Estrenada por un
colectivo de actores, dirigido por Osvaldo Doimeadiós, en la
sala Adolfo Llauradó, el 3 de septiembre de 2004.
Elenco: Omar
Franco, Néstor Jiménez, Gilda Bello, Renecito de la
Cruz y Carlos Gonzalvo.
Este montaje
recibió el Premio Villanueva de la Crítica Teatral a
los mejores espectáculos del año.
Cuarto
I
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Dos hombres enfrentan el tedio en la penumbra de la posada.
RENATO saca cuentas, mide
botellas, intenta llenar la madrugada. PEPE está quieto, enfrascado en
un juego mental que ahora se acerca a su punto culminante; habla
solo de forma indescifrable, casi choca con LÁZARO.
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LÁZARO.- Me hace falta...
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PEPE.-
(En su juego.)
¡Quieto!
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RENATO.-
Estamos cerrados.
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LÁZARO.- Ya sé. Aquí
traigo...
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RENATO.-
Diez por arriba. Una pesca o no mojas.
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(TATI pregunta
algo al oído de LÁZARO. RENATO la observa.)
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LÁZARO.- ¿Y las
sábanas?
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RENATO.-
Tengo ron sin bautizar.
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PEPE.-
(Regresando a medias de su
juego.) Totalmente ateo.
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(LÁZARO le
da el dinero a RENATO.
Inmediatamente este le entrega las sábanas. PEPE queda frente a TATI, pero no la mira.)
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RENATO.-
El cinco, el segundo a la izquierda.
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(LÁZARO
conduce a TATI. Silencio
con gotera.)
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PEPE.-
De dónde, de dónde...
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RENATO.-
Tuvo suerte el tipo. Lo que le di, como
cadáver, no estaba malo.
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PEPE.-
No sé de dónde, pero lo conozco.
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RENATO.-
¿Les pusiste agua? En el cubo verde hay un
poco.
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PEPE.-
Verdecita, como la cara de los patriotas americanos;
verde como la hierba de los jardines por donde la bola se va, se va
de jonrón. Las luces a veces son muy blancas; otras, parecen
amarillas.
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RENATO.-
¡Aterriza! Limpia el siete. Es fácil,
los viejos casi no riegan.
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PEPE.-
Esa cara, esa cara...
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RENATO.-
(Alejándose.)
Cara tienes tú que siempre te recuestas.
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PEPE.-
No te das cuenta, Renato, que todas las noches es lo
mismo.
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RENATO.-
En todas partes. Los médicos también se
cansan de dar recetas o de que los marees con la diarrea de los
vejigos o con el corazón de la abuelita.
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PEPE.-
Esa cara, esa cara...
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RENATO.-
Si quieres nos ponemos los espejuelos de palo. A lo
mejor, sin ropa, te acuerdas del tipo y de paso...
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PEPE.-
Ella tiene las piernas separaditas...
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RENATO.-
Le cabe un tren entre las patas.
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PEPE.-
¿Entonces?
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RENATO.-
¿Te embullas?
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PEPE.-
Esa cara, esa cara, esa cara...
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(La penumbra se instaura en el área de TATI y LÁZARO. PEPE y RENATO quedan en la sombra. En la
pareja palpita una mezcla de susto y de ternura.)
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TATI.-
No me gusta verte triste.
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LÁZARO.- Yo me levanto.
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TATI.-
(Coqueta.)
¿Seguro?
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(LÁZARO la
abraza casi con furia. La luz viaja lentamente hacia RENATO y PEPE.)
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RENATO.-
Ni una cara más, mi socio.
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PEPE.-
¡Ya sé! Claro, ¡él mismito
es! (Como una máquina de
recuerdos.) Mejor récord de ganados,
velocidad, curva, estilo...
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RENATO.-
Me estás hablando en chino.
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PEPE.-
Pero a Lázaro Prado sí tienes que
conocerlo, Renato. ¡Hay que ser de otro planeta para no saber
quién es ese hombre!
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RENATO.-
¿Quién... el mulato que se cree
bonitillo? No, pero ese no es.
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PEPE.-
Es él, y por si acaso, vamos a
comprobarlo.
(Ahora la penumbra se generaliza. Se insinúan los
cuerpos desnudos de LÁZARO y TATI, que hacen el amor con
apetito.)
(En
un susurro.) Te lo dije, él mismo es.
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RENATO.-
¿Tú conoces a los pichers por las
nalgas?
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PEPE.-
Cállate, compadre. Si se agita va a perder el
control en la curva.
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RENATO.-
Dame un chance, quiero ver lo que hay entre esas
piernas separadas.
(Ahora RENATO se
pone en la posición del voyeur. Se establece un contraste entre el
naturalismo de RENATO y
las asociaciones casi poéticas de PEPE.)
Así, duro, por las caderas,
que le guste.
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PEPE.-
Esas manos... Cómo tiraba el tenedor.
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RENATO.-
No sé si es con el tenedor o con la cuchara,
pero tiene loca a la zambita.
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PEPE.-
Grande...
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RENATO.-
(Vulgar.) ¿Muy
grande?
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PEPE.-
Elegante, imponente. Es una lástima que
ahora...
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RENATO.-
Ya. Igual que todas. Al final se quedan boca abajo y
resoplando como una vaca en tiempo de seca.
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PEPE.-
Se ve mejor con el uniforme de los Industriales.
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RENATO.-
No creo que a ella le parezca lo mismo.
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PEPE.-
No entiendes nada, Renato. Eres un guajiro sin
corazón que nunca ha entrado a un estadio encendió a
las nueve de la noche. Ni te imaginas la gozadera de sentarse al
fresco un domingo por la tarde. Final del noveno, tres y dos...
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RENATO.-
Y te ponchas y de las gradas te gritan...
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LOS DOS A LA
VEZ.- ¡Maricón!
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(RENATO
ríe. PEPE sigue en
lo suyo.)
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PEPE.-
Lo voy a lograr, ya lo verás.
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(Sube levemente la luz en el área de LÁZARO y TATI.)
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TATI.-
Muy rico.
(LÁZARO va
a contestar, pero sonríe con una satisfacción
plenamente masculina.)
¿Por qué tanto
gorrión hace un rato?
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LÁZARO.- Me están dando, pero me
siento entero.
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TATI.-
¿No será preferible...?
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LÁZARO.- Tú también con
eso. Cuando mejor estaba formaron la payasada de retirarme y, por
buscarme cuatro pesos, fui a dar a Japón.
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TATI.-
A mi cama. Prestados los dos.
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LÁZARO.- Pero sabroso, ¿no?
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TATI.-
Allí no teníamos a nadie. Ahora me
siento rara.
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LÁZARO.- Esto está todo lo feo
que le da la gana.
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TATI.-
Mirándolo bien, es original.
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LÁZARO.- Un socio mío dice que
aquí se viene a lo que se viene y a nada más. No hay
ni televisión, ni una revista...
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TATI.-
(Pícara.)
Aquí uno viene a venirse.
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LÁZARO.- (Como un
piropo.) Cochina... Estás mejor que
nunca.
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TATI.-
(En el juego.) Gracias,
papi.
(Silencio. Ninguno de los dos se atreve a asomarse a la
nostalgia.)
Allá, en el
fin del mundo, fuimos marido y mujer divinamente. Nos
bañamos juntos, comimos en el mismo plato.
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LÁZARO.- ¿Y lo tuyo de
aquí?
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TATI.-
¿De verdad, te importa? ¿Crees que sea
tema para ahora mismo?
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(Apagón pleno. Se oyen voces, quejidos, alguien
canta. La luz regresa, ahora centrada en PEPE.)
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PEPE.-
(Monologa.) Tengo que
entrarle con algo distinto. Botarle un número raro, una
honda extrañísima...
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RENATO.-
Te toca.
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PEPE.-
Le voy a tirar por debajo del brazo.
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RENATO.-
El dos o el uno más uno, a gusto del
consumidor.
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PEPE.-
Un lanzamiento submarino, como los de aquel
Furuya.
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RENATO.-
Todo lo que tú quieras, pero ahora tienes que
limpiar la mariposa.
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PEPE.-
Ayúdame a pensar, so Renato. Me estoy jugando
la vida.
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RENATO.-
Si no le limpias, aunque sea la cara al dos, no nos
va a entrar ni un peso.
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PEPE.-
(En otra de sus
obsesiones.) Uno caballo, dos mariposa, tres
marinero, cuatro gato, cinco monja...
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RENATO.-
(Alejándose.)
Allá tú con tu condena.
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PEPE.-
Eso es, Renatillo. Condena, cárcel, cana,
tanque, talego, a la sombra, guardao. Le voy a entrar
hablándole de aquel amigote de su sobrino que estuvo conmigo
en la Canada Dray. ¿Cómo
se llamaba?
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(La penumbra vuelve al cuarto de LÁZARO y TATI. Debe insinuarse que ahora el
sexo estuvo empapado de ternura.)
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LÁZARO.- Yo voy a mí, pollito.
Todo va a ser como antes.
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TATI.-
¿Y no estás cansado?
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LÁZARO.- No. Bueno, a veces sí.
Hay días que me entran ganas de mandar al diablo los viajes,
los hoteles, la seguidilla del entrenamiento...
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TATI.-
Pero quieres que te sigan conociendo, tomarte una
cerveza en la esquina y seguir en el centro.
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LÁZARO.- ¿Me estás
diciendo «postalita»?
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TATI.-
Es normal, machote. Hoy me sentí rara en el
estadio. No tengo edad para esas gestiones.
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LÁZARO.- Las peloteras y las musiqueras
no siempre son jovencitas.
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TATI.-
Yo era más bien carne de salvavidas.
Nadábamos hasta una piedra, bien lejos, y me ponía a
gritar: «Me ahogo, me ahogo», y si venía uno
medio feo... (Sigue el
juego.) «Tú no, mi vida, el otro, el de
los ojos verdes».
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LÁZARO.- Si te agarro a tiempo no hay
músico que toque el violín ni nadador que mueva los
brazos. (Serio ahora.) No escogiste un
día bueno, mi reina. Me sentí tan fuerte como en la
Olimpíada, pero las cosas no salieron bien. Es la tercera
vez. Me estoy desesperando.
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TATI.-
Y los del equipo contrario, ¿no será
que cuando se paran a batear y miran para alante ya no ven a aquel
Lázaro Prado invencible?
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LÁZARO.-
(Herido.) ¡Qué sabes
tú!
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TATI.-
No, claro, yo no soy picher, ni cargabates, ni
siquiera soy...
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LÁZARO.- Mi mujer sí fuiste. Y no
te me has ido de la cabeza ni de ninguna parte.
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TATI.-
¿Será verdad, o son esas cosas que se
dicen en las posadas después del segundo palo?
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LÁZARO.- Yo no soy de palabras bonitas.
Ya sabes, me he pasado la vida entre machos, oliendo a huevos
sudados. Pero, Tati, aquello, lo de nosotros, fue una
maravilla...
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TATI.-
Así es mejor, así se habla antes del
tercero.
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(Se abrazan. Ahora la luz viaja hacia PEPE que ensaya -con una botella llena
de ron- el acercamiento.)
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PEPE.-
(A su sombra, animada como el otro
personaje.) Mire, esto es para usted...
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PEPE.-
(Como LÁZARO.) Yo no
tomo, gracias.
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PEPE.-
Ya sé, hay que estar en forma y la botella se
lleva el brazo, el codo y hasta la vida. Pero es un buchito del
tamaño de un dedal, un poco para brindar. Mire, no es porque
lo tenga delante, pero usted es lo mejor que se ha parado a tirar
pelotas en este país. Ya quisiera por un día de
fiesta el Marqués ese que anda por allá fuera...
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RENATO.-
(Regresando con toda su carga
terrenal.) ¿Qué, enamorando a la
jeva?
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PEPE.-
Lo del ron no sirve.
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RENATO.-
Dale un pescao.
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PEPE.-
Él nació cerca del mar.
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RENATO.-
Yo te digo un peje de diez cañas, diez pesos.
Con el dinero brinca el mono y la gata se para en
atención.
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PEPE.-
Están al salir y no se me ocurre nada. Lo del
socio que conocí en el tanque está flojo. Es
más bien un batazo muy largo que se joroba y viene a dar
contra las mallas.
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RENATO.-
(A medias en el juego.)
Si sacas esa carta van a decir que te trancaron por sonso.
(Como un juez.) Se condena a Pepe,
El Brujo, a cinco añojos por comer demasiada
cáscara, por acaparar guanajerías.
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PEPE.-
Ay, mi madre, por ahí vienen...
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(LÁZARO y
TATI se acercan.
Podrá darse el pequeño trayecto en un ritmo
más lento.)
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RENATO.-
A él se le ve un poco flaco, sufridito...
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PEPE.-
(Tímido.)
Disculpe... (Con TATI, sin mirarla apenas, pero
amable.) Con su permiso, señora.
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LÁZARO.-
(Neutro.) ¿Se debe algo
más?
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PEPE.-
No, al contrario.
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LÁZARO.- ¿Cómo?
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PEPE.-
Yo soy quien le debo.
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TATI.-
(Cómplice.)
Parece que al señor le gusta la pelota, mi vida.
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PEPE.-
Le debo el caminao bonito de cuando tenía 20
años. Le debo los juegos que le vi lanzar y los que yo me
inventé...
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LÁZARO.-
(Cortándolo, pero agradecido.)
Gracias. (Le tiende la mano.)
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PEPE.-
No he conocido otro picher así.
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LÁZARO.- Ayer fue un día malo,
pero pa'lante.
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PEPE.-
¡No se puede ir!
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RENATO.-
El socio va a pensar que es un secuestro.
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TATI.-
Un momento, amor...
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PEPE.-
(A TATI.) Óigame...
Si yo no le hago un regalito a este hombre, me muero.
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LÁZARO.- Es media noche. ¿No les
parece un poco tarde para hablar de pelota?
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(PEPE va y busca
la botella con una valoración similar a la del ensayo.
RENATO se fija
descaradamente en TATI.
PEPE se percata y se para
entre él y la muchacha para evitarlo. TATI lo percibe, le
agrada.)
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PEPE.-
Mire, estelar...
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LÁZARO.- Le estoy quitando el cuerpo a
los tragos. Los últimos juegos...
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PEPE.-
Eso es mala suerte. Aquella noche del 85 dejaste a
los Orientales con las ganas. Yo estaba solo, pero festejé
como si estuviera en el medio del molote de unos carnavales.
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TATI.-
Éste es un admirador de los de verdad.
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LÁZARO.- (Coge la
botella.) Brindaré cuando gane el
próximo juego, gracias.
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PEPE.-
(A RENATO y a TATI, pero parece ir mucho más
allá.) No es tirar duro y que el que
esté ahí parado no la vea pasar. Es el estilo, la
gracia de un picher grande. Ésa viene a la tierra cada cien
años. (Hace la mímica del picher
despacio.)
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(RENATO sintoniza
alguna emisora estridente y hasta ridícula. LÁZARO se va a despedir con una
palmada. TATI le acaricia
su otro brazo y mira a PEPE con simpatía. En el
momento del apagón se oye el alarido de un
orgasmo.)
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Cuarto
II
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Luz que contradice francamente la idea de la penumbra. En
un video gigante o con un recurso más artesanal se
darán imágenes beisboleras poco realistas. No es el
juego, sino su mitificación. La penumbra regresa a un sitio
que puede recordar la posada, pero ahora es una rampa discreta y en
lo alto hay un televisor. El cuarto de PEPE se edificó en lo que fuera
la piscina de un hotel. El juego de béisbol de la
emisión está superpuesto con la telenovela de los
vecinos. PEPE va a
competir, por centésima vez, pero una presencia, más
que una voz, lo hace volverse.
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PEPE.-
Sube...
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TATI.-
(Desde la casi
oscuridad.) ¿Sin saber quién es?
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PEPE.-
Quien me parece no debe ser, pero que suba de todas
formas.
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TATI.-
Ya veo que te ahorras la escalera.
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PEPE.-
¿Qué tú haces aquí,
muchacha? Esto no está como para recibir damas. Así
que la estrella del estelar. (La obsesión
puede más que la lógica del discurso.)
Hoy le pusieron la bola en la mano. Esta noche sí va a
liquidar a todo el mundo. Será como antes, como
siempre...
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TATI.-
Tu casa se parece al plano inclinado que estudiamos
en la Secundaria.
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PEPE.-
Estás en la piscina. Cuando se vació el
hotel y esto empezó a llenarse de gente del oriente del
Oriente, yo trabé mi pedazo y a gozar. Cuando las mujeres no
me resisten, no tienen que despedirse; se zambullen y salen del
otro lado.
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TATI.-
Esto es lo más gracioso que he visto en mi
vida.
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PEPE.-
No hay gracia ni misterio: el elevador es un
vertedero y el sótano un centro de recría y
entrenamiento de mosquitos. Yo vivo aquí. Como el chiste del
Chino: «Y más na».
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TATI.-
¿Y la posada?
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PEPE.-
Bien, gracias. ¿Quieres ron, cerveza,
café, explicarme a qué viniste, sentarte o todas las
cosas a la vez?
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TATI.-
Ninguna.
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PEPE.-
Bueno...
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TATI.-
Quiero presentarme.
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PEPE.-
Si tú supieras...
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TATI.-
¿Qué tengo que saber antes de sentarme,
tomar café o decirte qué pinto aquí?
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PEPE.-
Es que allá, donde nos conocimos, las mujeres
no tienen nombre y la mitad de las veces ni cara.
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TATI.-
Era de esperar. (Siguiendo lo que
supone su lógica.) Pero yo soy la jevita del
estelar.
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PEPE.-
Y viniste a echarte conmigo el partidazo, a gozar la
papeleta con sus lanzamientos endemoniados.
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TATI.-
Y a algo más.
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PEPE.-
Bueno, siéntate. Ten cuidado con esa silla,
ella tiene su carácter y procura no rodarte para la parte
honda...
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TATI.-
Tati, me dicen Tati, y si me caigo, salgo a flote.
Sé nadar, pero vivo de bailar. Conozco las partes bajitas y
las hondas, así que es difícil que me hunda.
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PEPE.-
Pepe, me llamo Pepe, aunque algunos me dicen
Revoltillo, y otros El Loco y casi nadie José Miguel.
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TATI.-
¿Cómo te gusta que te diga yo?
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PEPE.-
Inventa uno nuevo, a lo mejor tabla, tremenda tabla,
como la que no le van a dar al estelar.
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TATI.-
Yo sé que no estás loco ni un carajo,
Pepe.
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PEPE.-
Malas palabras y todo.
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TATI.-
¿Te parece que las mujeres nada más que
podemos decir cochinadas en la cama?
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PEPE.-
Ya no me asusta nadita, estelarita.
(Silencio. El sonido de la telenovela se ha impuesto sobre
el juego.)
Hoy el hombre la
va a poner donde es.
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TATI.-
¿Y si le caen a palos?
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PEPE.-
Eso le pasa a cualquiera.
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TATI.-
¿A ti te gustaría hacerte amigo de
él?
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PEPE.-
De tu... ¿marido...?
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TATI.-
Seguro que ustedes saben mejor que uno mismo la
relación que hay entre dos personas que se van a la cama por
un par de horas.
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PEPE.-
Tumba esa transmisión, campeona. Al principio,
se sabe y se adivina. Después, las noches se emparejan en
una melcocha de colchones sudados y ardor en los ojos.
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TATI.-
¿Y es verdad que se esconden y miran
cuándo una mujer les gusta?
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PEPE.-
Ven acá, medallista, ¿esto es una
entrevista, un asalto o tú te dedicas a las piedras
feosas?
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TATI.-
Ahora sí me dejaste en el aire,
¿qué piedras?
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PEPE.-
La novia que nunca tuve. Y pasa la página, que
el hombre va a empezar a tirar, supersónica.
(Los dos se quedan un momento quietos frente al televisor.
Como por arte de magia se callan el locutor deportivo y la
telenovela. Después PEPE y TATI comienzan a narrar cada uno su
propio juego.)
El tipo viene
echando humo, se ve en la forma de calentar el brazo.
(Como contestándole a un fanático
compañero de asiento en el estadio.)
¿Qué jueguitos son ésos, compadre?
¿Tú miraste el número de ese hombre, tú
sabes quién es Lázaro Prado? No, no, no me hables de
ése, le dio un batazo al mío de chiripa. Hoy le van a
partir la cintura esa de recoger tomates.
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TATI.-
Hay un palco para las mujeres y otro para las
queridas. Se les conoce por la cara, aunque algunas están
cerca de cambiarse de puesto. ¿En cuál me siento
yo?
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PEPE.-
No quiero señas para el público, ni
guante en el aire para ninguna brujita. Deberían poner
multas como en la Yunay.
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|
TATI.-
Creyón de labios, pintura de uñas. En
el baño se emparejan las cosas. Aunque las señoras
quieren hacerse dueñas del único espejito, o cierran
la puerta medio rota para orinar muy finas. Las queridas mean con
descaro, poniendo la piernota y medio muslo fuera, para que la otra
se haga una idea de por qué Fulanito está comiendo de
su mano.
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PEPE.-
Las mujeres y el codo empinao son el cementerio de
los peloteros.
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|
TATI.-
La Negrona se está pintando la boca de un rojo
encendió. El vestido amarillo parece que lo va a reventar
con las nalgas. La Jabá la mira despacito. Es más
bien chiquita, pero con los brazos llenos de manillas de oro. Y
debajo, músculos finos, como si los escondiera para su
momento. Las uñas largas, largas, afiladas...
(Como La Negrona.) ¿A ti
qué pinga te pasa?
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PEPE.-
Eso es, tres y pa'la tonga. Que venga el otro guajiro
ladrón de gallinas que te lo vas a comer crudo.
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TATI.-
(Como La Jabá.)
Ésa te la quitas de la boca y me la devuelves.
(Como La Negrona.) Yo me la estoy
gozando hace mucho rato, y eso lo sabe La Habana entera.
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|
PEPE.-
Duro, por ahí, que no la ve, y en ese pueblo
no conocen todavía los espejuelos.
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TATI.-
La galleta, el arañazo. Me dan miedo esas
uñas...
(Puede oírse la voz en off que anuncia a los jugadores el turno al
bate, como indicando que TATI «salió del
baño». Silencio. Después vuelve la telenovela.
Va subiendo hasta hacerse desesperante. PEPE la apaga como si fuera su equipo
y no el del vecino.)
Me voy...
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|
PEPE.-
Bueno...
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TATI.-
¿No me preguntas para dónde?
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PEPE.-
Ni pregunto ni apunto. Mira, llévate esta
jugada de recuerdo. Nunca le hagas a nadie así.
(Le apunta con el dedo índice.)
Fíjate bien, curveadora. Un dedo apunta para ti, pero los
otros cuatro van para mí, me están acusando,
metiéndome en candela.
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TATI.-
¿Vamos para el estadio, Pepe?
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PEPE.-
Tú estás loca, figura. Entro a trabajar
a las doce.
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TATI.-
Entonces me voy.
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PEPE.-
Espera un segundo. Mira que le quieren complicar el
inin al hombre y ni tú ni yo lo vamos a permitir.
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TATI.-
Por eso mismo, voy para allá.
(Pausa.) Ya sé; ya sé,
sin besitos tirados, ni jueguitos de ésos.
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(PEPE ríe
de buena gana. La escena es invadida por una luz que recuerda las
torres del alumbrado del terreno de pelota.)
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Cuarto
III
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El ambiente del hotel se diferencia de la atmósfera
de la posada, sobre todo por la luz que será
básicamente fuerte. Están solos LÁZARO y TATI, pero no hay
intimidad.
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TATI.-
Es una locura.
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LÁZARO.-
(Animado.) ¿Tú no dices
que te gustan las aventuras?
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TATI.-
Pero esto de meterse en la guagua de contrabando,
subir a la habitación por la escalera del fondo y tener a
ese muchacho afuera esperando, se parece más bien a
mendigar.
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LÁZARO.- No te machuques ahora, mi
reina. Hoy nadie se va poner pesao. Estuve en forma, gané.
Todo empezó a ser como antes.
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TATI.-
Yo también estoy contenta.
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LÁZARO.- Pues lo disimulas bastante
bien.
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TATI.-
Quiero que tú vuelvas a ser el estelar
Lázaro Prado.
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LÁZARO.- ¿Y quién te dijo
que dejé de ser bueno? ¡Coño, Tati, parece
mentira!
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TATI.-
Disculpa. Yo no sé casi nada de pelota, que no
se te olvide. Lo que pasa es que hoy necesitaría hablar de
otros temas; preguntarme o preguntarte, ya ni sé. Averiguar
si lo dejamos en el buen rato de la posada, o intentamos algo
más.
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LÁZARO.- Por lo menos ahora la tuerca de
las casualidades dio la vuelta al revés. Tú dices que
estás sola...
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TATI.-
Sé que te puede extrañar, que tienes en
tu cabeza a la muchacha del cabaré que no la dejaban bajar
al público cuando se acababa la función y el camerino
lleno de papelitos, llamadas y recados. Pero sí, ahora estoy
sola, solita, jodía, muñecón. Y no lo digo, lo
siento desde el alma hasta los ovarios. Me demoré, le di mil
vueltas para no dejar a mi marido. Pensé que él era
la tranquilidad, los hijos, el piso firme, y al final se fue.
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LÁZARO.- Eso le pasa a cualquiera.
Tú ya le llevabas ventaja, te desquitaste por
adelantado.
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TATI.-
Sí, le pegué los tarros contigo. Y no
me preguntes con cuántos más porque no te lo voy a
responder. (Haciendo catarsis.) Ahora
la pelea por los machos no es casi nunca por lo que les cuelga
entre las piernas, sino por lo que les abulta en el bolsillo.
Mientras mi marido fue profesor de Secundaria, nadie lo miraba. Yo
fui la que tuvo que aceptar esa temporada en el fin del mundo para
buscar unos pesos y levantar una pared. Cuando nos conocimos ya
estaba cansada de mover la cintura, de las malas noches. Ese viaje
era el precio que tenía que pagar por mi estabilidad. Un
día él se cansó de la gritería de los
chiquillos, de que a los padres todo les diera lo mismo, y se
consiguió una plaza de jefe de almacén. Ahí
resolvía, inventaba, se la buscaba.
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LÁZARO.- Robando, nena, robando. Si
tienes la lengua tan suelta llama las cosas por su nombre.
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TATI.-
Sí, robó, como tanta gente.
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LÁZARO.- Yo no. Al contrario, yo pudiera
ser millonario. ¿Estás oyendo, ricura? No es un
decir: «Fulano es rico» porque tiene una moto o un
equipito pendejo de música. Yo, Lázaro Prado,
podría tener unos cuantos millones de dólares. Toda
Cuba sabe que el Marqués es bueno, pero no me llega ni a los
hombros, que mi historial es mejor.
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TATI.-
¿Vamos a hablar de estadísticas o de
nuestras vidas?
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LÁZARO.- De lo que tú quieras,
Tati, pero sin meterme el pie. Creía que me habías
buscado para celebrar juntos. Llevamos cinco años sin vernos
y en ese tiempo pasan demasiadas cosas. Tú me gustas con
delirio y me siento bien contigo, pero yo tengo muchos líos
en mi vida. Cógelo suave, para que se nos dé.
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TATI.-
Bien, Lázaro. Esa es una respuesta.
Perdóname por haberte aguado la diversión. Me voy. No
te preocupes, yo le aviso al novato bonito que ya puede subir con
su novia.
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LÁZARO.- ¿Qué pasa, Tati?
Contigo siempre se ha podido hablar. Nosotros espantamos muchos
gorriones juntos. Todo el mundo hablando ese idioma del diablo y
tú y yo solos, con los rollos de allá y el peso de
las jodederas familiares de aquí...
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TATI.-
Lo recuerdo todo. Eso es lo peor. Pero tú
ahora quieres guardar sólo una parte y necesitas que te
aplauda hasta que me duelan las manos.
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LÁZARO.-
(Coqueto.) Necesito también
otras cosas, y tú eres la única que puede
dármelas.
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TATI.-
(Acercándosele, pero sin entrar
de lleno en el juego.) Yo podría darte por lo
menos... algo. Pero, ¿qué le decimos al muchacho de
la otra cama?
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LÁZARO.- Me enciende la sangre. A estas
alturas no tener ni una habitación para mí solo. Me
quedan unos pesos del último viaje, después nos
metemos en casa de un socio que tiene un cuarto como de nueve
estrellas. Pero ahora, por lo menos, dame un besote de
adelanto.
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TATI.-
(No se mueve. Está como ausente,
solo se deja abrazar.) Hasta dos te
daría.
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(Apagón.)
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Cuarto
IV
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En la posada el apagón es «real». Se ha
interrumpido el fluido eléctrico. PEPE y RENATO están cerca de la luz de
una vela. PEPE canta
parodiando, pero sin burla, una canción de las misas
espirituales.
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PEPE.-
«Madre mía de la Caridad,
ayúdanos...».
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RENATO.-
Tumba esa letra de espiritismo, que me asustas.
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PEPE.-
«Ampáranos...».
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RENATO.-
Yo no creo ni en mi sombra, pero con esas cosas no
juego.
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PEPE.-
¿Y si te pagaran por adivinar?
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RENATO.-
Hablan de mí, pero la plata le gusta a todo el
mundo.
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(Silencio. PEPE
está como ausente.)
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PEPE.-
(Canta.) «Siete
días con siete noches / por el mundo caminando / y no
encuentro una limosna pa'mi viejo, Babalú Ayé. /
Tanto como yo camino, / tanto como yo trabajo...».
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RENATO.-
Deja eso, hermano. Prefiero que sigas con la pelota.
Yo voy a dar una vuelta, no sea que con el apagón se forme
algún lío.
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PEPE.-
(Canta.) «Tanto
como yo camino...».
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RENATO.-
Si las parejitas aprovecharan y se cambiaran de
cuarto sería un vacilón. Malo que después se
forme una piñacera.
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PEPE.-
(Canta.) «Madre
mía de la Caridad, / ayúdanos, /
ampáranos...».
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(RENATO se va, lo
deja por imposible. PEPE
sigue cantando, la vela se va extinguiendo. PEPE se recuesta sobre una silla. De
los cuartos llega la voz medio desafinada de alguien que canta un
bolero. PEPE se incorpora
y busca instaurar el dúo. RENATO regresa. El cantante de los
altos se ha cansado, pero PEPE sigue bajito,
conectado.)
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RENATO.-
Deja la musiquita, Pepón. Tengo que decirte
una cosa importante. El lunes hay una reunión con todo el
mundo. El administrador me llamó y me lo dijo, como yo soy
el más viejo aquí... Hace rato que la bolita
venía rodando.
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PEPE.-
(Empezando a interesarse.
Canta.) «Mira la bolita como sube y como baja,
/ ay, cómo sube, / ay, cómo baja».
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RENATO.-
No te voy a decir nada y que la viga te caiga en la
cabeza. Uno también se aburre de la gracia seguida, de que
siempre andes con tu mente jugando pelota o comiendo
catibía. Lo que tengo que contarte, lo que tenía...
Bueno, pal'carajo. (Transición,
serio.) Te toca limpiar el dos y el cuatro.
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PEPE.-
¿Qué pasa, mi sangre?
¿Cómo vamos a pasar este carretón de noches
sin dormir, mientras media Habana goza, si no nos fajamos y
cantamos y jugamos?
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RENATO.-
(Después de una pausa de
aceptación de la disculpa.) Se rompió
la bicicleta.
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PEPE.-
Acaba de cantarme la jugada.
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RENATO.-
Esto lo van a cerrar.
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PEPE.-
(Disimulando que ha recibido el
golpe.) Entonces: calabaza, calabaza, cada uno pa'su
casa.
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RENATO.-
Aquí uno pasa muchas malas noches, pero, con
un par de roñes y un huequito de Pascuas a San Juan, se va
escapando. La calle está malísima. Yo tengo mi trauma
con lo de doblar el lomo. Cuando era chamaquito y veía a mi
padre y mis tíos con el sol dándoles una paliza y los
pies metíos hasta el alma en el fango, me dije: «Algo
invento, pero eso no es para mí».
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PEPE.-
Y te volviste un bárbaro en echarle
almidón a las sábanas, plancharlas de nuevo y poner a
la gente a dormir sobre el cadáver de la leche ajena.
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RENATO.-
Peor es el que le echa agua a la otra, a la de los
niños.
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PEPE.-
Santa Palabra.
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RENATO.-
¿Dónde nos metemos ahora, Pepe?
(Se oye a alguien que llama a PEPE.)
Dale,
cógelo que ése debe ser de los últimos
clientes.
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PEPE.-
(Caminando hacia la zona del escenario
de donde viene la voz.) Estamos cerraos, hermano.
Oscuro se pueden hacer muchas cosas, pero a nosotros la empresa nos
dice que hay que cerrar.
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LÁZARO.- Yo lo que quiero es hablar
contigo.
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PEPE.-
¡Estelar! Entre el apagón por fuera y la
luz que me quieren quitar del bolsillo, no te conocí.
Adelante. (Llamando.) Renato...
(A LÁZARO.) El
guajiro anda triste, y cuando se engorriona le da por dedicarse a
sus obras de arte con las sábanas.
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LÁZARO.- (No está
borracho del todo, pero tiene encima suficientes tragos para que
cambie su personalidad habitual.) Anoche me
tomé la botella que me regalaste. Estaba en talla, mi socio.
Vine a buscar otra para invitarte.
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PEPE.-
Aquí ese líquido lo tenemos de un
manantial particular. Guarde su dinero.
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LÁZARO.- Te hablo de a hombre. Primero
no entendí que la loca de Tati te fuera a ver...
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PEPE.-
A las mujeres no hay quien las entienda,
campeón.
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LÁZARO.- Y dilo, hermano.
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PEPE.-
Yo sé que debes estar cansao de esos
fanáticos que hoy te celebran y mañana te gritan
barbaridades porque perdiste un juego.
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LÁZARO.- Así mismo. Como si uno
fuera una máquina, como si no le dolieran las muelas, no se
le enfermaran los hijos...
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PEPE.-
Todo el mundo sabe que a los coreanos le ganaste de
relevo con cuarenta de fiebre.
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LÁZARO.- Y contra los americanos
aquí, piché muriéndome de la incomodidad.
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PEPE.-
Esa noche ni el par de salvajes de las Grandes Ligas
pudo hacer nada.
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LÁZARO.- Mientras más duro tiraba
más me ardía.
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PEPE.-
Pero te veías imponente en la lomita, como
siempre. ¿Te salió una ampolla y no dijiste nada para
seguir?
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LÁZARO.- Frío, frío.
(Representa a medias.) Cuando
hacía los movimientos para impulsarme, el ardor decía
«Aquí estoy yo».
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PEPE.-
Ah, voy acercándome a la paloma y si no vuela
rápido la cojo. ¿No era en la mano la cosa?
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LÁZARO.- En el centro del cuerpo, en la
parte que el hombre más cuida.
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PEPE.-
(Completando la idea.)
Ese animal que cuando se cae cuesta Dios y ayuda para que se
levante.
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LÁZARO.- No es fácil andar de
guagua en guagua, de pueblo en pueblo, y lo que va a los juegos a
buscarnos no son virgencitas. Mucho sacrificio y casi nadie te
entiende, mi socio, ni la mujer de uno.
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PEPE.-
Vayan por la piscina cuando quieran y nadamos en unos
calamares o nos zambullimos en unos espaguetis.
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LÁZARO.- (Disimulando su
raíz de celoso.) ¿Te gustó mi
mulata, eh, hermano?
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PEPE.-
(Casi ruborizado.) Yo
soy incapaz de mirarle, de ninguna forma, la mujer a un hombre que
aprecio. Vaya, para mí tienen barba, bigote y un machete al
cinto.
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LÁZARO.- Era una jarana, bróder.
La cosa es que uno se mata y después tiene que compartir el
cuarto con un chama que empieza y al que quieren ponerlo por el
cielo.
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PEPE.-
Tú también brillaste desde los
juveniles.
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LÁZARO.- Sí, pero para llegar
arriba tuve que soltar el pellejo.
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PEPE.-
Y ahora ¿qué pasa, estelar?
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LÁZARO.- Lo mío y lo de Tati fue
un vacilón, una bola de humo china. Nos chocamos allá
en Japón... Sin alardes, hermano, pero esa era la dama que
todo el mundo quería llevarse y tuve que hilar fino porque
cuando salía del escenario y se ponía la ropa de
mujer seria, más parecía un soldado que una
bailarina. (Pausa. Asociando.) Y ahora
la madre de los chamas también quiere que cuelgue el
guante.
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PEPE.-
Qué va, todavía hay picher grande
pa'rato...
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LÁZARO.- (Más
íntimo.) ¿Me lo dices de verdad,
Pepe?
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(La luz «real» vuelve súbitamente. Es
como una agresión. Se enciende el radio, echan a andar con
ruido los ventiladores. PEPE y LÁZARO se miran como con
vergüenza de tanta intimidad. El apagón ahora es
completo.)
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