El tren expreso de Marsella a París traía cuatro horas de retraso, por haberse roto un puente la noche antes entre Gallician y Saint-Gilles. Los viajeros llegaron a las cuatro y media a la gran capital, apeándose en la gare de Lyon, hambrientos y malhumorados. Un hombre de unos treinta años saltó el primero de un sleeping-car, y atravesando el andén antes que la multitud lo invadiese, llegó al carrefour con ese aire seguro y exento de toda perplejidad que anuncia siempre al viajero práctico en añagazas de aduanas, estaciones y caminos de hierro.
Hizo una señal al primero de los muchos coches de alquiler que en ordenada fila esperaban, y el cochero acudió presuroso, midiendo antes con la vista, de pies a cabeza, la traza del viajero. Traía este por todo equipaje una de esas fundas inglesas arrolladas en correas, que encierran tanto en tan poco trecho y bastan para guardar todo lo necesario a cualquier touriste inglés que se dispone a dar la vuelta al mundo.
El cochero pareció quedar satisfecho de su examen: entre las ricas pieles que forraban el abrigo del viajero, había descubierto su vista perspicaz lo que basta para constituir un gran personaje a los ojos del vulgo parisiense: asomaba una cintita amarilla y blanca por el ojal de su americana. Il était decoré!...
Al poner el pie en el estribo, limitóse a decir el viajero en francés muy bien acentuado:
-Grand Hôtel... Boulevard des Capucins...
El coche arrancó dando tumbos como cualquier simón de nuestra España, y el viajero no pareció experimentar esa sorpresa mezclada de admiración, curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a París, una, dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.
Arrellanóse en los almohadones de raído paño azul del coche y sin conceder siquiera una mirada al primer aliento de París, que comenzaba ya a ensordecer y atronar sus oídos, arrancando de la gran plaza irregular de la Bastilla, en que desembocan cuatro boulevards y diez calles, púsose a pasar revista con gran cuidado a los papeles contenidos en una bolsa de viaje, cuya correa le cruzaba el pecho de derecha a izquierda.
Ninguno de ellos faltaba: en la bolsa de la derecha había varias cartas abiertas, algunos papeles sueltos y un pequeño atadito de billetes de Banco; en la izquierda, un gran cartapacio, sellado con una corona real sobre lacre rojo. En el sobre decía:
A SU ALTEZA REAL, EL DUQUE DE
AOSTA,
REY DE ESPAÑA.
El viajero dio varias vueltas al cartapacio con cierta curiosidad contenida, y aun llegó a mirar al trasluz con el intento de distinguir algo de lo interiormente escrito a través del sobre. La satinada superficie del rico papel de hilo no dejaba, sin embargo, traslucir su secreto, y el viajero tuvo que contentarse con leer una y otra vez aquellas letras gordas y corridas del sobrescrito, trazadas por una mano más acostumbrada a firmar y anotar que a escribir extenso, y tan orgullosamente italiana sin duda, que anteponía el triste ducado de Aosta a la Corona real de España.
El coche había cruzado, mientras tanto, el bulevar Beaumarchais y el de Filles du Calvaire, y llegado al del Temple, sin que el viajero hubiera dirigido una sola mirada a las magnificencias que va presentando París a los ojos del que llega, a medida que se avanza hacia el bulevar des Italiens y el de Capucins, centro vertiginoso de la gran Babilonia y lupanar dorado y perfumado donde acuden a revolcarse, a costa de su oro, el vicio y la locura de los cuatro ángulos de la tierra. Allí la calle se convierte en plaza, la acera en calle; la multitud en torrente que se precipita con cierto relativo silencio por entre dos paredes de cristal, formadas por los escaparates inmensos de las tiendas atestadas de cuanto puede dar de sí la industria humana para transformar lo superfluo en necesario, lo elegante en fastuoso, lo precioso en maravilla, la vida en fiebre de vanidades locas y concupiscencias monstruosas.
El viajero, abismado en sus reflexiones en medio de aquella multitud inmensa, cuyo rasgo característico es el de ofrecer siempre el aspecto del ocioso que corre en pos del placer y no del que marcha en busca del trabajo, había acabado por sacar una carterita de piel de Rusia y puéstose a ajustar en ella enmarañadas cuentas. Al frente de una hoja escribió esperanzas y al frente de la otra realidades, y así, debajo de aquello que sin duda esperaba, como debajo de aquello otro que al parecer poseía, comenzó a amontonar guarismos que formaban números y estos a su vez sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que se confundían en caos aritmético, y vinieron a producir al cabo en la columna de las esperanzas, bajo una raya horizontal, esta cifra preñada de misterios: Doscientos mil duros y una cartera. En la hoja de las realidades, el resultado no necesitaba interpretación alguna; decía simplemente: Cero.
Y como si todavía hubiese podido deslizarse en aquella absoluta carencia de realidades algún error ilusorio, el viajero, rascándose a veces un momento con el extremo del lápiz la ancha y hermosa frente, prosiguió trazando guarismos y haciendo cálculos, hasta tirar otra raya horizontal, derecha, negra e inflexible como un destino adverso, por debajo de la cual apareció esta vez algo menos que cero, una cantidad negativa, una deuda formidable, que era, sin duda alguna, la única realidad con que aquel hombre contaba en el mundo:
¡150.000 duros al 15 por 100!...
El viajero quedóse un momento mirando aquella cifra angustiosa, y apretando el lápiz entre sus blancos dientes, hasta romperle la punta, apartó al fin los ojos como asustado, para fijarlos en el golpe de vista más admirable que puede ofrecer la inmensa Babilonia de París.
El coche atravesaba entonces la Plaza de la Concordia, regada con la sangre de María Antonieta y Luis XVI; al frente se extendía la calle Real, cerrada en el fondo por la soberbia fachada de la Magdalena, descansando sobre sus cincuenta y dos gigantescas columnas corintias; a la espalda, el palacio Borbón, asomando por detrás del puente de la Concordia, rodeado de jardines y de estatuas; a la izquierda, la avenida de los Campos Elíseos, cerrada a enorme distancia por el Arco de la Estrella; a la derecha, del lado de acá del río y entre los frondosos jardines imperiales, lo que quedaba entonces de las Tullerías: algunos muros calcinados por el incendio, un tremendo desengaño histórico, una imagen de la majestad real, abofeteada, escupida y asesinada a garrotazos por Rochefort y Luisa Michel; y en medio de la plaza, levantándose entre las dos fuentes monumentales, como un gigante de otras edades, el decano de París, el obelisco Lucsor, el amigo de los faraones, el testigo de las épocas fabulosas que cuenta por meses las centurias y se ríe, acordándose de sus momias egipcias, de aquel hormiguero humano que a sus pies se agita, haciéndole repetir lo que puso años antes un poeta en su lengua de granito:
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El viajero pasaba por toda la vista sin fijarse en nada, con esa indiferencia con que se mira lo que hasta la saciedad nos es conocido. Tan sólo al salir de la calle Real asomó curiosamente la cabeza, y sus ojos buscaron a lo lejos la famosa terraza del Petit-Club, más familiarmente Baby, que domina toda la Plaza de la Concordia y es punto de reunión y observatorio predilecto de la haute gomme parisiense.
El día estaba magnífico, y bajo un pabellón de dril, listado de blanco y rojo, veíanse algunos socios del club fumando y conversando; en la balaustrada de piedra que da a la plaza, dos o tres jóvenes echados de bruces veían desfilar los carruajes que por la calle de Boissy d'Anglas se dirigían al Bosque. El viajero experimentó al ver el pabellón del Círculo cierto impulso de alegría, y por un movimiento espontáneo, que tenía mucho de pueril, quitóse el sombrero como para saludarle a tan enorme distancia, con tanto respeto y entusiasmo, como si a su sombra hubiera de encontrar lo menos... 150.000 duros al 15 por 100, que daban por suma total los varios sumandos de sus realidades.
Sin duda, sabía muy bien que en el Petit-Club, en el inocente Baby, se jugaba gordo.
Al descubrirse el viajero, quedó por completo a la vista su fisonomía, presentando un extraño prodigio... Hubiérase dicho que lord Byron en persona, abandonando su tumba de Nottingham, atravesaba la plaza de la Magdalena en un coche de alquiler, saludando el pabellón del Baby cual si fuera la bandera de Inglaterra.
Tenía aquel hombre la misma hermosura varonil del gran poeta, la misma bella cabeza airosamente puesta sobre un cuello nervudo, dispuesto siempre a enderezarse con la altanera inflexión del desdén. Formaba su rostro el mismo óvalo perfecto, con la barba un poco saliente, los ojos pardos hermosísimos, el cabello castaño, encrespado en artísticos remolinos naturales sobre una frente ancha y nobilísima, que parecía hecha expresamente para ceñir los laureles de una corona. Crispaba sus labios en ambas extremidades aquel pliegue oblicuo, huella de la amargura, del desprecio, del escepticismo, del vicio cansado siempre y no satisfecho nunca, que aparece tan al vivo en los buenos retratos de Byron, como si por allí se deslizaran todavía aquellas abrumadoras palabras de su último lamento:
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Dos cosas faltaban, sin embargo, al viajero para hacerle en todo semejante al poeta gran señor: su pie izquierdo no cojeaba, ni brillaba tampoco en su frente el rayo de genio que inspiró Childe Harold. Si por un prodigio del cielo era Byron aquel hombre, había vuelto sin dudas al mundo dejándose en Nottingham su genio y su cojera, y trayéndose tan sólo la hermosura de sus veinticinco años y los vicios de toda su vida. Aquel Byron no hubiese ido a la Grecia para liberarla, sino para explotarla; en sus ojos no brillaba el ansia de lo ideal, sino el reflejo de la sensualidad ansiosa de encontrar dinero.
Todo en él era, sin embargo, elegante y aristocrático, y desde las correas de piel de Rusia con hebillas y asa de plata que sujetaban su exiguo equipaje, hasta la cartera de la misma piel en que había ajustado sus cuentas de realidades y esperanzas, revelaban ese señoril lujo de nimios detalles, propio de las personas nacidas y acostumbradas a vivir siempre en medio de la opulencia.
Una sola nota discordante resaltaba en su traje, un detalle cursi, cursísimo, que sólo pudiera concebirse en algún peluquero afamado o en algún cantante italiano de segundo orden: la cintita amarilla y blanca que asomaba por el ojal de su americana de viaje. Mas esto probaba, por el contrario, un profundo conocimiento de aquel terreno que pisaba, en que cualquier cintajo honorífico aseguraba el respeto y las consideraciones debidas a un personaje. Era una precaución prudentísima, una especie de broquel con que se resguardaba el viajero de mil impertinencias para todos molestas y para él tal vez peligrosas.
El coche se detuvo al fin en el bulevar des Capucins, ante el vasto pórtico del Grand Hôtel. El nuevo lord Byron pagó con esplendidez al cochero y subió ligeramente las gradas, topándose en la misma puerta con un viejo alto, con grandes patillazas blancas, que se dirigía a la calle arrastrando los pies.
Volvióse el viajero rápidamente al verle, como para evitar su encuentro, y entróse en el bureau de réception para entregar su tarjeta. Mas el viejo, aligerando el tardo paso y alcanzando al fin al fugitivo, le gritó en castellano:
-¡Jacobo! ¡Polaina! ¿Me huyes?... Señal de que traes dinero.
-¡Diógenes!... ¿Tú aquí? -exclamó Jacobo, volviéndose muy sorprendido y alborozado y estrechándole ambas manos con gran cariño.
Mas Diógenes, sacudiendo la gran cabeza y dándole palmadas en la espalda, dijo sentenciosamente:
| El hombre que nace pobre | |||
| Con el frío es comparado: | |||
| Todos le huyen el cuerpo, | |||
| No les suelte un resfriado. |
-¡Falso, falsísimo! -gritó Jacobo riendo-. Ni tú has nacido pobre, ni...
-No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.
-Pues júntate conmigo: el constipado que tú me sueltes rechazará al que yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: similia similibus curantur.
-¿Y qué has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo creí que te traerías hasta las barbas del Sultán.
Jacobo levantó a la altura de las narices de Diógenes su exiguo equipaje, diciendo como Simónides:
-Omnes divitiae sunt mecum!
-¡Honrado plenipotenciario! -exclamó Diógenes-. Quien no te conozca que te compre: ya habrás dejado el botín en la estación, farsante... ¿De dónde vienes ahora?
-De Génova... Y tú ¿qué haces aquí?
-Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplumó una sota: cinco mil francos se llevó de un golpe.
-¿Pero es posible?... ¿Todavía dura la afición?... Yo creí que te habías cortado la coleta.
-Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te darás una vuelta por el Petit-Club; se juega gordo... Anoche ese guacamayo de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.
-¿Está aquí Ponoski?... Con gusto le vería, pero me voy mañana.
-¿Mañana?... ¿Y adónde demonios vas?
-A Madrid.
-¿A Madrid?... ¡Polaina!... ¿A que te peguen un balazo?...
-¡Chico, chico!... ¿Se reparte por allí eso?...
-¿Pues de dónde sales tú, embajadorcillo?... ¿No has visto los partes?... Hoy por la mañana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo: «Ahí queda eso.» Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio estarán barriendo las calles de Madrid a cañonazos para instalar decentemente la República... Te desbancaron, chico, te desbancaron...
Quedóse Jacobo estupefacto al oír tales noticias, y cogiendo a Diógenes por un brazo, exclamó muy inmutado, como si aquella inesperada catástrofe política tuviera para él gran importancia:
-¿Pero qué estás diciendo?... ¡Eso es imposible!
-¡Polaina!... Ven acá y te lo dirá quien lo sabe. Ayer presentó el italiano su renuncia a las Cortes, y una hora después estaba aceptada... Hoy ha salido para Lisboa a las seis, y a estas horas estará ardiendo Madrid por todos los cuatro costados... Más de veinte telegramas hay ya en el Grand Hôtel pidiendo cuartos.
Y mientras esto decía Diógenes, muy acalorado, subía con Jacobo las gradas que llevan del patio a la terraza del Grand Hôtel.
Cualquiera hubiérase creído allí en un salón aristocrático de la corte de España: oíase hablar por todas partes en castellano, con esa vehemencia y esos gritos propios de los españoles cuando se exaltan, y en grupos y corrillos acá y allá diseminados, veíanse damas y gomosos de la aristocracia madrileña, hombres políticos del partido de Isabel II y algunos de esos personajes innominados que suelen verse a todas horas y en todas partes, sin que nadie pueda decir de ellos sino que son un tal Sánchez o un tal Pérez.
Todos discutían las noticias de España, haciendo pronósticos según las fuerzas de su imaginación y la vehemencia de sus deseos, y mientras unos creían ver ya al príncipe Alfonso en el trono abandonado por Aosta, otros se figuraban la República arraigando al amparo de las masas populares de Madrid, apoderándose del palacio vacío y de la corona vacante.
El miedo y la distancia ennegrecían todos los colores, y unos y otros convenían en que Madrid debía de estar a aquellas horas convertido en un charco inmenso de sangre. Esperábase, pues, con grande ansiedad la llegada del correo, y con más impaciencia todavía la vuelta del tío Frasquito, que había ido al pasaje Jouffroy en busca de noticias, y la del general Pastor y Cánovas del Castillo, que habían sido llamados con grande urgencia al palacio Basilewsky por la reina destronada.
A la derecha de la última puerta del salón de lectura que se abre en la terraza, hallábanse algunas señoras sentadas en bancos de hierro: entre ellas estaban Currita Albornoz y la duquesa de Bara. Más lejos, de pie, en medio de un grupo de hombres, peroraba Leopoldina Pastor con gran vehemencia, optando por empuñar las armas y exponiendo su plan estratégico.
La cosa era sencillísima: bastaba con que la colonia madrileña residente en París se presentase en la embajada española, cogiera por un brazo al embajador y lo plantase en la calle, proclamando allí mismo por rey de España al príncipe Alfonso. ¡Ya contestarían al punto del otro lado de los Pirineos!... ¿Que chillaba el embajador? Pues se zambullía al embajador en el Sena, que ya tenía el tal don Salustiano vientre bastante para sobrenadar lo mismo que una boya... ¿Que Thiers se enfadaba? Pues se cogía a Thiers por su copetito de pelos y se le enviaba a cuidar de su casa, dejando en paz la del vecino, y ¡chitón, chitito!...
Reíanse los caballeros oyendo a Leopoldina, y ella les tiraba de los botones del chaleco, llamándoles indecentes. ¡Ah, si tuviera ella pantalones!... Y casi, casi, estaba por ponérselos como Miss Walker, la médica del Serrallo de Túnez, que paseaba en aquellos días los boulevards con calzones zuavos y chambergo.
La llegada de Jacobo produjo mala impresión en todo el concurso: ligábanle con la mayor parte de los presentes lazos de amistad y parentesco, así por parte de su familia como por la de su mujer, que llevaba un título ilustre entre la Grandeza. Mas, separado de esta diez años antes, había hecho en París y en Italia lujosísima vida de soltero, hasta que, perseguido por sus acreedores, vino a refugiarse de nuevo en España el año 68, tomando parte activísima en la Revolución y recorriendo, al lado de Prim, las provincias andaluzas, arengando a las muchedumbres montado, como Lafayette, en un caballo blanco. Formó parte de las Cortes Constituyentes del 69, y de repente, cuando el asesinato de Prim, desapareció otra vez de Madrid, apareciendo a poco en Constantinopla de ministro plenipotenciario.
Extrañó, pues, a todos, verle aparecer en tan críticos momentos, abandonando su alto puesto, y recibiéronle con el despreciativo recelo que infunde siempre el enemigo derrotado que se pasa después de la batalla al campo victorioso.
Jacobo, sin embargo, aparentando no echar de ver la frialdad con que le recibían, cercioróse por sí mismo de la verdad de las noticias de Diógenes, sin dejar traslucir tampoco la inquietud que al pronto le habían estas causado. Él lo ignoraba todo, o aparentaba ignorarlo; había salido dos meses antes de Constantinopla para Turín, marchando luego a Florencia y Génova, y hecho después un viaje delicioso a lo largo de la corniche italiana, deteniéndose en Bordighera, en Niza y, últimamente, en Mónaco cerca de una semana.
Currita miraba atentamente desde su asiento al apuesto viajero, retrato de lord Byron, su héroe favorito, tipo adorable de hombre, según ella, cuyo magnífico busto desnudo, esculpido en mármol blanco, tenía en su boudoir siempre a la vista. Al pronto no le había conocido, porque difícil era reconocer en aquel arrogante mozo al débil jovencillo Jacobo Téllez-Ponce, casado doce años antes con la marquesa de Sabadell, prima lejana de Currita; desde entonces no había vuelto a verle esta, y jamás le hubiera reconocido si, corriendo a ella Leopoldina Pastor, no le dijera:
-¿Has visto a Jacobo Téllez?... Decían que se había casado en Constantinopla con una turca monísima... ¿Qué traerá aquí ese indecente?
La duquesa de Bara contestó una indecorosa paparrucha, mirándole con desprecio; las señoras se echaron a reír, y Currita exclamó muy admirada:
-¿Pero es ese Jacobo?... ¡Dios mío! Si me estaba pareciendo desde aquí Byron en persona, mi poeta querido... ¡Qué semejanza tan exacta!...
Y sin esperar más explicaciones, levantóse vivamente para ir a su encuentro; la duquesa de Bara la detuvo bruscamente por el vestido, y ella, procurando desasirse, decía:
-Pero, mujer, si es mi primo... La abuela de su mujer y la mía, primas segundas... ¿Cómo voy yo a desairar a un pariente?...
Este, atraído, sin duda, por el amor de la familia, acercábase en aquel momento al grupo de las señoras; saludólas besando la mano a la duquesa y a Currita, que eran sus más allegadas, y esta, con mil cariñosas monerías, hízole sitio a su lado, en el banco de hierro.
La conversación giró un momento sobre el viaje de Jacobo, hasta que vino a interrumpirla la entrada del tío Frasquito, que volvía del pasaje Jouffroy cargado de noticias. Todos corrieron a su encuentro, y Jacobo el primero; mas antes, deteniéndole Currita por el brazo, con familiaridad de prima cuarta de su esposa legítima, le dijo:
-¿Nos veremos, Jacobo?... Quiero presentarte a Fernandito... Vivimos en el segundo piso, número 120.
La duquesa se inclinó al oído de Leopoldina, diciendo:
-¿Oyes?... Quiere presentarlo a Fernandito.
Leopoldina hizo una mueca y replicó:
-Pues, entonces... ¿verde y con asa?...
-¡Alcarraza! -concluyó la duquesa.
Y las dos se echaron a reír con inocente regocijo.
Engomado, teñido, peinado y reluciente a fuerza de cosméticos, y bailando sobre las puntas de los pies, por no permitirle andar de otra manera el calzado estrechísimo, que le torturaba, sin disimularlos del todo, dos morrocotudos juanetes, entró con grande prisa en la terraza el tío Frasquito, tío universal de toda la Grandeza de España, y de aquellos sus adyacentes de nobles de segundo orden, ricachos de todos cuños, notabilidades políticas y literarias, capigorrones de oficio, aventureros atrevidos y personajes anónimos que forman el todo Madrid de la corte, el abigarrado dessus du panier del gran mundo madrileño.
Llamábale todo este mundo el tío Frasquito, porque el buen tono así lo había decretado, y él aceptaba complacido el parentesco de todos aquellos cuya sangre azul empalmaba realmente, siglo antes o siglo después, con la suya preclarísima; a los demás, sin rechazar tampoco lo apócrifo del parentesco, colocábalos con cierta protectora condescendencia en la categoría de sobrinos espurios.
En medio, pues, de esta familia universal se destacaba el tío Frasquito, hacía medio siglo, viendo desfilar generaciones y generaciones, legítimas o espurias, de sobrinos y sobrinas que nacían y crecían, se casaban y multiplicaban, se morían y se pudrían, sin que, abroquelado él tras el corsé apretadísimo que sujetaba las insolentes rebeldías de su abdomen, hubiese pasado jamás de los treinta y tres años; los suyos, semejantes a las semanas de Daniel, eran años de años, aunque más complacientes que aquellas, se alargaban o encogían según demandaban las circunstancias. Treinta y tres contaba cuando en el año cuarenta asistió a la boda de la reina de Inglaterra, acompañando al enviado extraordinario de la corte de España, y los mismos tenía cuando, en 1853, presenció la de su sobrina Eugenia de Guzmán con el emperador Napoleón III; casamiento desigual, messa alianza humillante que reprobó en absoluto el tío Frasquito, por no satisfacerle de todo la prosapia de Bonaparte, y aunque nunca llegó a relegar al nuevo sobrino a la categoría de los espurios, tampoco consintió en designarle de otro modo que con el nombre de mi sobrino el conde consorte de Teba8.
Susurraba la leyenda que el tío Frasquito llevaba en su cuerpo treinta y dos cosas postizas, entre las cuales se contaba una nalga de corcho. Es lo cierto que, en el momento en que lo presentamos a nuestros lectores, volviendo del pasaje Jouffroy para confirmar a sus compatriotas la abdicación del duque de Aosta, la obesidad había trocado su talle de palmera en puchero de Alcorcón, y el arte, la industria y hasta la mecánica trabajaban de consumo y a porfía en la restauración diaria de aquel Narciso trasnochado, en riesgo siempre de convertirse en acelga, como en flor se convirtió el antiguo Narciso de la mitología griega.
El tío Frasquito era soltero, rico, vivía ordenadamente, no tenía vicios conocidos, ni tampoco deudas; era afable, cortés, servicial, complaciente, tenía modales de doncella pudorosa y cadencias en la voz de damisela presumida. Coleccionaba sellos diplomáticos, bordaba en tapicería, tocaba desastrosamente la flauta y pronunciaba las erres de esa manera gutural y arrastrada, propia de los parisienses, que imitan en España algunos afrancesados elegantes, y es defecto natural en otros muchos, para quienes se inventó aquello de: «El perro de San Roque no tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha robado».
Diógenes le llamaba de ordinario Francesca di Rimini, a veces señá Frasquita, y perseguíale y acosábale por estrados y salones, y hasta entre las faldas de las damas, donde el afeminado prócer acostumbraba a refugiarse, con intempestivos abrazos que le arrugaban y tiznaban la inmaculada pechera; besos extemporáneos que obligaban a la pulcra víctima a lavarse y frotarse con cold cream; pisotones disimulados que le deslustraban el calzado y le reventaban los juanetes, o bestiales apretones de manos que le descoyuntaban los dedos, poniendo en riesgo de esparcirse por todas partes los treinta y dos componentes que asignaba a su cuerpo la leyenda.
Aquellos dos viejos, de caracteres y costumbres tan diversas, eran, sin embargo, dos tipos rezagados de la misma sociedad, dos ejemplares fósiles de aquellos próceres del pasado siglo, manolos viciosos y cínicos unos, petimetres, insustanciales y afeminados otros, que prepararon en España la ruina y el descrédito de la Grandeza.
Entró, pues, el tío Frasquito en la terraza con ademanes de doncella atribulada, y todos se agolparon en torno suyo, acosándolo a preguntas... ¡Todo, todo quedaba por nuevos partes confirmado, y el sauve qui peut era en Madrid general!...
Corroborábase la noticia de que don Amadeo había huido a Lisboa con su familia, y el telégrafo transmitía los nombres de los individuos que formaban el primer ministerio de la recién nacida República.
-¡De la Rrrepública española! -exclamó el tío Frasquito quitándose el sombrero con burlesca solemnidad.
Y entre risas despreciativas y observaciones irónicas, comenzó a leer en su elegante carterita, donde estaban apuntados los nombres de los nuevos ministros9... ¡Pero qué nombres, Virgen Santísima! ¡Si aquello era cosa de morirse de risa!... Figueras, Castelar, Pi y Margall, los dos Salmerones, Nicolás y Paquito... Córdoba.
-¡Córrrrdoba, señores, Córrrdoba!... ¡Ferrrnandito Córrrdoba, rrrepublicano!... ¡Quién lo creyerra, cuando íbamos juntos a casa de la Benavente, cuando Fernando VII lo envió a Portugal con su hermano Luis, detrás del infante don Carlos y la princesa de Beyrra!... Porr supuesto, que yo era entonces un niño, una verrdadera criaturra...
El tío Frasquito no cayó en la cuenta de que, según aquellos datos, debió de haber asistido seis años antes de su nacimiento a los saraos de la duquesa de Benavente, y prosiguió enumerando a los ministros restantes: ¡Echegaray, Beranger y Becerra!... ¡Santo Dios!... Si esto era para España la coz del asno; y aquellos enanillos de gorro frigio, encadenando al león de Castilla, recordaban aquella grandiosa imagen:
| Ce grand peuple espagnol, aux membres enervés, | |||
| Expire dans cet antre ou son sort le termine, | |||
| Triste comme un lion rongé par la vermine! |
¡Y qué chistosamente cursis resultaban siempre aquellos demócratas!... ¿Pues no se les había ocurrido lo primero ir a darle una serenata al interesantísimo don Emilio tocando la Marsellesa?...
¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira...
| Celui que s'élève on l'abaissera. | |||
| Celui que s'abaisse on l'élèvera. | |||
| ¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira... |
-¡Qué delicia! -exclamó Currita-. ¿Y no les echó él un discursito?
-¡Ya lo creo!... Desde el balcón, como cantaba la Nilson en Viena; y luego obsequió a la concurrencia con carramelos y cigarritos...
-¡Qué monada!... De seguro que este invierno tendrá recepciones.
-¡Sí! Para los ciudadanos sans culottes.
-¡Polaina! -exclamó Diógenes-. En cuanto cuelgue un jamón en la puerta, tiene allí a Madrid entero, y tú, Curra, irás la primera.
Azoróse el tío Frasquito al oír la voz de Diógenes, y temiendo algunos de sus amagos de intempestivo cariño, fuese escurriendo con disimulo, soltando casi a media voz su última noticia. Anunciaba también el telégrafo que don Carlos había entrado en España por Zugarramurdi, y que aprovechando sus parciales aquella confusión, aprestábanse a hacer un supremo esfuerzo para apoderarse de la corte.
Disgustó esto mucho a toda la concurrencia, por parecerle más temible el carlismo que la República, y en aquel momento llegó a confortar los ánimos un viejo alto, de aspecto marcial y largos y retorcidos bigotes blancos: era el general Pastor, hermano de Leopoldina, que volvía del palacio Basilewsky de conferenciar con la reina.
Entró, pues, el general radiante y satisfecho cual si viese ya en lontananza la cartera de la Guerra, y contestando con sonrisas y palabras huecas a las mil preguntas que de todas partes le dirigían, apresuróse a dar cuenta a la condesa de Albornoz y a la duquesa de Bara de una embajada de su majestad la reina... Esta las designaba para acompañarle al día siguiente, a la capilla expiatoria del bulevar Haussman, donde debía celebrarse la Misa de aniversario, algún tanto retrasada aquel año, del infortunado Luis XVI; el espectáculo prometía ser curioso, porque los príncipes de Orleans, reconciliados con el conde de Chambord, asistirían por primera vez, en público, a aquellas simbólicas honras.
Abrió entonces el saco de noticias el general Pastor, y dando a entender, con cierta vanidad política, que callaba mucho más de lo que decía, confirmó todo lo dicho por el tío Frasquito, añadiendo que la proclamación de la República era un paso gigantesco dado hacia la Restauración; que los desórdenes más terribles no tardarían en estallar en España, y alarmadas las potencias europeas con los escarmientos de la Commune en Francia, se apresurarían a intervenir en favor del príncipe Alfonso. Notas secretas de algunos embajadores extranjeros habían llegado ya al palacio Basilewsky, y Thiers mismo, temeroso de que el zurriago de las monarquías coligadas le deparase a él algún latigazo, negábase a reconocer la nueva República.
Tan sólo míster Harrilin, embajador de los Estados Unidos en España, habíase apresurado a reconocer el nuevo orden de cosas en nombre de su Gobierno, presentándose en el palacio de la Presidencia con todo el ceremonial de costumbres en tiempos de la monarquía, y asegurando en su discurso, con la truhanesca formalidad de Jonathan en persona, que «los Estados Unidos de América no podían menos de contemplar con emoción y simpatía, convertido en República, el imperio de Fernando e Isabel».
-¡Pues vaya con el indecente! -exclamó Leopoldina Pastor hecha una furia-. Para esos yanquis farsantes, igual da Figueras que Fernando el Católico, y lo mismo representa una corona que un gorro de algodón. Cotton is King!... ¡Monísimo!... ¡Y pensar que hace tres semanas bailábamos todas en su casa!... ¡Vamos! Si después de todo, resulta que cuando se trata de divertirse perdemos todas la vergüenza.
-Tu dixisti! -gritó Diógenes con grande ahínco.
-Y lo repito -prosiguió Leopoldina-. Pero yo le aseguro a ese indecente que ha de oír de mis labios cuatro palabritas bien dichas... ¡Oh, si yo lo tenía previsto! En el último baile que dio llevaba medias azules de algodón...
-Como que su suegro tiene en Boston una fábrica.
-¡Qué delicia! -exclamó Currita-. Pues cuando den la Jarretière al yerno, ya puede el suegro regalarle la media.
-De seguro que las habrá él anunciado en la Presidencia al terminar su discurso, como aquel preacher yanqui que terminó su sermón: «Ya os he demostrado, mis buenos hermanos, que sólo por la virtud se gana el cielo. Sólo me resta, para terminar, recomendaros la magnífica sombrerería de Míster Francis Morton, 24, Catherine Street.
Allí todos los artículos son distinguidos y baratos. Net cash. Que viene a ser «No se fía».
El timbre eléctrico que anuncia aux hommes d'équipes la llegada de nuevos viajeros, comenzó a repicar en aquel instante, y, a poco, llegó Gorito Sardona, muy conmovido, anunciando que la señora de López Moreno se apeaba en aquel momento en el Grand Hôtel, que venía de Madrid, y que a poco más la asesinan en el camino.
-¡Trae una oreja colgando! -añadió tirándose de una suya.
Horrorizóse la concurrencia, y todos salieron a su encuentro deseosos de ver a la banquera desorejada. La duquesa, sin embargo, temiendo sin duda que trasladase esta a sus orejas las famosas hipotecas que sobre sus tierras tenía, quiso escurrirse por la sala de lectura, con tan mala suerte, que fue a toparse en el patio mismo con la López Moreno, su hija Lucy, dos doncellas, un criado, diecisiete baúles y número ilimitado de cajas y sombrereras. La banquera llegaba pálida y abatida, y tenía, en efecto, ensangrentado el lóbulo de la oreja izquierda.
Al verse cogida la duquesa, salió al encuentro de la López Moreno, exclamando muy cariñosa:
-¡Pero, Ramona!... ¿Cómo no me ha avisado usted?
-¿Avisar? -exclamó con espanto la López Moreno-. ¡Gracias que llego con vida!... ¡Qué viaje, duquesa, qué viaje!... En el camino a poco más me asesinan... ¡Nací ayer!... ¡Un milagro, un milagro!
-¡Qué horror!-exclamó la duquesa.
Y mirando en torno suyo, con la esperanza de que el prodigio divino no hubiera alcanzado también al señor López Moreno, añadió:
-Pero ¿dónde está su marido de usted?... ¿No viene?...
La tierna esposa hizo otro gesto de espanto y contestó sin enternecerse demasiado:
-¡En Matapuerca está ..., si es que vive!...
-¿En Matapuerca? -exclamó Diógenes-. ¡No puede ser!... Será en Matapuerco...
-No, no; en Matapuerca -replicó la López Moreno sin comprender la pulla del viejo.
Y rodeada de todos los españoles, que atraídos por la curiosidad iban poco a poco acudiendo, la voluminosa señora comenzó el relato de sus infortunios... De aquella hecha se llevaba la trampa a la España entera; la gente se escapaba de Madrid a bandadas, y no parecía sino que la trompeta del Juicio Final había sonado en la corte.
-¡Me alegro! -exclamó Diógenes-. A esa trompetita estoy yo aguardando... ¡Qué cosas han de saberse cuando diga el ángel: cada peso duro con su dueño, y cada hijo con su padre!...
La duquesa le hizo callar de un abanicazo, y la López Moreno, llena de satisfacción al verse objeto del interés de todos, continuó el relato de su susto, un susto atroz, una barbaridad de susto... El tren traía cuarenta y dos coches atestados de gente que iba a Biarritz, a San Juan de Luz, a Bayona, a cualquiera parte, con tal de pasar la frontera. En Vitoria añadieron otra máquina y entraron cuatro compañías del Regimiento de Luchana. ¡Malo!... Por la noche todo fue bien, pero al llegar a Alsasua, ¡Virgen Santísima!... ¡Los carlistas! Y de pronto, ¡prurrruumm! ¡Una descarga atroz!...
-Pero, de repente, hija, de repente, sin avisar siquiera, sin decir agua va: nada, nada, nada. ¡Prurrruumm! caiga el que caiga... La tropa, ¡claro está!, contesta ¡prurrruumm! otra descarga. Yo, muerta, Lucy, muerta debajo del asiento, sin resollar siquiera, y ¡prurrruumm! arriba, ¡prurrruumm! abajo; hora y media de tiritos... De pronto, se abre la ventanilla, entra una mano, me arranca una oreja y se va...
-¡Qué atrocidad! -exclamaron todos. Y Gorito Sardona, con su guasona formalidad, añadió:
-¿Pensarían hacer una chuleta?...
-No, señor -replicó la víctima algún tanto ofendida-. Lo que pensaron fue llevarse un brillante de quinientos duros que traía en ella, y se lo llevaron en efecto... Decían luego que fue un pillete de la estación, pero a mí no me quita nadie de la cabeza que fue el cura Santa Cruz... Como que esto era en mitad del túnel, a oscuras, y en la pared de enfrente vi yo la sombra del sombrero de teja...
-¡Qué barbaridad!...
-¿Pero usted vio a los carlistas?...
-¿Que si los vi?... Al salir del túnel, en un altito había un montón de ellos, y en medio uno con entorchados, que era don Carlos... Lucy decía que no, pero yo creo que sí. Uno chiquitillo, bizco, con barba rubia, picado de viruelas, que nos hizo con el puño así...
Y la señora de López Moreno enarbolaba el suyo robustísimo, con gesto horrible de amenaza.
-¡Pero si don Carlos es muy alto, moreno, con barba negra!... Yo le conocí en Vevey...
-Pues vendría disfrazado; no es tan difícil teñirse la barba de rubio.
-Pero es imposible, teniendo dos metros de largo, encogerse hasta tener la mitad.
-Podrá ser que me equivoque, pero lo dudo -replicó la López Moreno, que no renunciaba fácilmente a la honra de haber sido amenazada por un puño real.
El general Pastor oíalo todo complacidísimo, viendo en aquella catástrofe los primeros truenos de la terrible tempestad que comenzaba a desencadenarse en España. De aquel caos había de salir la Restauración, y la política del partido dirigía, por lo tanto, todos sus esfuerzos a excitar y mantener el desorden. Una palabra imprudente del general reveló a los más avisados que estaba bien al tanto de aquellos manejos: preguntó a la señora de López Moreno si, al salir ella de Madrid, no se decía nada en la corte de levantamientos socialistas en Andalucía.
-¿Y me lo dice usted a mí? -exclamó la banquera con enérgica ira-. ¿Pues no saben ustedes lo de Matapuerca?...
-¡Ay, por Dios, señora! -la interrumpió Currita con toda su aristocrática impertinencia-. ¿No podría ser Mata... cualquiera otra cosa?
-¡Pero si se llama Matapuerca!... Es una dehesa magnífica en la provincia de Extremadura, de más de tres mil aranzadas, con veintisiete caseríos... En fin, un pequeño reino... Era de los frailes Agustinos, y mi marido lo compró cuando lo de Mendizábal...
Currita hizo un gesto de resignación pacientísima, y preguntó:
-¿Y qué ha sucedido en el pequeño reino de Mata... esos animalitos?...
-Pues nada, ¡una friolera!... Que en cuanto proclamaron la República, invadió la dehesa una horda de aquellos bandidos, asesinaron al aperador y a tres guardas, y se repartieron las tierras. López Moreno salió para allá corriendo, y estoy inquietísima... No sé lo que va a hacer...
-¿Pues qué ha de hacer? -exclamó Diógenes-. ¡Polaina! Lo que hicieron los frailes Agustinos cuando su marido de usted y Mendizábal les quitaron la dehesa... ¡Tener paciencia!... A cada puerco le llega su San Martín, doña Ramona; figúrese usted si no le llegará también en Matapuerca... Amigo, ¡los socialistas, los socialistas!... Esos han aprendido lógica; ahí tiene usted los nuevos desamortizadores.
La López Moreno iba a contestar muy picada, pero el general Pastor, frotándose las manos de júbilo, la contuvo, diciendo:
-Nos trae usted excelentes noticias, señora... La cosa marcha viento en popa, mejor de lo que yo esperaba.
-¡Pues me hace gracia! -exclamó la banquera estupefacta-. No diría usted lo mismo si le hubiesen robado una dehesa y arrancado una oreja con un brillante de quinientos duros...
-Nada, doña Ramona, hay que resignarse por algún tiempo a ser reina destronada de Matapuerca... La Restauración la restablecerá a usted muy pronto en su trono... ¿Y sabe usted lo que estoy pensando? -añadió el general como asaltado de una idea repentina-. Que la reina tendrá mucho gusto en oír de usted misma esas noticias. ¿Tendría usted inconveniente en venir a Palacio?...
La banquera pensó ahogarse de satisfacción, y la duquesa, que se apresuraba a pagarle con honras y relumbrones lo que no le pagaba en dinero, exclamó vivamente:
-¡Magnífica idea! Yo misma la llevaré... Mañana pido a la señora la audiencia...
-¡Pues ya lo creo que la reina tendrá mucho gusto en oírla! -observó pausadamente Currita-. Doña Ramona narra muy bien y usa unas armonías imitativas de muchísimo efecto... Cada vez que dice ¡prurrruumm! parece materialmente que se huele a pólvora... ¡Qué delicia... oírle contar la dégringolade de Matapuerca!
La señora de López Moreno no se enteraba de nada de esto, ocupada en dar gracias, enternecida, al general y a la duquesa... El sueño dorado de toda su vida, ser recibida en Palacio, iba a realizarse, y no le parecía cara tamaña honra, al precio de una oreja desgarrada y una dehesa perdida.
El general, por su parte, seguía la política de Butrón, barrer para dentro, y calculaba ya las copiosas sangrías que, en nombre de los conspiradores, podría hacer su espada victoriosa en las repletas arcas de los consortes López Moreno.
Durante toda esta escena, Currita no había perdido de vista un momento a Jacobo, que escuchaba atentamente sin darse prisa a subir a su cuarto a lavarse y descansar. Al disolverse la reunión, porque la hora de comer se aproximaba, echóle de menos Currita en la terraza; asomóse vivamente a la sala de lectura, salió al patio y no le encontró por ninguna parte.
Por la escalera de enfrente subía en aquel momento el tío Frasquito dando el brazo a su sobrina espuria, la reina destronada de Matapuerca, que se detenía en cada peldaño para ponderarle lo terrible de su susto, lo soberbio de su dehesa, el dolor de su oreja, lo pavoroso de aquellas descargas atronadoras...
¡Prurrruumm!
La oportunidad es en todas las cosas precursora del éxito, y el llegar a tiempo ha levantado no pocas veces el pedestal de muchas celebridades y ceñido los laureles a infinitos héroes. Cada carácter requiere, pues, circunstancias especiales que le favorezcan, época adecuada que le sirva de marco, momento histórico oportuno que le permita desarrollarse en toda su pujanza. Un Hércules en los tiempos prehistóricos, un Cid en los tiempos caballerescos, serían un Quijote en los tiempos de la partida doble y el tanto por ciento. Un Espartero y un Mendizábal, por el contrario, hubieran sido en aquellas épocas remotas, prestamista judío el uno, cuadrillero de la Santa Hermandad el otro.
Jacobo Téllez creía haber tenido la desgracia de errar al nacer, en las circunstancias de lugar y también en las de tiempo. Entre el oleaje sangriento de la gran Revolución francesa, juzgaba él que hubiera sido, por su talento, un Mirabeu; por su valor, un Lafayette; mas entre los cenagosos remolinos de la Revolución española del 68, tan sólo fue, a juicio de los que le conocieron, como político, un pobre demonio; como caudillo, un gran mentecato.
Aquellas dos grandes figuras de aristócratas renegados como él, le sedujeron por completo; mas el peluquín del uno y la casaca del otro le venían grandes, y al querer amalgamar en sí mismo aquellas dos personalidades, rompiendo los lazos morales como el primero, y seduciendo a las multitudes como el segundo, resultó tan sólo un bribón infatuado. Así y todo, hizo papel, porque hay Arístides grandes y Arístides chiquitos; Cincinatos de dos en libra, de tres al cuarto y de ochavo la jartáa, que es como venden en Andalucía los higos chumbos.
Este, pues, higo chumbo revolucionario no llegó desde la aristocrática piña en que había nacido hasta la plebeya cuna en que vino a florecer, ni por peripecias dramáticas, ni por trágicas revoluciones: llegó naturalmente, con suavidad, como tras de la hinchazón viene el pus, y tras el pus la gangrena. Llegó resbalando sin violencias por la voluptuosa pendiente que lleva del placer al vicio, del vicio a la aberración, de la aberración al tedio, al desencanto, al espantoso vacío del corazón que produce vértigos en la cabeza y despeña al hombre en todas las locuras y en todas las infamias, en busca de placeres nuevos que despierten su sensualismo embotado, de impresiones desconocidas que sacien la voracidad de sus concupiscencias estragadas.
Nada hay más peligroso para el hombre que pasar en breve tiempo por todas las ilusiones de una larga vida; y Jacobo, con ese afán de gozar que caracteriza la sociedad presente, que teme dejar para mañana el placer de que puede disfrutar hoy, que precipita las edades y pasa de la infancia a la vejez decrépita, suprimiendo la juventud si es que por juventud se entiende esa edad venturosa en que brotan del corazón nobles impulsos y bullen en la mente generosas ideas, que constituyen más tarde, después de solidificadas, los grandes caracteres; Jacobo, decíamos, había recorrido aquella larga jornada en menos de treinta años...
A los quince, libre ya de ayos y maestros, era el sietemesino más galán que aspiraba a afeitarse, y dirigía cotillones en los grandes salones de la corte; a los veinte, era un afortunado tenorio de mala ley, que hacía gala en el Veloz Club de sus aventuras escandalosas; a los veinticinco, era un perdido aristocrático, elegante, modelo, que no retrocedía ante una estocada de mentirijillas, ni ante un steeplechase, ni ante un copo de veinte mil duros, y derrochaba los millones de su mujer con la misma facilidad con que la varilla encantada de un mágico hace fluir del centro de la tierra tesoros escondidos y guardados por gnomos y salamandras.
A los treinta había visto, como Salomón, cuncta quae flunt sub sole, pero no comprendía, como él, que todo fuese vanidad y aflicción de espíritu, sino que lloraba como Alejandro, porque no había otro mundo de goces que disfrutar; y seco su corazón, embotada su inteligencia por el prematuro desarrollo de sus pasiones, arruinada su casa por locas prodigalidades, era un fruto podrido que no había madurado nunca, un hombre en la flor de la vida a quien faltaba el objeto de la vida, un ruinoso despojo del placer y la impiedad, que no interrogaba como Hamlet lo eterno, sino que se arrastraba por todos los rincones de lo terreno, buscando un charco de placeres desconocidos en que zambullirse y revolcarse y gozar...
Entonces, por curiosidad, por diversión, por aburrimiento, por encontrar en las tenebrosidades del misterio algo desconocido que se resolviese en placer y en dinero, se hizo hombre político. Garibaldi le inició en las logias de Milán, y Prim le introdujo en Inglaterra, en el complot que grandes traidores urdían contra el trono de España...
La Revolución triunfó, y a las agitadas emociones del conspirador sucedieron en Jacobo las halagüeñas embriagueces del triunfo, las cínicas rapacidades de pretor romano, las ruidosas apoteosis de arcos de cartón y farolillos de papel a que le llevaban en hombros masas estúpidas arrastradas por su verbosidad, multitudes frívolas, que, por tener algo de mujer, prendábanse de su gallardía y gentileza y se prometían llevarle a defender la soberanía popular en los escaños del Congreso, a él, aristócrata orgulloso, tan sólo de nombre renegado, que se reía de ellos llamándoles paletos, babiecas y burgueses mentecatos, y corría, al separarse de estrechar sus manos, a lavarse y enjabonarse y perfumarse, para echar lejos de sí aquel insoportable hedor de la canalla...
A poco abríase en su vida un paréntesis negro, tenebroso, ante el cual la maledicencia misma se detuvo aterrada, temerosa de resbalar en un charco de sangre...
Un día, el 27 de diciembre, un trabucazo tendió en la calle del Turco a la audacia más temeraria que dio impulso a la Revolución. El general Prim había sido asesinado, y su amigo íntimo, su portaestandarte, el marqués de Sabadell, indicado ya para la cartera de Fomento, desaparecía súbitamente de la corte, a la misma hora en que corría la falsa nueva de que las heridas del general no eran de muerte y se habían escapado de sus labios terribles revelaciones.
Prim murió, sin embargo, el día 30, llevándose a la tumba la clave del misterio, y tres meses después publicaba la Gaceta un real decreto nombrando al marqués de Sabadell ministro plenipotenciario de la corte de España en Constantinopla. «Me he convencido -escribía al presidente del Consejo el nuevo embajador- que mis disposiciones naturales son para la vida de Oriente, y pongo todas mis ilusiones en El Cairo, Bagdad, Ispaham o Constantinopla.»
El resultado de estas ilusiones no tardó en presentarse.
Una mañana, la cadina Sarahíl no se asomó a su adorada celosía para mirar las azuladas montañas del Asia, y la puerta de su quiosco permaneció cerrada. Susurrábase en el palacio que la noche antes había resonado un lamento y vístose dos sombras que se perdían en el laberinto de corredores oscuros, llevando una cosa negra...
El centinela de la torre del mar de Mármara había escuchado sobre el agua un golpe siniestro.
A la mañana, al otro lado del Bósforo, apareció en la orilla opuesta el cadáver de un eunuco estrangulado. Desde la embajada española, allá en lo alto de Pera, veíase flotar sobre el límpido azul de las olas su largo levitó oscuro, ceñido por el zurriago de cuero de hipopótamo, insignia de su clase, que había servido de dogal.
El embajador no pudo verlo; había salido aquella noche de Constantinopla con tan grande urgencia, que sólo llevaba por equipaje una pequeña maleta de mano... Y con esta pequeña maleta de mano hemos visto a Jacobo llegar al Grand Hôtel, después de merodear dos meses por las logias más tenebrosas y los garitos más elegantes de Italia.
El ministro fugitivo de Constantinopla hallábase alojado en el cuarto piso del hotel, en una habitación de doce francos diarios, harto opulenta para quien sólo contaba en el mundo con tres millones de deuda al 15 por 100, y sobrado mezquina para lo que juzgaba indispensable a su decoro el excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués consorte de Sabadell.
A la luz de un candelabro de color que ardía en uno de los extremos de la chimenea, devoraba Jacobo los periódicos españoles que relataban el nuevo cambio político acaecido en España y los franceses que lo comentaban haciendo pronósticos y formulando juicios, Frecuentes exclamaciones y aun palabras groseras que se escapaban de sus labios revelaban en él esa sorda cólera que despiertan en el ánimo violento las grandes contrariedades.
Arrojó al fin los periódicos y agitándose furioso un instante, y apretando los puños llenos de rabia, quedóse largo tiempo pensativo, hundido en la poltrona en que se hallaba sentado, contraída la boca, frunciendo el entrecejo, fijos los ojos en el fuego de la chimenea, cuyas movibles llamas prestaban a su rostro un resplandor rojizo.
Hubiérase dicho que meditaba un crimen, y también que lo había decidido, cuando, dando un fuerte puñetazo en el brazo de la poltrona, se levantó de repente. El espejo que coronaba la chimenea reflejó entonces su fisonomía descompuesta, y al verse allí retratado tuvo uno de esos miedos solitarios, pueriles, que cortan de un solo golpe a la audacia sus alas gigantescas.
Miró en torno suyo: en la alcoba, forrada de papel oscuro, se movía suavemente una cortina a impulsos del aire levantado por él mismo al moverse. Arrojóse a ella vivamente y la descorrió de pronto, y riéndose entonces de sus miedos infantiles, dirigióse a una gran cómoda de nogal que había en el fondo.
Sobre ella hallábase abierta y extendida la pequeña maleta, y en el cajón superior, cerrado con llave que tenía él en su bolsillo, estaba la cartera de viaje. Sacó el gran cartapacio que dentro venía, y púsolo sobre un velador que había en el centro.
Resonaron en esto pasos en el corredor de fuera, y Jacobo corrió vivamente en puntillas a la puerta, escuchó un instante, y con el menor ruido posible echó la llave por dentro. Escogió entonces, en un pequeño nécessaire de viaje, un instrumentito con mango de carey, una especie de limita para las uñas, con hoja delgadísima y perfectamente afilada, y púsose a caldearla con gran cuidado en la llama de la chimenea.
Aún vaciló un momento, y miró a todas partes otra vez, y prestó oído atento a los lejanos rumores del bulevar, bocanadas de locura y de placer que escalaban las ventanas, y se decidió por último.
Con ligereza suma introdujo la hojilla caldeada por debajo del lacre del cartapacio, y haciéndola girar lentamente, desprendió el sello tan entero y tan intacto, que de nuevo podía volverse a pegar sin rastro alguno de fractura. Después púsolo con grande precaución en un extremo del velador, sobre una hoja de papel blanco.
Quedó abierto el misterioso cartapacio, y Jacobo, con avidez no exenta de temor, púsose a registrarlo. Dentro venía una carta en italiano, no muy larga, de la misma letra, gorda y corrida, del sobre, firmada por Vittorio Emmanuele; venían también otros dos grandes sobres en blanco, sellados con la insignia de la francmasonería, un compás y una escuadra, cruzados en forma de rombo, sobre lacre verde.
Mirólos Jacobo por todos lados, sin muestra alguna de sorpresa, y con la misma habilidad y ligereza de antes, arrancó también los sellos de ambos: el primero contenía un gran pliego, escrito de letra menuda, marcados sus párrafos con números romanos en forma de artículos, y anotados varios de ellos al margen, por la misma letra gorda de la carta y el sobrescrito.
Jacobo leyó todo ello con atención, mas sin sorpresa, y como si todo lo que allí se trataba le fuera conocido; tan sólo al recorrer los últimos artículos en que el nombre del marqués de Sabadell aparecía consignado, una sonrisa truhanesca entreabrió sus labios mientras murmuraba:
-¡Ah, pillo!...
Llególe entonces el turno al último paquete, que era el más voluminoso: abriólo con mucho tiento, por haberse pegado una esquinita del sobre, y al punto salieron de él otros dos en blanco, y un tercero en que venía escrito un nombre que hizo a Jacobo pegar un salto, murmurando una de esas palabrotas groseras, familiares en momentos de cólera o sorpresa aun a personas que presumen de cultas.
Habíase quedado estupefacto; latíale el corazón, temblábanle las rodillas, y revolvía aquellos papeles con el ansia temerosa, el gozoso terror, si así es posible sentirlo, del débil hombrecillo que se encontrara de repente entre las manos fabulosas riquezas de un gigante formidable que no ha de dejárselas arrebatar. Por dos veces dirigió una mirada furtiva a la puerta, como si temiera verla abrirse, a pesar de la llave que la cerraba por dentro.
Había allí un verdadero arsenal de cartas y papeles comprometedores, importantísimos por los nombres que los firmaban, perfectamente ordenados y clasificados en una especie de memoria adjunta, en que una pluma muy hábil había estampado datos interesantes y preciosas observaciones. Era aquello un tesoro de gran valor, una palanca formidable que, bien manejada, podía dar al traste en breve tiempo con gran parte de los políticos revolucionarios que pululaban en España. Eran letras de cambio pagaderas a la vista, que cualquiera podía cobrar en poder o en dinero.
Todo lo devoró Jacobo línea a línea, letra a letra, pasando por todas las emociones de la sorpresa: el pasmo, el rencor, la esperanza, el recelo; hundiéndose ambas manos en su crespa cabellera y apretándose el cráneo como para impedir que su atención se distrajese; oprimiendo algunos de aquellos papeles entre sus dedos temblorosos, como si quisiera indicar que eran suyos, que a él solo pertenecían, y nadie en el mundo se los había de arrebatar; a veces, deteníase un instante, cerraba los ojos y respiraba con fuerza, como si le faltase el aliento...
Cuando acabó de leer estaba pálido, y la vaga y temerosa mirada que arrojó en torno expresaba la desconfianza, el temor que hace creer a todo criminal, aun en medio de un desierto, que le miran y le acechan ojos escrutadores.
Levantóse entonces y comenzó a pasear, haciendo gestos de temor y de alegría, piruetas de niño y de loco, parándose ante el espejo como si quisiera interrogar a su propia imagen, deteniéndose ante el velador para coger las gotas de esperma que se deslizaban a lo largo de las bujías color de rosa, y estrujarlas entre los dedos haciendo bolitas con ademán reflexivo, imponente, amenazador...
De pronto pareció estorbarle la luz y las mató todas de un soplo; luego abrió la ventana de par en par, y la muchedumbre, siempre compacta, de París, lo desafiaba, precipitándose por el bulevar entre torrentes de luz, sin detenerse un momento, sin descansar nunca, como un alma réproba condenada por Dios a una fiesta eterna.
Entre los remolinos de aquella muchedumbre y los mil cambiantes de luces de todos colores y reflejos, que asemejaban el bulevar al fantástico escenario de un baile de hadas, Jacobo sólo veía un pensamiento, un plan cuyas primeras líneas se le torcían a cada instante, empujadas por ideas opuestas, por inconvenientes inesperados, por temores fundadísimos que le hacían titubear, gimiendo de dolor como un niño caprichoso a quien quitan de las manos una golosina, rugiendo de rabia como un león encadenado a quien arrancan de las garras su presa; que esto era para él la idea de devolver aquellos documentos, de no quedarse con ellos utilizándolos en provecho propio, y siendo actor principalísimo en vez de mero instrumento... Mas ¿cómo responder entonces a la reclamación del terrible propietario? ¿Cómo evitar la sospecha de aquel robo, hecha a un ladrón sin duda, pero al fin y al cabo robo? ¿Cómo prevenir la venganza terrible e inevitable que había de seguirse al descubrimiento?...
Entre las mil mojigangas ridículas de que tantas veces se había reído en las logias, destacábase entonces en su imaginación algo terrorífico, algo amenazador, que tomaba forma sensible en aquella palabra misteriosa que siempre había pronunciado riendo y recordaba ahora temblando:
-¡Neckan! ¡Venganza!...
Preciso era obrar con prudencia y reflexionar, y pesar, y medir, y decidir sin tardanza...
Y, como si esperase hallar con el movimiento alguna de esas ideas que se ocurren de repente al volver una esquina o brotan en medio del arroyo, lanzóse a la calle después de encerrar en la cómoda todos los papeles, y siguió por el bulevar des Capucins, y entró por el de la Magdalena, y recorrió luego toda la calle Real, y entróse después por un laberinto de calles desconocidas, para volver a las dos horas al hotel, rendido, fatigado, sin haber pensado nada ni decidido nada tampoco...
Porque era Jacobo de esos hombres audaces a la vez que irresolutos, en quienes la reflexión, lejos de allanar el camino al entendimiento que plantea y tirar de la brida a la apasionada voluntad que se desboca, sólo consiguen enredar al primero en intrincadas imaginaciones, y exasperar a la segunda hasta hacerla saltar al fin, de repente, de un golpe, cuando menos lo requiere la oportunidad y lo aconseja la prudencia. Caracteres por lo general fogosos, impacientes, que obran por brotes más bien que por razonamientos, y tomando por realidades las perspectivas de la imaginación, edifican sobre ellas fuertes castillos, sin más cimientos que el aire.
Por la escalera, agarrándose a la balaustrada, subía renqueando un viejo, envuelto en un largo y amplio gabán de mackintosk, capaz de preservar de todas las humedades a un explorador del Polo.
Parecióle a Sabadell aquella estantigua el tío Frasquito en persona, y comenzó a subir ligeramente con la idea de alcanzarlo. Mas el viejo, al notar que le perseguían, zambulló el rostro en su gran cuello de pieles, y ocultando con presteza en el bolsillo del gabán algo que en la mano llevaba, entróse prontamente en el cuarto contiguo al de Jacobo. Quedósele este mirando sorprendido y receloso, y dudando entonces de que fuese el tío Frasquito, entró también en su aposento.
En el fondo de este había una puertecita de escape que dividía en dos un solo departamento, cerrado para ello con doble pasador por una y otra parte. Acercóse a ella Jacobo de puntillas y púsose a escuchar atentamente. Oyó entonces que echaba un fósforo el vecino y aseguraba la puerta del corredor cerrando la llave por dentro... Oyó después acercarse a la débil puertecilla unos ligeros pasos que no ahogaba del todo la alfombra, y sintió un leve crujido en el pasador por la parte opuesta...
Azorado, Jacobo dio un paso atrás conteniendo casi el aliento, y lanzando una mirada rápida a la cómoda que guardaba los papeles, sacó del bolsillo del pantalón un revólver de seis tiros... El vecino le espiaba, y en su acalorada fantasía vio ya el masón traidor los puñales de todas las logias de Italia dispuestos a reclamarle el precioso depósito.
El pestillo crujió de nuevo mientras tanto; indudable era que el vecino lo echaba o descorría, y como natural era suponerlo echado, podía muy bien sospecharse que intentaban abrirlo. La puerta, charolada con gran primor, no presentaba agujero ni resquicio alguno que permitiera la vista.
Los ligeros pasitos volvieron a resonar otra vez alejándose, y Jacobo tornó a acercarse con el revólver montado y el oído atento. A poco sonó una tos sospechosa; no era la pulcra, perfumada y cadenciosa tos del tío Frasquito, sino una tos asmática, tos de viejo, que recordaba esos crujidos peculiares que anuncian en las casas ruinosas el próximo hundimiento.
Otro ruido extraño vino a aumentar su zozobra: oyóse un ligero golpe metálico, argentino, semejante al de la hoja de un puñal chocando con precaución sobre una superficie cristalina o marmórea; después, a intervalos y por largo rato, un ruido sordo de algo que frotaba con rapidez y ligereza...
Quizá el vecino afilaba el puñal, quizá lo estaba envenenando...
Todo quedó en silencio un breve rato; oyéronse después los ligeros pasitos en diversas direcciones; tornáronse a acercar a la puerta, sintiéndose tras ella el roce del vecino sospechoso que espiaba, y más tarde, al dar la una en el reloj del hotel, oyóse un golpe semejante al de un cuerpo pesado que cae sobre un colchón de muelles; después un ¡Aaaaaah! prolongadísimo, un bostezo formidable, que vino a tranquilizar a Jacobo.
Nadie que va a matar se prepara bostezando.
Tranquilo ya entonces, aunque siempre receloso, puso el revólver sobre la mesa, y con el deleite del avaro que revuelve sus tesoros, engolfóse de nuevo en la lectura y examen de los papeles.
De repente saltó otra vez azorado en el asiento, echando mano al revólver: en el cuarto vecino había resonado un salto violento, pasos precipitados, varios golpes en la puerta, y al punto una voz cascada, angustiosa, que gritaba en castellano: -¡Socorro!... ¡Socorro!...
Después, con el intervalo de un lamento, volvió a escucharse en francés:
-Au secours!... Au secours!...
De malísimo humor volvió aquella noche al Grand Hôtel el tío Frasquito: había aguantado dos horas el aristocrático aburrimiento del Círculo de la Unión, sancta sanctorum del Faubourg Saint-Germain masculino, en que tan escasos profanos logran entrada franca, y es, por lo mismo, objeto codiciado por todos los vanidosos ilustres. Siempre la gallina del vecino nos parece una pava, y bostezar en compañía de los Montmorency y los Rohan no deja de tener cierto encanto, aun para los que suelen unir sus bostezos a los de los Osunas y los Medinacelis.
Solía quejarse el tío Frasquito con harta frecuencia de dolor de muelas, y aprovechaba esta ocasión para desplegar toda la boca con gesto doloroso, poniendo de manifiesto una magnífica dentadura, limpia, igual y blanca, como las teclas de un piano que le había costado diez mil francos en casa de Ernest, famoso dentista de Napoleón III.
Lamentábase entonces de sufrir dolores tan acerbos con una dentadura tan sana, y guardábase muy bien de añadir que radicaban estos en cierta muela rezagada, única propia, existente allá en los confines de sus encías, como una piedra miliaria en mitad de un desierto.
La impresión del frío prodújole a la salida del Círculo una ligera punzada en la muela fósil, y apretó el paso sobresaltado para llegar pronto al hotel y tomar buchadas de elixir que le librasen de una noche toledana. En mitad de la escalera miró a todas partes con grandes precauciones, y no descubriendo alma viviente que sorprendiera su secreto, sacóse prontamente la dentadura y envolvióla en el pañuelo: eso le aliviaba mucho, y le desfiguraba tanto, que parecía entonces su fisonomía una burlesca caricatura de sí misma.
El tío Frasquito tenía su habitación en el piso cuarto, y al llegar al segundo, notó con sobresalto que alguien le seguía por la escalera... Apretó el paso azorado, y mirando por el rabillo del ojo, descubrió al marqués de Sabadell que subía de dos en dos los escalones, para alcanzarle sin duda. ¡Santo Dios, y qué apuro tan grande!
Zambulló la cara hasta las cejas en el gran cuello de pieles, guardóse prontamente en el bolsillo la dentadura y apretó a correr hasta llegar sin resuello a la puerta del aposento.
¡Perrrverrsa suerrte!
Sabadell le seguía sin descanso, y deteníase al fin a la puerta del cuarto vecino sin osar acercársele, pero mirándole de hito en hito, extrañado, atento, receloso...
-¡Se tragó la parrtida! -pensó el tío Frasquito-. Mañana sabe todo Parrrís que no tengo dientes.
Y afligido con esta idea, entróse atropelladamente en su cuarto, encendió la luz y corrió a asegurar la puertecilla de comunicación por la parte de dentro, temeroso de que el importuno vecino acechase sus secretos.
Este parecía, en efecto, abrigar intenciones perversas, porque el tío Frasquito percibía claramente del otro lado del tabique ruidos extraños que le desasosegaban, poniéndole nervioso; la puertecilla, sin embargo, no tenía rendija alguna traidora que diera paso a una mirada, y esto lo tranquilizó algún tanto.
Tomó sus buchadas de elixir, desaparecióle por completo el dolor de muelas y púsose a limpiar la dentadura, frotándola con un cepillo de mango atornillado de plata, que producía al chocar contra el cristal o el mármol del lavabo sonidos metálicos.
Hecha esta operación, comenzó el tío Frasquito a desprenderse de sus accesorios componentes para meterse en la cama; mas antes, en puntillas y ya en mangas de camisa, hizo un tercer viaje de exploración a la puertecilla sospechosa; el vecino parecía tranquilo y el tío Frasquito emprendió el viaje de vuelta, dando largas y sigilosas zancadas, y tarareando muy bajo, con pueril satisfacción, aquello de Las Hijas de Eva:
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Quitóse con grandes precauciones la perfumada peluca y calóse prontamente un gorro de dormir de forma piramidal, terminado en una borlita: un sencillo y majestuoso casque à mèche, de aquellos que recomendaba Jerónimo Paturot a sus parroquianos por usarlos así monsieur Víctor Hugo. Sabido es que el bonnet de nuit es entre los franceses una veneranda institución social que nivela todas las cabezas, como las niveló en otro tiempo la cuchilla de la guillotina. Felipe Augusto y el último de los albigentes aparecían tan iguales a la sombra del primero, como Robespierre y Luis XVI aparecieron siglos después bajo el filo de la segunda.
Media hora larga tardó el tío Frasquito en desarmarse de todo, y cuando envuelto en su largo camisón se dejó caer en la cama, Hubiérase dicho que el tío Frasquito que se acostaba era la raíz cúbica del tío Frasquito que, rellenado y compuesto, se exhibía por todas partes.
A la luz de la palmatoria que sobre la mesilla de noche ardía púsose a leer, según su costumbre, una novela del vizconde d'Arlincourt, para conciliar el sueño. Gustábale el género romántico, y pasábansele a veces las noches de claro en claro, cual si tuviese quince años, compadeciendo los dolores de alguna Clarisa o participando de las ternezas de algún Adolfo. La primera cabezada del sueño hízole dar con las narices en la mesilla de noche, y el libro rodó por el suelo: inclinóse, sin embargo, a recogerlo, porque el capítulo era interesante y quería terminarlo.
A poco, un fuerte olor a trapo quemado llegó a sus narices, haciéndole incorporarse con sobresalto, temiendo los riesgos de un incendio. Miró a todas partes; nada se descubría por ningún lado que denunciase el voraz elemento, y, sin embargo, el tufillo o trapo quemado seguía dándole en las narices con progresiva persistencia.
Asomó la cabeza fuera de las cortinas del lecho, miró bajo la almohada, entre las mantas, en la fosforera de porcelana que sobre la mesilla tenía... ¡Nada, nada! Quizá había caído alguna prenda de vestir en la chimenea: algún calcetín, algún pañuelo...
El tío Frasquito saltó fuera de la cama y corrió allí muy alarmado... ¡Tampoco!... El fuego ardía en la chimenea moderadamente, y la espesa grille metálica que la cerraba no permitía el paso a ninguna brasa.
-¡Cosa más singularr!...
¿Sería quizá en el cuarto vecino, o en el corredor de entrada, o tal vez en el bulevar, algún incendio formidable que hiciera penetrar a través de las maderas sus inflamados miasmas? El tío Frasquito corrió primero a la puerta de entrada, a la de comunicación luego, y a la ventana por último, sin encontrar rastro alguno de incendio, con las narices abiertas, olfateando siempre y percibiendo, mientras más se movía de una parte a otra, el alarmante tufo más marcado.
-Perrro, señorr, ¿qué se quema?... ¡Si esto parrrece cosa de magia! -pensaba el tío Frasquito, en camisa, en mitad del aposento, con los brazos cruzados, el cuello tendido, y dirigiendo a los cuatro ángulos sus narices dilatadas y sus ojos muy abiertos.
Parecióle entonces sentir un calorcillo alarmante en lo alto de la cabeza, y miró al techo... ¡Nada tampoco!... Volvióse rápidamente, y un grito de espanto se escapó de sus labios al verse frente a frente de un espejo... En él se reflejaba su estrafalaria figura, cubierta por el largo camisón y coronada por el gorro de dormir, en cuya punta brillaba una rojiza llamita... ¡Cielo divino, allí estaba el incendio!
El miedo no raciocina nunca, y el que sintió el tío Frasquito impidióle comprender que la borlita del gorro se había inflamado en la palmatoria al inclinarse para recoger en el suelo el malhadado libro... Perdió, pues, del todo la cabeza el pobre viejo, lanzóse al timbre eléctrico, corrió luego a la puerta pidiendo socorro, y aporreando después la de Jacobo, gritó de nuevo:
-Au secours!... Au secours!...
Abrióse entonces violentamente la puertecilla y apareció en ella Jacobo, revólver en mano... Imposible era reconocer al tío Frasquito en aquel esperpento, y Jacobo no vino en la cuenta de quién era hasta que tendiendo el fantasma hacia él los brazos abiertos, gritó angustiado:
-¡Jacobo!... ¡Jacobo!...
Este, sin comprender nada todavía, diole por primera providencia un gran sopapo en la cabeza, y el gorro inflamado rodó por el suelo,-dejando al descubierto una calavera monda y lironda, blanca y reluciente como un melón invernizo.
Fue todo aquello una grotesca escena de sainete, acaecida en un segundo, y, sin embargo, aquella pequeña y ridícula trivialidad de la vida decidió para siempre de la suerte de Jacobo...
El criado de servicio en aquel departamento llamaba, atraído por el timbre, a la puerta del cuarto; comprendió entonces el tío Frasquito lo ridículo de la situación, y cada vez más angustiado, calóse prontamente una gorra de pelo, envolvióse en un abrigo de pieles, púsose la dentadura y refugióse en el aposento de Jacobo, diciéndole a este medio lloroso y suplicante:
-¡Contesta tú, Jacobito!... ¡Que no me vean!...
Entonces, de repente, entre la espesa bruma de temores y perplejidades que envolvía la mente de Jacobo como una cerrazón del océano, paralizando su natural audacia, brotó un punto luminoso... El tío Frasquito era rico, influyente, tenía entrada en todas partes, y aquella ridícula aventura le ponía en su poder atado de pies y manos, dadas las femeniles manías del presumido viejo. Las torcidas líneas de su plan comenzaron al punto a enderezarse, y una idea germinó al fin en su mente, vaga todavía e indecisa, pero visible ya, como el capullo del gusano de seda a través de su sedosa borra.
Despidió al criado, disculpando al tío Frasquito con una alarma infundada, apagó el gorro, todavía inflamado, en la jofaina llena de agua, abrió un poco la ventana para renovar el aire y volvió presuroso a su cuarto, donde el tío Frasquito le aguardaba.
Este, sosegado ya y tranquilo, hallábase arrellanado en la poltrona, al calor del fuego; cuando entró Jacobo, examinaba atentamente, con aire de aficionado, los tres sellos de lacre arrancados a los cartapacios por el masón traidor y olvidados en su azoramiento encima de la mesa.
Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cómoda del fondo.
-¡Qué alboroto más necio! -exclamó el tío Frasquito al verle.
Y queriendo atenuar lo ridículo de la escena, no dándole importancia alguna, añadió en seguida:
-¿Qué sellos son estos?... No los conozco...
El tío Frasquito coleccionaba sellos diplomáticos, según ya dijimos, y tenía un álbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy subidos. Días antes había pagado doscientos francos por un sello antiguo de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras árabes esta hermosa leyenda: «Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado».
-La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de Saboya -prosiguió el tío Frasquito-. Uno idéntico tengo de Víctor Manuel, perrro estos otros no los conozco...
Embarazado Jacobo al ver en manos del tío Frasquito aquella prueba flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin cesar:
-¿De quién son?... ¿Te sirven?
Jacobo, más y más embarazado, contestó por decir algo:
-¿A que no lo aciertas?...
-¡Toma! -exclamó de repente el tío Frasquito-. ¡Ya lo creo! El compás y la escuadra y la rramita de acacia en medio... ¡Torrrpe de mí! ¡Si esto huele a logia que trasciende!...
Jacobo se echó a reír forzadamente, y el tío Frasquito, con el ardor de un amateur que tropieza con una ganga, añadió entusiasmado:
-Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son curriosísimos... Supongo que no te servirán; a lo menos, uno me llevo...
¡Cosa extraña y, sin embargo, harto común en caracteres como el de Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan sólo, quemó sus naves y decidió su suerte.
-Llévate los tres, si quieres -dijo encogiéndose de hombros.
Alea jacta est!... Una vez entregados los sellos, imposible era colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de ellos, como había sido su primera idea, y hacíase preciso correr los riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que antes aparecía envuelto.
El tío Frasquito no se hizo repetir la invitación: envolvió los sellos con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardóselos prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la dádiva. Este le miraba hacer con una extraña sonrisa, y cuando el terrible papelito desapareció en el bolsillo del viejo, murmuró en lengua turca:
-¡Olsum!10...
Y levantándose de pronto, propuso al tío Frasquito pedir un bowl de punch bien caliente. Excusóse este, dando por pretexto lo avanzado de la hora; mas Jacobo, con frases cariñosas y expresivas y cierto aire melancólico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le instó a que se quedase. ¿Iba a negarle aquel rato de expansión?... ¡Estaba tan triste, tan abatido, tan solo en el mundo!
Miróle el tío Frasquito extrañado, y la curiosidad, que es la fuerza de resistencia más sufrida que se conoce, le clavó en el asiento... Quizá iba a despejar la X misteriosa que se debatía aquella misma tarde en la terraza del Grand Hôtel, la incógnita que representaba la presencia intempestiva de Jacobo en París, abandonando su Embajada de Constantinopla. El tío Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio Imperial, allá cincuenta años antes, aquello de Horacio: «Fecundi calices quem non fecere disertum?». Y el ponche fue aceptado con disimulado entusiasmo.
Horacio no se equivocó, en efecto: Jacobo comenzó inter pocula sus confidencias, hablando lentamente, muy bajo, a retazos, como un hombre agobiado de pena que destila gota a gota por los labios la amargura que inunda su alma... Abrumábale el peso de un remordimiento, de una espantosa catástrofe de que había sido él causa involuntaria, obligándole a huir de Constantinopla con el corazón hecho pedazos y la conciencia salpicada de sangre...
El tío Frasquito pegó un brinco en el asiento, abriendo los ojos tamaños, y Jacobo inclinó la cabeza entre las manos, mirando atentamente su copa vacía y guardando silencio.
-¡Hombrre, hombrre... eso es serio! -murmuró el viejo asustado; y como viese que el otro prolongaba su silencio, tiróle de la lengua, diciendo:
-Serría cuestión de faldas, sin duda...
-O de pantalones, que para el caso viene a ser, en Turquía, lo mismo- replicó Jacobo.
Y de repente, de un tirón, con el violento esfuerzo de un hombre que arroja lejos de sí un peso que le abruma, refirió con todos sus detalles la terrible historia de la cadina Sarahí... El tío Frasquito escuchaba con la boca abierta, encogiéndose, encogiéndose en la poltrona, convencido de su pequeñez, a medida que lo novelesco y lo terrible agigantaban en su imaginación la figura del héroe de aquella aventura legendaria, de que era el primer confidente y esperaba ser futuro cronista... Y a la idea de ser el primero en lanzar a los cuatro vientos de la publicidad la trágica aventura, el tío Frasquito se alargaba, se alargaba en la poltrona, hasta hombrearse con el héroe como la sombra se hombrea con el cuerpo y el eco con la música, y Homero con Aquiles, y el inmortal Virgilio con el divino Eneas. ¡Y pensar que era ya demasiado tarde para correr de casa en casa aquella misma noche dando la noticia!...
Jacobo leía en la cara de babieca del tío Frasquito lo que allá para sus adentros iba pensando, y no pudo contener una sonrisa de triunfo al ver conseguido su primer intento. Al día siguiente, la historia de la cadina correría por París entero, justificando gloriosamente su fuga de Constantinopla, y rodeándole a él de la aureola de lo novelesco, de lo absurdo, de lo imposible; pedestal el más alto sobre que suele colocar sus ídolos de un día el público de papanatas ilustres, que anda a caza de novedades y cuentos.
Harto conocía Jacobo aquel público, y necesitaba y le bastaba un solo día para sentar seguramente el pie en el nuevo terreno a que sus planes le llevaban. Quiso, sin embargo, remachar el clavo, y levantándose sin decir palabra, fuese a la maletilla abierta sobre la cómoda, revolvió un poco y arrojó después sobre el velador, delante del tío Frasquito, un pequeño objeto, diciendo:
-¡Único recuerdo de mi idilio de Oriente!...
Era una babucha, pero una babucha inverosímil por su tamaño, de raso blanco, con puntera de filigrana de oro y lazos de pluma de cisne sujetos con esmeraldas: una preciosidad artística, cortada sin duda alguna a la medida del pie de un hada, y hecha, más bien que para encerrar un pie humano, para guardar joyas y dijes sobre el tocador de una dama.
El tío Frasquito se quedó pasmado, viéndose otra vez chiquitito, chiquitito como el little man Carlos Statton, que podía bañarse en aquella ponchera, y figurándose a Jacobo alto, alto como el Napoleón de la columna de Vendôme, que mira a los hombres por la coronilla...
Un deseo irresistible, tentador, nació entonces en su alma y se detuvo en sus labios tímido y respetuoso. Hubiera dado su más preciada joya, su dentadura misma de Ernest, por tener tan sólo veinticuatro horas aquella presea de la cadina y pasearla por todos los salones y enseñarla a todos los curiosos, desempeñando así un bout de rôle en aquella novelesca tragedia que había de ser al día siguiente tema obligado de todas las conversaciones. París entero correría a postrarse ante aquel exótico zapato y él sería entonces el sumo sacerdote que mostrase la reliquia a la turba de noveleros.
Y como si Jacobo leyese en su frente aquel deseo, y desde las alturas de la columna de honor en que el viejo le colocaba se dignase realizarlo, le dijo de pronto:
-Tío Frasquito..., hazme un favor...
-¿Qué?...
-Guárdate eso...
-¡Perrro, hombre!...
-¡Sí, sí!... Llévatelo y que no lo vea más... Para mí es un recuerdo triste, y para ti es un bibelot curioso, que puedes colocar encima de tu mesa...
-Perrro, Jacobito, hijo..., no sé si debo...
-Sí debes, hombre, sí debes... Ahí llevas la zapatilla de Ceneréntola; el día en que encuentres una mujer que pueda calzársela, ese día me la devuelves.
-Pues entonces es mía parra siemprre -replicó el tío Frasquito encantado-. No creo que fuerrra de Turquía se calcen las mujeres con hojas de lirrrio.
Despidióse al fin el tío Frasquito de Jacobo con las mayores muestras de cariño, y no bien se vio a solas en su cuarto, comenzó a examinar la babucha por todos lados, acabando por meter dentro las narices... Retirólas, sin embargo, al punto, haciendo un gesto de disgusto: no encontraba allí aquel suave perfume de Smirna, mezcla de áloe y de incienso, que se figuraba él había de dejar dondequiera que se posase el pie de una odalisca: lejos de eso, olía mal, muy mal -y el tío Frasquito fruncía la boca y arrugaba las narices-; olía a una cosa rara, así como mezcla de cuero sin adobar y engrudo medio podrido.
Miró entonces a la suela, y estaba esta limpia, flamante, como si jamás se hubiera puesto en contacto con el suelo, ni sufrido la presión de la más ligera golondrina... ¡Hum!... ¿Si resultaría después de todo que el tal Jacobito era un grandísimo embustero, que le había encajado una sarta de mentiras?...
Y pensando en esto, el tío Frasquito quedóse largo rato inmóvil, mirando atentamente la suela del zapato, como si interrogase a la Esfinge... Encogióse al fin de hombros: después de todo, aunque la reliquia resultase apócrifa y tuviera que ver con la cadina lo que sus calzones de él con los del gran Turco, nada se perdía en ello... Se non è vero, è bene trovato. ¡Mayores pamphlets había visto él correr por el mundo!...
De pronto se acordó de una cosa importantísima, y corrió a dar discretos golpecitos en la puerta de Jacobo; este, con su truhanesca sonrisa estereotipada sobre los labios, ocupábase en aquel momento en esconder en el último rincón de la maleta la babucha compañera de la regalada al tío Frasquito. La historia de la cadina era cierta, mas la babucha habíala comprado él en el Gran Bazar, por mero capricho, a uno de esos viejos turcos de rostro impasible, ojos de vidrio, enorme turbante y caftán naranjado, que recuerdan todavía en la Constantinopla moderna los tiempos de Bayaceto y Solimán el magnífico. El tío Frasquito asomó tímidamente la cabeza, diciendo:
-Jacobo, Jacobito..., dispensa... Me parrrece lo mejor que no digas nada de aquello...
-¿Y qué es aquello?
-Pues hombre, aquello... Lo del gorrro, lo del incendio.
-¡Ah, ya!, ni siquiera me acordaba.
-¡Pues clarrro está! Es una tonterrría... Perrro ya tú ves; ¡la gente es tan necia!... Se rríe de todo y lo pone a uno en rridículo...
-Descuida, hombre, descuida... ¿A quién voy yo a contar semejantes sandeces?
-Pues, buenas noches, Jacobito... Dispensa... Si ocurre algo, pega en el tabique... Yo tengo el sueño de un pájarrro; en eso parrrezco un viejo...
El tío Frasquito acostóse al fin muy satisfecho, pensando en mañana, y al apagar la luz, esta vez con grandes precauciones, tuvo un escalofrío de espanto... Parecióle que se arremolinaban las tinieblas en medio del aposento y surgía de ellas mismas el eunuco estrangulado, con el dogal al cuello, los ojos fuera de las órbitas, el paso lento, la mano extendida, fría, yerta, que se alargaba, se alargaba hacia él... y le tiraba de las narices.
El tío Frasquito se tapó la cabeza con la sábana, apretó mucho los ojos y por tres veces se santiguó muy de prisa.