Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


Abajo

Margo Glantz y su golem preferido

Mario Bellatin





Glantz espera, agazapada detrás de la puerta de entrada de su casa, la hora exacta en que la mujer amante de los animales que merodea la zona donde vive, amarre en la chapa de la puerta principal la bolsa de comida destinada a su perra Lola. Aguarda escondida detrás de las cortinas del comedor. Desde hace algunos días ha prohibido que Lola salga a la calle. En contra de la forma libre como ha sido criada, aquella perra debe comenzar a hacer la vida de una mascota faldera cualquiera. La mujer que coloca las bolsas de comida a primeras horas de la tarde tiene que entender que aquella perra no es un animal callejero como pretende demostrar. Es más, debe darse cuenta de que se trata de Lola, la perra de Margo Glantz, que pocos meses más tarde será uno de los personajes principales del libro, Zona de derrumbe, que su ama escribe en esos momentos. La mujer amante de los animales parece ignorar todos esos detalles. Por eso pretende dejar, a como dé lugar, en la puerta de la casa ubicada en la esquina de Hornos y Tres Cruces del barrio de Coyoacán de Ciudad de México, el kilo de hígados hervidos que está segura le es negado a Lola en ese hogar. Margo Glantz continúa esperando. Sabe que a pesar de la aparente tardanza la mujer no abandonará ese día su empeño. La vez en que aquella mujer trató de reclamarle a Margo Glantz la supuesta desnutrición de su mascota, fue despedida de la casa de la manera más terrible como puede ser corrido alguien de aquella vivienda: con una no invitación a pasar dentro para tomar al menos una taza de té. Margo Glantz no tiene idea de cómo hacer para librarse de la mujer que ha decidido velar por el bienestar de los canes de la zona central de Coyoacán. Pese a todos sus esfuerzos -ha tratado desde explicarle de buenas maneras que cuenta con los recursos suficientes como para que su perra no pase hambre hasta gritarle de manera furibunda desde la ventana del comedor en el preciso momento en que está atando la bolsa-, la mujer insiste. Margo Glantz sabe que no podrá hacer mucho para impedir que la amante de los animales lleve adelante su empresa. No en vano ha comenzado a cancelar una serie de citas programadas para el mediodía. No quiere que en su ausencia la mujer cumpla impunemente con su obra de caridad. No está dispuesta a aceptar que en la puerta de su casa cuelgue varias horas seguidas una bolsa de comida para perros. Ha dejado de citarse con sus amigos para comer en algún restaurante, prefiriendo en cambio que aquellos encuentros se realicen en su propio comedor. De ese modo puede vigilar a través de la ventana la sigilosa llegada de la mujer de la bolsa. Estos almuerzos acostumbran comenzar alrededor de las dos de la tarde y cuando se está cercano al postre, Margo Glantz suele levantarse de pronto y, sin que ninguno de los comensales sepa bien a qué se debe aquel cambio repentino de conducta, comienza a lanzar una serie de diatribas en voz alta. Se trata de uno de los pocos momentos en los que Margo Glantz pierde su habitual compostura. Como de costumbre; se trata de la mujer que intenta amarrar sus hígados a la chapa. Sabe que la dueña de la casa la amenazará por la ventana, que le pedirá que se retire, que la asustará con llamar a la policía, pero la imagen hambrienta que se ha formado de Lola, descuidada en lo más elemental de sus necesidades básicas, la ayudará a no escuchar aquellas palabras. ¿Se habrá creado esta situación por pura casualidad? ¿Será acaso que el largo historial de operaciones y problemas hormonales que arrastra Lola haya llegado a sus oídos? No es posible que esa mujer haya leído el manuscrito de Zona de derrumbe en el que Margo Glantz trabaja actualmente, donde su relación con los perros es parte fundamental de la narración. En aquel libro Lola es mencionada en último lugar, sólo antes de Balán, el perro labrador que Margo Glantz trajo de Mérida, Golfo de México, en un viaje que hizo recientemente. Cuando la mujer desaparece, Margo Glantz suele quedar desconcertada. No sabe qué puede significar esa presencia. A veces cree que ella misma a través de su escritura ha producido esta situación. Que de no haber escrito sobre perros no hubiese aparecido nunca. Recapacita entonces sobre sus futuros planes literarios. Tenía la idea de hacer una historia de la ciudad de México, de sus cambios y extrañezas, a través de un grupo de autónomos zapatos caminantes. Pero tal vez la presencia de esa extraña mujer la haga recapacitar y se le ocurra entonces que sería fabuloso que aquella historia fuera contada no por aquellos zapatos gastados, sino por una jauría de perros vagabundos. Situaría el comienzo del relato en el centro de la ciudad. En las calles cercanas al Zócalo donde se instalaron los primeros judíos que llegaron a México. Quizá trate de recorrer nuevamente el fascinante periplo de su familia tal como lo describe en su libro Las genealogías, donde bajo el pretexto de buscar sus orígenes, Margo Glantz elabora en realidad una apasionante biografía de su padre, el poeta en yiddish Jacobo Glantz. Cuando uno se enfrenta a este libro, a esta delicada exploración de lo que suele llamarse el alma judía, parecen cobrar otro sentido los memorables relatos de Joseph Roth, Isaac Singer, Meyrink o del mismo Kafka. Todas aquellas historias inverosímiles, donde confluyen verdad y mentira, realidad e irrealidad, absurdo y solemnidad, donde están confundidos los tiempos en ritmos cíclicos y eternos se transforman en relatos de una cotidianidad pasmosa, en textos realistas que simplemente describen el mundo tal como es visto por las personas comunes y corrientes. Según este método, Margo Glantz, únicamente recurriendo a un grupo de perros vagabundos o a unos gastados zapatos, podrá recobrar el alma de una ciudad que en apariencia perdió todo atisbo de espiritualidad. La mujer de los hígados no dejará de visitar la casa mientras Lola continúe con vida. La lucha entre ella y Margo Glantz tendrá a la perra como pretexto. La batalla final parece haber ya comenzado. Hay quienes dicen haber visto en la puerta de entrada la presencia de ciertos muñecos hechos de barro en espera de que les den el soplo divino. Nadie cree en realidad en esas habladurías. No piensan que Margo Glantz esté tramando la creación de un Golem cuya primera orden recibida sea la desaparición de la mujer de las bolsas. Sería muy curioso ver cómo un esclavo hecho con barro y con letras rituales escritas en la frente comience a deambular por los callejones de Coyoacán. Iría por Hornos hasta llegar a la esquina de Tres Cruces. Tal vez crecería de una manera descomunal, y llegado el momento ni la propia Margo Glantz alcanzaría su frente para quitarle las letras que le dan esa especie de vida. Aquel monstruo caminaría entonces por calles y avenidas cada vez más solitarias. Seguramente se alimentaría de perros en su camino. Asustaría a algunas personas, pero otras quizá lo tomarían como un ciudadano más. En su deambular iría creando sin querer la crónica de la ciudad que Margo Glantz tanto desea escribir. A esas alturas aquel muñeco habría adquirido incluso un particular libre albedrío. Cualquiera que conozca las características que puede llegar a tener un Golem sabe que nadie, salvo Margo Glantz en este caso, podrá detener su avance. Se adueñará por eso de las plazas, de los puentes, de las avenidas. Las balas de la policía serán inocuas. Ninguno se atreverá a ponérsele delante para desvirtuar el mensaje grabado en su frente. Después de algunas pesquisas tal vez lleguen algunos investigadores a la casa de Margo Glantz. A esas alturas ciertas personas la habrían acusado y entonces Margo Glantz sería interrogada sobre el misterioso y violento asesinato de la mujer de los hígados y de la mayoría de los perros de la zona. También sobre la creciente destrucción de la ciudad. Margo Glantz guardaría un respetuoso silencio. Sólo a partir de entonces la puerta de su casa se vería libre de las bolsas de comida para perros. Lola podría recorrer las calles aledañas sin temer encontrarse con perros vagabundos y mujeres de buen corazón. Y lo más importante, Margo Glantz habría hallado la clave para encontrar la voz que narre su próximo libro. En los momentos que su escritura le dejara libre, a través de la televisión vería las imágenes del extraño ser causando estragos en una ciudad lo suficientemente estragada y encallecida como para soportar sin inmutarse una tragedia más. Margo Glantz lo supo desde un principio.

El Golem no es Nora García

(Texto hecho a manera de disculpa por haber leído, y pasado las diapositivas, el relato Margo Glantz y su Golem preferido durante el Homenaje Nacional a Margo Glantz, llevado a cabo en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México.)

Como algunos deben saber, hace algunos años tuve el honor de participar en esta misma sala del homenaje nacional a la escritora Margo Glantz. En aquella ocasión preparé un texto acompañado de una serie de diapositivas. Grabé además mi voz para poder estar y no estar al mismo tiempo en la ceremonia. Antes de hacer la presentación invertí un tiempo relativamente largo en tener listo el material. Tuve que hacer uso de una muy pequeña cámara digital para pasar inadvertido mientras hacía las fotos que necesitaba. Debí escuchar también una serie de historias que no estaban necesariamente dirigidas a mis oídos. En resumidas cuentas, hube de merodear la casa de Margo Glantz como si fuera un ladrón. Debía hacer que la narración que tenía en mente recrear fuera absolutamente absurda y que al mismo tiempo se ajustara lo más posible a lo verosímil. Todo comenzó un mediodía de invierno cuando Margo Glantz convocó a una serie de amigos luego de un viaje que acababa de realizar a Europa. Cada vez que Margo Glantz sale de México no queda un milímetro de la ciudad visitada que no sea recorrido por uno de sus zapatos de diseñador. Desde museos y galerías hasta cines y ateliers de alta costura. Sin contar las cenas, fiestas y cócteles que le ofrecen sus cientos de amigos esparcidos por el mundo. Precisamente en aquel momento se encontraba haciendo la descripción detallada de una película de un director pakistaní. Hablaba de cómo todo el film estaba contado al revés, y del entusiasmo sin límites que le causaba haber descubierto una forma distinta de narración. Cuando estaba a punto de hablarnos de otra película que le había fascinado, donde los actores reales hacían una performance en la sala al mismo tiempo que se desarrollaban las escenas filmadas, Margo Glantz de pronto dejó de lado toda explicación y de un salto se puso de pie. Estábamos sentados a su mesa de comedor, desde donde se veía perfectamente lo que sucedía en la calle. Margo Glantz se dirigió en forma intempestiva a la puerta principal, la abrió y espantó a una mujer que salió corriendo no sin antes dejar una bolsa de plástico colgada en la chapa. La voz airada de Margo Glantz siguió a la mujer hasta que dobló la esquina. Acto seguido desanudó la bolsa y entró nuevamente. Al ver nuestras caras atónitas nos explicó que se trataba de una vecina obsesionada con los animales, a quien se le había metido en la cabeza la idea de que su perra Lola era una especie de animal vagabundo que ni siquiera era alimentado correctamente. Justamente en ese instante Lola se encontraba dormitando en un tapete a la entrada de la cocina. Se hacía extraño que la consideraran una perra de la calle, porque ni se inmutó con la escena que acababa de desarrollarse. En ese momento me nació la peregrina idea de partir de aquella imagen para que formara parte del homenaje que estaba a punto de tributársele a Margo Glantz, y al que había sido invitado por desconocidas razones, pues creí que iba a ser un acto esencialmente académico. Quiero, ahora que ha pasado el tiempo, disculparme por aquella, por llamarle de alguna manera, especial ocurrencia. Creo que se trató de una falta de respeto traer a este mismo salón, a la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, las fotografías, tomadas a escondidas como señalé, de Lola la perra, de las espaldas de la mujer anónima que contraté para que hiciera el simulacro de amarrar la bolsa a la chapa de la puerta de entrada, y de diversos rincones de la casa de Margo Glantz que no creo tener derecho a recrear. Señalé además en el texto que Margo Glantz, harta de tener que soportar la diaria presencia de la mujer de la comida para perros, decidió liberarse del acoso construyendo un Golem, figura de barro propia de la tradición judía. Reitero mis disculpas. ¿Cómo se me pudo haber ocurrido hacer mofa de un símbolo que ha acompañado desde sus orígenes toda una tradición milenaria? Sin embargo lo hice. Es más, construí con un poco de arcilla la representación de un homoide y lo metí en el freezer de mi cocina para que tomara consistencia. Luego lo fotografié y, por medio de fotoshop, logré que apareciera, gigante, en la puerta de entrada de la casa de Margo Glantz. También pudimos apreciarlo en el jardín, tomando el sol junto a su creadora. Estas fotos del Golem fueron intercaladas con objetos propios de la vida cotidiana de esa casa. En la historia el Golem, como suele suceder con esta clase de creaciones, cobra una aterradora autonomía, crece de manera descomunal y se escapa sembrando el pánico en la ciudad. Se supone que antes no sólo ha eliminado a la amante de los animales que importunaba diariamente, sino a todos los perros de la zona. Margo Glantz, conocedora de los desastres que el Golem está ocasionando decide recluirse en su casa y guardar un silencio absoluto. Hasta allí la presentación. Mis excusas ahora que recreo la historia son doblemente sentidas. Hace pocos días le conté de aquella presentación a una amiga, Graciela Goldchuk, y no podía creer que hubiese formado parte de un homenaje. ¿Qué clase de celebración a la obra de alguien es ésa?, me dijo asombrada. Después de escucharla pensé en alguna forma de poner remedio a la situación. Hablé de inmediato con un amigo director de teatro, con el que he realizado más de un experimento escénico, y le pedí que consiguiera un clon de Mario Bellatin para que diera la cara esta mañana frente a ustedes. Hubiera sido más fácil la presencia de un doble para aclarar las intenciones que me llevaron a actuar de esa manera. En un principio aquel amigo se entusiasmó con la idea, lamentablemente al final desistió pues tiene casi todo su interés puesto en un No Hamlet que estrenará la próxima semana. No me quedó entonces otra salida que venir aquí en persona para justificar mi intromisión en las vidas ajenas. Decidí, eso sí, hacer una relectura de Zona de Derrumbe antes de presentarme a exponer mi culpa. Fue en ese momento en que comprendí que en el homenaje anterior quizá no había hablado en realidad de una anécdota referida a Margo Glantz sino a Nora García, aquel magnífico y versátil personaje que funciona como una especie de sosías del autor del libro. Revisando una y otra vez las aventuras de Nora García comprendí que tal vez había sido ella la que había construido aquel Golem aterrador. Me di cuenta de que las tantas horas invertidas, no sólo tomando fotos clandestinas sino grabando mi voz para que mi presencia estuviera y no estuviera presente en aquel homenaje, no fueron sino una suerte de anticipación a la presentación del libro, Zona de derrumbe, que estaba por aparecer. Creo que, aparte de lo eficaces e inteligentemente estructurados relatos del libro, quizá su mayor logro sea el nacimiento de Nora García. No creo que se trate de un personaje capaz de agotarse en una sola obra. Me parece que por el contrario, Nora García protagonizará en el futuro una serie de experiencias por venir. Después de haberla visto zambullida en una serie de disquisiciones frente al aparato de rayos X, o tratando de construir una suerte de autobiografía a partir de la vida de los perros que ha poseído en los últimos años, comprendí también que la narración de una mujer que construye un monstruo de barro para librarse de alguien que ha decidido alimentar a toda costa a un perro ajeno puede perfectamente formar parte del imaginario de esa mujer. En lugar de las palabras de arrepentimiento por haber incursionado en zonas privadas, creo que Zona de derrumbe se ha convertido en mi mejor excusa. Gracias a Nora García, mujer que ha decidido que su meta en la vida sea recorrerla sobre unos zapatos de Ferragamo, mi presentación en el homenaje a Margo Glantz, pasando diapositivas una tras otra sin hablar, ayudado únicamente por un reproductor de discos con mi voz grabada, estoy seguro que cobra otro sentido. Espero pronto la aparición de otro libro donde Nora García sea nuevamente el personaje principal. De ser invitado en esa ocasión, cosa que pongo en duda después de esta especie de mea culpa, no sólo tomaré fotos, grabaré mi voz, sino que convocaré a una serie de diseñadores de zapatos para que nos hagan una exhibición de los refinados gustos de esa mujer. Mientras esto ocurre espero que mi amigo el director de teatro siga ocupado en su No Hamlet y no se le haya ocurrido infiltrar a una serie de Noras Garcías entre nosotros. Les recomiendo estar atentos en los próximos minutos para que sepamos si la Nora García con la que nos encontremos se trata de Nora García o de un clon de Nora García. De darse un caso semejante Margo Glantz sería la única persona capacitada, del mismo modo como puede reconocer de un vistazo un verdadero Ferragamo, para señalar sin equivocarse a la Nora García original.





Indice