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No hay mal que por bien no venga

Manuel Tamayo y Baus

PERSONAJES



LUISA
ENRIQUE
JULIÁN
UN ANCIANO
UNA JOVEN
UN CRIADO
UN LACAYO
UNA COCINERA

     Al señor don Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, que, según parece, vive hoy, y de quien pudiera creerse, por la profunda erudición y gallardo estilo de sus obras, que había vivido en el siglo XVI.

JOAQUÍN ESTÉVANEZ.

Por el nudo principal de la acción, por las situaciones que de él resultan, por el desarrollo de los caracteres, por la pintura de los afectos, por el diálogo, puede estimarse original esta comedia, a juicio de su autor; si bien para componerla ha tenido presente una pieza en un acto del teatro francés, titulada Le feu au couvent, cuyo argumento es como sigue:

Destruido por un incendio el convento en que estaba Adriana, hija de Pablo D'Avenay, llega ésta inopinadamente a casa de su padre, que vive entregado a la disipación, y aquel mismo día ha de batirse con un brasileño, querido de cierta mujer a quien él y un ruso galanteaban. Aconséjale Adriana que se case con una señorita, huérfana de un general, que era maestra en el convento y la había prodigado las atenciones más cariñosas. D'Avenay teme que su hija se entere de sus desórdenes, y deplora tener que arriesgar su vida en un desafío. Se va, sin embargo, dejándola con su amigo De Mériel, joven también muy disipado, a quien conmueven la belleza y el candor de Adriana; y cuando ésta adivina que su padre ha ido a batirse, vuelve D'Avenay diciendo que en el lugar de la cita no ha encontrado a nadie. Otro amigo suyo había provocado a su adversario y reñido con él para que D'Avenay no ganase la apuesta de que se batiría seis veces durante un año. Este amigo, herido ligeramente en el duelo, refiere que la querida del brasileño ha huido con el ruso. D'Avenay ofrece a su hija que se casará con la maestra del convento si ella se casa con De Mériel, y Adriana accede sin dificultad a que se cumplan los deseos de su padre.

Acto primero

Cuarto de Enrique, amueblado lujosamente. En primer término, a la derecha, un buró de palo santo con libros y papeles, y un velador pequeño con un servicio de chocolate. En la pared del foro, panoplias con armas blancas y de fuego. Puerta a la izquierda, y otra grande en el foro.

Escena primera

ENRIQUE, y en seguida, JULIÁN. ENRIQUE, con traje de calle, está sentado cerca del velador.

ENRIQUE.-Tres veces le ha llamado Miguel y dos yo, y nada; no viene. Estará devorando algún librote de filosofía. ¡Julián! (Gritando, con la cabeza vuelta hacia la puerta de la izquierda.) ¡Chico más raro! (Se levanta, y mira por la puerta antes indicada.) Vamos, ya sale de su nido, Pero ¡qué posma! Ahora viene leyendo. Se queda parado en medio del pasillo... ¡Julián!... (Poniéndose las manos delante de la boca en forma de bocina, y gritando de nuevo.)

JULIÁN.-(Dentro, con aspereza.) Que ya voy.

ENRIQUE.-Eh, venga cuando quiera. (Se sienta cerca del velador y empieza a tomar el chocolate. JULIÁN, de bata, sale pausadamente por la puerta de la izquierda, con la vista fija en un libro que trae en la mano.) Acércate, sombra de Nino.

JULIÁN.-Dos horas llevo de romperme los cascos, procurando desentrañar el sentido de una frase de Kant, y cuando ya iba a exclamar ¡eureka! Miguel, con sus golpecitos a la puerta de mi despacho, y tú con tus voces desaforadas, habéis roto el hilo de mis cavilaciones. (Sigue leyendo con la vista.)

ENRIQUE.-¿Y a qué viene tanto estudiar?

JULIÁN.-Sólo estudiando mucho se puede llegar a saber algo.

ENRIQUE.-Bastante sabes ya.

JULIÁN.-Sólo cree saber bastante el que no sabe nada.

ENRIQUE.-Sentencioso estás como un oráculo. ¿Vienes?

JULIÁN.-Sí. (ENRIQUE sigue tomando el chocolate, y JULIÁN, inmóvil, leyendo. Breve pausa.)

ENRIQUE.-¡Julián!

JULIÁN.-(Respondiendo, sin quitar los ojos del libro.) ¿Qué?

ENRIQUE.-Que se enfría.

JULIÁN.-Ya. (Otra breve pausa.)

ENRIQUE.-¡Habrá zamacuco! (Contemplándole con enfado cómico.) ¡Pero hombre!...

JULIÁN.-Voy. (Siéntase cerca del velador; y, leyendo, moja en el chocolate un bizcocho, con el cual se queda en la mano.)

ENRIQUE.-¡Se volvió a embelesar! ¿Hay paciencia que aguante?... (Le quita el bizcocho que tiene en la mano y se lo come.)

JULIÁN.-(Sin darse cuenta de lo que ha sucedido.) ¿Eh?

ENRIQUE.-Nada: que sigas atracándote de filosofía. (JULIÁN toma la jícara y bebe distraído.)

JULIÁN.-(Sin dejar de leer y como si se hubiera quemado.) ¡Ah!

ENRIQUE.-¿Qué?

JULIÁN.-Que abrasa.

ENRIQUE.-Pues sopla.

JULIÁN.-Agua. (Alargando, sin mirar, la mano para buscar agua, deja caer uno de los vasos, y supónese que el agua se vierte.)

ENRIQUE.-¡Oh! (Levántase repentinamente, y sacúdese la ropa como si estuviera mojada.)

JULIÁN.-¡Ah! (Dando un grito de satisfacción.) ¡Ya lo voy entendiendo!

ENRIQUE.-¡Despierta, condenado! (Da un manotón al libro, que cae al suelo.)

JULIÁN.-¿Te has vuelto loco? (Levantándose.)

ENRIQUE.-Quien se ha vuelto loco eres tú. Más hace ya de un año que vivimos juntos, y en vez de haber conseguido, como esperaba, poner algún remedio a tu mal, véole crecer cada día, haciéndose incurable. (JULIÁN se habrá inclinado indeliberadamente hacia el suelo para recoger el libro; ENRIQUE nota, al fin, su intención, y, apoderándose del libro, lo guarda en el buró.) No lo que es ahora...

JULIÁN.-¿Qué me quieres, en fin?

ENRIQUE.-Quiero que bajes de las nubes, que me oigas, que me hables.

JULIÁN.-Di.

ENRIQUE.-Digo, pues, que seas en hora buena más sabio que los siete de Grecia. ¿No admiro yo con entusiasmo tu talento? ¿No tuve yo siempre vanidad en llamarte amigo? Pero bien puede un hombre, a mi juicio, ser sabio sin necesidad de ser al mismo tiempo ridículo y extravagante. Andas por esas calles de Dios hecho un ave zonza, despeinado, sucio...

JULIÁN.-Déjame en paz.

ENRIQUE.-Te vas poniendo ramplón, y feo, y viejo.

JULIÁN.-¡Bah!

ENRIQUE.-¿Es la sabiduría materia corrosiva que echa a perder el vaso que la contiene? ¡Qué lástima! Un mozo como tú, guapo...

JULIÁN.-Gracias. (Desdeñosamente.)

ENRIQUE.-Entendido.

JULIÁN.-Algo. (Con satisfacción.)

ENRIQUE.-Rico por añadidura, que con sólo alargar la mano podría coger las más preciadas flores del jardín de la vida...

JULIÁN.-Predicas en desierto. Ofrecerse a la pública admiración como figurín que los tontos consulten embelesados; andar siempre de la Ceca a la Meca, apurando los vanos y enojosos placeres del casino, de la tertulia y el café; entregar a una carta de la baraja el oro del bolsillo y la paz del ánimo; dar o recibir de cuando en cuando una estocada en desafío; vivir, sobre todo, constantemente ebrio de amor, a cada paso tropezando y cayendo; ésta es para ti la felicidad. Buen provecho te haga. Yo la entiendo de otra manera. En tanto que el mundo sea lo que ahora es, yo nada quiero con un mundo poblado de hombres fatuos y necios que me exasperan, y de mujeres hipócritas que me fastidian.

ENRIQUE.-Calla, sacrílego. Di cuanto quieras de los hombres, y cargue con todos ellos el diablo; para nada los necesito, y antes bien no me pesaría de ser yo solo la mitad del género humano, y de tener a mi disposición la otra mitad; pero cuenta con lo que dices de las mujeres. ¡Hijas de mi alma! Ni creas tú, insensato, que nunca has de pagar al amor el tributo debido.

JULIÁN.-¿Al amor que ruega y porfía, y espera y gime y...?

ENRIQUE.-Y esta contribución, como todas, pagándose tarde, se paga con multas y recargos.

JULIÁN.-No me conoces.

ENRIQUE.-Serás amante con buen fin, muy dulzarrón y empalagoso.

JULIÁN.-¡Qué gana de broma tienes hoy!

ENRIQUE.-Y en cuanto una logre darte flechazo...

JULIÁN. ¿Qué?

ENRIQUE.-Que con ella te casas.

JULIÁN.-¡Casarme yo! (Con indignación.) A esos peligros estáis expuestos vosotros los que, sin principios fijos ni creencia segura, andáis en medio de tinieblas; no quien, guiado de una idea resplandeciente, sabe por dónde camina y adónde se dirige.

ENRIQUE.-Sí; ya te darán a ti la idea. Cuando se tiene alma...

JULIÁN.-Enrique, el alma no es ni más ni menos que una invención absurda, de la cual provienen todos nuestros males. (Con tono magistral.) Mi sistema filosófico estriba en la unidad de la naturaleza humana, y proclama esta gran verdad: el hombre es simple.

ENRIQUE.-No, pues mira, eso ya lo había yo notado sin ser filósofo.

JULIÁN.-Búrlate de lo que no entiendes. Con la burla se escudó siempre la ignorancia. Pero como decía: luego que hayamos quitado el alma de en medio...

ENRIQUE.-¿Y, por supuesto, a Dios con ella?

JULIÁN.-Y a Dios con ella, por supuesto, desaparecerán los sentimientos, ideas y deberes ficticios que hoy oprimen y mortifican al ser racional, y éste, con sosiego y dulzura, se dejará llevar de sus instintos y naturales inclinaciones, en cuya satisfacción estará cifrado el único objeto de la vida. Entonces no será el amor difícil y triste, sino fácil y alegre; entonces no existirá el pesado y horrendo yugo del matrimonio. En fin, ya conoces mi último libro: en La mujer a la luz de la filosofía me parece haber demostrado hasta la evidencia... Y ¡qué efecto ha causado! Por una parte, ¡qué alabanzas!, y por otra, ¡qué maldiciones! Todavía hay en España mucho atraso. Ya la iremos haciendo entrar en vereda.

ENRIQUE.-El libro es algo atrevidillo, pero admirable. Y a fe que para la empresa de reformar el mundo nos completamos el uno al otro. Tú crees la teoría, yo la práctica; yo que, sin meterme en honduras, como tranquilamente del fruto prohibido, y hallo que me sabe muy bien. Pecaría, sin embargo, de hipócrita si no te confesara que fui dichoso al lado de mi mujer, y que si ella hubiera vivido... ¡Tenía un corazón tan hermoso! ¡Un rostro tan angelical!... Mi hija es su vivo retrato. Cuando la veas...

JULIÁN.-¿Te decides, al fin, a sacarla del colegio?

ENRIQUE.-¡Ay! ¡Cómo no! Lleva seis años de clausura. La última vez que estuve allá se empeñó en que había de traérmela conmigo a Madrid, y después, en todas sus cartas me amenaza con que huirá del colegio y se vendrá sola a mi lado. Capaz es de hacerlo como lo dice.

JULIÁN.-Pero, en resumen, ¿cuántos años tiene esa chica?

ENRIQUE.-¿No lo sabes?

JULIÁN.-Nunca me lo has dicho claramente.

ENRIQUE.-¡Ay, Julián, tiene dieciocho años!

JULIÁN.-¡Habráse visto el vejestorio! ¡Y parece un muchacho!

ENRIQUE.-Me casé muy joven; poco después de haber nacido. Fuera de que nadie tiene más edad que la que representa. Cualquiera me creerá tu hermanito menor.

JULIÁN.-¡A los dieciocho años metida en un colegio esa desgraciada! ¿Y aún no te ha sacado los ojos?

ENRIQUE.-¡A su padre!

JULIÁN.-¡A su inicuo tirano!

ENRIQUE.-Afortunadamente, la muchacha no ha estudiado filosofía. ¿Hubiera estado mejor con un hombre solo, y tan poco a propósito como yo para desempeñar el papel de guardián de una joven bonita? Vendrá al cabo, y pasaré las penas del purgatorio. Compadéceme. Aunque no fuera más que por esta razón, tendría que deplorar mi viudez.

JULIÁN.-Pues el remedio no es difícil; en tu mano está. Reincide; cásate de nuevo.

ENRIQUE.-Primero ciegues que tal veas. Eso es bueno para una vez. ¡Sólo de recordar que el año pasado!... ¡Pobre Matilde! Y, a propósito: voy a volver a verla.

JULIÁN.-Amoríos tenemos. ¿Y por eso te has engalanado tan de mañana?

ENRIQUE.-Creo que nada te he dicho aún de Matilde.

JULIÁN.-Todos los días me hablas de alguna de tus víctimas. A ésa no le habrá llegado todavía su turno.

ENRIQUE.-Háblase menos de un afecto a medida que está más arraigado en el corazón. Al poco tiempo de haberla yo conocido, su padre, falto a la sazón de todo recurso, logró un destinillo en Filipinas, y tuvo que irse allá, dejándola sin otro amparo que el de una criada tan sorda como ciega, y no menos vieja que ciega y sorda, y más estúpida que vieja. Resistió, sin embargo, denodadamente la infeliz, hasta que empleé contra ella la estratagema principal en este género de lides: la palabra de casamiento. Fui padre, y como de veras la amaba, llegué a verme a dos pasos del precipicio. Al fin, un día -día que nunca olvidaré- me resolví a desengañarla. ¡Qué aflicción la suya! ¡Creí que se me caía muerta a los pies! Cuando volví en su busca, no pudiendo resistir el deseo de verla y de ver a mi hijo, había desaparecido con él; y en vano, durante muchos meses, he agotado después cuantos medios me ha sugerido la imaginación para dar con ella. Figúrate cuál sería mi asombro recibiendo anoche, al entrar en casa, una cartita del correo interior, en que me dice que su padre ha vuelto a Madrid, que la amenaza una desventura muy grande y que hoy, de ocho a nueve de la mañana, vendría a verme. Su padre es un viejo muy quisquilloso que la echa de hombre de honor, y se conoce que ya entre los dos ha ocurrido algo serio. No importa. Yo la defenderé. Nuestro amor vencerá todos los obstáculos.

JULIÁN.-Pero, ¿dices que va a venir aquí, a esta casa?

ENRIQUE.-Sí. Ya lo sabe Miguel. Él le abrirá la puerta, y sin hablarle una palabra la encaminará hacia este cuarto.

JULIÁN.-¡Venir aquí! ¡Me gusta!

ENRIQUE.-Pues, ¿qué tiene de particular?...

JULIÁN.-¿Y yo?

ENRIQUE.-¿Cómo y tú?

JULIÁN.-¿Te parece regular que en mis barbas?...

ENRIQUE.-Si no las tienes.

JULIÁN.-Me obligas a representar un papel...

ENRIQUE.-¡Bah! Para un filósofo... (Se oye un campanillazo.) ¿Oyes? De fijo será ella.

JULIÁN.-¡Dígote que la broma!...

ENRIQUE.-(Cogiéndole una mano y poniéndosela sobre su pecho.) Mira, mira cómo me late el corazón.

JULIÁN.-Quita. (Rechazándole.) ¿Qué me hago yo ahora?

ENRIQUE.-¿Por qué no pides el coche y te vas a dar un paseo?

JULIÁN.-(Manifestando mal humor.) No me siento con gana de pasear.

ENRIQUE.-¡Ah! Pues toma tu librito. (Sacando el libro del buró y dándoselo.) Anda, anda a ver si acabas de desentrañar el sentido de esa frase de Kant.

JULIÁN.-(Tomando el libro con mal modo.) ¡Estos calaveras!...

ENRIQUE.-¡Estos filósofos!...

JULIÁN.-¡Vete noramala! (Vase, muy amostazado, por la puerta de la izquierda.)

Escena II

ENRIQUE, y luego LUISA.

ENRIQUE.-¡Qué conmovido estoy! ¡Mi corazón no ha pasado de los veinte años! ¡Ay, hijas de Eva -no puedo remediarlo-, me muero, me muero por vosotras! Ya se acerca. (LUISA se presenta en el foro, cubierto el rostro con un velo.)

LUISA.-(Entrando muy despacio.) (¡Qué miedo tengo!)

ENRIQUE.-(Con mucho fuego, acercándose a ella.) ¿Será cierto que al fin?...

LUISA.-(Con extrañeza, retrocediendo.) (¿Qué dice?)

ENRIQUE.-No tengas cuidado: estamos solos. (Entorna la puerta del foro.)

LUISA.-(Cierra la puerta. ¡Ay!, ¿para qué la cerrará? Traía tantos ánimos, y en cuanto le he visto...)

ENRIQUE.-Descúbrete. (Corriendo hacia ella.) Habla.

LUISA.-(Con mucha timidez.) Ya voy. Sólo que...

ENRIQUE.-¿Eh? ¡Cómo!... ¡Esa voz!... (Con asombro.) ¿Quién eres? ¿Quién es usted?

LUISA.-Yo... Soy yo, papá. (Quitándose el velo de la cara y quedándose en actitud humilde, con los ojos inclinados al suelo.)

ENRIQUE.-¡Oh! (Retrocediendo espantado.) ¿Tú?... ¡Mi hija! (Quédase atónito, sin atreverse a mirar a LUISA.)

LUISA.-(Corriendo hacia él y abrazándole.) ¡Ay, papá mío, no te enfades, no te enfades por Dios!

ENRIQUE.-¡Mi hija!

LUISA.-Pero, ¿qué es eso? ¿Qué tienes? Te has puesto más encendido que la grana.

ENRIQUE.-(¡Válgame el cielo!)

LUISA.-Yo tengo la culpa, ¿verdad? Te has asustado al verme así..., de sopetón. Ven. (Conduciéndole hacia una butaca y haciendo que se siente en ella.) Siéntate. ¿Llamo? ¿Quieres un poco de agua con unas gotitas de vinagre?

ENRIQUE.-No; ya pasó. Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo estás aquí?

LUISA.-Estoy aquí... Toma... Porque he venido.

ENRIQUE.-¿Y por qué has venido, vamos a ver?

LUISA.-(Con audacia infantil.) Ya te había dicho que me sacases del colegio, y que si no me sacabas...

ENRIQUE.-¿Te has escapado? (Levantándose.) ¡Qué atrevimiento! ¡Qué!...

LUISA.-(Con turbación y miedo.) Si te enfadas de esa manera...

ENRIQUE.-(Con ademán amenazador.) ¡Pues no he de enfadarme; ¡Y no sé cómo no!...

LUISA.-¡Bueno!... (Lloriqueando.) Ríñeme... ¡Pobre de mí!

ENRIQUE.-(Llora.) (Con ternura.) ¡Y no vale llorar!, ¿estamos? (Aparentando cólera.)

LUISA.-(Como haciendo esfuerzos para no llorar.) Corriente... No lloraré si también por eso te enojas.

ENRIQUE.-Pero diga usted, señorita. (Asiéndola de una mano y trayéndola cerca de sí.) ¿Ha venido usted sola?

LUISA.-No: he venido con Antoñita y una criada suya de mucha confianza, que la llevó ayer al colegio, y que aún no se había vuelto a Madrid.

ENRIQUE.-¿Quién es esa Antoñita?

LUISA.-Pues, ¿no te acuerdas? Aquella niña con quien hacía yo tan buenas migas en el colegio.

ENRIQUE.-¿Se ha escapado también?

LUISA.-También.

ENRIQUE.-(Manifestando inquietud.) ¿Y dónde está esa otra?

LUISA.-Hemos tomado un coche en la estación del camino de hierro. Yo me he quedado aquí, y ella, con la criada, se ha ido a casa de su abuelita.

ENRIQUE.-Dentro de una hora vuelve a salir el tren. (Mirando el reloj.) Dentro de una hora nos vamos.

LUISA.-(Separándose de su padre, muy asustada.) ¿Que nos vamos?

ENRIQUE.-Sí, señora; al colegio.

LUISA.-(Con energía.) ¿Al colegio? ¡Eso sí que no!

ENRIQUE.-¿Cómo que no?

LUISA.-Como que yo no quiero volver al colegio. (Agarrándose al respaldo de una butaca y llorando.) Yo quiero quedarme aquí contigo.

ENRIQUE.-Bien..., calla..., si eres buena...

LUISA.-Sí, muy buena... Verás qué buena soy... (Serenándose de pronto y acercándose rápidamente a su padre.) Y no creas, para escaparnos hemos tenido sobrada razón. ¡Si supieras!...

ENRIQUE.-¿Qué?

LUISA.-La abuela de Antoñita, que la quiere mil veces más que tú a mí, la traía de cuando en cuando a Madrid, a pasar con ella unos días. Nunca pude yo conseguir que hicieses tú conmigo otro tanto. Pues bien: Antoñita volvió ayer al colegio de una de tales excursiones, y me dijo que llevaba un libro muy bueno para que lo leyésemos a escondidas. Había oído hablar mucho de él, y encontrándolo en casa de un tío suyo, lo tomó bonitamente y se lo guardó debajo del abrigo sin que nadie lo viera. ¡Figúrate qué contenta me pondría yo!

ENRIQUE.-Sí; ya me figuro...

LUISA.-Nos metimos en nuestro cuarto en cuanto se acabaron las clases, y empezamos a leer. ¡Qué libro tan bonito! Eso sí, parece que está escrito en latín, porque apenas se entiende; pero, ¡qué bonito debe de ser! Y por lo que ya sabía Antoñita, y por algunas expresiones sueltas que estaban muy claras, pudimos ir sacando en limpio que el autor se proponía ¡redimirnos de la esclavitud! (Con afectada gravedad.)

ENRIQUE.-¿Redimiros de la esclavitud? ¿A quién? ¿A las muchachas del colegio?

LUISA.-(Como antes.) No, señor: ¡a todas las mujeres del globo terráqueo!

ENRIQUE.-(Con impaciencia.) Pero, ¿que libro es ése?

LUISA.-(Con énfasis.) ¡La mujer a la luz de la filosofía!

ENRIQUE.-¡Ave María Purísima! ¡El libro de ese condenado!

LUISA.-Estábamos en lo mejor, cuando de pronto se adelanta por en medio de nuestras cabezas una mano... ¡Ay, nos pareció la mano de la muerte! Era sor Ignacia, aquella viejecita que tanto nos quería a todas... A todas no, porque Antoñita no era santa de su devoción, y algunas veces la amenazó con echarla del colegio; tomó el libro, leyó el título nada más, y, ¡válgame Dios, qué rabieta le entró a la buena señora!

ENRIQUE.-¡Ya lo creo!

LUISA.-Nunca nos había puesto encima la mano; pero ayer, a la otra le dio cinco o seis pescozones muy de prisita, y a mí me tiró un pellizco tan retorcido, tan retorcido, que creía que me sacaba el pedazo. Todavía tengo la señal. Si quieres verla... (Haciendo ademán de ir a levantarse la manga del lado izquierdo.)

ENRIQUE.-No, no hay necesidad... (Conteniéndola.)

LUISA.-¡Es que fue todo un señor pellizco! Y no se contentó con eso. Nos tuvo dos horas de rodillas en cruz... ¿Te han tenido a ti alguna vez dos horas de rodillas en cruz?

ENRIQUE.-Sí. (Como contestándole para salir del paso.)

LUISA.-¡Es cosa divertida! Y nos condenó a estar tres días a pan y agua, encerradas en un cuarto oscuro lleno de ratones. ¡Yo, que en viendo uno solo me muero! ¿Hay ratones en esta casa, papá?

ENRIQUE.-¿Qué sé yo?

LUISA.-Pero, tendrás gato, ¿eh?

ENRIQUE.-Dos.

LUISA.-¿Y son bonitos?

ENRIQUE.-Muy preciosos.

LUISA.-¿Blancos o negros?

ENRIQUE.-Colorados.

LUISA.-Pues, a fuerza de lamentos y súplicas, logramos que se dejase para hoy el encierro; y hoy, en cuanto nos levantamos, recordando Antoñita que aquel libro decía: «¡Mujeres, también tenéis derechos vosotras! ¡También es para vosotras el mundo!», y con el fin de evitar la reclusión y la abstinencia, determinó tomar las de Villadiego con su criada; porque has de saber que en casa de Antoñita nadie hace más que lo que ella quiere. Animada con el ejemplo, resolví yo escaparme también, y, aprovechando el primer descuido, echamos a correr, nos metimos en el coche de señoras del tren que iba a salir, y...

ENRIQUE.-¡Y aquí estamos todos!

LUISA.-Eso es.

ENRIQUE.-En fin, yo tenía ya decidido sacarte del colegio.

LUISA.-Pues te he ahorrado el trabajo de irme a buscar.

ENRIQUE.-¿No traes ropa?

LUISA.-¡Qué he de traer! La puesta.

ENRIQUE.-Habrá que hacer algo en seguida.

LUISA.-¡Eso! (Con alegría.) ¡Me has de poner muy elegante! ¡Antoñita dice que en Madrid hay un lujo!... Lo primero que me has de comprar es un traje corto, muy corto.

ENRIQUE.-Bien.

LUISA.-Y un polisón muy abultado, muy abultado.

ENRIQUE.-Bien.

LUISA.-Y unas botas con tacón de a palmo; ¡lo menos! ¡Antoñita volvió ayer al colegio con unas!... Parecía que iba en zancos. Mira. Así. (Remedando el modo de andar con botas de tacón muy alto.)

ENRIQUE.-(¡Dígole a usted que la Antoñita!...) Ahora voy a mandar que te arreglen una habitación. Se te pondrá una cama... (Dirigiéndose al foro.)

LUISA.-Dorada.

ENRIQUE.-Un tocador...

LUISA.-De palo santo.

ENRIQUE.-Una sillería...

LUISA.-De terciopelo.

ENRIQUE.-Sí; lo que tú quieras. (Hace otra vez ademán de echar a andar.)

LUISA.-¡Ah, oye! (Deteniéndole.) Me has de llevar a los teatros.

ENRIQUE.-Te llevaré.

LUISA.-A los Bufos. Antoñita ha visto allí bailar el cancán. Y dice que es un baile tan..., ¡tan divertido! Y que se recogen la falda... (Recogiéndose la suya y poniéndose en actitud de bailar el cancán.) Y que levantan el pie...

ENRIQUE.-¡Eh, quieta! (¡La Antoñita y su alma!) (Va otra vez a dirigirse al foro, y LUISA le detiene.)

LUISA.-Y también me llevarás a los sermones, y a las novenas, y a todas las funciones de iglesia que haya en Madrid.

ENRIQUE.-(¡Esta es más negra!) ¿Qué, también la Antoñita?...

LUISA.-No; Antoñita no es aficionada a las cosas de iglesia, pero yo sí, porque decía sor Ignacia...

ENRIQUE.-Ya me lo contarás. (Con enfado.)(¡Pues señor, entre la Ignacia y la Antoñita!...) (Quiere retirarse de nuevo y LUISA le detiene también.)

LUISA.-Y otra cosa que te quiero decir.

ENRIQUE.-A ver, ¿qué? (Impacientándose.)

LUISA.-Que Antoñita ya tiene novio.

ENRIQUE.-Vaya, me alegro mucho.

LUISA.-Sí, pero es que yo no lo tengo todavía.

ENRIQUE.-(¿Qué va a ser de mí, Dios eterno, con esta chica al lado?)

LUISA.-Capitán de artillería nada menos.

ENRIQUE.-¿Qué capitán es ése?

LUISA.-El novio de la otra.

ENRIQUE.-¡Ah, ya! (Sudando estoy). (Va hacia el foro limpiándose la frente con un pañuelo. LUISA se acerca al buró y examina los libros que hay sobre él.)

LUISA.-¿Qué tendrá aquí papá? ¡La dama de las camelias! ¡Qué gusto! (Saltando de alegría.)

ENRIQUE.-¡Santa Bárbara! ¡La dama de las camelias! (Acercándose a su hija, le quita el libro de la mano y la separa del buró.) Deja eso.

LUISA.-¿Por qué? Pues yo quiero leerla. Antoñita me ha contado el argumento, y...

ENRIQUE.-¿Antoñita, eh? Mira, como vuelvas a nombrarla delante de mí te llevo al colegio.

LUISA.-¡Si es mi amiga!

ENRIQUE.-A mí no me acomoda que tengas amigas, ¿lo oyes? (Haré un expurgo general en toda la casa.) Siéntate. (Haciéndola que se siente.) ¡Y cuidado con enredar!

LUISA.-¡Qué genio!

ENRIQUE.-(Más vale que no se quede sola.) ¡Julián! (Asomándose a la puerta de la izquierda y llamándole.)

LUISA.-¿Quién es Julián? ¿Es un criado?

ENRIQUE.-No: un amigo mío. (Acercándose a ella.)

LUISA.-Y si tú tienes amigos, ¿por qué no he de tener amigas yo? Esta tarde iremos a su casa, ¿verdad?

ENRIQUE.-¿A casa de quién? ¿De Antoñita? No te caerás en el camino.

LUISA.-Si le he ofrecido que nos veríamos esta tarde.

ENRIQUE.-¡Cuando tú la vuelvas a ver!...

Escena III

DICHOS y JULIÁN.

JULIÁN.-(¡Aún está aquí doña Matilde!) (Deteniéndose en la puerta de la izquierda al reparar en LUISA.)

LUISA.-Anda..., sí... ¡Te querré yo tanto! (Con zalamería, haciéndole fiestas en la cara.)

JULIÁN.-¡Sopla!

LUISA.-Y te daré tantos besitos...

JULIÁN.-¡Canario! ¡Enrique! (Llamándole con ira.)

ENRIQUE.-¡Ah, ven! (Yendo hacia él.)

JULIÁN.-¿A qué me llamas? (En tono de áspera reconvención.)

ENRIQUE.-Te llamo para...

LUISA.-¿Este es Julián? (Con viveza, acercándose a ellos.)

ENRIQUE.-Sí. (Con sequedad, asiéndola por los brazos y apartándola.)

JULIÁN.-(¡Y a fe no es descocada la niña!)

ENRIQUE.-¿No te lo dije? (Volviendo al lado de JULIÁN.) Ahí la tienes.

JULIÁN.-Sí; con efecto... (Y ¡qué joven! ¡Qué linda!)

ENRIQUE.-Hazme el favor de quedarte con ella, y de no dejarla revolver libros ni papeles.

JULIÁN.-¿Tan enredadora es?

ENRIQUE.-Mucho. Yo voy a decir que le dispongan una habitación, y...

JULIÁN.-A ver, explícate. (Con extrañeza y disgusto.) ¿Piensas quedarte con ella en casa?

ENRIQUE.-¿Quién es capaz de hacerla salir de aquí?

JULIÁN.-¿Quién? Yo. ¡Pues no faltaba más!

ENRIQUE.-Hombre, antes decías... Justo es ya que se quede.

JULIÁN.-En hora buena, pero sábelo: yo me traeré otra mañana.

ENRIQUE.-¿Otra? ¡Oh! (Dándose cuenta del error de JULIÁN.) ¿Supones?...

JULIÁN.-¿Qué te da?

ENRIQUE.-Luisa, hija mía... (En voz alta, dirigiéndose a LUISA.)

JULIÁN.-¡Su hija!

ENRIQUE.-Tengo el gusto de presentarte a mi íntimo amigo don Julián Benavides.

JULIÁN.-Y tú, ¿por qué no me has advertido?... (Bajo a ENRIQUE.) Señorita... (Saludándola.)

ENRIQUE.-Y tú, ¿por qué eres tan negado? (Bajo a JULIÁN.)

LUISA.-Julián Benavides... Yo he oído este nombre antes de ahora... ¡Ah, sí! (Como recordando.) Julián Benavides se llama también el autor de La mujer a la luz de la filosofía.

JULIÁN.-¡Cómo, señorita! ¿Usted conoce mi obra?

LUISA.-¡Su obra! ¿Es usted el autor de esa obra magnífica?

JULIÁN.-¿Le ha gustado a usted?

LUISA.-¡A rabiar!

ENRIQUE.-¿Serías capaz de envanecerte con la opinión de una chicuela? (Bajo a JULIÁN.)

JULIÁN.-¡Yo escribo para la humanidad! (Con énfasis.)

ENRIQUE.-(¡Pedante!)

JULIÁN.-¿Con que mi libro se leía en su colegio de usted? ¡Gracias a Dios que en los establecimientos de enseñanza!...

ENRIQUE.-Que no es eso. No digas disparates. Ya te explicaré...

LUISA.-¡Usted el autor de La mujer a la luz de la filosofía! Como todos los profesores del colegio eran o feos o machuchos, creía yo que un sabio... ¡Mire usted, salir ahora con que el autor de ese libro es un caballero tan guapo como usted!

ENRIQUE.-¡Chica!

LUISA.-¿Eh? (Sin entender por qué le riñe su padre.)

JULIÁN.-¡Déjala que se exprese con libertad! (En tono muy grave.)

ENRIQUE.-¡El diablo que te lleve!

LUISA.-Si usted quisiera dármele.

JULIÁN.-Con mucho gusto. ¿Qué mayor honra para mí?

ENRIQUE.-¡Pero hombre!... (Tirándole del faldón de la bata.)

JULIÁN.-Suelta. (A ENRIQUE con desabrimiento.) Ahora caigo... (Volviéndose hacia LUISA con rostro placentero.) Perdone usted que me haya presentado en este traje. (ENRIQUE, dando señales de impaciencia, pasa al lado de su hija.)

LUISA.-Lo mismo da. A mí de todas maneras me parece usted bien.

ENRIQUE.-¡Pero chica!... (Tirándola de la falda del vestido.)

LUISA.-¿Qué quieres? (Volviendo la cabeza hacia su padre.)

JULIÁN.-Mil gracias. No hay en el mundo espectáculo más admirable que el de la hermosura unida a la bondad.

ENRIQUE.-(¡Cómo se relame el filósofo!)

LUISA.-¡Qué cosas tan bonitas me dice usted!

JULIÁN.-Nada que no sea muy merecido.

LUISA.-Pero ¿usted vive aquí?

JULIÁN.-Vivo con su padre de usted.

LUISA.-¡Cuánto me alegro!

ENRIQUE.-(¡Estoy sobre ascuas!)

LUISA.-¡Qué bien lo vamos a pasar los tres aquí juntitos!

ENRIQUE.-Como Julián y yo éramos solos... Ahora, habiendo venido tú, él... (Poniéndose entre LUISA y JULIÁN.)

JULIÁN.-Con efecto, ahora yo...

LUISA.-¿Ahora se va usted a marchar? ¿Y por qué? Si a mí no me dan miedo los hombres. (Acercándose a JULIÁN.)

ENRIQUE.-Sí, pero... (Poniéndose entre LUISA y JULIÁN.)

LUISA.-¿O es que teme usted que yo le moleste? (Pasando al lado de JULIÁN.)

JULIÁN.-Nada de eso... De ningún modo... Antes bien, celebraría en el alma...

ENRIQUE.-Sí; pero... (Poniéndose otra vez entre los dos.)

LUISA.-Pues entonces quédese usted. (Pasando otra vez al lado de JULIÁN.)

ENRIQUE.-Si no podrá... (Poniéndose otra vez entre ambos. LUISA hace un movimiento como para pasar otra vez al lado de JULIÁN.) ¡Quieta! (Bajo a LUISA, con mucha rapidez, sujetándola por la falda del vestido con una mano, de modo que no lo note JULIÁN.)

LUISA.-¿Eh? (Se queda mirando con asombro a su padre.)

JULIÁN.-Señorita, lo que es por mí... (Yendo por detrás de ENRIQUE a colocarse al lado de LUISA.)

LUISA.-¿Con que por usted?... (Volviendo con alegría la cara hacia JULIÁN.)

ENRIQUE.-(¡Maldito seas!)

LUISA.-Dile que se quede, papá.

ENRIQUE.-(Y a ésta habrá que darle unos azotes.) (Óyese rumor confuso de voces, que va haciéndose cada vez mayor.)

JULIÁN.-¿Qué es eso?

LUISA.-¿Oyes, papá?

ENRIQUE.-Sí. Pero no caigo... (Prestando atención al ruido que se oye.)

JULIÁN.-Parece que disputan.

LUISA.-Y con mucho calor.

JULIÁN.-Gritos...

LUISA.-Lamentos...

ENRIQUE.-Esos lamentos... ¡Oh! ¿Tal vez?... (Manifestando sobresalto y agitación.) ¡Yo, que había olvidado!... Anda, Julián; anda a ver lo que sucede.

JULIÁN.-Sí; que esto ya va picando en historia. (Vase por la puerta del foro, dejándola abierta. Óyese más distintamente el ruido de voces, y con el fin de que este rumor no sea, como suele acontecer en casos semejantes, vano y ridículo, se pone a continuación el siguiente diálogo, que deberá durar hasta que JULIÁN dice esta frase: «Ya le tienes ahí»; y del cual sólo llegarán hasta el público clara y distintamente algunas palabras. El lacayo hablará con acento gallego, y la cocinera, como descarada y raída.)

EL ANCIANO.-¡En vano lo niegas! ¡Aquí vive! ¡Le hallé por fin!

LA COCINERA.-Que no alborote usted la casa.

EL ANCIANO.-¡Le mataré!

LA JOVEN.-¡Tenga usted lástima de mí! ¡Tenga usted lástima de mi hijo!

EL CRIADO.-Vamos, caballero, tranquilícese usted.

EL ANCIANO.-¿Dónde está ese malvado? ¡Que salga! ¿Dónde está?

EL LACAYO.-Es cabezudo como él solo.

LA JOVEN.-¡Padre, padre, por Dios!

EL ANCIANO.-Suelte usted.

LA COCINERA.-¡Sobre que no quiero soltar! ¡Sobre que no me da la gana!

EL CRIADO.-Nos obligará usted a echarle de aquí por fuerza.

LA JOVEN.-Vámonos, padre. ¡Véngase usted conmigo!

EL ANCIANO.-¿Quieres librarle de mi furia? ¡Aparta!

LA COCINERA.-¿Qué va a que sale usted rodando la escalera?

EL ANCIANO.-¡Paso, canalla, paso!

EL CRIADO.-Usted no considera...

EL LACAYO.-¡Cuidado con decir palabrotas!...

EL ANCIANO.-¡Soltad!

LA COCINERA.-¡Dale, machaca!

EL LACAYO.-No apriete, que hace daño.

TODOS.-¡Oh!

LA JOVEN.-¡Padre!

LA COCINERA.-¡Que se escapa!

EL CRIADO.-¡Detenedle! ¡No le soltéis!

LUISA.-¡Me ha entrado un temblor!

ENRIQUE.-No te asustes, hija mía; no será nada.

LUISA.-Pues tú no dejas tampoco de estar muy asustado.

ENRIQUE.-Como te veo así...

LUISA.-No; algo sabes y no quieres decírmelo.

ENRIQUE.-Te aseguro... (Es la voz de MATILDE; pero aunque MATILDE haya venido, ese alboroto...)

LUISA.-¿Qué habrá pasado, Virgen santa?

ENRIQUE.-Quizá una reyerta de los criados. (JULIÁN sale apresuradamente y cierra con cerrojo la puerta del foro.)

JULIÁN.-¡Enrique! ¡Enrique!

ENRIQUE.-Habla.

LUISA.-¿Qué hay?

JULIÁN.-Escucha. (Con grande agitación, a ENRIQUE, llevándoselo aparte.) Esa mujer ha venido.

ENRIQUE.-¿Matilde?

JULIÁN.-Con un niño en los brazos.

ENRIQUE.-¡Mi hijo!

LUISA.-Pero ¿no puedo yo saber?...

ENRIQUE.-(Apartándola.) Quita.

JULIÁN.-Detrás de ella, su padre, que, sin duda, debe haberla seguido...

ENRIQUE.-(Con espanto.) ¿Está ahí?

JULIÁN.-Con un estoque desnudo en la mano, jurando que te ha de matar.

LUISA.-Se acercan. ¿No oyes?

JULIÁN.-Miguel, el lacayo y la cocinera procuran en vano contenerle. ¡Ya le tienes ahí! (Óyense fuertes golpes a la puerta del foro, y ésta es sacudida con violencia. El diálogo de los que hablan fuera percíbese clara y distintamente.)

LUISA.-Pero ¿quién es ese hombre que quiere entrar?

ENRIQUE.-(¡Le va a enterar de todo!)

LUISA.-¿Quién es esa mujer que llora?

ENRIQUE.-¡LLévatela!

LUISA.-(Mirando con terror alternativamente a su padre y JULIÁN.) ¿Aquí hay un seductor?

ENRIQUE.-¿Quién?... ¿Quién ha de ser? (Dándole a entender que es JULIÁN.)

LUISA.-(Mirándole con susto.) ¿Tu amigo? ¿Ese?

JULIÁN.-(Yendo hacia ENRIQUE, sospechando lo que sucede.) ¿Qué le has dicho?

ENRIQUE.-No sé.

JULIÁN.-(Como tomando una determinación.) ¡Oiga usted, señorita!

LUISA.- (Huyendo de JULIÁN.) ¡Él!...

EL ANCIANO.-¡Abra usted, villano; abra usted!

LA COCINERA.-Que no dé usted golpes.

LA JOVEN.-¡Compasión!

EL ANCIANO.-Ni para el ni para ti.

EL CRIADO.-¡Quieto!

EL ANCIANO.-¡Abra usted, infame seductor!

EL LACAYO.-¡Este hombre es un demonio!

EL ANCIANO.-¡Le he de matar a usted!

LA JOVEN.-¡Dios de misericordia!

EL LACAYO.-¡Suelte usted ese pincho!

LA COCINERA.-Agárrale tú por el otro lado.

LA JOVEN.-¡Máteme usted a mí sola!

ENRIQUE.-(A JULIÁN, en tono de súplica.) ¡Que soy su padre!

JULIÁN.-Ya, pero...

ENRIQUE.-¡Llévatela de aquí, por Dios!

JULIÁN.-¡Venga, usted!

LUISA.-(Huyendo de JULIÁN y amparándose en su padre.) ¡Ay, papá, papá!...

JULIÁN.-¡Ves lo que has hecho!

ENRIQUE.-(Asiéndole de una mano.) Ven conmigo.

LUISA.-¡Dejarle solo! ¡Y si el otro le mata! (Resistiéndose a seguir a su padre y logrando desprenderse de él.)

ENRIQUE.-¡Llévatela por fuerza; llévatela, Julián!

JULIÁN.-¡Venga usted! (Asiéndola de una mano.) ¡No hay remedio! (Llevándosela con violencia hacia la izquierda.)

LUISA.-¡Papá! ¡Papá! (Resistiéndose a seguir a JULIÁN. Vanse ambos por la puerta de la izquierda. Las voces de LUISA siguen oyéndose.)

EL ANCIANO.-¿Creyó usted que no tenía

LA COCINERA.-¡Ay, que esta señorita se muere! ¡Vecinos!

EL LACAYO.-¡Señorita! ¡Señorita!

EL ANCIANO.-La deshonra usted, la asesina, y es tan vil y cobarde...

EL LACAYO y LA COCINERA.-¡Socorro, vecinos! ¡Socorro!

LA JOVEN.-¡Mi hijo!

EL ANCIANO.-Se oculta usted en vano.

EL LACAYO y LA COCINERA.-¡Vecinos!

EL CRIADO.-¡Callar vosotros!

EL LACAYO y LA COCINERA.-¡Socorro! ¡Vecinos!

ENRIQUE.-¡Perderé la razón! (Con la mayor rapidez toma una pistola de una de las panoplias, la monta y abre la puerta del foro. Detrás de ella aparecen un anciano, de aspecto venerable, con un estoque desnudo en la diestra; una joven, caída, en el suelo de modo que el público no vea su rostro, ni el niño, que se supone tiene en los brazos; un criado y un lacayo con librea, sujetando al anciano; una cocinera, con mandil y pañuelo a la cabeza, hincada de rodillas para socorrer a la joven.)

EL ANCIANO, LA JOVEN, EL CRIADO, EL LACAYO y LA COCINERA.-¡Oh! (El ANCIANO, haciendo ademán de ir a lanzarse sobre ENRIQUE; el CRIADO, y el LACAYO, sujetando al ANCIANO; la COCINERA, levantándose del suelo; la JOVEN incorporándose un poco.)

ENRIQUE.-(Apuntando al ANCIANO con la pistola.) ¡Máteme usted, pero silencio; un solo grito, y usted es el que muere!

FIN DEL ACTO PRIMERO

Acto segundo

Sala amueblada con lujo. Puerta a la derecha; otra, grande, en el foro, por la cual se ve un gabinete, amueblado también.

Escena primera

LUISA y JULIÁN. JULIÁN está sentado a la izquierda, con un libro en la mano. LUISA, a la derecha, en el extremo opuesto del escenario. Pausa, durante la cual se oye llorar a LUISA.

JULIÁN.-¿Aún llora usted?

LUISA.-(Con enfado.) Me ha prometido usted no mirarme.

JULIÁN.-Bien; ya no miro. (Volviendo la cara a otro lado.) Usted me había prometido a mí no llorar.

LUISA.-¡Quiero llorar!

JULIÁN.-(Cambiando de postura y dirigiendo de nuevo hacia ella la vista.) Entonces yo también quiero mirarla a usted.

LUISA.-¡Papá! ¡Papá! (Llamando a su padre, con enojo y despecho.)

JULIÁN.-No hay que enfadarse. ¡Juicio! Cumpliré mi promesa, aunque usted no cumpla la suya. (Cambia de postura otra vez y deja de mirar a LUISA. Breve pausa. JULIÁN quiere leer, no puede, y mira a LUISA de reojo.) ¡Qué linda está llorando! (LUISA vuelve hacia JULIÁN la cabeza, como para mirarle a hurtadillas; encuéntranse las miradas del uno con las del otro, y ambos cambian repentinamente de postura. JULIÁN vuelve a fijar la vista en el libro, pero, como antes, se distrae en seguida y deja de leer.)(Tiene aquel inexplicable no sé qué principal encanto de las mujeres.) ¿Se va usted serenando?

LUISA.-Que no me hable usted.

JULIÁN.-(Pues estamos lucidos!) Y a mí, ¿qué me importa? (Arrellánase en la butaca y lee. LUISA se levanta, entra en el gabinete y luego sale de él y se acerca a la puerta de la derecha.)

LUISA.-(Continúa cerrada la puerta del gabinete... Esta la cerró él... ¡No hay escapatoria!) (Aplica el oído a la puerta de la derecha, y mira por el agujero de la cerradura.)(Nada se oye. Nada se ve. ¡Tanto tiempo sin saber qué sucede! ¡Media hora encerrada aquí!) (Acércase a JULIÁN muy de prisa.) ¿Por qué no viene mi papá? (JULIÁN sigue leyendo, sin responder.) ¿Está usted sordo? (JULIÁN continúa inmóvil.) ¿Por qué no viene mi papá? (En voz muy alta, quitándole el libro de la mano.)

JULIÁN.-Como me ha prohibido usted que le hable...

LUISA.-¿Por qué no viene?

JULIÁN.-¿Qué sé yo? Estará ocupado.

LUISA.-¿Con ese hombre que le quería matar a usted?

JULIÁN.-¿A mí? (Tentaciones me dan de cantar de plano.)

LUISA.-Usted tiene la culpa de todo; usted, que es un grandísimo pícaro.

JULIÁN.-(¡Escuchar esto de su boca!)

LUISA.-¡Y yo que esperaba que nos llevásemos tan bien! (Con ternura.) ¡Sea todo por Dios! (Echándose otra vez a llorar y enjugándose las lágrimas con el pañuelo.)

JULIÁN.-(¡No aguanto más, y salga el sol por Antequera! Señorita... (Levantándose y acercándose a LUISA.)

LUISA.-(Quitándose el pañuelo de los ojos.) ¿Qué?

JULIÁN.-Está usted engañada.

LUISA.-¿Engañada? ¿En qué?

JULIÁN.-Ese hombre no me buscaba a mí.

LUISA.-¿Que no? Pues ¿a quién? ¿Sería usted capaz de echar a otro la culpa? Aquí no vive nadie más que usted y mi padre. (Con sobresalto y amargura.)

JULIÁN.-(¡Si averigua que es él!... ¡Me da tanta lástima!)

LUISA.-No calle usted ahora. ¿A quién había de buscar más que a usted?

JULIÁN.-No; si yo no digo...

LUISA.-¿A quién había de llamar seductor más que a usted?

JULIÁN.-Bien, sí; pero...

LUISA.-¿Sí? ¿Con que sí? Apártese usted. ¡Qué hombre! ¡Quítese usted de mi vista! ¡Qué hombre tan malo!

JULIÁN.-(¡Por vida de...!)

LUISA.-Siéntese usted en su butaca. ¡Pronto!

JULIÁN.-(¡Y qué hechicera está enfadada!) (Mirándola...)

LUISA.-Que se siente usted. (Dando una patada en el suelo.)

JULIÁN.-Bueno; ya voy. (Se sienta en la butaca.)

LUISA.-Y tome usted su libro. (Tirándoselo desde donde está. El libro cae encima de JULIÁN, que da un respingo.)

JULIÁN.-¡Oh!

LUISA.-¿Le he hecho a usted daño? (Con sequedad.)

JULIÁN.-No. (Como por galantería, y dando a entender que sí.)

LUISA.-¡Qué lástima! (Se sienta en el otro extremo del escenario, donde antes estuvo, vuelta completamente de espaldas a JULIÁN. Óyese un golpe a la puerta de la derecha.) Llaman. (Levantándose.) ¡Que llaman! (A JULIÁN, impetuosamente.)

JULIÁN.-Ya lo oigo. ¡Quién es!

ENRIQUE.-Abre; soy yo. (Dentro.)

LUISA.-¡Mi papá! (Con mucha alegría.) Abra usted. (JULIÁN se busca en los bolsillos la llave de la puerta.) ¡No quiere abrir, papá, no quiere abrir! (Gritando, para que su padre la oiga.)

JULIÁN.-Estoy buscando la llave.

ENRIQUE. ¡Julián! (Dentro, con tono de enojo y recelo.)

JULIÁN.-¡Ahora el otro! Vaya, que entre los dos... Aquí está. (Sacando la llave de un bolsillo.)

LUISA.-¡Pues! En cuanto se ha enojado mi padre. (JULIÁN abre la puerta de la derecha.)

Escena II

DICHOS y ENRIQUE.

ENRIQUE.-¿No querías abrir? ¿Por qué? (Mirando a JULIÁN y a LUISA.)

LUISA.-¿No te ha pasado nada?

ENRIQUE.-¿Vas ahora a suponer?... Esa criatura no está en su juicio.

LUISA.-Criatura, sí, criatura...

ENRIQUE.-¿Te ha dicho algo? (A LUISA, mirando a JULIÁN.)

JULIÁN.-Y tú, más necio que tu hija.

LUISA.-De veras, papá, que no se le puede sufrir.

ENRIQUE.-¿Qué te ha dicho?

LUISA.-Lo mismo que tú; que de todo tiene él la culpa.

ENRIQUE.-¡Ah! (Con gozo.) ¡Gracias, Julián! (En voz baja, con vehemencia, cogiéndole una mano.)

JULIÁN.-Mira, quítate, y no me sobes. (Rechazándole.)

LUISA.-Pero, papá...

ENRIQUE.-¿Qué quieres?

LUISA.-¿Qué he de querer? Que no seas amigo de un hombre así; que no le des la mano.

JULIÁN.-Qué gusto, ¿eh? (A ENRIQUE.)

ENRIQUE.-Déjanos. (A LUISA.)

LUISA.-¡Otra vez que me vaya!

ENRIQUE.-Sí, hija mía; es preciso.

LUISA.-¿Con que yo no he de poder estar a tu lado?

ENRIQUE.-Volverás al momento.

LUISA.-¡Y todo por ese!... (Con ademán despreciativo.)

JULIÁN.-¡Dale!

ENRIQUE.-Sé juiciosa.

LUISA.-¿No dijo usted antes que se iba a ir?

JULIÁN.-¡Me echa!

ENRIQUE.-¡Luisa! (Reprendiéndola.)

LUISA.-Enfádate conmigo... Eso es... (Llorando.) ¡En mala hora vine yo del colegio! (Vase por la puerta de la derecha.)

JULIÁN.-No lo sabe ella bien.

Escena III

ENRIQUE y JULIÁN.

ENRIQUE.-¡Qué día tan funesto! (Dejándose caer sobre una silla, con grande abatimiento.)

JULIÁN.-Tu tardanza me iba ya dando mala espina. ¿Qué hay?

ENRIQUE.-No quería un hijo a mi lado, y el cielo, el destino, la casualidad -¿qué sé yo?- me envía dos al mismo tiempo.

JULIÁN.-¿Con que el niño que traía Matilde?...

ENRIQUE.-Es mi hijo. ¡Hijo desventurado! Por milagro le he vuelto a ver.

JULIÁN.-¿Ha estado malo?

ENRIQUE.-No; ha querido matarle.

JULIÁN.-¡Cómo! ¿Ella?...

ENRIQUE.-¡Ella! ¿Estás loco? Él.

JULIÁN.-¿Él?

ENRIQUE.-Ese viejo maldito.

JULIÁN.-¿Qué viejo?

ENRIQUE.-Su padre. ¿No me entiendes? (Impacientándose.)

JULIÁN.-Si no te explicas...

ENRIQUE.-Volvió a Madrid pocos días ha; Matilde se lo confesó todo; él tocó el cielo con las manos; se empeñó en averiguar el nombre del autor de su infamia...

JULIÁN.-Será una especie de viejo de Calderón, muy rutinario y tradicionalista.

ENRIQUE.-No logró que Matilde se lo dijera; y un día, ciego de rabia, cogió al niño y quiso estrellarlo contra la pared.

JULIÁN.-¡Qué bruto!

ENRIQUE.-Resolvióse entonces la infeliz a ponerle bajo mi amparo, y al venir hoy con él hacia aquí...

JULIÁN.-Ya.

ENRIQUE.-Su padre, que estaba acechando desde un portal frontero del suyo...

JULIÁN.-La vería...

ENRIQUE.-Y la siguió recatadamente...

JULIÁN.-Y se entró de rondón.

ENRIQUE.-¡Vive Dios, que ha de pagármelas todas juntas!

JULIÁN.-¿En qué habéis quedado?

ENRIQUE.-Hoy mismo nos batimos a muerte.

JULIÁN.-¿De veras?

ENRIQUE.-Yo no quería. ¡Es un anciano! ¡Se quejaba de mí con razón! ¿Sabes lo que ha hecho para obligarme a reñir con él? ¿Lo sabes? (Con furia.)

JULIÁN.-Como tú no lo digas...

ENRIQUE.-¡Me ha puesto en la cara la mano!

JULIÁN.-¡Oiga!

ENRIQUE.-A no haber estado aquí mi hija, aquí mismo le hubiera arrancado el alma.

JULIÁN.-¡Consecuencia de un estado social erróneo y absurdo! ¡Lamentables extravíos de la raza humana! ¡Si mi sistema filosófico prevaleciera!...

ENRIQUE.-Déjate de filosofías. Las condiciones del duelo están ya pactadas. Nos batiremos a pistola, colocándonos a diez pasos el uno del otro, con facultad cada cual de ir ganando terreno y de hacer fuego sobre su adversario cuando lo estime conveniente.

JULIÁN.-¡Enorme atrocidad! No hallarás padrino que lo autorice.

ENRIQUE.-Hemos resuelto llevar testigos solamente. Uno de ellos, tú; el otro, la persona cuyo nombre va apuntado en ese papel, con las señas de su habitación. (Dándole un papel doblado.) Anda a ponerte de acuerdo con él. Esta tarde ha de verificarse el duelo.

JULIÁN.-¡Pero un duelo así!... Mira que no habrá más remedio que morir o matar.

ENRIQUE.-Matar o morir quiere ese hombre; lo mismo quiero yo.

JULIÁN.-Muriendo el otro, menos malo.

ENRIQUE.-¡Quién sabe!

JULIÁN.-Pero ¿y si el otro acaba contigo?

ENRIQUE.-Tendré paciencia.

JULIÁN.-Después de muerto, es seguro que la tendrás.

ENRIQUE.-No hay tiempo que perder; anda.

JULIÁN.-Me lavo las manos, y allá voy. ¿Quién no imitó alguna vez a Pilatos? (Dirigiéndose hacia la derecha.)

ENRIQUE.-Aguarda; otra cosa. ¿Qué haré con ese niño? Está aquí. ¿No te lo he dicho ya? ¿Podía yo tolerar que siguiese al lado de este tigre, que le abomina, que en mi presencia ha vuelto a levantar las manos sobre él? ¡Bárbaro! ¡Amenazar a un ser tan débil, a una criaturita, que ni siquiera ha de comprender la amenaza! ¡Y si vieras qué niño! ¡Si vieras qué belleza la suya tan singular! Contrastando en sus hechiceras facciones con la gracia infantil, melancólica seriedad; velado en densa palidez el semblante; los ojos entornados, como si no tuviera fuerzas para abrirlos del todo revelase en él tristeza indefinible, y no se le puede mirar sin indefinible tristeza. Bien que aún dormida su razón, ¿presentirá ya ese inocente su desdicha? Apostaría algo bueno a que te estoy pareciendo soberanamente ridículo. ¿Qué quieres? El amor paternal es otra de tantas antiguallas como afean el mundo. (Irónicamente.) ¡Ay, Julián, Dios ha resuelto castigarme! (Abandonándose a los impulsos de su corazón.)

JULIÁN.- ¿Empezamos a diosear?

ENRIQUE.-Es verdad; tú no crees en Dios. ¡Dichoso tú! ¿Qué digo? ¡Desgraciado tú!

JULIÁN.-Con efecto: no tengo el recurso de acordarme de Santa Bárbara cuando truena.

ENRIQUE.-Bueno es acordarse de Dios, aunque sea tarde. ¿Qué haré con ese niño? ¿Sacarle de aquí? Privado de las caricias de su madre, ¿no ha de gozar las de su padre tampoco? Y si muero, ¿quién mejor que su hermana?... ¡Pobre hija mía! Debió ser templo de tu pureza esta casa; fijas la planta en ella, y tropezando con un crimen, tienes que abrir los ojos a la dolorosa experiencia del mal. Únicamente mereciéndola se debiera alcanzar la dicha de ser padre.

JULIÁN.-Te vas haciendo moralista. ¡Síntoma aciago! El viejo te va a dar hoy un susto.

ENRIQUE.-Ya que no puede ignorar la culpa, que ignore quién es el culpado a lo menos. Según viene de más arriba, tiene el mal ejemplo más eficacia. Dejémosla en el error en que está. Para ella eres tú el seductor de Matilde...

JULIÁN.-Ese favor te debo.

ENRIQUE.-Sé también para ella el padre de ese niño.

JULIÁN.-¿Yo padre?

ENRIQUE.-¿Qué remedio?

JULIÁN.-¡No faltaba más! ¡Hasta ahí podían llegar las bromas!

ENRIQUE.-Es preciso, Julián.

JULIÁN.-No hay tal precisión. (ENRIQUE hace un ademán de súplica.) Porfiarás en vano. Te digo que no cargo con el mochuelo.

Escena IV

DICHOS y LUISA. Ésta entra, melancólica y pensativa, por la puerta de la derecha, y se acerca a su padre.

LUISA.-Papá, en casa hay un niño.

ENRIQUE.-¡Ya le ha visto, Julián! (Bajo, en tono de súplica.)

JULIÁN.-¡Que no! (Bajo a ENRIQUE.)

LUISA.-Le oí llorar. La criada que estaba con él se inmutó al verme, y no ha sabido qué decir. Papá, ¿qué niño es ése?

ENRIQUE.-Ese niño...

LUISA.-Dígalo usted. (Dirigiéndose a JULIÁN.)

JULIÁN.-¿Yo?

LUISA.-No se atreve a decirlo. No importa. Ese niño es el mismo que también lloró antes.

ENRIQUE.-¡No me descubras! (Bajo a JULIÁN, con ansiedad.)

JULIÁN.-Pero ¡qué empeño tan maldito! (Bajo a ENRIQUE.)

LUISA.-El mismo a quien llamaba hijo la pobrecita mujer que estuvo antes ahí.

ENRIQUE.-¿Oyes? (Bajo a JULIÁN.)

JULIÁN.-Sí que oigo. (Bajo a ENRIQUE.)

LUISA.-Fácilmente se adivina quién es su padre.

ENRIQUE.-¿Lo ves? (Bajo a JULIÁN, con mayor angustia.)

LUISA.-Aunque su padre... (En tono de amarga reconvención, mirando a JULIÁN.)

JULIÁN.-Sí que lo veo. (Bajo a ENRIQUE, con mayor aspereza.)

LUISA.-¡Su padre no quiere llamarle hijo! ¡Su padre tiene mal corazón! (Con profunda pena, llorando.)

JULIÁN.-¡Caramba! (Con rabia y despecho, dando un paso hacia LUISA, resuelto a decir la verdad.)

ENRIQUE.-¡Por Dios, Julián! (Con ansiedad vivísima, deteniéndole. JULIÁN se queda suspenso un instante, sin saber qué hacer.)

JULIÁN.-Abur. (Vase precipitadamente por la puerta de la derecha.)

Escena V

ENRIQUE y LUISA.

LUISA.-¡Qué desdichada criatura! (Como hablando consigo misma.) ¿A ti no te da vergüenza decir que eres mi padre, verdad? (Corriendo a él y abrazándole con efusión.)

ENRIQUE.-¡No, vida mía! En ser tu padre fundo yo mi dicha, mi gloria. (LUISA, muy abatida, se deja caer en una silla, que tendrá al lado; ENRIQUE se sienta junto a ella.)

LUISA.-Antoñita me aseguraba que el mundo es muy alegre. Veo que sor Ignacia tenía razón al afirmar que en el mundo se llora mucho más que se ríe.

ENRIQUE.-Ni bastan largos años de risa a compensar unas breves horas de llanto. Siéntese, más que el placer, la pena, como si el alma estuviera menos dispuesta a regocijarse con la alegría que a padecer con el dolor. Pero nosotros, afortunadamente, no tenemos ningún motivo de pesadumbre. (Cambiando de tono, para no entristecer a LUISA.) Tú eres muy joven todavía; tú debes ser feliz.

LUISA.-No, papá; no lo soy. Siento el corazón oprimido, perdí el sosiego y lo conozco; en mucho tiempo no lo volveré a recobrar.

ENRIQUE.-¡Qué niñada! ¿Por qué?

LUISA.-Si yo misma lo ignoro. ¡Me había parecido tan bueno ese amigo tuyo! ¡Me hubiera alegrado tanto de que lo fuese!

ENRIQUE.-(Una desgracia nunca viene sin compañía.)

LUISA.-¡Y me da tanta pena de que sea malo! (Con íntimo dolor.) ¡Me da tanto coraje! (Con indignación, cambiando bruscamente de tono.)

ENRIQUE.-(El manantial comprimido salta luego impetuoso.) (Levantándose y apartándose un poco de su hija.)(¿Qué debo recelar? ¿Se habrá enamorado de veras?) (LUISA, como asaltada de repentina idea, se levanta también y se acerca a su padre.)

LUISA.-Di: ¿le amenaza algún riesgo? ¿Ese hombre que le quería matar?... (Manifestando mucha zozobra.)

ENRIQUE.-Ya no hay cuidado. Tranquilízate.

LUISA.-¿Por qué se ha ido?

ENRIQUE.-Tenía que salir.

LUISA.-¿Ha salido a la calle? (ENRIQUE hace un ademán afirmativo.) ¿Y tardará mucho en volver?

ENRIQUE.-No.

LUISA.-¡Ojalá!

ENRIQUE.-(¿Cuándo empezó este día?)

LUISA.-Y eso que no veo el instante de que se vaya de aquí y nos deje en paz; porque temo que, si le trato mucho, a pesar mío, tendré que aborrecerle.

ENRIQUE.-(¡Le ama!)

LUISA.-¡Dios me libre de aborrecer! ¡Qué gran desdicha debe ser el odio! ¡Una desdicha sin consuelo!

ENRIQUE.-Ea, vamos, no llores; se acabó. No quiero verte así. (Limpiándole las lágrimas y haciendo que se siente a su lado.) Hablemos de otra cosa.

LUISA.-Bien..., sí..., habla. (Se queda pensativa.)

ENRIQUE.-Pero desarruga ese ceño..., alégrate..., sonríe. Mañana iremos a las tiendas... (¡Puede ser que mañana...!) Te compraré vestidos, adornos, joyas... (¡Mañana huérfana tal vez!) No ha de haber en todo Madrid señorita con más lujo que tú.

LUISA.-Pues no vuelve tan pronto.

ENRIQUE.-Que no vuelve... ¿Quién?

LUISA.-Ese caballero..., tu amigo.

ENRIQUE.-¡Ah, ya! Julián.

LUISA.-Julián.

ENRIQUE.-¿No te hallas mejor a solas con tu padre, que tanto te quiere?

LUISA.-También te quiero yo a ti mucho. ¡Y he de quererte más cada día! Porque tú eres bueno. ¡Si, mi papá es bueno, gracias a Dios!

ENRIQUE.-(¡Qué angustia!)

LUISA.-Y no que el otro...

ENRIQUE.-¿El otro?...

LUISA.-Julián.

ENRIQUE.-(¡Siempre Julián!)

LUISA.-Oye. ¿Tú le llamas amigo?

ENRIQUE.-Sí.

LUISA.-¿Con que, sin duda, le querrás?

ENRIQUE.-Cierto.

LUISA.-¿Con que se puede querer a un malvado?

ENRIQUE.-¡Mira lo que dices! (Levantándose.) (¡Malvado me está llamando mi hija!)

LUISA.-Entonces... (Levantándose.) ¿Le querré yo también? (Como hablando consigo misma.)

ENRIQUE.-Sé clemente, hija mía, y no llames a nadie malvado. Quizá tuvieras que arrepentirte.

LUISA.-¿No es una maldad lo que ese hombre ha hecho?

ENRIQUE.-Tú no puedes saber...

LUISA.-Sé que es una maldad. (Con energía.)

ENRIQUE.-Te engañas.

LUISA.-¡Una maldad horrible! (Con vehemencia.)

ENRIQUE.-Tu imaginación, que todo lo abulta...

LUISA.-¿Y los gritos de furor que daba aquel hombre?

ENRIQUE.-Sin embargo...

LUISA.-¿Y los lamentos de aquella mujer, que partían el alma?

ENRIQUE.-Cosas del mundo...

LUISA.-¡Ay, papá; las cosas del mundo parecen cosas del infierno! (Con terror.)

ENRIQUE.-¡Hija, por piedad!... (Sin poder dominar su emoción.)

LUISA.-¿Y ese niño? ¡Oh, desde que he visto a ese niño parece que soy otra! (Con tono muy grave.) Pienso de distinta manera; siento como no he sentido hasta hoy. ¡Papá, ese niño es muy desgraciado! (Con arrebato de amargura.)

ENRIQUE.-¡Ay, sí; muy desgraciado! (Abandonándose a su aflicción y llorando.)

LUISA.-¿Lo ves? Ya no lo niegas... ¡Y lloras! ¡Lloras tú también!

ENRIQUE.-Sí... ¡Lágrimas! (Llevándose a los ojos las manos.) ¡Ya era tiempo! ¡Bien venidas seáis!

LUISA.-¡Me ha echado los bracitos al cuello, como si me hubiera conocido!... ¡Me ha mirado con tanto afán!... ¡Parecía que deseaba decirme algo! Y yo, tonta de mí, olvidada de que la pobre criatura no podía hablar, le gritaba: «¿Qué, hijo mío, qué? Dímelo». (Con acento solemne.)

ENRIQUE.-(¡Ojalá hubiera podido decírselo!)

LUISA.-¡Y él, mirándome, mirándome sin pestañear!

ENRIQUE.-Quiérele mucho, Luisa; tu padre te lo ruega. ¡Es tan fácil amar a un niño!

LUISA.-Quien no ame a un niño, ¿qué amará?

ENRIQUE.-¡Y ése es tan hermoso, tan dulce!

LUISA.-¡Como un niño Jesús!

ENRIQUE.-Y si un día le vieses abandonado, solo, tú le ampararías, ¿verdad?

LUISA.-¡Sí, papá, sí; yo le ampararía! (Enérgicamente.)

ENRIQUE.-¿Serías para él una hermana?

LUISA.-Eso es poco; ¡una madre!

ENRIQUE.-¡Dios te bendiga, hija de mi corazón, Dios te bendiga! (Arrojándose a ella como delirante, y estrechándola varias veces fuertemente en sus brazos.)

LUISA.-Pero qué, ¿no hay medio para desenojar a un padre que amenaza, para consolar a una mujer que llora, para que ese niño no sea desgraciado? Alguno debe haber.

ENRIQUE.-¿Y si no le hubiera?

LUISA.-¡Es imposible que no le haya! ¡Le hay! Yo sé cuál es.

ENRIQUE.-¿Tú?

LUISA.-Yo. ¡Silencio! (Estremeciéndose.) Ahí viene. (Sin apartar de su padre los ojos.)

ENRIQUE.-¿Quién?

LUISA.-Julián.

Escena VI

DICHOS y JULIÁN.

JULIÁN sale en traje de calle por la puerta del foro, y al salir deja en una silla el sombrero.

LUISA.-Al fin volvió usted. (Procurando serenarse.) Papá le aguardaba con impaciencia.

JULIÁN.-(Todo está ya arreglado.) (Bajo a ENRIQUE.)

ENRIQUE.-Bien; luego... (Bajo a JULIÁN.)

LUISA.-Tenemos que hablar. (Sentándose y procurando sonreír.) Siéntese usted. (A JULIÁN.) Siéntate. (A su padre.)

JULIÁN.-¿Hay algo de nuevo? (Bajo a ENRIQUE.)

ENRIQUE.-(¿Cuál será su intención?) (Para sí.)

LUISA.-Vamos. (Instándoles a que se sienten. Ambos lo hacen.) Más cerquita. (A JULIÁN, el cual acerca un poco su silla a la de LUISA.) Más. ¿Tan desagradable es para usted estar a mi lado?

JULIÁN.-¿Desagradable? (Acercándose mucho a LUISA.) No, por cierto... Muy al contrario, señorita... (Manifestando íntima complacencia.) Sino que como antes me ha tratado usted con tanta severidad...

LUISA.-Me conservaba. usted rencor.

JULIÁN.-¿Yo rencoroso con usted? Sentía pena..., pena muy grande solamente.

ENRIQUE.-Pero ¿no has dicho que teníamos que hablar?

LUISA.-Hablando estamos. Un poco de paciencia. (A su padre.) Yo creí que no me miraba usted con muy buenos ojos. (A JULIÁN.)

JULIÁN.-Eso temía yo de usted...

LUISA.-¿Sí? ¡Qué tontería! Ahí tiene usted lo que es no entenderse la gente. (Con ingenuidad.)

JULIÁN.-¿Con que puedo esperar?... (Con calor.)

LUISA.-¿Qué? (Con viveza.)

JULIÁN.-¿Que seamos amigos?

ENRIQUE.-Pero... (Levantándose, y dando un paso hacia LUISA y JULIÁN.)

LUISA.- Calla tú, papá. Déjanos hacer las paces tranquilamente. (ENRIQUE vuelve a sentarse.) Sí, señor; seremos amigos, muy amigos.

JULIÁN.-¡Qué dicha!

LUISA.-Ahí va mi mano.

JULIÁN.-¡Señorita!... ¡Mi júbilo!... ¡Mi satisfacción!... (Estrechando a LUISA la mano.)

LUISA.-(¡Yo no sé qué tengo, Dios mío!) (Con extrañeza candorosa, llevándose la mano que tiene libre al corazón.)

JULIÁN.-(¡Qué diablos me sucede!) (Pasándose por la frente la mano izquierda.)

ENRIQUE.-¿Acabaréis de hacer las paces? (Sin poder reprimirse.)

LUISA.-Ya están hechas. ¡Y para siempre!

JULIÁN.-¡Oh, sí, para siempre! (Se quedan mirándose en silencio con las manos cogidas. Después de una breve pausa, LUISA inclina la cabeza con rubor instintivo, de que no acierta a darse cuenta, y separa muy poco a poco su mano de la de JULIÁN, el cual permanece como embelesado, con la mano extendida. ENRIQUE los contempla triste y abatido. Durante otra breve pausa, procura LUISA dominar su emoción, y, al fin, pasándose las manos por el rostro y sacudiendo la cabeza, habla de pronto con aparente jovialidad.)

LUISA.-Pues han de saber ustedes, por la mayor ventura del mundo, que el día de la Santa Cruz bajamos de madrugada las niñas al jardín del colegio para cortar flores con que hacer altaritos. Y al acercarme yo a un rosal muy hermoso, vi en él una cosa que se movía, y di un grito asustada, y por poco beso la tierra sin querer. Acercáronse las más valientes a ver qué era, y era... ¿A que no lo aciertan ustedes? ¡Era un niño recién nacido! (Con gravedad y ternura.)

ENRIQUE.-¿Eh?

JULIÁN.-¿Cómo?

LUISA.-Unas se echaron a llorar, otras se echaron a reír, y al ruido que entre todas hacíamos con risas y lloros, acudió sor Ignacia corriendo, corriendo cuanto se puede correr con ochenta años encima. Llegó al rosal y se quedó con tanta boca abierta más parada que las estatuas del jardín. Luego se puso amarilla como la cera; luego se puso encarnada como una amapola; luego miró en torno suyo con ira; luego miró al niño con tristeza; luego miró al cielo con mucho fervor; rodaron por sus mejillas dos lagrimones como nueces; quiso decirnos algo; no nos dijo nada; tomó el niño en los brazos, y muy despacito, muy despacito, se fue con él. Yo me senté con Antoñita en un banco -Antoñita venía con frecuencia a Madrid, y había leído más de mil novelas, y es muy sabia-, y entre una y otra tuvimos esta conversación: «¡Ay, Antoñita! ¿Has visto?» Ella, muy serena: «Como que no estoy ciega, Luisa». «Dime, ¿nacen niños en los rosales?» «¡Tonta! Ese niño, como todos, tendrá padres de carne y hueso». «¡Bah! si tuviese padres, ¿hubiera estado solo ahí?» «Sí porque sus padres no serán marido y mujer, y ahí le habrán puesto para que le recoja sor Ignacia, que pasa por muy caritativa». «Y los que no son marido y mujer, ¿abandonan así, en cualquier parte, a sus hijos?» «¡Toma, toma! ¡Y se avergüenzan de ellos, y les niegan su nombre, y a veces los matan!» «¡Cállate, mujer! ¡Calla, por la Virgen de los Dolores!» Y lo que yo entonces padecí, figúrenselo ustedes por lo que ahora padezco. Y Antoñita, viéndome tan desconsolada, lloró mucho también. Y seguía diciendo: «¡Esos infelices viven luego sin honra, menospreciados de la gente; el mundo está para ellos desierto, y quizá, a impulsos del hastío o la desesperación, llegan a maldecir a sus padres!» Y yo exclamé: «¿Con que no tiene remedio ninguno la desventura de ese niño?» Y ella me respondió: «Si sus padres fuesen libres y se casaran, todo quedaba remediado». «Y entonces, ¿viviría con ellos, disfrutando de sus caricias? ¿No habría vergüenza para el hijo ni para los padres? ¿Todos merecerían la estimación del mundo y las bendiciones del cielo?» Y Antoñita me iba respondiendo: «¡Sí, sí, sí!» Pues mire usted, Julián, aquí hay un niño tan desdichado como aquél. ¡Ay, Julián! ¡Ay, amigo mío de mi alma, cásese usted, por Dios, con la madre de esa criaturita! (Con voz ahogada por los sollozos, cayendo a los pies de JULIÁN. ENRIQUE habrá ido manifestando con sus ademanes y con la expresión de su rostro las varias y violentas emociones que le causan las palabras de LUISA. JULIÁN la habrá escuchado anhelante con interés vivísimo.)

JULIÁN.-¡Oh! (Acudiendo a levantar a LUISA.)

ENRIQUE.-(¡Todo lo merezco!) (Quédase atónito, inclinando la frente al suelo y apoyado en la silla con una mano.)

LUISA.-¡Respóndame usted! ¡Dígame usted que sí!

JULIÁN.-¡Señorita!... ¡Luisa!... (Queriendo levantarla.)

LUISA.-No me levanto hasta que me haya usted prometido salvarle. ¿Y su madre de usted? ¿Dónde está? ¿Vive?

JULIÁN.-No, Luisa; murió.

LUISA.-¿Cuándo? ¿Hace ya mucho tiempo?

JULIÁN.-Hace ya... ¡Oh! (Estremeciéndose como si recordara algo que no debiese haber olvidado.)

LUISA.-¿Qué?

JULIÁN.-¡Esta tarde, Luisa; esta tarde, al toque de oraciones, hará cinco años que la perdí!

LUISA.-¿Se acuerda usted de ella todavía?

JULIÁN.-¡Como si la hubiera perdido ayer! (Muy conmovido.)

LUISA.-¡Sí! (Levantándose y poniendo una mano sobre el corazón de JULIÁN.) ¡Todavía, al recordarla, quiere este corazón salirse del pecho!

JULIÁN.-¡Era tan buena mi madre!

LUISA.-Entonces ¡su hijo no puede ser tan malo!

JULIÁN.-¡Quién sabe! (Con gravedad.)

LUISA.-Julián, ¡por su madre de usted! ¡Valga la memoria de una madre tan buena al hijo de su hijo!

JULIÁN.-¡Enrique, habla! ¡Di algo, por favor! (Con grande ansiedad.)

ENRIQUE.-Luisa..., lo que haces..., a tu edad... (Sin moverse del sitio en que se halla, dando señales de viva agitación.)

LUISA.-Pues si yo soy demasiado joven para defender a una criatura, ven aquí, papá, ven aquí, y defiéndela tú. ¿Por qué tú no intercedes también por ella? (ENRIQUE permanece inmóvil, más angustiado cada vez.) ¡Oh, si viviera su madre de usted! (A JULIÁN.) ¡Si viviera la mía, cuyo único afán era procurar la dicha de todo el mundo! ¡Mirándonos estás desde el cielo, madre de mi alma; si lo que yo quiero es bueno, ayúdame a lograrlo! (Levantando al cielo los ojos.) Voy por él. (A JULIÁN.) Con él en los brazos, volveré a ponerme de rodillas; haré que tienda hacia usted sus manecitas suplicantes... No le rechazará usted... ¡Imposible!... ¿Verdad que no? ¡Angelitos del cielo, rogad por vuestro hermano! (Vase corriendo por la puerta de la derecha.)

Escena VII

ENRIQUE y JULIÁN. Ambos quedan bastante separados el uno del otro.

ENRIQUE.-(¡Me falta aire! ¡Me ahogo!)

JULIÁN.-(¡Qué desazón!... ¡Qué angustia!)

ENRIQUE.-(Volviéndose casi de espaldas a JULIÁN, y limpiándose las lágrimas con la mano.) (Si éste me ve derramar lágrimas... ¡Llorar un hombre!)

JULIÁN.-(Volviéndose casi de espaldas a ENRIQUE y haciendo esfuerzos para recobrar la serenidad.) (Si éste me ve tan conmovido... ¡Yo así!)

ENRIQUE.-(¡Le ama! ¡Le ama de veras!)

JULIÁN.-(¿Querré yo a esa muchacha?)

ENRIQUE.-(¡Maldito duelo! En él puedo morir.)

JULIÁN.-(ENRIQUE puede morir en el desafío, y la pobre niña...)

ENRIQUE.-(Muriendo con el consuelo de que no se quedaría sola en el mundo...)

JULIÁN.-(¡Un suegro como ése!...)

ENRIQUE.-(¡Un yerno como ése!...)

JULIÁN.-(¡Qué ejemplos daría a mi mujer!)

ENRIQUE.-(¡Qué máximas enseñaría a mi hija!)

JULIÁN.-(Procurando en vano ocultar su turbación.) Enrique.

ENRIQUE.-(Haciendo también esfuerzos inútiles para disimular.) Julián.

JULIÁN.-Va a volver.

ENRIQUE.-Sí.

JULIÁN.-¿Qué haremos?

ENRIQUE.-No lo sé.

JULIÁN.-Hay que tomar una determinación.

ENRIQUE.-¡Ser despreciado..., acaso aborrecido por ella!

JULIÁN. Resuelve.

ENRIQUE.-Es probable que dentro de poco deje de existir. Aguarda a que yo no viva para decírselo. Entonces no me despreciará, no me aborrecerá.

LUISA.-(Dentro, dando un grito terrible.) ¡Oh!

ENRIQUE.-¡Luisa!...

LUISA.-¡Papá! ¡Julián! ¡Papá! (Dentro, gritando desesperadamente, y sale en seguida corriendo por la puerta de la derecha, pálida y desencajada.)

Escena VIII

DICHOS y LUISA.

ENRIQUE.-(Acercándose a su hija, asustado al verla.) ¿Qué es eso?

JULIÁN.-(Acercándose también a LUISA, lleno de zozobra.) ¿Qué tiene usted?

LUISA.-(Señalando a la puerta de la derecha, muy acongojada, sin poder hablar.) ¡Ahí!... ¡Ahí!...

JULIÁN.-¿Qué?

ENRIQUE.-¡Habla!

LUISA.-¡Ahí!... No puedo... Venía con él...

ENRIQUE.-¿Con el niño?

LUISA.-Sí... De pronto... le sentí estremecerse.

ENRIQUE.-¡Oh!

JULIÁN.-Siga usted.

LUISA.-¡Se quedó horrible!... ¡Con la boca torcida!... ¡Con los ojos en blanco!...

ENRIQUE.-¡Jesús! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! (Vase, como fuera de sí, por la puerta de la derecha.)

LUISA.-(Con grande asombro.) ¡Eh! ¿Cómo? ¿Qué dice?

JULIÁN.-Nada... No haga usted caso... Nada...

LUISA.-(Yendo hacia él con expresión de júbilo.) Pero entonces... Entonces usted... ¿Con que usted no es el malo?

JULIÁN.-¡Luisa!

ENRIQUE.-(Sale por la puerta de la derecha, lleno de terror.) ¡Un médico! ¡Ve, por Dios! ¡Un médico!

JULIÁN.-(Mirando a LUISA con dulce emoción.) (¡Me ama!)

ENRIQUE.-¡Corre! ¡Mi hijo se muere! (Con acento de desesperación. JULIÁN toma el sombrero y se va precipitadamente.)

LUISA.-Pero entonces... ¡Entonces es él! (Mirando con espanto a ENRIQUE.) ¡Mi padre es el malvado!

ENRIQUE. ¡Oh! (Dando un grito al oír las palabras de su hija.) ¡Qué vergüenza! ¡Qué horror! (Ocultándose con las manos el rostro.)

LUISA.-¡Es mi padre! (Con expresión enteramente distinta, manifestando sólo intenso dolor y prorrumpiendo en copioso llanto.) ¡Perdón, padre mío, perdón! (Corre hacia su padre, y cogiéndole apresuradamente una mano, se la besa con respeto y amor.)

ENRIQUE.-(Abrazándola apasionadamente.) ¡Hija de mis entrañas!

FIN DEL ACTO SEGUNDO

Acto tercero

La misma decoración del segundo. La puerta del foro estará cerrada.

Escena primera

ENRIQUE. Aparece sentado cerca de un velador escribiendo; después de breves instantes pone sobre a la carta que acaba de escribir.

ENRIQUE.-¿Llegarán al corazón de mi hija estas palabras? Debo esperar que sí, porque han salido de mi corazón. ¡Pobre corazón, cómo has cambiado en pocas horas! ¡Cuánto se vive padeciendo! (Se guarda la carta en el bolsillo del pecho de la levita.) ¿Dónde estaba yo poco ha? ¿Dónde estoy ahora? ¿Por qué lo que antes creí bueno ahora me parece execrable? ¿Por qué me causa ahora vergüenza aquello mismo que antes me envanecía? Toma en el mundo cara de placer el delito, y el hombre que se tenía por feliz hállase un día delincuente. ¡Crímenes tanto más indisculpables los míos cuanto es mayor su impunidad! ¿Quedarán siempre sin castigo? No; la impotencia de la justicia humana es señal infalible de otra justicia omnipotente. No, porque allí donde acaba la justicia de los hombres, allí empieza la justicia de Dios. (Se levanta.) ¡De Dios! ¡Qué olvidado le tuve! ¡Qué miedo me causa recordarle! ¡Hijo mío, tu padre ha sido tu verdugo! (Mirando hacia la puerta del foro.) Naciste de entrañas llenas de aflicción; te alimentaste de amarguras; el dolor que yo causé a tu madre ha puesto fin a tu existencia. Pero no hay rencor en los ángeles. Mira, ángel mío, con piedad al cuitado que estuvo ciego, y que hoy, al recobrar la luz, ve con espanto lo que hizo en las tinieblas. ¡Qué pronto me has dejado! No era yo digno de poseerte. ¡Y si al menos te hubieras ido sin padecer! ¡Qué angustia ver padecer a un pequeñuelo! ¡Qué horrible angustia ver padecer a un hijo! ¿Por qué, Señor, tan crueles tormentos a una criatura? ¿Son tal vez castigo del culpado los dolores del inocente? ¿Paga tal vez el inocente algo por el culpado? ¿Qué ojos mortales penetrarán los designios de tu misericordiosa justicia? ¡Lo que tú haces, bien hecho está! ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre hijo mío de mi alma! (Déjase caer en un sofá y llora amargamente.) Lloro, siento pena muy honda, y, sin embargo, no sé qué extraña suavidad y frescura me halaga el corazón. ¡Qué poco saben de las dulzuras de la vida los míseros que no te conocen, santa alegría del dolor! Ea; ya se acerca la hora. (Levantándose.) La hora de morir. ¿Qué remedio? La condición de Matilde, tan diferente de la mía; su desdicha, bien que hija de mi vil proceder, eran ya sobrado motivo para que yo no me casara con ella. Hoy, a pesar de todo, me hubiera resignado quizá a ser fábula de Madrid. Pero el padre de Matilde me ha hecho el mayor de los ultrajes. ¿Cómo resolverme a vivir con un rostro abofeteado? ¿Cómo evitar el duelo? No está en lo posible que ese anciano, cuya razón perturba la ira, ceje en el empeño de lavar con sangre su deshonra; con sangre únicamente se puede quitar la mancha de mi rostro. Pues, ¿qué arbitrio me queda sino dar voluntariamente mi vida en pago de mi culpa, y en desagravio del ajeno y del propio honor? Para más alta hazaña se necesitaría una virtud que yo no tengo. No se rompen de una vez las cadenas que el vicio pone a sus esclavos. Viví mal; mal debo morir. ¡Casi al mismo tiempo abandonamos este mundo, hijo mío! Si es verdad que en el otro hay un cielo y un infierno, ¡qué separados vamos a estar en el otro! ¡Adiós para siempre, hijo mío! ¡Ojalá te pudiera decir hasta luego!

Escena II

ENRIQUE y JULIÁN. JULIÁN sale por la puerta de la derecha con el sombrero en la mano.

JULIÁN.-Ya es hora. ¿Vamos?

ENRIQUE.-¿Qué hace mi hija? ¿Dónde está? (JULIÁN deja el sombrero en un silla y se acerca.)

JULIÁN.-Allí. (Señalando a la puerta del foro.) Al lado de ese niño, cercándole de luces y flores, sin que haya medio de hacer que le abandone un solo instante. Dice y repite ¡que es tan hermoso un niño muerto; que es tan puro el ambiente que en torno suyo se respira; que se halla tan bien en medio de aquel silencio y aquella, paz!... ¿Qué sé yo? Y se queda mirándole embelesada, le acaricia, le besa, llora, sonríe... Es muy terca tu hija, muy terca. Y la verdad: esa estancia con su calma y silencio; con sus luces y flores; con el cadáver de ese niño, lleno de apacible dulzura; con tu hija, más bella y candorosa que una virgen de Rafael... No se puede negar que es encantadora tu hija... Esa estancia... A fe que a mí no me da por el género sentimental... Si yo creyera en el cielo, Enrique, diría que esa estancia tiene ahora algo del cielo.

ENRIQUE.-¿Por qué no has de creer en él? ¡Qué mal haces! Ya no es tiempo de hablar de estas cosas. Pero si yo pudiera, si yo me atreviera a dejarte ver todo mi pecho tal como ahora se halla...

JULIÁN.-Di cuanto quieras sin escrúpulo. En tu situación cualquiera debilidad merece disculpa. Y no te empeñes en no llorar. Llora, hombre, llora. Yo me pongo en tu caso, y... O desespérate, y grita, y rabia... En fin, desahógate. Si a mí no me sorprenderá... Ese cadáver me ha hecho recordar otro. Tan serena como tu hijo estaba mi madre. En ella como en él, había rastro misterioso de inefable alegría.

ENRIQUE.-¿Será que el cuerpo se despide con regocijo de un alma pura? Allá en el fondo de la tuya duerme la virtud heredada de padres honrados y piadosos. Orfandad temprana, malos amigos, libros henchidos de veneno, fueron escollos que no lograste superar. Te acabó de perder el ansia de gloria. Adquierese con tanta facilidad halagando las malas pasiones, como difícilmente combatiéndolas; y al correr sus ciegos adoradores tras ella, no quieren conquistarla como soldados, sino agenciársela como rufianes. Pero no lo dudes, Julián: es sólo gloria verdadera aquella que se busca anteponiendo al aplauso del mundo la satisfacción de la propia conciencia; no hay gloria sin lucha; ni para alcanzarla mejor estímulo que la íntima convicción de que siempre van juntas la corona del martirio y la palma del triunfo. ¡Oh, si yo pudiese abrigar la esperanza de que al fin se encendería en tu entendimiento la luz de la verdad; de que al fin brotaría en tu pecho, como raudal purísimo, el amor del bien! Con esta esperanza sería yo ahora mucho menos desventurado. Se hace tarde. Es preciso partir.

JULIÁN.- ¡Maldito desafío! Vamos allá.

ENRIQUE.-No; tú, no.

JULIÁN.-¿Yo no? ¿Pues no soy uno de los testigos?

ENRIQUE.-Carvajal me acompañará. Ya han ido a decirle que a esta hora venga aquí o me espere en su casa.

JULIÁN.-No entiendo...

ENRIQUE.-¿Se ha de quedar la pobre niña sola con un cadáver?

JULIÁN.-Tienes razón. Pero, ¿y tú?

ENRIQUE.-Yo no te necesito a mi lado: aquí te necesito. (Le da la carta que antes se guardó en el bolsillo del pecho.) Esta carta es para mi hija y para ti: leedla juntos cuando me haya marchado.

JULIÁN.-Esta carta... (Quedándose con ella en la mano.)

ENRIQUE.-Es mi despedida.

JULIÁN.-Sí..., con efecto..., un duelo a muerte... Enrique, yo quiero ir contigo.

ENRIQUE.-Respeta mi última voluntad.

JULIÁN.-Tu última... ¡Qué diablos! (Guardándose en el bolsillo la carta.) Desecha vanos presentimientos. Tu valor, tu destreza en las armas...

ENRIQUE.-Mi hija será huérfana dentro de poco.

JULIÁN.-¡Qué empeño de mortificarle a uno!

ENRIQUE.-Voy decidido a respetar la vida de mi adversario.

JULIÁN.-¿Qué dices?

ENRIQUE.-Voy resuelto a morir.

JULIÁN.-¡Enrique! ¿Estás loco? ¡Eso no puede ser!

ENRIQUE.-No puede ser que yo arrebate la vida al hombre a quien ya he arrebatado el honor. Tengo sobre mi conciencia la muerte de ese niño: no mataré a ese anciano.

JULIÁN.-¡Qué horror! Advierte...

ENRIQUE.-Matilde se ha quedado sin hijo; no quiero que se quede sin padre.

JULIÁN.-Pero, ¿y tu hija, desdichado, y tu hija?

ENRIQUE.-Hay que elegir entre dos males: mi muerte es el menor.

JULIÁN.-Vuelve en ti. ¡Recuerda que ese hombre te ha llamado infame!

ENRIQUE.-Lo soy.

JULIÁN.-¡Te ha dado un bofetón, Enrique!

ENRIQUE.-Ha hecho poco: debe matarme. En mi mesa hallarás los papeles necesarios para asegurar a mi hija la herencia de todos mis bienes. Manda llamar a sor Ignacia para que ni un día esté sola. Quiero que sea su tutor el conde de Gumiel... (JULIÁN hace un movimiento de extrañeza.) Ése... ése de que tantas veces me has oído hacer mofa. Los malvados se burlan en público de los hombres de bien, y en secreto los respetan y envidian. Carvajal no viene. Me estará esperando, sin duda. (Dando un paso hacia la puerta de la derecha.)

JULIÁN.-¡Oye! ¡Detente!

ENRIQUE.-Sería mi última vileza desconfiar de ti en esta ocasión. ¡En tus manos queda mi hija!

JULIÁN.-¡Tu hija es para mí tan sagrada como para ti mismo!

ENRIQUE.-Prepárala a recibir el funesto golpe que la amenaza. Discúlpame con ella. ¡Que no me odie, que no me desprecie!

JULIÁN.-¿Te has propuesto desesperarme?

ENRIQUE.-Un abrazo y... adiós... (Abrazándole.)

JULIÁN.-¡Enrique!

ENRIQUE.-Estás agitado, trémulo... (Con gozo de verle conmovido.)

JULIÁN.-Si te parece que no hay motivo...

ENRIQUE.-Tus ojos se llenan de lágrimas...

JULIÁN.-Hoy es aniversario de la muerte de mi madre; hoy veo morir a ese niño; hoy dices tú que vas a morir... Si te parece que no hay motivo para hacer una tontería...

ENRIQUE.-(¡Alguna esperanza queda aún! ¡Quién sabe! ¡Ojalá!) Suelta.

JULIÁN.-No saldrás de aquí si no me prometes defender tu vida.

ENRIQUE.-¡Imposible!

JULIÁN.-Llamaré a tu hija. Se lo contaré todo.

ENRIQUE.-¿Serías capaz?... No me detengas.

Escena III

DICHOS y LUISA. Sale por la puerta de la derecha.

LUISA.-Papá, un caballero que te busca.

ENRIQUE.-Ya está ahí Carvajal. Dile que su padre se va para no volver. ¿Apresúrate a desgarrar su pecho! (Bajo a JULIÁN.)

JULIÁN.-¡Bien desgarras tú el mío! (Bajo a ENRIQUE.)

ENRIQUE.-Adiós. (A su hija.)

LUISA.-¿Cómo? ¿Te vas?

ENRIQUE.-Con ese caballero... No puedo detenerme... Julián te dirá. Abrázame...

LUISA.-No llores. (Abrazándole.) No tengas por él... ¡Es ya tan feliz!

ENRIQUE.-¡Sólo merece envidia!

LUISA.-Que vuelvas pronto.

ENRIQUE.-Sí; muy pronto.

JULIÁN.-¿Volverás? (Bajo a ENRIQUE.)

ENRIQUE.-Nunca. (Bajo a JULIÁN. Éste se aparta de él dando señales de despecho.) Adiós, hija mía, y él te bendiga como yo. (Abrazándola con emoción profunda.) Adiós, Julián. (Estrechándole fuertemente la mano.) Llorará mucho: enjuga sus lágrimas. Su dolor es lo que me aterra; procura darle algún consuelo. (Bajo a JULIÁN.) Adiós. (Desde el centro del escenario, despidiéndose de JULIÁN y de LUISA.)

LUISA.-¿Por qué te acongojas de ese modo? ¿Cómo has de irte así? (Acercándose a él.)

ENRIQUE.-No es nada... Se acabó... ¿Lo ves? Ya estoy tranquilo..., muy tranquilo... Con que... (Despidiéndose con la mano, como si temiera no poder reprimir su angustia al hablar. Llega a la puerta de la derecha; detiénese allí, y vuelve al lado de su hija y la abraza de nuevo.) ¡Adiós, luz de mis ojos, gloria mía, encanto de mi alma! (Acércase a JULIÁN y le abraza también.) Julián: ¡mira que hemos estado ciegos; mira que la virtud no es una palabra vana; mira que la vida no se acaba en la tierra! Para mí ya no hay salvación... ¡Sálvate! ¡Sálvese la hija de mis entrañas! (Bajo a JULIÁN.) ¡Adiós, Julián! (En voz alta, y dirígese hacia la derecha.) ¡Adiós, hija mía! (Deteniéndose al llegar a su lado.) (¡Adiós para siempre!) (Deteniéndose ya cerca de la puerta.) (¡Qué doloroso es un adiós eterno!) (Vase.)

Escena IV

LUISA y JULIÁN.

LUISA.-¡Muy afligido está! ¡Mucho te quería! (Siéntase a la derecha y permanece inmóvil.)

JULIÁN.-¡Se fue! ¡Nada, que se fue! ¡Y yo me quedo aquí hecho un pazguato! No. Aunque se enoje, aunque tenga que reñir con él... (Dirigiéndose resueltamente hacia la derecha.)

LUISA.-¿También usted se va?

JULIÁN.-No...; yo no..., sino que... (Deteniéndose.)

LUISA.-Como papá ha dicho que usted me explicaría...

JULIÁN.-Sí; yo le explicaré a usted... (Mi presencia no impediría el desafío... Y ella aquí sola... Hay que irla preparando... ¿Qué nos dirá Enrique en su carta? ¡No sé qué hacer!)

LUISA.-¿Adónde ha ido mi padre?

JULIÁN.-A una cita..., a una cita que tiene con unos amigos.

LUISA.-¿Y en un día como hoy?...

JULIÁN.-Diré a usted... Se trata de un negocio muy importante.

LUISA.-¡Dios vaya con él! (Quédase de nuevo abstraída.)

JULIÁN.-(¡Pobre niña! ¡Pobre flor combatida al nacer por el soplo de los huracanes! ¡Era ha poco una rosa! ¡Ahora es una azucena! ¡Qué linda poco ha! ¡Ahora más bella todavía! ¿Qué experimento yo a su lado? ¿Qué suaves emociones son éstas que me hacen recordar los puros días de la infancia? No; yo no puedo amar. ¡Ojalá pudiera!)

LUISA.-¡Oh! (Estremeciéndose de pronto.)

JULIÁN.-¿Qué?

LUISA.-¡Tengo una excitación nerviosa tan grande!... Sueño despierta. Ahora estaba soñando, y repentinamente he visto a mi padre blanco y yerto como ese niño; tan inmóvil y tan callado como él.

JULIÁN.-¡Qué idea! (Procurando sonreírse.) (Se me eriza el cabello. Quizá haya cambiado de parecer... Quizá defenderá su vida... Y aunque saliese herido... Las heridas no son todas mortales... Vamos, no quiero imaginar que ese desdichado...)

LUISA.-¿Habla usted solo?

JULIÁN.-¡Ah! (Reprimiéndose.) Sí... También yo sueño despierto a veces.

LUISA.-No es difícil adivinar en qué estaría usted pensando. Se acerca la hora en que murió su madre de usted, y por fuerza ha de ir haciéndose a cada instante más vivo el recuerdo y más vivo el dolor. No crea usted que por el mío olvido el suyo. También yo pienso en ella.

JULIÁN.-¡Oh, qué buena es usted!

LUISA.-Decía sor Ignacia que el júbilo puede ser egoísta, pero que el dolor es siempre generoso. Mi hermanito lleva el cargo de rogar por mi madre y por la de usted, si una y otra lo necesitan.

JULIÁN.-(¡La sangre se me hiela!)

LUISA.-Rece usted, si quiere, con toda libertad. Como si aquí no hubiera nadie.

JULIÁN.-(¡Rezar yo! ¡Y en acordándome de mi madre, no sé por qué siempre me da pena y enojo de no poder rezar!)

LUISA.-¿Se desespera usted? ¡Oh, no merece una madre que su hijo, al recordarla, se desespere!

JULIÁN.-Luisa: es preciso que hablemos como dos buenos amigos; como dos hermanos. (Sentándose a su lado.)

LUISA.-¡Qué feliz ocurrencia! Tenía un hermano; le he perdido. Llámeme usted hermana.

JULIÁN.-¡Ojalá que mi edad me autorizase a darle a usted el nombre de hija!

LUISA.-¿De hija? ¿Por qué? Únicamente mi padre puede llamarme así.

JULIÁN.-Es que yo creo tenerle a usted afecto de padre.

LUISA.-Ignoro si el que yo siento por usted es de amiga o hermana; de seguro no es afecto de hija.

JULIÁN.-(Y ella... No cabe duda... ¡Ella me ama! (Levantándose.) ¡Por mí late ese corazón virginal sin que él mismo lo sepa! ¿Cómo seguir negándolo? No; ya lo niego; ¡la inocencia es hermosa!) (La mira con afán.)

LUISA.-No me mire usted así. ¡Me hace usted daño!

JULIÁN.-(¡Si yo la amase!) (Siéntase de nuevo junto a ella.)

LUISA.-¿Qué iba usted a decirme?

JULIÁN.-Verá usted... (Esta carta me hace temblar.) Iba a decirle a usted que su padre...

LUISA.-Que mi padre... ¿Por qué no sigue usted?... (Con zozobra.)

JULIÁN.-A eso voy. (Se me traba la lengua.) Pues su padre de usted... (Muy agitado.)

LUISA.-¿Qué? Si usted no acaba de explicarse...

JULIÁN.-Me ha dejado esta carta. (Sacándola.)

LUISA.-¡Una carta!... ¿Para quién es?

JULIÁN.-«Para mi hija Luisa y para mi amigo Julián». (Leyendo el sobrescrito.)

LUISA.-¿Para mí? ¿Para usted? ¿Por qué nos escribe estando a nuestro lado? ¡Qué vuelco me ha dado el corazón!

JULIÁN.-Ahora vamos a verlo. (Procurando ocultar su turbación. Abre la carta.) (¿Qué dirá aquí? ¡Me tiembla la mano!)

LUISA.-¿No empieza usted? (Quitándole la carta. La desdobla y fija en ella la vista.) No distingo las letras. Parece que se mueven.

JULIÁN.-Si me dejara usted a mí... (Quitándola la carta.) ¡Ea, acabemos de una vez! «Hija de mi vida: mí querido Julián». (Leyendo.) «Por motivo que ahora no os puedo descubrir, me veo obligado a separarme de vosotros».

LUISA.-¿Mi padre separarse de mí? ¿Dice eso? ¿Mi padre me abandona?

JULIÁN.-Calma, valor... Quizá dentro de poco...

LUISA.-No se detenga usted. (Con viva ansiedad.)

JULIÁN.-«Y es casi evidente que ya...»

LUISA.-¿Qué? ¡No se atreve usted a seguir. (Quitándole la carta.) «Y es casi evidente que ya no volveréis a verme nunca». ¡Ay! ¡La Virgen me ampare! (Como si fuera a desmayarse.)

JULIÁN.-¡Luisa! ¡Amiga mía! ¡Hermana mía! Pierde el sentido... ¡Oh! (Corriendo hacia la derecha.)

LUISA.-No se vaya usted... No es nada... Ya pasó. (JULIÁN vuelve a sentarse a su lado.)

JULIÁN.-(También a mí se me acaban las fuerzas.) ¡Ánimo! Se conoce que habrá tenido que emprender un viaje..., un viaje muy largo...

LUISA.-(Poniéndole la carta delante de los ojos, sin dejarla ella de la mano.) -Lea usted.

JULIÁN.-Pero...

LUISA.-(Con impaciencia y amargura) -¡Oh, lea usted!

JULIÁN.-«Sola te quedas en el mundo, hija mía, sin ninguna experiencia, llena de bondad y ternura. Esta es la flecha más cruel que llevo atravesada en el alma. Hay una cosa que aún no has podido comprender, pero que muy en breve comprenderías sin remedio. Antes de que tú la averigües, antes de que otro te la revele, debe decírtela tu padre, Luisa...» ¡Oh! (Detiénese lleno de turbación.)

LUISA.-¿Se turba usted? ¿Aparta usted de mí los ojos? ¿Qué nueva desventura?... (Fija la vista en la carta.) «Luisa...» (Leyendo.) ¡Oh! (Quédase como aturdida, inclina la cabeza al suelo, y se lleva al corazón una mano, conservando la otra en el papel. Después de una breve pausa, se lo arrebata JULIÁN impetuosamente.)

JULIÁN.-«Luisa, tú amas a Julián. ¿Qué hombre no corresponderá a un amor como el tuyo? ¿No es cierto, Julián, que tú amarás a Luisa? ¿No es cierto, Julián, que ya la quieres?» Cierto es: la amo a usted, Luisa; la adoro a usted. Me empeñé en no creerlo. Indignado, el amor me abrasa en llama inextinguible. (Con vehemencia.)

LUISA.-(Con profunda pena.) ¡Mi padre se ha ido! ¡Ya no volveré a ver a mi padre!

JULIÁN.-«Pero, ¡ay, hijos míos! Os llamo hijos a los dos. Es preciso que no os améis». ¡Cómo! «Es preciso que dejéis de veros y hablaros. Luisa, Julián es indigno de tu cariño». ¿Qué dice? (LUISA se va incorporando en la silla como para separarse de JULIÁN.) «Luisa, Julián no cree... (LUISA, al ver que no sigue, coge apresuradamente la carta.)

LUISA.-«¡Julián no cree en la virtud!» (Levantándose, muy agitada.)

JULIÁN.-(Con desesperación.) ¡Enrique!

LUISA.-«Julián no cree en Dios». ¡Oh! (Dando un grito y alejándose de JULIÁN con terror.)

JULIÁN.-(Con angustia.) ¡Ay de mí!

LUISA.-¡No cree en Dios! (Óyese a lo lejos el toque de oraciones.) Y ¿a quién reza usted por su madre?

JULIÁN.-¡Madre de mi alma!

LUISA.-«No brotan flores en el corazón del impío. No puede amar a nadie el que no ama a Dios. Luisa, Julián, figuraos que es un moribundo el que os habla. Por la memoria del padre y el amigo, jurad obedecerme». ¡Lo juro! (Enérgicamente.)

JULIÁN.-¡Oh, no pronuncie usted así mi sentencia! Usted no adivina el mal que puede causarme.

LUISA.-¡Lo juro!

JULIÁN.-Mi corazón estaba muerto. Usted le ha hecho resucitar. No le condene usted a morir de nuevo para siempre.

LUISA.-Él lo manda ¡lo juro!

JULIÁN.-¡Ay, Enrique, nunca me hubiera imaginado que fueses tan cruel!

LUISA.-«Huye, Julián, de la inocencia que tranquila va camino del cielo. Huye, hija, de la impiedad, que te arrastraría a una senda de inacabable angustia».

JULIÁN.-(Como fuera de sí.) ¡Perdí a mi madre en esta hora! ¡Tenga usted compasión!

LUISA.-«A menos...» (JULIÁN le arrebata la carta.)

JULIÁN.-«A menos...» ¿Oye usted? ¡Me queda una esperanza! «A menos que no seas tú el ángel enviado por Dios para dar testimonio de su infinita misericordia a quien le abandona y ultraja...» ¡Madre, a ti me encomiendo! ¡Madre, en ti confío! (Con arrebato.) «A menos que no llegue un día en que Julián, con lágrimas de arrepentimiento -lágrimas que no puedas tú ver sin llorar-, con voz que salga del fondo de sus entrañas -voz que llegue al fondo de las tuyas-, caiga a tus pies gritando: ¡Luisa, la amo a usted! ¡Luisa, creo en Dios!» (Cayendo, anegado en lágrimas, a los pies de LUISA, y pronunciando estas palabras como si él mismo las dijera espontáneamente.)

LUISA.-¡Reina de los cielos! (Levantando al cielo los ojos. JULIÁN permanece con la cabeza inclinada a tierra. Breve pausa. Sigue oyéndose el toque de oraciones.)

JULIÁN.-¡Oh, madre mía; tú me enseñaste a creer! Hállase uno luego con los necios y los malvados, que, agitándose en todas partes y a todas horas dando voces, logran persuadir a los demás de que sólo ellos son el mundo, y por miedo a su mofa siente uno vergüenza de ser bueno, y para merecer su alabanza quiere uno ser malo; y al fin se llega de este modo a la más repugnante de todas las degradaciones, a la más infame de todas las caídas: ¡a envilecerse adrede por vanidad! ¿Querrá usted acabar su obra de salvación, uniéndose a mí para siempre con lazo de flores? Una palabra, Luisa, y mi madre la bendecirá a usted desde el cielo.

LUISA.-Calle usted, por piedad. Yo sólo puedo oír hablar de mi padre de mi corazón; de mi padre, que se ha marchado y que dice que no ha de volver nunca.

JULIÁN.-(Con angustia. La luz va disminuyendo.) (¡Oh, cuando ya no ha vuelto, no volverá!)

LUISA.-Pero, ¿qué misterio es éste, Virgen santísima? ¿Por qué se ha ido? Esa carta... Esa despedida... No se despide como quien va a emprender un viaje... Se despide como quien va a morir. ¡A morir! ¡Jesús! (Como si de pronto adivinase la verdad, llevándose las manos a la cabeza.)

JULIÁN.-(Acercándose a ella, con susto.) ¡Luisa!

LUISA.-¡Ya lo comprendo todo! ¡Ya lo sé todo!

JULIÁN.-¿Qué dice?

LUISA.-Los hombres se desafían. Los hombres riñen con espadas, con pistolas...

JULIÁN.-¡Oh!

LUISA.-El que esta mañana le buscaba para matarle...

JULIÁN.-No: no crea usted...

LUISA.-¡Pues no he de creerlo, si me lo está diciendo a gritos el corazón! ¿Cómo no me lo ha dicho antes? ¡Vamos corriendo, vamos!

JULIÁN.-¿A dónde hemos de ir?

LUISA..-(Corriendo hacia la derecha.) Adonde estén ese hombre y mi padre.

JULIÁN.-(Siguiéndola, y queriendo asirle una mano.) ¡Por compasión!

LUISA.-¡No me toque usted! (Corriendo en dirección contraria para huir de JULIÁN.) ¡No se acerque usted a mí! Usted lo sabía... ¡Lo sabía, y le dejó marchar!

JULIÁN.-¡Luisa, perdón!

LUISA.-¡No le perdono a usted! Si me quedo sin padre de usted será la culpa.

JULIÁN.-¡No me diga usted eso! (Con la mayor ansiedad.) Hay ciertos deberes en el mundo... (Como disculpándose.) El honor de los hombres...

LUISA.-¿El honor hace que se maten? ¡Pues maldito sea él! ¡Morir mi padre! ¡Si no quiero conformarme con esta idea! ¡Mi padre, Julián! Devuélvamele usted. ¡Favor! ¡Socorro! ¡No hay quien me devuelva mi padre! (Corriendo por la escena como si el dolor la hiciese desvariar.)

JULIÁN.-¡Va a perder la razón! (ENRIQUE aparece, muy conmovido, en la puerta de la derecha.)

LUISA.-¡Tú, Dios eterno, sólo tú le puedes salvar! Si es cierto que ya cree usted en Dios, pídale usted que salve a mi padre.

JULIÁN.-¡Vuelvo a ti, Señor, y te llamo! ¡Señor, mi vida por la suya!

Escena última

DICHOS y ENRIQUE.

ENRIQUE.-(Corriendo hacia ellos para abrazarlos.) ¡Hijos míos!

LUISA.-(Arrojándose en sus brazos.) ¡Padre!

JULIÁN.-¡Enrique! (Abrazándole también. Los tres se quedan un instante como embarazados por la emoción.) Di: ¿eres tú?

ENRIQUE.-¡Yo soy!

LUISA.-¡Es mi padre! ¡Le tengo aquí!

JULIÁN.-¿Vivo, eh?... ¿Vienes vivo?

ENRIQUE.-Sí, hombre; al parecer...

JULIÁN.-Pero..., ¿y el otro?... ¿Qué has hecho, Enrique?... ¿Has hecho alguna atrocidad?

ENRIQUE.-Calla, tonto, cállate, y no delires. (Con voz agitada por los sollozos.) Creí forzoso que le dijeran la muerte del niño para que él se la dijese luego a Matilde... Y oíd: aquel terrible anciano, aquel hombre que nos parecía una fiera, cayó en los brazos de los testigos como torre que se desploma. Volvió en sí llorando a lágrima viva, con aflicción de criatura, y sin poder articular más palabra que ¡mi hija!, ¡mi niño! ¡Y había dicho que le iba a matar! ¡Y lo habíamos creído nosotros! Impulso irresistible del cielo me arrojó entonces a sus plantas. Estreché la mano con que me había ofendido; le pedí perdón, y remedio para mi culpa, y sosiego para mi conciencia, y alegría para mi alma. Y él me abrazó tan fuertemente que mi corazón no podía latir, y con un beso paternal quitó la mancha de mi rostro.

JULIÁN.-¡Cálmate!

LUISA.-¡Qué ventura!

ENRIQUE.-Juntos nos fuimos a su casa. Allí estaba Matilde... Matilde, no: una sombra, un cadáver que se movía. «Matilde, sé mi esposa... Te has quedado sin hijo, pero te queda una hija, que es muy hermosa, que es muy buena; que te amará, que te respetará...» Y ella, la pobre, me respondía sólo con gemidos... y yo... y yo... (Sin poder continuar, ahogado por las lágrimas.)

JULIÁN.-(Con ansiedad.) ¡Respira!

LUISA.-(Como JULIÁN.) ¡No hables!

ENRIQUE.-¡Dejad que me ahogue el placer! ¡Dejad que muera de alegría! No existe júbilo mayor que el de un alma enferma cuando recobra la salud. ¡Qué ceguedad la nuestra! A la menor molestia del cuerpo, ya está uno asustado, y al momento se pone en cura, y bebe con afán la más negra pócima, y deja con resignación que le pinchen, y le sajen, y le hagan pedazos, y todo sacrificio parece pequeño para conseguir que vuelva a su estado natural este montoncillo de tierra. Y aunque el alma adolezca de gravedad, y aunque empeora, y aunque llegue a estar en peligro de muerte, no se le aplica ni el más suave remedio, no se repara en ello siquiera; y si por fin luego ha de curar, nada menos se necesita sino que venga a curarla Dios con todo su poder infinito. Y uno es el que lo paga. Porque, ¿hay nada que aflija tanto como hacer mal? ¿Hay nada que alegre tanto como hacer bien? Pero, ¡qué feliz soy! ¡Si parece mentira que sea de este mundo tan inmensa felicidad!

JULIÁN.-(Con alegría, señalando al cielo.) ¡Viene de allí!

ENRIQUE.-Hemos sanado al mismo tiempo.

JULIÁN.-(Con fuego, señalando a LUISA.) ¡Y la adoro!

LUISA.-(Con dulzura, señalando a JULIÁN.) ¡Y le amo!

JULIÁN.-¡Felicidad, la mía, Enrique: la mía solamente!

ENRIQUE.-(Abrazándolos.) ¡Hijo! ¡Hija!

LUISA.-Vamos a ver a mi madre.

JULIÁN.-Llévanos a verla.

ENRIQUE.-Venid. (Cogiéndolos de las manos y llevándolos hacia el foro.) ¡Ahí la tenéis! (Abriendo de par en par, con ambas manos, la puerta grande del centro. Ilumínase vivamente la escena. En el gabinete se ve el ataúd del niño, cercado de luces y flores; a MATILDE, con el traje descompuesto y el cabello caído, cubriendo el cadáver, arrojada sobre él; y al ANCIANO contemplando a su hija y al niño, con tristeza y resignación.)

LUISA.-(Con ternura, arrodillándose cerca de la puerta, de espaldas al público.) ¡Bendito Dios!

JULIÁN.-(Con fervor, arrodillándose junto a LUISA, de espaldas al público también.) ¡Bendito!

ENRIQUE.-(Con vehemencia, reclinado en la pared del foro, y apoyado con una mano en el quicio de la puerta.) ¡Bendito!

EL ANCIANO.-(Mirando al cielo con expresión de gratitud.) ¡Una y mil veces!

FIN DE LA COMEDIA