Poema para Antonio Machado
Javier Heraud
Cojo mi verde libro de Machado
y me pongo a llorar sobre la fuente
I
La tierra dura y seca de Castilla
alimenta las sombras y los días.
En la tarde que viene,
veo a Machado
caminar entre los bosques,
alto y tierno,
seco y duro
como los campos planos y redondos.
Sí,
te conozco Antonio,
alegre y claro,
cantando
a Alvargonzález,
leyendo a Virgilio
entre los días
o conversando con Martín,
Abel,
Mairena.
(Si en el arenal de Andalucía
o en los patios de Sevilla
(al pie del limonero)
me encuentran
sentado ante la mesa
de Machado,
no pregunten por mí
y callen al escuchar los gallos de la aurora).
Sí,
te conozco Antonio,
con tu torpe aliño indumentario
y el verbo de tu boca como
un manantial helado.
II
Yo no soy el poeta que ustedes
nombraron.
Soy sólo el caminante solitario
que recoge las semillas del camino.
¡Ah, caminos del exilio y de la muerte!
¡Caminos de la huerta y de la fuente!
No importan los caminos:
la sal es siempre igual
y el azúcar amarga en cada pueblo.
Pero yo no soy el poeta que ustedes
nombraron,
soy sólo el caminante que despidieron
entre risas y sollozos y dejaron vagar
inútilmente por los senderos de la tarde.
Requebrando mi guitarra y soltándola
entre risas y recuerdos,
abandonando mi cuerpo al reflejo de las olas
sacudo las hojas de los árboles,
reniego de las noches, de las lunas,
desprecio los llamados subterráneos,
me despido de los sueños y las muertes
y de un solo tajo acabo para siempre
con esta poesía.
¡Ah, poesía de la flor y la palabra,
poesía del viento y de las mieses!