahínco mediante una orientación francamente liberal, a la moderna, de las fuerzas políticas del país y de los poderes públicos, y haciendo imposible una nueva guerra civil.
Necesitamos también satisfacer plenamente los deseos que nos manifiestan en el orden intelectual; pero ¿cómo hemos de pensar en ejercer influjo sobre los americanos, en crear en ellos centros de enseñanza, si antes no reorganizamos los nuestros y nos decidimos a emplear en su mejora y en su difusión grandes cantidades de nuestro —159→ presupuesto, locamente derrochado en cosas menos útiles e inútiles del todo? ¿De dónde sacaríamos hoy si se nos pidiera (y se nos pide a menudo), personal educativo, si la mayoría del que tenemos es malo, la minoría aprovechable es insuficiente para nuestra vida nacional y el Estado se empeña en no crearlo para lo futuro, negándole medios de formación y de subsistencia?
Y aun en el orden económico, ¿cómo podremos, a pesar del indudable y pujante renacer de la industria, desarrollar en América las iniciativas del trabajo, si el Estado, que nada hizo para producirlas, se goza en desalentarlas y en oponerles obstáculos con un presupuesto que invierte los más de los ingresos en gastos impopulares, aumenta desordenadamente los tributos y protege los monopolios?
No nos hagamos
ilusiones. América quiere estar con España, desea
constituir con ella, «en un porvenir no
lejano -como ha escrito Letelier- una fuerza semietnológica
que contrapese el influjo de las razas sajona y eslava y haga
sentir su acción decisiva en los destinos del género
humano»
; verá con gusto virtualmente establecida
en sus tierras jóvenes, «una
hegemonía intelectual de España, que será, por
cierto, más provechosa para el mundo que la simple
dominación política»
; mas para todo esto
impone condiciones, y tiene perfecto derecho a imponerlas.
El poseer esas condiciones es obra nuestra puramente. Si queremos ir allá y ser para ellos lo que naturalmente —160→ debemos ser, no podemos presentarnos con las manos vacías. Son poca cosa nuestros buenos deseos, nuestra cortés hospitalidad, nuestros discursos y nuestros banquetes. Todavía peor sería ofrecer condiciones negativas, que repugnasen al espíritu público de las naciones americanas.
—161→
(fragmentos)
Que España no puede permanecer cruzada de brazos en esta lucha por la influencia intelectual, se deduce claramente de todo lo expuesto. ¿Y qué debe hacer España para defender su acerbo ideal en América, para librar a sus mismos ciudadanos colonos de aquellos países de una absorción que redundaría en perjuicio de ellos mismos y de la madre patria?
Lejos de mí la pedantesca patriotería de creer que nuestras Universidades, nuestros Institutos y nuestras Escuelas pueden competir con los establecimientos de enseñanza yanquis, alemanes o franceses, ni irradiar una influencia intensa comparable a la que estos ejercen o son capaces de ejercer. Lo que he dicho antes a propósito de la —162→ soñada Universidad para los hispanoamericanos marca bien mi criterio en este punto. España no puede, hoy por hoy, atraer a sí la corriente escolar de América, a pesar del fondo común de espíritu, que haría más homogénea con el sentir nacional hispanoamericano y más fácil la educación de la juventud de aquellas tierras.
Puede, sin embargo, aun en este orden de acción, ofrecer algunos nombres y algunas instituciones que legítimamente merecen atraer a los americanos y cuyo conocimiento no dejaría de aprovecharles. ¿Quién duda que la cátedra de Cajal, la cátedra de Giner de los Ríos, la cátedra de Simarro, la de Hinojosa, la de Menéndez Pidal, la de Azcárate, la de Cossío, la de Dorado, la de Posada y alguna más, serían de provechosa frecuentación para los jóvenes hispanoamericanos, y que, en las respectivas especialidades de cada una, bien podrían sustituir a otras extranjeras análogas o complementarlas?203.
Pero si en la enseñanza oficial, y en la no oficial, tiene España poco que ofrecer -aunque algo tiene, como vemos- y no puede hoy luchar con ventaja y menos colocarse a la cabeza de los elementos que legítimamente, por —163→ su fuerza propia, han de contribuir de ese modo a la formación del espíritu americano y han de vivir en permanente e intensa comunicación con él, nadie negará que tenemos derecho a un lugar en la obra de la cultura americana, y que constituye un deber para nosotros no abandonar ese puesto, antes bien defender su posesión a todo trance y con las mejores armas que nos sea dado utilizar.
Por muy heterogénea que sea la inmigración en los países americanos, no cabe duda que en ellos predomina la sangre española, que de ésta participan en considerable proporción sus naturales, y en fin, que no en balde y a la ventura se les llama, considerados geográfica y étnicamente como un conjunto, «Hispano-América». Sin que haga falta renovar aquí las memorables discusiones acerca de la superioridad de estas o las otras razas (sic) de origen europeo, y por mucho que nuestra humildad confiese en punto a las excelencias de otros pueblos modernos, todos hemos de reconocer (para que la sinceridad no se convierta en afectada o resolvamos la cuestión a golpes de sentimentalismo pesimista) que entre las condiciones fundamentales del espíritu español hay algunas buenas al lado de otras malas, y a la vez que buenas, características, propias y exclusivas de él, que no tan sólo por patriotismo, sino por humanidad -dado que en la obra trabajosa de la civilización, ningún factor útil puede ni debe perderse-, necesitamos salvar de la ruina. Esas cualidades que nadie nos regatea; que aun los políticos y los sociólogos menos confiados en la situación actual de la colectividad —164→ española admiten; que acaba de reconocer una vez más la crítica inglesa por boca del escritor Havelock Ellis en la Fortnightly Review, las posee substancialmente el alma americana, forman parte de su fondo étnico, que sería loco y suicida anular para sustituirlo con otro de pura importación extranjera. Educarse es perfeccionarse, sobre la base de las cualidades propias, no enajenar el espíritu cambiándolo por el ajeno. De aquí que, en muchos sentidos, trabajando nosotros por el mantenimiento de nuestra influencia espiritual, trabajamos en pro del alma americana en lo mejor y más genuino que ésta tiene. En el orden concreto de la mentalidad, el corte de unos y otros es el mismo y continuará siéndolo mientras hablemos todos el romance castellano, que, como todo idioma, no es sólo un conjunto de palabras, un léxico, sino una serie de ideas orientadas de un modo especial. De aquí que nosotros, los españoles, seamos los que mejor podemos entendernos, en el comercio de la inteligencia, con nuestros hermanos del Nuevo Mundo.
¿Podemos actualmente ofrecerles algo de lo que piden la ciencia y el arte modernos, de lo que ellos van a pedir a Francia, a Alemania, a Inglaterra? Diferentes veces, en publicaciones americanas, he procurado desvanecer el prejuicio que considera todas las manifestaciones intelectuales españolas como reaccionarias, arcaicas, repeticiones de un saber viejo y manido, de una religiosidad estrecha, hosca, misoneísta. He citado las corrientes ideales, científicas, que en diversas ramas de estudios representan —165→ en España, no sólo la conjunción con el movimiento moderno en su sentido más progresivo, sino orientaciones originales que, cuando menos, tienen derecho a ser estimadas y discutidas, al par de otras de origen extraño. Los americanos cultos lo saben: y cuando citan con elogio los nombres de Cajal, Menéndez y Pelayo, Costa, Giner, Calderón, Posada y otros muchos, sancionan esa representación de la intelectualidad peninsular. ¿Y abandonaremos esas armas con que podemos defender la continuación de la influencia española? ¿Dejaremos, por pereza, por desconfianza, por pesimismo, que se olviden esos nombres, que en las Universidades, en los libros, en la prensa, lleguen a no citarse y aprovecharse más que doctrinas firmadas por nombres franceses, ingleses, alemanes o yanquis?
[...]¿Qué base tiene España para realizar esa obra de influencia en América? Tiene varias.
En primer lugar, la de su emigración, que en las principales Repúblicas hispanoamericanas -Argentina, México, Cuba- es la más numerosa y potente, excediendo mucho a las de otros pueblos de Europa, y que en todas ellas significa un factor considerable que no sólo trabaja en el orden económico, mas también en el intelectual. La fuerza enorme de la semilla española en aquellos países, la conocen bien todos los que allí han estado y los que con algún interés siguen desde allí la vida de nuestros colonos de América.
—166→En segundo lugar, tenemos a nuestro favor -y con toda la trascendencia que ya hice notar y que para nadie es un misterio-, el idioma. Él nos permite obrar, más directa y profundamente que ningún otro pueblo extraño, sobre la masa y entendernos con ella: cosa no despreciable nunca, menos hoy día, en que la obra de la educación popular ha tomado tan poderoso vuelo y figura entre las acciones más fecundas de los intelectuales; también ha de hacer más fácil y más íntimo el intercambio, con los profesionales americanos, de los más altos, sutiles y substanciales frutos del espíritu, que suelen perder algo de sus cualidades más exquisitas y fecundantes cuando se traducen a un idioma extraño. Siempre hallará más eco y resonará más hondo en el alma americana la voz de las ideas que dicen relación a las cuestiones superiores de la vida individual y social, cuando esa voz vibre con los acentos del decir castellano, que cuando se engalane con otros ajenos. En los más graves trances de la existencia, el individuo -mil observaciones lo comprueban- vuelve instintivamente a usar el idioma que empleó en su niñez, el de su terruño, aunque haga muchos años que lo tenga pospuesto; y es que ese idioma representa la forma propia de su mentalidad, el estrato más profundo y ancestral de su espíritu, el solar sobre que se levanta el edificio de sus ideas y en que mejor las dice. Tal es también la fuerza que el castellano significa para nosotros en nuestras relaciones con los hermanos de América.
Por último, tenemos otra base de influencia intelectual directiva, mucho mayor de lo que nos figuramos. —167→ Bastantes de nuestros americanos de prestigio los vemos emplearse en profesiones intelectuales: son en Cuba, en México, en Argentina, en toda la América Central, en muchos otros países, profesores, abogados, médicos, literatos, ingenieros, periodistas, factores educativos del país y removedores de ideas. Agréguese a esto que algunas Repúblicas han solicitado profesionales españoles para regentar, dirigir, organizar su enseñanza, o ciertos ramos de ella, y su ejército204, y que esos profesionales han acudido al llamamiento y están realizando su función. [...] En suma; contamos con un número considerable de españoles que actualmente representa núcleos de difusión personal de nuestra influencia científica y literaria. [...] (págs. 70-75).
—168→ —169→
(fragmentos)
[...] Señores: La misión que me encomendó la Universidad de Oviedo no podría ser entendida, en lo que propiamente significa, con toda la precisión y con toda la claridad que nosotros deseamos, si yo no comenzara por evocar ante vosotros la situación especial por la que atravesó España en las relaciones con las Repúblicas hispano-americanas durante un siglo: aquella situación de apartamiento, aquella situación de alejamiento entre unos y otros, perfectamente lógica por parte de los que habían creado su personalidad y habían tenido que crearla con violencias, rompiendo los lazos que la sujetaban, y que significó desconocimiento -modesta y humildemente lo confesamos- por parte de la madre patria, de los deberes que le incumbían, incluso, y quizá más que con todos, —170→ respecto de aquellos hijos que se emanciparon y empezaban a tener vida propia. En esta situación ha transcurrido un siglo, en el cual la vida intelectual de España y de los países hispano-americanos ha corrido por caminos diferentes, y en el cual España no ha hecho nada por que esta situación de apartamiento se rompiese, en forma sistemática, deliberada, que viniese a enlazar otra vez lo que se había roto de momento. Verdad es que ni sangre española, ni espíritu español dejó de venir a fecundar esta tierra durante todo ese tiempo, porque nosotros mandamos bien pronto nuestros emigrantes, que iban a trabajar las riquezas naturales de los territorios hispano-americanos, enviamos profesores, enviamos maestros, y no dejamos de enviar libros nuestros también; pero todo esto, o respondía a un orden de la vida muy diferente del orden intelectual, o eran esfuerzos aislados, sueltos, empujes espasmódicos, que no ligaban entre sí, y que no acaban de romper aquella costra de indiferencia, de hielo, que traía consigo el desconocimiento del valor real de las cosas, que había ido acentuándose día por día; y como los pecados llevan inmediatamente su penitencia, aquel pecado que cometíamos nosotros de mantener ese aislamiento por más tiempo del que hubieran aconsejado, incluso consideraciones de orden diplomático, llevó la penitencia de que alrededor del nombre y del espíritu español se levantasen fácilmente las leyendas que tendían a desconocer lo que había hecho y lo que seguía haciendo para el mundo.
—171→[...] Y empiezo, señores, por fijar los caracteres que distinguen la obra americanista de la Universidad de Oviedo [...] La Universidad de Oviedo no quiere, no pretende enseñar nada; no viene a oficiar de maestro, no viene a mostrarse para que la admiren, ni ha enviado, para realizar su obra americanista, un hombre que busque lucir cualidades personales, que lleve dentro de sí ni el más leve deseo de reclamar un aplauso, una admiración, ni mucho menos la idea de hacer, ante el público que acude por mera curiosidad a estas cosas, como la exhibición de un tenor que va a dar notas inverosímiles y que en eso estriba todo el éxito de su misión. [...]
Pudiera creerse, que al venir una Universidad española a las Universidades hispano-americanas buscando el intercambio, buscando que suene aquí su voz y el eco de su espíritu, pretendemos españolizar la América hispana en el orden intelectual, haciendo que desaparezca, absorbida por la influencia nuestra, la nota propia y característica del espíritu de cada uno de estos pueblos. Esa creencia sería, si la hubiese, absolutamente falsa; en primer término, porque nosotros no venimos a pedir solamente que se nos abran las puertas de las Universidades hispano-americanas para que se escuche aquí la voz del espíritu español: pedimos también que los profesores de las Universidades hispano-americanas vayan a las nuestras, para que allí sea conocido, igualmente, el espíritu de vuestros pueblos. Nosotros no venimos sólo a dar y a reflejar sobre vosotros nuestras ideas, sino que venimos también a pediros que —172→ vengáis a España para reflejar sobre nosotros vuestro espíritu y vuestra obra científica. (Aplausos).
Y al propio tiempo que hacemos esta petición (que envuelve ya un cambio recíproco de influencias y excluye esa interpretación a que aludía antes), nosotros venimos a decir a los pueblos hispano-americanos -y yo fundamentaré esto después en otras consideraciones que se refieren a nuevos puntos del programa-, venimos a decirle: Mantened la obra propia, sed vosotros mismos con la más potente originalidad y virtualidad con que podáis serlo, dando a la obra entera de la civilización humana lo más sano, lo más propio y personal que tengáis. (Aplausos).
Y así como España, en vez de querer absorber con su influencia lo que constituye el fondo substancial del espíritu de vuestros pueblos, que tienen ya personalidad hecha (y la tienen incluso aquellos que la andan buscando a tientas, cuando la llevan hondamente en el fondo de su alma); al mismo tiempo que España, digo, no intenta en manera alguna borrar este carácter propio de los pueblos, no intenta tampoco, en lo que se refiere al intercambio, reducir y encerrar en un coto exclusivo las influencias que pueden servir para formar y enriquecer el espíritu hispano-americano, negándose a otros influjos que pueden ser fecundos y beneficiosos.
En primer lugar, el pretender esto sería loco y sería vano; pero es preciso decir, señores, que ni por un momento lo hemos pensado en España, y menos que nadie podía pensar esto la Universidad de Oviedo, por —173→ cuanto sus miembros, que se enorgullecen de ser un producto de la obra educativa de centros españoles, han fecundado su espíritu, sin recelo alguno, abriéndolo ampliamente a todas las influencias del mundo, yendo a colaborar y a estudiar con los profesores de todas las Universidades, cualquiera que fuese el idioma que hablasen y cualquiera que fueran las naciones a que pertenecieran.
Lo que nosotros pedimos aquí es un puesto al lado de las demás influencias que tienen derecho a formar vuestro espíritu, un puesto nada más; y con esta petición, más bien que ejercer un derecho, cumplimos un deber, porque somos los más afines a vosotros en sangre y también en espíritu; porque hablamos vuestro mismo idioma [...].
Así, señores, con esta amplitud, con este altruismo dentro del cual no cabe suspicacia de ningún género, así soñé yo la obra esta en aquellos días en que se incubaba en mi espíritu, en que la discutía conmigo mismo y la veía adquirir, cada vez que me enfrentaba con ella, una nueva faceta de lo que representaba y un nuevo sentido de su significación. [...]
¿Y en nombre de quién venimos a hacer esa obra? Venimos a hacerla, aparentemente, en nombre de una modesta Universidad provincial de España que piensa en una patria nueva, la patria que todos llevamos en el fondo de nuestra alma y que, por llevarla, la haremos -porque no hay fuerza más grande que la fuerza del querer- con un espíritu que siente, además, con desinterés absoluto, el bien colectivo del mañana, porque acaso no seremos —174→ nosotros los que recojamos los frutos. Pero, por eso mismo, nuestra representación excede de la Universidad misma y es, propiamente, la de la España nueva y al mismo tiempo castiza y tradicional en lo más sano de su alma: la España trabajadora, la España abierta de espíritu, la España generosa, la España del programa quijotesco en lo más alto que ella tiene, la España que ha olvidado en absoluto, que quiere olvidar completamente (porque recuerda que ella es la patria de Vitoria y de Concepción Arenal), aquella enfermedad que sufrió en su día, como otras naciones la están sufriendo hoy, de la dominación y del imperialismo del mundo. (Aplausos). Hablamos en nombre de la España que quiere ser así, y que si no fuera así, preferiría dejar de ser, y que apetece lavar sus culpas de imperialismos pasados y quiere ser ahora el porta-estandarte de la fraternidad entre las naciones, el mantenedor de los derechos nacionales y del respeto a todas las independencias. (Aplausos).
Esa España no piensa más que en ser factor útil de la obra de la civilización humana; y como quiera que en esa labor ella sabe bien que si va con sus solas fuerzas, quizá naufragaría en el camino, viene a vosotras, no sólo a infundiros algo del entusiasmo que ella tiene, sino a pediros también vuestra ayuda, para que nosotros salvemos también nuestra crisis, que la tenemos, y juntos podamos elevarnos a ese alto ideal de la patria hispana común, de la patria hispana espiritual que yo aquí, con mi palabra torpe, os he querido pintar, y de la cual estoy seguro que —175→ habréis visto, a través de la torpe frase, que no acierta jamás, por mucho que yo la torture, a expresar el fondo de mi pensamiento, habréis visto, digo, por las vibraciones de la palabra misma, todas las cosas que no dije, que están debajo del signo, y que vosotros entenderéis perfectamente. (Gran ovación). (págs. 415-434).
—[176]→ —177→[...] No es verdad que en América nos desprecie todo el mundo, ni lo es ya (pudo serlo hace años) que nos desconozcan en mucho de lo que representamos y valemos, tomada en conjunto la opinión de los hombres capaces de tenerla y dotados de la suficiente ecuanimidad para no disfrazarla. Más bien lo que pudiera acusarse en los momentos presentes y en muchas de las Repúblicas hispano-americanas, es, como antes dije, una acentuación de la tendencia hispanista que trasciende del puro terreno historiográfico —178→ y llega a la estimación de lo actual. Lo que ocurre en este terreno es, que como se trata de países cultos, no les pasma ni sorprende, como les podría pasmar y sorprender a los negros de Senegambia, ninguna de las manifestaciones de la civilización moderna, por muy elevada que sea su significación espiritual. Los especialistas de aquellas naciones, y los hombres de cultura general, están orientados en las ciencias novísimas y acogen lo que en este sentido se les transmite con el respeto y la estimación que en cada caso corresponde, pero sin aspavientos extremosos; y quizá la falta de estos, algunas veces, induce a error en cuanto a la consideración general en que se tiene a nuestra cultura moderna, cuyas aportaciones, originales o concomitantes con el movimiento general de la época, saben acoger y utilizar los americanos convenientemente.
Lo único cierto, en este asunto, es que existen en América hombres, y a veces corrientes de opinión, que, convencidos o no de lo que dicen (en algunos casos son boutades y gestos de mal humor, compatibles con el cariño a España y hasta con una fuerte influencia de españolismo), repiten la consabida leyenda de nuestro atraso y nuestro sentido viejo y antimodernista; o, movidos por restos de antiguas animosidades políticas (que por fortuna ya no siente la mayoría, creen útil y hasta patriótico desespañolizar América, y para eso necesitan sostener que no servimos para nada en la obra actual de la civilización espiritual y material. La existencia de esos casos es indudable, y tenerlos en nada sería indiscreto y temerario; pero —179→ no son, ni con mucho, expresión de opiniones generales y difundidas, hasta el punto de impedirnos toda acción en América y convertir en vana la pretensión del hispano-americanismo.
No ocultaré que los momentos actuales son de una gravedad excepcional para esos fines de nuestro patriotismo206. Y no creo apartarme del terreno histórico si aludo a esto, ya que la historia presente no se diferencia de la pasada (y en el eterno fluir del tiempo todo instante es pasado así que se produce), sino en razón de edad y no de esencia.
Son peligros para nuestro americanismo la persistencia de esas hispano-fobias y de esas leyendas a que me refería, por muy limitada que sea su difusión; pero también lo es nuestra imprevisión en cuanto a los hechos que actualmente se producen en aquellos países.
Lejos de podernos ser indiferentes, deben inquietarnos, por lo que en el futuro de nuestras relaciones seguramente han de reflejarse (y no hay para qué decir que de muy distinto modo conforme a la dirección e intensidad con que ante ellos reaccionemos): de un lado, la manera como se plantea ya en la opinión y en los actos de algunas naciones hispano-americanas la oposición sustancial (en concepto de algunos, no sólo irreductible, pero también inarmonizable) entre el mundo de habla inglesa y el de habla castellana; de otro lado, el esfuerzo sistemático y —180→ redoblado con que otras naciones europeas procuran atraer hacia sí la atención, las simpatías y los entronques de actividades de las hispano-americanas, y, en fin, la orientación que respecto del conflicto militar presente adopten éstas, y que según sea las llevará a polarizarse en un sentido divergente o no de España y de la influencia europea207. (págs. 18-21).
I
Novedades y rectificaciones en el estudio de la colonización española en América
[...] De todo el movimiento historiográfico apuntado en relación con nuestro período colonial, ¿cuál es la resultante? ¿Qué novedades y rectificaciones pueden señalarse como expresivas del actual estado de conocimientos?
En primer lugar (y
salvo algunas notas discordantes que repiten el antiguo tema a
impulsos de motivos sentimentales o de política, pero no
sobre bases de crítica histórica),
—181→ se ha cambiado totalmente el punto
de vista general respecto de nuestra historia americana. «Desde hace algunos años -acaba de
escribir el actual rector de la Universidad de Chile, D. Domingo Amunátegui
Solar, resumiendo ese punto de vista-, observase que la manera de
juzgar el sistema colonial de España en América ha
experimentado notable reacción. Los historiadores ya no
condenan ese sistema de una manera absoluta. Por el contrario,
empiezan a reconocer que la labor social y política de
nuestra Madre Patria en el Nuevo Mundo merece ser aplaudida y puede
compararse ventajosamente con el régimen de las colonias
inglesas en Norte América. Este espíritu de
imparcialidad se manifiesta, más que en ninguna otra parte,
en los Estados Unidos, donde, en los tres primeros lustros de este
siglo, se han publicado numerosas obras que son otras tantas
pruebas de la antedicha evolución»
208.
Precisando más, diremos que la conquista y
colonización españolas ya no se reputan como las
peores de las conquistas y colonizaciones europeas, monstruosa
excepción de crueldad, inhumanidad e ineptitud, sino como
una de las que (con todos los defectos inherentes a esas empresas,
no sólo en los siglos XV y XVI, sino en nuestro mismo
—182→
siglo XX), más alto han tenido el derecho de los
pueblos inferiores y más servicios han prestado a la obra
universal de la ciencia y de la civilización.
Esta nueva afirmación ha pasado por varios grados o posiciones coincidentes en cuanto al principio general, pero no en cuanto a los efectos prácticos.
Se ha supuesto, primero, que si las leyes españolas fueron buenas (las mejores de todas las leyes colonizadoras del mundo hasta el siglo decimonono), la conducta real de autoridades, conquistadores y emigrantes fue enteramente opuesta a ellas, y justifica la condenación de nuestra dominación americana. La existencia comprobada de numerosísimos casos en que el proceder de los españoles marchó de acuerdo con el espíritu y la letra de las leyes, ha hecho abandonar aquella afirmación a los historiadores que discuten de buena fe y respetan la verdad de los hechos.
Una segunda
posición ha venido a sustituirla. Mediante ella, se salvan
de la acusación primitiva no sólo las leyes (respecto
de las cuales no cabe discusión ni ocultación), sino
también los virreyes y altos funcionarios. La culpa de las
inhumanidades y los abusos recae así, exclusivamente, sobre
la «incompetencia y venalidad de los
funcionarios subalternos»
, como ha escrito hace poco el
profesor Manning.
Pero con esto, la acusación no desaparece; solamente cambia el sujeto responsable y, en fin de cuentas, el efecto sobre los indígenas y en el sistema general de colonización, sigue siendo el mismo.
—183→Felizmente, el
estudio especial de nuestra dominación en diferentes
territorios de América va ya mostrando que también la
tesis de Manning es equivocada, por
cuanto, no obstante la «incompetencia y
venalidad»
de muchos de nuestros funcionarios subalternos
(no peores que los de las colonizaciones inglesa, francesa,
portuguesa, etcétera de aquellos tiempos), se va comprobando
la existencia de numerosos hechos en que las leyes de Indias fueron
realmente la norma de conducta práctica de los
españoles. Con eso se va llegando, en la misma
historiografía extranjera a que vengo refiriéndome, a
la verdadera posición del problema, que consiste, como ya he
dicho antes de ahora, en precisar qué número de
abusos hubo realmente, en qué territorios y durante
qué tiempo, y la proporción en que se hallaron con
los casos de una administración, si no impecable, ajustada a
los moldes corrientes que la humanidad usaba entonces y hoy
también. Obsérvese que si aplicáramos a
cualquier gobierno y administración de nuestros días
el criterio que se ha venido aplicando para juzgar el de
España en América, no saldría uno sólo
(aun los que nos parecen mejores aquí y allí) libre
de la más grave de las condenaciones.
Todavía puede apuntarse como resultado de los nuevos rumbos que toma la historiografía americanista, el de una corriente que, yendo más allá de todo lo dicho, llega hasta la excusa, o por lo menos la explicación en términos de necesidad humana (inexcusable y repetida en la historia por todos los pueblos cada vez que se dan las mismas circunstancias), —184→ de los actos de nuestros conquistadores que más difíciles de excusar parecen o, cuando menos, que más chocan con nuestras ideas actuales. El libro de Lummis, que ya va siendo popular en España gracias a su reciente traducción, es un ejemplo típico de esta tendencia, que hace algunos años, de haber aparecido entre nosotros, hubiese excitado la cólera y la indignación, en nombre de la humanidad y del derecho, no sólo de los extranjeros todos, sino también de muchos españoles que cándidamente creen ser «hombres nuevos» con acusar a su patria de cosas que a diario realizaron y realizan los pueblos que suelen tomar por ejemplo y prototipo de civilización.
El hecho de haberse producido todo ese enorme cambio en la orientación y criterio de la historiografía americanista, es ya un resultado muy importante de la imparcialidad histórica y del dominio del espíritu científico sobre las solicitaciones sentimentales o abstractas que antes dominaron; pero todavía no marca la totalidad de la vindicación que se requiere. (págs. 69-73).
—185→
(fragmentos)
[...] Pero al lado de estas cosas sentimentales, inefables, imposibles de explicar muchas veces o de reducir a términos de discreción intelectual, existen otras que constituyen, justamente con aquéllas, nuestro españolismo. Son las representadas por nuestros ideales colectivos, que hemos incubado y predicado a través de los siglos, y por los grandes hechos que hemos realizado en nuestra historia; ideales y hechos que por leal reconocimiento de los hombres de todas las razas que han estudiado nuestra historia y nuestra psicología nacional, constituyen algo genuinamente español que quedará grabado eternamente en la historia de la Humanidad.
—186→Esos dos elementos de nuestra idiosincrasia y de nuestra obra propia, es indudable que nadie los puede dar a los pueblos hispanoamericanos más que nosotros mismos, porque son cosas que ningún pueblo del mundo, por muy elevado y culto que sea, puede crear, dado que no son de las que se forman a fuerza de cultura o de riqueza, sino cosas que nacen espontáneamente en el alma de cada pueblo y que constituyen su patrimonio propio, exclusivo.
En el campo de ellas es precisamente donde nosotros queremos cultivar de manera especial nuestras relaciones internacionales con los pueblos que hablan nuestro idioma y han nacido con nuestro esfuerzo y cooperación fundamental. Por eso también tenemos nosotros, no digo ya un derecho -que sería poco para invocar- sino un deber santo de ser absolutamente exclusivos en ello. Tenemos el concepto claro de que toda participación y toda intervención en eso que es genuinamente nuestro, de un pueblo que posea condiciones de originalidad y mentalidad propias distintas y separadas de las nuestras, produciría necesariamente un enervamiento fatal, sin duda, para los unos y los otros. Por ello no queremos participaciones de ese género y creemos tener, repito, el deber de no consentirlas. En las cosas comunes de todos los hombres, estamos prontos a cooperar con los demás pueblos con relación a América como a cualquier otra parte del mundo; pero en las que son tan nuestras como de los pueblos de nuestro idioma y civilización; las que constituyen el patrimonio eterno, inmutable, que han puesto en nuestras manos —187→ nuestros antecesores y del que debemos responder a los que vengan detrás de nosotros, en eso bien comprenderéis -estoy seguro de vuestra aquiescencia a mi pensamiento- que todo problema y toda acción deben resolverse privativamente entre los pueblos de ese mismo tronco hispano. Y en esta posición clara y terminante es en lo que tenemos que fundar nuestro espíritu americanista.
Quiero repetir una vez más que nosotros no entendemos, en manera alguna, al intentar realizar esto, que fundamos ninguna obra de egoísmo, ninguna obra de vanidad nacional. Entendemos, por el contrario, que lo que han hecho hasta ahora en la historia los pueblos hispanos y lo que podrán hacer de hoy en adelante, es cosa tan necesaria para la obra común de civilización como puede ser la que haga cualquier otro pueblo de tronco distinto.
[...]¿Cómo se logrará esto? En primer término, haciendo cada día más obra española en España; aportando cada uno de nosotros, como españoles y como ciudadanos, la parte de acción espiritual o económica que mejor pueda contribuir a que el valor de España sea cada hora más grande, más noble y más alto en el concierto de los pueblos. Pero con ser esto tanto, no bastaría por sí sólo. Un español que se limitara a ello, produciría sin duda, y por reflejo, obra útil para el americanismo, porque levantaría el nivel de su patria, haría más accesible las relaciones con ella y le daría más prestigio frente a los pueblos de nuestro idioma, y generalmente a toda América. No haría sin —188→ embargo obra directa americanista y no podría llamarse colaborador especial de esa obra. Para serlo es preciso que todos nuestros actos, profesionales o no, los realicemos mirando a América, pensando en ella y teniendo muy presente que nuestra idealidad y nuestra conducta como españoles exigen siempre dos finalidades: la que se refiere e importa estrictamente a la vida interior española, y la que importa también a la vida de aquellos pueblos que tienen con nosotros una acción común que cumplir en ese orden. Para ello, debemos procurar, entre otras cosas, que ninguno de los actos que realicemos aquí sea de tal naturaleza que pueda distanciarnos y crear separaciones hondas entre el espíritu de nuestros hermanos de América y el nuestro; y, sobre todo, poner en cada uno de nuestros pensamientos y en cada uno de nuestros hechos la intención de que puedan servir para la obra americanista. Al propio tiempo, y dentro de esto, lo que también sustancialmente nos importa, a mi juicio -y creo que igualmente les interesa a los pueblos americanos-, es recoger devotamente todas las creaciones que en pensamiento y en acción representan, en la obra pasada y presente de los pueblos peninsulares, más fina espiritualidad, mayor sentido jurídico, más alta comprensión de fondo esencial a la naturaleza humana; y esto, para enriquecerlas cada día más, para depurarlas y pulirlas a cada instante y poderlas así ofrecer como la aportación útil con que han contribuido, contribuyen y podrán seguir contribuyendo a la acción universal de civilización humana, los pueblos que, —189→ nacidos en la tierra ibérica, en la Península Ibérica que en unidad llamaron Hispania los romanos, han engendrado en otro Continente una multitud de pueblos hermanos que sienten como nosotros la nota original de nuestra raza y, a ejemplo de nosotros mismos (de tan rico interior en nuestra propia vida peninsular) producen constantemente nuevas modalidades que cada día harán más fecunda la gama hispana. Así es como positivamente llegaremos a incorporarnos, cada vez más íntima y eficazmente, al movimiento universal por el que, en cada nación, una minoría selecta y animosa se esfuerza por hacer de día en día más fácil, más fraternal, más perfecta y humana la ascensión dolorosa con que la humanidad va remontando el áspero camino que conduce, desde la antigua barbarie, al ideal de perfección en que todos soñamos alguna vez y que nos alienta en los momentos difíciles de nuestra vida.
He aquí, señores, cómo entiendo yo la finalidad de nuestro hispanoamericanismo. Y creo, al deciros esto, no expresar puramente un pensamiento individual, sino ser sencillamente el portavoz de un pensamiento común a todos los españoles e hispanoamericanos que han reflexionado seriamente sobre lo que nos cumple hacer en esta doble relación de hispanoamericanismo.