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Amunátegui, ob. cit. p. 473. Sus polémicas fueron especialmente vivas con don José Joaquín de Mora, llegado a Chile poco antes que él y un tanto celosa de su gloria. Pero en su lucha «nunca reaccionó hacia la réplica virulenta. En vez de castigar, daba una lección didáctica». Años más tarde, Mora, desde España, correspondió con generosidad a la altura moral de su contrincante, mediante un gran elogio del Código Civil. Al mismo Sarmiento, que le llamó retrógrado, le replicó «como había replicado siempre: con ética y sabiduría de maestro, exteriorizada en su lenguaje sereno y paternal». (E. Rodríguez Mendoza, Bello, el Maestro Inmortal, en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, n 100, Caracas, oct.-dic. 1942, t. XXV, pp. 329-330).

 

52

E. Rodríguez Mendoza. Bello el Maestro Inmortal. Boletín de la Acad. Nac. de la Hist., cit., p. 334-335.

 

53

Bello, Obras, I, p. 153 (Filosofía del Entendimiento).

 

54

Obras, I, p. 154-155.

 

55

Obras, I, p. 154-155 (Filosofía del Entendimiento).

 

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Obras, VIII, p. 273 («La Acción del Gobierno», en El Araucano, 1842). Testimonio y opinión valiosas acerca de la conducta y relaciones de Bello en la política interna de Chile ha ofrecido recientemente el distinguido escritor chileno don Emilio Rodríguez Mendoza, entonces Embajador en Caracas, al incorporarse como Miembro Correspondiente a nuestra Academia Nacional de la Historia. Su trabajo, de 1942, intitulado: Bello, el Maestro inmortal, tiene párrafos que sintetizan sus conceptos. «Pues bien, el señor Bello tenía prudentísimamente resuelto no tomar ningún partido, y fue esta la más sabia de las resoluciones, porque su misión era nacional y no política»... «Poco después de su llegada en medio de las turbulencias y los ensayos desorbitados que comenzaron con la caída del autoritarismo liberal de O'Higgins, Chile empezó a organizarse ordenadamente. Al promediar el siglo pasado era ya una entidad nacional respetable por su seriedad y su devoción al orden, y como el suelo mismo impone la saludable ley del trabajo, horadaba sus minas y tiraba la hoz en los valles que pintan sus colores cromáticos en los flancos cordilleranos». Los hechos, pues, justificaban sus afirmaciones. Se explicaba su entusiasmo por aquel régimen sereno y constructivo, a través del cual, como lo resume el mismo don Emilio, «El País, tan angosto que, como he dicho en otras ocasiones, es una especie de tejado sobre el mar, se había puesto a crecer; habían terminado las cuarteladas y las revueltas y el humanista caraqueño trabajaba sin fin y sin zozobras en un gabinete con olor a libros, a tinta, al café que le enviaban los suyos de su misma Caracas y que le servían en una taza de porcelana verde con filetes vermeil» (Boletín de la Academia Nacional de la Historia, t. XXV, p. 327-328, Caracas, octubre 1942).

 

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Su conducta fue, además, muy sincera. Al fundarse El Araucano, los editores prometían «no entrar jamás en esas controversias de partido»; aunque hacían la salvedad de que «pueden verse precisados alguna vez a sostener providencias del gobierno, o a defender su comportación; i lo previenen para que en ningún tiempo se los tache de inconsecuentes» Pero tampoco fue incondicional. «No ha faltado quien diga que don Andrés Bello era un hombre débil, sumiso a la menor insinuación de la autoridad. En mi sentir tal aseveración es infundada. Respetando la opinión ajena, supo mantener siempre la propia sin renuncios ni vacilaciones. Su calidad de estranjero le alejaba de las luchas ardientes de la política i le apartaba de nuestras rencillas domésticas. Interpretando mal su prudencia, se atribuia a timidez o rendimiento su manera de proceder. Miéntras tanto, recorriendo las columnas de este mismo periódico oficial cuya redacción tenía a su cargo, puede verse que en varias ocasiones levantó su voz contra actos o medidas que no se conformaban a sus sentimientos i principios» (Miguel Luis Amunátegui Reyes, Nuevos Estudios sobre don Andrés Bello, Santiago, 1902, pp. 6, 11-12). Sus críticas a actos del régimen han sido recogidas por sus discípulos, entre los cuales los hubo luchadores apasionados en los distintos bandos políticos sin que hubiera disminuido en lo más mínimo su veneración al maestro.

 

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Andrés Bello, Gramática Castellana. «Obra inédita. Dada a luz con un prólogo i anotaciones por Miguel Luis Amunátegui Reyes». (Santiago de Chile), 23x17 cm., 119 p.

 

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Advertencia de la Universidad de Chile a la 2ª edición, Ed. Nascimiento, 1930.

 

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Al citar la primera edición, digo simplemente: Obras. Al citar la segunda: Obras, 2ª ed. Las citas de sus Obras serán la base y guía de mi trabajo, especialmente en la segunda parte.