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Una versión preliminar de este capítulo, titulada «Deseo y modernización: El modernismo canónico esteticista en el fin de siglo uruguayo», fue publicada en Uruguay: Imaginarios culturales. Desde las huellas indígenas a la modernidad (2000), edición a cargo de Mabel Moraña y Hugo Achugar.

 

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La categorización generacional se basa, según Emir Rodríguez Monegal (1950), en elementos comunes tales como las fechas de nacimiento, la educación de carácter autodidacta, la preferencia por el lenguaje modernista y, principalmente, por el intento a nivel estético-ideológico de superar la mediocridad nacional mediante la apertura a sistemas filosóficos y culturales universales. Se trata de un grupo con relaciones interpersonales bastante más sólidas de lo que comúnmente se cree, cuyo intercambio de ideas se dio a través de la asistencia a centros culturales, la publicación en las numerosas revistas y periódicos que circulaban en la época y una importante relación epistolar. Otras figuras destacadas de la generación son Javier de Viana (1968-1926), Horacio Quiroga (1878-1937), Florencio Sánchez (1875-1910), Carlos Vaz Ferreira (1872-1958), Emilio Frugoni (1880-1969), Álvaro Armando Vasseur (1878-1969), Ángel Falco (1885-1971), Raúl Montero Bustamente (1881-1958), Víctor Pérez Petit (1871-1947), Carlos (1870-1949) y Daniel Martínez Vigil (1867-1940).

 

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José Batlle y Ordóñez (1856-1929) fue presidente de la República en dos períodos: de 1903 a 1907 y de 1911 a 1915. Como la constitución uruguaya no permite la reelección presidencial consecutiva, Claudio Williman gobierna por el mismo sector de 1907 a 1911. Batlle pertenecía al partido oficial, el Colorado, que venía gobernando el país los últimos treinta y ocho años. Era temido por la oligarquía económica por su «avancismo» en lo social y económico y porque se lo identificaba con la guerra civil. No será hasta su segundo período de gobierno que Batlle inicia las reformas civiles y legales más importantes: la ley del divorcio, la consolidación de los derechos sucesorios de los hijos naturales, la supresión de la pena de muerte, las reformas laborales y la separación de la Iglesia y el Estado, entre otras.

 

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No hay consenso entre los historiadores sobre cuál fue la clase social que más contribuyó al ascenso de Batlle y Ordóñez al poder. Mientras que unos se inclinan por el apoyo de los obreros (Weinstein) o los inmigrantes (Martínez Ces), otros sostienen la preeminencia de la emergente clase media (Germán Rama, Louis) o la clase de los «políticos profesionales» (Barrán y Nahum 1979). Tampoco faltan los que privilegian el papel de las clases conservadoras y los inversionistas locales y extranjeros (Vanger 1968). Esta disparidad de opiniones confirma lo que ha señalado Real de Azúa (1984) respecto a la identificación de todos los niveles sociales con el sistema partidario.

 

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La conquista de la ciudadanía electoral por parte de la mujer, su habilitación para sufragar y gobernar, tendrá que esperar bastante más. En 1914 Héctor Miranda presenta un proyecto de ley que otorgaba a la mujer los más amplios derechos políticos, pero la Ley de Derechos Civiles de la Mujer recién será sancionada en 1946 (en Francia y en Argentina el sufragio femenino se conquista en 1945 y en 1947 respectivamente).

 

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La subjetividad incorpora el tema del poder a la explicación de los procesos identitarios. Aunque dicho término no presenta una definición precisa, hay un acuerdo de que la subjetividad exige recuperar de modo no esencialista el concepto de identidad y su relación con otros conceptos psicológicos como el yo, la experiencia y la memoria. En referencia a los debates sobre la definición de identidad, Diana Fuss (1989) señala la tensión entre dos corrientes antagónicas: una que sostiene que la identidad es inherente al individuo pero que se oculta en la represión cultural y otra que entiende a la identidad como un aspecto socialmente creado, formado o logrado. En el marco de estudio que comprende el presente trabajo, el uso del término intenta conciliar las dos posiciones críticas respecto a la identidad que, no por diferentes, entiendo necesariamente excluyentes.

 

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«En verdad podría decirse que toda la historia del Estado italiano se ha caracterizado por su transformismo, en otras palabras, por la formación de una clase dominante siempre más extensa dentro del marco establecido por los Moderados después de 1848 [...] La formación de esta clase implica la absorción gradual y continua, a través de métodos que varían en su efectividad, de los elementos más activos de los grupos aliados y aun de aquellos que, provenientes de grupos antagónicos, parecen irreconciliablemente hostiles» (Gramsci 1978, 58-59).

 

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Nancy Fraser estudia el concepto de identidad en relación al reconocimiento del status (en el sentido que le da al término Max Weber) de los miembros individuales de un grupo como participantes activos de la interacción social. En el contexto de su estudio, el término misrecognition se refiere a la subordinación social de los miembros de determinado grupo, en cuanto se les veda el reconocimiento y la participación como iguales en un contexto social.

 

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Estos ensayos se destacan por la crítica que hace Freud del sentido estrecho que solía adquirir el término sexualidad en círculos científicos. Como tantos otros tratados de la época, estos ensayos se concentran en el estudio de las «aberraciones sexuales». Lo que hace original este trabajo es que el famoso médico admita que en «ningún hombre normal falta una agregación al carácter perverso, al fin sexual normal, y esta generalidad es suficiente para hacer notar la impropiedad de emplear el término "perversión" en un sentido peyorativo» (1187).

 

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«La actividad sexual reproductiva la tienen en común los animales sexuados y los hombres, pero al parecer sólo los hombres han hecho de su actividad sexual una actividad erótica, donde la diferencia que separa al erotismo de la actividad sexual simple es una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción y del cuidado de los hijos» (Bataille 15).