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Ibid., p. 416. Para Maravall, se trata «de cambio ante lo antiguo, lo que equivale a un cambio ante los modernos». Salto desde la admiración a la posición crítica del arqueólogo que se sabe perteneciente a un mundo diferente.

 

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Véase la bibliografía recogida por Simón Díaz, «Antonio Agustín», BLH, IV, 2411-2518. Utilizó, salvo indicación contraria, el texto de ANTONII AUGUSTINII, Opera omnia, Luca, 1774. El catálogo de medallas, en el vol. VIII, pp. 309-338. Para la biografía, Francisco de ZULUETA, «Don Antonio Agustín», en Boletín Arqueológico, XLVI, Tarragona, 1946, pp. 47-80. Sería necesario un estudio de las poesías de Antonio Agustín; en las «Estanzas», «Llorando Venus, a su amigo hermoso», imita el soneto XIII de Garcilaso (Opera omnia VIII, p. 412 y Vid. II, p. LVIII). Vid. ahora la tesis inédita de Carmen Gallardo, UAM, 1983.

 

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AGUSTÍN, Antonio, Diálogos de las armas y linages de la nobleza de España, ed. de Gregorio Mayans, Madrid, 1734. Lleva añadida la Vida de don Antonio Agustín. Para su relación con Páez de Castro y el zaragozano Juan Verzosa, pagina 20. Véase LÓPEZ DE TORO, J., Las epístolas del zaragozano Juan de Verzosa, Madrid, CSIC, 1945 y el completo trabajo de C. Flores Sellés, Epistolario de Antonio Agustín, Universidad de Salamanca, 1980, pp. 231-2. Este horaciano dirigió a Agustín una Epístola latina en 1555. También fue amigo de Latino Latini, Levino Torrencio y Melchor Guilland. Téngase en cuenta que Verzosa (1523-1574) fue maestro de griego en el Estudio de Artes zaragozano antes de que Cerbuna inaugurase la Universidad con el apoyo de Antonio Agustín, ya obispo de Tarragona (Jiménez Catalán y J. Sinués y Urbiola, Historia de la Real y Pontificial Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1923-7, p. 121). También fueron maestros de la misma Juan Sobranias, el maestro alcañicense que también pasó por el Colegio de Bolonia -como Agustín-, el poeta Antonio Serón y los humanistas Juan Lorenzo Palmireno y Pedro Simón Abril, pp. 31-5 y páginas 44 ss.). Véase ahora en Cándido Flores Sellés, opus cit., «Zurita», «Numismática» y sobre ciceronianismo, p. 25.

 

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La correspondencia entre Zurita y A. Agustín se recogió por Diego Dormer en los Progressos de la Historia en el Reino de Aragón, Zaragoza, 1680. ASENSIO, E. en «Ciceronianos contra erasmistas en España. Dos momentos (15281560)», pp. 136-154, dice, aparte de otras cosas de interés sobre, por ejemplo, Palmireno, que «el ciceronianismo fue propagado por dignatarios eclesiásticos y jesuitas en contacto con Italia» (vid-infra). Sobre el género epistolar y los anticuarios, CLOUGH, Cecil H., «The cult of Antiquity: letters and letter collections», KRISTELLER, P. O., op. cit., pp. 33-67. Este Diálogo fue traducido al latín por Andrés Escoto. Hay numerosas edd. y tradd. en los ss. XVII y XVIII.

 

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MITCHELL, Charles, «Arqueology and Romance in Renaissance Italy», Italian Renaissance Studies, Londres, Faber and Faber, 1960, pp. 455-483. Véase además BLUNT, Anthony, La teoría de las artes en Italia, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 53 y 57, sobre el Poliphilo. Curiosamente, su tesis coincide con la de Agustín como veremos.

 

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RIVERO, C. M. del, «Don Antonio Agustín, Príncipe de los numismáticos españoles», Archivo Español de Arqueología, XVIII, Madrid, 1945, 59, pp. 97-123. Agustín fue el primero que organizó con carácter científico el estudio de la numismática clásica y la epigrafía, aparte de ser jurista excepcional, historiador y filólogo. Fue continuador de la obra de Fulvio Ursino, Familiae romanae quae reperitur in antiquis numismatibus, ab Urbe condita ad témpora divi Augusti, Roma, 1577.

 

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El Padre Andrés Escoto, jesuita, ofrece numerosas adiciones en la versión latina (Opera omnia, III, pp. 3-242), y mantiene en ellas la consideración de las fuentes históricas y literarias como ilustración de los Diálogos. No pretendo establecer el índice de auctores citados por A. Agustín. Mencionaré, sin embargo, la presencia constante de Virgilio (pp. 24, 30, 49, 51, 62, 84, 85-95, 102, 104, 107, 115, por ej.), Ovidio (pp. 25, 96 y 209), Horacio (pp. 57, 80, 105 y 123), Catulo (pp. 7, 10 y 146), Juvenal (p. 34), y Estacio (p. 139), entre muchos más. Dominan los latinos sobre los griegos (Aristófanes, Sófocles, Eurípides, Esquilo, Aristóteles). Entre los dramaturgos latinos, Plauto, Terencio y Séneca, Pedro Simón Abril había editado Las seis comedias de Terencio en Zaragoza, 1577). Alciato, a propósito de un epigrama griego referido a Hércules (pp. 81 y 307), Luis Vives (p. 223), Aragón y Zaragoza (p. 12 y pp. 128-9). Marcial (en páginas 7, 20, 50, 66, 110 y 139) inicia una larga trayectoria de reconocimientos aragoneses que culmina en Gracián. Palomino recogió el epigrama 32, libro X del poeta bilbilitano: «Ars utinam mores, animumque effingere posset: / Pulchrior in terris nulla tabella foret», para el retrato de Antonio Agustín en la ed. del Diálogo de las Armas i linages de la nobleza, Madrid, 1734.

 

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AGUSTÍN, Antonio, Diálogo de las Armas, ed. cit., pp. 82 ss. Según Mayans, Zurita le recomendó en 1579 que no localizase los Diálogos en España, ni pusiese interlocutores españoles. Sobre la biblioteca del arzobispo de Tarragona, páginas 119 y 124-5. Para las colecciones de fragmentos latinos, p. 129. Al final hay un catálogo de sus obras y una serie de elogios recibidos, entre ellos, de Bartolomé Leonardo de Argensola (p. 175) y del príncipe de Esquilache (p. 177). Los Diálogos se desarrollan en un ambiente muy familiar, pues don Rodrigo Zapata, véanse los Progressos de la Historia en el Reyno de Aragón, de Juan Francisco Andrés y Diego, Zaragoza, 1680, p. 238 y 430. RIBERO, C. M. art.-cit., página 103, alude a la imitación ciceroniana en Agustín y a Fray Luis. A la bibliografía sobre el diálogo, añádase ahora el estudio que de la revolución comunera de Juan Maldonado nos ofrece Eugenio Asensio en «Paraenesis ad Litterasi». Juan Maldonado y el humanismo español en tiempos de Carlos V, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1980, p. 30 (ed. de Juan Alcina Rovira), fundamentándolo en Poliziano y Marsillio Ficino.

 

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Opera omnia, III, p. 227. Modernizó la acentuación en citas. Ya lo apunté en Pedro Soto de Rojas, Paraíso cerrado..., Madrid, Cátedra, 1981, pp. 27-30 y 79. MITCHELL, Ch., art. cit., op. cit., señala que Agustín distinguía claramente entre fábula e Historia, entre Luciano y las fábulas de Roland o Amadís de Gaula. Podrían haberse conocido gracias a Agustín tanto el Poliphilo como los Emblemas de Alciato en Zaragoza. Ello explicaría la presencia de los segudos y la posible influencia del primero en el Patio de la Casa Zaporta (1550), tan rico en emblemas y medallones (véase KEITGLEY, R., «Sobre Alciato en España y un Hércules aragonés», Arbor, LXVI, mayo 1960, pp. 57-66, y SEBASTIÁN, S., Iconografía e iconología en el arte de Aragón, Zaragoza, 1981, pp. 55-71. Téngase en cuenta que Lupercio Leonardo vivió en ese palacio desde 1587, al casarse con la viuda de Zaporta). Alciato aparece numerosas veces en la correspondencia de Agustín, que ya estaba en Bolonia en 1535, como puede verse en C. Flores Sellés, op. cit.

 

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Progressos de la Historia, p. 427. Zurita le contesta duramente en p. 429. Antonio Agustín hizo al historiador continuas censuras de estilo de las que el cronista se defendía: «yo confío muy poco de mi retórica, y demás desto soy muy enemigo della, y me desagradan en estremo las del Guichardino, aunque sean muy elegantes, y las de Hernando del Pulgar, y nosotros los aragoneses en esta parte, señor ilustrissimo, tenemos algún reparo, y bozes proprias de nuestra tierra». La palabra libertad aparece constantemente en la voz de Zurita que la prefiere a los rigores estilísticos y ortográficos que el arzobispo le reclama. Véanse pp. 237 y 374-431, sobre medallas y noticias bibliográficas. Los tratados de heráldica mantenían el ornato de engalanar su historial con fuentes literarias. ARGOTE DE MOLINA, Gonzalo, en Nobleza de Andalucía (Sevilla, 1588), entrevera numerosos elogios poéticos de factura propia (p. 133, por ej.) o poemas de Garci Sánchez de Badajoz (p. 216), Mena (pp. 336 y 348), Álvarez de Villasandino (pp. 260 y 275v), etc. Otro tanto ocurre con otra obra de temática pareja, el Diálogo del honor militar (Venecia, 1566), de Jerónimo de Urrea fue, como señala Pierre Geneste, en Le capitaine-poète aragonais Jerónimo de Urrea. Sa vie et son oeuvre ou chevalerie et renaissance dans l'Espagne du XVI siècle, Paris, 1978, pp. 113 ss. y 303 ss., utilizó abundantes fuentes clásicas. Véanse las páginas dedicadas al humanismo aragonés y a la influencia de Alciato en De singulari certamine (Paris, 1529), de Urrea. Sobre A. Agustín, p. 110 n.

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