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Cfr. P. Laín Entralgo, La espera y la esperanza (Madrid 1984) 115-131. (Memoria y esperanza: San Juan de la Cruz); A. Bord, Mémoire et espérance chez Saint Jean de la Croix (París 1971).

 

32

Subida 1, 8, 2

 

33

Subida I, 3, 3 («Y así el alma, si no es lo que por los sentidos se le comunica, que son las ventanas de su cárcel, naturalmente por otra vía nada alcanzaría»).

 

34

F. Bovon, Connaissance et expérience de Dieu selon le Nouveau Testament, 68.

 

35

«La memoria expresa y testimonia la índole a la vez tempórea y supratempórea de la realidad humana». P. Laín, La espera y la esperanza, 125.

 

36

La unión del hombre con Dios no es fruto proporcional a su esfuerzo, ya que Dios trasciende absolutamente al hombre. Es Dios mismo quien se da a él mediante los tres dinamismos transformadores, que son la fe, esperanza y caridad, que por tanto antes que hábitos del hombre son dones de Dios, mediante los cuales él se une al hombre consigo, previa purificación. «Las tres virtudes teologales fe, esperanza y caridad, que tienen respecto a las dichas tres potencias, como propios objetos sobrenaturales y mediante las cuales se une el alma con Dios según sus potencias, hacen el mismo vacío y oscuridad cada una en su potencia: la fe en el entendimiento, la esperanza en la memoria y la caridad en la voluntad... El alma no se une con Dios en esta vida por el entender, ni por el gozar, ni por el imaginar, ni por otro cualquier sentido, sino sólo por la fe según el entendimiento, y por esperanza según la memoria, y por amor según la voluntad». (Subida 2, 6, 1 2).

 

37

Noche 2, 4, 2.

 

38

Llama 2, 34.

 

39

Cántico 19, 5.

 

40

En varios momentos de su obra San Juan se percata de cómo el movimiento de búsqueda no tiene su origen en el hombre sino en Dios: el hombre busca porque es solicitado, atraído, urgido, enamorado por Dios que le muestra ese amor en la encarnación, crucifixión y don de su Santo Espíritu, junto con los dones particulares a cada alma. Así en la introducción a Cántico 22 San Juan «aporta una corrección teologal a la expresión lírica del poema» (F. Ruiz, Obras, 673 nota 1). «Cuanto a lo primero es de saber que si el alma busca a Dios mucho más le busca su amado a ella; y si ella le envía a él sus amorosos deseos, que le son a él tan olorosos como la virgulica del humo que sale de las especies aromáticas de la mirra y del incienso (Cant. 3, 6) él a ella le envía el olor de sus ungüentos, con que la atrae y hace correr hacia él (Cant. 1, 2 3) que son sus divinas inspiraciones y toques» (Llama 3, 28).

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