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81

Faraute, DRAE, 1732: «Se llamaba también en lo antiguo al rey de armas»; Rey de armas, DRAE, 1732: «Título de dignidad y honor, que daban los reyes a los caballeros más esforzados y famosos en hechos de armas, a cuyo cargo estaba advertir las hazañas de los demás militares, testificando de ellas para su remuneración y premio, decir en causas dudosas de hechos de armas, denunciar las guerras, asentar paces, asistir a los consejos de guerra e interpretar las letras escritas en lengua peregrina a los reyes». Por tanto, el faraute no es un mero heraldo, sino que actuaba como árbitro y fedatario en los torneos.

 

82

Variante textual. Sancha, 1812 y BAE: menestriles.

 

83

Añafil, DRAE, 1992: «Trompeta recta morisca de unos 80 cm. de longitud, que se usó también en Castilla».

 

84

Timbre: «Insignia que se coloca encima del escudo de armas»; Emblema: «Jeroglífico, símbolo o empresa en que se representa alguna figura, al pie de la cual se escribe algún verso o lema que declara el concepto o moralidad que encierra»; Empresa: «Símbolo o figura que alude a lo que se intenta conseguir o denota alguna prenda de la que se hace alarde, acompañada frecuentemente de una palabra o mote», todos en DRAE, 1992.

 

85

Variante textual. Ms. RAH, ITB y Cádiz, 1812: tío.

 

86

Jesús M. Alda y Alberto Blecua, asimilan «invención» con «empresa»: «En las fiestas caballerescas y justas del siglo XV solían salir los caballeros con una imagen -llamada "devisa" o "cuerpo"- puesta en la cimera del yelmo o bordada en el traje y una palabra o palabras, un verso octosílabo, por lo general, llamado "mote". La unión de estos dos elementos, "imagen" y "mote", daba lugar a la "invención" -conocida con el nombre de "empresa" en el siglo XVII- que expresaba el estado anímico del caballero» (MANRIQUE, Jorge, Poesía, edición de J. M. Alda, Madrid, Cátedra, 1980, p. 152, nota 27; la cita en BLECUA, Alberto, Libros de caballería, Barcelona, Juventud, 1970, p. 39, nota 5.) Puede entenderse, por tanto, que las invenciones que trajeron los de Aragón constituyen una forma mixturada de expresión visual y lírica a un tiempo. Hernando del Castillo hace de las «invenciones y letras de justadores» uno de los apartados de su Cancionero General. Sobre ellas, véase: RÍO NOGUERAS, Alberto del, «Libros de caballerías y poesía de cancionero: invenciones y letras de justadores», en Actas del III Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1994, vol. I, pp. 303-318; MACPHERSON, Ian, «The Invenciones y Letras of the Cancionero general», Papers of the Medieval Research Seminar, Londres, Department of Hispanic Studies, Queen Mary and Westfield College, 9 (1998); DEYERMOND, Alan, «La micropoética de las invenciones», en Iberia cantat. Estudios sobre poesía hispánica medieval, edición de Juan Casas Rigall y Eva M.ª Díaz Martínez, Santiago de Compostela, Universidade, 2002, pp. 403-424.

 

87

Variante textual. Ms. RAH y BAE: trujeron.

 

88

En el Reglamento para el colegio de Calatrava, Jovellanos estima que los estudiantes han de conocer esta obra «la más bella producción de nuestra antigua poesía, y por lo mismo, se les hará tomar de memoria», BAE, I, 196a.

 

89

Variante textual. Ms. RAH, ITB y Cádiz, 1812: añade Don Alfonso.

 

90

El «paso» del puente del río Órbigo fue defendido por Suero de Quiñones y sus nueve mantenedores durante 30 días, desde el 10 de julio hasta el 9 de agosto de 1434, frente a 68 caballeros; esto es, el año de jubileo, el hijo del Merino Mayor de Asturias se sitúa en un paso obligado de la ruta leonesa del Camino de Santiago a retar a cuanto caballero pase. La hazaña fue descrita por Pero Rodríguez de Lena, que la presenció, en el Libro del passo honroso defendido por Suero de Quiñones, que compiló Juan de Pineda. Jovellanos había visitado el lugar en julio de 1796, el mismo año que emprende la segunda redacción de este papel (Obras completas, tomo VI, p. 323), y mientras lo hace anota en el diario el dos de diciembre: «Se lee el Paso honroso de Suero de Quiñones». Señala Jean Pierre Clément (Las lecturas) que lee el libro en la edición de la Crónica de don Álvaro de Luna de José Miguel de Flores, Madrid, Sancha, 1784.