Memoria iconográfica de la Tertulia Segoviana de Antonio Machado
Juan Manuel Santamaría
Atraído por la historia del pasado reciente de Segovia e investigando sobre la figura de un escultor de la tierra, Emiliano Barral, alcancé a conocer que este, durante los años que permaneció aquí, mantuvo una estrecha relación con varias personas dotadas de unas cualidades humanas e intelectuales poco comunes; que estas constituyeron un grupo unido y brillante como quizá nunca conoció otro la ciudad; y que el grupo tuvo una vida efímera, y aún fugaz, ya que apenas formado comenzó a deshacerse golpeado por la emigración o, lo que es peor, por la temprana muerte, muchas veces violenta, de varios de sus miembros. Fue un hallazgo, en principio del todo inesperado, que me enganchó, convirtiéndose en estímulo para que intentara profundizar en el conocimiento del grupo, en las preocupaciones de quienes lo componían, en sus iniciativas, en sus trabajos y en sus logros.
En el transcurso de la investigación -un empeño que todavía no ha concluido-, una de las metas que me planteé, al parecer intranscendente, fue poner rostro a las personas que lo formaban, descubriendo entonces que no solo desarrollaron una intensa actividad literaria, sino que también las artes plásticas -cerámica, escultura y dibujo-, alcanzaron entre ellos un nivel estimable; y que casi todos los integrantes, aún sin girar exclusivamente en torno a Antonio Machado, tanto en lo literario como en lo artístico, tuvieron una de sus más importantes referencias en la figura del poeta.
Fueron unos personajes que, siguiendo los usos de la época, gustaban de reunirse en una tertulia de la que han quedado bastantes recuerdos escritos, como tendremos ocasión de comprobar.
El primero en recordarla fue Manuel Cardenal Iracheta, compañero de claustro de Antonio Machado en el Instituto General y Técnico y autor de un artículo titulado «Crónica de don Antonio Machado y sus amigos en Segovia», que se publicó en la revista Cuadernos Hispanoamericanos el año 1949. En su artículo, más que nombres de contertulios, encontramos noticias de uno de los más importantes lugares de reunión a los que aquellos acudían, el taller del ceramista Fernando Arranz, y de la costumbre que tenían de dar paseos por los alrededores de Segovia:
Por los años de mil novecientos veintitantos era Segovia para algunos amigos como una pequeña corte renacentista. El taller del ceramista Fernando Arranz, escisión del ya demasiado mercantilizado de don Daniel Zuloaga (cuyas barbas rivalizaron en su hora con las valleinclanescas), acogía hasta una docena de personas que pudiéramos llamar notables [...]
Allí, en la nave, junto a un piano alquilado, unos pocos muebles más bien viejos y ajados que no de «época»; allí, a par de los montones de barro recientemente amasados y los bloques de granito rosa, en un fogón puesto sobre una mesa destartalada, hervía todas las tardes, de tres a cuatro, un buen puchero de café. No escaseaban la leche ni el azúcar -¡oh años próvidos de la pobre España- y a veces unas golosinas invitaban al apetito de los contertulios. En unos minutos, sobre las tres, hora de verdad, acudían a la cita habitual, puntuales, fugitivos de las inhóspitas casas de huéspedes o presurosos por la grata compañía, unos hombres que acaso tenga que calificar de «intelectuales», aunque preferiría llamarles simplemente gente de buen gusto o «amigos de las ideas» con giro platónico [...]
Todas las tardes, salvo cuando la ventisca envolvía la ciudad y el campo y aparecía Segovia, luego, envuelta en nieve, manchada de su delicado amarillo, don Antonio y sus amigos paseaban por los caminos segovianos. Por la Fuencisla, carretera de Santa María de Nieva adelante, pasando por el ventorro de Abantos (vieja iglesia mudéjar). Por bajo el Acueducto, camino del Terminillo (el mejor vino, de la más breve viña, ¡lástima!, habla don Antonio), camino de La Granja, o tal vez camino de Riofrío, hasta el mismo Palacio [...]1.
Del caminar por aquellos espacios pudieron nacer estos versos de Machado que, en opinión de algunos autores, parecen describir el espolón segoviano que, tajado por las aguas de los ríos Eresma y Clamores, coronan las torres del fuerte Alcázar:
Otoño con dos ríos ha doradoel cerco del gigante centinelade piedra y luz, prodigio torreadoque en el azul sin mancha se modela2.
Otro testimonio escrito de la tertulia, al que más suele acudirse cuando se quiere dar una referencia de los personajes que participaron en la misma, es el que nos dejó José Tudela, un amigo de don Antonio.
Se habían conocido en Soria y ambos, con escasa diferencia de tiempo, acabaron recalando en Segovia por razones de trabajo. Primero lo hizo Tudela, destinado a la Delegación de Hacienda y, unos meses más tarde, Machado, que llegaba para ocupar la Cátedra de Francés del entonces Instituto General y Técnico.
Tudela era un entusiasta de las tertulias así que, apenas se hubo instalado en Segovia, hizo lo posible por integrarse en alguna, acudiendo a los lugares donde suponía que las habría y acertando así a entrar en un llamado Café de la Unión. En aquel local, desaparecido hace bastante tiempo, tenían su sede varias de aquellas reuniones, una circunstancia que le iba a permitir elegir la que mejor se aviniera con su personalidad, si bien hay que señalar a este respecto que, por lo que Tudela recordaba pasado algún tiempo, no se planteó muchas dudas:
Como era marzo enseguida me hice socio del Casino de la Unión, similar al Casino de Numancia de mi Soria; y allí vi, en el salón, cuatro tertulias: una de gente de curia, magistrados, jueces, abogados..., como la que en Soria llamábamos la Academia de Jurisprudencia; otra de ingenieros y altos funcionarios del Estado y la Provincia; otra de oficiales y jefes de Artillería, y una cuarta de gente jovial, discutidora, presidida por un señor corpulento, que a pesar de su edad y gravedad era el que reía de mejor gana. Enseguida comprendí que en esta tertulia tenía yo que encajar; que allí estaba mi hueco esperándome.
Y allí caí. Los componentes de esta tertulia fueron después los amigos de Antonio Machado, los que enumeró y describió Manolo Cardenal en el número que Cuadernos Hispanoamericanos dedicó en 1949 a don Antonio [...] El hombre jovial y corpulento, el decano de esta tertulia, era don Blas Zambrano, regente o maestro de las Escuelas Graduadas de Segovia, a quien le hizo Emiliano Barral un busto que tituló El Arquitecto del Acueducto. En su torno se reunían los jóvenes tertulianos: Julián Otero, cuya Guía sentimental de Segovia ya me había yo sorbido la primera noche de mi llegada allí; Mariano Quintanilla, luego catedrático de Filosofía, culto, agudo, irónico, cuya reciente muerte todos hemos lamentado profundamente; Ignacio Carral, buen periodista, que falleció hace ya muchos años en la Tribuna de la Prensa del Congreso de un ataque cardíaco; Eugenio Torreagero, pintor; el Alférez de Artillería Antonio Medina, que murió en 1921 en Annual; Álvarez Cerón, que acaba de morir, hace tan sólo unas semanas; los funcionarios de Hacienda Mosteiro y Seva...; menos asiduos también acudían a esta tertulia el ingeniero Luis Carretero, autor de un notable libro sobre el Regionalismo Castellano; Agustín Moreno, médico y catedrático... y más esporádicamente llegaba de Sepúlveda, bullicioso, gesticulante y apasionado, el gran escultor Emiliano Barral3.
Tudela había ordenado sus recuerdos preparando una conferencia que, con el título Segovia y Machado, pronunció el año 1969 en la Academia de Historia y Arte de San Quirce, de Segovia, dentro de un ciclo organizado para conmemorar el cincuentenario de la Universidad Popular Segoviana, una institución de carácter cultural fundada en 1919 por un grupo de intelectuales inquietos y comprometidos con su ciudad, entre los que se encontraban varios de los contertulios, incluyendo el mismo Antonio Machado quien, aunque no había participado en la gestación del proyecto, llegó a Segovia con tiempo para poder firmar el acta fundacional y participar desde el primer curso en algunas de las tareas que se habían propuesto desarrollar, la enseñanza gratuita dirigida a adultos, la organización de conferencias y de exposiciones o la creación y mantenimiento de una biblioteca circulante.
La conferencia de José Tudela, publicada en la revista Estudios Segovianos, tiene algunas inexactitudes, explicables por el largo tiempo transcurrido y solo anecdóticas, como confundir el Casino de la Unión con el Café de la Unión, o situar la muerte de Ignacio Carral en la tribuna de prensa del Congreso cuando fue en su despacho de la redacción de La Palabra donde le sorprendió la muerte, causada por un ataque al corazón.
La tertulia venía de atrás. Según contaba Pablo de Andrés Cobos, otro segoviano que escribió sobre ella en un artículo titulado Antonio Machado y Mariano Quintanilla y también publicado en la revista Estudios Segovianos, había sido fundada por Juan José Llovet -«que se nos perdió en las tierras hispanoamericanas»-, Julián María Otero y Mariano Quintanilla. Y no tenía sede fija pues, si atendemos a lo que dice este mismo autor, los lugares de reunión fueron varios y, como ya sabemos, no siempre cerrados:
Aunque mis recuerdos han situado la tertulia en el Café asotabancado de La Unión, en la calle Real, un poquito antes de llegar a la plaza del Corpus, acaso no tuviera domicilio cuando don Antonio llegó y tampoco lo tuvo nunca exclusivo, con asientos circunstanciales en otros cafés, con otro muy significativo en el taller de Fernando Arranz, el ceramista, que se nos fue a la Argentina, compartido con Emiliano Barral, el escultor, a quien la muerte nos arrebató en el huracán de la guerra civil. Constancia tenemos, y por escrito, del propio Quintanilla, de la derivación hasta su propia casa, en donde las lecturas de Croce y el peregrino encuentro de Antonio Machado con el obispo Gandásegui. Es decir, que de la misma manera en lo geográfico material que en la espiritualidad de la cultura, la tertulia se abría en abanico, o en círculo, mejor, saliéndose por los portillos de las murallas, hasta las carreteras... Si quedaba la tarde larga y bonancible, don Antonio caminaría hasta alguno de los ventorros de las afueras de la ciudad y en la compañía de muy pocos, uno o dos; nunca o casi nunca en el grupo de tertulianos. Fue Seva, funcionario de Hacienda, su devotísimo, el que más veces le acompañara: también Grau, en otras ocasiones; muy pocas, los demás»4.
Aquellos eran tiempos sin casi automóviles y el caminar tranquilo y reposado con las bellas y pintorescas perspectivas de la ciudad abiertas de par en par a la mirada de los paseantes, se convertía en un placer al que don Antonio no renunciaba. Tudela, que nos habla de los lugares que frecuentaban, fue uno de los que disfrutaron caminando a su lado:
Seva y yo, en el poco tiempo que alcancé a don Antonio en Segovia, éramos sus silenciosos acompañantes en nuestros paseos en torno a la ciudad. El preferido era el de la carretera de Zamarramala y también el del Parral y el de la Fuencisla5.
Y el citado Mariano Grau, que también nos dejó testimonio escrito de aquellas reuniones y deambular en un artículo titulado Antonio Machado en Segovia, publicado en la ya varias veces citada revista Estudios Segovianos, recuerda de forma explícita a otros como Emiliano Barral y Juan de Cáceres:
También, de cuando en cuando, solía concurrir al taller que el ceramista Fernando Arranz tenía instalado en la vieja capilla de San Gregorio, ya desaparecida, donde prolongábamos la tertulia del café. Remedo próximo de un taller florentino del renacimiento, el estudio de Fernando Arranz daba acogida a pintores, escultores, músicos, etc., que pasaban por Segovia procedentes de todos los meridianos [...] Algunos atardeceres salíamos con Machado de paseo por los alrededores de la ciudad, cuyo paisaje ponía en el alma del poeta resonancias muy queridas... Como a los niños, le divertían los episodios aparentemente simples [...], las impetuosas fantasías de Barral, los despropósitos de Juanito de Cáceres [...]6.
Y de esa costumbre de pasear y convertir el entorno de Segovia en espacio grato para conversar o meditar, y de las reuniones mantenidas en el taller del ceramista Fernando Arranz, ofrecido generosamente por este como estudio provisional a cuantos artistas se le acercaban, salió una de las más espléndidas imágenes que conocemos del poeta y la primera que voy a comentar.
Su autor fue Cristóbal Ruiz, un magnífico pintor jiennense que había conocido a Machado cuando este fue profesor del Instituto de Baeza y que, al reencontrarse con él en Segovia, le hizo un retrato que fue adquirido por Arranz para ambientar el taller. Allí lo alcanzó a ver Gonzalo España, quien lo describía así para los lectores de El Adelantado de Segovia:
Un bello, primoroso retrato, con amplias perspectivas serenas, se halla a la puerta de la entrada, reconcentrándose en él toda la luz del local. Volcó sobre el ancho lienzo, el notable pintor Cristóbal Ruiz, la rara inspiración de sus pinceles prodigiosos. Es la figura del gran poeta Antonio Machado, apacible y pensadora, que se destaca en relieve, con vivientes perfiles, del fondo de una campiña de horizontes lejanos7.
¿Qué se hizo de aquel cuadro? En la actualidad se conocen tres versiones del retrato, pero ninguna de ellas parece ser el original, sino réplicas. Una fue pintada por Cristóbal Ruiz para el Ateneo Español de la ciudad de Méjico en 1939, al poco tiempo de haber llegado allí tras su exilio. La segunda se halla en la Universidad de Puerto Rico, que acogió al artista ofreciéndole una plaza de profesor de pintura. Y la tercera, que lleva la dedicatoria «A mi amigo Ángel, cariñosamente, Cristóbal», fue pintada para otro exiliado, Ángel Rodríguez Ollero.

Fig. 1. A. Machado. Óleo de Cristóbal Ruiz.
En el catálogo de una exposición antológica realizada con obras de Cristóbal Ruiz por la Diputación Provincial de Jaén en 1987 y en la que se expuso el retrato dedicado a Rodríguez Ollero, se recogía el comentario que Manuel Andújar, otro jiennense y exiliado notable, había escrito sobre el existente en el Ateneo Español de Méjico, poniendo énfasis en el escenario segoviano de tierras y sierra lejana sobre el que se perfila la figura del poeta:
Dialogaba uno gracias a la fiel y admirada interpretación, parejamente pictórica y espiritual, de Cristóbal Ruiz, con un Antonio Machado, de paisajístico fondo segoviano, de cuidado atuendo, mentís de su atribuido cotidiano desaliño8.
De los tres cuadros, este al que se refiere el comentario de Manuel Andújar, el que se encuentra en Méjico, es, a juicio de los autores del mencionado catálogo, «el que parece haber sido el primero». De los tres, pintados en el exilio y, por tanto, posteriores a 1939, quizá sí, pero el primer retrato de este Machado elegante que pintó Cristóbal Ruiz -y el único que pudo hacer, además, teniendo delante de su caballete al retratado-, es el descrito en 1926 por Gonzalo España y al que hacía referencia Pablo de Andrés Cobos, quien también podía haberlo visto en el taller del ceramista, cuando escribía desmintiendo la fama de descuidado en el vestir que acompaña a Machado:
Contra toda leyenda, tenemos pruebas decisivas de la elegancia de su figura en las fotografías y, más elocuentes, en los dibujos y retratos de los pintores. Detengan ustedes la atención, por ejemplo, en el retrato que le hizo Cristóbal Ruiz [...]9.
Arranz emigró a la Argentina y con él se fue, si no el cuadro, sí la memoria de su paradero.
Otra imagen que corrobora el aserto de Cobos, y a la que podía referirse cuando habla de «dibujos», es el retrato de Antonio Machado realizado por Rafael Peñuelas.

Fig. 2. A. Machado. Dibujo de Rafael Peñuelas.
Este, aunque todavía muchacho, vivía en una casa de la ronda de Juan II, muy cerca del taller de San Gregorio, y gustaba de acudir a él, por más que, como alcanzó a decirme, el retrato no lo hizo allí sino en su propia casa, a la que Machado entraba para encontrarse con Pilar Valderrama -Guiomar-, que, para evitar habladurías, acudía a la misma con el pretexto de visitar a una hermana del joven artista. En el dibujo solo vemos la cabeza y un cuello de pajarita, pero son detalles que bastan para afirmar que el poeta cuidaba su aspecto externo y que se hallaba muy lejos del «torpe aliño indumentario» que se le atribuye.
Entre los artistas que frecuentaron aquel taller figuran también el vallisoletano García Lesmes, el norteamericano Ben Silbert y los argentinos Fioravanti, Pedone, Larrañaga, Berni y Guido. Estos últimos habían venido a España pensionados por su gobierno y al final de su estancia influyeron en Fernando Arranz para que se fuera con ellos a Buenos Aires, cerrando el taller de San Gregorio donde, mientras se mantuvo abierto y sin que la presencia de visitantes alterara el ritmo de trabajo del ceramista, se oía música, se recitaban poemas, se leía la Revista de Occidente y se discutía sobre arte.
Un interesante documento gráfico en el que aparecen algunos miembros de la tertulia es una fotografía tomada en torno a una mesa colocada en el jardincillo del taller de Fernando Arranz. Los retratados, de derecha a izquierda, son: Emiliano Barral, Antonio Machado, que aparece fumando, Eugenio de la Torre y Julián María Otero.

Fig. 3. Barral, Machado, Torreagero y Otero.
Y reclamo su atención para el personaje tocado con sombrero que se halla entre Machado y Otero. Se le ha identificado en varias publicaciones como Mariano Quintanilla, miembro de la tertulia machadiana de Segovia, o como Luis Quintanilla, este pintor y colaborador de Emiliano Barral en la ejecución del monumento que se dedicó a Pablo Iglesias en La Moncloa, pero ambas identificaciones son erróneas, pues el retratado no es ningún Quintanilla, sino otro miembro de la tertulia, el pintor Eugenio de la Torre, más conocido como Torreagero y de quien tendremos que hablar más veces ya que es a él, como dibujante, y a Emiliano Barral, como escultor, a quienes debemos la mayor parte de las imágenes que se van a comentar.
Lo hasta aquí expuesto, apoyado en escritos de Manuel Cardenal Iracheta, José Tudela, Pablo de Andrés Cobos y Mariano Grau, así como en diversos documentos, cual las páginas del semanario Segovia, nos permiten hacer una relación de los integrantes de aquella tertulia que, como es lógico suponer, conoció alteraciones a lo largo de los años.
Sería la que sigue:
- - Antonio Machado, uno de los más señalados poetas de la lengua castellana y figura que centra las ponencias del presente congreso, Antonio Machado en Castilla y León.
- - Blas José Zambrano, pedagogo.
- - Juan José Llovet, escritor, periodista y uno de los fundadores de la tertulia.
- - Julián María Otero, abogado, escritor y otro de los fundadores de la tertulia.
- - Antonio Medina, militar y escritor. No llegó a conocer a don Antonio, pues se fue de Segovia el 15 de julio de 1919.
- - Eugenio de la Torre, dibujante y pintor.
- - José Tudela, archivero de la Delegación de Hacienda de Segovia y, más adelante, catedrático de Historia de América de la Universidad de Madrid.
- - Marceliano Álvarez Cerón, funcionario y escritor.
- - Juan Francisco de Cáceres, escritor y uno de los que acompañaron a don Antonio cuando se colocó la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento de Segovia.
- - Ignacio Carral, periodista.
- - Luis de Sirval, periodista.
- - Fernando Arranz, ceramista.
- - Emiliano Barral, escultor.
- - Mariano Quintanilla, escritor, profesor de Filosofía y otro de los fundadores de la tertulia.
- - Agustín Moreno, médico y catedrático de Instituto.
- - Luis Carretero, ingeniero y teórico de la política regionalista.
- - Ramón J. Seva, funcionario de Hacienda.
- - Mosteiro, funcionario de Hacienda.
- - Villalba, agustino exclaustrado y músico.
Un ejemplo de grupo inquieto, dinámico, aportador de ideas e impulsor de proyectos que, cada vez que en ambientes segovianistas se comenta un tiempo de vivacidad cultural, se ha convertido en referencia casi obligada, pues siempre hubo algún miembro de aquella tertulia en las más señaladas acciones del momento, como la creación de la ya citada Universidad Popular Segoviana y de la Sociedad Filarmónica de Segovia, la fundación de la revista Castilla, del semanario Segovia y del diario La Tierra de Segovia; el movimiento ciudadano de oposición a la transformación de la Plaza de las Sirenas con la colocación del monumento al comunero Juan Bravo y al expolio de las pinturas románicas de la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo -las que, a la postre, en tiempos más recientes acabarían en el Museo del Prado-; la organización de las primeras exposiciones colectivas de artistas segovianos...
Y, en muchas ocasiones, decir algún miembro es decir bien poco. En el cuadro de redactores del semanario Segovia, fundado por Ignacio Carral, aparecen Marceliano Álvarez Cerón, Mariano Grau y Mariano Quintanilla; entre los colaboradores, Antonio Machado, Julián M. Otero, Luis de Sirval y Blas J. Zambrano; entre los redactores artísticos, Fernando Arranz, Emiliano Barral y Torreagero; y como administrador figura Ramón J. Seva. El primer número del diario La Tierra de Segovia se abría con una caricatura del consejo de redacción firmada por Torreagero y en ella aparecen Segundo Gila, Feliciano Burgos, Blas Zambrano, Julián María Otero, Ceferino de Alarcón, Eduardo Navarro Cámara, Gonzalo España, Antonio Medina y Torreagero, el caricaturista. Cuatro de ellos formaron parte de la tertulia y un quinto, Gonzalo España, mantuvo relación con ella.

Fig. 4. Redacción de La Tierra de Segovia. Caricatura de Torreagero.
La Tierra de Segovia, además de un periódico modélico para su tiempo, es interesante para el efecto que nos ocupa ya que, además de esta viñeta, publicó otras caricaturas de miembros de la tertulia, todas firmadas por Torreagero, un fino dibujante que, con sus caricaturas, en línea con las de Bagaría y Castelao, nos dejó una lúcida estampa de la Segovia de aquellos años, con sus tipos más pintorescos y algunas de sus más arraigadas costumbres.
La primera caricatura que apareció, después de la colectiva citada, fue la dedicada al alférez Antonio Medina, que murió el año 1921 en el desastre de Annual.

Fig. 5. Medina de Castro. Caricatura de Torreagero.
La segunda fue la de Marceliano Álvarez Cerón, cofundador con Otero de la revista Manantial, que se abría con un artículo de Antonio Machado, y autor de los libros de poemas Alucinaciones, El oculto manantial y Glosario agreste. La caricatura lleva un pie simpático: «Un poeta modernista (parece un seminarista)».

Fig. 6. Álvarez Cerón. Caricatura de Torreagero.
La tercera recoge la figura del periodista Ignacio Carral componiendo una escena titulada Los Limpias, que ilustra un artículo suyo, lleno de ironía, dedicado a «Las grandes industrias».

Fig. 7. Ignacio Carral. Caricatura de Torreagero.
La última, una de las más logradas caricaturas de nuestro dibujante, nos da la imagen de Julián María Otero acompañada de un expresivo pie:
Como el cuervo vasco Miguel de Unamunodocto intransigente, hay tan solo uno,búho castellano, con gafas curiosas,censor implacable de todas las cosas.

Fig. 8. J. M. Otero. Caricatura de Torreagero.
El periódico, a pesar de su calidad, se vio obligado a cerrar pronto y con ello, creo, se perdió la oportunidad de que la galería de retratos-caricatura se ampliara con la de los restantes miembros de la tertulia.
El relevo lo tomaría Emiliano Barral quien, para el tema que aquí nos convoca, resultará ser el personaje más interesante.
Era escultor, como ya se dijo al principio, y entre él y otros miembros de la tertulia se estableció una curiosa relación: los literatos escribían sobre la obra de Barral y este, correspondiendo al gesto, los tomaba como modelos, dejando así memoria escultórica de aquel grupo irrepetible.
No hizo los retratos de todos, o al menos yo no los he localizado todavía, pero he podido situar diez de personajes integrantes de la tertulia: Julián María Otero, Antonio Machado, Torreagero, José Tudela, Blas Zambrano, Ignacio Carral, Luis de Sirval, Mariano Grau, Alfredo Guido y su autorretrato.
La galería de retratos empieza con el de Julián María Otero, uno de los fundadores de la tertulia y elegante escritor, que falleció, todavía joven, en 1930. Fue autor de un Itinerario Sentimental de Segovia, la más hermosa guía que se ha escrito sobre la ciudad y su retrato, que data de 1919, está tallado en madera por la base del cráneo, con un verismo que produce escalofríos, lo que hace de él, como ya expresó muy bien un cronista de la época, «algo siniestramente emocionante».

Fig. 9. J. M. Otero. Madera. Emiliano Barral.
De 1920 datan los tres siguientes: el retrato de José Tudela, modelado en barro; el de Eugenio de la Torre -Torreagero-, fundido en bronce, y el de Antonio Machado, esculpido en piedra. El retrato de José Tudela lo hizo en Soria y los de Torreagero y Machado, en el taller de Arranz.
Los retratos de Otero, Torreagero y Machado estuvieron en la Exposición de Arte Segoviano organizada por la Universidad Popular el año 1921. Con los de Torreagero, Fig. 10, y Machado, Fig. 11, Barral acudió a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922. Superó la prueba de admisión pero ninguno de los dos retratos mereció ni la más mínima atención del jurado. Un crítico del fuste de Juan de la Encina recordaba esta circunstancia al escribir sobre Emiliano Barral dos años más tarde en el diario madrileño La Voz, con motivo de la inauguración del monumento que este había realizado en memoria de Daniel Zuloaga:

Fig. 10. Torreagero. Bronce. Emiliano Barral.

Fig. 11. A. Machado. Piedra. Emiliano Barral.
Siente la escultura con la solidez de un romántico y la firmeza de un moderno. Su retrato del poeta Antonio Machado, expuesto en una de las exposiciones madrileñas y ante el cual pasó el jurado, como con harta frecuencia, sin ver nada, anunciaba un escultor de raza...10
Quien sí comprendió al escultor fue el retratado, Antonio Machado, que agradeció el trabajo como correspondía a un poeta, dedicándole un bellísimo poema del que nos hemos hecho eco en numerosas ocasiones. El manuscrito original se encuentra en el Instituto Fernán González, de Burgos, y dice así:
Al escultor Emiliano Barral
Y tu cincel me esculpíaen una piedra rosada,que lleva una aurora fríaeternamente encantada.Y la agria melancolíade una soñada grandezaque es lo español, fantasíacon que adobar la perezafue surgiendo de esa roca,que es mi espejo,línea a línea y plano a plano,y una boca de sed pocay, so el arco de mi cejo,dos ojos de un ver lejano,que yo quisiera tenercomo están en tu esculturacavados en piedra dura,en piedra, para no ver.
Sepúlveda, Agosto 192211.
Para hacer el de José Tudela, Barral tuvo que viajar a Soria, a donde a principios de 1920 ya había regresado Tudela. Este consiguió que su familia le encargara varios trabajos a Barral y al contarnos sus relaciones con el escultor también nos explica cómo nació La Tierra de Segovia, proyecto que él trató de imitar fundando La Voz de Soria:
No desaprovecharon la coyuntura de existir en Segovia un grupo de gentes aficionadas a las letras, dispuestas a arrimar el hombro a cualquier empresa, dos personas maduras que hacía tiempo proyectaban fundar un periódico más moderno, movido y ameno que el prestigioso Adelantado de Segovia.
Por iniciativa y por la financiación de don Feliciano Burgos, abogado segoviano, seguramente asesorado por una gran personalidad segoviana, el doctor don Segundo Gila, se fundó, bajo la dirección de Burgos, un precioso periódico en el que colaboramos casi todos los contertulios además de otros que no lo eran. El periódico se llamó La Tierra de Segovia, y don Blas Zambrano fue el redactor jefe [...]
Se unen aquí, con estos recuerdos, los que tengo de Emiliano Barral, que habiéndole conocido en Segovia fue en Soria y luego en Madrid, donde más le traté.
En Soria en el verano de 1920 porque lo pasó allí con su tío Blas, también marmolista. Entonces nos hizo a mí, y a la vez, a la entonces mi novia, Cecilia Herrero, sendos retratos escultóricos [...] Pueden incluirse con los de sus amigos segovianos: los de Otero, Zambrano, Torreagero y con el mejor de todos: el de don Antonio12.
El paso a piedra del retrato de José Tudela se efectuó en 1923.

Fig. 12. J. Tudela. Piedra. Emiliano Barral.
Y aquel mismo año hizo también el del pedagogo Blas José Zambrano, quinto de la serie.

Fig. 13. El Arquitecto del Acueducto. Microgranito. Emiliano Barral.
Me contaron en una ocasión, que uno de los contertulios, amigo también de los grandes paseos, descubrió en la cuneta de la carretera de La Lastrilla un espléndido hito kilométrico que juzgó piedra apta para el cincel de Emiliano. Habló a los amigos del descubrimiento y una noche, en panda y alegremente, se acercaron varios de ellos al lugar indicado, arrancaron la piedra, la cargaron en una carretilla y la transportaron al taller de Arranz. Era un bloque de microgranito, piedra dura y difícil de esculpir, que Barral entendió a propósito para realizar el retrato del decano de la tertulia, Blas José Zambrano, pedagogo, regente de la escuela Aneja a la Normal de Magisterio y director y promotor de diversas publicaciones periódicas.
Lo concluyó a tiempo para ser presentado en otra exposición de arte segoviano organizada en el Ateneo de Medina del Campo el año 1923. El comentarista que hizo la reseña para el semanario Segovia, pergeñaba este breve apunte sobre la escultura:
Busto romano. (¿Arquitecto del Acueducto? ¿Hombre en que lucha su condición de moralista catoniano con su ansia de sensualidad? Fin de la república o comienzo del imperio)13.
El primer interrogante. «¿Arquitecto del Acueducto?», pasó a ser el título definitivo de la escultura, posteriormente donada a la Excma. Diputación Provincial de Segovia por su autor.
Por concepción y factura, próximo al busto de José Tudela está el retrato, también esculpido en piedra, del periodista Ignacio Carral, fundador del semanario Segovia, que cerró al instaurarse la dictadura de Primo de Rivera, por estimar aquel que el ejercicio periodístico solo podía desarrollarse en libertad. Carral fue, además, biógrafo de Emiliano Barral, sobre el que escribió numerosos artículos en distintos periódicos y al que convirtió en protagonista, concebido en clave de antihéroe, de la novela Las memorias de Pedro Herráez, publicada cuando ya se había trasladado a Madrid, donde falleció de forma repentina en su despacho de la redacción de La palabra, el año 1935. Otros trabajos suyos publicados, de intención polémica, fueron Juan Bravo en la Plaza de las Sirenas y Por qué mataron a Luis de Sirval.

Fig. 14. Ignacio Carral. Piedra. Emiliano Barral.
Los tres últimos retratos que hizo de personas relacionadas con la tertulia datan de 1926 y son los siguientes:
Luis de Sirval, otro miembro del grupo que falleció trágicamente. Se llamaba Luis Higón y había nacido en Valencia. Se hallaba cumpliendo como periodista en los difíciles días de la revolución de Asturias de 1934 cuando fue detenido y muerto en extrañas circunstancias. Ignacio Carral, con la escasa información que pudo reunir escribió el libro ya citado, Por qué mataron a Luis de Sirval, con el que pretendía no solo rendir homenaje al amigo, sino evitar que se perdieran datos que algún día, cuando hubiese cesado el doloroso conflicto, permitieran esclarecer unos hechos oscuros y turbios. En El Adelantado de Segovia del día 7 de agosto de 1935 se puede leer la causa contra el búlgaro Dimitri Ivanov, acusado de la muerte del periodista. Barral hizo un retrato en bronce de Sirval en 1926, y, al tener conocimiento de su muerte, acometió la realización de otro en piedra que quedó inacabado.

Fig. 15. Luis de Sirval. Bronce. Emiliano Barral.
Alfredo Guido, uno de los pintores argentinos que influyó en Arranz para que este cerrara el taller de San Gregorio y se trasladara al país del Plata. Barral también hizo dos versiones de su retrato, una en piedra y otra en bronce, esta última expuesta en el pabellón de España de la Exposición Universal de París de 1937.

Fig. 16. Guido. Bronce. Emiliano Barral.
Y Mariano Grau, acaso el miembro más joven de la tertulia y autor de Dintel, libro de poemas, y de otros trabajos como Segovia, cinta en tecnicolor. El retrato está realizado en yeso y, como alcancé a oír al propio retratado, «en posición un tanto dramática, poco frecuente en mí».

Fig. 17. Mariano Grau. Yeso. Emiliano Barral.
Las últimas piezas de esta serie escultórica son los Autorretratos de Emiliano Barral, uno modelado en barro, durante la etapa segoviana, y otro esculpido en piedra, este posterior, pues debió realizarlo hacia 1934, dos años antes de su trágica muerte, causada por un obús que estalló junto a él cuando acompañaba a varios periodistas extranjeros que, en noviembre de 1936, cuando se estaban librando los más cruentos combates de la batalla de Madrid, deseaban visitar el frente de Usera.

Fig. 18. Barral. Autorretrato. Barro.

Fig. 19. Barral. Autorretrato. Piedra.
No creo que existan otras series de la importancia de las descritas pues solo conozco una caricatura, esta realizada por Manuel Bernardo, con la imagen de Juanito de Cáceres, llevando un libro y un bastón que proclaman su afición a escribir y a pasear.

Fig. 20. Juan de Cáceres. Caricatura de M. Bernardo.
Y, aunque no muchas, también hay fotografías. En una de estas, hecha por un fotógrafo madrileño, puede verse el claustro de profesores del Instituto General y Técnico de Segovia en el que, con don Antonio, están Agustín Moreno y Mariano Quintanilla, miembros de la tertulia, y Manuel Cardenal Iracheta, que escribió sobre ella.

Fig. 21. Claustro de profesores del Instituto de Segovia.

Fig. 22. Agustín Moreno.

Fig. 23. Mariano Quintanilla.

Fig. 24. Manuel Cardenal.
La última que aporto me ha sido proporcionada por la familia de Juan José Llovet, también fundador del grupo, escritor y periodista, autor de dos libros de poemas, El rosal de la leyenda y Pegaso encadenado, y de una opereta, Friné; pero que emigró a América, muriendo el año 1940 en Santo Domingo, donde dirigía el periódico El listín diario.

Fig. 25. Juan José Llovet.
Aquí no hubo ningún Solana que, al igual que este hiciera en su cuadro La tertulia del Pombo, plasmara el retrato colectivo de los contertulios, aunque sí hay, como con el presente trabajo se recuerda, bastantes imágenes, generadas por la dinámica de la propia tertulia, que nos permiten conocer cómo fueron casi todos los que participaron en ella mientras duró, enriqueciéndose no solo con la presencia sino también con la amistad de Antonio Machado, uno de los más grandes poetas de nuestra rica y bella lengua.