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Rafael Altamira y el americanismo: un eslabón de la revolución modernista

José Luis Abellán


Ateneo de Madrid



Han tenido que pasar muchos años para que al fin la revolución modernista fuese plenamente reconocida. A lo largo de décadas, que han durado casi un siglo, el modernismo ha sido la alegre fantasía de los colores y las formas, como un carnaval más, sin que se cobrase conciencia de su importancia ideológica y filosófica. Afortunadamente las cosas han cambiado y hoy goza de pleno reconocimiento, hasta el punto de que podemos hablar ya sin empacho de «revolución». En efecto, el modernismo fue un movimiento que entró en el siglo XX como un huracán que todo lo arrolla.

Ese carácter revolucionario del movimiento se manifiesta en su actitud de rebeldía frente al pasado, una rebeldía que se explaya en tres dimensiones:

  1. Rebelión filosófica contra el positivismo de la etapa anterior, reivindicando el valor de la vida, de la intuición, del espíritu y del misterio.
  2. Rebelión literaria contra el naturalismo y el realismo, que habría caracterizado la novela decimonónica, desde Zola o Balzac hasta Galdós o Clarín.
  3. Rebelión social contra los valores de la burguesía como la utilidad y el confort; frente a ellos se alzan los valores solidarios del proletariado o los artísticos de la bohemia.

A Rafael Altamira le alcanza plenamente esta revolución por estar biográficamente situado a caballo entre los dos siglos. El ciclo cronológico de su vida (Alicante, 1866-México 1951) sitúa los años de formación y aprendizaje en el ámbito del positivismo que impera en el último cuarto del siglo XIX, mientras que los cincuenta años restantes -los de su proyección e influencia-, le convierten en miembro de la llamada «generación del 98». Como el resto de estos, nace en la periferia y viaja siendo muy joven a Madrid, desde donde descubre a Castilla y España; también como ellos se deja impactar por el «desastre» del 98, ante el cual reacciona con los mismos sentimientos de irritación y pesimismo.

Los años de formación y aprendizaje a que antes me refería estuvieron marcados por la influencia institucionista y el correspondiente positivismo. Eduardo Soler Pérez, catedrático en la Universidad de Valencia, donde estudió Altamira, era un «Krauso-positivista» convicto y confeso que dejó una huella intelectual indeleble en el discípulo; esa influencia se prolongó después en Madrid a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien tuvo en esos años «mi mayor y más íntima convivencia», según su propio testimonio. No es, pues, marginal a su biografía el hecho de que entre 1889 y 1897 ejerza como Secretario del Museo Pedagógico, uno de los centros emblemáticos del institucionismo en los años finales del siglo XIX.

Sobre el fondo ideológico dibujado va a caer el impacto del «desastre» en 1898 como un revulsivo de su conciencia intelectual, invirtiendo el programa de «regeneración» impulsado por Joaquín Costa y sus seguidores. El regeneracionismo que había operado hasta ahora por unos criterios científico-racionales va a recibir un impulso nacionalista desde el cual se potencia el «espíritu nacional» como un valor moral.

Este impulso regeneracionista está muy bien caracterizado por un historiador que conoce muy bien la época; así lo describe:

La compleja personalidad de Rafael Altamira, su prolongada y polifacética actividad y su extensa obra, desbordan probablemente su caracterización reductiva como un simple regeneracionista del 98, pero, sin duda, existe una etapa regeneracionista fundamental en el proceso de formación de Altamira como historiador que determina su problemática inicial -en el sentido althusseriano del término: su sistema de cuestiones o preguntas-, y va a marcar toda su obra historiográfica, obsesionada por definir la constitución interna o «comunidad de cultura» (según la concepción de Fichte) de una idealizada «nación española», como una de las primeras y más fecundas respuestas historiográficas a la angustiada inquietud por el destino nacional que entraña el regeneracionismo del 981.



Ahora bien, Altamira no dejó nunca de ser fiel a su primitiva formación positivista; de aquí que el nacionalismo regeneracionista a que hemos aludido tenga que ser muy matizado, como lo hace también el mismo historiador:

En el caso de Rafael Altamira su aproximación al estudio histórico de /lo español/, precisamente por responder a una orientación más profesionalizada o academicista del modelo historiográfico (con sus ventajas y limitaciones que ya critiqué), resulta ser mucho más aséptica y (supuestamente) /positiva/, y por tanto, mucho menos crítica y dramática que la de la mayoría de los regeneracionistas del 98, pues Altamira no entra a fondo, por una parte, en el análisis crítico del peculiar proceso histórico español, en cuanto éste entraña una desviación respecto del modelo europeo de Estado liberal (burgués); mientras, por otra, ni siquiera se permite definir los elementos o rasgos fundamentales de la supuesta psicología o carácter nacional2.



En todo caso, el impulso nacionalista de Altamira tuvo una traducción muy concreta e inmediata en su actividad intelectual. La primera manifestación de dicho impulso es su disposición a traducir los Discursos a la nación alemana, de Fichte, texto fundador del nacionalismo alemán, lo que viene a hacer de forma casi paralela a la redacción de su libro Psicología del pueblo español (1899.1902), una referencia emblemática del «nacionalismo español» impulsado por la circunstancia regeneradora. He aquí las propias palabras de Altamira:

Escribí la Psicología del pueblo español en aquel terrible verano de 1898, que tan honda huella dejó en el alma de los verdaderos patriotas por el afán de que surgiera, como reacción al horrible desastre, un movimiento análogo al que hizo de la Prusia vencida en 1800 la Alemania fuerte y gloriosa de hoy día. Por eso también, acometí entonces la traducción de los Discursos de Fichte. Lo que yo soñaba era nuestra regeneración interior, la corrección de nuestras faltas, el esfuerzo vigoroso que había de sacarnos de la honda decadencia nacional, vista y acusada, hacía ya tiempo, por muchos de nuestros pensadores y políticos, negada por los patrioteros y egoístas, y puesta de relieve a los ojos del pueblo todo, con la elocuencia de las lecciones que da la adversidad, a la luz de los incendios de Cavite y de los fogonazos y explosiones de Santiago de Cuba3.



La conclusión que podemos establecer a raíz de todo lo dicho es clara: Altamira es un noventayochista que no ha abandonado el espíritu institucionista y el cultivo de la actitud científico-racional derivada del mismo. Este carácter bifronte de su actividad intelectual se traducirá en dos rasgos fuertemente caracterizadores de su personalidad:

  1. la preocupación por el espíritu científico de la Historia como disciplina.
  2. La afirmación de lo español como abierto a lo hispanoamericano, lo que explica el «americanismo» de Altamira.

Abordaremos ambas cuestiones dentro de la brevedad que nos impone un trabajo como el presente.

En lo que se refiere a la primera de ellas -la preocupación por el carácter científico de la Historia- el dato fundamental está en señalar cómo Altamira, hijo al fin de su tiempo, no hace sino recoger una inquietud que estaba en el ambiente intelectual de la primera década del siglo XX: la discusión sobre el estatuto epistemológico de la Historia, lo que era una discusión afín a la que se había producido en el ámbito de las Ciencias Sociales referente a la Psicología, a la Sociología y a la Antropología durante el último tercio del siglo XIX. En el conjunto de las Ciencias Sociales, la Historia había quedado abandonada sin que nadie se atreviese a blandir una lanza por su carácter científico; el debate se reabrió en la primera década del XX con especial acritud, defendiendo las posturas más opuestas. Un Dorado Montero, por ejemplo, partiendo de un positivismo extremo, afirma que sólo la Historia es ciencia verdadera, ya que es la única disciplina que se ocupa de datos ciertos fenomenológicamente establecidos, mientras las demás se pierden en vagas abstracciones. Por lo contrario, Julián Ribera, basándose en el principio aristotélico de que «solo puede haber ciencia de lo general y nunca de lo particular», niega rotundamente el carácter científico de la Historia, por ser ésta el reino omnímodo de lo particular.

En contraposición con ambas posturas, Altamira parte de una caracterización de la ciencia como conocimiento total (no fragmentario, parcial o incompleto), sistemático (mantiene una relación orgánica y estructurada entre sus partes), verdadero (existe una adecuación entre el objeto a conocer y su representación en el espíritu) y cierto (hay una correspondencia entre la verdad que proclama y su fundamento en documentos y evidencias). Ahora bien, la Historia cumple estos requisitos -es conocimiento total, sistemático, verdadero y cierto-, luego la Historia es ciencia, como pueden serlo también otras disciplinas que cumplan los mismos requisitos. Así lo expresa de forma terminante en este párrafo: «El historiador que vea en su representación mental todo un mundo de vínculos y congruencias entre las cosas y los fenómenos; que por efecto de esa contemplación de nexos, se explique el proceso de la vida social en el mayor número posible de sus direcciones y partes y disuelva en unidad superior las aparentes contradicciones de ella; ese historiador, cuando además sepa traducir al exterior, por manera conveniente, tal estado de su espíritu en obras escritas o habladas, y mediante esta traducción externa sepa comunicárselo también a cuantas personas lo lean o escuchen; ese historiador, digo, ¿hará o no hará historia? Y si hace historia -alguna dirá que es el único que hace verdadera historia-, ¿no será la Historia una ciencia? ¿En qué se distingue la labor de un historiador semejante de la que realizan los que se dicen hombres de ciencia y aun los más empingorotados filósofos?4». Gumersindo de Azcárate, que se identifica con Altamira en esa postura, le apostilla en tales afirmaciones, añadiendo: «Quien tal haga, digo yo, logrará el conocimiento sistemático, el conocimiento verdadero, el conocimiento cierto y, por tanto, uno que reunirá todos los requisitos del científicos5».

En lo expuesto hasta ahora hemos visto un desarrollo del espíritu institucionista de Altamira que fructifica en su fundamentación epistemológica de la Historia como disciplina científica. Nos queda ahora por ver cómo su «americanismo» le vincula al regeneracionismo noventayochista, según hemos señalado anteriormente.

Uno de los rasgos que caracteriza la revolución modernista es el movimiento de aproximación entre España y América Latina. Desde que en el primer tercio del siglo XIX se produjo la emancipación política de los países iberoamericanos, la distancia entre metrópoli y colonias no había hecho más que aumentar, pero -justamente en la última década del siglo- el movimiento se invierte. Una vez que se constata de manera fehaciente la amenaza representada por el expansionismo norteamericano, los países de América Latina experimentan una necesidad de acercamiento a España, a la que ahora va a empezarse a llamar «Madre Patria». El movimiento empezará en 1892 con la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América y se descubre como tendencia irreversible en 1898, con la derrota de España por Estados Unidos. No es momento de estudiar el proceso, pero no podemos olvidar que en 1912 encontrará una manifestación culminante con la celebración del I Centenario de la Constitución de Cádiz, en que los países iberoamericanos se sintieron unidos frente al invasor napoleónico. Se habla ya entonces de «Hispanidad» -vocablo que había empleado por primera vez Unamuno en 1909- y también de «Día de la Raza». Era un movimiento de aproximación mutua, que tuvo como protagonistas en América a Rubén Darío, J. E. Rodó, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos, mientras en España se hacen eco de la misma tendencia Juan Varela, Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Valle-Inclán y Ramiro de Maeztu.

En la misma onda se va a mover también Rafael Altamira, que va a hablar ahora de «civilización española» como la forma más contundente de reafirmar el «nacionalismo» regeneracionista de los del 98, según vimos anteriormente; en este caso una «nación» que no se concibe separada de las del otro lado del Atlántico.

Así, Altamira se convierte, como los citados anteriormente, en «portavoz» del americanismo, si bien con una diferencia clara: el de los noventayochistas se mueve en el orden cordial y sentimental, ya que su órbita es la de la sensibilidad, mientras que en Altamira -acorde con su institucionismo- se realiza desde los cimientos sólidos que dan estructura científica a un modelo historiográfico. Esto adquiere carta de naturaleza con el viaje de Rafael Altamira en 1909-1910 a diversos países hispanoamericanos. Como ha visto muy bien Rafael Asín: «El viaje a América de Altamira marca un punto especial de inflexión en las relaciones culturales hispanoamericanas. Contribuye, por un lado, a normalizar las relaciones entre España y América, las cuales habían sido harto precarias desde la independencia de las repúblicas iberoamericanas en el primer tercio del siglo XIX. Y, por otra parte, constituye un punto de partida para nuevas iniciativas e intercambios de todo tipo6».

Este americanismo de Altamira está por estudiar en toda su amplitud e implicaciones, aunque no pueda caber duda sobre su importancia, como lo acreditan los numerosos libros y estudios en torno al tema americano desde su famoso viaje a aquel continente. En un brevísimo recuento pueden enumerarse los siguientes títulos: Mi viaje a América (1911); Cuestiones de historia política y social americana (1914); Programa de historia de las instituciones políticas y civiles de América (1917); España y el programa americanista (1919); Medios de difusión del libro español en América (1920); La política de España en América (1921); La huella de España en América (1924); Colección de Textos para el estudio de la Historia de las Instituciones de América (1926); Trece años de la labor docente americanista (1927); Últimos escritos americanistas (1929); Contribución a la Historia Municipal de América (1951).

La labor de investigación sobre temas iberoamericanos -instituciones, historia, pedagogía, civilización, ...- no se limitó a la realización de aportaciones puntuales sobre los distintos temas, sino que obedecía a la defensa de unos principios que constituyeron la clave de bóveda de su americanismo. Estos principios se concretaron en los siguientes:

  1. La base demográfica de cualquier labor americanista debe apoyarse en los españoles residentes en América. (Llámense «gallegos», «gachupines», «refugiados», etc.)
  2. Los cauces propios de expresión de todo americanismo deben ser las instituciones políticas y civiles de América.
  3. El americanismo para que sea fecundado debe enfatizar el sentido «práctico» a través de realizaciones concretas (pactos comerciales, intercambios, inversiones, etc.) frente a la retórica demagógica y vacía de contenido.
  4. Es fundamental enfatizar el uso y defensa del idioma castellano.
  5. Es utilísimo empezar a considerar las luchas latinoamericanas por la emancipación como una guerra civil, desarrollada dentro de un marco y una atmósfera básicamente española.

Este último principio es especialmente interesante y fecundo, a nuestro juicio, pues basándose en él -como intentaremos mostrar en otra ocasión- es posible poner los cimientos de una «comunidad Iberoamericana de Naciones». Quizá en el lejano todavía, aunque ya en el horizonte, 2012 -II Centenario de la Constitución de Cádiz-, pueda verse esto con claridad meridiana. Así lo intentaremos al llegar esta fecha.





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