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ArribaAbajoLibro séptimo

Después que Felismena hubo puesto fin en las diferencias de la pastora Amarílida y el pastor Filemón, y los dejó con propósito de jamás hacer el uno cosa de que el otro tuviese ocasión de quejarse, despedida de ellos, se fue por el valle abajo, por el cual anduvo muchos días sin hallar nueva que algún contento le diese, y como todavía llevaba esperanza en las palabras de la sabia Felicia, no dejaba de pasarle por el pensamiento que después de tantos trabajos se había de cansar la fortuna de perseguirla. Y estas imaginaciones la sustentaban en la gravísima pena de su deseo.

Pues yendo una mañana por en medio de un bosque, al salir de una asomada que por encima de una alta sierra parecía, vio delante sí un verde y amenísimo campo de tanta grandeza que con la vista no se le podía alcanzar el cabo; el cual doce millas adelante iba a fenecer en la falda de unas montañas, que casi no se parecían. Por medio del deleitoso campo corría un caudaloso río, el cual hacía una muy graciosa ribera, en muchas partes poblada de salces y verdes alisos, y otros diversos árboles; y en otras dejaba descubiertas las cristalinas aguas recogiéndose a una parte un grande y espacioso arenal que de lejos más adornaba la hermosa ribera. Las mieses que por todo el campo parecían sembradas, muy cerca estaban de dar el deseado fruto, y a esta causa, con la fertilidad de la tierra, estaban muy crecidos y meneados de un templado viento, hacían unos verdes, claros y oscuros, cosa que a los ojos daba muy gran contento. De ancho tenía bien el deleitoso y apacible prado tres millas en partes; y en otras poco más, y en ninguna había menos de esto.

Pues bajando la hermosa pastora por su camino abajo, vino a dar en un bosque muy grande, de verdes alisos y acebuches asaz poblado, por en medio del cual vio muchas cosas, tan suntuosamente labradas que en gran admiración le pusieron. Y de súbito, fue a dar con los ojos en una muy hermosa ciudad que desde lo alto de una sierra que de frente estaba, con sus hermosos edificios, venía hasta tocar con el muro en el caudaloso río que por medio del campo pasaba. Por encima del cual estaba el más suntuoso y admirable puente que en el universo se podía hallar. Las casas y edificios de aquella ciudad insigne eran tan altos, y con tan grande artificio labrados, que parecía haber la industria humana mostrado su poder. Entre ellos había muchas torres y pirámides, que de altos se levantaban a las nubes. Los templos eran muchos y muy suntuosos; las casas, fuertes; los soberbios muros, los bravos baluartes daban gran lustre a la grande y antigua población, la cual desde allí se divisaba toda.

La pastora quedó admirada de ver lo que delante los ojos tenía, y de hallarse tan cerca de poblado, que era la cosa de que con mayor cuidado andaba huyendo. Y con todo eso se asentó un poco a la sombra de un olivo, y mirando muy particularmente lo que habéis oído, viendo aquella populosa ciudad, le vino a la memoria la gran Soldina, su patria y naturaleza, de adonde los amores de don Felis la traían desterrada; lo cual fue ocasión para no poder pasar sin lágrimas, porque la memoria del bien perdido pocas veces deja de dar ocasión a ellas. Dejando, pues, la hermosa pastora aquel lugar y la ciudad a mano derecha, se fue su paso a paso por una senda que junto al río iba hacia la parte donde sus cristalinas aguas con un manso y agradable ruido, se iban a meter en el mar Océano.

Y habiendo caminado seis millas por la graciosa ribera adelante, vio dos pastoras que al pie de un roble a la orilla del río pasaban la siesta, las cuales, aunque en la hermosura tuviesen una razonable medianía, en la gracia y donaire había un extremo grandísimo: el color del rostro, moreno y gracioso; los cabellos no muy rubios; los ojos negros, gentil aire y gracioso en el mirar; sobre las cabezas tenían sendas guirnaldas de verde yedra, por entre las hojas entretejidas muchas rosas y flores. La manera del vestido le pareció muy diferente del que hasta entonces había visto. Pues levantándose la una con grande prisa a echar una manada de ovejas de un linar adonde se habían entrado, y la otra llegando a beber a un rebaño de cabras al claro río, se volvieron a la sombra del umbroso fresno.

Felismena que entre unos juncales muy altos se había metido, tan cerca de las pastoras que pudiese oír lo que entre ellas pasaba, sintió que la lengua era portuguesa y entendió que el reino en que estaba era Lusitania, porque la una de las pastoras decía con gracia muy extremada en su misma lengua a la otra, tomándose de las manos:

-¡Ay, Duarda, cuán poca razón tienes de no querer a quien te quiere más que a sí! ¡Cuánto mejor te estaría no tratar mal a un pensamiento tan ocupado en tus cosas! Pésame que a tan hermosa pastora le falte piedad para quien en tanta necesidad está de ella.

La otra, que algo más libre parecía, con cierto desdén y un dar de mano, cosa muy natural de personas libres, respondía:

-¿Quieres que te diga, Armia si yo me fiare otra vez de quien tan mal me pagó el amor que le tuve, no tendrá él la culpa del mal que a mí de eso me sucediere? No me pongas delante los ojos servicios que ese pastor algún tiempo me haya hecho, ni me digas ninguna razón de las que él te da para moverme, porque ya pasó el tiempo en que sus razones le valían. Él me prometió de casarse conmigo y se casó con otra. ¿Qué quiere ahora? ¿O qué me pide ese enemigo de mi descanso? Dice que, pues su mujer es finada, que me case con él. No querrá Dios que yo a mí misma me haga tan gran engaño. Déjalo estar, Armia, déjalo, que si él a mí me desea tanto como dice, ese deseo me dará venganza de él.

La otra le replicaba con palabras muy blandas, juntando su rostro con el de la exenta Duarda con muy estrechos abrazos:

-¡Ay, pastora, y cómo te está bien todo cuanto dices; nunca deseé ser hombre, sino ahora para quererte más que a mí! Mas dime, Duarda, ¿por qué has tú de querer que Danteo viva tan triste vida? Él dice que la razón con que de él te quejas, esa misma tiene para su disculpa, porque antes que se casase, estando contigo un día junto al soto de Fremoselle, te dijo: «Duarda, mi padre quiere casarme, ¿qué te parece que haga?», y que tú le respondiste muy sacudidamente: «¿Cómo, Danteo, tan vieja soy yo o tan gran poder tengo en ti que me pidas parecer y licencia para tus casamientos? Bien puedes hacer lo que tu voluntad y la de tu padre te obligare, porque lo mismo haré yo.» Y que esto fue dicho con una manera tan extraña de lo que solía como si nunca te hubiera pasado por el pensamiento quererle bien.

Duarda le respondió:

-Armia, ¿eso llamas tú disculpa? Si no te tuviera tan conocida, en este punto perdía tu discreción grandísimo crédito conmigo. ¿Qué había yo de responder a un pastor que publicaba que no había cosa en el mundo en quien sus ojos pusiese sino en mí? ¡Cuánto más que no es Danteo tan ignorante que no entendiese en el rostro y arte con que yo eso le respondí que no era aquello lo que yo quisiera responderle! Qué donaire tan grande fue toparme él un día antes que eso pasase junto a la fuente, y decirme con muchas lágrimas: «¿Por qué, Duarda, eres tan ingrata a lo que te deseo, que no te quieres casar conmigo a hurto de tus padres, pues sabes que el tiempo les ha de curar el enojo que de eso recibieren?» Yo entonces le respondí: «Conténtate, Danteo, con que yo soy tuya y jamás podré ser de otro, por cosa que me suceda. Y pues yo me contento con la palabra que de ser mi esposo me has dado, no quieras que a trueque de esperar un poco de tiempo más, haga una cosa que tan mal nos está.» Y despedirse él de mí con estas palabras, y al otro día decirme que su padre le quería casar y que le diese licencia, y no contento con esto, casarse dentro de tres días. ¿Parécete, pues, Armia, que es esta harto suficiente causa para yo usar de la libertad, que con tanto trabajo de mi pensamiento tengo ganada?

-Esas cosas -respondió la otra- fácilmente se dicen y se pasan entre personas que se quieren bien, mas no se han de llevar por eso tan al cabo como tú las llevas.

La pastora le replicó:

-Las que se dicen, Armia, tienes razón, mas las que se hacen, ya tú lo ves si llegan al alma de las que queremos bien. En fin, Danteo se casó. Pésame mucho que se lograse poco tan hermosa pastora, y mucho más de ver que no ha un mes que la enterró y ya comienzan a dar vueltas sobre él pensamientos nuevos.

Armia le respondió:

-Matola Dios, porque en fin Danteo era tuyo y no podía ser de otra.

-Pues si eso es así -respondió Duarda-, que quien es de una persona no puede ser de otra, yo la hora de ahora me hallo mía y no puedo ser de Danteo. Y dejemos cosa tan excusada como gastar el tiempo en esto. Mejor será que se gaste en cantar una canción.

Y luego las dos en su misma lengua con mucha gracia comenzaron a cantar lo siguiente:



ArribaAbajo    Os tempos se mudarão,
a vida se acabará
mas a fe sempre estará
onde meus ollos estão.

    Os dias e os momentos,  5
as horas con sus mudanças,
inmigas são desperanças
e amigas de pensamentos.
Os pensamentos estão,
a esperança acabará,  10
a fe, menão deixará
por honra do coração.

    E causa de muytos danos
duvidosa confiança,
que a vida sen esperança  15
ja não teme desenganos.
Os tempos se ven e vão,
a vida se acabará,
mas a fe não quererá,
fazerme esta sin razão.  20

Acabada esta canción, Felismena salió del lugar donde estaba escondida, y se llegó a donde las pastoras estaban, las cuales espantadas de su gracia y hermosura se llegaron a ella y la recibieron con muy estrechos abrazos, preguntándole de qué tierra era y de dónde venía. A lo cual la hermosa Felismena no sabía responder, mas antes con muchas lágrimas les preguntaba qué tierra era aquella en que moraban, porque de la suya lengua daba testimonio de ser de la provincia de Vandalia y que por cierta desdicha venía desterrada de sus tierras. Las pastoras portuguesas con muchas lágrimas la consolaban, doliéndose de su destierro, cosa muy natural de aquella nación y mucho más de los habitadores de aquella provincia.

Y preguntándoles Felismena qué ciudad era aquella que había dejado hacia la parte donde el río, con sus cristalinas aguas apresurando su camino, con gran ímpetu venía; y que también deseaba saber qué castillo era aquel que sobre aquel monte mayor, que todos estaba edificado y otras cosas semejantes. Y una de aquellas, que Duarda se llamaba, le respondió que la ciudad se llamaba Coimbra, una de las más insignes y principales de aquel reino y aun de toda la Europa, así por la antigüedad y nobleza de linajes que en ella había, como por la tierra comarcana a ella, la cual aquel caudaloso río, que Mondego tenía por nombre, con sus cristalinas aguas regaba. Y que todos aquellos campos que con tan gran ímpetu iba discurriendo, se llamaban el campo de Mondego, y el castillo que delante los ojos tenían era la luz de nuestra España. Y que este nombre le convenía más que el suyo propio, pues en medio de la infidelidad del mahomético rey Marsilio, que tantos años le había tenido cercado, se había sustentado de manera que siempre había salido vencedor y jamás vencido; y que el nombre que tenía en lengua portuguesa era Monte moro vello, adonde la virtud, el ingenio, valor y esfuerzo habían quedado por trofeos de las hazañas que los habitadores de él en aquel tiempo habían hecho; y que las damas que en él había, y los caballeros que lo habitaban, florecían hoy en todas las virtudes que imaginar se podían. Y así le contó la pastora otras muchas cosas de la fertilidad de la tierra, de la antigüedad de los edificios, de la riqueza de los moradores, de la hermosura y discreción de las ninfas y pastoras que por la comarca del inexpugnable castillo habitaban.

Cosas que a Felismena pusieron en gran admiración, y rogándole las pastoras que comiese, porque no debía venir con poca necesidad de ello, tuvo por bien de aceptarlo. Y en cuanto Felismena comía de lo que las pastoras le dieron, la veían derramar algunas lágrimas, de que ellas en extremo se dolían. Y queriéndole pedir la causa, se lo estorbó la voz de un pastor que muy dulcemente, al son de un rabel, cantaba, el cual fue luego conocido de las dos pastoras porque aquel era el pastor Danteo por quien Armia terciaba con la graciosa Duarda; la cual, con muchas lágrimas, dijo a Felismena:

-Hermosa pastora, aunque el manjar es de pastoras, la comida es de princesa, que mal pensaste tú cuando aquí venías que habías de comer con música.

Felismena entonces le respondió:

-No habría en el mundo, graciosa pastora, música más agradable para mí que vuestra vista y conversación, y esto me daría a mí mayor ocasión para tenerme por princesa que no la música que decís.

Duarda respondió:

-Más había de valer que yo quien eso os mereciese, y más subido de quilate había de ser su entendimiento para entenderlo; mas lo que fuere parte del deseo, hallarse ha en mí muy cumplidamente.

Armia dijo contra Duarda:

-¡Ay, Duarda, cómo eres discreta y cuánto más lo serías si no fueses cruel! ¿Hay cosa en el mundo como esta, que por no oír a aquel pastor que está cantando sus desventuras, está metiendo palabras en medio y ocupando en otra cosa el entendimiento?

Felismena, entendiendo quién podía ser el pastor en las palabras de Armia, las hizo estar atentas y oírle; el cual cantaba al son de su instrumento esta canción en su misma lengua:



ArribaAbajo   Sospiros, miña lembrança
não quer, por que vos não vades,
que o mal que fazen saudades
se cure con esperança.

    A esperança não me val  5
po la causa en que se ten,
nem promete tanto ben
quanto a saudade faz mal.
Mas amor, desconfiança,
me deron tal qualidade  10
que nen me mata saudade
nen me da vida esperança.

Erarão se se queixaren
os ollos con que eu olley,
porqueu não me queixarey  15
en quãto os seus me lembraren.
Nem podrá ver mudança
jamais en miña vontade,
ora me mate saudade,
ora me deyxe esperança.  20

A la pastora Felismena supieron mejor las palabras del pastor, que el convite de las pastoras, porque más le parecía que la canción se había hecho para quejarse de su mal, que para lamentar el ajeno. Y dijo cuando le acabó de oír:

-¡Ay, pastor, que verdaderamente parece que aprendiste en mis males a quejarte de los tuyos! ¡Desdichada de mí, que no veo ni oigo cosa que no me ponga delante la razón que tengo de no desear la vida! Mas no quiera Dios que yo la pierda hasta que mis ojos vean la causa de sus ardientes lágrimas.

Armia dijo a Felismena:

-¿Paréceos, hermosa pastora, que aquellas palabras merecen ser oídas, y que el corazón de adonde ellas salen se debe tener en más de lo que esta pastora lo tiene?

-No trates, Armia -dijo Duarda- de sus palabras, trata de sus obras, que por ellas se ha de juzgar el pensamiento del que las hace. Si tú te enamoras de canciones, y te parecen bien sonetos hechos con cuidado de decir buenas razones, desengáñate, que son la cosa de que yo menos gusto recibo y por la que menos me certifico del amor que se me tiene.

Felismena dijo entonces favoreciendo la razón de Duarda:

-Mira, Armia, muchos males se excusarían, muy grandes desdichas no vendrían en efecto, si nosotras dejásemos de dar crédito a palabras bien ordenadas y a razones compuestas de corazones libres, porque en ninguna cosa ellos muestran tanto serlo, como en saber decir por orden un mal que cuando es verdadero, no hay cosa más fuera de ella. ¡Desdichada de mí que no supe yo aprovecharme de este consejo!

A este tiempo llegó el pastor portugués donde las pastoras estaban, y dijo contra Duarda en su misma lengua:

-A, pastora, se as lagrimas destos ollos e as mago as deste coração, são pouca parte para abrandar a dureza con que sou tratado! Nano quero de ti mais, senão que miña compañia por estes campos tenão seja importuna, ne os tristes versos que meu mal junto a esta fermosa ribeyra me faz cantar, te den ocasião denfadamento. Passa, fremosa pastora, a sesta a asombra destes salgeiros, que o teu pastor te levara as cabras a o rio, e estara a o terreiro do sol en quanto elas nas crystalinas aguas se bañaren. Pentea, fremosa pastora, os teus cabelos douro junto aquela cara fonte, donde ven o ribeiro que cerca este fremoso prado, que eu yrei en tanto a repastar teu gado, e terei conta con que as ovellas não entren nas searas que a longo desta ribeira estão. Dessejo que não tomes traballo en cousa nenhua, nen heu descanço en quanto en cousas tuas não traballar. Se ysto te parece pouco amor, dize tu en que te poderei mostrar o ben que te quero; que não amor sinal da peso a dezir verdade en qualquier cousa que diz que ofrecerse ha a esperiencia dela.

La pastora Duarda entonces respondió:

-Danteo, se he verdade que ay amor no mundo, eu o tive contigo, e tan grande como tu sabes; jamais ninhun pastor de quantos apacentão seus ganados por los campos de Mondego, e ben as suas claras aguas, alcançou de mi ninhua so palabra con que tiveses occasião de queixarte de Duarda, nen do amor que te ela sempre mostrou a ninguen tuas lagrimas e ardentes sospiros mais magoaron que a mi; ho dia que te meus ollos não viãno, jamais se levantavão a cousa que a lles dese gosto. As vacas que tu guardavas, erão mais que miñas, muytas mais vezes, receosa que as aguardas deste deleitoso campo lles não impedissen ho pasto, me punã heu desdaquel outeiro por ver si parecião doque miñas ovellas erão por mi apacentadas, nen postas en parte onde sen sobresalto pescessen as ervas desta fermosa ribeyra; isto me danou a mi tanto en mostrarme sojeyta como a ti en fazerte confiado. Ben sey que de minan sogeicão naceu tua confíança e de tua confiança fazer ho que fiziste. Tu te casaste con Andresa, cuja alma este en gloria, que cousa he esta que algun tenpo não pidi a Deus, antes lle pidia vingança dela e de ti; eu passey despois de voso casamento o que tu e outros muytos saben, quis miña fortuna que a tua me não dese pena. Deixame gozar de miña libertade e não esperes que comigo poderas gañar o que por culpa tua perdeste.

Acabando la pastora la terrible respuesta que habéis oído, y queriendo Felismena meterse en medio de la diferencia de los dos, oyeron a una parte del prado muy gran ruido, y golpes como de caballeros que se combatían, y todos con muy gran prisa se fueron a la parte donde se oían por ver qué cosa fuese. Y vieron en una isleta que el río con una vuelta hacía, tres caballeros que con uno solo se combatían; y aunque se defendía valientemente, dando a entender su esfuerzo y valentía, con todo eso los tres le daban tanto quehacer que le ponían en necesidad de aprovecharse de toda su fuerza. La batalla se hacía a pie y los caballos estaban arrendados a unos pequeños árboles que allí había. Y a este tiempo ya el caballero solo tenía uno de los tres tendido en el suelo, de un golpe de espada, con el cual le acabó la vida. Pero los otros dos, que muy valientes eran, le traían ya tal, que no se esperaba otra cosa sino la muerte.

La pastora Felismena, que vio aquel caballero en tan gran peligro, y que si no le socorriese, no podría escapar con la vida, quiso poner la suya a riesgo de perderla por hacer lo que en aquel caso era obligada, y poniendo una aguda saeta en su arco, dijo contra uno de ellos:

-¡Teneos afuera, caballeros, que no es de personas que de este nombre se precian, aprovecharse de sus enemigos con ventaja tan conocida!

Y apuntándole a la vista de la celada, le acertó con tanta fuerza que, entrándole por entre los ojos, pasó de la otra parte, de manera que aquel vino muerto al suelo. Cuando el caballero solo vio muerto a uno de los contrarios, arremetió al tercero con tanto esfuerzo, como si entonces comenzara su batalla, pero Felismena le quitó de trabajo poniendo otra flecha en su arco, con la cual, no parando en las armas, le entró por debajo de la tetilla izquierda y le atravesó el corazón, de manera que el caballero llevó el camino de sus compañeros. Cuando los pastores vieron lo que Felismena había hecho, y el caballero vio de dos tiros matar dos caballeros tan valientes, así unos como otros quedaron en extremo admirados. Pues quitándose el caballero el yelmo, y llegándose a ella, le dijo:

-Hermosa pastora, ¿con qué podré yo pagaros tan grande merced como la que de vos he recibido en este día, sino en tener conocida esta deuda para nunca jamás perderla del pensamiento?

Cuando Felismena vio el rostro al caballero y lo conoció quedó tan fuera de sí que de turbada casi no le supo hablar. Mas, volviendo en sí, le respondió:

-¡Ay, don Felis, que no es esta la primera deuda en que tú me estás, y no puedo yo creer que tendrás de ella el conocimiento que dices, sino el que de otras muy mayores me has tenido! Mira a qué tiempo me ha traído mi fortuna y tu desamor, que quien solía en la ciudad ser servida de ti con torneos, justas y otras cosas con que me engañabas, o con que yo me dejaba engañar, anda ahora desterrada de su tierra y de su libertad, por haber tú querido usar de la tuya. Si esto no te trae a conocimiento de lo que me debes, acuérdate que un año te estuve sirviendo de paje en la corte de la princesa Cesarina; y aun de tercero contra mí misma, sin jamás descubrirte mi pensamiento, por solo dar remedio al mal que el tuyo te hacía sentir. ¡Oh, cuántas veces te alcancé los favores de Celia, tu señora, a gran costa de mis lágrimas! Y no lo tengas en mucho, que cuando estas no bastaran, la vida diera yo a trueque de remediar la mala que tus amores te daban. Si no estás saneado de lo mucho que te he querido, mira las cosas que la fuerza de amor me ha hecho hacer. Yo me salí de mi tierra, yo te vine a servir y a dolerme del mal que sufrías, y a sufrir el agravio que yo en esto recibía y, a trueque de darte contento, no tenía en nada vivir la más triste vida que nadie vivió. En traje de dama te he querido como nunca nadie quiso; en hábito de paje te serví, en la cosa más contraria a mi descanso que se puede imaginar; y aun ahora en traje de pastora vine a hacerte este pequeño servicio. Ya no me queda más que hacer si no es sacrificar la vida a tu desamor si te parece que debo hacerlo, y que tú no te has de acordar de lo mucho que te he querido y quiero: la espada tienes en la mano, no quieras que otro tome en mí la venganza de lo que te merezco.

Cuando el caballero oyó las palabras de Felismena y conoció todo lo que dijo haber sido así, el corazón se le cubrió de ver las sinrazones que con ella había usado; de manera que esto y la mucha sangre que de las heridas se le iba, fueron causa de un súbito desmayo, cayendo a los pies de la hermosa Felismena como muerto. La cual con la mayor pena que imaginar se puede, tomándole la cabeza en su regazo con muchas lágrimas que sobre el rostro de su caballero destilaba, comenzó a decir:

-¿Qué es esto, fortuna? ¿Es llegado el fin de mi vida junto con la del mi don Felis? ¡Ay, don Felis, causa de todo mi mal! Si no bastan las muchas lágrimas que por tu causa he derramado, y las que sobre tu rostro derramo, para que vuelvas en ti, ¿qué remedio tendrá esta desdichada para que el gozo de verte no se le vuelva en ocasión de desesperarse? ¡Ay, mi don Felis! Despierta, si es sueño el que tienes, aunque no me espantaría si no le hicieses, pues jamás cosas mías te le hicieron perder.

En estas y otras lamentaciones estaba la hermosa Felismena, y las pastoras portuguesas le ayudaban cuando por las piedras que pasaban a la isla, vieron venir una hermosa ninfa con un vaso de oro y otro de plata en las manos, la cual luego de Felismena fue conocida y le dijo:

-¡Ay, Dórida! ¿Quién había de ser la que a tal tiempo socorriese a esta desdichada sino tú? Llégate acá, hermosa ninfa, y verás puesta la causa de todos mis trabajos en el mayor que es posible tenerse.

Dórida entonces le respondió:

-Para estos tiempos es el ánimo, y no te fatigues, hermosa Felismena, que el fin de tus trabajos es llegado y el principio de tu contentamiento.

Y diciendo esto, le echó sobre el rostro de una odorífera agua que en el vaso de plata traía, la cual le hizo volver en todo su acuerdo, y le dijo:

-Caballero, si queréis cobrar la vida y darla a quien tan mala a causa vuestra la ha pasado, bebed del agua de este vaso.

Y tomando don Felis el vaso de oro en las manos, bebió gran parte del agua que en él venía. Y como hubo un poco reposado con ella, se sintió tan sano de las heridas que los tres caballeros le habían hecho, y de la que amor a causa de la señora Celia le había dado, que no sentía más la pena que cada una de ellas le podían causar que si nunca las hubiera tenido. Y de tal manera se le volvió a renovar el amor de Felismena, que en ningún tiempo le pareció haber estado tan vivo como entonces; y sentándose encima de la verde hierba, tomó las manos de la pastora y besándoselas muchas veces decía:

-¡Ay, Felismena! ¡Cuán poco haría yo en dar la vida a trueque de lo que te debo! Que pues por ti la tengo, muy poco hago en darte lo que es tuyo. ¿Con qué ojos podrá mirar tu hermosura el que faltándole el conocimiento de lo que te debía, osó ponerlos en otra parte? ¿Qué palabras bastarían para disculparme de lo que contra ti he cometido? Desdichado de mí si tu condición no es en mi favor, porque ni bastará satisfacción para tan gran yerro ni razón para disculparme de la grande que tienes de olvidarme. Verdad es que yo quise bien a Celia y te olvidé, mas no de manera que de la memoria se me pasase tu valor y hermosura. Y lo bueno es que no sé a quién ponga parte de la culpa que se me puede atribuir, porque si quiero ponerla a la poca edad que entonces tenía, pues la tuve para querer, no me había de faltar para estar firme en la fe que te debía; si a la hermosura de Celia, muy claro está la ventaja que a ella y a todas las del mundo tienes; si a la mudanza de los tiempos, ese había de ser el toque donde mi firmeza había de mostrar su valor; si a la traidora de ausencia, tampoco parece bastante disculpa, pues el deseo de verte había estado ausente de sustentar tu imagen en mi memoria. Mira, Felismena, cuán confiado estoy en tu bondad y clemencia, que sin miedo te oso poner delante las causas que tienes de no perdonarme. Mas, ¿qué haré para que me perdones o para que después de perdonado, crea que estás satisfecha? Una cosa me duele más que cuantas en el mundo me pueden dar pena, y es ver que puesto caso que el amor que me has tenido y tienes te haga perdonar tantos yerros, ninguna vez alzaré los ojos a mirarte que no me lleguen al alma los agravios que de mí has recibido.

La pastora Felismena que vio a don Felis tan arrepentido, y tan vuelto a su primero pensamiento, con muchas lágrimas le decía que ella le perdonaba, pues no sufría menos el amor que siempre le había tenido y que si pensara no perdonarle, no se hubiera por su causa puesto a tantos trabajos; y otras cosas muchas con que don Felis quedó confirmado en el primero amor. La hermosa ninfa Dórida se llegó al caballero, y después de haber pasado entre los dos muchas palabras y grandes ofrecimientos, de parte de la sabia Felicia, le suplicó que él y la hermosa Felismena se fuesen con ella al templo de la diosa Diana, donde los quedaba esperando con grandísimo deseo de verlos. Don Felis lo concedió y, despedido de las pastoras portuguesas, que en extremo estaban espantadas de lo que visto habían, y del afligido pastor Danteo, tomando los caballos de los caballeros muertos, los cuales, sobre tomar a Danteo el suyo, le habían puesto en tanto aprieto, se fueron por su camino adelante, contando Felismena a don Felis con muy gran contento lo que había pasado, después que no le había visto. De lo cual él se espantó extrañamente, y especialmente de la muerte de los tres salvajes, y de la casa de la sabia Felicia y suceso de los pastores y pastoras, y todo lo más que en este libro se ha contado. Y no poco espanto llevaba don Felis en ver que su señora Felismena le hubiese servido tantos días de paje y que de puro divertido el entendimiento, no la había conocido; y por otra parte era tanta su alegría de verse de su señora bien amado, que no podía encubrirlo. Pues caminando por sus jornadas, llegaron al templo de Diana, donde la sabia Felicia los esperaba, y asimismo los pastores Arsileo y Belisa, y Silvano y Selvagia, que pocos días había que eran allí venidos. Fueron recibidos con muy gran contento de todos, especialmente la hermosa Felismena, que por su bondad y hermosura de todos era tenida en gran posesión. Allí fueron todos desposados con las que bien querían, con gran regocijo y fiesta de todas las ninfas y de la sabia Felicia, a la cual no ayudó poco Sireno con su venida, aunque de ella se le siguió lo que en la segunda parte de este libro se contará, juntamente con el suceso del pastor y pastora portuguesa Danteo y Duarda.








ArribaLa historia de Alcida y Silvano


compuesta por Jorge de Montemayor a la ilustre señora doña Ana Ferrer, dama catalana


Arriba    Suene mi ronca voz, y lleve el viento
a ti, ¡oh Lusitania!, sus acentos,
cante del crudo amor el movimiento
y el repartir de varios pensamientos;
llorad húmidos ojos un contento  5
en quien fundó el amor mil descontentos;
mi triste canto sea celebrado
con lágrimas, amor, pena, cuidado.

    Hermanas de Faetón, dejad el llanto,
ninfas del hondo Tajo, dadme oídos,  10
Apolo, no guiéis el carro en tanto
que canto de los dos de amor vencidos,
que si el carro guiáis y oís mi canto,
así os lastimará que los sentidos
perdáis, y el carro vaya de la suerte  15
que a vuestro hijo Faetón causó la muerte.

    Las celebradas ninfas de Mondego
encima de sus ondas se levanten,
sintiendo del amor el vivo fuego,
y con su amargo lloro el mundo espanten.  20
Sus blandos ejercicios dejen luego,
y el mal de su pastor conmigo canten;
y vos, hermanas nueve a quien invoco,
de aquel suave licor me dad un poco.

    Y tú, doña Ana, cuyo nombre y gloria  25
inspira, mueve y rige el pensamiento,
a quien mis versos van y la memoria,
y en quien mi mal consiste y mi contento,
recibe de los dos la triste historia,
y pues no llega el suyo a mi tormento,  30
el triste fin mirando, yo lo fío,
que de él podrás muy bien sacar el mío.

    El claro río Mondego celebrado,
su fértil campo, verde y deleitoso,
el monte, a do su monte está sentado,  35
y encima su castillo valeroso,
el su bosque de olivas adornado,
su alta sierra y valle muy umbroso,
criaron a Silvano, en quien amores
mostraron si hay amor entre pastores.  40

   Su opinión, su ser, su fundamento,
jamás a cosas bajas lo inclinaba,
sentía el mozo en sí un movimiento
que a más que a ser pastor lo encaminaba.
Jamás le entendió alguno el pensamiento,  45
ni demostrarlo a nadie se preciaba,
continuo a cosas altas fue inclinado,
y amigo de la ciencia en sumo grado.

    Buscaba por el campo los pastores
de más virtud y suerte acompañados:  50
al que sabe de amor, hable en amores,
y al que de sólo el pasto, en los ganados.
Llegar nunca se pudo a los menores,
porque jamás lo fueron sus cuidados,
y a quien más conversó fue a dos Iusartes,  55
a quien él alababa en todas partes.

    Con estos su ganado apacentando,
andaba por el campo y su ribera,
de día ora tañendo, ora cantando,
al son de rabel, flauta, o de qué quiera,  60
de noche unos durmiendo, otros velando
por el hambriento lobo, de manera
que en estos dos hallaba, y lo decía,
virtud, saber, esfuerzo y valentía.

    Debajo de altos pinos muy umbrosos,  65
con los de Pina siempre conversaba,
cuyo linaje y hechos generosos
al son de su zampoña los cantaba.
Y los de Payva allí por muy famosos,
sus virtudes heroicas celebraba,  70
llorando a dos Antonios, cuya suerte
muy presto la atajó la cruda muerte.

    Miraba aquella cerca antigua y alta
que por trofeo quedó de las hazañas
del santo Abad don Juan, en quien se esmalta  75
la honra, el lustre y prez de las Españas;
allí la fuerza de Héctor no hizo falta,
pues destruyó su brazo las compañas
del sarracino rey que lo seguía
y a su traidor sobrino don García.  80

   Miraba aquel castillo inexpugnable,
por tantas partes siempre combatido
de aquel falso Marsilio y detestable,
y del traidor Zulema en él nacido.
Decía allá entre sí: «¡Oh cuán notable,  85
muy gran Monte mayor, continuo has sido,
pues en tus altas torres fue guardada
la santa fe, y a fuerza de la espada!»

    Decía: «¡Oh alto monte y valeroso!,
Monte mayor el viejo tan nombrado,  90
y monte de fe lleno y muy glorioso,
mayor por más valiente y señalado,
llámante el viejo a ti por más famoso,
antiguo, fuerte, alto, y celebrado,
a do Minerva y Marte se juntaron,  95
y con la ciencia y armas te adornaron.»

    Después, aunque no estaba enamorado,
mil versos, mil canciones les cantaba,
y como quien está de amor tocado,
formaba quejas de él, y suspiraba.  100
Según mostraba siempre en su cuidado,
parece que a este tiempo se ensayaba,
o puede ser que entonces ya sentía
el grave mal de amor y lo encubría.

    Partiose el buen Silvano, suspirando,  105
del claro río Mondego y su ribera,
su rostro vuelve atrás de cuando en cuando,
como si amor por fuerza lo moviera.
Decía: «¡Oh soledad, ya vas mostrando
lo que después harás!» Y la manera  110
con que el pastor sentía estos enojos,
mostraban bien las aguas de sus ojos.

    Para la gran Vandalia fue su vía,
que allá lo encaminaba su destino.
Acá y allá mil veces revolvía,  115
hasta que después de esto acaso vino
do el caudaloso Duero parecía,
tan manso como airado va continuo41
de salces y de alisos muy cercado,
de la una parte un soto, y de otra un prado.  120

    No fue como este prado y su ribera,
y un cierto montecillo y fuente clara,
aquel que Palas vio, que si este viera
con muy más justa causa se admirara.
Y si las ninfas de este conociera,  125
cuando las nueve vio, no se espantara,
que aquella diferencia viera entre ellas
que vemos entre el sol y las estrellas.

    Todo el gracioso campo se veía
de salces y de alisos muy cercado,  130
la yedra por sus troncos revolvía,
con un enredo extraño y concertado,
según la verde hierba parecía
que allí Medea las hierbas ha cortado,
con que el olivo viejo hizo nuevo  135
y al padre de Jasón volvió mancebo.

    Allí las avecillas resonaban,
mostrando su dolor y sus querellas,
sobre que dulcemente discantaban,
y el Eco respondía acentos de ellas,  140
los cuales a las ninfas informaban
del crudo mal de amor, y las centellas
que aun en las avecillas sin sentido
aquel hijo de Venus ha encendido.

    Al tiempo que llegó aquí Silvano,  145
llegada era la dulce primavera,
con las alegres nuevas del verano,
de hoja y flor poblando la ribera.
Dejar de suspirar no fue en su mano,
ni aun de sentir dejara quien lo viera,  150
allá dentro en su alma, un movimiento
de enamorado y triste pensamiento.

    Luego Silvano vio una clara fuente,
al pie de un verde salce, en este prado.
El céfiro la ornaba blandamente  155
de un ventecico fresco y muy templado,
el cual menea el salce y la corriente,
hace con él un son tan concertado
que no le hicieran tal, según yo creo,
de Apolo la vihuela y la de Orfeo.  160

   Como el que de su dama está apartado,
y su idea tiene en la memoria,
que si le aflige amor, pena, o cuidado,
comienza a imaginar su dulce historia,
y ya después de haberla imaginado  165
le mata verse ausente de su gloria,
así deja al pastor muy sin sosiego
ver al hermoso Duero y no a Mondego.

    Cansancio, soledad, poca alegría
mostraba allí Silvano en su semblante.  170
Congoja es quien le tiene compañía,
ningún mal puede haber que ya le espante,
mas la tristeza grave que sentía
al sueño fue a llamar, y en un instante
al salce se arrimó, y sobre la mano  175
su cabeza afirmó, y durmió Silvano.

    Y aunque el cansado cuerpo reposaba,
el alma, como suele, no dormía,
mas ante el crudo amor le revelaba
el mal, que el pastor ya se temía:  180
y entre otras muchas cosas que soñaba,
muy llena de temor le parecía
que hacia él venía una pastora,
la cual él conoció luego a la hora.

    Armía se llamaba esta zagala  185
que de Silvano fue muy gran amiga,
su hermosura y ser, aviso y gala,
a la fama espantó y ella lo diga;
ninguna de su tiempo se iguala,
aunque fortuna fue tan su enemiga  190
que no cortó a medida su ventura
de su valor, estado, y hermosura.

    Venía la pastora así adornada,
como tras el ganado andar solía:
la saya verde, clara, y muy plegada,  195
que el blanco pie descalzo le encubría,
sayuelo blanco y manga no apretada
ni muy ancha tampoco en demasía,
y aunque es alto, el collar desabrochado,
por no ofender al cuello delicado.  200

   Sobre los hombros trae sus cabellos
como rayos del sol y más dorados,
y como quien se precia poco de ellos,
de una cierta desorden adornados.
Una toallica blanca trae sobre ellos,  205
los cabos por la punta ambos tomados,
no puestos por igual, no muy derechos,
presos con alfiler sobre los pechos.

    Al hombro una zamarra mal doblada,
del brazo su zurrón traía colgando,  210
en la derecha mano una cayada,
y el blanco pie en la arena matizando.
Llegó a Silvano ya como cansada,
el cual de verla allí se está admirando,
y no piensa que es sueño o desconcierto,  215
sino que aquella es, y está despierto.

    Parécele al pastor que le abrazaba,
llorando de sus ojos y decía:
«No sé, Silvano, yo amor dó estaba
cuando en el duro pecho se imprimía  220
de aquel pastor cruel que me mostraba
que más que a su alma propia me quería,
pues hubo en él tan súbita mudanza
que me dejó sin vida ni esperanza.

    »Mudado se ha Teonio y tan mudado  225
que Dórida lo goza y es su esposo.
Un blando corazón desengañado
burlole un crudo, ingrato, y cauteloso.
El uno está casado, otro cansado;
el uno en gran dolor, otro en reposo.  230
¡Oh ásperas mudanzas de fortuna,
vida enojosa, triste, e importuna!

    »Dios sabe, ¡oh mi Silvano!, cuántos días
después que el río Mondego así dejaste,
se me acordó de ti, que me decías,  235
cuando mi pena viste y la notaste:
"Dejar debes, Armía, tus porfías,
más ya no has de poder, pues te entregaste."
Bien debías tú entender aquel quién era,
y aun yo, si no lo amara, lo entendiera.  240

   »Mas, ¡ay de quien se ve de amor robada!,
que nunca jamás cree consejo alguno.
Y así fui triste yo, que de engañada
te tuve entonces42 a ti por importuno;
contra su amor jamás creyera nada,  245
que en su fe me mostró ser sólo uno,
y tanto era el amor que le tenía
que no creí mi mal, aunque le veía43.

   »A Venus, de su hijo me he quejado,
y a su hijo llamó por informarse,  250
por todo el universo se ha buscado
y creen que por demás será hallarse,
que en este soto espeso está emboscado
y parecer no quiere hasta vengarse
de una hermosa ninfa muy exenta,  255
que nunca jamás de él ha hecho cuenta.

    »Y que esto ha de hacer a costa suya,
y de un pastor mancebo y extranjero,
ha miedo el falso amor que ella le huya,
por eso se emboscó, mas yo no quiero  260
que seas tú el pastor y te destruya.
Silvano, vete luego, y sea primero
que a esta ninfa veas y te vea,
y a tu costa el amor vengado sea.

    »No sabes que es amor sino de oídas,  265
no quieras, ¡oh Silvano!, la experiencia.
No quieras ver mil lágrimas perdidas,
ni quieras entender el mal de ausencia.
No quieras ver pasiones nunca oídas,
y después de esto el áspera sentencia  270
que da contra el amante el que es amado,
si no está muy de veras lastimado.

    »¿A quién no matará sólo un olvido?
¿A quién un disfavor no llega al cabo?
¿Qué medio ha de tener quien no es querido,  275
para de amor sufrir dolor tan bravo?
Pues, ¡ay de aquel que fue favorecido!
si un pensamiento viene de otro cabo
y causa en la que ama un movimiento,
que a este mal no llega entendimiento.  280

   »¿Qué es ver un amador si llega un celo,
ahora sea con causa, ahora sin ella?:
¿aquella ansia perpetua y desconsuelo,
aquel no ver la cosa y asir de ella,
aquel sin ocasión quejarse al cielo,  285
aquel oír la disculpa y no creerla44?
Y a veces, aunque es mal para matarlo,
temiendo otro mayor disimularlo.

    »Así que vete luego, mi Silvano,
y mira el crudo amor do me ha llegado.  290
No pongas tu contento en una mano
de quien jamás le dio que haya turado.
Servirle y ser leal es muy en vano.
¡Ved qué será de aquel que se ha entregado
sin más ni más a este niño ciego,  295
variable, falso, libre, y sin sosiego!»

    Y estando en este sueño muy metido,
le pareció llegar a aquella fuente,
con grande majestad, pompa, y ruïdo,
el niño dios de amor, que de repente  300
mandaba Armía prender por haber sido
contra lo que ordenaba; brevemente
fue puesta en la prisión de los culpados
que contra amor han sido conjurados.

    Y con el gran ruïdo despertando,  305
temió luego el pastor lo que soñaba,
de Armía las palabras contemplando,
y lo que hizo amor consideraba:
entre soltura y sueño está temblando
al tiempo que la aurora comenzaba  310
a matizar el campo, río, y prado,
y el montecillo y soto celebrado.

    No mira allí Silvano el claro río,
ni el campo tan diverso en sus colores,
no mira el arboleda, ni el rocío,  315
como grano de aljófar en las flores,
mas de lo que soñó está tan frío,
que no dirá que oyó los ruiseñores
ni la calandria, dulce enamorada,
que entonces45 a sus amores da alborada.  320

   No ve Febo venir resplandeciendo,
ni ve el lustre que da a toda cosa,
no siente un airecillo que bullendo
la hermosa arboleda no reposa;
no ve una espesa niebla irse huyendo  325
de encima el claro río, presurosa;
no ve sino un dolor y pena extraña,
con quien el corazón jamás se engaña.

    Estando en su fatiga muy metido,
bien fuera de pensar en otras cosas,  330
hiriole un dulce canto en el oído,
de dos voces suaves y graciosas.
Fue a levantar los ojos constreñido,
y allí dos ninfas vio asaz hermosas;
limpiaba una los ojos y cantaba,  335
y otra, cogiendo flores, la ayudaba.

    Mostró la una estar de amor herida,
y otra mostró vivir de amor exenta;
una mostró al amor estar rendida,
la otra con amor no tener cuenta;  340
la una está en amor muy encendida,
la otra fría en él y muy contenta,
y como a tal la vio cogiendo flores,
muy fuera de pensar en mal de amores.

    Belisa es la que llora muy quejosa  345
de una deslealtad con ella usada.
No le valió ser casta, no hermosa,
leal, honesta, firme, y avisada.
No le valió poner su amor en cosa
tan alta, ilustre, clara, y levantada,  350
para dejar de ver por sí mil males
que causan corazones desleales.

    Alcida era la ninfa que cogiendo
las flores va, muy fuera de cuidado,
la pena de Belisa no sintiendo,  355
ni el mal que amor le tiene aparejado:
a la fuente se vienen, concluyendo
su dulce canto extraño y concertado,
y aunque traían sueltos sus cabellos,
mil corazones presos traen a ellos.  360

   Y no vio Silvano después de esto
de qué venían vestidas, de turbado,
ciego mirando luego el claro gesto
de quien principio dio a su cuidado.
Y así no fue a mi pluma manifiesto  365
de las dos el vestido, ni el tocado,
sólo dijo Silvano que traían
guirnaldas de laurel cuando venían.

    Y no vieron las ninfas a Silvano
hasta llegar las dos junto a la fuente;  370
Alcida, que lo vio, el sobrehumano
rostro se le mudó muy brevemente.
Amor, que el arco tiene ya en la mano,
luego apuntó a los dos con flecha ardiente,
y no errando el blanco en aquel punto,  375
cada uno por el otro está difunto.

    ¡Quién viera allí a Silvano estar vencido
de amor, el cual de oídas conocía!
¡Quién viera estar Alcida sin sentido
en ver que siente un mal que no temía!  380
¡Quién ve a Silvano estar embebecido
en solamente ver por quien moría!
¡Quién ve temer Alcida aquella hora
si a dicha ama el pastor otra pastora!

    Los ojos de Silvano bien mostraban  385
que por los de su Alcida se perdían,
y los de Alcida allí disimulaban
lo menos, que lo más ya no podían.
Los de Belisa claro divisaban
por experiencia, y más por lo que veían46,  390
lo que en los dos amor había hecho,
rompiendo a cada uno el blando pecho.

    Suspensa y espantada estaba Alcida,
y muerto más que vivo está Silvano.
De amor cree la pastora estar herida,  395
y el triste no de amor mas de su mano,
está disimulada aunque vencida,
y está el pastor perdido y muy ufano
en sólo ver que mira y es mirado,
ora sea voluntario, ora forzado.  400

   Los ojos de los dos están hablando,
las lenguas están mudas por un poco.
Los de Silvano en hito están mirando,
y los de Alcida miran poco a poco.
Los de Belisa salen derramando  405
lágrimas y diciendo: «¡Oh amor loco!
¿hasta en los prados, selvas, do hay pastores,
quieres que se padezca mal de amores?»

    El tiempo les faltó, y el recogerse
a un alto palacio fue forzado.  410
Silvano en verlas ir y solo verse,
de un grave y nuevo mal fue traspasado.
Seguirlas quiere y teme el atreverse,
aunque le ponga fuerzas su cuidado;
y en fin se queda allí cabe la fuente,  415
su grave mal llorando amargamente.

    Alcida va consigo peleando,
y crece poco a poco su herida,
su mal allá entre sí disimulando,
fingiendo del amor no estar vencida;  420
pero mirando atrás de cuando en cuando,
decía allá entre sí: «¡Ay triste Alcida!».
Mas calla suspirando y dice luego:
«No temo al crudo amor, ni a su gran fuego.»

    Algunas veces por allí tornaban  425
las ninfas, y al pastor Silvano veían47,
mirándole, las dos disimulaban,
y, sólo en el mirarlas lo entendían.
Y como al gran palacio se tornaban,
al triste amador nuevo así afligían,  430
que con suspiros, lágrimas, mostraba
que ya su vida triste se acababa.

    Después de algunos días ser pasados,
Alcida que sufrir ya no podía
la gran pasión, los ásperos cuidados  435
que a su causa Silvano padecía,
se vino con Belisa a los collados
ado el pastor Silvano estar solía,
con determinación de no pesarle
si aquel pastor su mal quiere mostrarle.  440

   Llegadas do Silvano está llorando,
Belisa se sentó cabe la fuente.
Silvano mira Alcida suspirando,
y Alcida disimula sabiamente,
mas el amor allí sobrepujando  445
a lo que fingir quiere el que lo siente,
en contemplarlo se quedó suspensa,
sufriendo allá entre sí su pena inmensa.

    Pues como cada cual está elevado,
quiso hablar Belisa interviniendo.  450
Llegose a él, tirole del cayado,
dejóselo llevar, no lo sintiendo,
y díjole: «Ah pastor, ¡cuán descuidado
estás!» Pero Silvano en sí volviendo,
le dijo: «No hay cuidados más derechos  455
que los descuidos por amores hechos.»

    Respóndele Belisa: «Bien lo creo,
¡triste de la que ha tanto que lo siente!»
Y como de le oír tuvo deseo,
llegose junto a él cabe la fuente  460
y dijo: «¿Cúyo sois?» «De lo que veo
-le respondió Silvano blandamente-,
amor no me dio cuyo hasta ahora,
que me ha dado una ninfa por señora.»

    Belisa replicó: «¿Quién es aquella  465
que en un punto, pastor, pudo robarte?»
Silvano respondió: «No sé más de ella
que no saber por ella de mi parte;
después que con mis ojos pude verla48,
para tratar de mí soy poca parte.»  470
Y aunque Belisa entiende su fatiga,
no se lo da a entender, porque él lo diga.

    Alcida, aunque en levada, bien oía
lo que el pastor responde, y sospechaba
si es ella, y otra no, por quien decía,  475
si de su amor o de otro preso estaba.
Y como quien amaba en demasía,
y en lo que respondió no se fiaba,
dijo a Belisa paso y al oído:
«Pregúntale por quién está perdido.»  480

   Tornó Belisa luego a importunarle49,
diciendo: «Di, ¿quién causa tu fatiga?»
Silvano respondió: «La lengua calle
lo que en mi alma entró, y amor lo diga.»
No quiso más Belisa importunarle50,  485
y como su dolor en fin le obliga,
se va su paso a paso por el prado,
dejando allí los dos con su cuidado.

    Suspendiole a Silvano su tormento
pensar que amor en él está seguro;  490
no siente la pastora descontento
en ver que entró en su alma el amor puro,
mas por honrar la entrada al pensamiento,
de su gran discreción derriba el muro.
Y así se están los dos, porque a hablarse  495
ninguno de ellos osa aventurarse.

    Parécele a Silvano que ya tarda;
hablar quiere, y no dice cosa alguna.
Amor es quien lo mueve y acobarda;
el atrever y el miedo están a una.  500
Temor es el que está diciendo: «¡Aguarda!»
Su mal dice que hable y lo importuna.
No halla medio alguno el desdichado
a quien no hurte el cuerpo su cuidado.

    En esta confusión está metido,  505
y Alcida está también metida en ella.
Cada uno está cobarde y atrevido
para decir al otro su querella;
cada uno de su pena está vencido,
pero Silvano en fin, forzado de ella,  510
temblando, bajo, ronco, y comoquiera,
le comenzó a hablar de esta manera:

    «Señora mía, si este mi tormento
disimular pudiera de algún arte,
o si en amor cupiera sufrimiento,  515
callara yo mi mal por no enojarte;
mas es tan desusado el mal que siento
que yo para encubrirlo no soy parte,
ni soy quien en decirlo tengo culpa,
que amor es quien me mueve y me disculpa.  520

   »El gran amor que tengo no es acaso,
por elección ha sido, yo lo siento:
un paso contó amor tras otro paso,
en todo hubo su cuenta y su descuento,
quitando, ninfa mía, el mal que paso,  525
vuestro valor y mi merecimiento,
eu todo hubo su cuenta, pero en esto
poderla haber jamás es manifiesto.

    »Mis ojos no sin causa te miraron,
pues no hay cosa que ver después de verte;  530
mi espíritu cansado te entregaron,
que contra tu beldad no hay cosa fuerte.
El alma y los sentidos se juntaron,
y acuerdan todos juntos de una suerte
de se entregar a ti, y quien huyere,  535
que pierda luego el ser que en mí tuviere.

    »Padezco sólo un mal y mil dolores,
de quien mi mal en torno está cercado,
y aunque me forzó amor a mis amores,
pues yo no resistí, no fui forzado:  540
fatigas, descontentos, disfavores,
no me harán llamar triste a mi hado,
que no es tan malo el mal de ser cautivo,
cuan bueno es el vivir, pues por ti vivo.

    »Si estando yo sin mí hablo contigo,  545
y viéndote no estoy corto y medroso,
no soy, señora, yo el que esto digo;
hablar debe otro en mí, pues hablar oso.
Amor, aunque es la parte, es buen testigo
de cómo lo que digo me es forzoso,  550
o sea atrevimiento, o sobra, o mengua,
mover delante ti mi ruda lengua.»

    Y así calló, quedando sosegado,
y no callar tan presto bien quisiera.
Hubo temor, en fin, de haber callado,  555
por lo que a aquella ninfa oír espera.
Piensa que la indignó en haber hablado,
y que hablando más entretuviera
la terrible sentencia que esperaba,
y esto causó el temor cuando callaba.  560

   Mas ella aunque a Silvano está escuchando,
bien muestra que de amor no está segura:
ora el divino rostro matizando
con un vivo color de grana pura,
ora secretamente suspirando,  565
ora un dulce mirar, una blandura,
que a él para respuesta le bastara
si el crudo mal de amor no le cegara.

    Si él volvía los ojos hacia el suelo,
dando alguna razón con movimiento,  570
alzaba ella los suyos con un celo
de ver a quien causaba su tormento.
Y cuando él otra vez los vuelve al cielo
para le encarecer su pensamiento,
Alcida iba los suyos abajando,  575
y así le va su vista salteando.

    La ninfa no quisiera responderle,
mas ya su voluntad no está en su mano.
Pensando que el tardar será ofenderle,
mil veces le acomete y es en vano.  580
Y aunque vergüenza llega a entretenerle,
en fin, amor y fe, y el su Silvano,
en su memoria entraron, y en un credo
quitaron todos tres la fuerza al miedo.

    Con un blando suspiro comenzando,  585
y con un rostro puro y muy sereno,
le dijo: «Tu dolor estoy notando,
y no sé si me salvo o me condeno;
por ser tuyo, tu mal lo estoy pasando,
y si mi hado en esto es malo o bueno,  590
no estoy tan libre para yo juzgarle51,
mas ya que habla amor, la razón calle.

    »Si yo temo tu fe, si tengo miedo,
que no viene sin causa esta sospecha,
si en tu mano es fingirte triste o ledo,  595
imaginarlo yo, ¿qué me aprovecha?
Saber que ya no mando en mí ni puedo
me hace estar contenta y satisfecha,
y pues que tú y amor tenéis la culpa,
en ambos tendrá Alcida su disculpa.  600

   »Quisiera yo fingirme muy exenta,
y padecer secreto lo que siento;
quisiera estar quejosa y descontenta,
llamando a tu pasión atrevimiento,
mas el dolor que ahora me atormenta  605
no da tanto lugar al pensamiento
para que encubrir pueda su accidente,
mostrándose al revés de lo que siente.

    »Mas ya que paró aquí mi mala suerte,
o buena para mí si tú quisieres,  610
¿qué puedo yo hacer sino quererte,
y aunque me pese, creer que tú me quieres?
Y pues, pastor, ya temo yo perderte,
¿qué más prenda de amor? Para que esperes
que yo nunca jamás podré olvidarte,  615
ni aun tú de desamor podrás quejarte.»

    Calló con esto Alcida y no callara
si más que dijo allí decir pudiera;
si más hay que mostrar, aún más mostrara,
y si hay más que querer, aún más quisiera.  620
Ninguna cosa entonces le estorbara,
aunque la muerte allí sobreviniera,
para decir la pena que sentía
aquel que mucho más que a sí quería.

    Y aunque quedó con rostro sosegado,  625
mostró en su corazón no haber reposo
en un blando suspiro, y adornado
de un cierto volver de ojos muy airoso.
¡Ved qué haría Silvano en tal estado!,
estando un poco antes tan medroso  630
de la respuesta dura de su Alcida,
a quien su libertad está rendida.

    No le perdió el pastor razón ninguna,
que todas las escribe en su memoria,
ni piensa que jamás persona alguna  635
sacó de ser vencido tal victoria.
Mas témese el pastor que la fortuna
le venga a tomar cuenta de esta gloria,
que nunca el amor dio contentamiento
a quien fortuna deje sin descuento.  640

    Belisa, que escondida está escuchando
lo que pasaba Alcida con Silvano,
a cada paso de estos suspirando,
está teniendo a Amor por inhumano.
De su pastor se acuerda contemplando  645
cuántas veces le dijo en aquel llano
lo que a Silvano allí oído había,
y ella lo que Alcida respondía.

    Decía: «Quiera Dios por lo que toca
a esta nuevamente enamorada,  650
no esté el amor de aquel sólo en la boca,
y el alma exenta de él y descuidada,
que cuanto en ellos más amor se apoca,
tanto más su pastora está prendada.
No temen ya de amor mudanza alguna;  655
como señores gozan su fortuna.

    »¿En quién nunca se vio tan gran mudanza
como en Alcida, siendo tan exenta
que a tantos perder hizo la esperanza
sin que del mal de amor hiciese cuenta?  660
¡Extraña orden de amor! ¡Extraña usanza
que tenga por mal caso y por afrenta
haber un corazón que sea exento
para poder vivir sin su tormento!»

    Alcida en este tiempo está rogando  665
que la zampoña toque el su Silvano.
Tomábala el pastor no porfiando,
que porfiar allí no es en su mano.
Comiénzala a tocar y ella escuchando,
y Belisa también, y aun todo el llano;  670
ninfas del río, sátiras, y faunos
los suspendió tomándola en las manos.

    Mas cuando Alcida oyó cómo tocaba
con aire tan gracioso y excelente,
y cómo con el son se concertaba  675
el dulce murmurar de aquella fuente,
que algunos versos cante le mandaba.
Y respondió el pastor alegremente:
«Escoge tú la historia que quisieres,
que yo no he de salir de lo que quieres.»  680

   Alcida, que en Silvano está su gloria,
su vida, su contento, su deseo,
su voluntad, su intento, su memoria,
aunque mandarle así tiene por feo,
le dijo: «Canta un poco de la historia  685
de la hermosa Silvia y de Danteo,
que en Lusitania fueron tan nombrados,
y de Diana y Marte celebrados.»

    Silvano no sintió de sí contento
de ser de su pastora así mandado,  690
que en verso no sabía el propio cuento
para cantarlo a son y concertado.
Mas comenzó a tocar el instrumento,
y de un nuevo furor allí inspirado,
haciendo pronto el verso así decía  695
con voz suave y dulce melodía:

    «Llorando el sinventura de Danteo,
delante su pastora estaba un día,
diciendo: "¿Por qué causa, ¡oh alma mía!,
no puedo verme a mí si no te veo?"  700
"Pastor -le dijo Silvia-, no te creo",
y a otra parte el rostro revolvía.
Pasar quiso de allí, mas no podía;
vergüenza pudo más que su osadía.

    »Danteo respondió medio difunto:  705
"¿Por qué esperanza mía estáis dudosa
de un amor tan firme y verdadero?"
Y Silvia replicó: "Porque en un punto
se muda y hace fin cualquiera cosa,
y el falso amor en esto es el primero."  710
Luego el pastor le dijo: "Tal dolencia
no la tendrá quien viviere tu presencia".»

    Así acabó Silvano, y muy quieto
quedó, puestos los ojos en Alcida,
la cual solemnizó todo el soneto  715
con lágrimas, sintiendo la caída
de aquel joven pastor, fuerte y discreto,
pues en la primavera de su vida
cortó la Parca el hilo a gran porfía,
por dar al mozo Adonis compañía.  720

   Muy bien sabía Alcida aquella historia,
mas nunca la movió a sentimiento
hasta que tuvo amor en la memoria,
y vio por experiencia su tormento.
Y como en ver Silvano está su gloria,  725
tampoco le pasó por pensamiento
sentir que en el soneto que cantaba
con mudanzas de amor la amenazaba.

    Por alto no pasó esto a Belisa,
que allí sintió de amor la rabia cruda  730
cuando le oyó decir de aquella guisa:
«Amor es el primero que se muda.»
Y dijo: «¡Ay triste yo! ¿quién no se avisa?
¿Quién se confía en amor? ¿Quién no se ayuda
de lo que la enseñado la experiencia?  735
Mas no da para esto amor licencia.»

    Acaso volvió el rostro al claro río
Belisa, y vio a Felina que venía
con su tan seco rostro como estío
oscureciendo el sol, nublando el día.  740
Como el que airado sale a desafío,
así la extraña sátira venía,
con sus descalzos pies de arpía pura,
con su infernal meneo y apostura.

    Con su nariz muy larga y derribada,  745
con sus negros cabellos y erizados,
con su muy chica frente y muy rapada,
con sus lucientes ojos y encovados,
con su garganta luenga y muy plegada,
con sus muy largos dientes descarnados,  750
con sus flacas mejillas y arrugadas,
con sus fruncidas tetas y colgadas.

    Su aya era esta bruja, y conocida
por tan desconfiada y tan celosa
que de ellas fue continuo aborrecida  755
por muy pesada, necia, y cautelosa.
Mas era, en fin, por fuerza obedecida,
por no poder hacerse allí otra cosa,
y así como la vio venir Belisa,
a Alcida va de presto y se lo avisa.  760

   Llegó Felina luego con su gesto
más de infernal visión que cosa humana,
diciendo: «Decid ninfas, ¿qué es aquesto,
que os he de buscar yo cada mañana?»
Belisa le replica: «¡Oh cuán de presto  765
os enojáis así, Felina hermana!
¿Qué hace al caso andar por este prado,
do no se oye pastor ni ve ganado?»

    Abrió Felina entonces52 allí su boca,
la cual sus dientes tienen siempre abierta,  770
y dijo: «Do hay vergüenza mucha o poca,
jamás la orden común se desconcierta.
Hacéisme andar buscándoos hecha loca.
El diablo me entregó llaves ni puerta.»
Dijo entre sí Belisa: «Sí haría,  775
que un diablo de otro diablo se fiaría.»

    No dijo esto tan bajo que no oyese
Felina lo que dijo, y muy rabiosa
le respondió que aquello no dijese,
ni fuese confiada en ser hermosa,  780
que si ella se afeitase y compusiese,
quizá que no habría ninfa tan graciosa.
Y, que había visto en ella que tacharla
para llamarla diablo y afrentarla.

    Y prosiguiendo dijo: «Estas hermosas,  785
en sus rostros pintados confiadas,
están más alteradas y humosas
que si ellas fuesen deas celebradas.
¡Sus!, vámonos de aquí, porque estas cosas,
Belisa, para mí son excusadas.  790
Ora sea yo hermosa, ora fea,
que a fe que alguno hay que me desea.»

    Mil pesadumbres de estas se decían,
aunque Belisa siempre se burlaba.
Los dos amantes tristes ya temían  795
la ausencia con que el tiempo amenazaba.
Las ninfas a este tiempo se partían,
la vieja iba delante y las guiaba.
Aquel que amor tocó con cruda mano
podrá juzgar cuál queda allí Silvano.  800

   Alcida no va en sí ni a sí se entiende,
sus ojos vuelve atrás y va buscando
aquel a quien la ausencia el fuego enciende,
que ya su soledad quedó llorando.
Belisa, a quien amor también ofende,  805
el mal de los dos siente imaginando,
si siente algo la vieja, y va diciendo:
«O es muerto ya el pastor o está muriendo.»

    Felina en ella va los ojos puestos,
Belisa la miró con un desgaire  810
de un cierto volver de ojos entrepuestos,
y el rostro así torcido por donaire;
Felina dijo así: «¡Hacedme gestos!»
Belisa respondió con gentil aire:
«A saber yo hacer gestos, yo os hiciera  815
uno que muy mejor que el vuestro fuera.»

    La vieja se tornó a trabar con ella
y no advirtió al pastor que atrás venía,
siguiendo a su pastora como a estrella
que la cansada nave al puerto guía.  820
Mas luego allí perdió la vista de ella
y vio como la vieja las metía
en un alto palacio suntuoso,
que a poco trecho está del valle umbroso.

    Quedó el triste pastor, mas no ha quedado,  825
que con Alcida fue, aunque quedaba
tan triste que por sí se ha preguntado
como el que sin su alma se hallaba.
Y su dolor responde acelerado,
diciendo que su cuerpo sólo estaba  830
allí, mas que su alma ya era ida,
y sólo el dolor daba al cuerpo vida.

    No ve Silvano aquel hermoso gesto,
consúmese su vida poco a poco.
No sabe si es a Alcida manifiesto  835
el mal que la atormenta y vuelve loco,
y el sinventura amante a todo esto
se esfuerza cuanto puede, y puede poco,
que quien su alma dio y está sin ella
jamás gozó de efecto alguno de ella.  840

   Su luna se entrepuso, y eclipsado
estaba el corazón del nuevo amante,
a otro horizonte53 ve un sol pasado
y su fortuna vuelta en un instante.
En un espeso mirto y muy poblado  845
de hojas, sin pasar más adelante,
se mete el sin ventura lamentando,
al cielo, tierra, y mar, mil quejas dando.

    Ora se queja allí de su ventura,
ahora está quejando de su Alcida,  850
ora del infernal gesto y figura
de aquella vieja falsa endurecida,
ora de amor que el corazón le apura,
ora desea la muerte, ora la vida;
y no hallando en una ni otra medio,  855
tomó el vivir muriendo por remedio.

    Estando así el pastor, como he contado,
venir vio hacia sí un viejo anciano,
señor del monte, soto, y del ganado
que allí se apacentaba en aquel llano.  860
Un buen carcaj al cuello trae colgado,
ballesta armada al hombro, y en la mano
el asta trae también, do la afirmaba,
en cuanto el lobo o ciervo le tardaba.

    Disimuló el pastor su grave llanto,  865
retrajo al corazón su gran tristeza.
Sus lágrimas cesaron entre tanto
por ver del viejo anciano la graveza,
y no recibe el mozo poco espanto
de ver en su dolor tan gran crüeza,  870
y ver que disimula el mal que siente,
sin darlo a conocer a toda gente.

    Y el viejo no quedó poco espantado
de ver allí a Silvano, como digo.
Nunca en aquel lugar pació ganado,  875
ni allí buscó pastor solaz, ni abrigo.
Y conoció muy bien de experimentado
el grave mal que el mozo trae consigo,
en ver perdido al rostro las colores,
mas no entiende la causa si es de amores.  880

   Y con un rostro blando le decía:
«¿De adónde eres, pastor? O, ¿adónde vienes,
que estando solo aquí sin compañía
muy grande muestra das que algún mal tienes?
¿De qué procede el mal que en ti porfía,  885
y el gran dolor que muestras y sostienes?,
que si hay remedio en él, yo me profiero
a serte buen amigo y compañero.»

    Silvano respondió, disimulando:
«De Lusitania soy, de un valle umbroso,  890
adonde entre mis deudos repastando
el mi ganado anduve asaz gustoso,
ora en el campo andaba apacentando,
ora en un soto espeso y deleitoso.
Y las pastoras todas que allí andaban,  895
su pena y sus amores me contaban.

    »Las unas lamentando me decían
cuán mal podían sufrir el mal de ausencia,
las otras el contento en que se veían54,
a sus pastores viendo en su presencia.  900
Y las que ausencia y celos padecían,
quejábanse ante mí de su dolencia,
mas yo les daba en todo su descuento
y en el descanso más que en el tormento.

    »Por cosas que después me sucedieron  905
convino que dejase yo esta vida.
Los mis sentidos tristes bien sintieron
el mal que se ordenaba en la partida.
Los mis cansados pasos me trajeron
aquí, do veis que ha sido mi venida,  910
y no tengo más mal que me atormente
si no es la soledad y el verme ausente.»

    El viejo respondió: «Pastor amigo,
jamás permaneció un buen estado,
lo que fortuna ves que usó contigo,  915
usó con otros muchos que han pasado.
Si acaso quieres tú vivir conmigo,
y te contenta el soto y verde prado,
quizá podrías andar en compañía
que no te fuese tal como la mía.»  920

   Resucitó el pastor como de muerto
en ver que le cometen tal partido,
porque en aquella hora entendió cierto,
por sólo el rostro y aire que en él vio,
que es padre de su Alcida, y el concierto  925
entre los dos fue hecho y consentido.
Y así se van los dos, amo y criado,
al alto y gran palacio ya nombrado.

    Contar lo que sintió en verle Alcida,
y lo que sintió en verle el su Silvano,  930
él viendo que el gozar de su querida
el tiempo se lo pone ya en la mano,
y ella en contemplar la alegre vida
que vino tras un mal tan inhumano,
no hay lengua humana, no, que hacerlo pueda,  935
que todo entendimiento atrás se queda.

    Pues no le plugo menos a Belisa,
aunque temió su mal se descubriese,
y sin esperar más los dos avisa,
diciendo a cada uno que advirtiese  940
en encubrir su pena de tal guisa
que por señales nadie la entendiese,
y a culpa de un liviano y bajo exceso
no resultase en mal su buen suceso.

    Olimpo se llamaba el viejo anciano,  945
padre de la hermosa y linda Alcida,
el cual dijo al pastor: «Pues ya, Silvano,
en mi poder pensáis pasar la vida,
aquí andará el ganado en este llano,
y aquí sea vuestra choza y la manida,  950
para de noche estar con el ganado,
do hay más seguridad que no en el prado.»

    Silvano respondió: «De lo que quieres
jamás saldré yo un punto, señor mío.
Yo dormiré en el campo si quisieres,  955
por nieve, helada, truenos, agua, o frío.
Y si del mal o el bien que dispusieres,
en algún tiempo ves que me desvío,
yo digo desde aquí que la manada
me quites luego al punto y mi soldada.»  960

   El viejo Olimpo tanto se agradaba
de ver el buen servicio de Silvano
que casa, hacienda, y honra le fiaba.
Debajo estaba el hato de su mano,
la cuenta a otros pastores la tomaba,  965
y dábala tan buena al viejo anciano
que ya no le tomaba alguna cuenta
de leche, lana, quesos, ni otra renta.

    Las noches que pasaba con su Alcida,
los días con Belisa conversando,  970
aquellos dulces ratos, y la vida
que, sin pensar perderla, está gozando,
el alabar continuo su venida,
el dulce suspirar de cuando en cuando,
de gran contentamiento y no fatiga,  975
no hay lengua de hombre humano que lo diga.

    Pues como su fortuna ya cansase,
como cansarse suele entre amadores,
y el tiempo apresurado amenazase
de dar por sólo un bien cien mil dolores,  980
con brevedad mandó que se mostrase
el desastrado fin de sus amores,
el cual mostró a las gentes de tal modo
que a la lástima moviese el mundo todo.

    Silvano, estando entonces55 el más contento  985
que nunca hombre lo estuvo en tal estado,
sin sospechar la pena y gran tormento
que el tiempo y muerte le han aparejado,
soñó una noche un sueño en que el intento
del tiempo conoció, y el triste hado  990
de su pastora Alcida, cuya suerte
le amenazaba ya con breve muerte.

    Soñó que vio venir a su señora
en boca de un león atravesada,
y allí delante de él luego a la hora  995
entre sus dientes fue despedazada,
y que unos gritos oyó de hora en hora
de una hermosa ninfa que llegada
allí, le pareció a Belisa tanto
que lo hizo despertar con gran espanto.  1000

   Y luego sospechó la desventura
que el sueño poco a poco le mostraba.
Del mal se defendía a fuerza pura,
y en ver que es bien amado se esforzaba.
Pero del sueño teme la soltura,  1005
tornando a imaginar lo que soñaba,
y en busca de su Alcida va derecho
para quedar con verla satisfecho.

    Alcida, con las noches que han pasado,
las cuales pocas veces las dormía,  1010
o con jamás de sí tener cuidado
si no es de aquel pastor por quien moría,
o con pisar descalza el verde prado
con su querido amor en compañía,
un mal le dio tan fuerte y tan crecido  1015
que el rosicler del rostro le ha encendido.

    Debajo un pabellón que en una huerta
de aquel alto palacio armado estaba,
está la hermosa Alcida y casi muerta
en ver el grave mal que le aquejaba.  1020
Con un paño de seda está cubierta
la cama, de claveles rodeada.
Sentada junto a ella está Belisa,
que a su pesar la está moviendo a risa.

    En esto entró el pastor alborotado,  1025
del sueño que soñó muy descontento.
Llegó do el pabellón estaba armado;
su Alcida viendo allí, quedó sin tiento,
y aunque por ella fuese asegurado
que no era nada el mal, su pensamiento  1030
delante de sus ojos le había puesto
el sueño que soñó, mirando en esto.

    La fiebre a su pastora le crecía
y su viva color la acrecentaba.
La su garganta así resplandecía  1035
que el resplandor del sol sobrepujaba.
Tan mala voz del pecho descubría,
con una blanca mano que sacaba,
que no sé corazón tan fuerte y duro
que allí pudiere estar de amor seguro.  1040

    Los ojos puso Alcida en su Silvano
con una brevecita y dulce risa.
Lo mismo hizo el pastor, aunque en su mano
no está mostrar placer de alguna guisa.
Del sueño un mal le nace sobrehumano,  1045
el cual le conoció muy bien Belisa,
y dijo: «Mayor mal que su dolencia
nos da a entender, Silvano, tu presencia.»

    Respóndele el pastor disimulando:
«No hay otro mal que a mí pesar me diese,  1050
si no es ver yo mi bien aquí pasando
lo que por ella yo pasar pudiese.»
Mas ellas, no creyéndole y jurando
que algún dolor si siente les dijese,
le han puesto en muy gran riesgo de decirlo,  1055
mas ve que toca a Alcida el encubrirlo.

    Cuyo dolor divino está mudado
y firme todavía el pensamiento,
y a su pastor se ve en tal estado
que la esperanza pierde y el contento.  1060
Y el viejo Olimpo está con tal cuidado
que en él no puede entrar contentamiento
en ver su hija estar de aquella guisa,
y no con menos pena está Belisa.

    No tanto pesa Alcida de su muerte  1065
como de ver que deja a su Silvano,
apriétale un dolor muy recio y fuerte,
esfuérzase la triste y es en vano.
Tampoco puede creer querrá su suerte
quitarle luego un bien tan soberano.  1070
De la dolencia aprietan los dolores,
mas dale más que hacer el mal de amores.

    Estuvo muchos días allí Alcida,
ora aflojando el mal, ora arreciando;
si hoy muestra señal de tener vida,  1075
mañana le está muerte amenazando.
Seis meses pasó así, aunque entendida
su muerte fuese luego en enfermando,
mas los que la curaban lo encubrieron
hasta aquella hora y punto que pudieron.  1080

    Y en fin, muy a la clara ya mostraban
tener poca esperanza de su vida:
sus delicados huesos se contaban,
y la virtud del cuerpo es consumida;
los sus hermosos ojos se anublaban,  1085
la gana del comer está perdida.
Seis días turó así desconfiada
la triste Alcida, moza y desdichada.

    ¡Ved qué haría el pastor desventurado,
o qué podría sentir su pensamiento  1090
en ver que en breve el tiempo la ha quitado
su bien y su alegría y su contento!
Ya de llorar el triste está cansado,
mas a su mal no halla algún descuento,
si no es que viendo muerta a su pastora  1095
se mate él mismo a sí en aquella hora.

    Olimpo con Belisa allí se estaban
a la pastora Alcida acompañando;
toda la noche entera la velaban,
su desdichada muerte allí aguardando.  1100
A ella algunas veces se allegaban,
y con palabras blandas esforzando
están a quien le da dolor más fuerte
mil veces su pastor, que no su muerte.

    Ya la tercera noche era llegada.  1105
Belisa dijo a Olimpo que se fuese,
que la pastora estaba algo aliviada,
y que era justa cosa que él durmiese.
Y pues Silvano estaba en la posada,
que le mandase luego allí viniese,  1110
y así junto los dos la velarían,
y si arreciase el mal le llamarían.

    Pues como este acuerdo concluyeron,
Olimpo se salió y entró Silvano.
Los dos llorando a solas estuvieron;  1115
la muerte ya a este punto estaba a mano.
Allí junto a la cama se pusieron,
mostrándole un placer fingido y vano.
Y dijo: «¿Cómo estáis, mi amor primero?»
Alcida respondió: «La muerte espero.»  1120

   Replícale Silvano: «Dios no quiera
que yo vea de mis ojos vuestra muerte,
porque es mejor, mi alma, que yo muera
que recibir después un mal tan fuerte.»
Silvano estaba tal que quien lo viera  1125
pudiera bien sentir su mala suerte,
porque a cualquier palabra que allí expresa,
en su garganta un nudo se atraviesa.

    Tres noches ha que nadie allí dormía,
Belisa ni Silvano, ni aun Alcida,  1130
y en cuanto el pastor triste esto decía,
Belisa se dejó quedar dormida.
El sinventura amante, que sentía
que su tristeza a sueño le convida,
arrima la cabeza a la almohada  1135
do su pastora triste está acostada.

    Estando, pues, durmiendo en esta hora,
pasaba por la enferma un accidente,
un paroxismo, un mal, que a la pastora
le pareció su muerte estar presente.  1140
Y toma un tal esfuerzo allí a deshora,
muy más de mujer sana que doliente,
como hace la candela si fenece,
que más que en su principio resplandece.

    La que si acaso el brazo levantaba  1145
y la camisa en él se le encogía,
volver no la podía como estaba
si Olimpo a su Belisa no lo hacía,
la que de flaca el cuerpo no mudaba,
ni el rostro a parte alguna revolvía,  1150
con un esfuerzo extraño y no pensado,
sobre la cama sola se ha sentado.

    Y como vio dormido al su Silvano,
comiénzalo a mirar la desdichada.
Sostiene la cabeza en una mano,  1155
la otra afirma recio en la almohada;
diciendo está: «Mi bien, no ha sido en vano
amar como os amé, ni ser yo amada,
pues de este mundo llevo un gran contento
en ver que os he ocupado el pensamiento.  1160

   »Yo miré mi bien, mas yo confío
que no entrará otro amor en tu memoria,
y que jamás de allí saldrá este mío,
lo cual no es para mí pequeña gloria,
pues yo pensar perderlo es desvarío,  1165
aunque de mí la muerte haya victoria,
que, pues que va en el alma el pensamiento,
no es parte en él la muerte ni el tormento.

    »El caudaloso Duero y su corriente,
que cuesta abajo va tan desenvuelto,  1170
atrás podrá volver más fácilmente
que el nudo de los dos podrá ser suelto.
Las piedras hablarán y no la gente,
será diciembre claro, abril revuelto,
mas no podrá la muerte ni fortuna  1175
dos almas apartar que ya son una.

    »Con el feroz mastín el lobo fiero
hará perpetua paz y compañía,
y de la oveja mansa el su cordero
huyendo se irá al bosque a gran porfía,  1180
y el mar se secará también primero
que pueda yo creer, ¡oh alma mía!,
que infortunio o muerte o caso alguno
los dos quite jamás de estar en uno.»

    Estando Alcida en esto, derramaba  1185
   en el56 rostro del pastor que allí dormía,
mil lágrimas ardientes, do mostraba
la grande fe y amor que le tenía.
Y viendo que el pastor ya despertaba,
cayó en la cama allí quedando fría.  1190
Pero pasó de presto este accidente,
y el último llegó muy brevemente.

    Tentó el pastor su rostro, el cual bañado
en lágrimas lo halla de su Alcida.
Volviose a ella y dijo el desdichado:  1195
«¿Qué es esto? ¿Cómo estáis? ¿Estáis dormida?»
Responde: «Pastor mío, ya es llegado
el punto de mi muerte y mi partida.
Suplícoos yo, mi amor, por lo que os quiero
que un don no me neguéis, pues veis que muero.»  1200

    Respóndele el pastor: «Jamás yo vea,
señora, un mal tan grave y tan siniestro.
Pues no hay cosa en mí que mía sea,
¿qué habrá que demandar en lo que es vuestro?
Ved nuestra alma qué quiere o qué desea,  1205
pues menos no consiente el amor nuestro
sino vivir conformes de una suerte
en gloria, en pena, en gozo, en vida, en muerte.»

    «Al don que pedir quiero estad atento»,
responde la pastora ya cansada,  1210
«Suplícoos, amor mío, pues no siento,
si no es por sólo vos, la muerte airada,
que de este mundo lleve tal contento
como es decir que fui con vos casada,
y el alma irá contenta a donde fuere,  1215
y vos conoceréis el bien que os quiere.»

    No tuvo tiempo alguno allí Silvano
para le agradecer lo que pedía,
mas luego al punto y hora dio la mano
y dijo: «Yo os recibo, ¡oh alma mía!»  1220
«Yo a vos, mi bien -dijo ella-, pues me gano
con tan dichosa y dulce compañía.»
Y al punto que acabó de decir esto,
cortó la Parca el hilo muy de presto.

    Silvano, cuando vio que muerta estaba,  1225
el seso y la paciencia le faltaron,
la voz llegaba al cielo y le pasaba,
y en este punto todos despertaron.
Belisa, como allí tan cerca estaba,
y el sinventura Olimpo, que miraron  1230
y vieron muerta Alcida, con su llanto
la tierra, cielo y mar recibe espanto.

    Belisa va a Silvano y muy de presto
le dijo: «¡Oh pastor triste!, vete luego,
que no conviene aquí, ni aun es honesto  1235
que con tu llanto muestres tu gran fuego.»
Sintió el pastor muy bien su presupuesto,
aunque el rabioso mal le tiene ciego.
De entre ellos se salió, y allí quedaron,
do con muy graves llantos la enterraron.  1240

   Con rabia más mortal que no la muerte,
Silvano se salió al verde prado,
diciendo: «¡Alcida mía!, ¿no he de verte?
¿Do estás? O yo, ¿do estoy, pues te he dejado?
Pues, ¿cómo Alcida mía, he de perderte,  1245
y no pierdo la vida en tal estado?»
Y así cayó en el suelo en un instante,
sin alma, sin sentido, el triste amante.

    Tornó a volver en sí y dijo: «Alcida,
Alcida, ¿qué es de ti que no te veo?  1250
¿Llevas mi alma? No, que aun tengo vida.
¿Vida es la que ahora tengo? No lo creo.
¡Vuelve mi alma acá desconocida!
¡Mas no la quiero ya, ni la deseo!
¿Estoy sin vida y hablo? ¡Oh desconcierto!  1255
No dejaré el hablar, pues estoy muerto.»

    Estando en tal congoja el desdichado
no sabe imaginar a dó se vaya.
Despierta un poco y llora su cuidado,
y a cada paso cae y se desmaya.  1260
Toma su flauta, siendo en sí tornado,
y al pie de una muy seca y alta haya
sentado, así comienza un triste canto
que aun a las fieras mueve a eterno llanto:

    «¿De quién os quejaréis, Tisbe hermosa,  1265
pues ante tiempo veis la sepultura?
¿De amor, de la leona presurosa,
de Píramo tardar, o de ventura,
de la cruel espada rigurosa,
de su querer, o vuestra hermosura?  1270
Ora quejéis de un mal, ora de ciento,
quejar yo de mí sólo es más tormento.

    »¿Por qué, Venus, estáis desconsolada,
vuestro querido Adonis lamentando
y de señora en cierva transformada,  1275
de Átropos y amor mil quejas dando?
Si vuestra pena es grave y no pensada,
mira la que Silvano está pasando,
y entre una larga pena o breve muerte,
juzga cuál de las dos será más fuerte.  1280

   »Si el infernal tormento obedecía
la música de Orfeo, que en él entraba,
si el mal de los dañados suspendía,
y el suyo cada vez se acrecentaba,
y si perdió del todo su alegría  1285
por un solo mirar que se excusaba,
también mi mal nació de haber mirado,
mas yo no lo excusé, que fui forzado.

    »Si Juno se halló tan agraviada
de aquella ninfa Eco que improviso  1290
el cuerpo le quitó, y fue tornada
en voz con que responda al su Narciso,
quitándome fortuna mal mirada,
cuanto quitarme pudo y cuanto quiso,
la voz que me dejó para quejarme  1295
me hace daño en vez de aprovecharme.»

    Allí quedó Silvano lamentando
su triste soledad, su desconsuelo,
su pena, y su dolor aventajando
de cuantos dio fortuna en este suelo,  1300
y con su triste canto lastimando
la tierra, el mar, el aire, y aun el cielo,
hasta que venga muerte a despenarle,
pues ella, y otro no, puede curarle.