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Picasso en Nueva York

Ricardo Gullón





El acontecimiento artístico más sensacional de la temporada neoyorkina ha sido la exposición, en el Museo de Arte Moderno, de un soberbio conjunto de la obra gráfica de Pablo Picasso. Williams S. Lieberman, organizador de la muestra (abierta desde mediados de febrero hasta fines de abril) y prologuista del catálogo editado por el Museo, señala la considerable importancia de este aspecto del genio picassiano, que bastaría para asignarle puesto preferente en la historia del arte contemporáneo.

Picasso aprendió en Barcelona la técnica del aguafuerte y fue su maestro Ricardo Canals. Existen importantes aguafuertes suyos, precubistas y cubistas. Durante los primeros veinte años del siglo realizó numerosas obras de este tipo y puntas secas, y en 1919, sin abandonar los anteriores procedimientos, comenzó a tantear la litografía; de 1933 es El escultor y la modelo, de 1934 las Tauromaquias y El Minotauro ciego y de 1935 la admirable Minotauromaquia, todos ellos al aguafuerte.

En los años cuarenta fue la litografía su método favorito de trabajo gráfico y con él consiguió obras, en negro y en colores, tan perfectas como Naturaleza muerta y David y Bethsabé, las dos de marzo de 1947. Cediendo a la inquieta voluntad de probar sus fuerzas en todos los procedimientos, cediendo a esa curiosidad que le ha llevado tan lejos por los caminos de la pintura, y de la pintura a la escultura, al aguafuerte, a la punta seca o la cerámica, a partir de 1945 trabajó directamente la piedra. En 1920 había compuesto diversos dibujos para reproducidos por litografía, y un cuarto de siglo más tarde, a los sesenta y cuatro años de edad, decide aprender a manejarla por sí mismo, hasta que, como dice Lieberman: «después de unos pocos meses Picasso empezó a trabajar más creativamente dentro de los medios mismos, pensando en términos de litografía más bien que en términos de dibujo... Bajo la experta dirección de Fernand Mourlot, logró excelentes litografías en colores. Tras algunas tentativas y experimentos dominó rápidamente la mecánica de la impresión utilizando varias piedras».

Si los aguafuertes y litografías de Picasso constituyen una imponente masa, son pocos los grabados en madera hechos por él. Según el crítico norteamericano sólo dos de ellos -dos cabezas de Fernanda Olivier- pueden considerarse «importantes», en comparación con su restante obra gráfica, tan rica, y variada. La reciente exposición neoyorkina testimonió una vez más en favor de este discutido creador, incesantemente atraído por la invención y la aventura.





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