Pedro Salinas: El Defensor. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 1948
Ricardo Gullón
Me temo no basten la clara inteligencia y la ingeniosa agudeza de Pedro Salinas, abogado ideal, para salvar las causas en cuya defensa se empeña. Pero el intento es admirable, y quizá, quizá, alguna de ellas no esté tan perdida como aparenta. Defensas de la carta misiva, de la lectura, de la minoría literaria, del lenguaje y, también, paradójicamente, de los viejos analfabetos. Un seductor manejo de temas, en donde coinciden algunos de los más inquietantes, de los que han de ocupar y preocupar a quienes tienen por oficio los problemas intelectuales; temas cuyo estudio ha realizado Salinas con estupendo equilibrio, alejado de la iracundia y de la sensiblería, siguiendo el hilo de un humorr clarividente que cala a fondo en los asuntos y salva los escollos a fuerza de puro ingenio cuando no de maliciosa ironía.
La carta misiva, tal como Salinas la entiende -y es el único modo aceptable de entenderla-, resorte admirable de comunicación entre los humanos, de comunicación y comunión íntima, está en trance de desaparecer. Esta desapareciendo, a impulso de esos dos grandes enemigos de cuanto en nuestra civilización hay de pulcro y de exquisito: la desidia y la prisa. El telegrama y el telefonazo acaban con la carta, pues aun las sobrevivientes epístolas suelen tener un aire urgente, limitado, utilitario, que les quita su encanto. Están influídas por el aura de lo telegráfico y comercial, por el deseo de ceñirse a lo estrictamente necesario, a los puntos de que se desea informar a un corresponsal que, a través de la carta, cobra siempre cierto aire de agente de negocios. El ensayo de Salinas (que es, como los demás, ensayo de poeta) contiene páginas finísimas sobre la prisa, sobre la pluma y la máquina, sobre la letra y la persona, y otros mil deliciosos sub-temas. Su defensa de las cartas manuscritas, en cuanto a la pluma personaliza la carta, da carácter a la letra y representa a la persona, es un prodigio de percepción de matices, de agudeza discursiva y de buena y dinámica prosa.
En estos ensayos apenas hay digresiones. Pero sí un adelgazamiento del tema que va analizado en múltiples canalillos, en la enorme riqueza de sugerencias que brinda al autor y éste aprovecha con tan fácil y discreto tino que, pese a lo exhaustivo del análisis, produce la impresión de que podría hablar mucho más sobre ellas. ¡Encantadores parágrafos dedicados a los manuales epistolarios, a las diverss especies de secretarios, a los memoralistas! La cultura de Salinas, rara y recatada, cultura no solo adquirida en los libros, sino en un perspicaz discurrir por el mundo con los ojos llenos de curiosidad hacia la vida y de amor a las mejores conquistas de los humano, se vierte para realizar sus tesis con la anécdota sazonada, la remembranza justa o el grano de picante erudición adecuado al caso.
La defensa de la lectura se endereza contra monstruos no menores: también ontra la prisa, desde luego, pero además y sobre todo contra el dios de la cantidad, que, referido a los libros, impone congojas y causa trasuradores a los humanos que se preocupan por buscar un hilo conductor a través de la espesa maraña libresca. Tras de atacar con armas de buena ley la leyenda del poco tiempo, de la falta de tiempo en que suele abroquelarse el contemporáneo para excusarse de leer, examina los expedientes ideados para resolver esa difilcultad: la reducción y recorte de los libros, las revistas que llama periódicas o destinados a la enseñanza de la lectura rápida y de día en día más acelerada... A estos bárbaros arbitrios opone Salinas su concepción de un ars legendi que sólo puede lograse por la vía de la selección.
¿Y cómo seleccionar? Ni listas prestablecidas, ni sociedades de lectores bastan para este delicado fin, aunque, si dirigidas por discretos, sirven en algín caso de orientación. La crítica podría ser de mejor ayuda, pero Salinas señala la decadencia universal de la crítica, no ya extinta o desaparecida, sino algo peor: suplantada por el revisterismo irresponsable. La censura de las listas donde algún sabio o grupo de sabios establece dogmáticamente, cuáles son los cien mejores libros del mundo, la realiza Salinas con ecuánime donosura, pero sin perdonar flaqueza ni olvidar ligereza de las registrables en las selecciones más difundidas en los Estados Unidos, país que con más frecuencia las produce.
Educar para leer, restaurar «el aprendizaje del bien leer» desde la escuela, para conseguir formar «conciencia de lector, personal y libre, que es el único órgano de selección atinada, en el mundo de los libros, y el en el otro». Lectoress que sepan leer y amen la lectura, casi hasta el punto que la amó Don Quijote, a quien Salinas propone como patrono de los puros lectores, por haber alcanzado, como Unamuno siglos después, no ya estado de lector perfecto, sino de actor de los libros, que supo vivirlos de corazón, trasmutando la letra en actos.
La «defensa, implícita, de los viejos analfabetos» es una página dura, un ataque contra esa especie híbrida y nociva de los neoanalfabetos o analfabetos espirituales, a quienes el alfabetismo ha infundido pretensión y no conocimiento, petulancia y no juicio. Aunque sin perder las buenas maneras, en este ensayo me parece atisbar cierta sofrenada violencia. En la «defensa del lenguaje» puntualiza serenamente los puntos a debatir: se advierte en él mayor solemnidad de tono que en los trabajos precedentes. Si he de decir la verdad, pocos libros actuales me han producido tan genuino placer como el defensor. Una de las causas de este placer estriba en que Salinas describe sin prisas, trayendo a cuento sus muchos saberes y su buena gracia; dice con propiedad y belleza lo que le ocurre decir, y en todo momento transmite al lector la impresión de estar realizando con gusto y sin esfuerzo una tarea especialmente grata. Nada digo de su ensayo en defensa de las minorias literarias, porque el asunto es importante y digno del examen demorado que me propongo dedicarle en comentario aparte.