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Alfonso I Enríquez (1109-1185) fue proclamado rey de Portugal tras la batalla de Ourique y reconocido como tal por Alfonso VII en 1143.

 

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Este epígrafe no aparece en el manuscrito de la Real Academia de la Historia, ITB, ni Cádiz, 1812.

 

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[Nota de Jovellanos] «Es muy notable acerca de esto la ley 20.ª, título 5.º de la partida II, y muy digna de la sabiduría de su legislador. Véase.»

Se titula «Cómo el rey debe ser mañoso en cazar»: «Mañoso debe el rey ser et sabidor de otras cosas que se tornan en sabor et en alegría para poder mejor sofrir los grandes trabajos et pesares quando los hobiere, segunt deximos en la ley ante desta. Et para esto una de las cosas que fallaron los antiguos que más tiene pro es la caza, de qual manera quier que sea: ca ella ayuda mucho a menguar los pensamientos et la saña, lo que es más menester a rey que a otro home; et sin todo aquesto da salud, ca el trabajo que en ella toma, si es con mesura, face comer et dormir bien, que es la mayor parte de la vida del home; et el placer que en ella recibe et otrosí grant alegría como apoderarse de las aves et de las bestias bravas, et facerles que le obedezcan et le sirvan, aduciendo las otras a su mano. Et por ende los antiguos tovieron que conviene mucho esto a los reyes mas que a los otros homes, et esto por tres razones: la primera por alongar su vida et su salud, et acrescentar su entendimiento, et redrar de sí los cuidados et los pesares, que son cosas que embargan muy mucho al seso, et todos los homes de buen sentido deben esto facer para poder mejor venir a acabamiento de sus fechos: [...]. La segunda porque la caza es arte et sabidoria de guerrear et de vencer, de lo que deben los reyes ser mucho sabidores; la tercera porque mas abondadamiente la pueden mantener los reyes que los otros homes» (Las siete partidas del rey don Alfonso el Sabio, cotejadas con varios códices antiguos por la Real Academia de la Historia, Madrid, Imprenta Real, 1807, tomo II, pp. 39-40.) Jovellanos poseía la edición glosada por Gregorio López, Valencia, 1767, 4 vols.).

 

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[Nota de Jovellanos] «El Libro de montería, atribuido a este príncipe y publicado por Gonzalo Argote de Molina, dará a quien la desee más amplia idea de la antigua caza de monte; y aun el que quiera saber su forma y aparato los hallará en las curiosas iluminaciones del antiguo manuscrito que conserva la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Bien copiadas y grabadas servirían así a la historia de nuestros usos como a la de nuestras artes».

El editor de El Conde Lucanor (1575) publicó el Libro de Montería, que mandó escrevir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castilla y de León, último deste nombre en Sevilla, Andrea Pescioni, 1582. Hay diversas ediciones modernas facsímiles y críticas: edición de Matilde López Serrano, Madrid, Patrimonio Nacional, 1969; edición de María Isabel Montoya Ramírez, Granada, Universidad de Granada, 1972 y Madrid, UNED, 1983; edición de Dennis Paul Seniff, Madison, 1979; en Textos clásicos de cetrería, montería y caza, compilación de José Manuel Fradejas, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 1999 (CD); Valladolid, Lex Nova, 1991; A Coruña, Órbigo, 2006. Señalaba José Amador de los Ríos: «En este caso se hallan también otras preciosidades de aquella época, entre las cuales recordamos el Libro de la caza, ricamente exornado de viñetas que representaban al rey don Pedro así en las suertes de la venación como de la volatería, el cual se guardó en la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, y fue al cabo a enriquecer las bibliotecas inglesas. Este códice era de imponderable valor para la historia indumentaria de nuestro suelo» (Historia crítica de la literatura española, Madrid, José Fernández Cancela, 1863, tomo IV, p. 514, nota 1.)

 

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Se refiere a Juan II de Castilla (1406-1454) y su hijo Enrique IV (1425-1474). Durante el reinado del primero, su halconero Juan de Sahagún, escribió el Libro de las aves que cazan o Libro de cetrería, glosado luego por Beltrán de la Cueva. Véase FRADEJAS, J. M., «Juan Sahagún, Libro de cetrería; Beltrán de la Cueva, Glosas», en el Archivo Iberoamericano de Cetrería de la Universidad de Valladolid (www.aic.uva.es). Jovellanos poseía las crónicas de ambos reyes (AGUILAR PIÑAL, Francisco, La biblioteca de Jovellanos, refs. 715, 718, 719, 720).

 

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Un lustro antes tuvo que habérselas con Cabarrús y otros miembros de la Matritense, que eran contrarios a la incorporación de las mujeres a esta Sociedad Económica -finalmente una Real Orden de 1787 autorizó la creación de la Junta de Damas-: «Yo supongo que no admitiremos un gran número de señoras. Esto conviene, y esto está en nuestra mano... Siendo pocas, siendo escogidas, no siendo fácil que todas se reúnan en un mismo día, ¿qué mal podrán hacernos? Pero, qué digo: ¿quién no ve que nos harán un gran bien? [...] ¿A quién fueron nunca ingratas sus alabanzas? ¿Quién es el que desdeña sus aplausos? Yo invoco a los hombres de todos los siglos, a todos los literatos, a todos los filósofos, al mismo Catón, que me digan si los vivas halagüeños de esta bella porción de la humanidad les han sido alguna vez desagradables», «Concluyo, pues, diciendo, que las señoras deben ser admitidas con las mismas formalidades y derechos que los demás individuos; que se debe recurrir a su consejo y a su auxilio en las materias propias de su sexo, y del celo, talento y facultad de cada una; y finalmente, que todo esto se debe acordarlo por acta formal, y si pareciese, extender en un reglamento separado, que fije esta materia para lo sucesivo» (Memoria leída en la Sociedad Económica de Madrid sobre si se debían o no admitir en ella las señoras, BAE, L, p. 56b.) Como señala Mónica Bolufer: «A los ojos tanto de sus defensores como de sus oponentes, admitir a las damas en esa “morada del patriotismo” suponía abrirles las puertas de una institución formalizada, cualitativamente distinta de las tertulias o salones, de los espacios de conversación y sociabilidad informal en las que su presencia era frecuente y, en general, celebrada. Sus defensores admitieron que, en caso de aceptarse, ello constituiría una importante ruptura con el pasado» (BOLUFER PERUGA, Mónica, «Mujeres y hombres en los espacios del Reformismo Ilustrado: debates y estrategias», Revista d'història moderna i contemporània, 1 (2003), pp. 155-170, cita en la p. 157.); véase también Mujeres e Ilustración. La construcción de la feminidad en la España del siglo XVIII, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1998.

 

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[Nota de Jovellanos] «Nada prueba mejor cuán común se hizo entre nosotros este entretenimiento que el cuidado con que se distinguían las aves de presa según sus diferentes especies y familias. Además de los particulares nombres de alcotán, alfaneque, azor, borne57.1, ferre, gavilán, gerifalte, halcón, neblí, sacre, etc., pueden verse en nuestro diccionario, bajo la palabra halcón las muchas acepciones con que se señalaban la edad, doctrina, hábitos e inclinaciones de estas aves».

 

57.1

Variante textual. BAE y Sancha, en la nota al pie de Jovellanos: borny.

 

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[Nota de Jovellanos] «El Arte de cetrería. Esta obra es del célebre canciller de Castilla D. Pedro López de Ayala, y tiene por título: De la caza de las aves, e de sus plumajes e dolencias e melesinamientos. Está dedicada a D. Gonzalo de Mena, obispo de Burgos, y aún se conserva en manuscrito».

Esta obra, redactada por el autor del Rimado de Palacio entre 1385 y 1386, no se editó hasta que la Sociedad de Bibliófilos Españoles se lo encargó a Emilio Lafuente Alcántara, a cuya muerte continuó la edición Pascual de Gayangos (El libro de las aves de caça del canciller Pero López de Ayala con las glosas del Duque de Alburquerque, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1869). Posteriormente, fue editado por José Gutierrez de la Vega (Libros de cetrería de el Príncipe y el Canciller, Madrid, M. Tello (Biblioteca Venatoria Española, 3), 1879); José Fradejas Lebrero ( Valencia, Castalia, 1959 y 1969) y John G. Cummings (Libro de la caça de las aves: el ms. 16.392 (British Library, Londres)), Londres, Támesis Books, 1986. Véase FRADEJAS RUEDA, José Manuel, «Pero López de Ayala, Libro de la caza de las aves», en Archivo Iberoamericano de Cetrería de la Universidad de Valladolid: www.aic.uva.es. Está recogido en FRADEJAS RUEDA, José (comp.), Textos clásicos de cetrería, montería y caza, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 1999. Jovellanos no conocía El libro de la caza de Juan Manuel de El conde Lucanor, sobrino de Alfonso X el Sabio, autor de la primera obra castellana de cetrería de autor conocido (c. 1325-1326), hoy editado por José Manuel Blecua, JUAN MANUEL, Obras completas, Madrid, Gredos, 1981. Sobre esta obra véase FRADEJAS RUEDA, José Manuel, «Juan Manuel, Libro de la caza», en www.aic.uva.es.

 

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Alano: «Especie de perros muy corpulentos, bravos y generosos, que sirven en las fiestas de toros para sujetarlos, haciendo presa en sus orejas; y en la montería a los ciervos, jabalíes y otras fieras, como también para guardar las casas y huertas», DRAE, 1726.

 

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Ciertamente, en Las siete partidas los torneos son entendidos como un modo de guerrear; en que «cuando posa la hueste cabo la villa o el castiello de los enemigos o lo tienen cercado, et salen a lidiar los de dentro con los de fuera, et tórnanse a alvergar cada unos a su logar: eso mesmo es quando las huestes posan en tiendas unas cerca de otras, et salen los caballeros de amas las partes para facer armas a tropeles o a compañas», o como un entrenamiento para la guerra «non para matarse, mas para facerse a las armas que las non olviden, porque sepan cómo han a facer con ellas en los fechos verdaderos et peligrosos», en «Qué departimiento ha entre batalla, et facienda, et lid, et quántas maneras hi ha otras para guerrear» (partida II, título XXIII, pp. 253-254.)