Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  -339-  
ArribaAbajo

Capítulo LVI

A descortesía, descortesía y media


«La educación invadía las creencias españolas: la autoridad favorecía la invasión; luego, destruyamos esa autoridad»


(FRANCISCO BILBAO. Sociabilidad Chilena.)                


Habían pasado algunos días: don Marcelino se hallaba en su cuarto platicando sobre el asunto que más le preocupaba con su consejero, el padre Hipocreitía, a quien había llamado para preguntarle el partido que sería conveniente tomar.

-Es por demás extraña la conducta del General -dijo el padre después de haber oído la relación de su amigo.

-Se ha portado como un verdadero loco, y yo creo que le falta algo de aquí -contestó don Marcelino tocándose la cabeza.

-Jamás ha tenido de sobra -murmuró el jesuita-. Yo creo -prosiguió en tono más alto-, que el objeto de don Ramón es oponerse al proyecto de usted.

-Está de manifiesto: ¡me lo ha dicho en mis barbas, el hombre!

  -340-  

-Quiero decir; al proyecto que usted se propone realizar -agregó el fraile, recalcando las últimas palabras.

-Eso es, padre mío ¡que yo me he propuesto realizar! -repitió el necio de don Marcelino, halagado con la idea de ser él la persona activa en el proyecto.

-Y siendo usted -prosiguió el padre-, el verdadero autor de la idea, comprendo su disgusto al ver la dificultad para realizarla.

-La incomodidad que he tenido con ese hombre no puede ser mayor. ¡Dios me perdone...!

-Eso es muy natural y justo... Porque no se puede faltar al respeto debido a un padre de familia...

-¿No digo yo? Su paternidad adivina mi pensamiento. Es lo que ha hecho ese hombre; y no se lo perdono por más General que sea.

-Y ¿por qué no le prohibió usted la entrada?

-¿Pero, señor? ¡Si no me dio tiempo! Entró sin mi permiso.

-¿Llevándoselo por delante?

-Como si yo fuera basura: ¡sí, señor! Ni más ni menos.

-¿Sin respetar sus canas?

-Sin el menor miramiento -contestó don Marcelino, furioso ya con las insinuaciones del diestro fraile-. Ese hombre ha abusado de mi paciencia, de mi mansedumbre, de mi buen genio, de mi... de mi... de todo lo que yo puedo tener de bueno. Le aseguro a su paternidad, que cada vez que me pongo a considerar en esta, casi me vuelvo loco. ¡Es mucha cosa!

Esto lo sabia muy bien el jesuita; y he aquí por qué había empleado sus excitantes palabras. Después de un corto silencio, exclamó:

-¡Es un atrevimiento inaudito! Aquí tiene usted una prueba de lo que otras veces le he dicho: ¿qué otra cosa ha de suceder con el gobierno que tenemos?

Mucho tiempo hacía que trabajaba el padre por convertir en opositor a Don Marcelino; pero a pesar de la influencia que sobre él ejercía, no había podido conseguirlo, pues el viejo era de los hombres que jamás se exponen a nada con el que manda. Y como el jesuita sabía que no se puede influir sobre los caracteres egoístas y testarudos sino halagando sus pasiones favoritas, no quiso perder la oportunidad que la suerte le presentaba aquel día, a fin de atraerse a un hombre tan rico como el señor de Rojas. Al oír éste las últimas palabras de su amigo, le preguntó:

-Y ¿qué tiene que ver el gobierno con la mala crianza del General?

  -341-  

-Mucho, amigo mío, muchísimo: ¿no sabe usted que el Gobierno está compuesto de esa gente sin principios, sin religión ni temor de Dios, a quien se llama pipiolos? El General Freire es uno de ellos y como cuenta con el apoyo de la autoridad, cree poder hacer lo que se le antoja.

-¡Ah! Ya entiendo: por eso está tan gallito. ¡Lo entiendo muy bien!

-Pero, ponga usted a los pipiolos debajo, y la gente orden y timorata de Dios encima, y verá si un cualquiera viene a perderle el respeto a un honrado padre de familia.

-Tiene razón su paternidad. No había pensado en ello; pero ahora caigo: ¡es la pura verdad!

-Por eso es que los hombres de bien deben trabajar por que se verifique este saludable cambio.

Don Marcelino bajó la cabeza sin contestar. El jesuita, cuya divisa era no ser porfiado con los testarudos, tomó otro camino a fin de tocar otra cuerda en el alma de su interlocutor.

-Pero volviendo a nuestro asunto principal -dijo-: ¿cuál puede ser el interés de Freire, fuera del de casar a su primito Anselmo con Lucinda?

-También ha tenido el atrevimiento de decírmelo; pero no lo conseguirá, sino cuando me echen la tierra encima.

-Como la niña es rica; quiero decir, como ella espera una buena dote...

-Por eso es el empeño... Pero ¡por los clavos de Cristo...! Yo no permitiré que un cualquiera venga aquí con sus manos limpias a aprovecharse de mi sudor y trabajo. ¡No, señor!

-En fin -dijo el reverendo-, si usted estuviera seguro de que el verdadero móvil de ese pretendiente era un amor honesto, vaya con Dios; pero la mayor parte de los mocitos del día no miran otra cosa que el dinero: ¡nada más!

No contestó don Marcelino, porque en aquel momento llamó su atención la entrada de dos personas por la puerta de calle que estaba enfrente de su asiento. Eran estos el General y Anselmo que entraron al patio conversando muy naturalmente. Don Marcelino se quedó como clavado en su silla, por la emoción. Enseguida, mostrando con el dedo índice a sus enemigos que atravesaban tranquilamente el extenso patio de la casa, dijo con voz convulsiva:

-¡Mire, su paternidad! ¿Será creíble tanto atrevimiento?

-Si no lo viera, no lo creería -dijo el fraile con secreta satisfacción. Y lo peor es que nada puede usted hacer contra ellos... Están   -342-   con el gobierno. Resígnese a ser pisoteado por los pipiolos.

-¡Yo no me resigno! -exclamó don Marcelino indignado, levantándose de su asiento.

Y saliendo apresuradamente de su cuarto, se dirigió hacia los recién llegados.

-Señor General: ¿qué se le ofrece a usted? -preguntó con voz seca.

-¡Oh! Señor don Marcelino: dispense usted que haya pasado adelante sin saludarlo -contestó Freire tendiendo la mano al viejo.

Éste, dominado por la presencia de don Ramón, le tendió la mano balbuceando un saludo.

-No lo digo por usted, señor General, sino por su compañero que... Dígame -prosiguió, dirigiéndose a Anselmo, cuyo saludo no contestó-; ¿qué se le ofrece a usted aquí en mi casa?

-Viene acompañándome -contestó Freire tranquilamente...- No olvide, señor don Marcelino, que Anselmo es uno de los amigos a quienes más estimo.

-Así será; pero el tal Anselmo debe acordarse de que lo he arrojado de mi casa.

-¿Por qué?

-Porque así me convenía: a mí no me gusta dar cuenta a nadie de lo que hago.

-Pues yo lo traigo aquí porque así me conviene -contestó Freire... Y lo traigo, a pesar suyo... Por último, en días pasados me aconsejó usted que no me metiera en sus asuntos: ahora le doy yo un consejo análogo. ¡Déjeme en paz! Señor de Rojas.

-¡Y se hace dueño de mi casa! -exclamó don Marcelino, temblando de cólera... Eso no lo permitiré... ¡No! ¡Por más General que sea, y por mucho más capitán General del rey que usted haya sido, no pasará por sobre mí!

-Don Marcelino -le dijo don Ramón, tomando al viejo de la mano y retirándolo a un lado-: oiga usted.

-Oigo. Vamos a ver: ¿qué tiene usted que decirme?

-Si usted fuera capaz de escuchar razones como hacen los hombres de juicio, me conduciría de otro modo; pero la experiencia de muchos años me ha enseñado a tratarlo a usted como merece... Ya usted me conoce demasiado para que me crea capaz de ver impasible el sacrificio de mi sobrina. Basta, don Marcelino -prosiguió el General bajando más la voz: basta con que le haya perdonado a usted la tortura constante en que ha vivido mi prima Trinidad.

-¡Señor!

  -343-  

-Pues bien, amigo mío: estoy pronto a respetar sus derechos de dueño de casa: me voy; pero es para entablar desde hoy un juicio contra usted.

-¿Contra mí?

-En representación de mi prima.

-¿Contra mí?

-Juicio de divorcio.

-¡Oh!

-Tengo pruebas fehacientes de su mala comportación para con su mujer... Veremos quién vence... Vámonos Anselmo: el señor don Marcelino nos prohíbe el placer de visitar a su familia.

-Pero ¿quién le ha dicho que le prohíbo a usted el venir a visitarnos cada y cuando quiera? Entre usted; pero...

-Es que si entro ha de ser acompañado de mi amigo: ¿qué dice usted?

Don Marcelino no contestó.

-Quien calla otorga -dijo don Ramón, abriendo la puerta.

Y empujando a Anselmo para que entrase, entró él mismo, diciendo entre dientes:

-A descortesía, descortesía y media.

Y cerrando la puerta se dirigió con su joven compañero hacia las piezas de la señora, quien con su hija, habían visto la desagradable escena por entre las rejas de una ventana entreabierta.



  -344-  
ArribaAbajo

Capítulo LVII

Don Marcelino se enternece, y luego se arrepiente de su debilidad



    «No hay quien, llegando al mal paso,
No se apée del Picazo.»


(REFRÁN DEL PUEBLO.)                


La pobre Lucinda no sabía lo que le pasaba. Aunque ya tenía noticia de la visita, no se atrevía creerlo, pensando que nadie sería capaz de contrariar las órdenes de su padre.

Doña Trinidad recibió llorando a su primo, y abrazó a Anselmo con el cariño de una madre que ha estado por mucho tiempo privada de la vista de un hijo querido. En cuanto a don Marcelino, estuvo tentado por entrar a castigar, por su propia mano, la audacia del joven; pero se contuvo, y volviendo a su cuarto, dijo al padre que allí lo esperaba con impaciencia:

-¡Padre mío! ¡No solo me quiere quitar a mi hija, sino también a mi mujer!

-¿Qué es lo que dice usted?

-Lo que oye. Me ha hablado de causa de divorcio ante la Curia eclesiástica si no consiento en entregarle a mi hija para que él se   -345-   a dé al primero que pase por la calle... ¡Oh! ¡Esto es atroz!... ¡Al primero que pase por la calle! ¡Sí, señor!

Y don Marcelino se cubrió la cabeza con ambas manos. Luego rehaciéndose, dijo:

-Mire, padre: lo que su paternidad ha dicho es la verdad. Ambos dos son pipiolos... Si no fuera por el gobierno que tenemos, ¿estarían tan ensoberbecidos?

-Claro es que no -respondió el jesuita.

-Pues ahora soy con ustedes. ¿En qué quieren que los ayude? ¿Necesitan dinero?... ¡Ah! ¡Daría el arriendo de mi estancia de los Peumos, durante diez años, por bajarle el orgullo al General!

-Ahora lo que importa es arrancar la tórtola de las garras de los gavilanes -dijo el fraile en voz baja.

-¿Pero cómo? ¿Se le ocurre a usted algún medio?

-Hay uno; pero no tengo tiempo para explicarlo.

-Me pongo a sus órdenes, padre mío. Dígame ¿qué es lo que conviene hacer? Acepto desde luego su plan.

-¿Me promete usted obrar como yo le indique?

-¡Prometido! ¡Prometido!

-Pues entonces; vaya mañana con Lucinda a misa al convento de las Capuchinas.

-Convenido.

-A las ocho y media sin falta.

-Muy bien.

-Ahora es preciso que usted vaya a hacerle la corte a don Ramón.

-¿Yo?

-Sí, señor. Sea complaciente con Anselmo.

-¡Imposible!

-Usted me ha prometido obrar según mis indicaciones.

-Pero...

-Quiebre de su genio, don Marcelino, porque de otro modo nada conseguiremos.

-Lo haré así, ya que es necesario.

-Es preciso que usted trate bien a doña Trinidad y a Lucinda, desde hoy hasta mañana. ¡Sea amable con ellas, y ofrézcale a Dios el sacrificio...!

-¡Oh! Mi padre, así lo haré...

-¡Adiós!

  -346-  

-Hasta mañana -dijo don Marcelino, encaminándose hacia las piezas interiores.

Cuando doña Trinidad vio entrar a su marido, tembló involuntariamente; pero se tranquilizó algún tanto al verlo dirigirse de un modo apacible hacia el General y entablar conversación con él. Mientras hablaban, decía interiormente el viejo:

-¡Dios mío! ¡Te ofrezco este sacrificio que hago por la felicidad de mi ingrata hija!

Enseguida, viendo que la niña no estaba en la sala, le preguntó a doña Trinidad por ella.

-Se acaba de retirar -contestó la señora-: está indispuesta.

-¡Enferma! -dijo don Marcelino. ¡Dispense usted, señor General: voy a ver qué tiene esa pobre muchacha!

Enseguida se fue al cuarto de su hija, murmurando:

-¡Dios mío! Te ofrezco el sacrificio de tener que aparentar otra cosa de lo que siento por lograr el bien de mi familia. Yo creo que al santo Hipocreitía se le debe haber ocurrido un buen plan.

Llegado al cuarto de su hija, preguntole qué tenía. La pobre niña, creyendo que su padre iba a reprenderla, no entendió la pregunta y bajó la cabeza como tenía de costumbre.

-¿Te pregunto si estás enferma? -dijo secamente don Marcelino.

-No, padre -contestó ella.

-Y entonces ¿por qué te has venido de... de allá adentro?

-Por no hacer una cosa contra la voluntad de su merced -contestó sencillamente la niña...

-¡Pobre muchacha! -exclamó don Marcelino, conmoviéndose involuntariamente.

Enseguida se acercó a su hija; y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo con una voz que tenía algo de cariñosa:

-¡No llores, hija mía!

Al sentir el contacto de aquella mano; al oír las palabras de su padre, que expresaban cierta ternura, Lucinda echó los brazos al cuello de don Marcelino, y exclamó llorando:

-¿Me perdona su merced? ¡Ah! ¡Si su merced supiera cuanto lo quiero, padre mío!

Estrechado el viejo por el dulce abrazo, no pudo resistir las tiernas palabras de su hija e inclinó la cabeza sobre los hombros de la niña. Dos gruesas lágrimas brotaron de sus ojos, y un hondo suspiro se escapo de su pecho. Su dureza estaba vencida. El que había   -347-   ido allí por representar un papel concluía por hablar y obrar con verdad.

-¡Esto me ha hecho bien! -murmuró el pobre hombre después de hacer sentar a su hija en la cama. Acuéstate, hijita -le dijo-: tú no estás buena.

Enseguida llamó a una criada; le encargó el cuidado de Lucinda, y se fue a la cuadra.

-Conque ¿en qué quedamos, señor don Marcelino? -preguntó el General despidiéndose-. ¿Puedo proseguir visitando esta casa con mi querido amigo Anselmo?

-Sí, señor -contestó don Marcelino, dándole la mano.

Enseguida saludó al joven de una manera que admiró a éste y a don Ramón. Doña Trinidad llegó a mirar con interés a su marido.

-Gracias, don Marcelino -dijo la señora cuando se hubieron retirado las visitas.

-Ve a ver a Lucinda -dijo éste-, y avísame si será preciso ver médico: ¡Pobre muchacha! -prosiguió, dirigiéndose a su cuarto. ¡Ahora conozco cuánto la quiero...!

Pero fue interrumpido por una voz que le preguntó desde el interior del cuarto:

-¿Cómo ha ido, señor?

-¡Ah! ¡Mi padre! -exclamó sorprendido don Marcelino...- Yo creía que...

-¿Usted no creía encontrarme aquí, eh? Es verdad; pero he preferido saber el resultado de estos incidentes antes de irme... Además, quería hacer a usted una advertencia.

-¿Cuál es esa?

-Que cuando hayan oído misa, mañana, se vayan usted y Lucinda al locutorio.

-Pero, dígame padre ¿cuál es su plan?

-Mañana lo sabrá usted.

-Es que yo quisiera saberlo, mi padre; porque... ya sabe su paternidad, que soy hombre de secreto. ¿No habrá algún peligro de...?

-Si usted no tiene confianza en mí, no hablemos más.

-¡Yo! ¡No tener confianza en su paternidad!

-No hablemos más. Le diré a don Melitón que pierda la esperanza...

-¡Ah! ¡Mi padre!

  -348-  

-Porque hay otro pretendiente.

-¡Oh! ¡Padre mío!

-Y el señor General obtendrá la mano de la niña para su protegido... y Anselmo se enriquecerá a costa de usted...

-¡Uff! ¡Padre por Dios!... Calle su paternidad -exclamó el viejo.

-Adiós, amigo mío. ¿En qué quedamos al fin?

-Mañana estaré sin falta en la iglesia de las Capuchinas a las ocho y media. ¿No es esto?

-Cabal: esa es la hora.

-Y luego después de misa nos vamos al locutorio.

-Eso es: pero es preciso que usted vaya solo con la niña. ¡Adiós!

-Beso a su paternidad la mano.

-Mientras salía el jesuita, don Marcelino decía meneando la cabeza:

-¡Lo que son las tentaciones del demonio! Ya me había principiado a enternecer al oír los lloriqueos de la muchacha... Pero las palabras de este santo hombre me han fortificado. ¡Querer adueñarse de mi dinero! ¡Picaronazos! Antes se lo daría a los Pincheiras que a los pipiolos. ¡ah! ¡No lograrán su intento por más que trabaje el señor General! Y yo, tonto de mí, que casi, casi... Si no es por este santo padre... ¡Oh! ¡Vale mucho tener un hábil director de conciencia!



  -349-  
ArribaAbajo

Capítulo LVIII

La Trampa



«Quedó la víctima oculta
como débil navecilla,
que, hecha pedazos la quilla,
en las olas se sepulta.
    La puerta volvió a cerrarse.»


S. SANFUENTES. (El Campanario.)                


Al otro día, muy de mañana, invitó don Marcelino a su hija para ir a misa. Obedeció la niña; y queriendo acompañarla doña Trinidad, se opuso el viejo con los más frívolos pretextos. La buena señora, acostumbrada a una obediencia pasiva, no hizo más que callarse por creer que aquello no pasaría de ser uno de los comunes caprichos de su marido, y aun llegó ella misma a agradecer la invitación hecha a su hija, cosa que no siempre hacia don Marcelino.

Mientras la pobre madre cavilaba sobre el objeto de aquella nueva rareza de su esposo, éste oía devotamente la misa que el padre Hipocreitía rezaba en el altar del Niño Dios, una de las imágenes más milagrosas de la ciudad de Santiago, cuyos habitantes tenían   -350-   a dicho Niño Dios como el más divino de todos los de la capital. La devoción, llena de movimientos, cortesías, besos a los ladrillos, golpes de pecho y per signa crucis de don Marcelino, contrastaba notablemente con la verdadera piedad que se reflejaba en la angelical expresión del rostro de su hija.

Acabada la misa, quedáronse rezando las últimas oraciones, o la yapa, como solía decir don Marcelino, y luego se levantaron para retirarse. Pero al salir de la iglesia, dijo éste a Lucinda:

-Oye, hija mía: me ha sucedido ahora lo que jamás me sucede. ¡Ya se ve! Me estoy poniendo viejo.

-¿Qué tiene su merced, padre mío? -preguntó la niña con interés.

-No es más que una fatiguita que... No te asustes, pasará...

-¡Dios mío! -exclamó alarmada la niña-. Apóyese su merced en mi brazo, y acerquémonos a alguno de esos cuartos del frente para pedir un poco de agua.

-Me parece preferible irnos al locutorio: allí estaremos mejor y pediremos una bebidita a las monjas... Tú sabes que tenemos amigas en el convento.

Diciendo esto, ambos se habían encaminado hacia el lugar del locutorio, a cuya antesala entraron, sentándose en uno de los largos escaños de madera que rodeaban la pieza.

-¡Uff! -exclamó don Marcelino, limpiándose la cara con su gran pañuelo de algodón a cuadros-: estoy un poco mejor con haberme sentado... Mira, niña -prosiguió-: ruégale a la tornera que nos pase un poquito de agua.

Cualquiera otro habría notado que el habla, demasiado entera de don Marcelino, no acusaba la fatiga de estómago de que él se quejaba; pero Lucinda estaba tan preocupada que no podía hacer esta reflexión, y solo pensó en satisfacer cuanto antes la necesidad de su padre.

Mientras pedía el agua, se abrió en un extremo de la reja que dividía en dos partes la gran sala del locutorio, una puertecilla por donde se vio salir al padre Hipocreitía.

-¡Ah! ¡Señor don Marcelino! -exclamó-; ¡qué feliz encuentro! Muy buen día, Lucinda. ¿Cómo esta su mamita?

-Muy buena, señor -contestó la niña dando las gracias al padre por el interés que manifestaba.

-Yo no lo estoy -dijo don Marcelino, porque me ha atacado una fatiga que...

  -351-  

-¡Una fatiga!... Voy a hacerle dar una toma milagrosa para estos casos -respondió el padre.

-He pedido un poco de agua -dijo Lucinda.

-El agua sola no sirve -agregó aquél, tomando el pulso a don Marcelino, quien tuvo ocasión de indicar al reverendo que la fatiga era un pretexto.

-Lucinda -dijo el fraile, como animado por una idea repentina-:

entre en ese gabinete; abra con esta llave una puertecita verde que hay a la derecha, y dentro del segundo gabinete hallará sobre la mesa un frasco. Traigalo pronto:

La pobre niña, asustada por el terror que veía pintado en los ojos del fraile, tomó la llave y entró al primer gabinete por la misma puerta que dio salida al reverendo. Enseguida abrió la segunda puerta y entró en una especie de pasadizo oscuro, en donde, no encontrando la mesa y el frasco de que le habían hablado, quiso volver a salir; pero en ese mismo instante sintió que la puerta verde se cerraba de golpe y la llave daba vuelta como por encanto. La pobre niña quedó en tinieblas, y llena de miedo corrió hacia la puerta. No pudiendo abrirla, empezó a gritar:

-¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Me ahogo!

Entonces se abrió otra puerta fronteriza a la primera, y entraron por ella tres mujeres que recibieron en sus brazos a Lucinda, casi desmayada de terror.

Todo esto se había ejecutado en cortísimos instantes. No bien hubo Lucinda abierto la puerta verde, cuando el fraile saltando al primer gabinete, la cerró de golpe y torció la llave.

-¡Padre! ¡Padre! ¿qué ha hecho su paternidad? -le preguntó don Marcelino viéndolo salir triunfante.

-Está el pajarillo en la trampa -contestó el fraile-. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!

-¡Pero oiga, su paternidad, como llora y grita la pobre muchacha! ¡Yo no puedo oír eso! -exclamó el viejo.

Y luego, movido por el lastimoso llamamiento de su hija, don Marcelino contestó:

-¡Allá voy, hija mía!

-Si se mueve usted todo es perdido -lo interrumpió el padre, sujetando sobre el escaño a don Marcelino que quería ir a favorecer a su hija.

-Pero explíqueme, su paternidad, por Dios, lo que sucede -exclamó el viejo verdaderamente sobresaltado.

  -352-  

-Voy a hacerlo: tranquilícese, porque le juro por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nada tiene que temer por parte de la niña.

-Y entonces ¿qué significa ese llanto, esos gritos?

-Son causados por la sorpresa -contestó el jesuita-. ¡Oiga usted, tres monjas la esperaban allí adentro para llevar la niña al monasterio!

-¡Al monasterio!

-Sí, señor: es indispensable. Ese era mi plan, que no he tenido tiempo de comunicar a usted. Yo había pensado llevarlo a efecto de otro modo; pero la casualidad, o más bien, la Divina Providencia lo ha dispuesto mejor. En fin, le aseguro que nada tiene que temer; y para que se cerciore de ello, usted mismo hablará con la madre abadesa... Portera -prosiguió, golpeando en el torno-. Llame usted a la venerable hermana, Sor Agueda.

Enseguida, dirigiéndose a don Marcelino, dijo:

-No lo impuse ayer de mi plan porque (es cosa ya probada) para que un proyecto tenga efecto es preciso saberlo guardar hasta su ejecución. Había pensado decírselo hoy aquí; pero ya ve usted que no ha habido tiempo. Se han presentado las circunstancias de un modo que no era posible dejar de obrar. Mi plan de ataque se ha inutilizado; pero ojalá se inutilizasen así todos los planes. Gracias a Dios, hemos pasado el Rubicón. Ahora es preciso no perder, por una imprudencia, las ventajas que usted ha adquirido con este paso.

-Yo no veo qué ventajas sean esas.

-No las ve usted porque está cegado por el amor de padre; amor del cual muchas veces se vale el diablo para coger las almas entre sus garras.

-¡Ave María!

-Si, sí diga usted. ¡Ave María! ¡Ave María! Y se verá libre de diabólicas instigaciones. Usted se encuentra herido en sus sentimientos naturales... Yo no desapruebo esto; pero es preciso ahogar esos mezquinos movimientos de nuestra pobre naturaleza si queremos adquirir la fuerza necesaria para cumplir con un gran deber...

Lucinda está ya en el convento; aquí lo pasará mejor que en casa de usted La compañía de estas santas esposas del Señor influirá sobre su ánimo demasiado exaltado por las mundanas pasiones y tranquilizar a su espíritu. En poco tiempo más, tendrá usted una hija tan sumisa que...

-¡Oh padre mío! -le interrumpió don Marcelino dominado por   -353-   la palabrería del fraile-: tal vez tenga usted razón.

-¿Y duda usted de los buenos y saludables efectos de la religión?

-Yo no dudo.

-Si, sí; usted duda porque el demonio aún no ha abandonado su presa. Satanás no se da por vencido sin un serio combate... Pero aquí tenemos a Sor Agueda.

-¡Ave María Purísima! -dijo desde adentro una voz entera, cuyo tono hacía sospechar un carácter resuelto.

-¡Sin pecado concebida! -respondió el padre desde afuera.

-¿Quién llama? -preguntó la misma voz.

-¡Soy yo, madre mía! ¿Cómo está la salud de su reverencia?

-¡Ah! ¡Nuestro buen capellán! ¿En qué puede serle útil su sierva? Yo estoy buena, gracias a Dios.

-Estoy con el señor don Marcelino de Rojas, padre de la niña que...

-Que acaba de entrar al convento -interrumpió la monja.

-¿Cómo está Lucinda, madre mía? -preguntó el viejo padre con voz temblorosa.

-Buena, muy buena, señor, gracias a Dios -contestaron desde adentro-. Al principio la hizo llorar la sorpresa; pero a los cinco minutos; ya la santa paz moraba en su alma... La acabo de dejar en su celda acompañada de dos hermanas, cuya santidad es el ejemplo constante de la orden... Descuide usted, señor -prosiguió con tono meloso-: descuide usted en nosotras: yo sabré cumplir con el encargo que usted me ha hecho por conducto del reverendo Hipocreitía.

-¿Yo? ¿Cuándo?

-Calle usted -le interrumpió el fraile-; calle y oiga. Después hablaremos.

-Sí, señor mío: su humilde servidora cuidará en persona de que nada falte a la niña: basta que se haya empeñado por ella nuestro santo capellán.

-Amén -dijo el padre, despidiéndose de la monja.

Y arrastrando a don Marcelino hasta un escaño, le dijo:

-Mire usted don Marcelino: tenga valor para cumplir con un serio deber.

-Es que como ha sido hecho todo así... tan de repente...

-Confieso que usted tiene razón para estar intranquilo, porque la tranquilidad de este mundo no estriba sino en la costumbre de los acontecimientos. ¿Soy acaso de bronce para no comprender el   -354-   dolor de un padre que se ve repentinamente separado de su hija.Pero considere que esta separación no es eterna. ¡La puerta del claustro no es la losa del sepulcro!... Pronto verá salir de aquí a Lucinda más bella y sumisa que nunca... La niña es un ángel; pero necesita vivir algunas semanas entre estas santas mujeres... Por otra parte, añadió con intención el jesuita: mientras su hija permanezca aquí, qué tendrá usted que temer de las visitas del General...?

-Es verdad, padre mío -contestó el viejo rehaciéndose.

-Déjelo que lleve a Anselmo dos veces al día, si quiere a casa de usted ¿qué sacará con eso?

-Tiene usted razón: no había pensado en ello... Bajo este punto de vista, me parece bien la clausura.

-Ya está vencido el demonio -murmuró sonriendo el fraile-. Yo lo acompañaré a usted a su casa -prosiguió en tono más alto.

-Vámonos -contestó don Marcelino, dando un suspiro y encaminándose hacia su casa acompañado del jesuita.

No es posible traducir en palabras la sorpresa y luego el dolor de la pobre madre al saber por boca de su marido que su hija quedaba encerrada en un convento.

-Y ¿en qué convento ha quedado? -pronunció la señora.

-Eso no lo sabrás -contestó don Marcelino-, mientras seas contraria a mis intentos y a la felicidad de nuestra hija.

-¿A su felicidad? ¡Bien sabe Dios, don Marcelino, que daría mi vida por verla feliz!

En balde rogó y lloró la señora por saber en dónde había ocultado a Lucinda. Don Marcelino fue inexorable.

-Bástete saber -dijo ésta a su esposa, que la muchacha no tendrá nada que sufrir entre aquellas santas mujeres. He hablado con la madre abadesa, y me ha prometido cuidarla como si fuera su hija.

-Esto será cuando ella comprenda el amor de una madre -contestó llorando doña Trinidad... Pero ¿con qué objeto ha hecho usted esto, don Marcelino?

-Con el objeto de que la muchacha aprenda a obedecer. No saldrá de allí sino para ser la esposa de don Melitón. Tú puedes escribirle. Yo llevaré las cartas y te traeré su contestación.

La pobre mujer no contestó una palabra. Estaba absorta en su dolor y apenas podía creer lo que ya hacía un cuarto de hora que se le había dicho.

En cuanto a don Marcelino, no diremos más sino que aquel día   -355-   comió con el apetito de costumbre, y luego se acostó a dormir la siesta -murmurando como si fuera una jaculatoria:

-¡Que venga ahora el General con su pipiolito! Veremos qué cara pone cuando no encuentre el pájaro en su nido!...¡Ja, ja, ja! ¡Si tiene este padre Hipocreitía unas ocurrencias...! ¡Ahora sí que me convenzo de que este fraile es un portento de habilidad!

Y luego empezó a roncar gutural y sonoramente.



  -356-  
ArribaAbajo

Capítulo LIX

Dentro del Claustro



    «¿Por qué la paz tranquila de este sitio
No está en mi corazón...?»


(G. BLEST GANA.)                


Al volver Lucinda de su desmayo, se encontró acostada en una catea y rodeada de tres o cuatro mujeres que le prodigaban los más solícitos cuidados. Pareciole a la pobre niña que despertaba de un sueño para volver a caer en otro más espantoso aun, pues la vista del cuarto, así como la de las personas que rodeaban su lecho, no era para tranquilizar su ánimo inquieto.

-¿Dónde estoy? Fue lo primero que dijo.

-Aquí, hijita, con nosotras, en este convento a donde su señor padre ha querido enviarla -le contestó una monja de edad que estaba a su cabecera.

Esta contestación, las tocas de las monjas, las estampas que adornaban las paredes blanqueadas con cal, y un gran Santo Cristo puesto enfrente de su cama, hicieron recordar a Lucinda la ultima escena del locutorio.

-¿Conque es verdad que estoy aquí presa? -dijo con voz lastimera.

La monja más vieja hizo entonces una seña a las otras para que salieran de la celda, y quedando a solas coa Lucinda, le dijo:

  -357-  

-Tranquilízate, por Dios, hijita, y sabe que no estás aquí en una cárcel sino entre amigas que te querrán como a hermana.

-Y entonces ¿por qué han empleado la fuerza y el engaño para encerrarme? -preguntó la niña incorporándose en la cama.

-No puedo contesta a esa pregunta -respondió la monja-. Lo cierto es que te hemos traído aquí por mandato de la madre superiora, quien tenía encargo de parte del señor don Marcelino para tenerte en el convento.

-¿Mi padre? ¿Por encargo de él?

-Sí, hija mía.

-¡Es imposible! Jamás me ha dicho mi padre que fuera su intención encerrarme en un convento. ¡No; no puedo creer eso!...

-Nosotras no tenemos costumbre de mentir, hija mía -dijo la monja con tan severa humildad, que hizo arrepentirse a Lucinda de haber pronunciado las últimas palabras.

-Perdóneme usted le dijo a la monja, si es que la he ofendido.

-No tengo de qué perdonarte, hija mía: solo te ruego que no hables tan alto, porque es prohibido por nuestra regla.

-Yo quisiera hablar con la madre abadesa.

-Acaba de ser llamada al locutorio. Vendrá pronto.

La monja salió de la pieza después de haber aconsejado a Lucinda que permaneciese allí mientras la abadesa venía.

La pobre niña, habiéndose bajado de la cama y puesto en orden su vestido y peinado, salió a la puerta. Aquel cuarto tenía para Lucinda el aspecto de un sepulcro. Presentósele a la vista un gran patio cuadrado, rodeado de celdas, cuyas puertas entreabiertas permanecían sin moverse. El patio estaba plantado de árboles; pero no se veía ninguna persona ni se oía el más ligero ruido. No había allí señales de vida. Hasta el aire mismo, pasando mansamente por entre las ramas de los naranjos y limoneros, parecía no querer turbar el silencio de aquella mansión. Lucinda sentía sobre sí un peso, una emoción de que no sabía darse cuenta. Su pecho oprimido apenas la dejaba respirar. Quería llorar y no podía. Un temblor involuntario agitaba su cuerpo; y luego aquel tétrico silencio, aquel reboso sepulcral, le inspiraba miedo.

-¡Ah! -decía Lucinda-: ¿qué clase de tranquilidad es la que reina en este lugar, que en vez de traer la paz a mi espíritu subleva todos mis sentimientos y me excita a la desesperación? ¡Creo que el bullicio y los mayores desórdenes del mundo no inspirarían el horror   -358-   que este silencio me causa!!... ¡La paz! Y ¡quien podría encontrarla en este cementerio de vivos!

Agobiada por tan siniestras ideas volvió la cabeza y vio venir a una monja, de las muy pocas que tenían el privilegio de salir de su celda en ciertas horas del día. Tenía éste sin hacer ruido alguno con sus pasos, cubierta con un velo; y al pasar por enfrente de Lucinda, y sin mirarla, dejó caer en forma de saludo estas palabras:

-¡Hermana! ¡Que morir tenemos!

Y la monja pasó adelante andando silenciosa y pausadamente como si fuera un cadáver movido por un oculto resorte. Lucinda volvió involuntariamente la cara y entrose en la celda; pero dando sus ojos con el gran santo Cristo y un par de calaveras que estaban sobre la mesa saltó fuera de la celda y echó a correr como una loca por el claustro. En aquel momento salía la abadesa del locutorio seguida de dos monjas.

-¡Oh! -dijo la madre, meneando la cabeza al ver a Lucinda: bien me había dicho nuestro santo padre que esta niña tenía raptos de locura.

Enseguida se encaminó hacia a ella con su par de ayudantes.

-¡Hija mía! -la dijo, con un tono que no carecía de dulzura y firmeza a la vez-: ¿no le ha dicho a usted una de nuestras hermanas que es prohibido salir de la celda?

-Dígame madre -le preguntó Lucinda entonces-: ¿es usted la abadesa?

-Yo soy, y por esto debe usted obedecerme. ¿Por qué ha hecho esto?

-Antes debe usted decirme: ¿por qué estoy aquí? -preguntó la niña.

-Se lo diré en la celda: vamos allá -dijo la abadesa imperiosamente.

-¡Yo no entraré jamás a ese cuarto! -exclamó Lucinda, mostrando la celda con el índice de su mano derecha.

-Está en uno de sus accesos -murmuró la abadesa-. ¡Pobre niña!

Enseguida, volviéndose a Lucinda le dijo:

-Advierta usted, hija mía; que mientras more en este claustro debe obedecerme como a su propia madre.

-¡Es que yo no quiero estar en este claustro ni en ningún otro! -contestó Lucinda con energía.

-Pues, a mi pesar, me veré obligada a emplear la fuerza -dijo   -359-   la madre haciendo una seña a sus ayudantes para que tomaran a la desobediente de ambos brazos.

Al verse ésta amenazada por la fuerza, irguió su linda cabeza y dirigiéndose a la abadesa, la dijo con una voz que resonó en los cuatro ángulos del claustro:

-¡Señora! Si usted se atreve a ajar mi dignidad, le diré que no respondo de mí misma. He sido víctima de una traición, de un engaño atroz, ¿quién me asegura que dentro de aquella pieza no volveré a sufrir nuevos ultrajes? ¡Quiero salir al momento de esta casa, porque mientras permanezca en ella no me creo libre de desacatos contra mi persona! ¡Sí! ¡Quiero salir de aquí!



  -360-  
ArribaAbajo

Capítulo LX

Caridad



    «Mucho hay, niña, de falso;
mucho la vista engaña:
jamás en apariencias
te aduermas confiada.
Si ves sobre mis sienes
mi cabellera cana,
no pienses que se ha helado
como mi frente, el alma.»


(H. DE IRIZARRI.)                


Diciendo esto, Lucinda echó andar hacia el locutorio. La abadesa estaba estupefacta, y a pesar de su entereza se consideraba medio vencida. Pero no era posible dejar ajar su autoridad delante de la comunidad entera, que al través de las puertas entreabiertas de sus celdas, presenciaba la desagradable escena. ¿Qué hacer? Las ayudantes, no atreviéndose a poner sus manos sobre la desobediente, la seguían a cierta distancia, admiradas de que hubiese una mujer en el mundo capaz de revelarse contra la autoridad de la Superiora.

Entonces salió de una de las celdas una monja, que encaminándose hacia la madre, le dijo:

  -361-  

-¿Me permite, su reverencia, hablar?

-Diga hermana -contestó la abadesa secamente.

-Prometo hacer que esta señorita obedezca, si su reverencia me permite a mí llevarla a su celda.

Lucinda se quedó admirada viendo la oficiosidad de la nueva monja.

-Si no consigo mi objeto, me obligo a cumplir la penitencia que ella merezca por su desobediencia.

-Está bien -dijo la abadesa impacientada-: llévenla entre las tres.

-Yo no necesito de las hermanas -dijo la otra monja-: ruego a su reverencia las mande retirarse.

Hízose así; y entonces la buena monja acercándose a Lucinda, le dijo con un acento lleno de dulzura.

-Usted acaba de oír la promesa que he hecho a la madre abadesa. La dejo a usted en entera libertad para irse o no a su celda. En el primer caso, la acompañaré como una amiga; en el segundo, iré a sufrir con gusto la penitencia por usted.

-¡Vamos, amiga mía: lléveme adónde usted quiera! -exclamó Lucinda llorando y echándose en brazos de la monja.

-¡Qué locura tan rara! -murmuró la madre abadesa, visiblemente contrariada-. ¡Hay locuras muy raras!

Y luego, llamando ésta a la monja, le dijo al oído:

-No olvide, Sor María, que la niña tiene continuamente estos arranques.

-No tenga cuidado, su reverencia -contestó la otra-: solo le ruego que me permita trasladarme a la celda contigua para cuidarla.

-Está bien -contestó en voz alta-: usted queda encargada de esta niña mientras ordeno otra cosa.

Enseguida volvió la espalda diciendo entre dientes:

-¡Hay locuras raras!... ¡Si, señor, muy raras!

En cuanto Lucinda se vio en su celda, preguntó a su compañera.

-¿Cual es el nombre de usted?

-No quiero recordar el nombre que tenía en el mundo -contestó tristemente la religiosa: desde que estoy en este claustro me llamo Sor María de los Dolores.

La monja pronunció estas palabras con un profundo acento de tristeza. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho: su mirada era dulce y resignada, y mientras hablaba dos lágrimas rodaron por sus descarnadas mejillas.

  -362-  

-¡Amiga mía! -la dijo Lucinda abrazándola-: usted sufre: usted es capaz de comprender mi dolor.

-Tranquilícese usted -contestó la otra reprimiendo un suspiro-. Dios lo ve todo, y todo lo juzga. ¡No se mueve la hoja del árbol sin su santa voluntad, que nosotros debemos acatar con humildad, resignación y amor!

Sor María era una mujer de talento, animada por el más puro espíritu de la caridad cristiana. En lo poco que ella había podido observar, aunque no en todos sus pormenores, había columbrado la verdad del caso; y mientras más observaba a la niña, más claro veía dibujarse en su fisonomía los efectos de una pasión contrariada. Además, casos semejantes se sucedían cotidianamente en aquellos tiempos en que un padre no tenía escrúpulo para meter a una hija desobediente en un convento, sobre todo, si la desobediencia tenía por origen el amor inspirado por un hombre de baja condición, o la falta de amor a un novio elegido por el interés. Y como la monja sabía que en tales casos nada vale el raciocinio; y que para errar las llagas del corazón es preciso hablarle a éste antes que a la cabeza, se contentó con prodigar a su protegida las más cariñosas expresiones de afecto.

-AQUEL que nos manda reír con los que ríen y llorar con los qua lloran -dijo Sor María abrazando a Lucinda, me induce ahora a sufrir por ti sin inquirir la causa de tu dolor... Perdóname, hija mía, que te dé un tratamiento al cual mi edad me da derecho.

-¡Qué la perdone! ¿A usted que es la única amiga que tengo en esta casa! -le interrumpió Lucinda...- Hable usted, madre, que sus palabras me hacen mucho bien.

No tengo otra cosa que darte, fuera de mi amor -dijo la monja con una expresión de inefable bondad-: apóyate aquí cerca de este corazón que pongo en mis labios para hablarte. No porque veas mi cabeza encanecida -prosiguió con ardoroso acento, debes pensar que mi corazón ha muerto, o es incapaz de comprender los tiernos sentimientos. Sabe que debajo de este sayal late con ardor y se regocija cuando puede calmar un tanto el dolor de otro corazón lacerado, ayudándole a llorar su desgracia, o bien excitando en él la alegría con la que Dios mismo quiere que nos fortiquemos en medio de la tribulación... Por otra parte, desconozco las causas que te han traído aquí...

-No es porque haya hecho ningún mal -le interrumpió Lucinda, queriendo no perder la estimación de su protectora.

  -363-  

-Y aun cuando lo hubieras hecho -contestó ésta-; no por eso dejaría de amarte. Te amo, no porque eres buena, no porque hayas dejado de hacer el mal; te amo, hija mía, porque sufres; y basta que te vea llorar para que yo también llore contigo.

-Gracias, amiga mía -dijo la niña besando con reconocimiento las manos de la monja. ¡Gracias, mi noble amiga! Dios le pagará a usted el bien que me hace. En cuanto a mí, solo puedo decirle que he sido víctima de un engaño, de una traición, cuyo autor no sé quién pueda ser... ¡Pobre madre mía! ¡Cuánto no va a sufrir cuando sepa mi prisión! ¡Cuando no me encuentre a su lado! ¡Cuando me llame y su hija no le conteste!... ¡Oh! ¡Madre mía! ¿Quién la consolará en su dolor?...

-¡Dios! -le contestó la monja, acariciando a Lucinda-. ¡Dios! Mi querida hija, que no abandona jamás a los que tienen fe en su Providencia. Oye -prosiguió, abrazándola con ternura-: tú has encontrado aquí una madre... ¡Está segura de que tu madre encontrará una hija que la consuele, mientras carece de ti!...

No hay almas más discretas que las verdaderamente caritativas. Como Lucinda no hablaba sobre los antecedentes del suceso, Sor María se abstuvo de hacerle preguntas indiscretas. Después de haberla rogado que tomase un poco de alimento, la hizo acostarse en la cama; y quitando de la mesa los despojos humanos que la adornaban, echó un gran velo negro sobre el crucifijo, y salió con el fin de trasladar su cama a la pieza vecina para estar más cerca de su protegida. Enseguida se fue a pedir órdenes a la madre abadesa, la cual la impuso de los antecedentes relativos a la niña, entregándole una carta para ésta, que plegó después de haberla leído.

Inútil es decir que todo lo que hizo la abadesa, no fue más que repetir a Sor María lo mismo de que aquella tenía conocimiento por boca del jesuita.



  -364-  
ArribaAbajo

Capítulo LXI

La carta de don Marcelino



«¿Por quién ora? Ella es tan pura
como un ángel de los cielos,
¿llora acaso un desengaño?
¿La aflige un remordimiento?
¡Ah! ¡No! Vive en su memoria
un tierno y dulce recuerdo,
dulce como una armonía
solitaria del desierto.»


(C. WALKER MARTÍNEZ.)                


Tres horas después, habiendo dormido Lucinda algunos instantes, se encontró un poco recobrada de sus emociones y se puso a reflexionar.

-Es indudable -(se dijo a sí misma)- que todo ha sido dispuesto de antemano para sorprenderme. Mi padre nunca acostumbra venir aquí a misa... Luego, la fatiga inesperada, y el encuentro con el padre Hipocreitía... Pero mi madre no puede haber entrado en el complot... Esto ha sido hecho sin su consentimiento... ¡Pobre   -365-   madre mía! Yo le escribiré, hoy mismo... Pero ¿qué sacarla con escribirle? -prosiguió-: yo sé bien que a un monasterio no entra ni sale una carta sin ser leída por la superiora... ¡Y estando ésta, como parece, mezclada en el complot, debo perder la esperanza de hacer llegar mis quejas a mi pobre madre!

Diciendo esto, Lucinda inclinó tristemente su linda cabeza; y al volverla a alzar, fijó sus ojos llenos de lágrimas en el Cristo, cuyos contornos se dibujaban a través del velo que lo cubría.

-¡Dios mío! -exclamó arrodillándose ante la imagen del Salvador: ¡por las lágrimas que derramó vuestra madre Santísima, enviad, Señor, a la mía, el consuelo que necesita!.. ¡Perdonad a mi padre, como yo lo perdono, por la parte que puede haber tenido... como perdono a todos los que puedan haber influido para encerrarme aquí!...

Hecha esta oración, se levantó más aliviada; y al volver la cara, vio a Sor María, que de pie cerca de ella y con los brazos cruzados sobre el pecho, la miraba diciendo:

-¡Es un ángel!

-¡Madre mía! -le dijo Lucinda-: soy muy culpable... En toda mi aflicción, a pesar de sus piadosas palabras, no me había podido dirigir a Dios... Tenía el alma como espantada, por la injusticia... Pero ahora que acabo de hacer oración, mire usted como tengo fuerzas para sonreírme.

Y una angelical sonrisa se dibujó en los cándidos labios de la niña.

-No puedo expresar el placer que me das a el verte más tranquila -le dijo la monja con dulzura-. Prepárate -prosiguió-, a recibir noticias de tu familia...

-¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido a mi madre?

-Nada de malo según sabemos. Aquí tienes una carta...

-Démela, amiga mía -le interrumpió Lucinda, tomando la carta y abriéndola convulsivamente...- Es letra de mi padre: ¡Voy a tener explicado el misterio!

Leyó rápidamente la carta, y a medida que iba leyendo, su rostro iba también expresando la angustia de su alma. Cuando concluyó la lectura, dijo a la monja que se había quedado de pie enfrente de ella:

-Madre mía: esta carta es de mi padre y la posdata de mi misma madre. ¡quién lo hubiera creído! Reconozco ambas firmas... Como para usted no puedo tener secretos, le ruego que la lea, a fin   -366-   de que pueda hacerse cargo de mi desgracia... Pero ¡qué se cumpla la voluntad de Dios!

La monja tomó la carta y leyó a media voz:

Querida Lucinda: Estas líneas te escribe tu desgraciado padre que se ha visto en la necesidad de tomar respecto de ti una determinación reclamada por tu felicidad y aun por mi honor, que es el de mi familia. La causa de esta determinación es un secreto de conciencia que no puedo revelarte, pero que tal vez me será dado decirte después. Mientras tanto, debes permanecer dentro del convento por convenir así, no solo a nuestros intereses, sino también a nuestro honor. Espero, pues, mi tranquilidad de tu prudencia y del amor que me profesas, con el cual solo podréis corresponder en parte al que yo te tengo. Tu misma madre es también de mi opinión, como lo verás por la posdata que sigue a esta carta; y por mi conducto te ruega permanezcas entre esas santas vírgenes, mientras Dios mejora sus horas y podemos traerte otra vez a nuestro lado, de donde solo una grave razón ha podido separarte.

Tu padre que te abraza...
MARCELINO DE ROJAS.

P. D. Mi Lucinda: todo lo que tu padre te dice en la carta anterior es la pura verdad; y sin este gran motivo, ¿habría podido yo consentir en separarme de mi querida hija: ten paciencia, mi vida, que ello será por pocos días, y pronto te veré, con el favor de Dios, en mis brazos. Ruega al cielo por tu madre que te ama.

Trinidad Serrano de Rojas.

-¡Pobre de mí! -exclamó Lucinda llorando-. ¿Qué crimen he cometido para merecer este castigo?

-¡Cálmate, por Dios, hija de mi alma, y acuérdate de que la virtud misma tiene que sufrir sus pruebas en este mundo! Tú crees, en tu inexperiencia, que tu virtud te había de eximir del dolor; pero advierte, que ningún mortal puede ser una excepción a las leyes de nuestra miserable naturaleza. Querer evitar de todo punto el sufrimiento es una verdadera locura, tanto más cuanto que nadie, por grandes que sean sus méritos, puede considerarse digno de ser esa excepción. Mientras vivamos en el mundo, tendremos que sufrir los efectos de nuestras pasiones o de las pasiones ajenas; y en este caso, debe servir de consuelo a la virtud, la consideración de que no sufrimos   -367-   por nuestra causa, y de que cuanto mayor sea nuestro dolor, mayor será también el amor con que nos mira Aquél que dice: «venid a mí los que sufrís dolores.»

Serenose un tanto Lucinda, manifestando que su alma no era insensible a aquellas palabras de consuelo.

-Dime, hija mía -preguntó la religiosa-, ¿Conoces bien las letras de esta carta?

-Las conozco perfectamente, y puedo asegurar que la primera es de mi padre y la última de mi madre... Esto es lo que causa mi mayor confusión. En cuanto al primero, aunque nunca me había hablado de hacerme entrar a monasterio alguno, concibo que de un día a otro podía ocurrírsele esta idea; pero en cuanto a mi madre, esto es imposible.

-¿Por qué?

-Soy su hija única y me quiere entrañablemente. Nunca me he separado de ella: y estoy seguro que sufre horriblemente con estar lejos de mí... Estoy cierta de que por todo el oro del mundo, no habría consentido en separarse de su idolatrada hija.

-Pero advierte, hija -observó la monja-; que a veces se hace ciertas cosas, no por los bienes materiales, sino por otras razones de mayor peso... Aquí hay un secreto que debes respetar, desde que tus padres te lo mandan.

-Es cierto; pero se me ocurre una cosa.

-¿Cuál? Dila.

-Además de mil otras razones que tengo para creer casi imposible el que mi madre haya dado su consentimiento, veo que el lenguaje de la posdata no es de ella.

-Pero esta es su misma letra...

-Es verdad -dijo Lucinda, volviendo a examinar la carta y repitiendo maquinalmente-: «esta es su misma letra.»

-Y advierte, hija, que está escrita con una mano firme; lo cual prueba que no ha sido forzada a escribirla, sino que esta posdata es el resultado de sus convicciones.

-Sin embargo ¿quiere que le haga una observación?

-Habla.

-No sé si me equivoque -dijo Lucinda-; pero, del hecho mismo de la observación de usted, deduzco yo que la posdata no es de mi madre. Le repito a usted que mi mamita no ha podido nunca soportar la idea de nuestra separación; y yo misma la he visto temblar al suponer solamente la realización de esta idea. Ahora bien:   -368-   por profunda que sea su convicción respecto de la necesidad de tenerme lejos de ella ¿no es natural que su mano haya temblado al escribirme?

-Tienes razón -contestó la monja, admirada de la penetración y juicio de Lucinda.

-Y sin embargo, mire usted, madre mía: la letra de la posdata está mejor hecha que la de la carta.

-A pesar de todo; soy de parecer que sigas el consejo de tu padre, por algunos días siquiera. Dios que todo lo ve, descubrirá al fin la verdad. Nada se pierde con esto, mientras que obrando de otro modo, te expondrías a contrariar en un todo los expresos deseos de tu padre.

-Dice usted bien, amiga mía. ¡Estoy resuelta a esperar, y que se cumpla la voluntad de Dios!

-En cuanto a mí; te diré francamente que no veo quién pueda tener interés en engañarte; porque como no conozco los antecedentes que...

-Voy a decir a usted, sí me lo permite, todos los precedentes que se relacionan conmigo, y que a mi juicio, pueden referirse a este suceso -dijo Lucinda.

-Te escucho -contestó la otra sentándose en la cama.

Entonces Lucinda contó a Sor María sus sencillos amores con Anselmo, a quien no nombró. Luego después las dificultades puestas por su padre, así como el proyecto de éste de casar a la niña con el viejo español.

Escuchaba Sor María con marcado interés el sencillo relato de Lucinda; y cuando ésta hubo terminado, la dijo:

-En todo cuanto me has dicho, no veo razón alguna para que se te obligue a entrar a un claustro. Son otras las razones, Lucinda, que tus padres tienen para tomar esta penosa determinación. De todos modos, sea largo o corto el tiempo que vas a permanecer aquí, te prometo por mi parte hacer lo posible por que estés contenta... digo, tan contenta como aquí puede estarlo una niña no nacida para el claustro. Con este fin -prosiguió Sor María-, he conseguido que la superiora me permita dormir en la celda vecina. Así estaré más cerca de ti y podré servirte mejor.

-Me tiene usted confundida con sus bondades -respondió Lucinda-; pero yo trataré de merecerlas con mi cariño.

La monja sacó entonces de la manga de su hábito un libro de oraciones que entregó a Lucinda; y oyendo tocar la campana del   -369-   convento, salió a cumplir con sus deberes religiosos.

En el momento de salir, pasó por enfrente de la puerta otra monja que saludó a Sor María diciendo:

-¡Que morir tenemos!

-Ya lo sabemos, hermana -contestó ésta con voz grave.

Al oír estas palabras, tembló Lucinda con el recuerdo de las escenas de la mañana.



  -370-  
ArribaAbajo

Capítulo LXII

El Jesuita prosigue su obra



«Los hombres del engaño,
los viles intrigantes,
se arrastran, imitando
las vueltas del reptil.»


(G. MATTA.)                


Muchas veces habrá visto el lector sobre nuestras graníticas costas, alguna alta roca combatida por las olas del mar. Hay veces en que las olas enfurecidas azotan los flancos de la roca cubriéndola casi hasta la cúspide con un velo blanco que se rasga y se une alternativamente, o bien enroscándose en torno de ella como una gigantesca serpiente de plata, que brama, silba y ondula por entre las sinuosidades. El monstruo cambia de forma y de voz a cada instante; y, sin cesar, vuelve a la carga con sus escamas vaporosas, al parecer encrespadas por la rabia. Pero la roca vence, y sentada en su base de granito, eleva sin conmoverse sus puntiagudos prismas sobre el cinturón de espuma que la rodea. Otras veces la ola es baja, pero no menos poderosa. No sube hasta los altos flancos de la roca, y se contenta con azotar su base. Los golpes son constantes y aplicados al mismo punto como los del martinete. La roca permanece tranquila dando abrigo en sus grietas a mil mariscos e insectos de mar. ¿Quién no diría que esta segunda es más firme que la primera? Pero si   -371-   observáis, veréis que la base ha principiado a socavarse. El mar es más humilde y no parece sino que se inclinase ante la roca para que ella pusiese el pie sobre la líquida y móvil espalda: pero esa humildad es una traición del mar; esa calma es la perseverancia de su trabajo, y no parece sino que temiera cansarse antes de concluir su obra. No se agita con grandes bramidos; pero tampoco cesa de trabajar con esa paciencia de siglos que el mar tiene. Y sigue trabajando sin descanso hasta que principian a dibujarse las grietas sobre la base de la roca. Todo el terreno y los arbustos que allí crecían han desaparecido. Pasan años y las cavidades se hacen mayores: luego trascurren siglos, y las cavidades se convierten en grutas debajo de la roca. El mar parece que quisiera levantarla sobre su espalda... Todavía no es tiempo, y sigue minando y socavando hasta que la roca cae por su propio peso, y se hunde en las olas que se elevan entonces en neblina como para expresar el placer de la victoria.

No a la primera ola que ataca la roca de frente, sino a la segunda, que cual incansable arisco, mina y socava la base, esperando que la roca caiga de suyo, se asemejaba el padre Hipocreitía.

El jesuita trabajaba con la humilde paciencia de la hipocresía, y con la incansable perseverancia del tiempo, en alcanzar los fines que se había propuesto. Y minando poco a poco el ánimo de don Marcelino, abrigaba la firme convicción de hacerlo servir a sus miras.

Conocía el carácter del viejo y sabía que un ataque abierto era inútil para vencer su avaricias; y como sabía que una pasión solo se puede vencer por medio de otras, ponía en juego toda su maña para hacer germinar en el corazón de su hombre la ambición, el orgullo y el odio. Sus repetidas instigaciones eran también más certeras cuanto más bien sabía aparentar el desinterés: y así como una gota de agua hace hoyo en la piedra, así también él, con sus consejos e indicaciones cotidianas, taladraba, socavando en sus cimientos, aquella roca que al fin caería por su propio peso.

Cuando Anselmo y sus amigos tuvieron noticia de la desaparición de Lucinda creyeron naturalmente que debía ser el efecto de alguna caprichosa determinación de don Marcelino. Anselmo desesperado, impuso a Freire de lo que sucedía, y éste juró que había de descubrir el paradero de la niña.

Doña Estrella, después de hablar con Doña Trinidad (de quien no pudo saber otra cosa sino el hecho de que Lucinda estaba encerrada en un convento) se fue a ver a Cecilia, y con ella recorrió en un día los siete Monasterios que poseía Santiago, sin encontrar la   -372-   menor noticia que pudiera consolarla. Volviendo al fin a su casa, dijo a su marido:

-Cándido: es preciso que sepamos cuanto antes el paradero de tu ahijada. A ti te corresponde el velar por su conservación.

-Pero ¿no dicen, hija mía, que Lucinda se ha metido en un convento?

-Yo acabo de recorrer todos los monasterios; pero me he molestado en balde, pues en ninguno he obtenido noticia de Lucinda. Yo no sé a dónde la habrá metido el monstruo de su padre... ¡Ah! ¡Si yo fuera la Trinidad, no se portaría él de ese modo!

-No hables así, Estelita!

-Déjame hablar... No puedo contener dentro de mí la indignación que siento al ver cómo ese hombre trata a su familia... No merece ser ni el esposo de su mujer, ni el padre de su hija.

-¡Pero, hijita de mi alma! ¿Si Lucinda ha querido dejar el mundo, que nos va a nosotros en ello?

-De todos modos -dijo doña Estrella-, creo que si la niña ha entrado a algún convento, no ha sido por su voluntad sino forzada por su bárbaro padre.

-Estelita -observó don Cándido-: estás atacando la autoridad paterna... ¡Toda autoridad viene de Dios!...

-Calla la boca. El hecho mismo de no haber encontrado noticia alguna en los monasterios me prueba que Lucinda es víctima de un nuevo capricho de don Marcelino.

-Ya te digo que ella ha entrado con entera voluntad.

-Y si es así ¿por qué ocultar su paradero?

-Eso debe ser porque la muchacha no ha querido dejar rastro por donde se la encuentre... ¡Se conoce que la vocación es verdadera!...

-¡Verdadera vocación! -exclamó la señora-. ¿Sabes lo que dices? ¿Crees que el amor empuja a las muchachas al monasterio? Por último -prosiguió imperiosamente-: es menester que te veas hoy mismo con don Marcelino a fin de que descubras el secreto. En cuanto a mí, me voy a ver con el General Freire.

-¿Con Freire?

-¡Sí, hombre de Dios!; para acordar con él las medidas que conviene tomar.

-¡Mujer, por Dios!: ¿piensas meterte a la carrera militar?

-Tal vez lo haría mejor que muchos hombres -exclamó riendo la   -373-   señora... Pero no temas que tome la espada: se trata de otro asunto... Ya te he dicho que el General se interesa por Anselmo.

-Tan pipiolo es el uno como el otro.

-No quiero meterme en esa -le interrumpió la señora...- Mientras voy a cesa del General, tú hablas con don Marcelino... Tú tienes sagacidad natural y...

-¿Quién lo duda?

-Y él es un viejo imbécil...

-Que nunca pasó del quis vel quid...

-Sin ninguna instrucción.

-Hizo pedazos siete Nebrijas sin provecho alguno.

-Pues bien: será incapaz de ocultar a tu penetración ese secreto.

-¡Pues no ha de ser incapaz!

-Entonces, tengo razón en confiar en tu talento.

-Sí, sí -respondió encantado don Cándido-: tienes mucha razón, Estelita.

-Acuérdate de aconsejar a don Marcelino que entre en razón y que no se exponga a sufrir las consecuencias de su tenacidad. En este mundo el que sabe más debe dirigir al que sabe menos.

-Eres un prodigio de sabiduría -dijo don Cándido extremadamente lisonjeado-; y si supieras latín, no te trocaría por el más encumbrado doctor de la Universidad de Córdoba... Pero no pierdo la esperanza de que aprendas...

-Aprenderé lo que quieras; pero es preciso que me des gusto... Recuérdale a tu compadre que Freire protege a Anselmo.

-Muy bien. Así se lo diré.

-Pues entonces, Adiós -dijo doña Estrella, dando tres o cuatro palmaditas sobre el hombro de su marido.

Cuando ésta hubo quedado solo -dijo meneando la cabeza con aire de importancia:

-Esta mujer sabe más que un libro. Es cierto que el que sabe más, debe dirigir al que sabe menos... Voy a ver al tonto de mi compadre, y le explicaré las cosas en buen castellano para que me comprenda.

Mientras tanto, el jesuita hablando con don Marcelino en casa de éste, le decía:

-Desengáñese usted: no crea que el empeño de ese mozo nazca del amor por Lucinda... Aquí hay otra cosa que amor...

-¿Y qué puede haber?

  -374-  

-Ambición, señor don Marcelino... usted que posee una alma bien puesta, no puede comprender hasta dónde llega esa pasión por obtener riquezas y distinciones; pero nosotros los confesores que escudriñamos hasta los últimos pliegues del corazón, adquirimos al fin la conciencia de lo que es la miseria humana.

-¡Ah! -exclamó el viejo con un acento indefinible.

-Lucinda es la heredera más rica de este reino -prosiguió el fraile-: Anselmo apenas tiene para pasar el día... Sepa además, que los negocios del General no andan muy bien... Si él consigue hacer este matrimonio, sale de capa rota.

-¡Caramba! Me moriría si viera pasar a manos indignas el fruto de mis sudores!

-¿Y puede ser otro el fin que se propone? ¿Por qué tanto empeño en que Anselmo se case? ¡Pobre niña! -contestó el fraile con el acento de un profundo dolor-: ¡pobre Lucinda si llega a ser la esposa de un hombre quo no la quiere sino por sus capitales!

-¡No llegará a serlo! ¡Y aun errando el mismo Dios... Vaya, padre; iba a decir una herejía!

-Sin embargo -dijo el jesuita-, el General es malo para enemigo; y cuando a él se le pone una cosa en la cabeza...

-No ha de ser más porfiado que yo -le interrumpió don Marcelino con orgullo.

-Ya lo creo -murmuró el fraile sonriendo-. De todos modos -prosiguió en voz alta-; bueno es prevenir los males que pudieran ocurrir... Por ahora los hemos hecho perder la pista; pero tanto harán que al fin descubrirán el paradero de la niña.

-¡Qué lo descubran! Los desafío.

-Vamos con tiento: Freire tiene amigos poderosos; y moviendo mil resortes, podrá sacar a Lucinda del convento... ¡Aun más: yo sé lo que son la ambición y la codicia, señor don Marcelino! El General será capaz de conseguir que Lucinda cambie de domicilio y...

-¿Quitármela?

-Usted lo ha dicho; y depositarla en otra casa en donde recibirá libremente las visitas de ese peligroso joven; ¡y qué sé yo de lo que serán capaces unas gentes animadas por la codicia!

-¿Pero, este es un mal sin remedio? Cómo podremos curalos de su ambición?

-Quitando el objeto de esa ambición.

-Yo no veo cómo, padre mío.

-Oiga usted. Un antiguo proverbio dice: «que nunca debemos ponernos   -375-   entre una pasión fuerte y el objeto que ella se propone, si no queremos ser aplastados.»

-Entonces ¿debemos dejar que ellos hagan lo que quieran?

-No digo yo eso -objetó el jesuita-, sino que entonces hemos de buscar otro camino: voy a poner un ejemplo.

-Veamos el ejemplo.

-Supongamos que un hombre al ver esos sellos y dijes que cuelgan de su reloj, se enamorase de ellos hasta el punto de querer quitarle el reloj a la fuerza.

-Está bien. Ya me lo imagino.

-Supongamos que usted se opone tenazmente ¿no es claro que se expondrá a que ese hombre lo mate, a fin de obtener los objetos que han encendido su codicia?

-Entonces ¿le entrego mi reloj que me hace falta y me quedo a ciegas respecto de la hora?

-No, señor mío: usted debe fijarse en que ese mal hombre no codicia su reloj sino los preciosos dijes y piedras que de él penden. Pues bien: ¿qué hará usted?: quitar de ahí esos dijes y echarlos en un pozo si no puede de otra manera ocultarlos de la vista de su enemigo. Pues lo mismo es el caso de Lucinda -prosiguió el jesuita, pasando su caja de rapé a don Marcelino. La niña es codiciada; pero el objeto de la codicia es la herencia que pende de ella como los dijes de su reloj.

-¡Ah! ¡Ya comprendo! ¿Cómo quiere su paternidad que arroje mis casas y mis haciendas con vacas y todo dentro de un pozo?

-No nos precipitemos. Siendo su herencia el verdadero fin que esos hombres persiguen, disminúyala usted.

-¿Desheredando en parte a la muchacha? Lo he pensado.

-Eso de desheredar a una hija es cosa dura; y no seré yo quien se lo aconseje a usted Pero otra cosa sería quitar la expectativa de esa gran herencia, pues entonces...

-¿Cómo?

-Disponiendo usted en vida de una de sus tres haciendas a favor de un tercero...

-Pero...

-Yo no le digo que usted se deshaga de todo su haber: eso sería una iniquidad... Solo me refiero a una de sus estancias, la del Molle, por ejemplo...

-¡Es la mejor, padre mío!

-Me he acordado de esa, porque sé bien que Anselmo la mira ya   -376-   como si fuera suya; tal es la codicia con que la desea... Quite usted este precioso dije que cuelga de la muchacha, y verá como disminuye en gran parte el empeño por obtenerla en matrimonio. Además, usted puede hacer la donación a favor de don Melitón de Sandoval, y no digo tampoco que le dé esta hacienda para él y sus descendientes. Eso no, porque hasta mal visto sería.

-Así lo creo -dijo suspirando el viejo.

-La dona sería solo de los usufructos, es decir, durante la vida de don Melitón, quien es muy probable llegue a ser su yerno... Después de la muerte de usted, la estancia pasaría a manos de Lucinda, a condición de que ésta no se case con Anselmo.

-¿Y si llega a casarse?

-Entonces podría usted ordenar en su testamento que pasase a poder de... la compañía de Jesús, por ejemplo. ¿En qué otra cosa podría usted emplear su riqueza con más honra de Dios, bien del prójimo y provecho de su alma?

No alcanzó a responder don Marcelino, porque oyéndose la voz de don Cándido en el patio de la casa, se levantó el jesuita de su asiento y saludó al viejo diciéndole:

-Piénselo bien, amigo mío... En estos casos es preciso tomar una resolución pronta... Adiós.



  -377-  
ArribaAbajo

Capítulo LXIII

Don Marcelino rompe con don Cándido



    «Él cree que lleva la rienda,
y lo que lleva es el freno.»


(DICHO POPULAR.)                


A tiempo que el padre salía del cuarto, por la puerta de la calle, entraba don Cándido por la del patio.

Don Marcelino oyendo la voz de su compadre, se acordó de las últimas escenas que había tenido que soportar en casa de éste; y en consecuencia, se puso de malísimo humor. Don Cándido, creyendo que ese mal humor dibujado en el semblante de su compadre era producido por la repentina determinación de Lucinda, le dijo al saludarlo:

-¡Mi querido compadre! ¡Cuánto siento lo sucedido! ¿Quién lo había de pensar? No parecía que la muchacha tuviese vocación para el monasterio; pero en fin, es preciso consolarse.

-Usted tiene la culpa de todo, compadre -le contestó don Marcelino.

-¡Yo! ¿Está usted en su juicio?

-Usted. Porque a no haber mediado aquellas desagradables escenas del día de su santo, nada habría sucedido.

  -378-  

-¡Ya caigo! Pero ¿qué culpa tengo yo en todo eso?

-¡No es nada! ¡Y me convida para que me vaya a juntar en su casa con ese mozuelo que persigue a mi hija!

-Pero ya le digo que no fui yo quien lo convidó sino Estelita.

-¿Y por qué no se lo impidió?

-Es verdad -dijo don Cándido-, que si yo se lo hubiera prohibido a Estelita, ella no se habría atrevido a convidar a ese mozo; pero como ella hizo el convite sin que yo lo supiera...

-¡Eso es lo que yo digo! -interrumpió don Marcelino-. En su casa se hacen las cosas sin que usted sepa nada. ¡Muy bien irá aquella danza!

-¿Qué quiere usted decir?

-¡Y mucho que se jacta de mandar en jefe a su familia!

-Y me jacto con razón.

-¡Sí! ¡Se jacta con razón; y no sabe palabra del juego de chueca ni de quién lo armó! ¡Y luego viene aquí a darme consejos sobre el modo de tratar a la mujer, diciéndome que él tiene a la suya en un brete, cuando si abre la boca para papar moscas, es porque le manda la mujer que la abra!

-¡A mí! -exclamó don Cándido, alzándose de su asiento y cuadrándose con arrogancia enfrente de don Marcelino-. ¿Cree usted que... Pero dejemos este asunto y vamos al que me traía a esta casa... Quisiera saber ¿en qué convento está Lucinda?

-¿Y con qué derecho me viene usted a preguntar una cosa que yo no quiero decir?

-Con el derecho de padrino de mi ahijada.

-¡Ja, ja, ja! ¡Ya todo el mundo va teniendo derecho para meterse en mis asuntos de familia! -interrumpió don Marcelino-. Viene el uno y me dice que tiene derecho para casar a mi hija con el que se le antoja a su merced, y luego me amenaza con un pleito para quitarme a mi mujer, enseguida viene el otro a pedirme cuenta sobre lo que he hecho con su ahijada.

-¡Pero, compadre, oígame por la Virgen Santa! -exclamó don Cándido-. Mire que el que sabe más debe dirigir al que sabe menos...

-Bien andarían mis asuntos si yo me dirigiera por los consejos de un hombre como usted, que no es capaz de dirigirse a sí mismo.

-¡Compadre!

-Y que, como dice el refrán, cree llevar en las manos las riendas del matrimonio, y lo que lleva es el freno en la boca.

  -379-  

-¡Compadre! -dijo don Cándido-, tenga modo, y hable con más respeto de Estelita.

-Si yo no hablo de ella, hombre, sino de usted

-Pero en eso que dice tan sin razón, insulta usted a Estelita, que es un dechado de humildad, mansedumbre y obediencia. Usted no comprende esto porque su rusticidad natural le tiene una venda en los ojos: así como tampoco comprende el interés que me inspira la suerte de mi ahijada.

-Se conoce que usted se interesa por ella -interrumpió don Marcelino-. ¿Quiere usted saber en qué monasterio está para llevarle el galán?

-¡Pero, hombre! ¡Si ya le he dicho que en cuanto a eso, estoy más inocente que San Juan Bautista! ¿Puede usted dudar de mi palabra?

-De lo que no dudo -respondió don Marcelino-, es de que usted y su mujer se han querido burlar de mí. Ahora mismo ha venido usted a arrancarme mi secreto; pero no lo conseguirá, porque sé en donde tengo los ojos.

-Este hombre es irreducible -murmuró don Cándido-. ¡Toda mi sagacidad ha caído al agua; toda mi elocuencia se ha estrellado en esta mollera de cal y canto!

-Además -prosiguió don Marcelino-, le encargo que se lo cuente todo a mi comadre, diciéndole de mi parte que no se meta en vidas ajenas; que haga de su marido lo que se le antoje; pero que en cuanto a mí...

-¡Compadre! -le interrumpió don Cándido, levantándose prontamente de su asiento-; ¡a mí no me gusta que se hable de mi esposa en tales términos!

-¿En castellano claro? Pero advierta, compadre, que yo no sé latín. Cada cual habla en la lengua que puede, y santas pascuas -dijo don Marcelino con satisfacción, viendo que al fin había conseguido exaltar a su compadre.

-Lo que quiero decir es -replicó éste, tomando su sombrero y su bastón-; que usted ni nadie debe expresarse de Estelita sino con el debido respeto que ella merece.

-¡Estelita! -repitió don Marcelino, parodiando el tono de don Cándido y haciendo un gesto grosero-. ¿Y quién es doña Estelita para que se meta a donde no le va ni le viene? Si le gusta tanto hacer matrimonios. ¿por qué no tuvo hijas para que las hubiera casado y recasado una y mil veces? ¡Ah ¡Por los clavos de Cristo! ¡Que si yo fuera su marido, otro gallo le cantara a la tal Estelita!

  -380-  

-¡Qué hombre tan inculto e incivil -murmuró don Cándido, dando muestras de querer retirarse.

Esto es lo que hemos ganado con la tal república -prosiguió don Marcelino, paseándose por su cuarto como si estuviere solo-. En tiempos del rey, nuestro Señor, no andaban las mujeres metiéndose en las cosas ajenas... ¡Oh! ¡Ya un cristiano no puede vivir en este país! En cuanto concluya este asunto y pueda redondear mis negocios, me largo para España.

-¡Adiós, compadre -dijo don Cándido, dirigiéndose a la puerta-. Usted está por hoy intratable, y la prudencia me manda retirarme.

-Ojalá sea para no volver -dijo don Marcelino, acompañando a don Cándido hasta la puerta.

-Usted -dijo éste-, ha sido, es, y será un hombre rústico per secula seculorum.

-Amén -contestó don Marcelino, cerrando de golpe la puerta por donde salió su compadre.

Cuando don Cándido llegó a su casa, ya doña Estrella estaba de vuelta, y apenas vio a su marido, le dijo:

-He hablado con Freire: estaba enojadísimo con don Marcelino.

-Es un logogriphus -contestó don Cándido, sin comprender él mismo la palabra que empleaba.

-Pero quedó más calmado -prosiguió doña Estrella-, y ya nos hemos convenido en lo que debemos hacer... ¿Y a ti cómo te fue? ¿Pudiste descubrirle el secreto?

-¿No te digo, mujer, que ese hombre es un logogriphus? ¿Quién lo entiende? Ni él tampono entiende a nadie. Toda mi astucia, toda mi sagacidad, toda mi elocuencia, han sido perdidas.

-Pero en fin, ¡alguna noticia debes haber obtenido!

-Lo único que he sacado en limpio es que yo soy la causa del encierro de Lucinda.

-¿Por qué?

-Por qué los convidé a comer el día de mi santo.

-Tú sí que te has vuelto griphus -contestó la señora impacientándose-. No te entiendo.

-Pues lo mismo me pasó a mí con él. Nos separamos medio peleados.

-¿Por qué causa?

-Si tú supieras lo que ese bárbara dijo en mi presencia...

-Pero si no me lo dices ¿cómo lo he de saber?

  -381-  

-Es que yo no quisiera molestarte, Estelita.

-¡Habla! ¡Hombre de Dios, que me tienes sobre ascuas!

-Díjome que te aconsejara que no te metieras en negocios ajenos.

-¿Y tú lo pudiste aguantar?

-¿Yo? ¡Buenas correas tengo para aguantar esos desmanes! Al momento tomé mi bastón y...

-¿Y después?

-Mi sombrero para venirme. Pero él se desencadenó de nuevo en contra tuya, de tal modo; que no me fue posible permanecer allí.

-¡Ah! ¡Si yo fuera hombre, o por lo menos, si yo fuera su mujer, ya sabría él cómo debía portarse! La culpa la tiene la Trinidad.

-¡Qué casualidad! -exclamó riendo neciamente don Cándido.

-¿De qué te ríes?

Lo mismo dijo él respecto de ti: «¡Si yo fuera su marido, otro gallo le cantara a la tal Estelita!»

-¡Miserable! ¿Y no castigaste su osadía? ¿Pudiste permanecer indiferente al oír tamaño insulto?

-¡No, no! -contestó con energía don Cándido-, ¿Yo, permanecer indiferente, viendo que ese rústico te insultaba? ¡No; me separé de él al momento!

-¿Y tuviste ánimo para venirte sin castigar su atrevimiento?

-Estelita -respondió don Cándido-. Ya te digo que yo me conozco. Me vine pronto, porque no quise exponerme a hacer alguna fechoría... Tenía la cabeza ardiendo de indignación y de coraje... No podía permanecer ante aquel bárbaro. ¡Yo me conozco!

-Pues desde hoy trabajaré con más empeño en contrariar sus planes -dijo doña Estrella, arreglándose la mantilla como para salir.

-¿A dónde vas?

-A casa de don Marcelino. Se me ocurre en este momento hacerle una advertencia a la Trinidad...

-Pero Estelita. ¿no ves que ya es hora de comer?

-Comeré con mi amiga -contestó la señora poniéndose en camino-. Yo veré si ese rinoceronte es capaz de ultrajarme en mi presencia, como lo ha hecho delante de mi marido.

-¡Qué fui a decir! -murmuró don Cándido con la mayor consternación-. Permíteme que te acompañe, entonces -prosiguió en tono más elevado.

-No. Quédate aquí: esto es más prudente. ¡Como tú te conoces!

  -382-  

Iba a contestar don Cándido; pero su mujer ya había salido a la calle.

-¡En lo que han venido a parar todas estas andanzas! -exclamó el buen hombre-. Mi padre me decía que yo había nacido para el foro; y en efecto, no me falta sagacidad, penetración y elocuencia; pero no parece sino que estuviera de Dios el que yo haya de salir mal en todas las negociaciones que emprendo... ¡Qué mujer tan viva de genio! ¿Si tendrá razón mi compadre en decir que Estelita ha principiado ya como a dominarme?



  -383-  
ArribaAbajo

Capítulo LXIV

El confesor de Lucinda



«Ven, dulce sueño,
calma un instante
de un pecho amante
La ansia cruel;
con tus prestigios
engañadores
ven mis dolores
a adormecer!»


(MERCEDES M. DE SOLAR.)                


Volvamos al convento de las monjas Capuchinas, en donde Lucinda seguía sufriendo su inmerecido cautiverio. Dos o tres veces había escrito a su madre, rogándola que viniese a consolarla en la triste situación en que se encontraba, y al mismo tiempo a explicarle la causa de su encierro. Prometíale conformarse con el suplicio de permanecer allí, a condición de que ella viniese a expresarle de viva voz sus deseos de que se quedara en el convento. Pero las cartas de la pobre niña no habían tenido otra contestación que una esquelita de letra de doña Trinidad, en la cual, ésta no decía a su hija otra cosa sino que le era imposible dar por ahora explicaciones sobre el particular; que se sometiera a los consejos de la madre   -384-   abadesa, y sobre todo, a los mandatos del confesor, el padre O* de reconocida santidad, con el cual, le pedía encarecidamente se confesara; y por último, que ella, su madre, iría a verla cuando don Marcelino lo permitiese.

Cuando Lucinda hubo leído esta esquela, dijo meneando la cabeza.

-No: no es de mi madre... Pero la letra es de ella... ¿y cómo puede ser esto, Dios mío?... ¡Estoy segura de que las palabras no son de mi pobre madre!

Enseguida se le apareció la abadesa, quien le dijo melosamente:

-Hija mía: sería bueno que usted tratara de tranquilizar su conciencia.

-Madre, no estoy en estado de confesarme -contestó la niña-. Se me ha quitado mi libertad sin saber yo la causa, y esto me tiene muy intranquila.

-Pues precisamente por eso, hija, es preciso que usted llegue al santo tribunal. Allí encontrará esa tranquilidad que le falta.

-Mañana veré si puedo...

-¿Cómo se atreve usted a vivir un solo día sin acercarse a la santa mesa? -dijo severamente Sor Agueda-. ¿No sabe usted que de un momento a otro podemos ser llamadas ante el Supremo Juez? Piense que nadie tiene seguro un día, y que tan pronto va el viejo como el joven... Tiemble usted -prosiguió con ardor-; tiemble usted, al considerar que el pecado de la negligencia, es el mayor de los pecados y el que echa más almas en el infierno... ¡Ah! Las muchachas creen que han comprado la vida, y sin embargo ¿quién tiene seguro el día de mañana?

Diciendo esto, le volvió la espalda; pero fue para venir al otro día a hacerle las mismas amonestaciones.

-Allí está el reverendo padre O* -dijo-: aproveche usted la ocasión, hija de mi alma... ¡Hágalo por la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo; por las lágrimas de su Santísima madre! Aproveche la oportunidad con que la misma Providencia la llama a acercarse al misericordioso tribunal.

La niña no había aún formado la resolución de confesarse; pero, vencida por las instancias de la monja, y llevada de aquella natural inclinación nacida de la costumbre en el ejercicio de este acto religioso, se decidió a seguir el consejo de la abadesa.

Dos horas después estaba a los pies del confesor, el venerable   -385-   padre O*, del cual no nos es dado decir otra cosa, sino que era amigo íntimo del reverendo Hipocreitía. Sin embargo, a juzgar por el estado en que quedó Lucinda después de su primera confesión en el convento, podía asegurarse que el padre O* había encontrado el secreto de minorar el dolor de aquella alma.. ¡Tal es el poder que en una alma piadosa y llena de fe ejerce la palabra de quien habla en nombre de Dios!

Aun considerada la institución de la confesión bajo el punto de vista puramente humano, son incalculables los beneficios que produce con la confianza que engendra, con la doctrina que propaga, con los consuelos que derrama en el corazón herido, y con el amor, la fe, y la esperanza que hace germinar en el alma extraviada por las pasiones. Pero desgraciadamente, el abuso puede convertir este elemento de vida en un instrumento de muerte intelectual, tanto más nocivo a las sociedades, cuanto más santo es el objeto de la institución.

Hemos dicho que Lucinda se levantó mucho más consolada de los pies del confesor, quien supo fortificar el abatido espíritu de la pobre niña, despertando en ella una saludable confianza en la Providencia Divina.

Pasados algunos días, volvió Lucinda a confesarse; pero esta vez no logró la tranquilidad que deseaba: antes bien, la amargura de su corazón se reflejaba notablemente en su semblante.

-¿Qué tienes, amiga mía? -le preguntó Sor María de los Dolores, quien con el cariño de una madre no la desamparaba un momento.

-¡Ah! Madre mía -le contestó Lucinda-: no sé si con lo que voy a decir ofendo a Dios; pero me es imposible ocultar a usted que mi confesor ha aumentado hoy mi suplicio... ¿No era bastante aun -prosiguió la pobre niña, llorando-, tenerme aquí encerrada? ¿No era aun bastante que hiciera el sacrificio de mis afecciones? ¿Por qué pedirme que mi corazón ame a otro?

-¿Qué hay de nuevo? Habla, hija mía -le interrumpió la monja.

-El confesor me ha dicho formalmente que no debo desobedecer a mi padre... que debo aceptar el marido que él me propone. ¿Cómo podré aceptar lo que mi corazón rechaza tan imperiosamente? Dígame usted madre, amiga mía, ¿qué debo hacer?

-¡Pobre niña! -murmuró la monja con un acento de dolor tan profundo; que Lucinda, olvidando su propio dolor, se quedó espantada   -386-   al ver la palidez de que se cubrió de repente el rostro de su amiga.

-Madre mía: mis palabras la hacen sufrir a usted -le dijo la niña-. ¡Perdóneme, por Dios, el daño que le causo!

Y al abrazarla sintió Lucinda que el corazón de Sor María latía con violencia debajo del hábito.

-No es nada, hija mía -dijo ésta rehaciéndose de su emoción.

Enseguida, prosiguió en voz baja:

-No sabría qué decirte en este momento: tal vez te haría un mal consejo. Espérame hasta mañana y sabrás mi contestación. ¡Espero que Dios despejará mi mente!

Lucinda no pudo dormir aquella noche, atormentada por la idea de tener que optar entre desobedecer a su padre y al confesor, o casarse con un hombre cuyo solo recuerdo la hacía temblar. Combatido su espíritu por mil diversos pensamientos, permanecía en la cama sin poder conciliar el sueño, cuando creyó oír en la pieza vecina que ocupaba Sor María, un ruido extraño que la sobresaltó. Todo el convento dormía, al parecer, profundamente: en el claustro reinaba un completo silencio, y solo se oía de vez en cuando silbar el viento sobre los tejados. Lucinda creyó al principio que el ruido que acababa de oír en la otra celda no provenía sino de su exaltada imaginación; pero bien pronto volvió a oír el mismo ruido y se puso a escuchar llena de sobresalto.

-¿Si se habrá enfermado Sor María? -se preguntó a sí misma-. Es preciso que yo me levante para socorrerla.

Preocupada con esta idea, se vistió prontamente y salió de la celda. El claustro estaba hundido en un silencio sepulcral y medio alumbrado por la luz de la luna que se dejaba ver por entre las rasgaduras de los negros nubarrones que entoldaban la atmósfera. El viento silbaba de una manera lúgubre, y Lucinda tuvo miedo al oír la pequeña campana del reloj de la sacristía que tocaba la hora, de la media noche. Pero distrájola bien pronto de esta emoción el acrecentamiento del ruido en la otra celda.

La pobre niña sintió erizársele los cabellos al escuchar los golpes dados acompasadamente, acompañados de gemidos temblorosos. Quiso entonces entrarse en su celda; pero un sentimiento inexplicable la lizo permanecer como clavada debajo del corredor, no lejos de la puerta de Sor María de los Dolores, que permanecía entreabierta aún. Mientras tantos los golpes siguieron entremezclados de   -387-   suspiros y de ayes apagados, y Lucinda comprendió al fin la cruel penitencia que la monja estaba haciendo sufrir a su débil cuerpo.

-¿Por qué este castigo -(dijo entre sí la niña mirando al cielo)- siendo como es ella una santa?

Enseguida, viendo que por aquella vez la prudencia le ordenaba retirarse, quiso volver a su cama, mas no pudo dejar de oír estas palabras:

-¡Dios mío! ¿Hasta cuándo durará mi martirio? ¿Cuándo dejaré de ver su imagen aquí, aquí en este corazón miserable que no tiene fuerzas para dejar de amarlo? ¡Gran Dios! Merezco mil y mil veces vuestra cólera...

No se oyó más. Las palabras se apagaron bajo el ruido de los azotes que revelaban una agitación febril. Lucinda apenas creía lo que estaba oyendo. Poseída de miedo, de horror, de compasión, de curiosidad y de mil sentimientos opuestos, vacilaba entre quedarse y huir de aquella espantosa escena. Pero como el dolor atrae al dolor, la compasiva niña se sintió arrastrada hacia aquella oscuridad de donde salían los ayes de su única amiga. De repente lanzó ésta un gemido de mortal angustia. El ruido cesó, y Lucinda oyó distintamente caer en tierra un cuerpo pesado. La niña no dudó entonces y corrió hacia la celda, en donde, por un secreto instinto de su corazón, encontró el cuerpo de Sor María, mitad sobre la estera que le servía de cama, y mitad sobre los ladrillos del pavimento.

La monja estaba desmayada y no contestó a las cariñosas palabras de Lucinda. Ésta, entonces, acostándola lo mejor que pudo en su camilla, cubriola con la burda frazada que le servía de cobertor. Enseguida se fue prontamente a su celda, y volvió con una vela encendida y un vaso de agua, que era el único recurso de que podía disponer.

La asustada niña lanzó un grito de horror, al ver el suelo salpicado de sangre, y en las descarnadas manos de la monja, una disciplina armada de agudos clavos de fierro: pero bien pronto se rehízo, y pudo acercarse a su amiga para prestarle el socorro que podía.



Arriba
Anterior Indice Siguiente