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Con efecto, según hemos dicho, en la Oratoria y la Didáctica no hay verdadera creación de formas, no hay invención. El orador y el didáctico exponen lisa y llanamente su pensamiento sin encarnarle en formas ficticias; a lo sumo emplean imágenes y figuras para expresarlo; pero nunca imaginan una concepción poética como el novelista o el dramático. La construcción arquitectónica del discurso o de la obra científica es lo único que pudiera asemejarse a la forma conceptiva; pero esa construcción, obra reflexiva de la razón y del entendimiento, no es una verdadera forma ideal, no es una creación artística. En rigor, las únicas formas de dichos géneros son las expositivas y las expresivas o significativas.
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Como en otro lugar hemos dicho, en la Poesía lírica no suele suceder esto, por ser expresión directa del pensamiento del artista.
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Esto tiene más aplicación a la Poesía y a la Oratoria que a la Didáctica, pues el asunto de ésta puede exigir cierta frialdad en la exposición. La vida, en las composiciones de esta clase, apenas se manifiesta de otra suerte que en el estilo.
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En la Didáctica esta condición no es tan fácil de cumplir ni tan necesaria como en otros géneros, salvo en el estilo. La novedad y la originalidad son muy difíciles en la Ciencia.
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A que la obra literaria posea esta condición, contribuye poderosamente el que haya en ella algo verdaderamente universal y humano, común a todos los tiempos y pueblos. Esto importa principalmente en las producciones poéticas, pues las obras didácticas tienen un interés permanente, y las oratorias pueden tenerlo con facilidad; pero la obra poética que no haga vibrar en todos los tiempos y lugares las fibras del que la contemple, la que encierre un mero interés de actualidad o de localidad, difícilmente prevalecerá, a menos que la salve del olvido la excelencia de la forma. Si Don Quijote no fuera más que una sátira de los libros de caballería, con ellos hubiera perecido, o, a lo menos, salvado sólo por su forma, únicamente interesará a los eruditos; pero como en él se halla representada (probablemente sin que de ello tuviera conciencia Cervantes) la eterna lucha entre el idealismo y el positivismo, encierra un interés palpitante y verdaderamente humano, que es causa de su popularidad.
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En las composiciones oratorias la facilidad es indispensable, sin embargo. Un discurso, fatigosamente concebido y pronunciado, causa siempre deplorable efecto.
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Véanse, acerca de las cuestiones que aquí se indican, las doctrinas que dejamos expuestas en las lecciones relativas a la belleza.
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A esto se podrá objetar que los discursos se escriben después de pronunciados; pero sabido es que un discurso escrito no es más que el esqueleto de un discurso. El tono, la voz, la acción del orador, lo que constituye el alma del discurso, lo que mayor influencia ejerció en el ánimo de los que lo escucharon, es precisamente lo que se pierde, y tal es su importancia, que no pocas veces en ello reside el principal mérito del discurso que, leído, quizá no parece digno del aplauso que se le dispensó.
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La Divina Comedia del Dante refleja fielmente el estado de la sociedad en que aparece; pero a la vez influye en ella y pretende llevarla por nuevos caminos, haciendo prevalecer el ideal gibelino sobre el güelfo. El Quijote es pintura acabada del estado social de nuestro pueblo, y es a la par eminentemente educador.
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Así dice el proverbio vulgar: Quien feo ama, hermoso le parece.