Piazza del Popolo


| (Texto de María Zambrano, «Jaime en Roma», en Diario 16, 21 de abril de 1990, Culturas, nº 253.) | ||
Foto extraída de Lozzi Roma.
| (Texto de Jaime Gil de Biedma en Laura Freixas, Retratos literarios, Madrid, Espasa, 1997.) | ||
Foto cedida por el Museo Ramón Gaya (Murcia).
| (Texto de Jaime Gil de Biedma, «Piazza del Popolo», en Las personas del verbo, Barcelona, Seix Barral, 1999, pp. 68-70.) | ||
Colección particular.
María ya estaba sola con su hermana. Con ella se entendía muy bien, aunque era muy diferente. Vivía muy cerca de Piazza del Popolo. Allí la acompañaban no sé cuántos gatos. Todo es significativo en esta mujer intensamente original y su amplia comprensión de la vida no se limitaba a la del hombre. También hay que considerar una especie de fraterno y franciscano amor a todas las criaturas. Nos reuníamos a veces en el Café Rosati, Piazza del Popolo, y antes de terminar la cena, María se marchaba advirtiéndonos: «Volveré». Iba a llevar comida a gatos que la esperaban en alguna esquina, costumbre de algunos romanos compasivos. |
| (Texto de Jorge Guillen, «Recuerdos de Roma en el homenaje a María Zambrano», en Litoral, 124-125-126, tomo II.) | ||
Foto cedida por la Fundación María Zambrano (Vélez-Málaga).
Era María, María Zambrano. Nuestro primer encuentro (...) se remonta a los años sesenta. Fue en Roma, en una noche primaveral, en la terraza de uno de los cafés de la Piazza del Popolo. Estaban las dos, ella y su hermana Araceli, sentadas en una de las esquinas de la terraza. Me acompañaba Enrique Rivas y a medida que nos acercábamos a la mesa de María exclamó: «¡Cuánto te pareces a tu padre!». No fue necesario que nos presentasen; sin conocernos nos conocíamos de toda la vida. Me habló de mi padre con cariño y agradecimiento; me presentó por la vida en Barcelona, por Jaime Gil de Biedma. Como muchos exiliados comprendí que había renunciado a volver a España. Hablaba de ella con distanciamiento, como si aquella tierra nunca hubiera sido suya. Era una forma de defenderse, una forma de encubrir todo menos indiferencia. Se hacía tarde y era hora de volver a casa. Vivían cerca de la Piazza y Enrique y yo las acompañamos paseando lentamente por unas calles desiertas cuyos únicos transeúntes eran un sinfín de gatos que zigzagueaban de un cubo de la basura a otro, aparecían y se escondían en portales entreabiertos o se apiñaban en torno a montecillos de comida depositados religiosamente por las «gatonas». María me confesó que en su casa tenían más de 30 gatos. Me habló del carácter sagrado de los felinos romanos. Bajo la luz de una farola Araceli nos enseñó, con ternura y orgullo, sus brazos surcados por los zarpazos de sus amorosos huéspedes. No quisieron que las acompañásemos hasta la puerta de su casa por temor a que nuestra presencia espantase el tropel de gatos que, según nos contaron, las esperaban en el portal cada noche con el deseo de que las hermanas se conmovieran e invitaran a uno más a compartir su piso. Doblaron una esquina y cogidas el brazo las dos hermanas desaparecieron en la penumbra de esa noche romana. |
| (Texto de Jaime Salinas, «Un lazo mágico», El País, 8 de febrero de 1991.) | ||
Foto cedida por la Fundación María Zambrano (Vélez-Málaga).
El primer año que pasé en Roma no quise conocer a nadie. Me mantuve completamente solo, como un paseante, como uno de esos visitantes antiguos, esos ingleses locos... Sólo me veía con María Zambrano, que vivía entonces con su hermana en la Piazza del Popolo... Visitaba a María con mucha frecuencia a pesar de que sabía que terminaría por encontrarme con gentes conocidas, porque hacía años que María vivía en Roma y conocía a mucha gente. |
| (Conversación-entrevista celebrada entre Ramón Gaya y Andrés Trapiello, 1987.) | ||




