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Quelonios

Daniel Moyano





La mujer estaba sentada frente a la cama del otro enfermo de la habitación esperando que trajeran a su marido del quirófano. Miraba el espacio vacío que había dejado la cama y tenía miedo. No se sabía bien de qué lo estaban operando. La situación no era normal. Ni el hospital ni la operación ni ella esperando. Su marido, pese a ciertas particularidades, era un hombre corriente. Ingresó allí completamente sano, aunque quizá demasiado viejo. Sus actitudes, en los últimos meses, habían sido un poco extrañas. Por eso fueron a la consulta.

Lo raro de ese hombre era cierta manera de mirar, de quedarse quieto en un rincón adoptando posiciones zoológicas, vegetales o de cosas inanimadas, según su humor variable. La mujer había llegado a pensar: «Yo no sé qué le pasa a Juan. A veces parece una madera».

Sentía que la idea de madera arrinconaba a Juan en sus posibilidades últimas. Estaba gastado. Se había ido quedando por allí, en las sillas, en la jubilación. Perplejidades y rutinas. Tantas cosas.

En eso pensaba cuando una luz que se encendía en la pared le indicó que su marido acababa de salir del quirófano y entraba en la sala de recuperación. El otro enfermo, que esperaba su turno para ser operado, vio también la luz y gesticuló como diciendo: «En esta sala nunca muere nadie, señora».

La cama y Juan entraron sin solemnidades. Él parecía más pequeño, a pesar de tanta venda y tanta tubería por todas partes. Cuando abrieron la puerta para meter a Juan en la habitación, la mujer vio que en el pasillo se paseaban por lo menos cinco gallos y dos o tres comadrejas. Era increíble la desidia de los hospitales.

Las horas, pasando, demostraban que Juan empequeñecía bajo las vendas. No respondía casi a las preguntas, pero respiraba. La mujer se puso a medirlo con las manos, por cuartas. El otro enfermo de la habitación vio sus movimientos, y sacando una mano de las sábanas le entregó una cinta métrica. El médico, que entraba cuando la mujer hacía su comprobación matemática, le dijo que era normal que estuviese un poco más pequeño.

Un día las vendas amanecieron flojas. La mujer llamó a la enfermera, quien, antes de quitar las vendas, cerró la puerta para evitar la indiscreción de dos gallos y una comadreja, que miraban ansiosos.

Juan era casi el mismo. Apenas unas cicatrices entre arrugas. La mujer se alegró. El médico, no. Todavía había que ver qué pasaba en el posoperatorio.

-¿Estás bien, querido?

-Sí. Pero no sé qué me han hecho.

La degradación de Juan comenzó setenta y dos horas después de la operación, confirmando quizás el temor de los médicos. En pocas horas perdió el cuello, el ombligo, el sexo, los dientes, la nariz, un par de glándulas y algunas cosas más.

Los médicos lo llevaron urgente al quirófano otra vez. Hubo un revuelo de gallos, a pesar del deseo de todos de evitar escenas desagradables. Cuando lo trajeron, esta vez sin cama, no hubo lágrimas ni esperanzas ni nada de eso. Hubo discusiones.

Ella no se ponía a la altura de los acontecimientos. Exigía que le devolvieran a su marido por lo menos tal como había ingresado. Los médicos se defendían diciendo que habían evitado una muerte segura y le devolvían un ser vivo. Transformado, sí, pero vivo. La ciencia había hecho todo lo que estaba a su alcance. Lo demás lo diría Dios.

La mujer no quería recibir la jaula que le daban. Finalmente la recibió, convencida por el argumento de que en adelante la vejez no sería un problema inmediato para su marido. El enfermo de la otra cama se tapó los ojos para no mirar.

-¿Debo pensar que es una tortuga? -decía la mujer desde la puerta.

-No exactamente, aunque se trata de un quelonio -aseguraban los médicos agitando sus barbas laboriosas.

La mujer iba por el pasillo llevando su jaula. Los gallos y las comadrejas, respetuosos, le cedían el paso y la saludaban con grandes reverencias.





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