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La abundancia de testimonios que conciben el teatro como escuela de costumbres, con el criterio utilitarista de la literatura, sobre todo para aquella de recepción pública, que es el signo de la Ilustración, es abrumadora; pero conviene recuperar algunos especialmente significativos: un teórico como Blas Nasarre, ya en 1749 afirmaba: «No supo Calderón que los autores de las comedias, conociendo la autoridad de ellas, se deben revestir de una autoridad pública para instruir a sus conciudadanos, persuadiéndose que la patria les confía tácitamente el oficio de filósofos y de censores de la multitud ignorante, corrompida o ridícula»
(NASARRE, Blas, prólogo a Los entremeses y comedias de Cervantes, Madrid, 1749; BAE, vol. II, p. 320.) Por tanto, el dramaturgo, como el poeta, ha de ser un escritor comprometido, patriota en el sentido dieciochesco del término, como señala uno de quienes con más ahínco intentaron su reforma, Pablo de Olavide: «En mi concepto nada forma tanto las costumbres de un pueblo, nada ameniza tanto a la nobleza y la plebe, nada inspira tanta dulzura, urbanidad y amor a la honradez como las frecuentes lecciones que se da al público en el teatro. Pienso pues que el que diera a España tragedias y comedias que, oyéndose con gusto, pudieran producir aquellos y otros efectos, le haría acaso el mayor servicio»
(OLAVIDE, Pablo de, «Carta desde La Carolina a Sebastián y Latre» (1773) apud AGUILAR PIÑAL, Francisco, Sevilla y el teatro en el siglo XVIII, Oviedo, 1974, p. 84.). De ahí que los hombres del Estado reclamen para sí su control, más allá de polémicas estéticas. El propio Campomanes lo expresa paladinamente: «Es inútil tratar de lo lícito o ilícito en las comedias, porque todo esto pertenece al magistrado político, el cual debe mirarlas como un modo de influir sanos principios al pueblo, decencia en las costumbres y corrección de las ridículas modas y afectaciones que envilecen los ánimos o depravan las costumbres»
(AHN, leg. 568, GONZÁLEZ PALENCIA, Ángel, «Ideas de Campomanes sobre el teatro», Boletín de la Real Academia Española, XVIII (1931), pp. 553-570, referencia en la pág. 566.). De ahí la exhortación de Leandro Moratín a Godoy, en 1792: «Nadie ignora el poderoso influjo que tiene el teatro en las ideas y costumbres del pueblo; éste no tiene otra escuela, ni ejemplo más inmediato que seguir que los que ahí ve, autorizados en cierto modo por la tolerancia de los que le gobiernan. Un mal teatro es capaz de perder las costumbres públicas y cuando éstas llegan a corromperse, es muy difícil mantener el imperio de las leyes, obligándolas a luchar continuamente con una multitud pervertida e ignorante; [por el contrario, si el teatro se ve] arreglado y dirigido como corresponde, producirá felices efectos, no sólo a la ilustración y cultura nacional, sino también a la corrección de las costumbres y, por consecuencia, a la estabilidad del orden civil, que mantiene los estados en la dependencia justa de la suprema autoridad»
(FERNÁNDEZ DE MORATÍN, Leandro, Epistolario, edición de René Andioc, Madrid, Castalia, 1973, pp. 142-144.)
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Variante textual. Este epígrafe no es de Jovellanos, el resto sí.
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Tal distinción también en la Carta sobre las romerías: «Tengo indicado mi dictamen acerca de la escasa suerte de nuestros labradores, y es justo que ahora diga algo de la única recreación que se la hace llevadera. Ya inferirá usted que no le voy a hablar de teatros o espectáculos magníficos, pues por la misericordia de Dios no se conocen en este país. Las comedias, los toros y otras diversiones tumultuosas y caras, que tanto divierten y tanto corrompen a otros pueblos reputados por felices, son desconocidas aún en las mayores poblaciones de esta provincia. Se puede decir que el pueblo no tiene en Asturias más diversiones que sus romerías»
(Obras completas, tomo IX, pp. 109-110.,
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Variante textual. Todas las ediciones divierten; pero exige modo subjuntivo.
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Real Academia de la Historia: y la suma del buen orden se cifra en tener intimidado e inmóvil al pueblo.
196
Variante textual. ITB y Cádiz, 1812: respirar al oír su nombre.
197
Variante textual. ITB y Cádiz, 1812: a la libertad.
198
Variante textual. ITB y Cádiz, 1812: añade la opresión.
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Lamentando la prohibición de las romerías en el Sínodo de Oviedo, comenta en las Cartas del viaje de Asturias: «¿Y creerá usted que no faltan censores de tan amargo celo, que declamen contra estas inocentes diversiones? Ellas ofrecen el único desahogo a la vida afanada y laboriosa de estos pobres y honrados labradores, que trabajan con gusto todo el año, con la esperanza de lograr en el discurso del verano tres o cuatro de estos días alegres y divertidos. Si se quitan al pueblo estas recreaciones en que libra todo su consuelo, ¿cómo podrá sufrir el peso de un trabajo tan rudo, tan continuo y tan escasamente recompensado? En otras partes se disponen a toda costa espectáculos suntuosos y magníficos para entretener a unos pueblos libres y corrompidos, y aquí ¿se privará a un pueblo inocente y laborioso de la única recreación que conoce y que es tan inocente y tan sencilla como su mismo carácter?»
(Obras completas, tomo IX, pp. 118-119.)
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Esto le llevó a un enfrentamiento con el juez, según le contaba a Carlos González de Posada el 27 de octubre de 1792: «El día fue muy divertido, y lo hubiera sido mucho más si el juez, que no había leído mi Informe de espectáculos, no hubiese deshecho la más magnífica danza de hombres que había visto yo en mi vida. No pude dejar de manifestarle mi desaprobación; disculpose con el temor de los palos, a que decía venir dispuestos los vecinos de los concejos inmediatos; yo le respondí que cuando la justicia era vigilante y humana, el pueblo era manso y tranquilo, y le dejé con la palabra en la boca»
(Obras completas, tomo II, p. 549.)