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Pilco, en busca del mar perdido


Rafael González





Hace tanto tiempo que escribí el cuento Pilco, un charquito de mar que ni siquiera recuerdo cuándo lo escribí. Como diría Eduardo Galeano, hará «añares». Y ni siquiera sé por qué lo escribí, cuál fue la chispa que lo encendió, quizá algo -una especie de aforismo apocalíptico- que solía repetir mi padre: «Un día tu hijo te preguntará: 'Papá, ¿qué era un árbol?'»; y tal vez no sea tan apocalíptico: el presidente Bush tuvo la luminosa idea de acabar con los bosques para eliminar el riesgo de incendios («a grandes males, grandes remedios», debió de pensar este Nerón incapaz de masticar galletitas y respirar a la vez). Como soy mediterráneo y he paseado por el interior de ese mar y lo he visto cada vez menos poblado, cada año más esquilmado, mi temor no tenía tanto que ver con la desaparición de los árboles como con la reducción a la nada de los mares, y empecé a imaginar un mundo seco donde apenas algún anciano y los libros, por supuesto los libros, fuesen capaz de dar noticia de aquel paraíso líquido donde bailaban las posidonias, se ocultaban las sirenas y surgían islas desiertas que albergaban siempre un tesoro. El mar era un tema tabú. Su desaparición no inspiraba ya ningún titular en los telediarios, ni siquiera una de esas noticias breves que sirven para rellenar hasta que llegan los deportes. Ya no era una palabra corta, azul, fría, sino un silencio que ponía triste. Pero Pilco soñaba con el mar, tenía sueños marítimos, su abuelo tenía la culpa, y él leía mucho, demasiado. Leía historias de corsarios, historias de náufragos que hacían fuego con dos piedras, historias de hermosas sirenas, y todo eso le llevó a imaginar.

Pilco construyó un mar en su cabeza a base de recortes de literatura y con todo lo que a su maestra y a su familia se le había ido escapando sin querer: el color azul, el sabor a sal, el olor a hierba, a pez... No recuerdo muy bien cómo lo hice, pero yo únicamente tuve que escribir la historia de aquel niño que se negaba a aceptar el silencio, el desierto. El cuento ganó mucho, lo reconozco y agradezco, con las ilustraciones del Grupo Camaleón. Lo presentamos en una feria del libro, en la Explanada de Alicante, y firmé decenas de ejemplares, muchos más de los que dedicaron los escritores ilustres aquel día invitados; claro que mi cuento se regalaba. Sí recuerdo que solía escribir: «Pilco y yo deseamos que te guste esta historia», y un niño preguntó: «Pero Pilco existe», y su madre respondió que sí, por supuesto, y yo disimulé por si la pregunta iba para mí.

No cuento el final. Hoy lo he releído intentando recordar cuándo y por qué lo escribí, cómo surgió la chispa. Sé que no debería decirlo, pero la verdad es que me ha gustado, mucho más, incluso, que los cuentos ya no para niños que escribo ahora. Será mejor o peor, pero se deja querer. Quizá porque me hace regresar a mucho antes de escribirlo, cuando yo mismo leía esas historias de corsarios que Pilco leería luego, las novelas que sucedían en islas desiertas, las que descendían veinte mil leguas por debajo del nivel del mar.

Lo único que espero es que Bush, ante el temor de que se hunda un barco repletito de marines, no decida tirar de la cadena que conduce hasta el gran tapón.





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