Mi amigo Felipe y otras amistades
Daniel Moyano
Más de 160 textos que a ratos son artículos periodísticos, a ratos memorias anticipadas, y en todo momento un arte de palabras que juegan con la memoria, conforman este libro donde se reúnen trabajos publicados por Gabriel García Márquez en periódicos de lengua española entre 1980 y 1984.
Si bien sus dos grandes vertientes son la política y la literatura, los temas más recurrentes son en primer término América Latina, las agresiones norteamericanas a países de América Central, su amor por Colombia y el Caribe, España, el tiempo, la música. Se ocupa también de grandes personalidades que fueron sus amigos, como Mitterrand, Felipe González, Fidel Castro, Omar Torrijos, Julio Cortázar, Graham Green, Jack Lang, aportando datos desconocidos y significativos sobre ésos y otros personajes.
Los artículos específicamente periodísticos se ciñen a acontecimientos como la invasión norteamericana a Granada, el Chile de Pinochet, el genocidio de los militares argentinos, la guerra de las Malvinas, la revolución sandinista. Allí García Márquez aporta no sólo su interpretación americanista sino datos obtenidos de sus relaciones personales con muchos de los protagonistas de los hechos históricos narrados, útiles para su comprensión más profunda.
Todas las veces que cita a Felipe González, que son varias, lo hace elogiando su capacidad para ver con una óptica distinta a la europea los problemas de América Latina y elogiando sus intervenciones en busca de la paz para América Central. Conoció al actual presidente del Gobierno hacia 1975, «en un populoso cuarto de hotel de Bogotá»
(p. 356), y tuvieron su primer encuentro, semisecreto, entre los estantes de una librería. «Me pareció que aquella manera de estar casi invisible, pero sin necesidad de esconderse, era para Felipe un hábito cotidiano de la clandestinidad, en la cual había vivido tantos años en los malos tiempos de España»
. Pero donde realmente se hicieron amigos fue en épocas diferentes, «en las distintas casas que tenía el general Omar Torrijos en Panamá»
, o en la isla de Contadora, donde «uno se encontraba siempre con alguien que tenía algo que decir sobre el destino de América Latina..., sobre todo tres personas que habían de ser claves en la batalla sorda y difícil por la recuperación del Canal de Panamá: Carlos Andrés Pérez, Alfonso López Michelsen y el propio Omar Torrijos. Entre ellos el joven Felipe González, que andaba por los treinta y pocos años cuando ya los otros tres eran presidentes, parecía sólo un discípulo privilegiado que se movía en la cátedra con tanta versación e interés como sus maestros»
. Otro de sus temas recurrentes son las palabras, los diccionarios: «Uno de mis mayores defectos intelectuales es que nunca he logrado entender lo que quieren decir los diccionarios, y menos que cualquier otro el terrible esperpento represivo de la Academia de la Lengua»
. Se refiere a las definiciones que dicha obra da para las palabras «imaginación» y «fantasía»: «aprensión falsa de una cosa que no hay en la realidad»
para la primera, y «facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes»
para la segunda. «Al revés de lo que dice el diccionario, pienso que la imaginación es una facultad especial que tienen los artistas para crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven. Que, por lo demás, es la única creación artística que me parece válida. Hablemos, pues, de "la imaginación en la creación artística en América Latina" y dejemos la fantasía para uso exclusivo de los malos gobiernos»
.
Y hablando de palabras, hay que decir que el corrector de estilo o de lo que sea, que haya tenido a su cargo el cuidado de esta edición, no debió dejar pasar tantos «leísmos», que pueden sonar bien para los hablantes de algunas regiones españolas, pero muy mal para los lectores de América Latina. Giros impropios de García Márquez, añadidos vaya a saber por quién, que tergiversan y afean su manera colombiana de tratar el castellano.
Un párrafo de uno de sus textos acaso sea la síntesis mejor sobre los mismos: «He pasado por casi todo el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el Papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras de París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar de que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esta lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política»
.