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| (E. DE LA BARRA.) | ||
No bien hubo llegado a su celda el reverendo, cuando pidió mi comida, la que le fue servida al momento, pues el padre gozaba del privilegio de no asistir al refectorio, y de comer en su habitación o fuera del convento cuando quisiera. Muchos definidores y padres graves de. la comunidad no habían podido obtener este privilegio de parte del prelado.
Habiendo concluido su comida, cuyo desengraso se sirvió él mismo de varios azafates de dulces que sobre su mesa se veía, regalados por las monjas y otras confesadas; el padre cerró la puerta de la celda, sacó una llave de su bolsillo y abrió un armario que estaba -106- embutido en la pared, en una esquina de la habitación. Dentro del armario había una caja, la cual también abrió con otra llave más pequeña; y después de sacar todos los papeles que la caja contenía, tocó un resorte secreto colocado en el interior. El fondo de la caja se alzó como por encanto y de allí sacó su reverencia un gran cuaderno con tapas de becerro. Hecho esto, volvió a dejar la caja y los otros papeles como estaban, y se sentó en su silla de honor abriendo el cuaderno sobre sus rodillas.
Aquello era un manuscrito que solo estaba comenzado, pues quedaba en blanco más de las cuatro quintas partes del libro. El padre se puso a hojearlo como para corregir lo escrito, pues al mismo tiempo tomó una pluma y empezó a reteñir algunas letras. No es posible decir si aquello era una carta, memoria o diario, porque de todo tenía; y como para la inteligencia de esta historia, es preciso saber lo que el tal cuaderno contenía, nos permitirá el curioso lector que lo tomemos de la mano y lo coloquemos junto a nosotros, detrás del reverendo, por sobre cuyos hombros podremos leer las misteriosas páginas.
El padre tenía abierto el libro en la primera: allí se leía el siguiente encabezamiento:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»
Reverendo padre: voy a cumplir con el sagrado deber de dar cuenta a su paternidad de la misión con que he sido honrado; y aunque solo estoy principiando la obra, quiero también dar principio a esta carta, la cual se irá escribiendo a medida que los acontecimientos vayan desarrollándose, y en la que manifestaré a su reverencia todas mis impresiones, el estado de este reino junto con las ventajas de que pueda sacar partido, los inconvenientes que se presenten y a manera de zanjarlos.
Cuando lo crea necesario y encuentre una oportunidad segura, enviaré a su reverencia este escrito...
Permítame decir a S. P. R. que en Madrid se sufre gran engaño en creer que se podrá con facilidad restablecer en estas Américas el gobierno monárquico. Cada día estoy más convencido de que esto es imposible; y tanto en el Perú como en Buenos Aires he palpado esta verdad. Estas gentes están orgullosas con las victorias obtenidas contra los soldados de S. M., y no podrán jamás sufrir nada que huela a rey, estando todavía recientes los hechos de que se enorgullecen.
No son pues las espadas, fusiles y bayonetas, las armas a propósito -107- para vencer en estas tierras, en donde todavía humea la sangre caliente de mil combates.
Mucho mejores que esas armas son las de la diplomacia. Estos republicanos de nuevo cuño no saben aún qué hacer de la libertad que les ha caído de lo alto como llovida, y para la cual no están preparados. Empapados de orgullo, gritan por todas partes «¡Viva la libertad!» «¡Viva la República!» «¡Abajo los tiranos!» Pero son tan libres y republicanos, como yo soy turco. Enteramente faltos de experiencia en los negocios, se parecen a niños en cuyas manos se hubiere puesto navajas de afeitar. Lo importante es volver contra ellos mismos los elementos de que se vanaglorian. Mientras más cortante sea la navaja, mayor será el peligro que de herirse tendrá el niño. Mientras mayor sea la libertad de que gozan, mayor será también su peligro de caer en la anarquía. Porque es la pura verdad que estos muchachos están a ciegas; y sin el menor trabajo, se puede encaminarlos a que hagan mal uso de esa misma libertad de que hoy se ensoberbecen. Con más vanidad que saber, con más presunción que prudencia, con más amor propio y ambición que abnegación y amor a su nueva patria, y llenos como están del viento de su gloria, ¿qué trabajo costará dominarlos por medio del arte de la diplomacia? Yo sé por experiencia que no se necesita de grandes esfuerzos para engañar al más encumbrado político de esta tierra, y ya he visto la facilidad con que se les puede empujar al precipicio haciéndolos cometer disparates a destajo. ¡Ojalá el rey nuestro señor se hubiera apercibido antes de esta circunstancia!
Él no necesitaba enviar soldados para tener en constante alarma a estas regiones. Bastan las guerras civiles entre los partidos, que no parece sino que se hubiesen propuesto vengar los ultrajes hechos a las armas reales.
La más simple combinación política, la más sencilla intriga bien manejada, son suficientes para que estos imbéciles se echen los unos sobre los otros, y se despedacen como perros rabiosos, gracias a su libertad. Pretenden ser hombres libres, y no pasan de niños esclavos de sus pasiones, de las cuales se puede servir cualquiera en favor de nuestra causa. Quiero decir a su reverencia, que si la España quisiera seguir dominando socialmente a estas regiones, podría hacerlo con suma facilidad, y para ello debería principiar por reconocer su independencia, y darse por amiga de estas repúblicas, que como no tienen experiencia del -108- mundo, aceptarían gustosos el vínculo que las unía a la madre patria.
En cada república hay un partido reaccionario y realista hasta los huesos, que sería sumamente útil a los intereses del gobierno español. Apoyado éste en dicho partido, y dividiendo a los locos liberales por medio de emisarios ad hoc, no se encontrarla ninguna dificultad para poner las riendas de todos estos estados en manos de los monarquistas; y entonces ¿qué no podría hacer el gabinete español con las repúblicas, una vez que estos gabinetillos de ultramar estuviesen llenos de sus amigos y partidarios? Con dos repúblicas que nos tomásemos de esta manera, nos bastaría para mantener nuestra influencia sobre las demás, influencia que, a la larga, sería rica en sabrosos frutos. Y si en algunos estados se desarrollaba la guerra civil, este mismo mal, hecho crónico, nos podría servir de plausible pretexto para proteger la revuelta nación, trayendo un Borbón a estas playas, y coronándolo rey para la tranquilidad de estos pueblos. Esto no es una paradoja: ahora mismo nos está presentando un ejemplo de la República Argentina, en donde no parece sino que Dios hubiese puesto de presidente a don Juan M. Rosas para desprestigiar el sistema republicano. Aquel estado pide a gritos un rey, y por librarse de Rosas lo recibiría de mil amores...
Todo cuanto he tenido el honor de exponer a su reverencia es tan hacedero, que me admira el que no haya sido puesto en práctica oportunamente. Volviendo a Chile, diré a su reverencia, que las ideas dominantes de este país, están en pugna abierta su sistema de gobierno, lo cuál hará, por muchos años, que las leyes republicanas solo estén consignadas en el papel, quedando para la práctica la política monárquica, que es lo que nos conviene a nosotros. Están vivas todavía entre estas gentes las ideas de nobleza, las pretensiones aristocráticas y los hábitos del coloniaje, todo lo cual asegura nuestro triunfo.
Nos han vencido en el campo de batalla, pero el campo social es nuestro, y trabajo les costará despojarse de sus costumbres monárquicas, costumbres que, sin que ellos lo echen de ver, los ponen en nuestras manos. ¡Lo importante es saber sacar partido de tan preciosos elementos!
Otro de los engaños (y esto atañe directamente a nuestra Orden) consiste en tener por muy difícil el establecimiento de la Compañía de Jesús en estas repúblicas. Sin embargo, nada es -109- más hacedero; y no parece sino que Su Divina Majestad hubiese encaminado los acontecimientos a dicho fin... Verdades que los Jesuitas han sido arrojados de aquí, como de todas las Españas, por la debilidad de un papa, que no quiero calificar, y por la estupidez de un rey imbécil; ¿pero qué han sacado con esto? Hacer más palpable la necesidad de nuestros institutos. Nosotros hacíamos limosnas con el dinero que recogíamos, y el rey nos lanzó de aquí sin crear ningún establecimiento de beneficencia. Nosotros educábamos a los niños, y un necio rey nos echó sin establecer escuelas. Nosotros prestábamos siquiera algunos libros a los señores de estas tierras, y el rey prohibía la entrada de libros. En nosotros encontraban apoyo y protección estas gentes, y de parte del rey de España solo han hallado persecución ¿cómo no habrían de echarnos menos? El mismo rey se ha encargado de vengarnos.»
Al llegar aquí, el jesuita hizo un movimiento: apretó el cuaderno entre sus manos; frunció las cejas; y sus ojos, después de chispear un instante, quedaron abiertos sin mirar hacia ninguna parte.
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«A las alternativas y caprichos de la suerte en la guerra con los sostenedores de la dominación española, se habían mezclado las rencillas y parcialidades entre los mismos patricios que ensayaban la organización de la república independiente.» |
| R. SOTOMAYOR VALDÉS. (El ministro Portales.) | ||
Volviendo después en sí, continuó:
Todo esto me ha convencido de la facilidad que hay en Chile y en cualquier otro punto de esta América para establecer un convento de la Orden, a pesar de la ley que a ello se opone ¿qué es la ley, cuando se oponen a ella los usos, las costumbres, la manera de ser y aun las creencias de los hombres? Poco menos que nada. Lo importante es apoyar esas costumbres; fomentar esos usos; avivar esas creencias, y despertar en todos los rangos sociales las pequeñas pasiones que nos favorecen.
Voy a decir a su paternidad los medios de que he tratado de valerme para preparar el campo y provocar los acontecimientos favorables. No sé si me habré sabido valer de las circunstancias; pero mis intenciones han sido rectas, y en todo y por todo, no he tenido -111- otra mira que la mayor honra y gloria de Dios y de la Orden, procurando su acrecentamiento por todos los medios posibles. No dudo de que habrá algunos necios, cuya estrecha inteligencia no alcance a comprender la necesidad de valerse a veces de ciertos procedimientos, que en las circunstancias ordinarias deben ser reprobados, y aceptados solo en las extraordinarias.
Afortunadamente no es a uno de esos ciegos asustadizos a quien escribo, sino a su paternidad que es capaz de comprender las excepciones en política, que a mi juicio, es la ciencia de los resultados sociales. Dígole esto para que su paternidad perdone lo que podría tal vez llamarse ilegalidad en los medios, en virtud de la santidad de los fines.
Vuelvo a mi tema. Estos reinos está divididos en una multitud de bandos, que en su última expresión pueden reducirse a dos: el uno dominado por las perniciosas ideas del siglo XVIII; y el otro en el cual no han prendido estas ideas desorganizadoras. El primero que se llama a si mismo liberal, hace por introducir toda clase de innovaciones; y el segundo, pugna por sostener las instituciones antiguas, de donde le viene el calificativo de retrógrado, «que sus enemigos le dan.»
Ambos luchan por hacerse dueños del poder para dirigir a su modo la marcha social. Yo he creído deber apoyar mi acción aquí en Chile en este último partido, y esto mismo he aconsejado a mis hermanos de los demás estados americanos. Este bando es llamado aquí en Chile el partido pelucón, o de los viejos; por consiguiente, yo soy pelucón hasta los huesos, aunque por encima parezca un liberal, por razones que diré después. Por ahora quiero seguir hablándole de los medios que he puesto en práctica para asegurar nuestro futuro imperio en estas comarcas, que son los mismos que a mi juicio, conviene emplear en los demás países de origen español.
Uno de los principales medios consiste en trabajar por que estos gobiernos sigan el sistema restrictivo, y persigan esas ideas llamadas liberales, que desvirtúan el espíritu de obediencia ciega y de entera y santa confianza en los superiores, todo lo cual es tan necesario al progreso de nuestra causa. Su reverencia sabe muy bien que un gobierno fuerte pone al pueblo a nuestra disposición, especialmente cuando aquél se apoya en el clero, que es lo que por lo común sucede en estas Américas. Tengo muchos amigos en el clero chileno, y todos son de mi misma opinión. Tenemos -112- por norma el solicitar el apoyo del gobierno y del partido dominante, aun cuando este sea el partido liberal. Si el gobierno es de gentes sosegadas, tranquilas, religiosas, y sostenedoras de los fueros y derechos de los sacerdotes, les prestamos de veras nuestro apoyo, ya sea en el confesionario, en el púlpito, en la plaza pública, en el estrado, etc.
Para esto, es menester que estas repúblicas se den constituciones semimonárquicas, como ya lo ha indicado el célebre político, el cristiano sin par, el piadoso autor del Genio del Cristianismo. Este nuevo tertuliano ha demostrado evidentemente que la mejor manera de mantener la influencia del gobierno europeo en estas Américas, es hacer por que estas repúblicas no imiten a los Estados Unidos del Norte, cuyas constituciones se oponen a las sagradas prácticas y costumbres de la tradición europea, y al desarrollo de las verdades católicas. Conforme con este pensamiento trabajamos aquí los amigos del buen orden y de la religión. Me he hecho político, y cuento con buen número de amigos en todos los rangos de la sociedad, amigos que trabajan sin cesar en la santa obra de contener a los exaltados y de tener a raya las pasiones políticas, atizando por otro lado las que convienen a la realización de nuestros justos deseos. Con constituciones restrictivas, estos estados serán sombras de repúblicas, y pueblos y gobiernos serán, con el tiempo, nuestros súbditos.
Porque conviene advertir que no porque nos unamos con el gobierno hemos abandonado al pueblo. Al contrario, trabajamos constantemente en la viña del Señor, para encontrar ahí un sólido apoyo, por si un cambio de circunstancias nos pusiera mal con las autoridades. En estos países, el pueblo y el gobierno son dos resortes que conviene templar y contraponer cuerdamente.
Su Reverencia debe suponer que nos oponemos con todas nuestras fuerzas a la introducción de los libros heréticos, a la propaganda de ideas subversivas y contrarias al santo principio de autoridad, y a todo cuanto tienda traer con el tiempo la maldita libertad de cultos, que sería la ruina de nuestras esperanzas, si es que un verdadero hijo de San Ignacio sea capaz de perderlas alguna vez.
He conseguido que se establezca, a imitación de lo que se ha hecho en España, una rigurosa censura, tanto para los libros que se introducen al país, como para los muy pocos escritos que aquí se publican. Contra los escritos políticos, que son los más, oponemos [...]2 -114- el confesionario, el consejo privado, las prohibiciones bajo pecado mortal, las excomuniones y el púlpito. Varios señores curan trabajan en esta santa obra, que, andando el tiempo, producirá sabrosos frutos, y en la cual nos ayudan los gobernantes mismos, cuyas creencias a este respecto tratamos de mantener en toda su viveza.
Tampoco ignora su reverencia, que para dominar con el tiempo a una sociedad, debe principiarse por inocular en el niño el santo amor al orden y el espíritu de sumisión. A este fin, nos empeñamos los amigos para conseguir la dirección de la instrucción primaria. Las más acreditadas escuelas de Santiago están en los conventos; y en cuanto a los maestros de esta ciudad y de las comarcas más lejanas, puedo decir que me pertenecen. Hagámonos dueño del niño en la escuela, y nos pertenecerá cuando sea hombre. Castiguémosle allí con el azote, y cuando sea hombre nos temerá. Estos castigos corporales son además de gran provecho, porque matarán en su germen el espíritu de insubordinación, y docilitarán poco a poco a las gentes. Yo he conseguido varias plazas de maestro de escuela para sargentos españoles, que hoy las ocupan, y, a fe que andan listos en cumplir mis órdenes. Puedo decir a su reverencia, que merced a nuestros esfuerzos, se ha conseguido que los españoles sigan golpeando a estas gentes, aun después de llamarse republicanos.
En cuanto a la instrucción superior, hacemos por que se siga el mismo sistema. Los azotes no solo sirven de estímulo para el estudio, sino de correctivo para las pasiones tumultuosas, que es menester curar entre los jóvenes, que con los años influirán en los destinos de estos países. Cuando ellos sean mandantes, se acordarán que han estado bajo nuestra férula, y este recuerdo doblegará la cerviz de los más orgullosos, y conservará en su docilidad a los espíritus tranquilos. De todos modos, los seguiremos manejando como niños de escuela, pues el uso del látigo, de la barra, de la prisión y demás penitencias corporales, impuestas al tiempo de desarrollarse el niño, conservan en su espíritu una saludable influencia. Su reverencia no ignora, que el carácter y todos los actos de la vida de un hombre conservan el sello impreso en la primera vida; por esto digo yo siempre: criemos a los niños, si queremos ser después dueños de los hombres, sin que ellos mismos lo echen de ver.
Mientras no consigamos establecernos de firme, otra vez en estas comarcas, no podemos pretender la creación de escuelas y colegios -115- jesuitas. Esto sería exponerse a malas consecuencias por ahora; pero, obrando con paciencia, podrá arribarse a un buen resultado. Encaminemos los acontecimientos, y los hechos se sucederán a pedida de nuestros deseos. Yo, en cuanto a mí, creo que no está muy distante la época que se establezca en Chile colegios de jesuitas; y cuando esto suceda, se habrá dado un gran paso, porque, educada la juventud de la aristocracia, según conviene al bien de la religión, obtendrá luego la Compañía, sólidos apoyos entre las familias principales de estas repúblicas; apoyos que no solo le darán fuerza moral y crédito, sino también el dinero que tan necesario suele ser siempre para la prosecución de nuestras apostólicas faenas. Al mismo tiempo, salgo de cuando en cuando a dar misiones por los campos. Es incalculable lo mucho que se gana con esto. Puedo decir, que en un año recojo la cosecha de buenas ideas que se sembraron en el anterior... Por todas partes nos reciben con los brazos abiertos, y las palabras de «Santos Padrecitos Jesuitas» están en boca de todos... Verdad es también que no solo les llevamos los remedios del alma sino los del cuerpo, pues se despacha un regular botiquín en cada misión.
Creo inútil decir a su reverencia, que recetas y drogas se dan siempre gratis por nosotros, y ya sé por experiencia cuán buenos resultados produce lo que se despacha gratuitamente».
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«Si se hiciera extracto de la crónica extranjera, de los diarios clericales de Chile, se vería con toda claridad, que existe entre nosotros esa propaganda tan siniestra como insensata contra el corazón de nuestras instituciones republicanas» |
| (EDITORIAL DE «EL
FERROCARRIL» Setiembre 17 de 1871.) |
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Después de haber puntuado, corregido y numerado atentamente los párrafos escritos, el padre tomó un cortaplumas, limpió y compuso con cuidado una de las plumas de ganso que había sobre su mesa, y prosiguió su carta en estos términos:
«Hoy el gobierno de este país es un atado de imbéciles; (perdóneme la expresión). Los liberales se han adueñado de los destinos públicos, y creen poder regir estos pueblos, sin caer en los precipicios que ellos mismos se labran por sus propias manos. Pero yo no creo que pasará un año sin que abandonen el mando, porque estos locos saben tanto de achaque de gobernar como por los cerros de Úbeda.
Figúrese su reverencia, que se han atrevido a molestar al clero. No contentos con haberlo desposeído de sus temporalidades para -117- atender a los gastos de la tierra contra la madre patria, tienen las más absurdas pretensiones respecto de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Para ellos, la iglesia no es madre cariñosa que debe dirigir todos los asuntos de la nación sino una especie de instrumento que debe obrar bajo la mano del poder civil. ¡Mire qué ideas! Quieren poner a los ministros del Señor bajo la misma férula que a los demás ciudadanos de la república, porque hay gentes tan sin la cabeza, que en su exaltación política, afirman que todos los habitantes del Estado deben ser iguales ante la ley, sin exceptuar ni al señor Obispo. Para ellos no hay más ley que la civil, y no se acuerdan para nada de las leyes eclesiásticas.
Niegan la obligación que el poder civil tiene de hacer obedecer a todo trance las leyes divinas, y desconocer la autoridad de nuestra santa Madre, la Iglesia, en los asuntos públicos, diciendo que sus sagrados ministros no deben inmiscuirse en los negocios del gobierno. ¡Como si hubiese gobierno que pudiese marchar con acierto sin esa sabia dirección que solo la Iglesia Santa sabe dar a los asuntos políticos! ¡Como si hubiese alguna potestad civil más digna de gobernar a los hombres que la potestad de los encargados por Dios para conservar el orden en este mundo, y encaminar a la humanidad hacia la mansión eterna!
Lo importante es arrancar de manos de estos liberales (o pipiolos como los llaman) la dirección suprema del país, para lo cual nos valdremos de la reacción monárquica en que actualmente se empeña el partido pelucón, que es el bando de la gente rica y bien nacida del país, con cuyo favor contamos los amigos del orden y de la religión. El triunfo de este partido es nuestro triunfo, y por esto le ayudamos con todas nuestras fuerzas. La lucha será encarnizada, pero la victoria será nuestra; porque, a pesar de las ideas Volterianas que dominan en algunos círculos, la generalidad del país está con nosotros. La educación que España dio a estas colonias nos favorece grandemente, y esto es una prueba de cuanto vale educar al niño para hacerse dueño del hombre. No dudo, pues; que los pelucones subirán al mando, y entonces... Pero prosigamos la exposición.
He dicho a su Reverencia poco ha, que aunque soy pelucón, parezco pipiolo. No extrañe esto, porque como necesitamos trastornar este gobierno de herejes, es natural que me haya hecho uno de sus amigos más íntimos. Esta es la más acertada de las oposiciones, porque se hace sin ruido y sin mal ejemplo. Pinto es -118- un hombre de lana; me estima sobremanera, y oye mis consejos con entera docilidad. Por consiguiente, no me es difícil hacerle obrar según nuestras miras, introduciendo en su círculo ideas que nos favorezcan, y empujando a todos esos maniquíes a cometer desaciertos para que sobre ellos caiga el ridículo y el desprestigio. Por otra parte, atizamos el descontento del país, descontento que en estos pueblos se convertirá en rabia feroz, siendo bien manejado. De esta manera pondremos de relieve ante estas gentes la ineptitud de sus mandantes, con lo cual encontrarán después, más de la mitad hecho, las armas de los pelucones... Sin embargo, ¡qué dicha sería para mí, hacer que este necio gobierno cayese sin que hubiese para qué derramar una sola gota de sangre! Con dolor de mi corazón, y solo por la conservación del imperio del orden, puedo aceptar los medios extremos. Pero ¡que la sangre caiga sobre los que nos obligan a redimir de este modo nuestros fueros y derechos hollados!
Ahora, se dirá su Reverencia. -¿Y de dónde saca el padre Hipocreitía el dinero necesario para estos gastos? -Voy a decírselo: -Para las misiones, da el gobierno eclesiástico: para otros gastos, me valgo del fruto de mi industria. En primer lugar, aquí hay monjas ricas, y tengo a mi disposición dos sindicatos que producen no poco. En segundo, ahí están esos señores cuyos abolengos hemos descubierto, que nos protegen. En tercero, las confesadas de donde sacamos algo... Para gastos mayores, hay esperanzas de conseguir algunos legados, que hoy serían nulos, pues la ley no admite a los jesuitas en Chile, aunque los chilenos no los aborrecen. ¡La ley caducará al fin! Sí, reverendo padre, caducará esta impía ley.»
El padre se quedó pensando con la vista clavada en el techo. Enseguida se puso a escribir.
«En estos momentos trabajo por arreglar un matrimonio que nos producirá una buena renta. Se trata de casar a don Melitón Sandoval, a quien su reverencia conoce, con una rica heredera, a cuyo padre le hemos encontrado nobles ascendientes en España. El bueno de don Marcelino de Rojas (que así se llama el padre de la niña) dará sus haciendas a don Melitón. Su reverencia sabe lo que es este caballero: así, no tengo para qué decirle, que su riqueza será como nuestra.
El pobre don Melitón está como ha sido toda su vida. ¡Benditos sean todos los hombres como él! Es uno de nuestros más -119- valientes afiliados (pues como su paternidad sabe, él pertenece a los humanos de ropa corta): quiero decir, que nuestro don Melitón es de los más atrevidos en esto de dejar que con él se haga todo cuanto sea menester para la mayor honra y gloria de Jesús y de la Compañía.»
Cuando el padre hubo llegado aquí, cerró el cuaderno; y metiéndolo otra vez en el fondo de la caja, cerró ésta con la llavecita que guardó cuidadosamente en su bolsillo. Hecho esto, tomó su sombrero y su bastón y salió a la calle.
El infatigable espíritu de aquel hombre que lo hacía obrar sin descanso en el logro de sus miras, daba a su fisonomía cierto aire de profunda meditación, que la generalidad traducía por ascetismo. Nadie que lo hubiera encontrado a su paso se habría figurado el modo cómo este sacerdote empleaba sus horas. Todo el mundo admiraba su mansedumbre y su bondad, su rectitud y su decisión por la propaganda de las ideas evangélicas entre la multitud ignorante. Su desinterés era proverbial, y jamás recibía las limosnas que por sus misas solían enviarle. Nunca negaba un consejo a quien lo pedía, y en todos los círculos se hablaba de la solicitud con que el buen religioso servía al menesteroso. Sus sermones eran escuchados con avidez, y todos los días se publicaba en los periódicos las obras de caridad en que había tomado parte. Por último, se hablaba de sus trabajos apostólicos; de los felices resultados de sus misiones en las provincias del sur, y de lo útil que sería al país la adquisición de otros padres como éste.
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| Corrida del Guapo. | ||
Bien recordará el memorioso lector, que al fin de uno de los capítulos anteriores, hemos dejado al señor don Cándido de la Rueda, en compañía de su esposa, doña Estrella Clavijo, pisando los umbrales de la casa del señor Rojas. Apenas hubo entrado al gran patio exterior, cuando don Cándido llenó toda la casa con su poderosa voz:
-121--¡Qué es de mi compadre Marcelino! -gritó-. ¿Se levantó de la cama, compadre?
-¡Aquí estoy! -respondió don Marcelino, saliendo de su cuarto con un mate en la mano-. ¿Cómo puede usted creer que a estas horas me halle yo en la cama?
-Hemos venido a visitarlo con Estelita -dijo don Cándido volviéndose hacia donde creía que estaba su esposa; pero no viéndola allí, (pues la señora había entrado a las piezas de doña Trinidad) prosiguió-: -Quiero decir, compadre, que esta mañana ordené a mi mujer que viniera a visitar a mi comadre Trinidad, pues yo tenía verdaderos deseos de hablar con usted.
-A tiempo llega compadre. Pase para mi cuarto. Tomaremos mate.
-Y como mi mujer me obedece en todo, al momento se caló su faldellín y su peineta alta -continuó don Cándido.
-Ojalá la mía me obedeciera lo mismo -refunfuñó don Marcelino.
-Pero no crea usted -prosiguió aquél, chupando el mate que don Marcelino le había pasado-: no vaya a creer que yo permito que Estelita se componga demasiado, porque esto no deja de tener sus peligros, mayormente cuando uno a cada paso se encuentra con mozalbetes que andan a caza de mujeres bonitas, como si un hombre de mi temple se casase para que sus mercedes... No, amigo, no; con sus castañitas y su peineta alta basta y sobra para andar con susto por esas calles... ¡Ah! ¡Compadre Marcelino! ¡Es mucho trabajo esto de tener una mujer que...!
-Ahora considere usted -interrumpió el otro-, cuál será el trabajo de tener dos mujeres, como yo tengo.
-¡Usted! -exclamó abriendo tamaños ojos, don Cándido-. ¿Se ha vuelto cacique, compadre? ¡Dos mujeres!
-Hablo de mi mujer y de mi hija.
-¡Ah! Eso ya es otra cosa. ¡Ja, ja, ja! Yo había creído que usted... Pero, yo me refiero al sobresalto de tener una mujer bonita:.. y después de todo, ¿cómo están mi comadre y mi ahijada?
-¿Cómo están? Siempre en contra mía...
-¿Ellas? Pues juraría que eran unas palomas sin hiel, como mi Estrella; que no lo había de decir yo...
-¡Ah! Compadre, parece que usted ignora que las mujeres tienen revés y derecho, y que solo sabe mirarlas por el lado bonito; pero yo que sé verlas también por el revés, pienso muy de otro modo.
-122--Ya entiendo -dijo don Cándido poniéndose un dedo en la frente-; ¿mi comadre suele desconocer la autoridad marital? ¿He adivinado, eh?
-¿Cómo es eso de suele? -dijo don Marcelino-. ¡Lo hace a cada rato! -exclamó con reconcentrada cólera, dando un puñetazo sobre el brazo de su silla.
-¡Malo es eso compadre! Es preciso poner un pronto remedio a tamaño desorden. Acuérdese usted de que es el jefe de la familia... ¡Yo soy muy delicado en este punto!
-Y ¿qué saco con acordarme, cuando estas mujeres me desobedecen en lo principal?
-¿También mi ahijada? ¡Lo que es el mal ejemplo! ¿Qué cosas estarán ahora hablando de nosotros? -se preguntó don Cándido moviendo la cabeza-. Pero dejémoslas decir lo que quieran, allá lejos de nosotros. Lo importante es que no alcen la voz en nuestras barbas.
-El caso es que la Trinidad me contradice de frente -dijo don Marcelino con voz sorda.
Al oír esto don Cándido se alzó de su asiento y con aire indignado dijo:
-¡Eso no se le puede permitir a la mujer!
-¡Pero, compadre, si ella me contradice sin que yo se lo permita!
-Pues entonces, usted tiene la culpa.
-¿Yo? ¿Yo la tengo?
-Usted: porque se ha dejado dominar por la mujer, las cuales, como usted debiera saberlo, una vez que se han puesto los calzones, no se los quitan jamás, y visten al pobre marido con su propio faldellín. Por esto es, que desde un principio debe el hombre portarse firmecito con ellas, y enseñarlas a mantenerse siempre a raya, como yo tengo enseñada a la mía. Estrella suele tener a veces arrancadas mujeriles; pero al fin se ve obligada a doblar la cerviz ante mi inflexible voluntad. usted es tal vez demasiado suave con mi comadre.
-Confieso que no soy tan severo como debiera -respondió el grosero viejo-, porque lo más que he hecho, ha sido amenazarla un día con esa tranca que está detrás de la puerta.
-¡Oh! Eso es ya algo -dijo don Cándido mirando la gruesa tranca-; pero hay mujeres que no se componen sino por las vías de hecho. Yo no he necesitado de eso para con Estelita; pero ¡ya se ve! Le canté la cartilla el mismo día que nos casamos, y desde entonces -123- la he tenido en un brete; por eso es que no hay pleito que ella me gane ahora; y la pobrecita está cada día más sumisa y querendona.
-Pues lo que es a mí -dijo don Marcelino-, la Trinidad pretende ganarme este último pleito.
-Es preciso, compadre, no darse por vencido jamás para conservar intacto el honor de jefe de la familia. Los hombres casados debemos manifestar que tenemos carácter. Aquí me tiene usted pronto a secundar sus miras, cualesquiera que sean; y mientras ellas allá en la recámara hablan mal de sus maridos, nosotros discutiremos aquí lo que debemos hacer para que no se salgan nunca con la suya, que es la principal obligación de todo marido celoso de su dignidad. ¿Dígame ahora de qué se trata?
-El caso es que la Trinidad se opone a que yo establezca convenientemente a mi hija.
-¿Mi ahijada?
-Su ahijadita, compadre, a la cual se le ha antojado enamorarse de un mozalbete que no tiene donde caerse muerto.
-Pues no hay más remedio que poner al pretendiente de patitas en la calle, y decirle: «amiguito, usted está demás en esta casa.» Si usted, compadre, no se atreve, yo se lo diré clarito: para eso la niña es mi ahijada y no tengo pelos en la lengua.
-¿Cree usted que no soy capaz de eso? -interrumpió don Marcelino-. Pues sepa que ya lo he arrojado de mi casa.
-¿Y persiste siempre en su propósito?
-Como de primeras.
-¿Pero está usted seguro?
-Sé que platica con Lucinda por la ventana.
-¡Ah! compadre! ¿Conque el asunto es ya de ventanas? -dijo sonriendo don Cándido-. Entonces mi ahijada ha pasado el Rubicón, y es más difícil ganarle el pleito. ¡Ah niñitas ventaneras! Yo, casi prefiero verlas arrancarse por la misma puerta, a que estén siempre asomadas a la ventana. Pero es preciso no desmayar.
-Yo no desmayo, y he estado por aguaitar al mocito y decirle de otro modo que con la boca...
-Ya entiendo -dijo don Cándido, al ver el grosero ademán con que su interlocutor acompañó sus palabras-. Pero es el caso que usted no debe exponerse.
-Tiene usted razón, porque ha de saber que él es hombre de espada.
-124--Entonces, es mejor buscar a otro que haga entrar en su deber al mocito. ¿Cómo se llama?
-Anselmo Guzmán.
-¿El hijo de don Antonio, el pipiolo?
-El mismo.
-Con que usted me hubiera dicho que era pipiolo de sangre, ya yo habría echado de ver la dificultad para hacerlo desistir de sus pretensiones. No ceden ni a fuego; pero yo tengo un amigo, el cual posee un buen servidor, que es como mandado hacer para estos casos. La cosa está hecha. Voy en el momento a ver a mi amigo; él me presta su hombre, al cual pondremos en acecho cerca de aquella ventana, y en cuanto pille al pipiolito, me le da tres o cuatro porrazos bien dados, y santas pascuas; advirtiéndole que si él persiste en sus visitas, se persistirá también en los porrazos. ¿Qué le parece?
-Me gusta la idea, compadre, y la acepto.
-Entonces, manos a la obra, pues lo que ha de hacerse tarde, vale más que sea temprano.
Diciendo esto, don Cándido, tomó su sombrero y se dispuso a salir, cuando, habiéndosele ocurrido una idea de repente, dijo a don Marcelino:
-¿Sabe lo que se me ocurre, compadre?
-Hable, amigo mío, porque a mí no se me ocurre nada -dijo el otro.
-¡Ah! -exclamó riendo con satisfacción don Cándido y como diciendo para su capote: «claro es que las ideas se me han de ocurrir más bien a mí que a él.»
-Pero dígame usted, ¿qué idea es esa? -repuso don Marcelino alzándose de su asiento.
-Hela aquí: sin perjuicio de castigar el atrevimiento del mocito, le buscamos un buen marido a mi ahijada, y verá si no se corrige al momento.
-No prosiga, compadre, y sepa que yo no he tenido necesidad de que se me ocurra idea alguna para hacer todo eso.
-¡Conque ya tiene!...
-Le tengo a Lucinda un marido a pedir de boca.
-¿Es buen mozo?
-Más que eso compadre. ¿Para qué sirve un marido bonito?
-¿Es rico?
-Más todavía. Es un noble español, por cuyas venas corre la -125- ilustre sangre de los Sandovales, de los Rojas, de los Pozo Hondos, de los Oyarzunes, de los...
-¡Basta! ¡Basta, compadre! Y ahora dígame...
-Un caballero a las derechas, de la real y distinguida Orden de Carlos III -proseguía diciendo el señor de Rojas.
-Bueno, bueno; pero dígame, ¿cómo es qué...?
-Que casi ha sido ministro en España; que no se quita el sombrero ni delante del mismo rey, nuestro señor; que habla mano a mano con sus majestades...
-¿Acabó, compadre? -preguntó don Cándido que reventaba por hablar.
-Las cualidades del señor don Melitón no son para dichas en un minuto -respondió don Marcelino-; y según lo que me ha dicho el padre Hipocreitía, que es el que lo conoce...
-Entonces ¿usted no ha visto todavía a su futuro yerno?
-No lo conozco sino de oídas.
-¿Y mi ahijada?
-No lo conoce ni de nombre.
-¡Ah! Entonces ¿estará en España todavía?
-Está en Santiago. Ha llegado ahora pocos días.
-¿De veras? Me han dado ganas de conocer a un personaje tan encumbrado como éste. Ahora veo más claro la necesidad que hay de deshacerse del mocito.
En aquel momento se oyó en el patio la voz de doña Estrella que gritaba:
-¡Cándido! ¡Cándido! Ya es hora de que nos retiremos.
-¡Ah! Es Estelita -dijo don Cándido bajando la voz-. Voy a decirle que se vaya sola, para tener yo lugar de ir a... Pero no... mejor es que usted le diga, compadre, «que yo le ordeno...» no, no le diga así, sino «que le doy permiso para que se quede aquí, mientras yo voy a hacer ciertas diligencias importantes.»
-¡Cándido! ¿Estás sordo? -decía la señora acercándose a la puerta del cuarto de don Marcelino.
-¡Oh! Estas mujeres abusan de su posición -dijo don Cándido saliendo a la calle por la puertecita escusada que conoce el lector, a tiempo que doña Estrella entraba al cuarto por la otra puerta.
-Buenos días, compadre don Marcelino -dijo doña Estrella-. ¿Y Cándido? ¿Qué se ha hecho este hombre?
-Acaba de salir, comadre.
-¿Y sin decirme una palabra?
-126--Pero me dijo a mí: «que le daba a usted permiso para que hiciera mediodía con nosotros.»
-Yo no necesito permiso de nadie para esto -respondió con acento disgustado la señora.
-No lo decía por tanto, comadrita. Mi compadre ha salido a hacer una diligencia urgente.
-Entonces, tendré el placer de comer con ustedes -dijo doña Estrella volviéndose hacia doña Trinidad y su hija, que habían venido acompañándola hasta la puerta del cuarto.
-El placer será para nosotras, amiga mía -respondió con acento de reconocimiento doña Trinidad.
Y mientras las tres señoras se dirigían hacia las piezas interiores, don Marcelino quedó paseándose a lo largo de su cuarto, pensando en cómo llevaría a cabo su proyecto.
-127-
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| (REFRÁN DEL PUEBLO.) | ||
Cuentan las crónicas de aquel tiempo que, en llegando don Cándido a su casa, envió a llamar a un hombre que le servía en su chacra del Tajamar, el cual hombre era el mismo que había ofrecido a su compadre don Marcelino; y si le había dicho a éste que el tal servidor pertenecía a un amigo suyo, era porque no siempre se atrevía a confesar que tenía de tales hombres a su servicio. Por aquí echará de ver el sagaz lector las prendas del digno servidor de don Cándido, quien después de haber despachado el propio para la chacra, pidió la comida y se sentó a la mesa con tan notable apetito, que no parecía sino que estuviese animado por el natural placer que producen los nobles pensamientos y las loables acciones. Y como no tenía con quién conversar, (pues se nos había olvidado decirlo, don Cándido carecía de hijos, y toda su familia se reducía a él y su consorte) contentábase el buen señor con murmurar entre bocado y bocado:
Yo veré si el pipiolito se atreve a seguir enamorando a mi -128- ahijada por la ventanal... En cuanto Miguel le dé un par de planazos bien dados, se le espantará el amor, como se espanta el sueño a un chiquillo con un buen latigazo... Sí; le diré a Turra que le dé de plano, porque de lo contrario podría suceder una desgracia. Aunque este Miguel es tan imprudente que puede comprometerlo a uno... Pero ya está hecha la oferta y debo cumplir... El hombre por su palabra, y el buey por el asta... y además, se trata nada menos que de proteger a un honorable marido, insultado y herido en su dignidad de jefe de la familia... Sí, señor; Miguel aporreará al mocito atrevido... ¡Ja, ja, ja! ¡Cómo no vamos a reírnos a solas con mi compadre, cuando se sepa el lance!
Y don Cándido se reía, como si ya hubiese obtenido el éxito que deseaba. Una vez concluida la comida, rezó devotamente un Padre Nuestro a las ánimas, dijo el alabado; y echándose sobre su cama, que estaba en el cuarto siguiente, empezó a roncar como un bendito.
Después de haber roncado dos horas y media, de un tirón, despertó al oír ruido de espuelas en el patio. Levantose; y pidiendo que le sirvieran mate, salió bostezando hacia el corredor del patio, donde Miguel Turra lo esperaba.
-Aquí estoy, mi señor -dijo éste con el sombrero en la mano.
-Te he enviado a llamar -dijo el patrón-, para darte una comisioncita que demanda mucho secreto.
-En cuanto a eso, ya su merced sabe que soy ciego, sordo y mudo -respondió Miguel con cierta sonrisilla falsa que velaba su móvil semblante, siempre que no se hallaba dominado por las pasiones brutales y sangrientas, que formaban el fondo de su carácter-. Ahora -prosiguió-, dígame señor mío, ¿de qué se trata?
-Se trata de castigar a un mocito que tiene el atrevimiento de ir a hablar con cierta niña, por entre las rejas de una ventana, contra la voluntad de su señor padre.
-¡Ah señor!, ya entiendo -interrumpió Turra, cuyos ojos centelleaban de una manera particular-. No es la primera comisión de éstas que recibo; y soy capaz de despacharlas en un santiamén.
-Pero sin ruido alguno ¡eso sí!
-Por supuesto, sin ruido. Es cosa sencilla. Lo espero cerca de la ventana, en donde el mocito tiene la querencia; y en cuanto llegue...Dígame ¿no es en la noche cuando él se deja caer por allí?
-En la noche -respondió don Cándido.
-Entonces, la cosa es hecha; y como una cuchilladita hace tan poco ruido...
-129--Y ¿quién te ha dicho, bribón -le interrumpió don Cándido-, que le des de cuchilladas?
-¡Ah! Yo creía que se trataba de castigarlo.
-Sí; pero de una manera correccional ¿entiendes?
-Si, señor, correccional.
-Unos dos o tres porrazos bien dados, bastan; pero sin que haya derramamiento de sangre.
-¿Y si el mocito resiste?
-Entonces, repites los porrazos, pero...
-Pero de plano ¿no es esto?
-Sí, de plano, porque si derramas una gota de sangre, yo seré el primero en acusarte a la justicia. Acuérdate de que a mí me debes el estar fuera de la cárcel.
-Si, Señor, y por esto le estoy muy agradecido, y haré cuanto su merced me mande; aunque, si he decirle la verdad, yo soy de parecer que...¿Me da licencia su merced?
-Habla sin rebozo.
-Me parece que conviene hacerle siquiera una pequeña advertencia de filo, pues yo sé por experiencia, que un cristiano enamorado no obedece así no más a los planazos, por bien dados que sean.
Riose don Cándido, y luego repuso.
-A pesar de eso, obra como te digo. Nada de sangre, porque no se quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva. Y ahora dime, entre paréntesis ¿han dado con los ladrones de los caballos?
-Todavía no, señor, pero tengo esperanzas de encontrarlos.
-Es preciso que des con ellos -repuso vivamente don Cándido. -Acuérdate que he pagado todas tus deudas civiles y criminales; y que a mí me debes el estar bien con los jueces.
-Sí, patrón, sí; me acuerdo de esto todos los días que amanecen.
-Pues bien; si te protejo, es a condición de que cambies de vida y me cuides la chacra, persiguiendo a todos los ladrones que me roban, pues que tú conoces sus guaridas.
-Sí, señor: le juro que hallaré los caballos robados, o no me llamen Miguel Turra. En adelante, respondo con mi cabeza de que no le robarán ni un solo animal a su merced, como tampoco a ninguno de los otros caballeros que me hacen bien y buena obra -dijo el bandido.
-Si obras honradamente, obtendrás protección; pero de lo contrario -130- , volverás a caer en manos de los jueces. Ya sabes que se te ha seguido procesos y...
-Pero como no se me ha probado nada...
-Están probados, badulaque, los tres salteos en que te has metido, fuera del asesinato aquél de los Cerrillos; pero merced a nuestros empeños se ha sobreseído en esas causas y se te ha dejado en libertad, no para que sigas robando y asesinando, sino para que cuides nuestros intereses y persigas a los ladrones.
-Eso es lo que hago, señor -respondió el asesino con cierto aire de bonhomía-. Ya sabe su merced que he puesto algunos ladrones en manos de la justicia.
-Pero ellos te han acusado de que proteges a otros de más importancia...
-¡Ah! Señor, lo hacen de puro picados conmigo.
-Quiero creerlo así, porque si así no fuera, merecerías la horca bribón.
-Pues que me ahorquen, si me prueban algo (aunque sea como lo negro de la uña), acerca de los intereses de su merced y de los de otros caballeros que su merced sabe.
-Está bien: ya te he dicho que te irá bien si te conduces con honradez.
-Pero no puedo responder de las otras chacras, señor, porque como hay tantos ladrones... ¿Quién le pone puertas al mar?
-A mí no me importa que roben o no en las otras chacras, sino que haya orden en la mía. ¿Entiendes?
-Sí señor, entiendo bien.
-Ahora, volviendo al otro asunto. ¿Sabes dónde vive don Marcelino de Rojas?
-Sí, señor. Lo conozco de vista al caballero, y por más señas he sabido que anoche le robaron tres yuntas de bueyes.
-Sabe que don Marcelino es amigo mío.
-Entonces, le prometo que no seguirán robándole una sola pata de buey.
-Ahora es preciso que le lleves a ese caballero un papelito que voy a darte. El te dirá cómo debes obrar para obtener un éxito seguro.
Dicho esto, entró don Cándido a su cuarto, y luego salió con un papel doblado, que puso en manos del bandido diciéndole:
-Esta es la esquelita que entregarás en propia mano a don Marcelino. -131- Dile que va sin firma, porque no es prudente firmar estas cartitas.
-Sí, señor; así se lo diré.
-Ahora vete con Dios, hijo, y ten cuidado de cumplir fielmente con las órdenes que te he dado y las que te dará don Marcelino.
En diciendo esto, se puso el buen señor a tomar mate, con la más patriarcal tranquilidad de espíritu, tranquilidad que formaba el fondo de su carácter, y que no era perturbada sino por los robos que solían hacerle en la chacra, y por las vivezas de genio de su esposa.
-132-
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| ANDRÉS BELLO. (El Proscripto.) | ||
Fuera de estas cortas, aunque repetidas excepciones, la paz de que gozaba don Cándido de la Rueda era inalterable (paz que, según toda probabilidad, debía al estado del matrimonio). Porque si se ha de creer a los cronistas de aquel tiempo, la juventud del pacífico caballero había sido algo borrascosa, de cuyas mocedades le quedaban algunas señales; como por ejemplo: una cicatriz sobre el ojo izquierdo, vestigio notable de una pedrada que recibió años atrás, en cierta noche que andaba en malos pisos, amén de tres o cuatro roturas (ya soldadas) en el calvo cráneo, por haber barajado, según lo decía él mismo, con la cabeza, unos feroces garrotazos aplicados correctivamente por un guaso del sur muy celoso, y de otros chichones y cardenales producidos por los estribazos y vueltas de a caballo. A pesar de todo esto, apenas se hubo casado don Cándido, cuando se acabaron como por encanto las remoliendas, paseos -133- nocturnos y francachelas con amigos en la chacra. Cambió de vida: con el cambio de estado, y su buen padre tuvo la satisfacción de irse al sepulcro, dejando muy bien asentada la reputación del heredero de su nombre. Desde entonces, en lugar de andarse divirtiendo y gustando por esos mundos, tomó por predilecta ocupación el asistir a las iglesias. Su padre le había dicho: «que aun cuando no fuera cristiano católico, tenía obligación de parecerlo, porque en tan importante materia, no debía ir en contra de los demás, mayormente cuando sus aspiraciones eran alcanzar a ocupar un destino en el gobierno.» Así lo hacía don Cándido, y oía diariamente su misa; ayunaba los viernes; asistía a todos los sermones; no faltaba a ninguna procesión; pagaba religiosamente todas las cuotas correspondientes a las hermandades de los conventos en que era asentado, y era siempre el más devoto acompañante del Santísimo Sacramento, de cuya esclavonía era el tesorero nato.
El cuarto o quinto mate se había ya tomado el señor don Cándido, cuando oyó en el patio la sonora voz de su esposa.
-¡Jesús María! -venía diciendo la señora-: estoy cocida de calor (por donde se colige que doña Estrella era gorda). ¡Muchacha! -exclamó al entrar a la pieza, y sin contestar al saludo que su marido le dirigió al entrar-: toma mi pañolón, dóblalo bien, y mételo en la caja. Ten cuidado con no equivocar los dobleces.
-¿Cómo te ha ido Estelita? -le preguntó don Cándido-, ¿te hicieron cariño hijita?
-Antes de contestarte, te diré una cosa Cándido, ¿Sabes que me has dejado muerta de vergüenza?
-¿Por qué? -preguntó estupefacto el buen señor.
-¿Y me lo preguntas? Tú no aprenderás jamás a ser gente, ¡hombre de Dios!
-Pero, hijita, por la Virgen ¿vienes con deseos de pelear? Yo por ahora estoy con muy pacíficos pensamientos.
-¡Ya se ve! Después de lo que has hecho. ¡Enviarme a decir con don Marcelino «¡que me dabas permiso para que comiera en su casa!» Como si para quedarme aquí o allá, necesitase yo de tu permiso.
-No quise decir eso, hijita. Pasa para acá; ven a sentarte, porque estarás muy fatigada.
-No estoy cansada, no -dijo doña Estrella sentándose-: lo que tengo es incomodidad, vergüenza... ¿Qué habrán dicho Lucinda y su madre? Tal vez pensarán que yo me dejo tratar por mi marido -134- del mismo modo que ellas son tratadas por aquel macho de don Marcelino... ¡Que hombre tan antipático!
-Pero hijita, cálmate... Refréscate.
-¡Y tan pesado, y tan ruin, y tan soez! -exclamó doña Estrella acentuando sus palabras con sendas patada en el suelo.
-Es cosa decidida, viene de pelea -refunfuñó don Cándido.
-¡Pero, hombre, por Dios! Te advierto que no lo vuelvas a hacer otra vez, porque esa no es la manera de portarse con una señora.
-Te juro que no lo haré más, Estelita.
-Siempre estás jurando lo mismo; pero al otro día se te olvidan tus propósitos... ¡Ya se ve! La cabra tira al monte.
-Eso mismo digo yo, esposa mía.
-Eso mismo dices, hombre sin cabeza; pero obras al revés. En lugar de enviarme ese grosero recado, debiste haberle dicho a don Marcelino: «dígale a Estelita, que es mi hijita; que me dispense el no poder acompañarla a casa, porque tengo mucho que hacer, pero que pronto volveré a buscarla.» Así debieras haberte expresado; pero no, sino que en cuanto me vio el marrano de don Marcelino, me dijo: «mi compadre Cándido le da permiso para quedarse con nosotros»... ¡Permiso ¡Permiso! -decía la señora encolerizándose más y más...- Estuve tentada por decirle una barbaridad.
-Y habrías hecho bien -le contestó don Cándido fingiendo un gran enojo contra su compadre, al cual pensó que debía echar la culpa de lo sucedido, a fin de librarse de la cólera de su buena esposa.
-¿Por qué dices eso? -preguntó ésta.
-Porque este mi compadre es un estúpido que no tiene memoria ni para jurar en falso... ¿Conque así te ha ido a decir?
-Ni más ni menos.
-¡Que hombre! ¡Le he dado para ti el recado más cortés del mundo, y se ha puesto a inventar otro de su magín!
-Nada tiene eso de extraño -contestó doña Estrella más refrescada-, porque el tal don Marcelino es incapaz de portarse como es debido con una señora, y hasta las mismas cortesías se convierten en groseras necedades, al pasar por su boca.
-Has dado en el quid, Estelita -dijo don Cándido, viendo con placer que su esposa se iba desenojando-. Mi compadre no nació para hacerle la corte a las damas. Pero todavía no has contestado a mi pregunta. ¿Te hicieron cariño, hijita?
-135--Muchísimo, Cándido, muchísimo. La Trinidad y su hija son unas alhajas para amigas. ¡Qué carácter! ¡Qué dulzura!
-Tengo buena mano, ¿eh? Ya sabes que soy el padrino de Lucinda.
-¡Lucinda es un ángel!
-Soy de tu mismo parecer; y si no fuera porque te estoy viendo a cada rato, diría que no había visto cara más perfecta que la de esa niña.
-¡Calla la boca! ¡Te pegan muy mal las zalamerías! -contestó doña Estrella mirando a su marido con el enojo más risueño del mundo.
-Me alegro muchísimo de que te hayan cuidado -prosiguió éste-. Ya estaba pensando en irte a buscar.
-Eso es; me gusta que vayas aprendiendo. Así es como debe portarse un marido... Al fin he de lograr que aprendas de memoria la cartilla del matrimonio, porque ¿no te acuerdas? Cuando nos casamos, no sabías ni el Cristus -dijo doña Estrella riendo a carcajadas.
-Gracias a Dios que te veo contenta -exclamó don Cándido, participando de la alegría de su cara mitad.
-Lo que es don Marcelino -prosiguió la señora-, no pasará del Cristus, porque los hombres como él nacieron para la vida monástica. ¿Qué pecado habrá cometido la Trinidad para que Dios la haya castigado con ese hombre? Te aseguro, Cándido de mi alma, que cada vez que lo veo, quedo empachada para un año... y luego ¡qué aquél ángel de Lucinda tenga que sufrir los caprichos y genialidades de ese lobo marino!... ¡Porque da pena ver lo que está pasando en aquella casa!... ¿Sabes lo que hay?
-No sé nada, hijita -contestó don Cándido.
-Pues es el caso de que Lucinda se ha enamorado de Anselmo Guzmán, y éste de Lucinda; de modo que no parece sino que Dios los hubiese unido, según es lo precioso que encuentro ese matrimonio.
-¡Maluntur! Cuestión tenemos -murmuró don Cándido-. Esta mujer viene de pelea. ¡Ya digo!
¡Qué dices!
-Que a mi juicio, ese matrimonio de mi ahijada con el tal Anselmito es...
-Muy lindo; y sobre todo muy lógico. Pero don Marcelino, que es el ser más contrario a la lógica que conozco se opone tenazmente a la felicidad de su hija.
-136--Creo que ya le tiene elegido el esposo que le conviene -dijo don Cándido.
-Así se lo ha dicho a ellas mismas. ¿Qué sabrá él de amor para que se meta a elegir...? Temo que haya buscado para su hija algún marido como él... Pero trabajo le ha de costar para decidirla, porque la muchacha está firme en que será de Anselmo o de nadie; y a mí me gusta la niña porque es de carácter; y como está apoyada por la madre...
-¿También mi comadre Trinidad está de oposición? -preguntó don Cándido, porque quería aparecer extraño a la cuestión.
-¿Qué llamas tú de oposición? Está en su derecho; yo haría lo mismo en su lugar.
-Ya lo creo, hijita; pero...
-Y aun me les he ofrecido para ayudarlas en lo que pueda...
-¡Maluntur! -volvió a refunfuñar don Cándido-. Está de Dios que hemos de pelear ahora.
-Y como yo te tengo por hombre de razón y amigo de la justicia...
-Dices bien; pero advierte que...
-No he dudado en prometerles, que tú tomarás a pecho la causa de tu ahijada, y que entre los dos trabajaremos por la realización de ese bello matrimonio.
-Si esta mujer supiera lo que acabo de hacer me crucificaría -pensó don Cándido.
-¿Qué te parece?
-Lo que me parece, hijita, es que no podemos meternos en ese asunto.
-¿Cómo no podemos? ¿Con que te atreverás a dejar que sacrifiquen a tu ahijada?
-Pero Estelita, atiende...
-Y sobre todo ¿cómo te atreves a dejar mal a tu esposa? ¿No te he dicho que he dado mi palabra? ¡Ah! ¿Y pretendes haber pasado del Cristus, en la cartilla matrimonial, cuando dudas en acceder a lo que con tanta justicia te pide tu esposa?
-¡Pero, hijita de mi alma! -exclamó don Cándido juntando las manos en actitud de suplicar-. ¿Te parece prudente que nos metamos en asuntos ajenos?
-Este no es negocio ajeno: a ti te toca, en conciencia, salvar a tu ahijada y protegerla, ¡sí Cándido!
-Eso será cuando su padre muera y la muchacha quede huérfana... -137- Pero estando vivo mi compadre Marcelino, que es el jefe de la familia...
-Es que este viejo no es padre, sino verdugo.
-Estando vivo mi compadre, te decía, no me atrevo a injerirme en asunto tan delicado... Por otra parte -agregó don Cándido-, ya sabes que yo soy un hombre de orden y amigo de la paz y de la autoridad. Si la mujer y la hija se le han sublevado a mi compadre ¿cómo quieres que yo proteja esa sublevación? Ello sería atacar la autoridad paterna.
-Desgraciada de mí -exclamó doña Estrella con las lágrimas en los ojos...- ¡tonta de mí que creí encontrar en ti buena voluntad! Pero debo conocerte, Cándido, tú eres incapaz de elevarte a la altura de un regular, ¡no digo de un buen marido!
Y la señora se aplicó el pañuelo a los ojos.
-¡Válgame Dios! -exclamó don Cándido acudiendo a consolar a su consorte-. ¡No llores; tranquilízate, Estelita! Antes prefiero verte enojada que llorando.
¡Oh! Déjame llorar mi desgracia. Yo creía que solo la Trinidad tenía mala suerte -dijo sollozando la señora.
-Vaya pues, hijita, te prometo pasarme al partido femenino; pero a condición de que no llores ni te enojes.
-Pero tú, hombre sin corazón, eres la causa de mi llanto y de mis enojos.
-Lo dicho, dicho, y pelillos a la mar. Ya sabes que tengo carácter ¡sé cumplir lo que prometo, aun cuando ello sea el abandonar nuestro partido para pasarme al de ustedes ¡Mira el sacrificio que hago por ti! ¡Yo, un hombre de mi temple, jefe de familia y piedra angular de esta casa, me resuelvo por tu amor a traicionar los sagrados intereses del partido masculino!
-Después me agradecerás el que te haya empujado a hacer esta buena acción -observó la señora.
-¡Oh! -exclamó don Cándido tornándose la cabeza con ambas manos-, ¡buena acción llama esta mujer, el que un hombre de mi carácter, de mi temple, de mi condición y de mis circunstancias, proteja la rebelión femenina contra el jefe y cabeza del hogar doméstico!
-Pues bien, si estás arrepentido de haber cedido a lo que te dice tu mujer, haz cuenta de que no has dicho nada, y adiós -dijo doña Estrella dando muestras de retirarse.
-¡Qué mujer tan viva de genio! -exclamó don Cándido-. ¿Te he -138- dicho por acaso que estoy arrepentido?... ¡No: yo soy hombre de carácter, y sé cumplir lo que prometo!
-Si obras en conformidad de mis deseos, te tendré por un buen marido; pero de lo contrario, veré en ti una mala copia del antipático don Marcelino -dijo la señora con un tono entre enojado y zalamero.
Y haciendo una cortesía a su esposo que la miraba de hito en hito, se retiró majestuosamente hacia las piezas interiores. El pobre caballero, que se había alzado de su asiento, quedó con un palmo de narices y como plantado en el suelo. Tan cómico era el aspecto que presentaba, que merecía ser retratado a lo vivo por el mismo Molière. Mientras veía retirarse a su esposa con un aire que no carecía de distinción y de cierta coquetería, el pobre hombre, de pie enfrente de la puerta, con sus piernas vacilantes, los brazos caídos a lo largo del medio encorvado cuerpo, la mirada vaga, la boca entreabierta, una sonrisa muerta sobre sus labios, y meneando la cabeza, parecía la estatua de la estupidez indecisa.
Cuando su esposa se hubo perdido de vista, volvió de su alelamiento y exclamó:
-¡Ahora sí que estamos frescos! ¡En bonito estado ha dejado esta mujer al jefe de la casa! Yo mismo no me entiendo ahora, ni sé a qué partido pertenezco. ¿Soy masculino? ¿Soy femenino? Quiero decir. ¿Soy del partido nuestro o del de ellas? ¡Cuando acababa de ofrecer mis servicios a la autoridad paterna, viene el diablo en forma de mi mujer, y con sus tentaciones me arrastra al bando de la oposición, y me deja aquí empantanado y comprometido hasta los huesos, en dos bandos opuestos, sin saber a quién pertenezco; sin saber si debo en conciencia sostenerlos a ellos o ayudarlas a ellas! ¡Ah! ¡Mujeres! -exclamó al fin con exaltación y dándose una palmada en la frente-: ¡estas mujeres con sus artimañas son capaces de hacer que un hombre de mi temple no sepa al fin si es macho o hembra!
-139-
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«El clero se unía a los monarquistas y los pelucones para combatir de consuno al partido liberal.» |
| (F. ERRAZURIZ. Chile bajo el
imperio de la Constitución de 1828.) |
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Algo de lo que el discreto lector ha podido ver en la carta-diario del reverendo Hipocreitía era verdad, especialmente lo que se refería a la lenidad del gobierno para castigar los atentados contra las nuevas instituciones de que se estaba dotando al país. Esta lenidad de un gobierno que no perseguía a sus enemigos políticos era mirada por el partido pelucón como una prueba de debilidad, de la cual sacaba mucho partido. Pinto era un hombre de buena fe, candoroso y animado del más benévolo espíritu hacia sus conciudadanos. En los dos años que duró su administración no cesó de dar pruebas de su amor al país, y esa misma benignidad que los pelucones le echaban en cara, no es sino un timbre de gloria para el bondadoso patriota, que, sacrificando su tranquilidad y su vida en aras del bien público, se abstuvo de perseguir a sus enemigos políticos, y supo en circunstancias tan azarosas como las de aquella época, conservar su moderación a fin de economizar la sangre de -140- sus hermanos. A pesar de la efervescencia de las pasiones, atizadas constantemente por el partido pelucón; a pesar de los enemigos que este partido trataba de concitar cada día contra el gobierno, Pinto, después de cerradas las sesiones del congreso constitucional, indultó, el 17 de Febrero de 1829, a todos los perseguidos políticos, sin excepción alguna.
Era natural que se riese de hechos semejantes, un partido cuya política ha consistido siempre en no dar cuartel al contrario, y en valerse hasta de la traición para lograr sus fines. ¿Cómo habían de estimar la generosidad los mismos que no la conocían, y los mismos a quienes hacía obrar el odio? ¿Cómo habían de comprender esta liberal acción los mismos que, animados por bastardas pasiones, fraguaban planes liberticidas? Por esto los pelucones calificaban de candor infantil la franqueza y la buena fe del partido pipiolo; y de debilidad, el olvido de las faltas políticas y de la benevolencia para con los vencidos. No podían los reaccionarios comprender (así como tampoco comprendieron después) que era posible mandar un país sin exterminar a los contrarios; y que la ciencia de gobernar no se opone a la buena fe, a la veracidad, a la honradez, a la generosidad e hidalguía. Hay gentes que no comprenden otro sistema de regir a los pueblos, que el del terror; ni conciben otro orden, que el Statu quo; ni otra política que la de los capítulos, cubiletes, intrigas y maniobras.
Consecuentes con estos principios, y animados por su odio a las liberales instituciones, no cesaban de maquinar contra el gobierno, obrando en las tinieblas, mientras se presentaba la ocasión de hacerlo a la luz del día. Los presos políticos salidos recientemente de las cárceles, los desterrados que el indulto acababa de permitir la vuelta a sus respectivos hogares, fueron un nuevo elemento que el partido retrógrado aprovechó para soplar el espíritu de la discordia. El teatro de sus maquinaciones era Santiago, y la ocasión no podía ser por entonces más propicia, desde que el gobierno, con el fin de estudiar el modo de incrementar las entradas fiscales, se había trasladado a Valparaíso, al otro día precisamente de promulgado el indulto general.
El padre Hipocreitía que era como la personificación del partido pelucón, tenía un amigo íntimo, llamado el presbítero Cardoso, con el cual solía conferenciar menudamente sobre sus planes; pero sin darlos a conocer sino a medias, porque el jesuita no se manifestaba por entero a nadie, y seguía el sistema de ocultar siempre -141- algo, por si acaso, y de no decir jamás la verdad desnuda, aún cuando le conviniera. Era el tipo del estadista pelucón, cuyo sistema político puede definirse así: «el uso de lo malo para llegar a lo bueno.»
Vivía Cardoso en la calle de Santa Rosa, a poca distancia del convento de San Francisco, y había puesto a disposición del jesuita un cuarto interior de la casa, que éste había hecho amueblar a su gusto, y que muchas noches le solía servir de alojamiento cuando encontraba cerradas las puertas del claustro. Medía el cuarto seis varas en cuadro; su pavimento estaba cubierto con un petate de paja; su cielo de tela pintado de azul oscuro, y sus desnudas paredes blanqueadas con cal. Enfrente de la entrada se veía un gran cuadro que representaba el triunfo de San Ignacio de Loyola; en uno de sus rincones había una cama, y junto a ésta un armario, dentro del cual podía muy bien caber un hombre. En el cuarto había una mesa cuadrada de nogal, sobre la cual se veía un gran crucifijo, dos candeleros de cobre con sendas velas de sebo, un reloj de arena, un gran tintero de estaño con su salvadera de lo mismo, un manojo de plumas de ganso y una media resma de papel blanco. Por último, doce taburetes de madera blanca, forrados de vaqueta y claveteados con tachuelas amarillas, completaban este amueblado. En el respaldo de cada taburete se veía puesto un signo sobre tres letras, en esta forma:
Algunos días antes de los sucesos ya narrados, encontrábase cierta noche en el mismo cuarto, el reverendo padre Hipocreitía hablando confidencialmente con su amigo, el presbítero Cardoso.
-Tenía hambre de ver a usted -dijo éste-, y sobre todo, de hablar a solas para que me contase sus últimos trabajos. Por esto he apresurado mi vuelta de San Fernando. En aquellos mundos solo se sabe las cosas a medias... Vaya, pues, dígame padre, ¿cómo va el negocio?
-No va mal, gracias a Dios -contestó el padre, poniendo en orden -142- unos papeles que sacó de una cartera de cuero que llevaba en el bolsillo.
-Pero ¿es verdad -preguntó el otro-, que podemos contar con el ministro de hacienda?
-Don Francisco Ruiz Tagle es nuestro en cuerpo y alma -contestó el fraile con cierto orgullo-. usted sabe, amigo mío, que yo soy el confesor de su señora... ¿Está usted?
-Ya comprendo; pero...
-No nos debe quedar duda, desde que se ha prestado a nuestras exigencias. Yo estaba convencido de que mientras no hiciéramos nacer la revolución en el Sur, nada obtendríamos con estos motines de cuartel, aquí en Santiago.
-Bien pensado, padre.
-Mas para lo primero era preciso contar con el ejército del Sur, es decir, ponerlo bajo la dirección de un hombre que nos perteneciese.
-Es evidente. Ya tenemos allí de general en jefe a don Joaquín Prieto... Pero, ¿cómo es que no siendo amado Prieto por los liberales lo ha puesto el gobierno al mando de esas fuerzas?
-Todo lo hace la política y Dios, que encamina las cosas a su mejor servicio -contestó sonriendo el jesuita-. Pinto no quiere a Prieto; pero lo hemos hecho acceder a su nombramiento. Por una parte trabajaba yo, que me tiene por amigo, y por la otra, el ministro Ruiz Tagle, amigo íntimo de Prieto... Por aquí verá usted si Tagle nos pertenecerá o no.
-Ya lo veo -dijo Cardoso.
-Además, no podía Pinto sospechar segunda intención en su ministro, desde que no ignora las relaciones de amistad que median entre éste y el general Prieto.
-Perfectamente. Pinto ha creído sin duda que el interés de Ruiz Tagle nacía de su amistad.
-Eso es. A Pinto se le puede hacer tragar una torre con campanas y todo; ¡y se dicen políticos estos hombres, cuando se les puede engañar con solo mentir a medias!
-Y ¿en cuanto a los otros ministros?
-Los demás ministros de Pinto son de esos hombres inmanejables que no entran por partido. Pinto mismo está tan lleno de escrúpulos, que me ha costado trabajo conseguir que obre. Es un hombre bastante religioso, pero que se perderá por su liberalismo -dijo suspirando el jesuita-. Luego agregó: sin embargo, lo quiero; -143- y haré lo posible por salvarlo, poniéndolo mal con su partido.
-Eso es imposible.
-No tanto como le parece a usted Yo tengo bastante influencia sobre él; y como deseo su bien, lo empujaré a hacer cosas que disgusten a los liberales. ¡Ojalá fuera tan fácil establecer la armonía como lo es introducir la discordia entre los hombres!
El padre Hipocreitía estaba inspirado en aquel momento. Su compañero lo miraba con cierta admiración respetuosa.
-Además -agregó el jesuita-: he hecho por que se ponga en práctica otro medio, que con el favor de Dios, nos será de mucha utilidad.
-¿Cuál es ese medio?
-El que no se les pague sus sueldos a los soldados de la capital a fin de introducir entre ellos el descontento, y poder en tiempo oportuno aprovecharnos de su falta de recursos.
-¡Ah! ¡Ya caigo!
-El ministro de hacienda nos ayuda: solo da dinero muy de tarde en tarde. Mientras tanto se envía dinero a Prieto, quien lo da muchas veces a sus soldados como sacado de su bolsillo, o del de nuestros amigos, haciéndoles creer que no deben esperar de este mal gobierno remuneración de sus fatigas. De esto, nada sabe Ruiz Tagle.
-¡Es usted un político consumado! -exclamó Cardoso con admiración.
-Soy lo que Dios quiere -contestó el jesuita-. Nada hay por que enorgullecerse. El hombre no es más que un simple instrumento de Dios, aun en aquellos casos en que nos solemos servir de los demás hombres como instrumentos necesarios...
-Por manera que una vez preparado el campo...
-Se pone en movimiento la máquina -agregó sordamente el fraile-: Ahora dígame usted ¿cómo le fue en San Fernando?
-Muy bien. Nuestros amigos están firmes en lo prometido, y todos ellos desean de corazón que caiga este gobierno de herejes.
-¡Loado sea Dios! ¿Se vio con los curas de Rengo y de Rancagua?
-Hablé largamente con ellos y los he visto trabajar en la santa causa con un entusiasmo digno de alabanza.
-¡Dios premie sus esfuerzos!
-Sobre todo, el santo cura de Rancagua predicó antenoche un bellísimo sermón sobre la hidra de la herejía, que dejó entusiasmado a los concurrentes. Yo mismo fui testigo de los votos que -144- hombres respetables hacían por el afianzamiento de la religión y por que acabara por fin este impío desorden que los pipiolos fomentan en el país.
-El cura cumple con mis instrucciones -refunfuñó el jesuita-. Todo marcha a las mil maravillas, y hasta aquí mismo, en la capital, se nota el dedo de Dios. Esta noche veremos si se puede arreglar el golpe.
-¿Cuántos son los que han prometido venir? -preguntó Cardoso bajando la voz.
-Aquí tiene usted la lista -contestó el jesuita, pasando a su amigo un papel que sacó de la cartera.
Tomó Cardoso la lista, y se puso a examinarla mientras el padre daba vuelta a la ampolleta que había sobre la mesa, diciendo al mismo tiempo:
-Han prometido estar aquí antes de las diez, y no faltarán.
-Don Felipe La Rosa -dijo Cardoso leyendo el primer nombre de la lista.
-Sí: es el que ha hecho entrar a los demás en el complot. Siga usted.
-Don Enrique Campino...
-No es mal instrumento -refunfuñó el fraile.
-Don Pablo Silva...
-El nos promete sublevar uno de los cuerpos de infantería.
-Don Pedro Urriola...
-Aunque un tronera, puede servirnos, porque como es revolucionario de profesión... Pero siento ruido: creo que ya vienen.
Sí; ellos son -dijo Cardoso poniendo el oído.
-145-
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| GUILLERMO BLEST GANA. | ||
En aquel momento sonaron tres golpecitos dados discretamente en la puerta del cuarto.
-¿Quién es? -preguntó Cardoso.
-¡Patria, religión y honor! -respondieron desde afuera.
-Ellos son -dijo en voz baja el jesuita.
Levantose el clérigo; abrió la puerta, y entraron a la pieza las personas que se acaba de nombrar en el capítulo anterior, con excepción de don Enrique Campino, que no venía con ellos.
-¿Qué es de don Enrique? -preguntó el jesuita en voz baja, cerrando la puerta y echándole la llave, que guardó maquinalmente en el bolsillo.
-Vendrá pronto -contestó La Rosa.
-¿Y don Diego?
-Campino me ha prometido que don Diego será también de -146- nuestra conferencia. Mientras vienen, podemos hablar nosotros y tener algo adelantado.
Diciendo esto, sentáronse todos alrededor de la mesa, mientras Cardoso cortaba con las despabiladeras y atizaba las mechas de las velas de sebo.
-Los Coraceros que ocupan el cuartel de San Pablo son nuestros -dijo La Rosa dirigiéndose a Hipocreitía.
-Y nosotros podemos asegurar que mañana lo serán los Inválidos -agregaron casi a un mismo tiempo Urriola y Silva.
-Está, bien -dijo el fraile-; pero ¿bastarán estos elementos para la obra?
-¡Cómo no han de bastar! -interrumpió Urriola-, ¡cuando con la mitad de estos hombres podemos haber cera y pabilo de este gobierno de muñecos!
-¡Tronera, y siempre tronera! -murmuró el jesuita.
-¿Lo duda su paternidad? -preguntó don Pedro-: dénseme solo los Coraceros, y yo les prometo que mañana estarán en nuestras manos; Pinto y sus ministros. ¡Palabra de honor!
-Poco a poco, amigo mío -le interrumpió La Rosa-. La cosa no es tan hacedera como parece.
El capitán tiene razón -dijo el fraile.
-¿Qué no es hacedera? Yo encuentro la cosa hecha -repuso Urriola, que tratándose de una revuelta estaba en su elemento-. Sí -prosiguió-: la cosa es hecha: en diez minutos tomamos el cuartel de San Pablo; ponemos presos a los oficiales que no sean con nosotros; aunamos la tropa, distribuyendo al mismo tiempo dinero y aguardiente entre los soldados. La mitad del batallón se reparte por las calles, llamando al pueblo y castigando a los que resistan, mientras una compañía se dirige a casa del ministro, y con el resto del cuerpo nos vamos derecho a la plaza de Armas, que será el punto de reunión. Asegurado el ministro, sitiamos el palacio del Presidente, y antes de la diez del día tenemos al Gobierno en nuestras manos... Yo, hasta aquí los ayudaré, porque soy hombre mientras se trata de echar abajo a un gobierno... En lo de arreglar después las cosas, no entiendo ni jota.
Riéronse todos de la palabrería de Urriola, menos el jesuita; que parecía no oír lo que aquél decía.
-Es la verdad -prosiguió don Pedro-: yo me conozco; no sirvo palabra para esto de organizar un gobierno después de dado el -147- golpe. Así es, que en cuanto lo dé, dejo el naipe y diré: -«que talle otro.»
Tan embebido estaban en la conversación, que no oyeron los golpes que otros recién llegados daban a la puerta del cuarto. Viendo éstos que nadie contestaba, sin embargo de que oían muy bien el ruido de la conversación, dieron a la puerta dos o tres empujones, cuyo ruido introdujo la alarma entre los conjurados.
-¡Nos han espiado! -exclamó La Rosa.
-Sí; eso es, estamos vendidos -dijo Urriola alzándose de su asiento-; pero afortunadamente tenemos nuestras espadas. ¡A la defensa, amigos!
-¿Qué piensan hacer? -preguntó el fraile que participaba del temor general.
-Defendernos -contestó Urriola.
-¡No sean locos! -interrumpió el jesuita.
Mientras tanto se repetían los golpes: y el padre que quería ganar tiempo -contestó desde adentro:
-¡Ya se va a abrir! ¡Déjenme quitar la tranca!
Enseguida corrió apresuradamente hacia el armario; quitó una cuña de madera que fijaba sobre el pavimento una de sus esquinas, y haciéndolo girar en torno de la esquina opuesta, se vio que detrás del mueble había una cavidad en la pared, capaz de contener cuatro o cinco personas. Luego hizo señas a los conjurados para que entrasen allí prontamente, lo cual hicieron todos, dominados por la enérgica actitud del fraile; y haciendo de nuevo girar el armario, quedó él solo en el cuarto.
Todo esto fue ejecutado en menos tiempo del que se necesita para contarlo. El fraile entonces abrió la puerta, y no pudo contener una exclamación de sorpresa al ver a los dos amigos que esperaban.
Uno de ellos entró al cuarto con cierto desenfado natural, muy ajeno del porte de un conjurado; el otro lo siguió de atrás con aire de reserva; y en cuanto pisó el umbral de la puerta, paseó su mirada inquisidora por los cuatro ángulos de la despoblada pieza. Era el que había entrado primero, un hombre de treinta y ocho a cuarenta años de edad, alto de cuerpo, esbelto de talle, de andar arrogante y desembarazado, y de móvil y expresiva fisonomía. Su sombrero un poco echado atrás, descubría una frente ancha, alta y despejada, coronada de cabellos de color castaño oscuro. La mirada de este hombre, penetrante y maligna de ordinario, solía toma, -148- ya el tinte de aguda malicia, ya el tono de la severidad, por cierta contracción natural de las cejas ligeramente arqueadas. Su nariz larga y recta, daba a entender la persistencia de que parecía estar dotado; y en sus delgados labios vagaba una sonrisa, burlona, que a veces se convertía en una espontánea carcajada, dejando ver dos filas de dientes blancos y parejos.
-¿Qué significa esto, padre? -preguntó al jesuita, al mismo tiempo que le sacudía cordialmente la mano-. ¿Tanta reserva gasta usted con sus amigos?
-Yo se lo explicaré todo, mi señor don Diego -respondió el padre entre risueño y avergonzado.
Y mientras cerraba la puerta y daba sus dos vueltas a la llave, poniendo por añadidura una tranca, el prudente jesuita relató en cuatro palabras todo el caso a don Diego Portales, que no era otro el que acababa de llegar acompañado de don Enrique Campino.
-Padre; sáquelos pronto de la ratonera -dijo Portales riéndose del chasco.
El estante volvió a jiras sobre sus goznes, y los conjurados salieron de su escondite, risueños unos y confundidos otros por el ridículo.
-Parecen ratones saliendo de un agujero de la pared -dijo don Diego sin poder contener la risa-. ¡Buena cosa de revolucionarios!
Sentáronse en seguida a la mesa, y comenzó de nuevo la interrumpida plática. Esta vez, si bien fue la conversación menos animada, se hizo al menos mucho más seria, dominando en ella el padre Hipocreitía, que al principio había parecido no interesarse tanto en el asunto. Cada cual propuso su plan. La Rosa era de opinión de reunir más elementos, y Urriola creía que había de sobra con los ya reunidos para dar el golpe. Los otros querían esperar un poco más tiempo, y ver si podían comprometer a varios jefes del partido liberal; pero el impaciente Urriola no cesaba de decir que cuanto más temprano se diera el golpe, era tanto mejor, porque el que pegaba primero, pegaba dos veces, y que si lo querían, él estaba dispuesto a obrar desde el día siguiente.
-Yo participo de todas las opiniones -dijo el padre Hipocreitía, que quería estar bien con todos-. Yo busco siempre los términos medios: ni muy adentro que te quemes, ni muy afuera que te hieles.
-Al grano, al grano, padre -le dijo Urriola...- ¿Qué es lo que usted piensa?
-Eso es -dijo Portales-, vamos al grano.
-149--Pienso que debemos aprovechar el tiempo; pero también creo que no debemos precipitar el golpe por falta de cordura. Ya las elecciones de diputados se acercan, y en esos días antes de la elección, está para mí la época más oportuna; pues si por desgracia no logramos el todo de nuestro objeto, conseguiremos siquiera desprestigiar al gobierno introduciendo el desorden en sus trabajos electorales. Obtener algunos diputados de nuestras opiniones es como ganar una batalla. Repito pues, que si se llegase a frustrar el golpe, quedará la discordia, de la cual podemos sacar mucho partido. Nuestro deber es desprestigiar por todos los medios que estén a nuestro alcance al partido pipiolo en esta provincia, para que éste desprestigio se refleje en todo el país. Yo puedo decir a ustedes que ya el campo se está cultivando con esmero en los alrededores de Santiago según las comunicaciones que he recibido de muchos párrocos amigos.
Portales no decía una palabra; pero miraba al jesuita de una manera particular.
-Ahora -prosiguió aquél-; si salimos triunfantes, mi parecer es que se castigue a los culpables, principiando por el vicepresidente Pinto, su ministro y el intendente de Santiago...
-¿Y qué habremos de hacer con ellos si los tomamos? -preguntó Urriola.
-Pasarlos por las armas -contestó tranquilamente el jesuita.
Al oír esto, Urriola miró fijamente al fraile; Campino hizo un gesto de disgusto; La Rosa permaneció impasible, y Cardoso y Silva se agitaron visiblemente sobre sus asientos. En cuanto a Portales no hizo más que pisar por debajo de la mesa el pie a Campino, y refunfuñar entre dientes:
-Este fraile es el mismo diablo.
-Yo creía que esto era lo convenido -agregó el jesuita al notar el mal efecto que hicieron sus palabras. Y miró a La Rosa de una manera interrogativa.
-Así es -contestó éste.
-Pero hasta aquí no nos dice nada de su plan -dijo Urriola.
-Ruiz Tagle es nuestro -prosiguió el fraile-; y por su medio, podemos seguir negando el sueldo a las tropas, las cuales están ya bien descontentas con el gobierno. Freire tiene mucho prestigio entre los soldados: opongamos su prestigio al del gobierno...
-Pero Freire está en Rancagua.
-150--Tanto mejor, porque si estuviera aquí, no podríamos hacer lo que he pensado.
-¿Qué cosa? -preguntó Portales.
-Escribir varias cartas firmadas por Freire, y dirigidas a varios oficiales de esta ciudad, diciéndole que coadyuvará a la revolución, y prometiéndole estar aquí para un día fijo con tropas reclutadas en Aconcagua. Al mismo tiempo se repartirá proclamas firmadas también por el general, a quien de nada le servirá después de dado el golpe, el decir, que ni las cartas ni las proclamas son suyas.
-Bueno está todo esto -interrumpió Campino-; pero nos hemos olvidado de lo principal, que es el dinero.
-Así es -agregó Silva-: no se puede sublevar un cuerpo con las manos vacías.
-A mí me han prometido mil trescientos pesos -dijo La Rosas.
-Pero con esa suma no hay ni para principiar -observó el otro-. Yo también puedo juntar unos ochocientos pesos entre las personas que me han hablado sobre el particular.
-Yo no me había fijado en esto -dijo el jesuita-: no me imaginaba que faltase dinero para una revolución fraguada por el partido de los ricos.
-¡Ah! Mi padre -le observó Portales-: sepa usted que los ricos de este país tienen muy sensible el bolsillo. Quieren la breva pelada.
-¡Pero se trata de la conservación del país, de la religión!...
-Entre la religión y la bolsa, yo creo que más bien defenderán. lo último -observó Portales-; y temería que nuestro proyecto fracasase por falta de fondos, si yo no hubiese ya tomado ciertas medidas sobre el particular. Puedo decir a los señores jefes que me oyen que cuenten con seis mil pesos por mi parte.
-Está bien -dijo el fraile-; y si no basta esa suma, yo prometo duplicarla.
-¿Usted? -le preguntó Cardoso con un gesto que quería decir: «¿De dónde ha de sacar lo que ofrece?»
Comprendiolo el jesuita; pero solo contestó:
-Yo también tengo amigos.
Enseguida agregó:
-Ahora que los señores están dispuestos a ayudarnos en esta empresa, es preciso que suspendamos la conferencia. Después volveremos a unirnos oportunamente para acordar los detalles. Pero antes de separarnos es menester que juremos aquí delante del Cristo Crucificado, no divulgar nada de cuanto se ha hablado en este recinto.
-151-Diciendo esto, el fraile se puso de pie, haciendo la señal de la cruz y mostrando el Cristo que estaba sobre la mesa. Algunos de los circunstantes, dominados por el enérgico movimiento del jesuita, imitaron maquinalmente su acción; pero Urriola permaneció en su asiento y dijo:
-Entre militares de honor, no hay para qué hacer esa clase de juramentos.
-Yo no soy militar -dijo fríamente el fraile-: ignoro esas leyes, y no quiero seguirlas. Lo único que diré a ustedes, es, que si no juran, mañana mismo contaré a Pinto toda esta conversación. Ya saben que soy su amigo íntimo.
Los circunstantes se pusieron entonces de pie, y dijeron:
-¡Lo juramos!
Pero Urriola se quedó en su asiento, sin hacer caso de la amenaza del jesuita, quien no notó, o aparentó no notar esta circunstancia, porque no volvió a exigir más, contentándose con decir:
-¡Que Dios castigue al que falte!
Enseguida se separaron, saliendo de uno en uno de la casa. Portales fue el último que se despidió del fraile; y cuando los demás hubieron salido del cuarto, le preguntó:
-Dígame padre, francamente, ¿cree que acertaremos el golpe?
-Distingo -contestó el jesuita-. Si usted llama acertar el mejorar la condición de nuestro partido, le diré que sí; pero si cree que el acierto consiste en derrocar con esta sola intentona al Gobierno, le contesto que no, porque esto no es tan fácil, ni sería oportuno tampoco, estando tan distante nuestros amigos del sur. El golpe decisivo debe darse cuando Prieto haya traído su ejército de este lado del Cachapoal, porque entonces podemos ser protegidos por él en caso de una reacción.
-Y ¿por qué no esperar entonces que llegue ese tiempo? -preguntó Cardoso, mientras Portales contestaba con un gesto de aprobación a las palabras del jesuita.
-Porque nada se pierde con principiar desde luego -contestó éste-. Al contrario, nuestro partido mejorará notablemente de condición, que es lo que ha sucedido con las últimas revueltas. Es preciso tener al país en una constante alarma, y probarle prácticamente que este gobierno carece de prestigio y es impotente para conservar la tranquilidad pública. Los tales liberales caerán a fuerza de suscitarles inconvenientes por todos lados. Si salimos vencidos, yo empujaré a Pinto por el camino de las ejecuciones militares, y esto -152- desacreditará su administración. Si así no lo hace, verá el ejército la debilidad del gobierno, y esto nos dará mayor facilidad para sublevarlo en tiempo oportuno. De todos modos, esta revuelta engendrará la discordia, de la cual nos debemos aprovechar en favor de la causa de nuestra religión ultrajada, y del sostenimiento de nuestros fueros ajados por el bando de la impiedad.
-Tiene usted razón -dijo Portales despidiéndose y saliendo a la calle.
Al llegar a la Alameda, se juntó éste con Campino, quien lo esperaba paseándose cerca de la bocacalle.
-¡Este fraile es mandado hacer para el caso! -exclamó don Diego-. Pero nada nos importa su fanatismo, con tal que nos ayude en nuestra empresa.
-Es un hombre decidido -agregó Campino-; pero a mí me repugna alternar con él.
-¿Por qué?
-Porque es un traidor... Yo sé que visita a Pinto.
-¡Oh! -interrumpió riendo malignamente Portales-: traiciona a Pinto porque no ha jurado ante el Cristo Crucificado guardarle fidelidad. Pero como quiera que sea -prosiguió-; nos valdremos de su furor religioso para obtener nuestros fines políticos.
Mientras tanto el reverendo padre decía a su amigo Cardoso:
-Es preciso hacer creer a estos imbéciles que nosotros tomamos gran interés por sus ambiciones políticas, a fin de poder valernos de sus odios en provecho y honra de la religión y de sus ministros.
-153-
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| D. ARTEAGA ALEMPARTE. | ||
Anselmo Guzmán vivía en casa de un antiguo amigo y compañero de armas, llamado Andrés Muñoz.
Andrés era casado y tenía tres hijos; un niño y dos niñas menores. La esposa de Muñoz, Cecilia Villarreal, era un modelo de virtud, y tenía el arte de hacerse amar, no solo por su bondad natural, sino por su discreción; todo lo cual la hacía ser adorada de los amigos de Andrés que tenían el placer de visitar su casa.
Uno de los más íntimos amigos de estos felices esposos era Anselmo -154- , a quien miraban casi como de la familia, dispensándole ambos todo el cariño que el joven merecía. Andrés especialmente conservaba una especie de entusiasmo por su amigo Anselmo, quien le correspondía con toda aquella franqueza y lealtad de que es capaz un corazón honrado.
Ambos amigos habían peleado juntos en los últimos años de la guerra de la independencia, y Anselmo había encontrado siempre en su amigo (que era de mucho más edad que él) una especie de director y de apoyo, tan necesarios para un joven en la azarosa carrera militar. Jamás hubo consejos dados con mayor franqueza y sinceridad, ni seguidos con mayor puntualidad y discreción; y puede decirse que nunca hubo entre ambos amigos ninguna circunstancia que menoscabase su mutua estimación. En la amistad, el mérito busca al mérito: Andrés y Anselmo eran valientes, leales, generosos y discretos, y al conocerse y estimarse mutuamente en lo que valían, no podían dejar de ligarse con un afecto verdadero y profundo. Y careciendo el joven de familia en cuyo seno residir, accedió a las instancias de Andrés y de su señora, y se fue a vivir con ellos.
Veinticuatro horas después de la entrevista de don Cándido con su señora, que tan preocupado había dejado al primero por no saber ya a qué partido pertenecía; ambos amigos conversaban confidencialmente en el cuarto de Anselmo.
Este había contado a Andrés todo lo ocurrido en las ventanas de la casa de don Marcelino, diciéndole al mismo tiempo que estaba comprometido para ir aquella noche misma a hablar con Lucinda.
Andrés estaba pensativo. La felicidad de su amigo le tenía preocupado como si se tratase de la suya propia, Al fin dijo a éste:
-Yo no sé por qué se me ha puesto en la cabeza que ese hombre que pasó por la calle, cuando tú estabas en la ventana, era un espía.
-¿Y por qué? -preguntó Anselmo-. ¿A quién y por qué causa espiaba?
-No lo podemos saber nosotros; pero me da qué pensar el que... ¿No dices que no se sentía sus pasos?
-Así era: parecía una sombra andando; pero yo no doy importancia a este hecho.
-No, amigo mío: yo tengo bastante más edad que tú, y sé por -155- experiencia que la traición es más común de lo que se cree. No podemos saber a quien espiaba ese hombre; pero bien puede ser que fuese a ti. ¡Quién sabe si algún interesado en descubrir el misterio de tu amor!...
-En ese caso -interrumpió Anselmo-, creería que el espía era Gacetilla por su gran afición a descubrir cosas ocultas; pero ¿quién otro?...
-Vamos con tiento -le observó Andrés-: tú puedes creer lo que quieras; pero yo tengo metida en la cabeza esta sospecha, y he formado el proyecto de acompañarte esta noche.
-¿Me tienes por un cobarde, Andrés? -preguntó el joven-. ¿Crees que me puede inspirar temor un hombre ruin que se atreve a servir de espía? Te aseguro que si no estuviera mi pensamiento lleno de la dulce idea de ir a hablar con Lucinda, me acordaría de ir allí solamente con el fin de castigar al bellaco.
Mientras Anselmo hablaba, miraba de hito en hito a su amigo, quien contestó al fin:
-Me preguntas ¿si te tengo por cobarde, a mí, que te he visto pelear a mi lado? Pero, amigo mío, advierte que el valor nada vale contra la traición. Guarda tu valentía para defenderte de la valentía de otro; y emplea toda tu astucia y maña, para librarte de los que quieran atacarte por la espalda.
-¿Esas palabras en tu boca, Andrés?
-Es que tengo más años que tú, Anselmo, y además, me acuerdo de las últimas palabras de aquel viejo sargento que, a costa de su vida, me libró de ser asesinado en los Cerrillos de Teno. No sé si te he contado el caso. Mientras impedía él solo que los asesinos llegasen hasta mí, que no podía defenderlo, me gritaba: «¡mi capitán! Huya pronto, que alternando con asesinos y traidores, a cualquier valiente le es permitido tener miedo.» Estas fueron sus últimas palabras -prosiguió Andrés dando un suspiro-, pues cayó bajo los golpes de los miserables, de quienes efectivamente tuve que huir saltando por una ventana. Te aseguro, amigo mío, que para huir de aquella manera delante de los malvados que se reían de mi cobardía, tuve que hacer un supremo esfuerzo de valor. Mi primera intención fue echarme sobre ellos; pero luego me acordé de la misión que mi jefe me había encomendado, y cerré los ojos y escapé...
-No sé por qué encuentro algo de paradoja en todo eso -dijo Anselmo.
-156--Es que tu sangre bulle demasiado, amigo mío: pero óyeme y dime: ¿si tu general te mandase a una empresa difícil y arriesgada, qué pensarías?
-Lo estimaría como un honra.
-Bien dicho. Por consiguiente, mientras mayor fuera el peligro, mayor sería tu satisfacción y tu ardor por afrontarlo.
-Es evidente.
-Pues, amigo; ser valiente de esa manera no es difícil, porque para dar una carga al enemigo, para escalar una muralla, o para ir a clavar un cañón que diezma a nuestros soldados, no se ha menester más que de un poco de calor en la sangre. Tú debes saber por experiencia, que esto lo hace uno con cierto placer y empujado por el amor a la gloria; o bien, por el temor de que lo tengan por medroso. Pero hay otra clase de valor mucho más raro y de más positivos resultados, el cual consiste en cumplir con un deber, aun a riesgo de parecer cobarde.
-Según eso -dijo sonriendo Anselmo-, ¿crees tú que si somos valientes, es de puro miedo?
-Eso es, con raras excepciones.
-Y ¿en qué se diferencia el cobarde del valiente si ambos obran a impulsos del miedo?
-En que el cobarde teme al dolor físico y a la muerte, y el valiente teme a la deshonra. El miedo del uno es vil y estéril; el del otro es rico en buenos frutos. Es precio, pues, saber tener miedo para merecer el calificativo de valiente.
-¿Y en qué rango pones entonces al que ejecuta una acción valerosa, sin que sea incitado por la seductora esperanza de adquirir fama?
-¡Ah! El que es capaz de ser valiente sin que lo estén mirando es un héroe -dijo Andrés-. Pero no se trata de estas excepciones de hombres que presentan el más alto tipo de la valentía verdadera. Te hablaba del valor común de las gentes... Pero estamos filosofando demasiado: nos hemos olvidado de nuestro asunto principal. Ya te digo que he resuelto acompañarte, y te acompañaré.
-En cuanto a eso -dijo Anselmo-, suponiendo como presumes que hubiese algún peligro, (que yo no creo) no puedo consentir en que te expongas por mi causa.
-Dime -le preguntó Andrés- ¿no obrarías tú como yo lo hago?
El joven solo contestó con un gesto que significaba: «¿quién lo duda?»
-157--Pues bien -prosiguió el otro-, ¿porqué me quieres quitar que haga lo que tú harías en mi lugar? Esto es injusto, amigo mío... Me dices que no quieres verme expuesto al peligro, en caso de haberlo; y si no lo hubiese Anselmo, ¿habría yo de insistir en acompañarte? ¿Crees que yo haya de interrumpir tus coloquios? -prosiguió riendo-. No, amigo; mientras tú hablas con Lucinda, yo me quedaré detrás de la esquina.
-Pues bien -le interrumpió el joven con buen humor-, acepto tu compañía con tal que no me interrumpas.
-Es muy justo. Ahora solo te advierto que lleves tu mejor espada... Aquella que te regaló don Ramón en «San Carlos» ¿te acuerdas?
-¡Como si lo estuviera viendo! -exclamó Anselmo con los ojos centelleantes-. Es la misma espada que el general llevaba cuando dimos la última carga que decidió nuestra victoria en Pudeto... Hay momentos -prosiguió alzándose de su asiento el joven y mostrando la marcial gallardía de su persona-, ¡hay momentos Andrés, que no se olvidan jamás!
Andrés había traído diestramente a la conversación aquellos recuerdos que podían exaltar el entusiasmo belicoso del joven.
-Así me gusta verte -dijo aquél golpeando con su mano el hombro de su amigo -así me gusta verte de cuando en cuando, porque si bien es verdad que hemos de ser siempre pacíficos, también hay casos en que conviene acordarse de que uno es militar, y ha tenido el honor y la dicha de encontrarse en esa carga a la bayoneta de que has hecho mención. ¡Godos traidores! Todavía me acuerdo de cómo fueron rechazados por nuestra infantería.
-¡Qué día aquel! -exclamó Anselmo paseándose por el cuarto.
-Y ¡qué bien mereciste esa buena espada que ganaste entonces! -agregó Andrés.
-Es mi más rica alhaja -dijo el joven-: no tengo más que mi espada y mi honor... La llevaré ahora que voy a ver a mi Lucinda; ¿Con qué otra cosa de mayor mérito podría yo adornarme para ir a visitarla?