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Neguijón [Fragmento]

Fernando Iwasaki Cauti



Cubierta






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Cuando el sollozo de la campana rasgó el silencio supurante de la ciudad, los pobladores de Lima advirtieron sobrecogidos que aquél no era el tañido de la peste, ni el repique del fuego, ni el doblar de los duelos, ni el rebato contra las ratas, sino algo infinitamente peor y más doloroso. En realidad, a todos les dolía algo aquella mañana: uñeros, lobanillos, sietecueros, hernias, migrañas, cólicos, panadizos, tumores, ciáticas y almorranas; pero cuando el estrépito de cencerros reverberó helado en sus muelas, todos sintieron la misma punzada inefable y profunda. El mismo fragor de gusanos en las encías.

En su puesto de la Plaza Mayor, el librero Linares luchaba en vano contra las moscas que se posaban sobre su ojo ulcerado, anegándolo de humores, lombrices y boñigas que luego tendría que limpiar con emplastos lacerantes de vinagre y aceite rosado. En la collación de San Agustín, el inquisidor Tortajada se aplicaba una friega de zumo de beleño en la herida tumefacta de su pierna izquierda, una pierna fantasma que le dolía todavía más que el muñón chamuscado que todos los meses le cauterizaban con ascuas para impedir el avance de la gangrena. Bajo los soportales de la calle de los Botoneros, el caballero Valenzuela -gentilhombre de Lopera- sobrellevaba con hidalguía los achaques del mal de piedra, aunque blasfemando siempre en voz baja para que la canalla creyera que sólo pedía perdón por sus pecados.

Gregorio de Utrilla dejó de sacudir la pesada campana, pues para arrancar muelas era preciso tener pulso firme y no quería fatigar demasiado su brazo. Hacía una semana le había temblado la mano en las minas de Huancavelica y destrozó la muela del corregidor antes de sacarla de la mandíbula. Si aquel hombre no se hubiera desmayado, jamás habría soportado la dolorosa búsqueda de los raigones y las raíces con el descarnador. Utrilla repasó de reojo la expresión demudada de los rostros que comenzaron a rodearle y adivinó quiénes criaban flemones, apostemas y neguijones. «Mi reino por un gusano» -pensó- y arreó la campana poseído de mística furia.

El caballero Valenzuela se pasó la lengua sobre las muelas y hurgó sobrecogido entre sus flemones y agujeros. Odiaba a los barberos desde que le limaron los dientes cuando era apenas un niño -allá en la villa de Lopera- llagándole las encías y condenándole a padecer una dentadura quebradiza y desbaratada. El caballero Valenzuela había luchado contra indios salvajes, crueles piratas y galeotes condenados a muerte, pero sólo le arrasaba el pánico cuando un sacamuelas le embocaba el gatillo por el gaznate. Tantos dientes le dolían que el dolor de piedra quedó suspenso.

Antes de salir del convento por la calle de los Espaderos, el inquisidor Tortajada se escarbó la dentadura con el mondadientes de plata que siempre escondía bajo el candil, donde lo conservaba caliente y nadie podía encontrarlo para embolsárselo. Las muelas eran enemigas del frío y por eso se limpiaba las caries con agujas tibias y clavos que calentaba con velas en verano y braseros en invierno. A veces el dolor le traspasaba como el rayo, pero de sólo pensar que podía empalar al neguijón que le perforaba los dientes, el inquisidor Tortajada se ensañaba con las caries, picoteando feroz hasta caer desfallecido. Sin embargo, aquella mañana se limitó a remover el sarro pegostreado y a enjuagarse la boca con un cuartillo de vino mezclado con pétalos de rosa y sándalos cetrinos.

Lector de Huarte de San Juan, el librero Linares evitaba el tocino, la cecina, las cuajadas, los requesones, las cebollas, los pescados y todos los alimentos flemosos que engendran vapores, porque el fuego del hígado hervía la humedad del estómago destemplando la dentadura, ennegreciendo los dientes y mollando las muelas. El librero Linares sabía que los gusanos nacían de la humedad y de la corrupción, pero a pesar de su enjuta humanidad el agua fresca del botijo lo estremecía de dolor cuando su helada corriente inundaba la madriguera del neguijón.

Gregorio de Utrilla montó su tenderete con deliberada parsimonia, junto a un paredón encalado en la esquina de Mantas con Plumereros que le recordó al quemadero del prado de San Sebastián. Mientras su mula bebía en una acequia de aguas hediondas, vació los arcones para usarlos como poyetes de un tablero que hacía las veces de mesa. Algunos cirujanos como Daza Chacón o Juan Fragoso aconsejaban ocultar los instrumentos para no ahuyentar a los transeúntes, pero Gregorio de Utrilla no compartía esas tesis y así, para espanto de todos, fue colocando uno a uno los avíos del horror.

Para sajar encías, abrir flemones y reventar fístulas, Utrilla tenía toda clase de lancetas, agujas y palillos afilados, puntiagudos y aserrados. Cuando las muelas eran muy traseras como las cordales, los barberos aflojaban las piezas con el botador, una suerte de escoplillo rematado en dos puntas que descuajaba las muelas como si fueran corchos. No obstante, con la finalidad de impedir que la fuerza del tirón desgarrara la boca del paciente, Utrilla empleaba también otro botador con forma de garfio que se enganchaba en la muela vecina, aunque semejante operación se cobrara siempre dos piezas en lugar de una sola. Para limpiar la toba o cieno de los dientes, desplegó cincelillos, escoplos, espátulas y garabatillos con los que barrenaba el sarro aglomerado durante años.

De pronto dejó caer con estrépito su pelicán, una herramienta de origen francés que a través de un torno central abría las mandíbulas mientras un cordel enroscado arrancaba la muela de raíz. La técnica del pelicán era la más lenta y dolorosa, pero cuando el enfermo era corpulento y capaz de vender muy cara su dentadura, tres vueltas de pelicán lo dejaban sin sentido. Sin embargo, Utrilla confiaba en realidad en su viejo gatillo castellano, una tenaza recia y precisa cuya eficacia dependía de la devota resignación del doliente. Una vez que encajaba la muela con primorosa suavidad entre los picos, Utrilla miraba a los ojos suplicantes del enfermo y le susurraba -como si fuera la absolución o una confidencia- que Nuestro Señor Jesucristo había padecido mucho más en la cruz. Y entonces pegaba un violento latigazo, rogando porque los gusanos no hubieran podido escapar a través de las encías.

Utrilla depositó sobre el tablón las limas que usaba para retocar los dientes rotos, el descarnador que servía para desenterrar raíces y las tenazas con que arrancaba los raigones más profundos. Junto a ellos dispuso una serie de escudillas y un frasco veneciano donde flotaban docenas de gusanos en salmuera. Y después de sacar un rosario de muelas engarzadas, Gregorio de Utrilla hizo la señal de la cruz y dio gracias a Dios por consentir que algunos pecadores fueran bendecidos con una parte pequeñísima del dolor de la Pasión.

Detrás de los visillos de su ventana, Luisa Melgarejo también se persignó.





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