* * *
«Hay caminos que pasan por el sufrimiento. Dios es bueno. Enciende una luz en la colina». Escribió Carmen.
Teníamos en el estudio algunos casos en los Tribunales. Ejercía la defensa de un pobre diablo que había castigado a palos a la esposa. Amalia no quiso que tomara el caso asumiendo partida rápidamente por la damnificada, discutimos algo agriamente, y lo tomé en primer lugar porque era abogado, necesitaba empezar a trabajar y finalmente un hombre que pone en su lugar a su mujer no es necesariamente un monstruo. Pidió ayuda legal tambien la madre de un muchacho acusado de violador y un señor de edad acusado de atropello de domicilio y amenaza de muerte.
Al margen de ser excesivamente moralista para trabajar en un estudio de abogado, Amalia era la secretaria perfecta, y más, porque —79→ se le había ocurrido que estaba muy flaco, deducía que me alimentaba mal con el resultado de que cuando llegaba temprano a la oficina encontraba un principesco desayuno consistente en un bife con cebolla y dos huevos fritos, además de un delicioso café.
No mucha información extraje de la carpeta de doña Brunilda, y para analizarla necesitaba de la ayuda de Amalia, pero no sabía cómo empezar a involucrarla en mi investigación. Desde luego, su interés por mi «tesis doctoral» era un punto a favor, pero un interés académico. Necesitaba un interés humano, de modo que la invité a pasear un domingo de mañana, y ella aceptó sin ocultar su alegría tal vez porque pensara que el pez había picado el cebo puesto en el anzuelo en forma de desayuno.
Se desconcertó un poco al descubrir que el romántico, para ella, paseo dominical se iniciaba en el cementerio de la Recoleta. Sin ocultar mucho su confusión me siguió por las estrechas avenidas hasta que llegamos a la tumba de Carmen. Se la mostré. Me miró sin comprender.
-Aquí está Carmen Sosa de Ortiz -le dije.
-Ya lo veo... ¿y? -me contestó desde un bosque —80→ de desconcierto.
-¿Cómo y?
-No alcanzo a comprender la importancia que tiene para tu tesis algunas cenizas podridas...
Confieso que me enfurecí.
-¡Carmen es la víctima de un crimen atroz! -dije en con voz alterada, porque me miró con asombro.
-¿Carmen?
-¡Carmen Sosa! ¿O ella no merece un poco de comprensión?
Tenía la cara de una perfecta idiota.
-¿Ella? ¿Dices «ella» por un montón de huesos?
Sentí que si las cosas seguían así iba a perder la paciencia. Respiré hondo, me tranquilicé. Al fin, la pobre chica no tenía la culpa de ser tan bruta, a pesar de sus estudios de Filosofía.
-Dejemos las cosas así -le dije-. Vámonos.
-¡De ninguna manera! -estalló.
-¿Que quieres decir, Amalia?
-Percibo algo morboso que tienes que explicarme. ¿Qué es Carmen Sosa?
-Vaya pregunta. La víctima de un crimen y...
-No pregunto quien es. Qué es.
—81→-Es Carmen.
-Lo dices como si estuviera viva.
-Nadie muere del todo.
De pronto, me miraba con ojo clínico, calculador, reflexivo.
-Piensas mucho en ella. Escribes su nombre cuando estás reflexionando. Lo he notado, Manuel.
-Eres muy observadora Amalia. Y te crees muy aguda. Me estás analizando y te voy a ayudar. A mi padre lo llevaron enfundado en una camisa de fuerza y echando espuma por la boca.
-No es momento de hacer chistes, Manuel.
-No es chiste. Es la verdad.
-¿De veras?
-Sí, pero eso no me hace loco a mí, ni hace de Carmen solo un montón de huesos.
-De acuerdo, Manuel. No es un montón de huesos. ¿Qué es?
Me sentía acosado. Su nariz de beduino me apuntaba a los ojos.
-¿Qué es? -Me urgió.
-Una presencia. Una excelsitud -dije, convencido de que jamás entendería.
-¿Y lo de la tesis? -Eso lo creíste tú.
—82→-Y me dejaste creer. ¿Para qué?
-Para ayudarme a aclarar lo que pasó con Carmen. Pero ahora ya no lo queremos. Voy a seguir solo.
Estaba lamentando profundamente haberla llevado al cementerio. Creía ser aguda, creía ser inteligente. Se creía capaz de meter su narizota en cosas que no comprendería jamás.
-Quiero que me cuentes todo.
Pensé que si le contaba todo se aclararía su confusión, alzaría un poco más el vuelo. Nos sentamos allí, en el cementario, a la sombra de un árbol de Paraíso, y le dije lo de mi madre, la inclinación de la casa. Las almas en pena, mi encuentro con Carmen, el ataque de doña María, don Otto, el cuaderno. Todo.
Me miró pensativa.
-Pienso que debes ver un siquiatra -dijo.
Era la segunda vez que se me decía ese disparate. Y las dos veces eran mujeres tontas. No me digné contestarle. Había hablado largamente para nada.
-El cuaderno -me dijo-. ¿Puedo verlo?
-Está, en casa.
-Hoy es domingo. Tenemos todo el tiempo del mundo.
—83→Me aferré a un poco de esperanza. Si leía el cuaderno conocería mejor a Carmen. Y comprendería lo que yo estaba haciendo por ella. Fuimos a casa. No leyó el cuaderno, porque al entrar a casa vio los maniquíes de don Otto, se sobresaltó y no me dio tiempo de explicar lo del alemán tilingo. Se volvió rápidamente a la puerta y salió a la calle. Tuve que correr para alcanzarla.
Al dia siguiente, antes de ir al estudio le dejé el cuaderno en su casa rogándole en una esquelita que juzgara las cosas por el cuaderno, no por los maniquíes de don Otto. Era lunes, y no había desayuno, y Amalia apareció recién al día siguiente. Me pasó un papelito.
-Tienes turno mañana a la tarde con el Dr. Acevedo.
-¿Quién es el Dr. Acevedo?
-Es un siquiatra.
La mandé al diablo. Y ella y su padre me enviaron a la calle dos días después. Y Amalia me envió el cuaderno con una sirvienta, sin la delicadeza de ponerlo en un sobre, por lo menos.
* * *
«Trae tu herida abierta. Soy bálsamo y consuelo». Carmen.
—84→Con mucho trabajo encontré un nuevo local para mi estudio, sobre la calle Alberdi, no muy lejos de mi anterior emplazamiento. En rigor era la cochera sobre la calle de una casa antigua y abandonada, al parecer objeto de un inagotable pleito sucesorio. En la casa vivía como custodio, o sereno, un señor de edad que consideró que podía aumentar sus ingresos alquilando la cochera por su cuenta, y dio conmigo. Acepté por necesidad tan antijurídico trato, y el alquiler aumentó porque a más de incluir el trabajo de limpiar la cochera y desembarazarla de una colección de cubiertas viejas, acumuladores y piezas oxidadas de automóvil, también se extendió a proveerme, procedente de la casa, de una mesa escritorio en no mal estado, dos sillas y una lámpara. También me trajo una grande y pesada máquina de escribir Underwood, que nunca logré hacer funcionar, pero lo dejé allí, porque completaba mi ambiente de auxiliar de la Justicia. No era muy cómodo, especialmente cuando me llegaban ciertas urgencias, en cuyo caso debía salir a la calle, tocar el timbre de la casa, esperar que el custodio me abriera y caminar un largo trecho hasta llegar al baño.
—85→De paso, la abrupta mudanza hizo que perdiera a los tres clientes y tuve que empezar de nuevo, vagando por los tribunales y haciendo guardias en los Primero Auxilios a la pesca de accidentados dispuestos a cobrar a precio de oro un hueso roto, de la misma manera que otros acechan para venderles ataúdes y servicios fúnebres a los que perdían definitivamente su capacidad de demandar. No tuve mucho éxito, de modo que volví por las noches a mis clases de aritmética a los escolares y de todo cuanto podía enseñar a los estudiantes secundarios. Además, me hice amigo de algunos estudiantes de medicina y enfermeras del Hospital, especialmente del sector de la maternidad donde las buenas y humildes mujeres que llegaban a parir solían tener esos problemas que hacían necesario recurrir a los «amables oyentes» y a los «caritativos lectores» llamados a salvar una vida. En esos casos yo me encargaba de visitar las emisoras de radio o televisión y los diarios, llevando el texto apelativo de la caridad ya preparado. Si la gente se conmovía y enviaba dinero, me tocaba una pequeña comisión. Estaba seguro que Carmen aprobaba estas gestiones, porque en realidad, ayudaba a las —86→ pobres mujeres, me ayudaba a mí mismo, y me sostenía en pié para ese rescate que ella me reclamaba desde su cuaderno.
Por lo demás, la falta de trabajo no me preocupaba mucho. Alimentos no me faltaban y tiempo me sobraba para investigar la tragedia de Carmen.
En la carpeta de doña Brunilda había muchas cartas. Algunas eran copias de la que ella había enviado, y en mayor número, correspondencia recibida por ella. En uno solo de los papeles, había una referencia a Carmen en una carta remitida a Brunilda por un señor Pedro Muñoz.
«Estimada amiga. Siempre he tenido en alta consideración la amistad que me liga con su distinguida familia y en especial, a Ud.
Bien desearía que esa amistad no sea mancillada por circunstancia enojosa alguna, como su inesperada solicitud de informaciones sobre mi relación con el distinguido amigo Pablo Ortiz y su esposa, a quienes respeto mucho. Mayor sentimiento de rechazo aun me producen sus insinuaciones que quiero creer son resultado de una ligereza de momento o de una emoción incontrolada, razonable en una persona joven como Ud. Yo le ruego que de —87→ la misma manera que yo considero a Ud. una dama, me considere a mí un caballero, que si estuviera involucrado en el episodio que Ud. supone guardaría un decoroso silencio. No obstante todo, tengo la esperanza de seguir conservando su amistad muy valiosa para mí. Atentamente S.S.S. Pedro Muñoz».
Lo que se dice, un delicado tirón de orejas a una señorita excesivamente curiosa. Pero la carta no me daba mucho, salvo un nombre, Pedro Muñoz, que tampoco era importante, porque en el mejor de los casos, si cuando Pedro Muñoz escribió la carta tenía la misma edad que Brunilda, ahora tendría los 98 de ella, y pocos hombres llegan a esa edad. No obstante busqué en la guía telefónica y encontré un Pedro Muñoz odontólogo, que me aclaró que ni su padre ni su abuelo se llamaban de la misma manera, además el Muñoz le venía de su madre, en su condición de «hijo natural» no reconocido. «Hubiera empezado por ahí», le dije de mala manera y colgué el teléfono.
Cierto día tuve una de esas inspiraciones que llegan por asociación de ideas. Yo alquilaba la cochera de una casa en sucesión. Sucesión. Don Pedro Muñoz habrá muerto y —88→ tuvo que abrirse una sucesión. Fui a buscar en los archivos de los tribunales, y nada. O Pedro Muñoz no había muerto o sí murió y no dejó nada digno de la disputa legal de una sucesión.
Volví a leer la carta y a revisar mis notas. Para Brunilda, Carmen Sosa era una hija de puta. Para Carmen, Brunilda tenía un corazón de hielo. Brunilda pedía informaciones o insinuaba algo sobre el matrimonio Ortiz-Sosa a don Pedro Muñoz y don Pedro se ofendía, porque respetaba a Pablo y Carmen y se respetaba a sí mismo. La conclusión fue que entre Carmen y Brunilda había un conflicto. Y evidentemente la parte perversa era Brunilda.
Acababa de hacer estas anotaciones cuando llegó Amalia. Amable, conciliadora. Tal vez arrepentida del trato desconsiderado a que me sometieran. Se sentó en la única silla vacía.
-¿Cómo andan tus investigaciones sobre Carmen Sosa? -preguntó con el aire de quien por fin había aceptado de que lo mío no era un problema para el siquiatra.
Le leí las conclusiones a que había llegado.
-Algo es algo -me dijo- pero a este paso llevará —89→ mucho tiempo. ¿Me permites ayudarte?
Dije que sí con alegría.
-Pero me harás una promesa. Cuando sepas la verdad vendrás conmigo al siquiatra.
Hice la promesa sin la más mínima intención de cumplirla. Carmen me comprendería.
-Cualquiera sea la verdad -dijo.
-¿Cómo?
-Que Carmen haya sido realmente mala.
-En su cuaderno no hay ninguna referencia a su pecado.
-Ninguna mujer casada lo hace.
Pasé por alto semejante impertinencia.
-¿Me permites la carta de Pedro Muñoz?
La leyó atentamente como tres veces. Suspiraba, se rascaba la nariz. Mordía desconsideradamente un lápiz de plástico de mi escritorio. Finalmente me dijo:
-Pedro Muñoz era de buena familia. Burgués para arriba, o más. Su estilo epistolar es pulido, su letra perfecta. Ha tenido una buena educación y un sentido de la caballerosidad muy agudo. ¿Me sigues?
-Te sigo.
-Era amigo del matrimonio Ortiz-Sosa, que vivía en una buena casa. Ella compraba —90→ cuadros con flores y él cuadros con escenas de guerra. Además ella tocaba el piano. Eran gente culta. Y la gente culta no tiene amigos ordinarios y torpes.
-La biblioteca estaba llena de libros -contribuí recordando mi incursión a la casa abandonada.
-Mejor para nuestro Pedro Muñoz, que era también amigo de la familia de Brunilda.
-...que vivía en un gran casa quinta señorial y tenía grandes negocios registrados en superlativos librotes -me entusiasmé.
-Entonces, Pedro Muñoz no era un tipo cualquiera, con semejantes amistades. No es de los simplotes que mueren y caen en el olvido.
Ahora es el turno de papá.
Me explicó que el hobby del Profesor Candia era la genealogía. Que su padre era un archivo viviente con una memoria que ningún colesterol se había llevado. Que se divertía reconstruyendo para un libro que pensaba escribir el árbol genealógico de las familias ilustres del país, y ese trabajo le rescataba del mortal aburrimiento de Profesor retirado y rico. Además, me confesó Amalia, entraba en cierto maligno regocijo cuando descubría en —91→ el árbol de alguna linajuda familia un polucionante injerto turco, o siciliano o gallego, o un desprendimiento por vía de la inclinación a la parranda del augusto tronco, de una rama plebeya con gran poder de multiplicación.
Agradecí a Amalia el súbito cambio y su ayuda, aunque una vocecita interior me decía que semejante transformación resultaba sospechosa. Estaría alerta.
* * *
«Hay un demonio que quiere entrar. Quemaré incienso y encenderé todas las luces». Carmen.
Una mañana, sin nada que hacer, fui a caminar por la ciudad y como si estuviera condicionado estuve de pronto frente al sitio donde estuvo la casa de Carmen y la mía en el lote vecino. Los dos terrenos se habían unido y se alzaba en el lugar un gran tinglado donde funcionaba un taller mecánico. Giré la vista hacia la esquina donde debía estar el almacén de don Anselmo, pero ya no estaba. El local estaba atiborrado por una despensa coreana. Recorrí el barrio, que no cambió mucho, con las viejas casas húmedas, con sus perros cagando en el césped, su vecindario —92→ acosado por los mosquitos al atardecer. Pocos detalles nuevos, como que en las viejas murallas se habían practicado huecos para meter el auto «mau» y ponerlo en la mayor seguridad posible, y en la esquina una caseta telefónica de plástico que ya no tenía tubo. ¿Por qué si Carmen y su marido eran gente fina habían venido a vivir a este barrio ordinario? Consideré tonta la pregunta y caminé subiendo cuestas hacia la calle Colón, y a medida que me alejaba de mi antigua cuadra, la ciudad me parecía más amable, las casas más cuidadas, los jardines más pulcros.
Bajé por Colón hacia el centro y por Estrella y 25 de mayo hasta la Plaza Uruguaya. Una turba de mujeres con niñitos asados por el sol en los brazos me ofreció billetes de la lotería. Me introduje en la plaza y me senté en un banco. Los chorizos humeaban sobre fuegos de carbón, una prostituta de raído vestido caminaba ensayando el paso de una modelo en la pasarela y dos soldaditos tímidos discutían temblorosos la estrategia para abordarla.
Un viejo que vestía un saco negro que le quedaba grande y un pantalón ya sin color que le quedaba corto, camisa ruinosa, corbata —93→ colorada trepidante y zapatos de tennis se sentó a mi lado emitiendo olores de abandono. Lo miré, el pelo blanco y rígido esparciendose hacia todas las direcciones, los ojos azules y curiosamente, unos dientecitos propios, gastados casi hasta las encías, como si el honrado ciudadano se pasara la vida royendo huesos.
Miraba a los lejos y murmuró algo.
-Hijo de puta -oí.
Comprobé que no me miraba a mí. Miraba nada o miraba el mundo, y volvía a repetir.
-Hijo de puta.
Se volvió a mí.
-Todos son hijos de puta.
-De acuerdo -contemporicé. -Todos son hijos de puta.
-Ud. también -me dijo.
-Ya lo sabía. Pero gracias por recordármelo. A veces me olvido.
Sentía una suerte de compulsión por dar satisfacción al viejo imprecador. Para mi contento, sonrió feliz.
-No me lleve el apunte -dijo-. Me alivio un poco al decirle a todo el mundo un insulto bien gordo. Es como estar aventado y soltar un pedo. ¿Sabe?
—94→-Claro, insulta y se alivia.
-Sí, joven, me alivio del miedo. Voy a morir. ¿Sabe?
-Vamos -le consolé- los médicos suelen equivocarse.
-No vi a ningún médico. No estoy enfermo.
-Como dijo que iba a morir...
-Estoy viejo. Los viejos van a morir. Matemático.
Calló un momento.
-Me pregunto si después de esta hay otra vida -dijo.
-Hay -le aseguré.
Me miró curioso.
-¿Lo sabe o lo cree?
-Lo sé.
-Ud. me resulta más trastornado que yo joven.
Allí, en ese banco de la Plaza Uruguaya, le relaté la historia completa de Carmen. Su omnipresencia. Me escuchó silenciosamente, sin emitir un sonido, bebiendo mis palabras.
-¿De modo que ese es su testimonio sobre la otra vida?
-No puedo haber sido más sincero. La gente pasa a otro plano.
-Le voy a decir una cosa, joven. Su historia me parece la de un loco. Ud. no me demostrado —95→ que existe otra vida. Lo único que me ha demostrado es que está desperdiciando esta.
Se levantó y se fue, llevándose su olor, a ceniza fermentada. Viejo cretino.
Sobre la calle Méjico, sin saber lo que hacía, subí a un tranvía, el único tranvía en el mundo que no va a ninguna parte, arranca, da una vuelta más de las interminables vueltas que da como perro viejo que no se resigna a acostarse y morir, y vuelve al mismo sitio. Amalia diría que yo era el perfecto pasajero del tranvía sin destino, porque yo tampoco, según ella, iba a ninguna parte. De modo que descendí para no darle la razón, tomé por Alberdi y ya estuve de nuevo en mi oficina.
Amalia había venido en mi ausencia y me dejó una esquela: «Pedro Muñoz era poeta. Volveré esta tarde». Cerré la oficina y me fui a casa, y solo cuando llegué ahí, cerca del mediodía, me pregunté para qué demonios había venido. Me dije que había venido para almorzar y encontré en la fiambrera un trozo de queso que me lo comí. Después me entretuve hojeando el cuaderno de Carmen. Ya casi me lo sabía de memoria, pero a cada lectura encontraba un nuevo deslumbramiento, como si cada párrafo tuviera un —96→ significado distinto cada día. Dormí la siesta con el cuaderno sobre mi corazón. El cuaderno se movía con cada latido.
Cuando llegué más tarde a mi cochera-oficina ya me estaba esperando Amalia, impaciente. Abrí y entramos. Amalia me reseñó los primeros descubrimientos de su padre.
-Pedro Muñoz fue un poeta no conocido -me dijo- con una historia bastante común. Su padre era español, Antonio Muñoz, socio o gerente de una firma que se llamaba «Latorre y Gastón». Hombre de mucho sentido práctico, de esos que consideran tener un poeta en la familia es un desperdicio.
-¿Tu padre averiguó todo eso? -pregunté asombrado.
-¡Si vieras su archivo, Manuel! Pedro Muñoz hasta llegó a publicar un librito de poemas. Papá lo tiene en su biblioteca. Lo leí, y copié uno.
Quise saber por qué copió un poema en especial.
-Podría tener relación con Carmen - e dijo.
-¿La nombra?
-No.
-¡Entonces puede tener relación con cualquier mujer! -dije, amoscado.
—97→Me miró con reproche. Pero dijo dulcemente:
-En una investigación hay que ser objetivos, Manuel. ¿Tienes aquí el cuaderno de Carmen?
-Lo tengo.
-Necesito verlo. Hagamos lo siguiente. Te invito a cenar esta noche.
-En tu casa no.
-Donde quieras.
-En el San Roque.
-Allí estaré a las 8 y media, Manuel, y me llevo el cuaderno.
Se iba a marchar.
-Quiero ver ese poema.
-Ahora no.
-Entonces no voy al San Roque.
En los últimos tiempos, Amalia se había vuelto extrañamente paciente conmigo. Sacó de la cartera un papel escrito a máquina y me lo entregó.
-No lo pierdas -me dijo, y se fue llevándose el cuaderno.
Transcribo el poema:
| Por florido valle donde vive el ángel | |||
| Transitó mi sueño persiguiendo el alba | |||
| Y triste sabía que cual espejismo | |||
| Cuanto más cercano, estaba más lejos. | |||
| De la lejanía llegaban sonidos | |||
| —98→ | |||
| Cantos de sirena, gemidos del viento | |||
| O era tu llamada, inútil, doliente | |||
| Mostrando la senda que nadie camina. | |||
| Me duele que existas, que vivas y sientas | |||
| Que tengas un nombre de fruto prohibido | |||
| Hubiera querido que fueras un sueño | |||
| Y tenerte dentro, muy mía, muy mía. | |||
Fuiste bastante malo como poeta, Pedro. Y no veo nada relacionado con Carmen en tu poesía. Es el poema de un frustrado que quiere muchas cosas y papá dice que no, que no es rentable. Amalia pontificaba que hay que ser objetivo, y se había puesto a fantasear.
* * *
«Amargo es esto. La vida es una larga sensación de pérdida». Carmen, en su cuaderno.
Cenamos en el San Roque. Es decir cené yo, porque Amalia dejó de lado su plato de arroz con pollo, abrió el cuaderno, la hojeaba lentamente e iba tomando notas en un papel.
Cuando retiraron los platos, ella cerró el cuaderno, sostuvo la mandíbula con los puños cerrados y me penetró con sus ojos obscuros.
-Manuel -dijo- había una relación entre Pedro y Carmen.
-No veo delante tuyo una bola de cristal.
—99→-No hace falta. ¿Tienes el poema?
Saqué el papel del bolsillo. Ella paseó la vista por lo escrito.
-Escucha bien -me dijo-. El hombre tiene un sueño, y camina por un florido valle donde vive el ángel. ¿Estamos?
-Dale -dije con sorna.
-Su sueño persigue un alba. Un alba, Manuel, todo luz y promesas. Pero descubre que el alba es un espejismo, «cuanto más cercano, más lejos». Una mujer imposible. ¿Por qué una mujeres imposible? Porque está casada. Cercana, porque es amigo de la familia. Lejana, porque es de otro.
-Supones que es Carmen, que loca.
-Supongo que Pedro amaba a una mujer imposible. La única que tenemos a mano es Carmen.
-De modo que solo teorizas, Amalia -no podía ocultar cierto tonito de burla.
-Digamos que sí. ¿Seguimos?
-Es divertido.
-Bien. El bueno de Pedro que caminaba por el valle escucha sonidos. Y entre los sonidos la llamada de ella, «inútil, doliente».
-¿Entiendes? Ella le llamaba inútilmente. Luego, él sabía que ella lo amaba hasta el —100→ punto de llamarle con desesperación, y le mostraba una «senda que nadie camina». ¿Cuál es la senda que nadie camina?
-¡Deslúmbrame!
-La del pecado. La de la deshonra del hombre que respeta al amigo.
Recuerda que nuestro Pedro es un caballero.
-¿Hay más?
-Hay más. Lee las últimas líneas. A él le duele que ella exista. La ama pero es de otro. Hubiera querido que ella fuera fantasía, no de carne y hueso. Y finalmente le dice que es «fruto prohibido». Clásico, una mujer casada. ¿Qué me dices?
-Que tienes una imaginación frondosa, Amalia.
No se impacientó. Estaba haciendo un tremendo esfuerzo para sacarme de lo que ella consideraba una manía enfermiza, incapaz como era de levantar sus pies de la tierra. De percibir siquiera el misterio que nos envuelve, ni las fuerzas sobrenaturales que modelan nuestro destino, ni la razón por la que Dios nos dotó de memoria, que es el lazo de esta vida con la otra vida. Y a veces el puente.
—101→No, no perdió la paciencia. Era tenaz, reconocí.
-Ahora veamos el cuaderno, Manuel.
No abrió el cuaderno, sino consultó sus notas.
-En la página 38 parece que ella se sintió deprimida, y escribió «Dios, Dios, ¿cómo se sale de este valle de lágrimas?». Pasemos a la pagina 41 donde escribe «Él oye mi llamada, y solloza». En la página 52 «Me duele vivir. ¿Dónde está mi bálsamo?». En la página 61 «No. No. Sueño no. Ser mujer y parir tu hijo a la luz de la luna».
¿Te das cuenta, Manuel?
-¿Me doy cuenta de qué?
No podía dejar de sentir una pesada sensación en el pecho.
-Ella maneja los mismos símbolos y las mismas ideas, y hasta las mismas palabras de Pedro. Se comunicaban, Manuel. No. No. No hables.
Mira, en el poema hay un «valle» donde vive un ángel. Carmen pregunta como se sale del «valle» de lágrimas. Pedro percibe entre sonidos una «llamada», Carmen escribe que él oye su «llamada» y además «solloza» lo que nos lleva a que todo el poema es un lamento. Pedro —102→ escribe que me «duele» que existas y ella que me «duele» vivir, y pregunta donde está su bálsamo, que es el amado ausente. Y por último, él anhela que ella sea un «sueño». Ella rechaza esa idea, quiere ser mujer, tan mujer como para parir un hijo suyo a la luz de la luna. Él escribió el poema para ella, Manuel. Y ella lo guardaba como tesoro y como inspiración de sus divagaciones solitarias.
Sentía que con la comida había tragado un gusano peludo, enorme. Que estaba en mi garganta y me causaba náuseas.
Me levanté y me fui, dejándole plantada y con el asombro endureciendo su cara. Solo cuando oí el cacareo burlón del mujerío de la plaza Uruguaya, me di cuenta de que corría llorando, apretando contra mi pecho el cuaderno de Carmen.
* * *
«No abriré la ventana. Afuera acechan los duendes perversos». Del Cuaderno de Carmen.
No sé cuantos días permanecí encerrado en casa, con la única compañía de Rosanna, Beatriz, Gloria y las otras. Me prohibí pensar y encontré un método para no hacerlo. Una enfermera del Hospital me había —103→ dado alguna vez un tubo de somníferos. Eran poderosos. Tomaba una pastilla, dormía no sé cuantas horas, despertaba y tomaba otra. Cuando Amalia me despertó con un trapo frío sobre la cara, estaba barbudo como un náufrago.
No me hizo ningún reproche. Preparó café y me obligó a beber varias tazas. También me obligó a comer algo que fue a la disparada a comprar de la despensa. Hizo que me bañara y afeitara. Y solo cuando recobré mi aspecto de ser humano se sentó frente a mí, mesita de por medio y ante la mirada de Matilde, Gladys y compañía me dijo:
-Es Ud. un cobarde, Manuel Quiñonez.
-Posiblemente.
-Vivías una ilusión. Empiezas a descubrir que no corresponde a la realidad y te echas a correr.
-No creo una sola palabra de tus deducciones detectivescas, Amalia.
-¿Por qué estuviste a punto de suicidarte? Ibas camino a un paro cardiaco, estúpido.
-No quería suicidarme. Solo quería no pensar en tus perversas maquinaciones.
-Tendrás que seguir aguantándome, Manuel. Estoy emperrada en sacarte de este delirio.
—104→Me sentía débil, y ella lo sabía, y abusaba al máximo de mí debilidad. Podría haberle discutido lo de delirio. A pesar de su elaborado análisis no había perdido mi fe en Carmen. Las mujeres como Amalia, solteras y ansiosas eran expertas en chismes y conclusiones degradantes para la prójima.
-Antes de decirte lo que papá descubrió, quiero ver la carta aquella. La que Pedro envió a Brunilda.
Fui al ropero y saqué la carta del bolsillo de mi chaqueta. Se la entregué. Ella no sabía que la estaría oyendo como quien oye llover. Estaba algo tembloroso y mareado, pero mis fuerzas espirituales estaban intactas. No te preocupes, Carmen, dije interiormente.
Amalia leyó atentamente la carta.
-Parece que eran rivales, Manuel.
No le pregunté a quienes se refería, porque estaba decidido a no seguirle la corriente.
-Me refiero a Carmen y Brunilda.
Esperó que yo hablara. No hablé. De modo que ella continuó, impertérrita:
-En la carta, Pedro se ofende por las insinuaciones de Brunilda y dice que «respeto mucho a Pablo Ortiz y a su esposa». Después, caballerosamente atribuye a una «emoción incontrolada» —105→ la falta de delicadeza de Brunilda al insinuar algo clandestino. Y encuentra «razonable en una persona joven» la emoción incontrolada. Aquí ya se puede deducir que Pedro sabe que Brunilda está enamorada de él y le escribe una carta hiriente, o de corazón celoso. Él la disculpa, algo machistamente, su falta de delicadeza. Se advierte que Brunilda es soltera porque ninguna caballero le escribe así a una mujer casada. ¿No dices nada?
No dije nada. Ella prosiguió.
-El ego masculino, Manuel. Nada lo engorda más que saberse amado. Por eso es tan tolerante con ella, a pesar de que ella le dice que estaría «involucrado en ese episodio» obviamente culposo, que él niega y dice de alguna manera que si fuera cierto, ni muerto lo admitiría.
Lanzó un largo suspiro, esperó en vano que yo hablara, y como no lo hice, siguió:
-Pedro le propina un reproche a Brunilda. Pero posiblemente Brunilda es hermosa. Él no quiere perderla del todo. Eso es muy de varón. Por eso escribe que «tiene la esperanza de seguir conservando su amistad muy valiosa para mí». ¿Sacamos algunas conclusiones, Manuel? —106→ Me encogí de hombros. Con su terquedad de mula prosiguió:
-Escúchame una conclusión probable. Dos mujeres aman al mismo hombre. Una es soltera, y otra casada. La soltera es celosa y le hace saber al hombre que sabe, o sospecha una relación. El hombre contesta con tono ofendido. ¿Ofendido o temeroso de ser descubierto? Más bien lo segundo, porque se muestra tolerante y perdonador. Al tipo no le conviene hacer olas. En todo caso, las mujeres son rivales a muerte. Carmen dice en su diario que «Brunilda tiene un corazón de hielo». Que significa que es cruel.
Y Brunilda, cuando la saqué de su pesado sueño senil y le dije al oído el nombre de Carmen Sosa, dijo «hija de puta», pero ni si me torturaba se lo diría a Amalia. Estaría apoyando sus idiotas especulaciones.
-Ahora vale la pena mencionarte algunos descubrimientos de mi padre -prosiguió Amalia-. Te había contado que Pedro era el hijo poeta de un español de buena posición económica, socio o gerente de una casa antigua casa comercial asuncena. «Latorre y Gastón». Pues bien. El hombre abandonó todo y se marchó con su familia, esposa y dos —107→ hijos, Pedro y su hermana, a España. Supongo que la idea era llevarse a Pedro.
En ese punto tan traído de los cabellos, no pude sino romper mi silencio.
-¿Y qué tiene que ver el viaje de una familia con lo sucedido a Carmen?
-Mucho, Manuel. El viaje se produjo ocho días después del crimen y del suicidio del matrimonio Ortiz-Sosa. ¿Qué se puede deducir, Manuel? ¿Una huida tal vez? ¿Evitar que el hijo calavera sea investigado? Un abandono abrupto, Manuel. Un hombre en buena posición no hace eso.
-No creo en absoluto tus erráticas combinaciones, Amalia, aunque admiro tu imaginación. Y quiero que tu imaginación me diga por qué si un hombre tiene que marcharse arrastra a toda la familia, ocasionando un gran perjuicio. ¿No sería lo razonable que papá Muñoz envíe solamente a su hijo?
-¿Tienes el cuaderno de Carmen?
-Claro.
-¿Lo traes?
Lo traje y lo puse sobre la mesita. Ella hojeó rápidamente, desde la primera página hasta la última. Hizo un gesto de irritación. Volvió a examinarlo página por página. Y de pronto, su —108→ rostro de iluminó, y me leyó una corta anotación de Carmen.
-«Soledad. Tienes alas de ángel protector». ¿Cómo interpretas eso, Manuel?
Me sentí seguro. La pobre ya estaba pisando tierra cenagosa. Le daría algún interpretación disparatada a la frase.
-Es una de los tantos arranques poéticos de Carmen. Estaba sola, pobrecita. Pero no rechazaba la soledad. Tal vez fuera introvertida y le gustaba la soledad, porque le ayudaba a pensar mejor.
Me apuntó sin misericordia con su nariz hurgadora.
-Manuel, el nombre de la hermana de Pedro Muñoz era Soledad.
Confieso que me quedé pasmado. Ella aprovechó esa brecha en mis defensas.
-Soledad era posiblemente amiga de Carmen, y hermana de su amante. Alcahueta o ángel protector tienen en este caso el mismo significado. Y eso es todo por el momento, querido mío.
-¿Y ahora qué, Amalia?
-Ahora te hundes o sigues vivo, Manuel. O te aferras a tu manía o racionalizas todo, investigas por tu cuenta y llegas a la verdad —109→ por ti mismo. ¿No crees en nada de lo que te dicho?
-Has tejido una trama admirable, Amalia. Pero no creo una palabra.
-Estás condenado, Manuel. Dios sabe lo que he trabajado para sacarte del pozo.
-¿Por qué?
-Porque detrás de ese delirio tiene que haber un buen hombre, Manuel. Y en cierto sentido, yo también tengo mi fantasía. No he conocido el amor, no sé qué y cómo es. Y pienso que sacar del pozo al hombre que tu cobardía está enterrando es mi forma de amar.
Por primera vez, la vi ruborizada. Fue una sorpresa. Si se ruborizaba frente a mí un changador del puerto no me habría sorprendido tanto.
-Quieres destruir a Carmen, Amalia.
-Quiero reconstruirte a ti, Manuel.
-Tu tenacidad (iba a decir terquedad) es admirable.
-Gracias, pero ahora vas a caminar solo, Manuel.
Me pasó un papel.
-¿Qué es?
-El nombre y la dirección del último Contador General de «Latorre y Gastón», antes de que la —110→ empresa fuera liquidada.
-¿Otro invento de tu papá?
-No es un invento, es su primo. Baltazar Candia.
Dejó el papel sobre la mesa y se fue. Suspiré aliviado. Me había recuperado del shock que sufriera en el San Roque. Se necesita algo más que imaginación para destruir la memoria de una pobre chica inocente, víctima de tan trágicas circunstancias. Y además, la inesperada declaración de amor de Amalia, había sido una triquiñuela más.
* * *
«El que me ame, tendrá dolores y sangrará y se le nublará la vista en el desierto. Yo le guiaré en el camino». Carmen.
Cuando volví al estudio, descubrí que ya no tenía estudio y que el cuidador había sido cambiado. El nuevo guardián me informó que una señora iracunda, heredera de la sucesión, se había enterado de que la casa en disputa había sido violada por un intruso. Vino con un abogado que echó al custodio y cerró la cochera. Le supliqué al nuevo guardián que me permitiera por lo menos sacar mis pocos papeles y con aire triste me mostró el candado que habían puesto a la cochera, enorme, como —111→ para cerrar una zona de alta seguridad de un asilo de criminales locos.
-No tengo la llave, compañero -me dijo.
Volví a casa, donde descubrí que no tenía nada que hacer y poco que comer. Fui a los Primeros Auxilios a buscar alguna posibilidad de trabajo, pero ese día los automovilistas locos habían dado una tregua a sus víctimas. Regresé de nuevo a casa. Sobre la mesita estaba todavía el papelito que había dejado Amalia. El nombre y la dirección de Baltazar Candia, último Contador General de «Latorre y Gastón» donde el padre de Pedro Muñoz había sido patrón o algo así
Enfrenté un dilema. Si iba a investigar daría en cierto modo razón a las especulaciones de Amalia, y ofendería a Carmen. Pero por otro lado si hablaba con don Baltazar y este me contaba que el señor Antonio Muñoz se había marchado con familia incluida porque había sido descubierto metiendo la mano en la caja, todo el castillo de naipes que había construido Amalia se vendría abajo, y de paso, me quitaría esa persistente molestia, como el zumbido de un mosquito en el alma, que me importunaba permanentemente.
—112→Amalia había dicho que era cobarde. Pues bien, le demostraría que era valiente. Hablaría con su bendito Contador General, Baltazar Candia.
De modo que fui a visitarlo. Vivía en Villa Morra. Caminé buscando la casa por ese barrio que estaba cambiando, y ya no sabía si era residencial, plebeyo, comercial o bohemio. Encontré la casa, pero no a don Baltazar. Una hermosa morena un poco madura que se identificó como la hija menor de don Baltazar, me dijo amablemente que su padre pasaría todo el día en el sanatorio donde le practicaban su diálisis semanal, y que estaba segura que al día siguiente me recibiría y me daría todas las informaciones que necesitaba yo. Pasé por alto en este manuscrito, que me presenté en el socorrido papel de abogado de una sucesión imposible que estaba reconstruyendo títulos de propiedad.
Cuando regresé a casa me encontré con un incendio. No ardía la casa. Ardían Susana, Beatriz, Matilde, Gladys, Rosanna, Gloria, y la pirómana era Amalia, que había amontonado en el patio a las chicas y les dio fuego. Al verlas arder, ir derritiéndose y desfigurándose sentí una pesada sensación de pérdida y la —113→ imagen de don Otto revolviéndose en su tumba me golpeó. Apelé a la cordura para no sentir esa pesadumbre de funeral que me arrugaba por dentro y para no susurrar un adiós dolorido. Pero no demostré pena alguna, sino un alegre desparpajo bastante bien actuado. No daría a la incendiaria de Amalia, nuevos elementos para pretender llevarme al siquiatra.
-Has hecho bien -le dije cuando las últimas llamas se llevaron a las chicas- esas cosas ya me estaban molestando.
Me miró como si no me creyera en absoluto.
-¿Cuándo has comido la última vez?
-No recuerdo.
-Te invito a cenar.
Fuimos en su coche, o mejor en el coche de su padre, un viejo Studebaker de por lo menos 30 años pero que parecía nuevo, a una parrillada sobre la avenida Carlos Antonio López.
-¿De modo que fuiste a buscar don Baltazar Candia? -preguntó.
-Sí, para sacarte de tus errores.
-Haces bien. Por fin empiezas a pelear solo.
«Peleo por Carmen, idiota, a ella no la podrás quemar».
—114→Le conté lo de la hija de don Baltazar.
-Es Selva, una especie de prima lejana.
Y allí, a los postres, relajados por la buena cena y como para darnos una tregua en nuestro soterrado combate, me contó la historia de Selva. Resumo.
Selva cursaba unos diez años atrás los últimos cursos en la Facultad de Química, pero abandonó sus estudios para casarse con un notorio hombre de empresa, Amílcar González, ejecutivo de gran fortuna, verborrágico dirigente de fútbol, calificado por unos como Mecenas y por otros como contrabandista, y no sería raro que fuera ambas cosas a la vez, con más «conexiones que una computadora» según se atrevió a decir un locuaz comentarista deportivo radial que poco después perdió el empleo. Sus bodas fueron de un lujo oriental, pero apenas a tres días de casada, Selva había vuelto abruptamente a su hogar y no tardó en apelar a las autoridades eclesiásticas para anular su matrimonio. Para desgracia suya, la razón que adujo tomó estado público a causa de una indiscreción periodística que alimentó el escándalo en torno a Amílcar González y sumió en la vergüenza a Selva. Ocurrió que en la noche de bodas y los —115→ dos días siguientes, no contento con desflorar a su bella esposa, el hombre había tratado de practicar una variada gama de sexo contra-natura, apelando incluso a la violencia. Se contaba al respecto que Selva, en camisón y a altas horas de la noche, había bajado a refugiarse en la portería del hotel con evidentes rastros de una paliza, y que esa misma noche volvió a su casa. Injurias, chistes de parrilladas y de velorios y burlas cayeron sobre el impertérrito Amílcar y encerraron a Selva en un sombrío retraimiento que no podía vencer porque se sentía incapaz y acobardada de aparecer en público, y menos, regresar a la facultad llevando acuestas su vergüenza, que para hacerla mayor, apareció un curita sabihondo en la Televisión, que rodeado de damas feministas y de sicólogas de ceño fruncido, preguntonas todas, disecaron hasta los huesos el episodio, sin mencionar su nombre de Selva que no hacía falta para identificarla, pontificó, el cura, que «de hecho el matrimonio fue consumado», lo que implicaba que la anulación religiosa llevaría años de transitar por la burocracia de Dios en los intrincados laberintos del Vaticano, y se lanzó después el buen soldado del Señor, a —116→ una disquisición sobre la santidad del sexo en el matrimonio, que convirtió a la imagen de Selva en la protagonista de un inesperado banquete erótico-teológico-televisivo, que la hundió aún más en su retraimiento. Hermana menor de la familia, Selva se dedicaba a cuidar a su padre.
-Parece que la pobre5 Selva terminó con un invencible miedo al sexo opuesto -dijo Amalia- vive prácticamente recluida.
El relato de las penas y angustias de Selva que me hizo Amalia, no es una disquisición gratuita en este manuscrito, porque ocurre que Selva fue de alguna manera involucrada en mi incomprendido empeño de reivindicar la memoria de la querida Carmen.
Terminada nuestra cena que Amalia pagó, me llevó de vuelta a casa. Ella arrancó y se fue no sin recomendarme con cierta insistencia que volviera a la casa de don Baltazar.
No pude dormir porque me volvió la pena por el triste destino de las chicas. No merecían eso. Había sido el acto de crueldad de una de esas mujeres que conciben el amor hacia un hombre como una incursión guerrera para sacar a mandobles a todo lo que se le pone en el camino de sus propósitos. Y para empeorar —117→ las cosas, flotaba en el aire un espeso olor a quemado que se me pegaba a las narices.
Fui al día siguiente por la tarde a la casa en Villa Morra de don Baltazar Candia. Y cuando me estaba acercando al gran portón, tuve la fugaz visión de un coche obscuro que doblaba la esquina y desaparecía. El inconfundible Studebaker de Amalia.
-¿Qué diablos está ocurriendo aquí? -me pregunté.
Llegué en ese atardecer y fui recibido con sugestiva cordialidad por Selva, que me condujo a un penumbroso saloncito con sus muebles, fotografías, cuadros y amarillentos testimonios de no se qué enmarcados que parecían hacer retroceder el tiempo, reposando su cansancio sobre un sólido piso de enormes ladrillos, pulidos y eternos.
El calor de diciembre había castigado todo el día la ciudad, pero en la sala prevalecía un fresco antiguo, ofrecido por la sombra de los grandes mangos que rodeaban la casa.
Selva, morena, con un abundoso pelo negro y una dentadura deslumbrante, muy parecida a Matilde, pidió disculpas porque en ese momento una enfermera estaba cumpliendo el rito de bañar a don Baltazar, y después lo —118→ llevaría al patio donde podría conversar con él. Me ofreció un té que acepté, admirando a mi pesar su hermosa figura y reprochando a don Amílcar que había convertido a semejante mujer en un desperdicio.
Mientras consumíamos, algo modosos y curiosamente intimidados el té con bizcochos, no me fue difícil llegar a la conclusión de que la mutua molestia que compartíamos se debía a una extraña maniobra de Amalia. Me había contado a mí la historia de Selva y a Selva la mía. Otra vez el juego de saber que el otro sabe que sabe.
Miraba por la ventana y si bien el ruido del tráfico se abría paso entre los árboles y matorrales, me parecía un lugar salvaje y puro de los azules cerros del Guayrá, si todavía están allí y los brasileros no se los llevaron. Selva notó la dirección de mi mirada.
-No crea que somos descuidados. La propiedad está así porque papá no permite que se corte una sola hierba. Todo tiene que nacer, crecer y vivir.
El anciano había tenido éxito en su afán conservacionista, o en su capricho senil. Solo debajo de los mangos, cuya sombra, dicen, mata todo intento de vida vegetal, estaba —119→ limpio. Más allá, hasta los altos cercos de alambre tejido, crecían salvajes matorrales. Selva, con gran conocimiento y su empaque universitario me explicó.
-No son matorrales, en ese follaje inferior, hay especies importantes.
Siguió hablando con entusiasmo, y así me enteré de que allí había malvas, tapecué, typychá jhú, punzantes yuqueríes, cepacaballo, cardosanto y mil especies más que sobrevivían a la sombra de cedros, imponentes yvapovós, yvá purú, guavirá, guavirá mi, verdísimas matas de aguacate, espigados yvá jhai, salvajes naranjos de rugoso tronco y una variedad de especies más que parecían formar un museo vivo de lo que fue el país.
No supe entonces si atribuir un tonto embeleso a aquella flora exótica para mi analfabetismo botánico o a la manera de hablar, suave y dulce, de Selva cuando pronunciaba aquellos nombres melodiosos. En todo caso, pedí mentalmente perdón a Carmen. La había olvidado completamente por unos instantes.
Cuando volvía al momento, recordé haber escuchado o leído que la existencia humana completa un círculo cuando en la ancianidad —120→ se vuelve a buscar las inocencias primordiales de la niñez, e imaginé que don Baltazar lo había logrado al regresar al final de su vida a la hierba amanecida que ollera en su infancia, al fruto que gustó, al árbol que trepó y a los pájaros que anidaban y las abejas y abejorros que zumbaban en el calor del verano.
Aun había sol cuando Selva me dijo que me llevaría a su padre. Salió al patio atravesando un ancho corredor con el mismo piso rústico de ladrillones pulidos e interminables balaustres. La seguí y me sumí en repentina irrealidad de estar caminando a la zaga de una bella mujer asexuada en la transparente bruma del amanecer selvático. «Solo falta que chillen los monos y los loros» me dije recordando alguna vieja película.
El anciano, vestido con un pijama celeste abotonada hasta el cuello, con una boina sobre el cráneo sin cabellos y calzado con un viejo zapatón militar sin cordones, estaba sentado a la sombra de una morera en un desarticulado sillón de abuelo. Miraba fijamente la crisálida de una mariposa que como un signo de admiración colgaba de una rama. Supuse que en sus buenos años fue un —121→ hombre robusto, ahora empequeñecido por la edad, con el cuello delgado y grandes orejas salientes, y flotando en un pijama demasiado grande.
-Papá, tienes visita -anunció Selva.
Ojos de apagado brillo bajo cejas color ceniza se volvieron a mí.
-Mis respetos, don Baltazar -dije ceremoniosamente.
El anciano solo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se volvió a mirar la crisálida.
-Hoy tampoco saldrá la mariposa -dijo con voz baja, agotada.
Simulé examinar con interés la crisálida y de pronto me asaltó la idea de que aquel ataúd de seda no encerraba muerte, sino promesa de vida. Carmen era una crisálida. Conmigo se había echado a volar. Amalia no lo comprendería jamás.
-Estuve esperando toda la semana que saliera la mariposa -insistió el viejo, y después de meditar un instante, agregó-. Es un momento importante.
Suspiró, hundió el mentón en el pecho y pareció sumirse en una placentera somnolencia. No tuve más remedio que respetar ese —122→ silencio, que el viejo rompió inesperadamente.
-¿Cómo dijo que se llama? -preguntó.
-Soy Manuel Quiñonez. Abogado.
-Malo, malo, hijo. Los abogados y los economistas están matando de hambre a la gente. Y los milicos.
Sin transición alguna señaló con el dedo índice a Selva.
-No tiene nada que un buen orgasmo no pueda curar.
Tuve vergüenza.
-No se preocupe. Estoy acostumbrada a su receta -dijo Selva.
-Cuando tu madre se volvía mandona y mala vuelta... -decía el anciano.
-Ya sé, papá, ya sé. Con tu receta la volvías mansita. Pero aquí al señor no le interesa eso.
-¿Qué le interesa?
-Necesita información de hace mucho tiempo.
-Carajo, ya no tengo memoria. Mi memoria ha pegado un salto y aterrizó en mi infancia. Cuando era niño aplasté una crisálida y tenía sangre verde. ¿Información? ¿Qué información?
-Antonio Muñoz -dije con voz más aguda de lo necesaria, imaginando que así iba a penetrar mejor en ese cerebro claudicante. Ya me había —123→ dado resultado con Brunilda.
-Pobre hombre -murmuró el viejo.
Aparentemente se quedó dormido, pero levantó la cabeza y dijo para nadie, o para sí mismo.
-Los padres pagamos la estupidez de los hijos -se volvió a Selva- ya es hora de que te busques un buen hombre.
-Antonio Muñoz, papá -urgió Selva.
Empezaba a anochecer. Don Baltazar cayó en un largo silencio.
-Yo era jovencito, ordenanza de contabilidad cuando ocurrió -habló por fin.
-¿Que ocurrió, papá? -Selva hablaba por mí, sabía como manejar a su padre, y acaso el tono exacto para despertar su memoria.
-Un escándalo. Si. Fue un escandalo. En aquellos tiempos las empresas eran delicadas. No admitían el escándalo.
-¿Cómo fue, papá?
Adiviné de inmediato que Selva y Amalia habían tramado una conspiración. Selva conducía exactamente al viejo demente adonde quería llegar. Sus preguntas no eran para reconstruir un expediente sucesorio. Apuntaban a Carmen. El viejo dormitaba.
-¿Fue su hijo verdad? El hijo de Antonio —124→ Muñoz.
-Muchacho tarambana -masculló el viejo.
-¿Qué hizo, papá?
-Sedujo a una mujer casada con la complicidad de su hermana Soledad. Fue terrible.
-¿Qué fue lo terrible, don Baltazar? -era mi voz.
-Las consecuencias. Hubo un crimen y un suicidio. Don Antonio tuvo que poner pies en polvorosa con toda su prole. La Firma lo obligó a irse. Y eso es todo.
Me sentí raro. En esa arboleda ya obscurecida con tanto oxígeno, me estaba asfixiando. Disimula, disimula -me dije.
-Que Dios haya castigado a esa muchacha indigna -murmuraba don Baltazar.
-¿A Carmen? -pregunté con rabia.
-No. No se llamaba así. Tenía un nombre de ópera alemana, no recuerdo...
-¿Brunilda? -Se me escapó de entre los dientes.
-Eso. Malvada. Ella los delató. ¡Selva!
La obscuridad había caído de repente. Y lo digo aquí en muchos sentidos. No me atrevía a moverme por el temor de caer al suelo.
-¿Si papá?
-Llévame adentro. ¿Qué porquería tenemos —125→ para la cena?
-Te preparé algo rico, papá.
-¿Con sal?
-Sin sal.
-¿Cómo mierda va ser rico algo sin sal?
Se puso de pie y se volvió a mí, vacilando sobre sus piernas endebles. Selva lo sostenía.
-No se olvide mi receta. Ud. parece un joven saludable.
-¡Papá!
-Está bien. Está bien. Primero me arrancas el brazo y después me alimentas sin sal. Suerte perra, carajo digo.
Se perdieron los dos, vacilantes, por las sombras de la densa arboleda. Me dejé caer en el sillón del viejo. Me vino la palabra a la mente. Conspiración. Amalia la incendiaria y Selva la frustrada, como los maniquíes de don Otto. ¿Pero cómo complicar al viejo en una conspiración?. Había llegado al punto de que la mente sólo es memoria, nada ya de malicia, de fantasía, de mentira. A su edad, todo es pureza forzada. Ya desaparece la necesidad de mentir, salvo a Dios para ganar su paraíso.
Miré la crisálida, tumba de seda, cuna de mariposa. Y ya me fue imposible imaginar el paralelo que sacaba de las cenizas a Carmen —126→ y la convertía en una transparente excelsitud que le daba sentido a mi vida.
Me sentí vacío. Los malos siempre tienen razón. Amalia y Selva habían conspirado, pero el fin de la conspiración era estrellarme con una verdad imposible de asimilar. Carmen me usó. Las dos mujeres no me liberaron, solamente reemplazaron lo que yo creía verdad por otra más amarga. Me habían lanzado a un abismo y me sentía hueco.
Estaba obscurecido completamente e intuí que sería difícil salir de esa maraña obscura, cuando Selva vino en mi auxilio, con la seguridad de quien pisa terreno conocido. Me condujo de nuevo al saloncito donde quise despedirme lo más entero posible, desgarrado como estaba. Uno tiene su dignidad.
Selva casi me obligó a sentarme en un sofá y se sentó a mi lado.
-Sé como te sientes, Manuel -me dijo.
-Entonces conoces mi historia, Selva.
-Me la contó Amalia.
-Lo suponía.
-No le reproches, Manuel. Queremos ayudarte.
-¿Queremos?
-Las dos -enfatizó ella.
-Comprendo lo de Amalia. Ella dice que me —127→ ama. Supongo que una mujer que ama hace sacrificios por el amado. Dejémoslo así. Pero no entiendo qué te mueve a ti a correr a salvarme.
-Tengo mis razones -dijo con cierta vehemencia.
-Amalia es una charlatana. Conozco lo que te pasó -dije con cierta malignidad-. Todo. Tu temor al sexo. Tu infertilidad emocional.
-Me alegra que estés enterado.
-No entiendo.
-Podemos ayudarnos mutuamente.
-¡Muy bien! -dije con falsa alegría-. ¿Cómo empezamos? ¿Me bajo los pantalones y me acuesto en el sofá?
-Eso no tiene ninguna gracia -dijo ofendida.
-Es que me siento manipulado, Selva. Amalia dice que me ama. ¿Es amor o terapia? No sé. Ahora dices que quieres ayudarme. ¿Cuál es tu terapia? ¿Reemplazar a mi mamá? ¿Por qué no se meten en la cabeza que no estoy absolutamente enfermo?
-Estás enfermo, como yo. Voy a serte sincera, Manuel. Un varón supermacho me hirió profundamente, tanto como puede ser herida una mujer. Necesito convencerme que mi reacción no es normal. Necesito ser útil, —128→ comunicarme, compenetrarme con un varón a quien le sea importante, o útil.
-No entiendo, Selva. Haces un diagnóstico clarito de tu mal.
-¿Y qué?
-Cuando se trata de la mente, conocer el mal es ir camino a la curación, al menos eso leí en alguna parte.
-No es mi diagnóstico, Manuel. Es el de mi siquiatra.
-¿Ves a un siquiatra?
-Sí, es lo que debes hacer tú también. Lo que te pasa es malsano. Estás subyugado por una mujer muerta que ni siquiera conociste. Estás obsesionado.
-Ahora ya no.
-¡Demos gracias al Señor! -dijo con júbilo.
-Es que me ha traicionado.
-¿Que dijiste? ¿Cómo te va a traicionar si no existe?
-Que idiotas son las mujeres -pensé.
-Carmen sigue siendo una presencia. Solo que ya no me siento obligado a venerarla.
-¡No estás obligado a nada! -dijo con furia inexplicable.
De pronto se calmó. Respiró hondo y salió con una inesperada súplica.
—129→-Manuel, ayúdame. ¿Sabes? Eres el primer hombre con quien mantengo una conversación larga. Lo que me contó Amalia me causó mucha pena. No te imaginas el alivio que siento, será porque presumo que necesitas de mí. No sé si me siento atraída por ti o si de repente encontré mi misión, mi prueba. Manuel, nos necesitamos. Debemos tomarnos de la mano y caminar juntos.
-¿Hasta dónde? ¿Hasta una cama?
-¿Por qué no? Si en la cama se va a soltar el nudo, lleguemos a la cama.
-Padezco de cierto bloqueo, por decirlo en forma elegante, Selva, pero sospecho que soy impotente.
-Yo también, a mi manera. Estamos enfermos, Manuel. Tenemos algo en común. Un mal. Entre los dos quizás lo venzamos. No, no hables. Manuel, vete a casa. Piensa. Carmen no es presencia, ni nada. Una pobre mujer que amó a quien no debía y murió hace años. Racionaliza, por favor, Manuel. Déjame ayudarte. Y ayúdame. Ningún otro hombre logrará hacerlo. Lo sé.
-¡Pero si según tus patrones y los de Amalia soy un desvalido!
-Es lo que necesito. Un desvalido, y recuerda —130→ que la palabra es tuya.
Me invadió primero un sentimiento de lástima, después una sutil euforia. Nunca, nadie, jamás me dijo que yo le era necesario. Era una sensación nueva, pero quizás fuera pasajera, producto de tantos sobresaltos. Nos pusimos de pie, inesperadamente ella me dijo: -Déjame abrazarte, Manuel, es importante para mí.
Me dejé abrazar. Su abrazo era apasionado. Me estrechaba contra sus pechos duros, su respiración empezaba a agitarse y su pelvis se movía cadenciosa contra mí. Sentí que sus manos descendía hacia mis entrepiernas, que exploraban y solo encontraban desolación. Me liberó avergonzada. Me despedí y me fui
* * *
«Mi tristeza es apenas el llanto de un niño que no fue». No sé para qué sigo recordando el cuaderno.
Como si fueran pocas mis desgracias, apareció el dueño de la casa de don Otto. Nada menos que un malhumorado Coronel que me dio a elegir sin gentileza alguna entre salir de la casa a puntapiés o desalojado por la Justicia. Me fui. Podía haber litigado, que para eso era abogado, pero ya dije, estaba hueco. Me —131→ marché sin llevarme nada, salvo el recuerdo del bueno de don Otto y la carpeta con mi matrícula de abogado y el cuaderno y la fotografía de Carmen. Caminé sin rumbo, y descubrí que cuando uno no tiene adonde ir, la ciudad se vuelve hostil, las puertas no se abren, los timbres no funcionan, la generosidad de la gente que uno creyó omnipresente se evapora. Es como estar en una ciudad extrajera y lejana, sin dinero en el bolsillo y sin boleto de vuelta. Detrás de las ventanas se adivinan ojos hostiles, desconfiados. Esa noche dormí en el portal de la Iglesia de la Encarnación. Era diciembre y allí estaba fresco. Cuando amaneció encontré una canilla de agua y me lavé la cara, sintiendo en las manos la aspereza de mi barba. Me encaminé a Primeros Auxilios donde efectivamente había entrado a Cirugía una anciana arrollada por un Mitsubishi Montero y según una enfermera, estaba hecha puré. Pero su desconsolado hijo prefirió dar la demanda de inmediato a otro abogado, menos barbudo y con el traje más presentable que yo.
Al mediodía, no recuerdo cómo, estaba sentado en un deteriorado banco de la plaza Rodríguez de Francia, esa que tiene el busto —132→ del prócer parecido a la chismosa de la esquina y que está rodeada por casas de empeño que exhiben los melancólicos trofeos de los naufragios económicos familiares, cuando no el ventilador o el televisor botín de la audacia de un ladrón. El sitio me despertó el recuerdo de una novela que trataba de una playa, pero de una playa muy especial, porque allí las corrientes marinas traían y acumulaban los restos de todos los naufragios, y había allí una aldea gris de habitantes endurecidos y hoscos que vivían cosechando desgracias arrojadas por el mar. En cierto modo, en ese lugar me sentía a gusto. Rodeado por los testimonios del fracaso de muchas vidas, mi vida que resbalaba por la pendiente era parte del paisaje. Y no estaba exhibida en una vitrina o colgando de un clavo, lo que era un bálsamo para el resto de orgullo que me quedaba.
Reflexioné sobre mi fracaso en los Primeros Auxilios. Así sería siempre. Siempre tendría delante alguien mejor que yo, de modo que la idea de dejarlo todo, dejarme llevar, ser un vagabundo, me pareció lo más lógico. Tal vez le doliera a Carmen, pero no me importaba. No tenía derecho a intervenir en mi —133→ vida, ella, que la había destruido.
En algún sentido extraño Amalia y Selva me habían liberado de la presencia alienante de Carmen, pero no de su recuerdo. Un amor frustrado deja profundas huellas. Un poeta me comprendería, como comprendería que estaba obligado a pasar una periodo de purificación hasta quedar limpio de la memoria de Carmen. Purificación por el sufrimiento, como los pecadores arrepentidos que alcanzan al fin la santidad. San Francisco, digamos.
Ya se hacía noche, y tenía hambre. Caminé sin rumbo por calles empinadas de casas viejas y de perros malhumorados. Hay barrios de la vieja Asunción donde todo es abandonado y triste, viviendas de familias que parecen encerrarse para ir extinguiéndose lentamente al mismo tiempo que la casa. En ellas, demasiado viejos vegetan y demasiado jóvenes se han marchado a Argentina, Nueva York, a Australia, y toman el aspecto lúgubre de la ausencia y del refugio. Son casas que esperan, pero esperan sin alegría, porque hay tantos regresos imposibles y lo único que se viene acercando es la consumación, porque en ellas no hay nacimientos, sino muertes, y el contento mayor se da cuando llega el cartero con su —134→ correspondencia de países lejanos. En una de esas casas con mucha historia que nadie conoce y podía haber sido de alta burguesía en el pasado y que entonces parecía una cueva de supervivientes, había un letrerito: «Se alquila pieza». La pintura ya no existía en la fachada, los balcones a ambos lados del zaguán estaban clausurados, las celosías de las ventanas hecha pedazos y los cristales reemplazados por cartones. No había timbre ni llamador, así que golpeé la puerta. La abrió una mujer joven y de gruesos lentes de miope que tardó un minuto en ponerme en foco.
-Buenas noches, señora.
-Señorita.
-Perdón. Es por la pieza.
-Pensaba alquílarla a una mujer, señor. Es que vivo sola.
-En ese caso le pido perdón.
Iba a marcharme cuando me dijo que esperara. Me pareció que necesitaba el importe del alquiler con urgencia.
-¿No es de los que traen mujeres a su habitación?
Casi solté la risa.
-Tenga la seguridad, señorita.
-¿En que trabaja?
—135→-Soy abogado.
Contempló mi facha y no me creyó en absoluto. Tuve que mostrarle mi carpeta académica, que observó detenidamente, y pasó por alto el cuaderno y la fotografía de Carmen, al ver su aspecto de cosa personal.
-Sé que no tengo un aspecto muy próspero, señorita. Y la razón es simple, no tengo trabajo.
-Ud. parece sincero.
-Y no traigo mujeres.
Venció sus dudas de mujer sola y me dijo el importe del alquiler, por mes adelantado. Así que tenía que pagar el primer mes para ocupar la habitación.
-Disculpe la molestia, señorita.
Me iba. No tenía un centavo.
-¡Espere!
Me volví.
-No tengo el dinero, señorita, pensaba que, bueno, la cosa era por mes vencido.
Dudó un momento.
-¿Escribe a máquina? -preguntó.
-Pasablemente.
Me contó que tenía dos máquinas de escribir eléctricas, y su trabajo era corregir manuscritos y pasarlos en limpio, a tanto la página. También que era correctora de pruebas —136→ en una imprenta, y le traían las galeras a su casa. Que su dactilógrafa había encontrado algo mejor y se fue, dejando libre una máquina, y tenía mucho trabajo por hacer. ¿Creía que yo...?
Le dije que sí, que estaba capacitado para ese trabajo. Por fin llegamos a un acuerdo. Yo pagaría con trabajo hasta que consiguiera dinero. Me tomaría parte de la mañana en reactivar mis labores abogadiles y no traería mujeres.
-Y mucho menos varones -enfatizó ella, pensando en la posibilidad de que mi actividad sexual anduviera de contramano.
Se llamaba Estela. Ya no había padre ni madre y sus hermanos, un médico y un ingeniero estaban viviendo en los Estados Unidos. Llegó a mostrarme las fotos de sus hermanos, sus esposas rubias y sus sobrinitos yanquis. Ella, escribana que no había conseguido un registro y hubiera sido bonita si se maquillaba un poco y no tuviera los anteojos tan gruesos y de marco tan pesado que resbalan continuamente por la nariz. Vestía una liviana túnica que le llegaba a los pies y supuse que debajo había un cuerpo aun joven, pero ni un átomo de coquetería femenina.
—137→Cuando entré y examinaba el cuarto, ya había decidido que era una chica bondadosa y con mucha fe en la gente, aunque podía esconder algo bajo la manga. En cuanto a la habitación, era inmensa y daba a la calle, pero sus ventanas al balcón estaban clausuradas por dentro con tablas y clavos. Tenía una cama inmensa, una mesita de luz, un ropero con el espejo más grande que he visto en mi vida, dos sillones, una mesita y las amplias paredes descascaradas desnudas de toda decoración, salvo una reproducción desteñida de La Última Cena. Ella trabajaba en la otra habitación que daba a la calle, pasillo de por medio, con su balcón también clausurado y las dos máquinas de escribir. Su dormitorio estaba en una de las habitaciones de atrás.
No hizo mucha cuestión de que mi equipaje era todo lo que tenía puesto. Y de pronto empecé a pensar que allí las cosas no encajaban. Mujer sola, joven, atemorizada hasta el punto de fortalecer su casa, admite a un su eto con la ropa arrugada, sin equipaje y sin dinero. No había lógica.
Tampoco fue lógico que me dijera:
-Supongo que todavía no cenó.
Ella cenaba emparedados de jamón y —138→ queso y café con leche. Preparó más y me invitó a cenar. Devoré.
Sentados frente a frente en la mesa, masticábamos nuestra cena.
-Señorita...
-Estela.
-Está bien, Estela. La palabra es imprudencia, Estela. Ud. ha sido imprudente. No tengo los atributos de un inquilino ideal para una mujer joven y sola.
-Conozco a la gente.
-¿Ya me conoce a mí?
-Un poquito. ¿Cómo es su nombre?
-Manuel.
-Manuel. Ud. es un hombre con grandes problemas. Primero pensé que es un perseguido por la Policía. Sin equipaje, sin dinero y con tanta hambre que ya se comió tres emparedados que me correspondían. Deseché lo de la Policía, porque su actitud no es furtiva, sino vencida.
¡Otra deductiva como Amalia! -me dije por dentro.
-Todavía sigo siendo un inquilino inconveniente -dije.
-Me dio lástima -dijo- no sé por qué Ud. parece arrastrarse. Y lo que me desconcierta —139→ es que un abogado joven haya llegado a esto.
-Tengo una historia.
-No quiero saberla, Manuel. Conocer la historia de una persona es empezar a involucrarse con ella. Y me gusta ser independiente en todo. Y como me va resultando Ud. un poco moralista, se le va a ocurrir decirme que debiera preocuparme por la lengua del vecindario al tener un hombre en casa.
-Suponga que se lo diga, Estela.
-Le contesto que no me importa.
-Ya me dijo, es independiente, pero siente lástima por un extraño, y lo ayuda. No es muy coherente.
-Soy así, y punto. Tengo la impresión de que necesita dormir. El baño queda al final del corredor. Es notorio que necesita una ducha, Manuel.
Era una manera muy fina de decirme que olía mal.
Me encaminé al baño, me desnudé y me bañé. Encontré además una maquinita de afeitar que posiblemente Estela usaba para afeitarse las piernas, y me rasuré al costo de unas cortaduras de la oxidada hoja.
Felizmente la toalla en el baño era inmensa. Hubiera sido toda una prueba —140→ ponerme de nuevo mi maloliente ropa para volver a mi habitación. De modo que me envolví lo más decorosamente posible con la toalla, y corrí en puntillas y descalzo para que Estela no me viera. Me vio porque estaba en mi habitación. Sobre la cama, extendida como sobre el mostrador de un mercader, había ropa masculina, dos trajes completos, camisas, ropa interior y hasta medias.
-Son de mis hermanos -explicó ella- espero que les quedan bien. Tienen un terrible olor a humedad. Se irá con un poco de uso.
-No es lógico.
-¿Qué dice?
-No es lógico.
-¿No es lógico qué?
-Que sea tan bondadosa.
-No soy bondadosa. Soy práctica.
-Alabado sea su sentido práctico -dije sinceramente.
Me miró con cierta extrañeza.
-¿De qué mundo viene Ud.?
No supe qué contestar. El mundo de la casa inclinada que mató a mi madre. De un almacenero bueno y su mujer puta. El mundo de Amalia que buscaba heridas para hurgar en ellas. De Selva que quería usarme como —141→ medicina para su mal. De don Otto el alemán tilingo, y Gloria, Beatriz, Rosanna, Gladys y Matilde que murieron en una pira funeraria. Y de Carmen, que había sobrevivido a la misma muerte, y todavía rondaba por ahí, furtiva, avergonzada de lo que me había hecho.
-Hubo una chica que se llamaba Carmen -dije.
-No. Ya hemos dicho. No quiero saberlo. Confidencias no. Espero que sea la última vez que se lo diga -su tono era terminante.
-Perdón -murmuré humildemente.
Se fue a su habitación. No sin llevarse toda mi ropa sucia para hacerla lavar, según dijo al pasar.
Me acosté en la ancha cama, y al apagar la luz, miles de mosquitos que estaban acechando en las centenarias paredes se lanzaron sobre mí. Dormí igual.
* * *
«Tu olvido será como un puñal revolviendo mi herida». Del cuaderno.
Trabajar con Estela fue una cómoda rutina. Nos dividíamos la tarea y cada uno se sumergía en lo suyo, escribiendo a máquina o corrigiendo galeras, sin hablar nada. Suspendía mi trabajo a las diez y caminaba —142→ hasta el palacio de Justicia, que no quedaba lejos, vagando por los pasillos, tendiendo el oído a conversaciones de mis colegas o buscando el rostro desconcertado de algún paisano o alguna abuela en busca de justicia y no sabe por donde empezar, en una palabra, buscando clientes. Sin éxito. Creo que no ponía mucho empeño, tal vez porque asegurada la comida y la cama, tenía todo el tiempo para saborear el amargo sufrimiento que me causara la verdadera historia de Carmen. Vivía reprochándola, y hasta llegué a empezar un manuscrito, un libro de poemas donde volcaría todo el dolor de mi corazón herido. No pude pasar al segundo poema, porque el primero, en rigor, era pésimo.
En aquel mes de diciembre en que vivía en casa de Estela, me enteré por los diarios que el Profesor Candia, padre de Amalia, había muerto de un ataque cardiaco. Llegó la Navidad, y Estela trajo de regreso de sus compras una flor de coco que inundó toda la vieja casa de un perfume evocador de un país que de pronto me pareció extraño. Mi madre solía instalar un pequeño pesebre y también la flor de coco. Debería sentir nostalgias dulzones, y no las sentí. Sólo pude entrever la —143→ dimensión de la distancia a la que me había alejado. ¿De qué? De todo.
Nuestra cena de Nochebuena fue la de siempre, emparedados de jamón y queso, solo que en la oportunidad una botella de vino substituyó al café con leche. Y la reserva de Estela se aflojó un poco, tal vez porque fuera Navidad, perfumaba la flor de coco y el vino había subido a la cabeza.
-Ayudábamos a mamá a poner el pesebre -dijo-. Tenía un Niño Jesús que había heredado de su abuela. No sé dónde habrá ido a parar el Niño Jesús.
Suspiró.
-Y en ese tiempo la casa estaba llena. Y sobraba una tía paralítica, hermana de mi madre.
Parecía no hablarme, sino hablarse a sí misma, obligarse a no olvidar.
-Papá tuvo que operarse de la próstata. Mamá tenía un miedo atroz y él sonreía. Es domo sacarse un pique, decía. No despertó de la anestesia. Pobrecita mamá. Fueron tan unidos siempre. Lo siguió tres meses después. Mis hermanos se recibieron y se fueron a los Estados Unidos. Me escriben, quieren que me vaya allá.
Se rió de la idea de irse a los Estados —144→ Unidos. Miró la gran casa vacía y con espesas sombras más allá de la luz de las dos velas de cera que había encendido sobre la mesa.
-Amo esta casa -dijo, y se secó una lágrima-. Estoy unida a ella, Manuel. ¿Cómo voy a irme? Irme y dejar esto es como desgarrar lo último que queda.
Fue la única vez que mostró algo de debilidad. Apuesto que fue el vino.
Llegó el Año Nuevo y lo celebramos en la misma forma. El aroma de flor de coco persistía y a la botella de vino reemplazó una de sidra. Dejé que tomara más de dos copas, y considerando que el alcohol había subido las cortinas de su hermetismo, me dispuse a hablarle de Carmen.
-Mis padres murieron -le conté- conocí a poca gente. Confieso que soy introvertido. Después me ocurrió lo de Carmen.
-¡Nada de historias! -exclamó casi con violencia.
Asustado, quedé mudo.
-Perdón -musitó más suavemente- prefiero que no me cuentes nada.
En cierto modo, se había soltado.
-Por una sola vez te diré la razón, Manuel. Aunque te parezca una tipa dura, soy muy —145→ sensible. Y nunca he conocido a nadie más arrugado que tú.
La sidra le había mareado más de lo conveniente.
-Un perro muerto de frío en la lluvia. Un pájaro con las alas quebradas, un niñito extraviado en la niebla. Esas impresiones me causas. Y no me gusta. Produces sentimientos maternales, y al carajo la necesidad que tengo de ser madre de un grandote llorón.
Sonaron las campanadas de Año Nuevo. Nos dimos la mano y así terminó aquel mes de diciembre.
Una vez, en el mes de Febrero, cuando salía del Palacio de Justicia, divisé a lo lejos el Studebaker de curiosa trompa de Amalia, estacionado a la sombra de un árbol.
¿Qué hacía allí Amalia? Nada tenía que hacer en los tribunales. Obviamente, me buscaba.
Desde entonces, me volví más cauteloso, y dejé de ir a la casa de Astrea, como dicen los cronistas pedantes, cuando desde el rincón de abogado sin pleitos, observé que Amalia y Selva subían a los pisos altos. Una persecución así, tan tozuda, me pareció sumamente irritante, y ya no les di oportunidad de que me —146→ encontraran.
Estela no hizo comentario alguno cuando dejé de salir por la mañana. Culpable de no ir a buscar dinero, pregunté a Estela si mi trabajo, que ella cobraba, bastaba para pagar mi pieza y mis comidas, bastante pobres, por cierto. Ella se encogió de hombros como si la cosa no tuviera importancia, y me sentí más tranquilo al respecto cuando una tarde, al volver de sus compras, me alargó un paquete de cigarrillos americanos.
-Gracias, pero no fumo -le dije.
Se guardó el paquete y yo quedé más en paz. El mensaje de Estela era que no solo merecía mi pieza y mi comida, sino también mis vicios. La razón la supe poco tiempo después.
-Honestamente -me dijo mientras masticábamos nuestros repetidos emparedados de jamón y queso de la cena-. Tengo que decirte que tu presencia en la casa es reconfortante. He adivinado tus reservas morales, Manuel.
Después me confesó que «siempre tuve mucho miedo de vivir sola» y con un hombre en la casa dormía en paz. Algo así como devenir a perro guardián, pero algo es algo.
«Además no sales de noche» terminó.
—147→Con muy poca comunicación humana, yo callaba mucho en aquel tiempo. Carmen, siempre Carmen, y esa forma plomiza de desilusión que se instala como un peso dentro de una persona sensible, y devora ganas, ímpetus, ambiciones. Tenía clara conciencia de que no estaba viviendo, sino sobreviviendo. Me enloquecía el deseo de contarle a Elena lo de Carmen. Era como una compulsión, una obscura necesidad de consuelo, pero estaba seguro que ella cortaría de inmediato el intento. «Si por lo menos tuviéramos más comunicación» pensaba a veces, pero descubría que fuera de Carmen, no tenía otro tema de conversación, y Estela no era de las que contestan preguntas sobre su familia o su vida, salvo aquellas Navidades y el Año Nuevo.
Una vez, como al descuido, dejé abandonado el cuaderno de Carmen sobre su mesa de trabajo. La vi tomarlo, abrirlo, pasar los ojos sobre las páginas. Llegó a fruncir una ceja y lo dejó de lado.
-¿Es tuyo eso? -preguntó.
-No, es de una joven mujer que fue asesinada por el esposo...
-Qué macabro -dijo-. ¿Por qué lo guardas?
-Se llamaba Carmen.
—148→-¿Por qué lo guardas?
-¿Por qué no había de guardarlo? -respondí ya amoscado.
-Es morboso.
Miope en todo, pensé, enojado. Quedamos en silencio. Ella siguió con la nariz pegada a las galeras que estaba corrigiendo. De pronto, enderezó el cuerpo, me enfocó con sus gruesos vidrios, estuvo pensativa un momento y dijo.
-En ti hay algo morboso, Manuel.
-Yo me creía transparente.
-No es broma. No tienes vida sexual en plena juventud. Terminas tu cena y vas a dormir. No tienes un miserable receptor a pilas para enterarte de lo que pasa en el mundo, ni me pides prestado el mío. No me has pedido permiso para ver la televisión en mi dormitorio, aunque fuera un noticiarlo o un juego de fútbol, cavilas mucho. Además, tener esta reliquia tonta, el cuaderno de una difunta. ¿Es cierto que eres abogado?
Asentí.
-Entonces eres el primer abogado que se ha condenado a sí mismo al encierro.
Sentí júbilo. Las puertas de su hermética independencia se estaba entreabriendo.
-Debo confesarte, Estela, que lo que hay en mí —149→ es una gran pena de amor. Ya sabes, amar a la que no merece, descubrir la traición a nuestros sentimientos...
-¿En esta época? ¡Qué disparate!
Soltó la primera carcajada que salió de ella desde que nos conocimos. Sorprendentemente, su dentadura era perfecta, y la risa iluminaba su rostro casi bonito. Pero en el revés de la moneda, era ofensiva.
-No veo el motivo de reír, Estela.
-Tienes razón, por lo que me cuentas, debería sentir lástima. ¿Sabes lo que eres, Manuel? Un minusválido emocional. Me cuesta creer que eres abogado. Un abogado debe ser el colmo de lo racional, y me estás saliendo con una historia romántica medieval. ¡Penar por un mujer!
Volvió a reír, pero hizo un esfuerzo y se contuvo.
-¿Dónde te criaste? ¿En un convento? ¿Qué de tu vida universitaria, si la tuviste? Ser universitario es aprender a ser mundano. Las compañeras, las amigas, las amantes. Salir de parranda con los compañeros.
-¿Niegas la existencia del amor, en este tiempo, como dices?
-¡De ninguna manera! Existe, apasionado, —150→ pensado, inteligente, como debe ser, pero no sublimado como presentas tu romance frustrado con la fulana esa.
-Carmen -susurré con esperanza de que me preguntara más.
-¡Como se llame! Eres un arcaísmo viviente, Manuel.
-Si me escucharas un poco, Estela.
-¿Tu romance de Romeo y Julieta? ¡Por favor! ¡Que infantil, hombre!
Sentí la necesidad de devolver algo de sus golpes.
-No sé como hablas del amor con tanta seguridad. No hay en ti nada que sugiera alguna experiencia. Te empeñas en parecer asexuada.
Me penetró con una mirada compasiva, se rió del pobre diablo que tenía enfrente y se sumergió de nuevo en su trabajo. Y perdí otra oportunidad de contarle lo de Carmen.
De noche, acabé la cena y me acosté en mi cama, me sentí herido en cierto sentido. Estela era la tercera mujer que no me comprendía en absoluto. Minusválido emocional, había dicho. Amalia quería llevarme al siquiatra. Selva pedía que fuéramos dos enfermos apoyados mutuamente. Quise sentir rabia —151→ contra ellas y curiosamente me fue imposible. Ellas no me comprendían a mí y por lo menos por caridad yo debía tratar de comprenderlas a ellas. Eran mujeres ordinarias y no se les podía pedir mucho. Además, con Estela, que parecía la más sensata, se había deslizado en mí una duda. No sé qué quiso decir con eso de amor «sublimado». Es una palabra extraña que tiene un sentido distinto para cada persona. Si lo que quiso decir es que yo había llevado las cosas con Carmen a un plano exquisitamente idealista, hasta los límites de la obsesión, tal vez, solo tal vez, tuviera una pizca de razón. Estaba obligado a vivir en la tierra y de pronto, eso de andar volando por los cielos no tenía mucho sentido. Además, Carmen no lo merecía. No merecía ser «sublimada» después de haber cometido algo tan indecoroso, feo. Y en lo que a méritos se refiere, yo merecía algo mejor que vivir penando. Sí, Estela era la más lúcida, me pareció en ese momento. ¿Cómo había dicho? Un abogado debe ser «el colmo de lo racional». Haber estudiado leyes, Manuel, me dije, es haber estudiado el duro material con que se edifica la existencia de la persona. En ella la fantasía es juego, una distracción, un —152→ deporte del alma. Posiblemente deba admitir que substituía la realidad por la fantasía. Era cuestión de profundizar en el tema.
Empecemos -me dije- primera premisa: Carmen no es real, en el sentido que le daría un abogado racionalizador. Segunda premisa, si no es real, es una fantasía.
Me aferré a aquello, pero mis dedos resbalaban. Carmen había muerto una vez por adúltera. Yo la estaría matando de nuevo por el mismo motivo.
-Pero carajo, Manuel, no puedes matar a una persona que ya está muerta -me dije.
-¿Y qué es lo que vive en mí? -me respondí- una presencia.
-Una presencia no significa vida -me repliqué.
-¿Por qué influye tanto en mí? -me argumenté.
-Una presencia es como la consecuencia misma de la muerte, es la muerte misma. Lo que el recuerdo rescata de la muerte, eso no es vida -dijo el otro que era yo.
-¿Y cómo explicas que me suscite pasiones y sentimientos? -pregunté yo que era el otro.
Callé. Callamos los dos. Traté de traer a mí mente la imagen de Carmen y no la encontré. Venía, pero confusa. Hacía bastante tiempo que no miraba su fotografía. —153→ Escuché los pasos de Estela, con sus zuecos de madera, que iba al baño. Me levanté y espié por la puerta entrabierta. Descuidada y desprejuiciada como siempre, Estela se duchaba con la puerta del baño abierta, suponiendo que yo estaba dormido. Nunca la había visto sin su deforme túnica de entrecasa, salvo cuando iba de compras, con anchos pantalones. Su cuerpo desnudo y perfecto era blanquísimo y armonioso. Sentí un cosquilleo en la entrepierna, y sorprendido, comprobé que tenia una erección. Casi suelto la risa. Si lo viera Selva hubiera aplaudido. Me aparté de la puerta, llevando mi bragueta tirante. Y lo que es curioso, no me sentí culpable ante Carmen. Jódete, Carmen, le dije.
Me desperté temprano con un extraño contento. Desayunábamos juntos café con leche y galletas. No podía callar lo que me había pasado.
-Tengo que confesarte algo, Estela.
-¿Que es? -preguntó con indiferencia.
-Anoche, sin intención alguna, te vi en la ducha. Dejaste la puerta abierta.
-Si fue sin malicia no tiene importancia alguna -dijo tranquilamente.
Decididamente era una mujer moderna.
—154→-Un cuerpo es un cuerpo.
-Es que hay más -insistí.
-¿Qué quieres decir con que hay más? -se puso alerta.
-¡Tuve una erección!
-¡No me digas! ¡Qué buena noticia! -exclamó con sorna.
-Es buena noticia, Estela.
Me escrutó desde atrás de los gruesos cristales.
-¡No me digas! ¿Me vas a decir que tu lamentable historia de amor frustrado te hizo impotente?
-Algo así.
-¡Me miraste y despertó el pájaro!
Me sentí avergonzado. Si ella se hubiera ruborizado como toda mujer normal hubiera sido mejor. Pero era tan segura de sí misma, tan superior, que se burlaba. Reía a carcajadas.
-¡Vaya tipo pintoresco que me tocó de inquilino!
Su burla no desmayó el contento con que había despertado. Estaba motivado. Era bueno saber que uno es un hombre entero. Creo que eso se llama libido. No saldría desde luego a buscar una fulana para ejercitar mi recuperada virilidad. Saldría a trabajar, a competir, a ser más agresivo en mi oferta de trabajo. De —155→ modo que cuando llegó las diez de la mañana, abandoné un trabajo de copia que estaba haciendo y fui al Palacio de Justicia. El bendito Studebaker de Amalia estaba en el estacionamiento, pero a ella, o a las dos, no las vi por ninguna parte. Me dije que no podía vivir huyendo de dos mujeres histéricas y me dispuse a capturar algún cliente.
Los encontré en una pareja dispuesta a divorciarse por mutuo acuerdo. Bueno, el acuerdo era para ver quien destrozaba mejor a quien. Venían discutiendo acaloradamente creyendo que la cuestión era presentarse ante un Juez, decir que la vida era insoportable para los dos en compañía, y en media hora salir liberados el uno de la otra y vice versa. Un veterano pleitista les dijo que necesitaban un abogado. Lo escuché y me presenté. A la carrera fuimos a una escribanía cercana y me dieron el poder. Tenían una increíble prisa de acabar con todo. Para mí, las cosas se estaban normalizando, «racionalizando» desde la afortunada noche anterior. Fui a almorzar con Estela y volví a salir para una entrevista en la casa del matrimonio en quiebra. Además, tenía que llenar algunos papeles y me faltaban los datos. Trabajé con ellos hasta las cinco o —156→ seis de la tarde y terminada la tarea salimos con el esposo, Marcial, a tomar algo en un bar. Tuve que soportar hasta la noche la historia de sus desgracias conyugales, que se hacían más dramáticas en proporción a la cantidad alcohol que ingería, hasta que ya no pudo más y cayó bajo la mesa, absolutamente borracho. Con razón la mujer quería salirse de él.
Pensé que mis servicios jurídicos no incluían cargar con un litigante borracho y llevarlo a su casa, lo dejé ahí y regresé a mi pensión.
No podía durar tanta suerte. Apenas llegué, noté que Estela parecía a la defensiva. Me hablaba con cautela, y no había los acostumbrados preparativos de la cena.
-Manuel, mañana te marchas de esta casa -me dijo con voz neutra.
Inquirí sorprendido la razón, y me respondió que era simplemente una decisión suya. Y que por favor, no lo tomara a mal, pero debía irme. Me disculpé por lo de la ducha y sus consecuencias y me dijo que no se trataba de eso. No estaba ofendida ni enojada en absoluto conmigo, que yo era una buena persona, respetuosa, sincera y cortés. Descubrí que —157→ como sucede, después de haber dado un palo al perro guardián, se le hace cariños para que no muerda. Yo era todo virtud pero debía irme.
¿Por qué tanta persistencia en amansarme?
La explicación vino tangencialmente.
-Puedes pasar la noche aquí. Mañana vendrán a buscarte.
Giró y se metió en su dormitorio. Oí el ruido metálico de la llave en la cerradura.
Mañana vendrán a buscarte. ¿Quién?
Amalia y Selva. Me habían encontrado. Vendrían a buscarme. ¿Con qué derecho?
Y el súbito cambio de actitud de Estela. Tenía miedo. Tenía miedo de un desequilibrado en la casa. Las dos mujeres le habían dado su versión de todo lo que me pasaba. Nunca quiso escuchar la mía. Era razonable que tuviera miedo, porque si Selva y Amalia pensaban que debía ir al siquiatra y se lo habían dicho a Estela, la chica no debía estar muy tranquila en su dormitorio.
Mañana vendrán a buscarte.
Para qué. Para complicarme la vida hasta la locura.
Decidí marcharme ya mismo.
Hice un paquete con mis pertenencias y fui —158→ a golpear discretamente en el dormitorio de Estela. Dejó pasar tiempo antes de contestarme. Insistí con la llamada.
-¿Qué quieres?
-Me marcho ahora, Estela. Debes cerrar la puerta de la calle.
La puerta de la calle se cerraba por dentro.
-Un momento.
Tardó mucho en entreabrir la puerta y observarme. Sus anteojos brillaban en la obscuridad como dos faros. Le pareció que podía arriesgarse y abrió. Salió y miró mi paquete. Un evidente alivio se notó en ella. Y hasta tuvo la gentileza de decirme que no era necesario que me fuera en plena noche, con una inconfundible nota falsa en la voz.
-Estela, te estoy muy agradecido por tu hospitalidad -le dije- pero por favor, no me recuerdes como un loco peligroso.
-¡Dios mío...! ¿Quién piensa eso? -dijo con tanto énfasis que la mentira resaltó gorda y redonda.
Salí a la calle. Estela se apoyaba en la puerta o la guardaba contra un posible intento de regreso.
-Manuel -me llamó.
-¿Si?
—159→-No tienes nada que un buen sicólogo no pueda sacarte de la cabeza.
-Gracias por la recomendación, pero lo que me dices me suena ya demasiado conocido.
-Esas dos señoras están realmente preocupadas por ti. Es curioso como despiertas el instinto maternal en las mujeres.
Menos en mi madre, pensé arbitrariamente.
-No deberías eludirlas -concluyó.
Y cerró la puerta de un golpe. De nuevo en la calle.
* * *
«Habítame. Soy un castillo vacío». Es de Carmen.
La Plaza Uruguaya debe tener enterrado un imán que funciona selectivamente, porque cuanta persona que no sabe adonde ir, termina en ella. Es como una estación a ninguna parte, como la parada del tranvía sobre la calle aledaña.
Me había dormido en uno de los bancos de la plaza, y al amanecer ya me desperté y senté modosamente, como un honrado oficinista que espera la hora para ir al trabajo.
Como tenía algo de dinero fui a desayunar al San Roque y en el baño me aseé un poco, y volví a la plaza, recordando que ese día debía —160→ presentar el escrito de mis clientes a divorciarse, pero aplacé mi ida al Palacio de Justicia, pensando que no6 les haría daño soportarse unos días más.
Una señora de edad, vestida con el decoro debido para ir a misa y obviamente venía de la Iglesia de San Roque, vacilaba en cruzar la ruidosa y ancha calle 25 de mayo, a la altura de Antequera.
-¿La ayuda a cruzar, señora? -le dije en un arranque de buen samaritano, y la tomé del brazo.
Liberó sus brazos con energía.
-¿No es Ud. uno de esos degenerados que violan a las mujeres? Creo que vi su cara en la tele.
-Le aseguro que no, señora.
Permitió que la ayudara, después de mirarme con sus ojitos de ratón de arriba a abajo. Cruzamos la calle y cuando la depositaba sana y salva en la otra acera, una voz femenina, enérgica, decía:
-¡Mamá, por Dios! ¡Otra vez escapándote!
La anciana protestaba diciendo caprichosamente que nada ni nadie le evitaría escuchar misa todas las mañanas. Y la hija le replicaba bastante ásperamente que podía quedarse a —161→ rezar en casa y no crearle más problemas de los que ya tenía. Miré a la mujer que me pareció conocida. Ella también tenía la misma sensación, de modo que me dijo: «¿Nos conocemos?» y yo le contesté que «creo que de alguna parte» recordando en el acto que ella estudiaba también en la facultad, aunque uno o dos años delante. Se lo dije y me dio la razón...
-Gracias por ayudar a mamá -dijo.
Iba a despedirme cuando observé que la vieja revoleaba los ojos y echaba saliva por la comisura de los labios.
-¡Me da mi ataque, bruja! -le gritó a la hija. Y hubiera caído al suelo si diestramente su hija no la sostuviera con prontitud.
No mostró alarma alguna.
-Es su forma de castigarme -dijo- ahora la tengo que llevar cargada.
Me ofrecí a ayudarla y aceptó, y entre los dos, fuimos subiendo la cuesta de Antequera llevando un poco colgada y un poco arrastrada una vieja muñeca desarticulada. Vivía pasando la calle Herrera, en una casa pequeña y limpia, a la que se entraba por un portoncito de rejas de hierro en el que empezaba una escalera de cinco escalones.
—162→Cuando llegamos volvió a agradecerme, dando por entendido que allí terminaba mi misión y que debía marcharme. Como no lo hacía se volvió a mirarme interrogante, mientras sostenía a su madre que seguía echando saliva y maldiciendo su suerte de tener una hija poseída por Satanás.
-¿Tiene algo que decirme?
Dije que sí.
-Me espera un momento.
Entró llevando a cuestas a su madre y pronto volvió, con expresión interrogante. Mi experiencia de pasar por desvalido ya me había dado resultados, así que puse mi mejor cara de perseguido por la vida. Eso de despertar instintos maternales tiene sus ventajas.
-No tengo donde ir -dije simplemente.
-No lo entiendo. ¿Ud. es abogado, no?
-Sí. Un abogado sin trabajo que acaba de ser echado de su pensión.
Rió entre desconcertada y divertida.
-Es increíble -dijo, dudó un poco. Poco, porque era muy segura de sí misma, y después agregó- pase.
Entramos a su casa, un fresco corredor se extendía hacia atrás, y en la primera pieza —163→ estaba instalada una mezcla de salita y estudio. En la pared estaba su diploma de abogada, abogada Eva García. Ella era rubia y alta, ni hermosa ni fea, neutra, la califiqué. Su aire profesional parecía borrar feminidad. También observé un diploma: Primer Premio Concurso de Poesía de Vinos Madame Boutot. Abogada y poetisa, rara combinación.
Se sentó detrás de un pequeño y atestado escritorio, y yo en la silla de enfrente. Aquello tenía más aire de consulta que de una conversación corriente.
-¿Es cierto todo lo que me dijo? -preguntó.
Decidí que no contaría mentiras. Y le relaté toda la verdad, desde el principio, sin omitir nada. Me escuchaba atentamente, sin inmutarse, sin revelar emociones ni con un pestañeo, con una mano sosteniendo el mentón. Cuando terminé mi larga confesión, esperé la consabida recomendación de consultar un siquiatra.
No la hizo. Solo me miraba como a un bichito en la plaqueta de un microscopio, o como a un chimpancé detrás de la reja. Casi podía oír la maquinaria de su cerebro funcionando velozmente. Finalmente habló, para darme una agradable sorpresa. Había —164→ digerido mi historia sin que le molestara el sabor a delirio que habían encontrado las otras torpes mujeres.
-¿De modo que Ud. ahora está rechazando a Carmen? -preguntó.
-Es lo que corresponde después de conocer su conducta.
-Vaya rico tipo machista que es Ud. -me acuso.
-¿Cómo dice?
-Supongamos que haya sido adúltera.
-Fue adúltera.
-Muy bien -dijo-. ¿En qué momento Ud. se preocupó de conocer las causas por las cuales una mujer engaña al marido?
-No le entiendo bien, doctora.
-No me diga doctora, soy Eva. Y le replanteo mi pregunta. Si tanto investigó a Carmen Sosa, ¿qué tiempo invirtió en investigar a Pablo Ortiz?
Me sentí humillado, como pillado en falta. Eva tenía razón, no sabía nada de Pablo Ortiz.
-Obviamente, Ud. no sabe nada de mujeres. Sí, sí. Existe el adulterio. Y no le voy a estar enseñando a esta altura de su vida que cuando un hombre engaña a su mujer, no —165→ hay honra perdida. Pero cuando una mujer... etc. ¿Me entiende? Lo que es en el hombre una aventura liviana, es en la mujer la aventura total. Entonces, amigo mío, para tomar semejante riesgo, la mujer debe tener una razón poderosa. ¿Estar enamorada de otro? Puede ser. ¿Por qué se enamora de otro? ¿Qué vacío sintió Carmen Sosa al lado de Pablo Ortiz? ¿Qué sensación de estar desperdiciando su vida?
-Nunca enfoqué la cuestión de esa manera -murmuré inseguro.
-¿Sabe Ud. el daño terrible que hace un marido frío y desconsiderado a una mujer sensible?
La pregunta casi se la hizo a sí misma. Y se contestaba a sí misma.
-Por lo que sabemos, Carmen era una chica sensible. Me ha contado lo de las flores en la pared, el piano y la serenata de Schubert, y los poemitas y pensamientos en el cuaderno, que de paso, me gustaría ver. Espere, déjeme seguir mi reflexión. Engañó al marido con un poeta. ¿Cómo no sacaron conclusiones? Ella tan sensible, con un rico mundo interior, amante de la belleza, encontró en el poeta lo que no encontraba en el marido. Lo que no le —166→ ofrecía el marido. Este Pablo Ortiz debió ser un hombre duro, tan duro que mató. Un hombre capaz de matar no es precisamente el marido perfecto para una pobre diabla delicada y romántica. Ud. ha cometido una tremenda injusticia con Carmen, estimado colega.
-No sabe el bien que me hace, Eva.
-Le espera mucho trabajo. Remediar la injusticia. Encuentre la justificación a lo que hizo Carmen. Entonces ella tendrá paz.
-¿Tendrá paz, Eva?
-Su paz es el olvido, abogado Quiñonez. Ese es el esfuerzo que ella espera de Ud., querido amigo. Durante mucho tiempo Ud. substituyó al marido celoso, y piensa que debe matarla de nuevo. Ahora substituya a Pedro Muñoz, ámela y haga por ella el gran sacrificio de amor: olvídela.
Meditó un momento y prosiguió.
-Esas Amalia, y Selva y Estela se equivocaron. No creo que su problema sea liberarse de Carmen, sino que Carmen se libere de Ud. Cuando se libere de Ud. acabará su agonía.
Una sensación de culpabilidad abrumadora me recorrió las entrañas. Le oía decir:
-Investigue a Pablo Ortiz.
—167→En el reloj sonaba el mediodía. Ella me invitó a almorzar, y sirvió la mesa una silenciosa sirvienta, de esas que limitan su vida a la cocina y a la escoba.
En la mesa ella me dijo que en su casa no tenía lugar para darme asilo. Me prestó dinero y me indicó que en la acera de enfrente funcionaba una pensión. Ella, abogada en lo laboral, con mucho trabajo en el que yo podía ayudar escribiendo demandas y apelaciones en su escritorio y me pasaría parte de sus honorarios.
Insistió mucho en que me tomara tiempo e investigara a Pablo Ortiz.
Desde ese momento mágico, Carmen tomó la iniciativa y me llevó a tomar una pieza en la pensión, habitada en su mayoría por chicas del interior, algunas trabajaban como empleadas de mostrador y otras eran estudiantes. El único varón era don Fernando, un anciano malhumorado que se pasaba las horas sentado en un sillón en el fondo del largo corredor, y parecía maldecir interminablemente al bastón que sostenía entre las piernas. La locuaz patrona me dijo que me tomaba pensionista porque la doctora me recomendó, que nada de aventuras bajo su —168→ techo, y que don Fernando era un viejo político retirado a quien durante mucho tiempo veneraron como «viejo tronco» y después resultó insoportable para todos, incluso para su acomodada familia que lo confinó en una pensión, bien atendido por la patrona, un médico que le visitaba todas las semanas, y una enfermera que venía a ponerle una inagotable serie de inyecciones. Supongo que esa generosidad anestesiaba la conciencia de su familia.
Don Fernando fue todo un personaje en sus buenos tiempos, orador enérgico, ardiente polemista y embajador en varios países, tenía una memoria fabulosa. En largas charlas que fueron soliloquios brotaban nombres de caudillos como Eudoro Cáceres, Aniceto Cubilla, Mateo Ferreira, Mártires Caballero y otros titanes del machete, caballo y Smith Wesson. Y fechas exactas de asesinatos, emboscadas, fugas de hombres ilustres en canoas que iban a encallar entre sombras en el culo de la República Argentina, conspiraciones, delaciones, culpables, inocente, traidores y mártires, en una galería inagotable de fantasmas vivos en el cerebro de aquel hombre. Lo comprobé en muchas conversaciones —169→ que tuvimos después de la cena, y decidí que la capacidad de recordar del viejo, que citaba esos nombres y fechas y hechos con una precisión de computadora, podía ayudarme a alcanzar una pista de Pablo Ortiz, sobre todo en épocas del pasado donde la regla era «nos conocemos todos». Viejo dirigente, estaba desengañado de todo. Fervoroso colorado y fanático antiliberal, entonces metía a colorados y liberales en la misma bolsa, y les daba fuego.
-El mundo tiene un polo norte y un polo sur -mascullaba- y la electricidad un polo positivo y otro negativo. Rugen relámpagos cuando se unen. Nosotros los políticos de mierda vivimos en un polo de llanura y en un polo de poder, pero no aprendimos a unirlos para hacerla luz sino para desatar el rayo. Después del 3 de febrero vinieron7 a mi casa los chicos con fiebre de ilusión. Me llamaron «viejo maestro» y me callé avergonzado. ¡Viejo maestro! ¿Qué magisterio puede esperarse del tránsito por un largo error?
-Ud. exagera, don Fernando -decía yo, entre interesado y aburrido. La política no me interesaba en absoluto. Solo buscaba en aquel viejo cerebro lúcido algún recuerdo que me —170→ condujera a Pablo Ortiz.
Le sugería nombres ilustres de la política como para aceitar una memoria acaso herrumbrada y atacar en el momento preciso. Natalicio, Gondra, Coronel Jara, Eligio Ayala, todo lo que podía recordar y cada nombre desataba un torrente de amarga verborragia que amenazaba llevarse la dentadura postiza que bailaba enloquecida y parecía salirse una y otra vez y volver a su lugar con un diestro fruncir de labios.
-Todos formaban parte del gran error, joven. Yo le puedo decir. Todos confundían ideales con apetitos, le ponían banderas a sus caprichos. Buscaban el privilegio y no la responsabilidad. Y lo de peor de todo, era que creían en su propia sinceridad, porque aceptaban el hecho fatalista de que la propia realización pasaba por el sacrificio de los demás.
-¿Pero no le parece que está cambiando? Mirando el entorno...
El viejo soltó un cloqueo que pretendía ser risa y tosió como para echar afuera sus pulmones.
-¡Mirando el entorno! ¿Qué ve? ¿Se fueron el cuñadazgo, el compadragazgo y hasta el yernazgo? ¿Se fueron las cortes de adulones? —171→ ¿Los círculos áulicos, las damas caritativas cargadas de joyas? ¿Los milicos vigilando para que todos se porten bien o por lo menos se porten mal sin perjudicar sus intereses? ¿No ve a los ladrones de ayer convertidos en inquisidores de hoy? ¿Los lacayos de siempre que solo cambiaron de librea? Antes decíamos también que las cosas están cambiando. Lo que cambiaba, hijo, eran situaciones personales, unos salían de la cárcel y se iban a un ministerio y otros salían de un ministerio y se iban a la cárcel, y a eso le llamaban epopeyas cívicas. ¡Joder! Y de por medio, joven, la matanza, y antes de la matanza prometíamos que las cosas están cambiando y después de la matanza que las cosas cambiarán, pero el machete del miliciano o el fusil del montonero ya había hecho su siembra de osamentas, carajo.
Decididamente don Femando era un pozo de amargura que yo revolvía sin misericordia con mis preguntas. Cierta noche, cuando hacía una pausa en sus largas divagaciones, murmuré el nombre.
-Pablo Ortiz -dije.
Revolotearon sus escasas pestañas sobre la pupila negra y fiera.
—172→-El hermano de Jovino Ortiz -dijo, y agregó enseguida- Jovino era un caudillo desalmado, se daba mucho a la caña y era loco por las mujeres. ¿Ud. es algo de Jovino Ortiz? -inquirió.
-Es mi tío abuelo -mentí velozmente- primo de mi abuelo.
Me miró con una suerte de asco.
-No es honor tener la sangre de Jovino Ortiz. ¿Me entiende?
-Si Ud. lo dice, don Fernando.
-Tampoco es un honor que yo sea yo, porque sucede que nada de lo que hicimos valió la pena. Vivimos un tiempo de enemigos. Cuando no estábamos huyendo estábamos persiguiendo. Jovino Ortiz volvió del Chaco trayendo la oreja de un boliviano como trofeo. Se la trajo a tu tía abuela, no, me equivoco, a la otra que reemplazó a tu tía abuela, que se murmura murió a palos. Era todo un tipo.
-Pablo Ortiz -susurré como un ruego.
-Su hermano menor. Eran huérfanos y Jovino lo quería mucho. Le ayudó a estudiar no recuerdo qué cosa universitaria en Montevideo y a la vuelta se casó una chica de Sociedad.
-Carmen Sosa.
—173→-Era hija de don Onofre Sosa, liberal pero un hombre decente. Un científico muy distinguido el hombre, se decía que era amigo o discípulo de Moisés Bertoni, no recuerdo bien.
-Pablo Ortiz...
-Ah, sí, tenía la sangre podrida del hermano. A pesar de la educación que recibió y la posición social que ganó casándose con aquella chica, era un bruto, según se decía. Mujeriego como el hermano. Propinaba palizas a su mujer. Creo que su padre quiso llevársela y los hermanos lo corrieron a tiros.
«No hay ninguna referencia de eso en el cuaderno» pensé.» O todo el cuaderno lo dice a gritos»
-Al final ella se vengó y le puso cuernos. Entonces él la mató y se pegó un tiro. Se dice que por entonces el cerebro de Pablo Ortiz ya estaba podrido por la sífilis. Así que no tienes una ascendencia de gran linaje, muchacho.
* * *
«Alguna vez terminará todo. Nos miraremos a los ojos. Habrá perfume de lluvia. Diremos que valió la pena y caerá la noche». Del cuaderno de Carmen.
Al día siguiente, domingo, fuimos al Jardín Botánico con Eva. Le dije que había —174→ encontrado un anciano que recordaba a Pablo Ortiz, y sabía lo que pasó realmente.
-Agradécelo a Carmen -dijo seriamente-. Ella guió tus pasos.
Sentados en el césped, en un fresco día de abril, le narré todo lo que había averiguado con don Fernando.
-Ahora empieza tu sufrimiento -me dijo, mordiendo pensativa un largo tallo de pasto.
-Hablas de olvidarla.
-Hablo de liberarla, Manuel. El olvido es la liberación de los dos.
-Quizás tengas razón. Pero la memoria no es algo cuya cortina se baja y ya está.
-Tienes voluntad. Existe la voluntad de olvidar. En los hombres es más fuerte. Si la sigues recordando estás cometiendo una crueldad. Déjala en paz, Manuel. Todos deben dejarla en paz.
-¿Todos?
-Los que como tú profanaron su reposo y removieron sin misericordia su culpa y su inocencia. Todos.
Quería llorar, no sabía cómo olvidar.
-Hay que ser valiente, Manuel -me dijo ella como leyendo mi pensamiento- yo te ayudaré.
—175→Volvimos a su casa. Ella me pidió que trajera el cuaderno y la fotografía de Carmen. Me exigió que los quemara. Los quemaría ella misma, como Amalia a los maniquíes de don Otto.
-Ya no tienen razón de ser. El fuego exorciza -me dijo.
Ella misma encendió el fuego. Ardió la fotografía de Carmen. Y un cuaderno parecido al de ella, porque el verdadero aun conservo.
* * *
«La eternidad guarda nuestro lecho nupcial». Carmen.
Pasó el tiempo. Trabajamos juntos en el estudio. Después nos casamos, y su regalo de bodas fue un coche. Eva está embarazada. Y noto que tiene miedo, me huye. Dicen que el embarazo vuelve neurótica a algunas mujeres. Otra razón no existe, porque trato de complacerla en todo.
Nota del autor: Así termina el manuscrito que he transcrito íntegramente, cambiando todos los nombres y apellidos para hacer viable aquello de que toda semejanza con personas vivas o muertas es mera casualidad. El manuscrito me fue entregado una —176→ noche de lluvia en la ruta que va a ciudad del Este, por un chico campesino que lo encontró entre los hierros retorcidos de un automóvil que volcó, matando a su conductor.
Entre las hojas del manuscrito, se encontró un recorte de diario que copio.
TRAS LA PISTA DEL DEMENTE. La policía ha informado a la prensa que está sobre la pista de «El Loco del Fuego», como le llaman y cuyas atrocidades han conmovido a la población. El hijo de una de las víctimas rociadas con inflamables y quemadas, ha informado de cierto abogado joven, o alguien que se hacía pasar por tal, había visitado a su desgraciada madre, que le comentó el extraño comportamiento del hombre. La descripción que hizo el muchacho coincide con la de un supuesto abogado que ocupó clandestinamente la cochera de la casa perteneciente a la Sucesión Álvarez, sobre Alberdi, donde instaló un falso estudio. La policía dio con el antiguo portero de la casa que no recuerda el nombre del sujeto pero lo describe en la misma forma que el primer testigo y —177→ afirma haber visto en el supuesto estudio a Amalia Candia, la segunda victima. Se asegura, por la similitud del ataque, que es el mismo que acabó con la vida de Selva Candia y Estela Silvera, hecho de la que no hay duda habida cuenta del extraño mensaje manuscrito que deja en el lugar del hecho: «Para que Carmen descanse». Accesoriamente, la Policía investiga a la citada misteriosa Carmen, pero hay pocas pistas sobre ella.
Nota II- Del autor.
Con el manuscrito se halló también el cuaderno de Carmen Sosa. Lo tengo en mi poder. Es fascinante.
FIN