Presencia de espíritu
Ricardo Gullón
—18→
Al finalizar la lectura de una obra de Kafka, la impresión del lector es que viene de un mundo extraño en el que todo le es ajeno. Personas que hemos visto en todas partes, que pasan constantemente a nuestro lado, que nos son vecinas en el despacho o en el taller y a quienes al encontrarlas allí vemos cambiadas; algo grave ha debido sucederles, porque no reparan en nosotros, y si nos miran es distraídamente, como si nos desconocieran, más todavía, como si fuéramos simples objetos inútiles. Todas estas gentes se hallan ocupadas en algo trascendental que no les permite distraerse, si hablan es de sus cosas, y como nosotros no sabemos cuáles son, tenemos que contemplar, desde fuera, su divagar, sin poder ingerirnos en una conversación cuyo idioma no nos es conocido. No cabe sino resignarse y aguzar la vista, puesto que, al parecer, no se apercibe nadie de nuestra presencia, aprovechando la coyuntura para ir de un lado a otro, para fisgar en los rincones, abriendo cajones cerrados hasta ver si conseguimos la cifra de estos diálogos que voces tan netas van dibujando a nuestro alrededor.
Las cosas ocurren con toda naturalidad; para un transeúnte apresurado y que de ellas sólo alcanza la apariencia, nada habrá que retenga su atención. Presenciará acciones normales: un señor que está empleado en un Banco y que se apresura para no llegar tarde a la oficina, unos agentes de policía que detienen e interrogan a un sospechoso, una secretaria complaciente con la clientela de su jefe; todo como en su —19→ mundo, y no se apercibe de que es otro distinto. Pero, fijándose en lo que está ocurriendo, la sorpresa y la inquietud le saludan, no por el qué sino por el cómo suceden las cosas; primero, cuando se percata del raro lugar en donde el juez de instrucción recibe los testimonios del procesado: una estancia reducida, atestada de un público que colabora al acto del interrogatorio, en el quinto piso de una casa de vecindad, con la secretaría en la buhardilla; más tarde, al darse cuenta de la forma desusada en que se conduce el procedimiento. Y, por último, al comprender que el procesado ignora la causa por que lo está.
¡Cómo reiría Nietzsche leyendo «El proceso» de Franz Kafka! El hombre se ha pasado la vida delimitando fronteras, separando el bien del mal con el fin de poder atenerse a una norma, de saber cuándo puede estar tranquilo porque se halla libre de culpa y cuándo ha de inquietarse porque, habiendo franqueado la barrera que no se debe traspasar, tiene que someterse al juicio que de él formen los demás y a cumplir sus prescripciones como sanción. Y encontrarse de pronto con que sus esfuerzos han sido inútiles: han caducado las normas vigentes y como ya no hay bien ni mal, no sospecha cuándo obra bien o mal y puede verse envuelto en un proceso sin que sepa en qué momento fue culpable y contra quién. Buena broma ésta de enterarse de que haga lo que quiera no podrá zafarse de este proceso que desde el abrirse el mundo a la vida le estaba destinado; así, la mañana en que al despertarse le sorprenden los policías que le comunican su procesamiento piensa que se trata de una broma preparada por sus amigos.
Y ya la sombra de este proceso no le abandonará, se irá ensanchando, haciéndosele preocupación hasta llenarle la vida y acabar con ella sin que alcance nunca a dar con el secreto, a encontrar al juez que ha de sentenciar la causa; porque este juez se oculta no sabemos dónde y no parece apresurado en dictar su fallo sino sencillamente en que el hombre se sienta acusado y en cierto modo culpable, aunque no pueda precisar de qué.
Hay alguien que sabe donde se encuentra ese juez misterioso, y el cómo de este proceso, y de su final, que es no tenerlo nunca. Ese alguien —20→ es Kafka: tiene el secreto, encontró la clave precisa para descifrar este lenguaje extraño buscando en el trasmundo la risa del muerto y el suspiro de nadie. Por eso su tono burlón, distanciado, ligero, como de hombre que está viendo los afanes estériles de otra que imagina salidas a un laberinto hermético. Y por algo más: por ser profundamente espiritual sabe lo que el espíritu es en última instancia, un juego, un sutil y maravilloso juego que como un trompo gira sobre sí mismo, que salta y sobresalta sin quebrar las reglas del arte.
La obra resulta, pues, en un sentido, ilimitada por imaginativa y por poética. Cada cual la recrea y pone lejanía en ella y en las figuras, que tienen un poco aspecto de náufragos; deseando asir algún madero en que salvarse y sin encontrarlo al alcance de la mano: ¡Ese pobre señor K. que no llega a enterarse del porqué de la sanción y del procedimiento! ¡Cuando cada niño, ya que no un panecillo, trae debajo del brazo cantidad de livianos «porqué»!
En Kafka apenas asoma el intelectualismo. Si separamos las obras cuya realización preside la inteligencia de aquellas en las que el espíritu parece dominar, habríamos de incluir las suyas en el segundo grupo. Obras de inteligencia llamaría yo a las creadas con cierta virtud matemática, a fuerza de tanteos, de alquimia con las ideas harta llegar a una depuración esencial; cada palabra cuidadosamente sopesada y puesta en su lugar, después de un examen en el que se deciden problemas de oportunidad, de justeza, de la mejor adecuación como representativa de algo, es medio y fin en sí misma, hasta que la obra aparece redonda, conseguido que del grito inicial, preñado de sugestiones, no quede ninguna sin desarrollar. Yo me atrevería a señalar como ejemplo de esto la «Variación sobre un pensamiento» de Paul Valéry y, en el terreno de la novela, cualquiera de las de Virginia Woolf; así se explica el que en las obras de esta última los personajes actúen muy poco, ya que lo que hacen es cerrar el apretado círculo cada vez más, vivir hasta el fondo sus actos y la sensación de ellos; el método en las obras de inteligencia es la introspección, el constante filtrar el propio sentir.
Obras de espíritu serían aquellas en que los períodos van de tal —21→ manera enlazados que no es posible alcancen valor sino es al extremo, con relación a algo que aparece como objeto total desde antes de escribir la primera línea; no quiere decir esto que no tengan valor en sí, ni que los vocablos no estén cuidadosamente elegidos, pues que en toda obra importante han de estarlo, sino que lo que importa en definitiva es el tono último, que no es en ellos donde carga el acento sino en el soplo vital que los anima, no tanto por lo que se dice como por lo que se insinúa. ¿Método? No lo hay, puesto que la intuición no tiene esta categoría: con ella basta. Tras de este género de obras se adivina un hombre completo y no sólo una cabeza. Leyendo «El proceso» conocemos a Kafka, a su humor jubiloso, exigente para sí mismo, contemplando el mundo con un ojo divertido de aviador, alegre del camino por recorrer, espiritual porque hombre de instinto y de esperanza. Un espíritu presente aquí, si muerta la sombra de sus pasos.