María Pita, heroína española
Artículo dedicado al Casino Español de México
Concepción Gimeno de Flaquer

La extensa y poblada región que baña el Sil, el río de las hojuelas de oro; la que fue devastada por suevos y silingos, la que supo luchar victoriosamente contra cartagineses y romanos, la que sacudió el yugo de los sarracenos y rompió cadenas feudales con auxilio de Fernando V; la brava Galicia, pueblo de hombres esforzados, cuna de ilustres patricios que tanto honran a España, no podía carecer de heroínas. Innumerables son las que registran los anales de su historia, mas la gloria de María Pita es tan refulgente, que ha eclipsado con sus vívidos resplandores a todas las demás.
La heroica gallega de quien vamos a ocuparnos, es digna de ser cantada como lo fueron las mujeres del belicoso pueblo escita; aquellas valientes mujeres que peleaban con sus maridos en el campo de batalla hasta dejar en él la vida. Nuestra heroína merece una epopeya cual las mártires de Patro y de Chio, cual la renombrada Constancia Zacarías, proclamadora de la regeneración de Grecia.
María Pita no solo es una heroína del amor patrio, es también una heroína del amor conyugal: vengó a su marido como vengó al suyo Bobolina, luchando contra el temible ejército de los turcos.
Ningún español desconoce el nombre de María Pita. Era el año de 1589 la implacable enemiga de María Estuardo empuñaba el cetro de Inglaterra; frecuentes desavenencias habían surgido entre Isabel y nuestro Felipe II, basadas ya en la divergencia de ideas religiosas, ya en la ambición que ambos sentían de dar gran extensión a sus dominios. El enojo de la hija de Enrique VIII estalló contra España; mandó aprestar poderosas escuadras, y púsolas bajo el mando del almirante Drake, ordenándole asaltara las principales plazas de las costas gallegas. Apenas supieron los dignos hijos de la antigua Brigantia el peligro que les amenazaba, apercibiéronse a defender hasta la última piedra del patrio suelo. Llegó el temido día, y las atalayas del Monte y Cabo Priorio encendieron grandes hogueras que indicaban tener el enemigo en el mar, cerca de la playa coruñesa. Atacado el fuerte con encarnizamiento por la escuadra de Drake, los coruñeses se defendieron denodadamente, logrando echar a pique algunos barcos enemigos.
El combate fue horroroso, la lucha sumamente desigual, los gallegos acababan sus municiones, veíanse en número muy inferior a los ingleses, y llegaron a sentir desaliento, a causa del espantoso espectáculo que ofrecía ante sus aterrados ojos el campo sembrado de cadáveres de compatriotas. Ya se hallaban próximos a capitular, obligados por el hambre, cuando una mujer enardecida, exaltada por el amor patrio, y sintiéndose impelida por el genio del heroísmo, arrancó espada y rodela a uno de los suyos, y con voz que la elocuencia hacía más vibrante, empezó a arengar a los soldados, terminando su arenga con este enérgico y patriótico grito, digno de un lacedemonio:
-Quien tenga honra que me siga.
Sintiéronse avergonzados, los ya abatidos combatientes; la voz de una mujer les encendía el amor propio, y no tuvieron más remedio que lanzarse a la brecha, arrostrando la muerte. Esta gran mujer era la ilustre gallega María Pita, destinada a ocupar una brillante página en la historia del heroísmo.
Aguijoneados los coruñeses por tan valerosa mujer, hicieron tales proezas, que obligaron a los enemigos a levantar el sitio después de haber perdido más de mil quinientos combatientes.
María Pita, que había visto caer a su esposo como Agustina, la célebre defensora de Zaragoza, muerto por armas enemigas, resolvió vengar su muerte, y desde aquel momento, cual la heroína aragonesa, semejose al espíritu de la guerra, sembrando la desolación y el exterminio.
Un volumen podría escribirse citando los nombres de heroínas españolas, entre las que descuellan las hijas de Numancia, las de Sagunto, las de Aragón y las de Tarragona.
¿Quién podrá olvidar a la esposa de Guzmán el Bueno, a la viuda de Padilla y a la heroína de Peralada, conocida por La Mercadera?
Honra de España es también Juana Juárez de Toledo, esposa de Juan de Rivera, la cual, defendiéndose en ausencia de su marido, cortó al rey lusitano el paso en Montemayor, rechazando todas sus ofertas y mostrándose tan honrada como valiente.
Y como si estas esclarecidas figuras no fuesen bastante a satisfacer nuestro orgullo de españoles, tenemos las hazañas de la Monja Alférez y las de María de Estrada, que militó al lado de su marido con las tropas de Hernán Cortés, blandiendo la lanza cual diestro soldado en el arte militar.
Mas sobre todas estas mujeres descuella la heroína coruñesa, aquella extraordinaria mujer, que despreciando la muerte tuvo el arrojo de arrancarle de la mano a un oficial inglés la bandera que ya iba a hacer tremolar, el cual perdió la vida al golpe de espada que ella le descargó sobre la cabeza. Los coruñeses le debieron la salvación de sus hogares, pues los sitiadores se llenaron de superstición al ver que habían perdido su bandera, y huyeron velozmente, confundidos por tal humillación.
Una española derrotó en el siglo XVI las fuerzas de Drake, como otra española derrotó en el siglo XIX las huestes de Napoleón.
Los españoles no tenemos que asombrarnos del patriotismo de Mavrogenia, Criseida, Despo, Estefanía Pillaud, Clara Levieux, María Deschamps, Alejandrina Barreau y las mujeres suliotas.
La gloria de María Pita se halla a la altura de la de aquellas polacas que en 1830 rompieron por sí mismas los yugos que las oprimían, y se hicieron admirar del mundo entero.
Al grito ultrajante de «La Polonia no existe»,
contestaron con esta frase: «Las naciones no mueren».
Amantes de sus derechos y sus libertades, resolvieron sacrificar a la conquista de ellos sus más caras afecciones, y como emblema de este voto, depositaron las sortijas nupciales en el altar levantado a la patria.
María Pita no se pierde entre las inexactitudes de la fábula como las aguerridas amazonas, ni entre las brumas de la tradición como Bradamanta y Armida; no hay que buscarla cual a la famosa Vlasta entre las leyendas del siglo VIII, nuestra heroína pertenece a la Edad Moderna: Felipe II premió su valor, dándole grado y sueldo de alférez; Felipe III perpetuó esta gracia entre los descendientes de la ilustre gallega, que tanto honor dio a España con su acendrado patriotismo.
El patriotismo es una religión: él ha creado al héroe como la fe cristiana al mártir.
Febrero 22 de 1886.