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Importa tener en cuenta aquí que la grandeza y la sublimidad no son términos idénticos. Lo grande no es sublime sino a condición de ser bello.

 

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La grandeza en lo sublime es en realidad la fuerza cuantitativamente considerada.

 

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Un hombre que se da la muerte por una idea o un sentimiento de indudable grandeza (como Catón, por ejemplo), puede ser sublime; pero si se suicidara por un motivo fútil resultaría ridículo, a causa de la desproporción existente entre la perturbación que envuelve el suicidio y la pequeñez de su causa.

 

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Lo que aquí llamamos sublime permanente es en realidad lo grandioso en su grado máximo, y es la acepción más común y corriente de lo sublime. Lo sublime transitorio es el que definen algunos estéticos como predominio de la esencia sobre la forma, como manifestación de lo infinito en la realidad finita o como oposición y lucha entre dos infinitos relativos. Todas estas definiciones pecan por conceder a lo sublime un grado de objetividad de que realmente carece y por suponer cosas contrarias a la realidad. Con efecto, aparte de que la esencia de los objetos nos es desconocida, y en tal sentido no podemos saber si prepondera o no sobre la forma, en la realidad no cabe suponer estos desequilibrios; pues la naturaleza se somete a leyes inflexibles que no los consienten, por lo cual tales desórdenes son meras apariencias. En cuanto a los infinitos relativos, hasta estar al corriente del tecnicismo filosófico para comprender que semejante calificativo implica contradicción, pues lo infinito y lo relativo son nociones que se excluyen necesariamente.

 

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No quiere decir esto que excluyamos de la realidad lo que trasciende de la esfera de la experiencia, sino que para nosotros la realidad estética se limita a lo que experimentalmente conocemos, porque sólo en ello cabe la forma sensible en que se manifiesta la belleza, y también porque su estudio es el único que a nuestro propósito interesa. Por esta razón no nos ocupamos aquí de la belleza de Dios y de los demás seres sobrenaturales, cuyo examen corresponde de derecho a la Estética teológica. Cierto que la belleza de estos seres puede ser fuente de inspiración para el Arte; pero es a condición de revestirlos de las formas propias de los seres finitos (en cuyo caso les es aplicable todo lo que se diga acerca de éstos) o de limitarse a cantar los sentimientos que inspiran. La pura esencia de la Divinidad no es susceptible de representación artística, y esta razón, unida a nuestro propósito de no confundir la ciencia con la fe, basta para que en este lugar prescindamos de su estudio.

 

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Usamos aquí la palabra naturaleza en oposición a la de arte, sin desconocer que la obra artística es también natural, como producto de la naturaleza humana, realizado por medios y en formas naturales; pero lo que aquí queremos distinguir es la producción libre de lo bello, debida a nuestra actividad, de la producción debida a causas naturales exteriores a nosotros.

 

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Incluimos entre estos a los hombres que, bajo el aspecto físico, forman parte del reino animal, como lo reconocen todos los naturalistas, sean cuales fueren sus opiniones filosóficas.

 

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Así nos parece melancólico el ruido de las hojas que caen o el de una fuente en medio de un campo o jardín, y suave y tierno el murmullo de la brisa, por las relaciones que establecemos entre estos sonidos y ciertos estados de nuestro ánimo o sucesos de nuestra vida, con lo cual les damos un valor expresivo que no tienen.

 

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La belleza del espíritu animal se manifiesta principalmente en sus afectos y pasiones. Así son bellos el amor de las tórtolas, la fidelidad del perro, los cuidados materiales que prodigan los animales a sus hijuelos, el arrojado valor de algunos de ellos. Pero también lo es la inteligencia de que dan muestras en repetidos actos de su vida.

 

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Decimos esto, porque aquí no nos ocupamos de espíritus sobrenaturales, cuya belleza no es conocida por el hombre, y porque el espíritu puro no aparece nunca en el mundo que habitamos.