Después que Felismena hubo puesto fin en las diferencias
de la pastora Amarílida y el pastor Filemón,
y los dejó con propósito de jamás hacer
el uno cosa de que el otro tuviese ocasión de quejarse,
despedida de ellos, se fue por el valle abajo, por el cual
anduvo muchos días sin hallar nueva que algún
contento le diese, y como todavía llevaba esperanza
en las palabras de la sabia Felicia, no dejaba de pasarle
por el pensamiento que después de tantos trabajos
se había de cansar la fortuna de perseguirla. Y estas
imaginaciones la sustentaban en la gravísima pena
de su deseo.
Pues yendo una mañana por en medio
de un bosque, al salir de una asomada que por encima de
una alta sierra parecía, vio delante sí un
verde y amenísimo campo de tanta grandeza que con
la vista no se le podía alcanzar el cabo; el
cual doce millas adelante iba a fenecer en la falda de
unas montañas, que casi no se parecían. Por
medio del deleitoso campo corría un caudaloso río,
el cual hacía una muy graciosa ribera, en muchas partes
poblada de salces y verdes alisos, y otros diversos árboles;
y en otras dejaba descubiertas las cristalinas aguas recogiéndose
a una parte un grande y espacioso arenal que de lejos más
adornaba la hermosa ribera. Las mieses que por todo el campo
parecían sembradas, muy cerca estaban de dar el deseado
fruto, y a esta causa, con la fertilidad de la tierra, estaban
muy crecidos y meneados de un templado viento, hacían
unos verdes, claros y oscuros, cosa que a los ojos daba
muy gran contento. De ancho tenía bien el deleitoso
y apacible prado tres millas en partes; y en otras poco
más, y en ninguna había menos de esto.
Pues
bajando la hermosa pastora por su camino abajo, vino a dar
en un bosque muy grande, de verdes alisos y acebuches asaz
poblado, por en medio del cual vio muchas cosas, tan suntuosamente
labradas que en gran admiración le pusieron. Y de
súbito, fue a dar con los ojos en una muy hermosa ciudad
que desde lo alto de una sierra que de frente estaba, con
sus hermosos edificios, venía hasta tocar con el muro
en el caudaloso río que por medio del campo pasaba.
Por encima del cual estaba el más suntuoso y admirable
puente que en el universo se podía hallar. Las casas
y edificios de aquella ciudad insigne eran tan altos, y con
tan grande artificio labrados, que parecía haber
la industria humana mostrado su poder. Entre
ellos había muchas torres y pirámides, que de
altos se levantaban a las nubes. Los templos eran muchos
y muy suntuosos; las casas, fuertes; los soberbios muros,
los bravos baluartes daban gran lustre a la grande y antigua
población, la cual desde allí se divisaba toda.
La pastora quedó admirada de ver lo que delante
los ojos tenía, y de hallarse tan cerca de poblado,
que era la cosa de que con mayor cuidado andaba huyendo.
Y con todo eso se asentó un poco a la sombra de un
olivo, y mirando muy particularmente lo que habéis
oído, viendo aquella populosa ciudad, le vino a la
memoria la gran Soldina, su patria y naturaleza, de adonde
los amores de don Felis la traían desterrada; lo cual
fue ocasión para no poder pasar sin lágrimas,
porque la memoria del bien perdido pocas veces deja de dar
ocasión a ellas. Dejando, pues, la hermosa pastora
aquel lugar y la ciudad a mano derecha, se fue su paso a
paso por una senda que junto al río iba hacia la
parte donde sus cristalinas aguas con un manso y agradable
ruido, se iban a meter en el mar Océano.
Y habiendo caminado
seis millas por la graciosa ribera adelante, vio dos pastoras
que al pie de un roble a la orilla del río pasaban
la siesta, las cuales, aunque en la hermosura tuviesen una
razonable medianía, en la gracia y donaire había
un extremo grandísimo: el color del rostro, moreno
y gracioso; los cabellos no muy rubios; los ojos negros,
gentil aire y gracioso en el mirar; sobre las cabezas
tenían sendas guirnaldas de verde yedra, por entre
las hojas entretejidas muchas rosas y flores. La manera del
vestido le pareció muy diferente del que hasta entonces
había visto. Pues levantándose la una con grande
prisa a echar una manada de ovejas de un linar adonde se
habían entrado, y la otra llegando a beber a un rebaño
de cabras al claro río, se volvieron a la sombra
del umbroso fresno.
Felismena que entre unos juncales muy
altos se había metido, tan cerca de las pastoras que
pudiese oír lo que entre ellas pasaba, sintió
que la lengua era portuguesa y entendió que el reino
en que estaba era Lusitania, porque la una de las pastoras
decía con gracia muy extremada en su misma lengua
a la otra, tomándose de las manos:
-¡Ay, Duarda,
cuán poca razón tienes de no querer a quien
te quiere más que a sí! ¡Cuánto mejor
te estaría no tratar mal a un pensamiento tan ocupado
en tus cosas! Pésame que a tan hermosa pastora le
falte piedad para quien en tanta necesidad está de
ella.
La otra, que algo más libre parecía,
con cierto desdén y un dar de mano, cosa muy natural
de personas libres, respondía:
-¿Quieres que te diga,
Armia si yo me fiare otra vez de quien tan mal me
pagó el amor que le tuve, no tendrá él
la culpa del mal que a mí de eso me sucediere? No
me pongas delante los ojos servicios que ese pastor algún
tiempo me haya hecho, ni me digas ninguna razón de
las que él te da para moverme, porque ya pasó
el tiempo en que sus razones le valían. Él
me prometió de casarse conmigo y se casó con
otra. ¿Qué quiere ahora? ¿O qué me pide ese
enemigo de mi descanso? Dice que, pues su mujer es finada,
que me case con él. No querrá Dios que yo a
mí misma me haga tan gran engaño. Déjalo
estar, Armia, déjalo, que si él a mí
me desea tanto como dice, ese deseo me dará venganza
de él.
La otra le replicaba con palabras muy blandas,
juntando su rostro con el de la exenta Duarda con muy estrechos
abrazos:
-¡Ay, pastora, y cómo te está
bien todo cuanto dices; nunca deseé ser hombre, sino
ahora para quererte más que a mí! Mas dime,
Duarda, ¿por qué has tú de querer que Danteo
viva tan triste vida? Él dice que la razón
con que de él te quejas, esa misma tiene para su
disculpa, porque antes que se casase, estando contigo un
día junto al soto de Fremoselle, te dijo: «Duarda,
mi padre quiere casarme, ¿qué te parece que haga?»,
y que tú le respondiste muy sacudidamente: «¿Cómo,
Danteo, tan vieja soy yo o tan gran poder tengo en ti que
me pidas parecer y licencia para tus casamientos? Bien puedes
hacer lo que tu voluntad y la de tu padre te obligare, porque
lo mismo haré yo.» Y que esto fue dicho con una manera
tan extraña de lo que solía como si nunca
te hubiera pasado por el pensamiento quererle bien.
-Armia, ¿eso llamas tú
disculpa? Si no te tuviera tan conocida, en este punto perdía
tu discreción grandísimo crédito conmigo.
¿Qué había yo de responder a un pastor que
publicaba que no había cosa en el mundo en quien sus
ojos pusiese sino en mí? ¡Cuánto más
que no es Danteo tan ignorante que no entendiese en el rostro
y arte con que yo eso le respondí que no era aquello
lo que yo quisiera responderle! Qué donaire tan grande
fue toparme él un día antes que eso pasase
junto a la fuente, y decirme con muchas lágrimas: «¿Por
qué, Duarda, eres tan ingrata a lo que te deseo, que
no te quieres casar conmigo a hurto de tus padres, pues sabes
que el tiempo les ha de curar el enojo que de eso recibieren?»
Yo entonces le respondí: «Conténtate, Danteo,
con que yo soy tuya y jamás podré ser de otro,
por cosa que me suceda. Y pues yo me contento con la palabra
que de ser mi esposo me has dado, no quieras que a trueque
de esperar un poco de tiempo más, haga una cosa que
tan mal nos está.» Y despedirse él de mí
con estas palabras, y al otro día decirme que su padre
le quería casar y que le diese licencia, y no contento
con esto, casarse dentro de tres días. ¿Parécete,
pues, Armia, que es esta harto suficiente causa para
yo usar de la libertad, que con tanto trabajo de mi pensamiento
tengo ganada?
-Esas cosas -respondió la otra- fácilmente
se dicen y se pasan entre personas que se quieren bien,
mas no se han de llevar por eso tan al cabo como tú
las llevas.
-Las que se dicen,
Armia, tienes razón, mas las que se hacen,
ya tú lo ves si llegan al alma de las que queremos
bien. En fin, Danteo se casó. Pésame mucho
que se lograse poco tan hermosa pastora, y mucho más
de ver que no ha un mes que la enterró y ya comienzan
a dar vueltas sobre él pensamientos nuevos.
-Matola Dios, porque en fin
Danteo era tuyo y no podía ser de otra.
-Pues si eso
es así -respondió Duarda-, que quien es de
una persona no puede ser de otra, yo la hora de ahora me
hallo mía y no puedo ser de Danteo. Y dejemos cosa
tan excusada como gastar el tiempo en esto. Mejor será
que se gaste en cantar una canción.
Y luego las dos
en su misma lengua con mucha gracia comenzaron a
cantar lo siguiente:
Acabada esta canción, Felismena salió del
lugar donde estaba escondida, y se llegó a donde las
pastoras estaban, las cuales espantadas de su gracia y hermosura
se llegaron a ella y la recibieron con muy estrechos abrazos,
preguntándole de qué tierra era y de dónde
venía. A lo cual la hermosa Felismena no sabía
responder, mas antes con muchas lágrimas les preguntaba
qué tierra era aquella en que moraban, porque de
la suya lengua daba testimonio de ser de la provincia
de Vandalia y que por cierta desdicha venía desterrada
de sus tierras. Las pastoras portuguesas con muchas lágrimas
la consolaban, doliéndose de su destierro, cosa muy
natural de aquella nación y mucho más de los
habitadores de aquella provincia.
Y preguntándoles
Felismena qué ciudad era aquella que había
dejado hacia la parte donde el río, con sus cristalinas
aguas apresurando su camino, con gran ímpetu venía;
y que también deseaba saber qué castillo era
aquel que sobre aquel monte mayor, que todos estaba edificado
y otras cosas semejantes. Y una de aquellas, que Duarda se
llamaba, le respondió que la ciudad se llamaba Coimbra,
una de las más insignes y principales de aquel reino
y aun de toda la Europa, así por la antigüedad
y nobleza de linajes que en ella había, como por la
tierra comarcana a ella, la cual aquel caudaloso río,
que Mondego tenía por nombre, con sus cristalinas
aguas regaba. Y que todos aquellos campos que con tan gran
ímpetu iba discurriendo, se llamaban el campo de Mondego,
y el castillo que delante los ojos tenían era la luz
de nuestra España. Y que este nombre le convenía
más que el suyo propio, pues en medio de la infidelidad
del mahomético rey Marsilio, que tantos años
le había tenido cercado, se había sustentado
de manera que siempre había salido vencedor y jamás
vencido; y que el nombre que tenía en lengua portuguesa
era Monte moro vello, adonde la virtud, el ingenio,
valor y esfuerzo habían quedado por trofeos
de las hazañas que los habitadores de él en
aquel tiempo habían hecho; y que las damas que en
él había, y los caballeros que lo habitaban,
florecían hoy en todas las virtudes que imaginar se
podían. Y así le contó la pastora otras
muchas cosas de la fertilidad de la tierra, de la antigüedad
de los edificios, de la riqueza de los moradores, de la hermosura
y discreción de las ninfas y pastoras que por la comarca
del inexpugnable castillo habitaban.
Cosas que a Felismena
pusieron en gran admiración, y rogándole las
pastoras que comiese, porque no debía venir con poca
necesidad de ello, tuvo por bien de aceptarlo. Y en cuanto
Felismena comía de lo que las pastoras le dieron,
la veían derramar algunas lágrimas, de que ellas
en extremo se dolían. Y queriéndole pedir
la causa, se lo estorbó la voz de un pastor que muy
dulcemente, al son de un rabel, cantaba, el cual fue luego
conocido de las dos pastoras porque aquel era el pastor
Danteo por quien Armia terciaba con la graciosa Duarda;
la cual, con muchas lágrimas, dijo a Felismena:
-Hermosa
pastora, aunque el manjar es de pastoras, la comida es de
princesa, que mal pensaste tú cuando aquí venías
que habías de comer con música.
-No habría en el mundo,
graciosa pastora, música más agradable para
mí que vuestra vista y conversación, y esto
me daría a mí mayor ocasión para tenerme
por princesa que no la música que decís.
-Más había de valer
que yo quien eso os mereciese, y más subido de
quilate había de ser su entendimiento para entenderlo;
mas lo que fuere parte del deseo, hallarse ha en mí
muy cumplidamente.
-¡Ay,
Duarda, cómo eres discreta y cuánto más
lo serías si no fueses cruel! ¿Hay cosa en el mundo
como esta, que por no oír a aquel pastor que está
cantando sus desventuras, está metiendo palabras en
medio y ocupando en otra cosa el entendimiento?
Felismena,
entendiendo quién podía ser el pastor en las
palabras de Armia, las hizo estar atentas y oírle;
el cual cantaba al son de su instrumento esta canción
en su misma lengua:
A
la pastora Felismena supieron mejor las palabras del pastor,
que el convite de las pastoras, porque más le parecía
que la canción se había hecho para quejarse
de su mal, que para lamentar el ajeno. Y dijo cuando le acabó
de oír:
-¡Ay, pastor, que verdaderamente parece
que aprendiste en mis males a quejarte de los tuyos! ¡Desdichada
de mí, que no veo ni oigo cosa que no me ponga delante
la razón que tengo de no desear la vida! Mas no quiera
Dios que yo la pierda hasta que mis ojos vean la causa de
sus ardientes lágrimas.
-¿Paréceos, hermosa pastora, que aquellas palabras
merecen ser oídas, y que el corazón
de adonde ellas salen se debe tener en más de lo que
esta pastora lo tiene?
-No trates, Armia -dijo Duarda-
de sus palabras, trata de sus obras, que por ellas se ha
de juzgar el pensamiento del que las hace. Si tú te
enamoras de canciones, y te parecen bien sonetos hechos con
cuidado de decir buenas razones, desengáñate,
que son la cosa de que yo menos gusto recibo y por la que
menos me certifico del amor que se me tiene.
-Mira,
Armia, muchos males se excusarían, muy grandes
desdichas no vendrían en efecto, si nosotras dejásemos
de dar crédito a palabras bien ordenadas y a razones
compuestas de corazones libres, porque en ninguna
cosa ellos muestran tanto serlo, como en saber decir por
orden un mal que cuando es verdadero, no hay cosa más
fuera de ella. ¡Desdichada de mí que no supe yo aprovecharme
de este consejo!
A este tiempo llegó el pastor portugués
donde las pastoras estaban, y dijo contra Duarda en su misma
lengua:
Acabando la pastora la terrible respuesta que
habéis oído, y queriendo Felismena meterse en
medio de la diferencia de los dos, oyeron a una parte del
prado muy gran ruido, y golpes como de caballeros que se
combatían, y todos con muy gran prisa se fueron a
la parte donde se oían por ver qué cosa fuese.
Y vieron en una isleta que el río con una vuelta hacía,
tres caballeros que con uno solo se combatían; y aunque
se defendía valientemente, dando a entender su esfuerzo
y valentía, con todo eso los tres le daban tanto
quehacer que le ponían en necesidad de aprovecharse
de toda su fuerza. La batalla se hacía a pie
y los caballos estaban arrendados a unos pequeños
árboles que allí había. Y a este tiempo
ya el caballero solo tenía uno de los tres tendido
en el suelo, de un golpe de espada, con el cual le acabó
la vida. Pero los otros dos, que muy valientes eran, le traían
ya tal, que no se esperaba otra cosa sino la muerte.
La pastora
Felismena, que vio aquel caballero en tan gran peligro, y
que si no le socorriese, no podría escapar con la
vida, quiso poner la suya a riesgo de perderla por hacer
lo que en aquel caso era obligada, y poniendo una aguda saeta
en su arco, dijo contra uno de ellos:
-¡Teneos afuera, caballeros,
que no es de personas que de este nombre se precian, aprovecharse
de sus enemigos con ventaja tan conocida!
Y apuntándole
a la vista de la celada, le acertó con tanta fuerza
que, entrándole por entre los ojos, pasó de
la otra parte, de manera que aquel vino muerto al suelo.
Cuando el caballero solo vio muerto a uno de los contrarios,
arremetió al tercero con tanto esfuerzo, como
si entonces comenzara su batalla, pero Felismena le
quitó de trabajo poniendo otra flecha en su arco,
con la cual, no parando en las armas, le entró por
debajo de la tetilla izquierda y le atravesó el corazón,
de manera que el caballero llevó el camino de sus
compañeros. Cuando los pastores vieron lo que Felismena
había hecho, y el caballero vio de dos tiros matar
dos caballeros tan valientes, así unos como otros
quedaron en extremo admirados. Pues quitándose el
caballero el yelmo, y llegándose a ella, le dijo:
-Hermosa
pastora, ¿con qué podré yo pagaros tan grande
merced como la que de vos he recibido en este día,
sino en tener conocida esta deuda para nunca jamás
perderla del pensamiento?
Cuando Felismena vio el rostro
al caballero y lo conoció quedó tan fuera
de sí que de turbada casi no le supo hablar. Mas,
volviendo en sí, le respondió:
-¡Ay, don Felis,
que no es esta la primera deuda en que tú me estás,
y no puedo yo creer que tendrás de ella el conocimiento
que dices, sino el que de otras muy mayores me has tenido!
Mira a qué tiempo me ha traído mi fortuna y
tu desamor, que quien solía en la ciudad ser servida
de ti con torneos, justas y otras cosas con que me engañabas,
o con que yo me dejaba engañar, anda ahora desterrada
de su tierra y de su libertad, por haber tú querido
usar de la tuya. Si esto no te trae a conocimiento de lo
que me debes, acuérdate que un año te estuve
sirviendo de paje en la corte de la princesa Cesarina; y
aun de tercero contra mí misma, sin jamás descubrirte
mi pensamiento, por solo dar remedio al mal que el tuyo te
hacía sentir. ¡Oh, cuántas veces te alcancé
los favores de Celia, tu señora, a gran costa de mis
lágrimas! Y no lo tengas en mucho, que cuando estas
no bastaran, la vida diera yo a trueque de remediar la mala
que tus amores te daban. Si no estás saneado de lo
mucho que te he querido, mira las cosas que la fuerza
de amor me ha hecho hacer. Yo me salí de mi tierra,
yo te vine a servir y a dolerme del mal que sufrías,
y a sufrir el agravio que yo en esto recibía y, a
trueque de darte contento, no tenía en nada vivir
la más triste vida que nadie vivió. En traje
de dama te he querido como nunca nadie quiso; en hábito
de paje te serví, en la cosa más contraria
a mi descanso que se puede imaginar; y aun ahora en traje
de pastora vine a hacerte este pequeño servicio. Ya
no me queda más que hacer si no es sacrificar la vida
a tu desamor si te parece que debo hacerlo, y que tú
no te has de acordar de lo mucho que te he querido y quiero: la espada
tienes en la mano, no quieras que otro tome en mí
la venganza de lo que te merezco.
Cuando el caballero
oyó las palabras de Felismena y conoció todo
lo que dijo haber sido así, el corazón
se le cubrió de ver las sinrazones que con ella había
usado; de manera que esto y la mucha sangre que de las heridas
se le iba, fueron causa de un súbito desmayo, cayendo
a los pies de la hermosa Felismena como muerto. La cual
con la mayor pena que imaginar se puede, tomándole
la cabeza en su regazo con muchas lágrimas
que sobre el rostro de su caballero destilaba, comenzó
a decir:
-¿Qué es esto, fortuna? ¿Es llegado el fin
de mi vida junto con la del mi don Felis? ¡Ay, don Felis,
causa de todo mi mal! Si no bastan las muchas lágrimas
que por tu causa he derramado, y las que sobre tu rostro
derramo, para que vuelvas en ti, ¿qué remedio tendrá
esta desdichada para que el gozo de verte no se le vuelva
en ocasión de desesperarse? ¡Ay, mi don Felis! Despierta,
si es sueño el que tienes, aunque no me espantaría
si no le hicieses, pues jamás cosas mías te
le hicieron perder.
En estas y otras lamentaciones estaba
la hermosa Felismena, y las pastoras portuguesas le ayudaban
cuando por las piedras que pasaban a la isla, vieron venir
una hermosa ninfa con un vaso de oro y otro de plata en las
manos, la cual luego de Felismena fue conocida y le dijo:
-¡Ay, Dórida! ¿Quién había de ser la
que a tal tiempo socorriese a esta desdichada sino tú?
Llégate acá, hermosa ninfa, y verás
puesta la causa de todos mis trabajos en el mayor que es
posible tenerse.
-Para estos tiempos es el ánimo, y no te fatigues,
hermosa Felismena, que el fin de tus trabajos es llegado
y el principio de tu contentamiento.
Y diciendo esto, le echó
sobre el rostro de una odorífera agua que en el vaso
de plata traía, la cual le hizo volver en todo su
acuerdo, y le dijo:
-Caballero, si queréis cobrar
la vida y darla a quien tan mala a causa vuestra la ha pasado,
bebed del agua de este vaso.
Y tomando don Felis el vaso
de oro en las manos, bebió gran parte del agua que
en él venía. Y como hubo un poco reposado con
ella, se sintió tan sano de las heridas que los tres
caballeros le habían hecho, y de la que amor a causa
de la señora Celia le había dado, que no sentía
más la pena que cada una de ellas le podían
causar que si nunca las hubiera tenido. Y de tal manera se
le volvió a renovar el amor de Felismena, que en ningún
tiempo le pareció haber estado tan vivo como entonces;
y sentándose encima de la verde hierba, tomó
las manos de la pastora y besándoselas muchas veces
decía:
-¡Ay, Felismena! ¡Cuán poco haría
yo en dar la vida a trueque de lo que te debo! Que pues por
ti la tengo, muy poco hago en darte lo que es tuyo. ¿Con
qué ojos podrá mirar tu hermosura el que faltándole
el conocimiento de lo que te debía, osó ponerlos
en otra parte? ¿Qué palabras bastarían para
disculparme de lo que contra ti he cometido? Desdichado de
mí si tu condición no es en mi favor, porque
ni bastará satisfacción para tan gran yerro
ni razón para disculparme de la grande que tienes
de olvidarme. Verdad es que yo quise bien a Celia y te olvidé,
mas no de manera que de la memoria se me pasase tu valor
y hermosura. Y lo bueno es que no sé a quién
ponga parte de la culpa que se me puede atribuir, porque
si quiero ponerla a la poca edad que entonces tenía,
pues la tuve para querer, no me había de faltar
para estar firme en la fe que te debía; si a la hermosura
de Celia, muy claro está la ventaja que a ella y a
todas las del mundo tienes; si a la mudanza de los
tiempos, ese había de ser el toque donde mi firmeza
había de mostrar su valor; si a la traidora de ausencia,
tampoco parece bastante disculpa, pues el deseo de verte
había estado ausente de sustentar tu imagen en
mi memoria. Mira, Felismena, cuán confiado estoy en
tu bondad y clemencia, que sin miedo te oso poner delante
las causas que tienes de no perdonarme. Mas, ¿qué haré
para que me perdones o para que después de perdonado,
crea que estás satisfecha? Una cosa me duele más
que cuantas en el mundo me pueden dar pena, y es ver que
puesto caso que el amor que me has tenido y tienes te haga
perdonar tantos yerros, ninguna vez alzaré
los ojos a mirarte que no me lleguen al alma los agravios
que de mí has recibido.
La pastora Felismena que
vio a don Felis tan arrepentido, y tan vuelto a su primero
pensamiento, con muchas lágrimas le decía que
ella le perdonaba, pues no sufría menos el amor que
siempre le había tenido y que si pensara no perdonarle,
no se hubiera por su causa puesto a tantos trabajos; y otras
cosas muchas con que don Felis quedó confirmado en
el primero amor. La hermosa ninfa Dórida se llegó
al caballero, y después de haber pasado entre los
dos muchas palabras y grandes ofrecimientos, de parte de
la sabia Felicia, le suplicó que él y la hermosa
Felismena se fuesen con ella al templo de la diosa Diana,
donde los quedaba esperando con grandísimo deseo
de verlos. Don Felis lo concedió y, despedido de las
pastoras portuguesas, que en extremo estaban espantadas de
lo que visto habían, y del afligido pastor Danteo,
tomando los caballos de los caballeros muertos, los cuales,
sobre tomar a Danteo el suyo, le habían puesto
en tanto aprieto, se fueron por su camino adelante, contando
Felismena a don Felis con muy gran contento lo que había
pasado, después que no le había visto. De lo
cual él se espantó extrañamente, y especialmente
de la muerte de los tres salvajes, y de la casa de la sabia
Felicia y suceso de los pastores y pastoras, y todo lo más
que en este libro se ha contado. Y no poco espanto llevaba
don Felis en ver que su señora Felismena le hubiese
servido tantos días de paje y que de puro divertido
el entendimiento, no la había conocido; y por otra
parte era tanta su alegría de verse de su señora
bien amado, que no podía encubrirlo. Pues caminando
por sus jornadas, llegaron al templo de Diana, donde la sabia
Felicia los esperaba, y asimismo los pastores Arsileo y
Belisa, y Silvano y Selvagia, que pocos días había
que eran allí venidos. Fueron recibidos con muy gran
contento de todos, especialmente la hermosa Felismena, que
por su bondad y hermosura de todos era tenida en gran posesión. Allí fueron todos desposados con las que bien querían,
con gran regocijo y fiesta de todas las ninfas y de la sabia
Felicia, a la cual no ayudó poco Sireno con su venida,
aunque de ella se le siguió lo que en la segunda parte
de este libro se contará, juntamente con el suceso
del pastor y pastora portuguesa Danteo y Duarda.
La historia de Alcida y Silvano
|
compuesta por Jorge de Montemayor a la ilustre señora doña Ana Ferrer, dama catalana
|
|
Suene mi ronca voz, y lleve el viento
| | | |
a ti, ¡oh Lusitania!, sus acentos, | | | | cante del crudo amor el movimiento | | | | y el repartir de varios pensamientos;
| | | |
llorad húmidos ojos un contento |
5 | | | en quien fundó el amor mil descontentos;
| | | |
mi triste canto sea celebrado
| | | |
con lágrimas, amor, pena, cuidado. | | |
|
| Hermanas de Faetón, dejad el llanto,
| | | |
ninfas del hondo Tajo, dadme oídos, |
10 | | | Apolo, no guiéis el carro en tanto
| | | |
que canto de los dos de amor vencidos, | | | | que si el carro guiáis y oís mi canto, | | | | así os lastimará que los sentidos
| | | |
perdáis, y el carro vaya de la suerte |
15 | | | que a vuestro hijo Faetón causó la muerte.
| | |
|
|
Las celebradas ninfas de Mondego | | | | encima de sus ondas se levanten, | | | | sintiendo del amor el vivo fuego,
| | | |
y con su amargo lloro el mundo espanten. |
20 | | | Sus blandos ejercicios dejen luego,
| | | |
y el mal de su pastor conmigo canten; | | | | y vos, hermanas nueve a quien invoco, | | | | de aquel suave licor me dad un poco.
| | |
|
|
Y tú, doña Ana, cuyo nombre y gloria |
25 | | | inspira, mueve y rige el pensamiento,
| | | |
a quien mis versos van y la memoria,
| | | |
y en quien mi mal consiste y mi contento, | | | | recibe de los dos la triste historia,
| | | |
y pues no llega el suyo a mi tormento, |
30 | | | el triste fin mirando, yo lo fío,
| | | |
que de él podrás muy bien sacar el mío. | | |
|
| El claro río Mondego celebrado, | | | | su fértil campo, verde y deleitoso,
| | | |
el monte, a do su monte está sentado, |
35 | | | y encima su castillo valeroso,
| | | |
el su bosque de olivas adornado, | | | | su alta sierra y valle muy umbroso, | | | | criaron a Silvano, en quien amores | | | | mostraron si hay amor entre pastores. |
40 | |
|
| Su opinión, su ser, su fundamento,
| | | |
jamás a cosas bajas lo inclinaba, | | | | sentía el mozo en sí un movimiento | | | | que a más que a ser pastor lo encaminaba.
| | | |
Jamás le entendió alguno el pensamiento, |
45 | | | ni demostrarlo a nadie se preciaba,
| | | |
continuo a cosas altas fue inclinado, | | | | y amigo de la ciencia en sumo grado. | | |
|
| Buscaba por el campo los pastores
| | | |
de más virtud y suerte acompañados: |
50 | | | al que sabe de amor, hable en amores,
| | | |
y al que de sólo el pasto, en los ganados. | | | | Llegar nunca se pudo a los menores, | | | | porque jamás lo fueron sus cuidados,
| | | |
y a quien más conversó fue a dos Iusartes, |
55 | | | a quien él alababa en todas partes.
| | |
|
|
Con estos su ganado apacentando, | | | | andaba por el campo y su ribera, | | | | de día ora tañendo, ora cantando,
| | | |
al son de rabel, flauta, o de qué quiera, |
60 | | | de noche unos durmiendo, otros velando
| | | |
por el hambriento lobo, de manera | | | | que en estos dos hallaba, y lo decía, | | | | virtud, saber, esfuerzo y valentía.
| | |
|
|
Debajo de altos pinos muy umbrosos, |
65 | | | con los de Pina siempre conversaba,
| | | |
cuyo linaje y hechos generosos
| | | |
al son de su zampoña los cantaba.
| | | |
Y los de Payva allí por muy famosos,
| | | |
sus virtudes heroicas celebraba, |
70 | | | llorando a dos Antonios, cuya suerte
| | | |
muy presto la atajó la cruda muerte. | | |
|
| Miraba aquella cerca antigua y alta | | | | que por trofeo quedó de las hazañas
| | | |
del santo Abad don Juan, en quien se esmalta |
75 | | | la honra, el lustre y prez de las Españas;
| | | |
allí la fuerza de Héctor no hizo falta, | | | | pues destruyó su brazo las compañas | | | | del sarracino rey que lo seguía
| | | |
y a su traidor sobrino don García. |
80 | |
|
| Miraba aquel castillo inexpugnable,
| | | |
por tantas partes siempre combatido | | | | de aquel falso Marsilio y detestable, | | | | y del traidor Zulema en él nacido. | | | | Decía allá entre sí: «¡Oh cuán notable, |
85 | | | muy gran Monte mayor, continuo has sido,
| | | |
pues en tus altas torres fue guardada | | | | la santa fe, y a fuerza de la espada!» | | |
|
|
Decía: «¡Oh alto monte y valeroso!,
| | | |
Monte mayor el viejo tan nombrado, |
90 | | | y monte de fe lleno y muy glorioso,
| | | |
mayor por más valiente y señalado, | | | | llámante el viejo a ti por más famoso, | | | | antiguo, fuerte, alto, y celebrado,
| | | |
a do Minerva y Marte se juntaron, |
95 | | | y con la ciencia y armas te adornaron.»
| | |
|
|
Después, aunque no estaba enamorado, | | | | mil versos, mil canciones les cantaba, | | | | y como quien está de amor tocado, | | | | formaba quejas de él, y suspiraba. |
100 | | | Según mostraba siempre en su cuidado,
| | | |
parece que a este tiempo se ensayaba, | | | | o puede ser que entonces ya sentía | | | | el grave mal de amor y lo encubría.
| | |
|
|
Partiose el buen Silvano, suspirando, |
105 | | | del claro río Mondego y su ribera,
| | | |
su rostro vuelve atrás de cuando en cuando, | | | | como si amor por fuerza lo moviera. | | | | Decía: «¡Oh soledad, ya vas mostrando
| | | |
lo que después harás!» Y la manera |
110 | | | con que el pastor sentía estos enojos,
| | | |
mostraban bien las aguas de sus ojos. | | |
|
| Para la gran Vandalia fue su vía, | | | | que allá lo encaminaba su destino.
| | | |
Acá y allá mil veces revolvía, |
115 | | | hasta que después de esto acaso vino
| | | |
do el caudaloso Duero parecía,
| | | |
tan manso como airado va continuo41 | | | | de salces y de alisos muy cercado,
| | | |
de la una parte un soto, y de otra un prado. |
120 | |
|
|
No fue como este prado y su ribera, | | | | y un cierto montecillo y fuente clara, | | | | aquel que Palas vio, que si este viera | | | | con muy más justa causa se admirara.
| | | |
Y si las ninfas de este conociera, |
125 | | | cuando las nueve vio, no se espantara, | | | | que aquella diferencia viera entre ellas
| | | |
que vemos entre el sol y las estrellas. | | |
|
| Todo el gracioso campo se veía
| | | |
de salces y de alisos muy cercado, |
130 | | | la yedra por sus troncos revolvía,
| | | |
con un enredo extraño y concertado, | | | | según la verde hierba parecía
| | | |
que allí Medea las hierbas ha cortado,
| | | |
con que el olivo viejo hizo nuevo |
135 | | | y al padre de Jasón volvió mancebo.
| | |
|
|
Allí las avecillas resonaban, | | | | mostrando su dolor y sus querellas, | | | | sobre que dulcemente discantaban,
| | | |
y el Eco respondía acentos de ellas, |
140 | | | los cuales a las ninfas informaban
| | | |
del crudo mal de amor, y las centellas | | | | que aun en las avecillas sin sentido | | | | aquel hijo de Venus ha encendido.
| | |
|
|
Al tiempo que llegó aquí Silvano, |
145 | | | llegada era la dulce primavera,
| | | |
con las alegres nuevas del verano, | | | | de hoja y flor poblando la ribera. | | | | Dejar de suspirar no fue en su mano,
| | | |
ni aun de sentir dejara quien lo viera, |
150 | | | allá dentro en su alma, un movimiento | | | | de enamorado y triste pensamiento.
| | |
|
|
Luego Silvano vio una clara fuente, | | | | al pie de un verde salce, en este prado.
| | | |
El céfiro la ornaba blandamente |
155 | | |
de un ventecico fresco y muy templado, | | | | el cual menea el salce y la corriente, | | | | hace con él un son tan concertado | | | | que no le hicieran tal, según yo creo,
| | | |
de Apolo la vihuela y la de Orfeo. |
160 | |
|
| Como el que de su dama está apartado,
| | | |
y su idea tiene en la memoria,
| | | |
que si le aflige amor, pena, o cuidado, | | | | comienza a imaginar su dulce historia,
| | | |
y ya después de haberla imaginado |
165 | | | le mata verse ausente de su gloria,
| | | |
así deja al pastor muy sin sosiego
| | | |
ver al hermoso Duero y no a Mondego. | | |
|
| Cansancio, soledad, poca alegría
| | | |
mostraba allí Silvano en su semblante. |
170 | | | Congoja es quien le tiene compañía,
| | | |
ningún mal puede haber que ya le espante, | | | | mas la tristeza grave que sentía
| | | |
al sueño fue a llamar, y en un instante
| | | |
al salce se arrimó, y sobre la mano |
175 | | | su cabeza afirmó, y durmió Silvano.
| | |
|
|
Y aunque el cansado cuerpo reposaba, | | | | el alma, como suele, no dormía,
| | | |
mas ante el crudo amor le revelaba
| | | |
el mal, que el pastor ya se temía: |
180 | | | y entre otras muchas cosas que soñaba,
| | | |
muy llena de temor le parecía | | | | que hacia él venía una pastora,
| | | |
la cual él conoció luego a la hora.
| | |
|
|
Armía se llamaba esta zagala |
185 | | | que de Silvano fue muy gran amiga,
| | | |
su hermosura y ser, aviso y gala, | | | | a la fama espantó y ella lo diga; | | | |
ninguna de su tiempo se iguala,
| | | |
aunque fortuna fue tan su enemiga |
190 | | | que no cortó a medida su ventura
| | | |
de su valor, estado, y hermosura. | | |
|
| Venía la pastora así adornada, | | | | como tras el ganado andar solía:
| | | |
la saya verde, clara, y muy plegada, |
195 | | | que el blanco pie descalzo le encubría,
| | | |
sayuelo blanco y manga no apretada | | | | ni muy ancha tampoco en demasía,
| | | |
y aunque es alto, el collar desabrochado,
| | | |
por no ofender al cuello delicado. |
200 | |
|
| Sobre los hombros trae sus cabellos
| | | |
como rayos del sol y más dorados, | | | | y como quien se precia poco de ellos, | | | | de una cierta desorden adornados.
| | | |
Una toallica blanca trae sobre ellos, |
205 | | | los cabos por la punta ambos tomados,
| | | |
no puestos por igual, no muy derechos, | | | | presos con alfiler sobre los pechos.
| | |
|
|
Al hombro una zamarra mal doblada,
| | | |
del brazo su zurrón traía colgando, |
210 | | | en la derecha mano una cayada,
| | | |
y el blanco pie en la arena matizando. | | | | Llegó a Silvano ya como cansada,
| | | |
el cual de verla allí se está admirando,
| | | |
y no piensa que es sueño o desconcierto, |
215 | | | sino que aquella es, y está despierto.
| | |
|
|
Parécele al pastor que le abrazaba, | | | | llorando de sus ojos y decía:
| | | |
«No sé, Silvano, yo amor dó estaba
| | | |
cuando en el duro pecho se imprimía |
220 | | | de aquel pastor cruel que me mostraba
| | | |
que más que a su alma propia me quería, | | | | pues hubo en él tan súbita mudanza
| | | |
que me dejó sin vida ni esperanza.
| | |
|
|
»Mudado se ha Teonio y tan mudado |
225 | | | que Dórida lo goza y es su esposo. | | | |
Un blando corazón desengañado | | | | burlole un crudo, ingrato, y cauteloso. | | | | El uno está casado, otro cansado;
| | | |
el uno en gran dolor, otro en reposo. |
230 | | | ¡Oh ásperas mudanzas de fortuna, | | | |
vida enojosa, triste, e importuna!
| | |
|
|
»Dios sabe, ¡oh mi Silvano!, cuántos días | | | | después que el río Mondego así dejaste,
| | | |
se me acordó de ti, que me decías, |
235 | | | cuando mi pena viste y la notaste:
| | | |
"Dejar debes, Armía, tus porfías,
| | | |
más ya no has de poder, pues te entregaste." | | | | Bien debías tú entender aquel quién era,
| | | |
y aun yo, si no lo amara, lo entendiera. |
240 | |
|
| »Mas, ¡ay de quien se ve de amor robada!,
| | | |
que nunca jamás cree consejo alguno. | | | | Y así fui triste yo, que de engañada | | | | te tuve entonces42 a ti por importuno; | | | | contra su amor jamás creyera nada, |
245 | | | que en su fe me mostró ser sólo uno,
| | | |
y tanto era el amor que le tenía | | | | que no creí mi mal, aunque le veía43. | | |
|
| »A Venus, de su hijo me he quejado,
| | | |
y a su hijo llamó por informarse, |
250 | | | por todo el universo se ha buscado
| | | |
y creen que por demás será hallarse, | | | | que en este soto espeso está emboscado | | | | y parecer no quiere hasta vengarse | | | |
de una hermosa ninfa muy exenta, |
255 | | | que nunca jamás de él ha hecho cuenta.
| | |
|
|
»Y que esto ha de hacer a costa suya, | | | | y de un pastor mancebo y extranjero, | | | | ha miedo el falso amor que ella le huya,
| | | |
por eso se emboscó, mas yo no quiero |
260 | | | que seas tú el pastor y te destruya.
| | | |
Silvano, vete luego, y sea primero | | | | que a esta ninfa veas y te vea,
| | | |
y a tu costa el amor vengado sea.
| | |
|
|
»No sabes que es amor sino de oídas, |
265 | | | no quieras, ¡oh Silvano!, la experiencia. | | | |
No quieras ver mil lágrimas perdidas, | | | | ni quieras entender el mal de ausencia. | | | | No quieras ver pasiones nunca oídas,
| | | |
y después de esto el áspera sentencia |
270 | | | que da contra el amante el que es amado,
| | | |
si no está muy de veras lastimado.
| | |
|
|
»¿A quién no matará sólo un olvido? | | | | ¿A quién un disfavor no llega al cabo?
| | | |
¿Qué medio ha de tener quien no es querido, |
275 | | | para de amor sufrir dolor tan bravo?
| | | |
Pues, ¡ay de aquel que fue favorecido! | | | | si un pensamiento viene de otro cabo
| | | |
y causa en la que ama un movimiento,
| | | |
que a este mal no llega entendimiento. |
280 | |
|
| »¿Qué es ver un amador si llega un celo,
| | | |
ahora sea con causa, ahora sin ella?: | | | | ¿aquella ansia perpetua y desconsuelo, | | | | aquel no ver la cosa y asir de ella,
| | | |
aquel sin ocasión quejarse al cielo, |
285 | | |
aquel oír la disculpa y no creerla44?
| | | |
Y a veces, aunque es mal para matarlo, | | | | temiendo otro mayor disimularlo.
| | |
|
|
»Así que vete luego, mi Silvano,
| | | |
y mira el crudo amor do me ha llegado. |
290 | | | No pongas tu contento en una mano
| | | |
de quien jamás le dio que haya turado. | | | | Servirle y ser leal es muy en vano. | | | | ¡Ved qué será de aquel que se ha entregado
| | | |
sin más ni más a este niño ciego, |
295 | | | variable, falso, libre, y sin sosiego!»
| | |
|
|
Y estando en este sueño muy metido, | | | | le pareció llegar a aquella fuente,
| | | |
con grande majestad, pompa, y ruïdo,
| | | |
el niño dios de amor, que de repente |
300 | | | mandaba Armía prender por haber sido
| | | |
contra lo que ordenaba; brevemente | | | | fue puesta en la prisión de los culpados | | | | que contra amor han sido conjurados.
| | |
|
|
Y con el gran ruïdo despertando, |
305 | | | temió luego el pastor lo que soñaba,
| | | |
de Armía las palabras contemplando, | | | | y lo que hizo amor consideraba: | | | | entre soltura y sueño está temblando
| | | |
al tiempo que la aurora comenzaba |
310 | | | a matizar el campo, río, y prado,
| | | |
y el montecillo y soto celebrado. | | |
|
| No mira allí Silvano el claro río, | | | | ni el campo tan diverso en sus colores,
| | | |
no mira el arboleda, ni el rocío, |
315 | | |
como grano de aljófar en las flores, | | | | mas de lo que soñó está tan frío, | | | | que no dirá que oyó los ruiseñores | | | | ni la calandria, dulce enamorada, | | | | que entonces45 a sus amores da alborada. |
320 | |
|
| No ve Febo venir resplandeciendo,
| | | |
ni ve el lustre que da a toda cosa, | | | | no siente un airecillo que bullendo | | | | la hermosa arboleda no reposa;
| | | |
no ve una espesa niebla irse huyendo |
325 | | | de encima el claro río, presurosa;
| | | |
no ve sino un dolor y pena extraña, | | | | con quien el corazón jamás se engaña. | | |
|
| Estando en su fatiga muy metido,
| | | |
bien fuera de pensar en otras cosas, |
330 | | | hiriole un dulce canto en el oído,
| | | |
de dos voces suaves y graciosas. | | | | Fue a levantar los ojos constreñido, | | | | y allí dos ninfas vio asaz hermosas; | | | | limpiaba una los ojos y cantaba, |
335 | | | y otra, cogiendo flores, la ayudaba.
| | |
|
|
Mostró la una estar de amor herida, | | | | y otra mostró vivir de amor exenta; | | | | una mostró al amor estar rendida,
| | | |
la otra con amor no tener cuenta; |
340 | | | la una está en amor muy encendida,
| | | |
la otra fría en él y muy contenta, | | | | y como a tal la vio cogiendo flores, | | | | muy fuera de pensar en mal de amores.
| | |
|
|
Belisa es la que llora muy quejosa |
345 | | | de una deslealtad con ella usada.
| | | |
No le valió ser casta, no hermosa, | | | | leal, honesta, firme, y avisada.
| | | |
No le valió poner su amor en cosa
| | | |
tan alta, ilustre, clara, y levantada, |
350 | | |
para dejar de ver por sí mil males | | | | que causan corazones desleales. | | |
|
| Alcida era la ninfa que cogiendo | | | | las flores va, muy fuera de cuidado, | | | | la pena de Belisa no sintiendo, |
355 | | | ni el mal que amor le tiene aparejado:
| | | |
a la fuente se vienen, concluyendo | | | | su dulce canto extraño y concertado, | | | | y aunque traían sueltos sus cabellos, | | | | mil corazones presos traen a ellos. |
360 | |
|
| Y no vio Silvano después de esto
| | | |
de qué venían vestidas, de turbado, | | | | ciego mirando luego el claro gesto
| | | |
de quien principio dio a su cuidado.
| | | |
Y así no fue a mi pluma manifiesto |
365 | | | de las dos el vestido, ni el tocado,
| | | |
sólo dijo Silvano que traían | | | | guirnaldas de laurel cuando venían. | | |
|
| Y no vieron las ninfas a Silvano
| | | |
hasta llegar las dos junto a la fuente; |
370 | | | Alcida, que lo vio, el sobrehumano
| | | |
rostro se le mudó muy brevemente. | | | | Amor, que el arco tiene ya en la mano, | | | | luego apuntó a los dos con flecha ardiente,
| | | |
y no errando el blanco en aquel punto, |
375 | | | cada uno por el otro está difunto.
| | |
|
|
¡Quién viera allí a Silvano estar vencido | | | | de amor, el cual de oídas conocía!
| | | |
¡Quién viera estar Alcida sin sentido
| | | |
en ver que siente un mal que no temía! |
380 | | | ¡Quién ve a Silvano estar embebecido
| | | |
en solamente ver por quien moría!
| | | |
¡Quién ve temer Alcida aquella hora | | | | si a dicha ama el pastor otra pastora!
| | |
|
|
Los ojos de Silvano bien mostraban |
385 | | | que por los de su Alcida se perdían,
| | | |
y los de Alcida allí disimulaban
| | | |
lo menos, que lo más ya no podían. | | | | Los de Belisa claro divisaban
| | | |
por experiencia, y más por lo que veían46, |
390 | | | lo que en los dos amor había hecho,
| | | |
rompiendo a cada uno el blando pecho. | | |
|
| Suspensa y espantada estaba Alcida, | | | | y muerto más que vivo está Silvano.
| | | |
De amor cree la pastora estar herida, |
395 | | | y el triste no de amor mas de su mano,
| | | |
está disimulada aunque vencida,
| | | |
y está el pastor perdido y muy ufano | | | | en sólo ver que mira y es mirado, | | | | ora sea voluntario, ora forzado. |
400 | |
|
| Los ojos de los dos están hablando,
| | | |
las lenguas están mudas por un poco. | | | | Los de Silvano en hito están mirando, | | | | y los de Alcida miran poco a poco.
| | | |
Los de Belisa salen derramando |
405 | | | lágrimas y diciendo: «¡Oh amor loco!
| | | |
¿hasta en los prados, selvas, do hay pastores, | | | | quieres que se padezca mal de amores?»
| | |
|
|
El tiempo les faltó, y el recogerse
| | | |
a un alto palacio fue forzado. |
410 | | | Silvano en verlas ir y solo verse,
| | | |
de un grave y nuevo mal fue traspasado. | | | | Seguirlas quiere y teme el atreverse, | | | | aunque le ponga fuerzas su cuidado; | | | |
y en fin se queda allí cabe la fuente, |
415 | | | su grave mal llorando amargamente.
| | |
|
|
Alcida va consigo peleando, | | | | y crece poco a poco su herida, | | | | su mal allá entre sí disimulando, | | | | fingiendo del amor no estar vencida; |
420 | | | pero mirando atrás de cuando en cuando,
| | | |
decía allá entre sí: «¡Ay triste Alcida!». | | | | Mas calla suspirando y dice luego:
| | | |
«No temo al crudo amor, ni a su gran fuego.» | | |
|
| Algunas veces por allí tornaban |
425 | | | las ninfas, y al pastor Silvano veían47,
| | | |
mirándole, las dos disimulaban, | | | | y, sólo en el mirarlas lo entendían. | | | | Y como al gran palacio se tornaban,
| | | |
al triste amador nuevo así afligían, |
430 | | | que con suspiros, lágrimas, mostraba
| | | |
que ya su vida triste se acababa. | | |
|
| Después de algunos días ser pasados, | | | | Alcida que sufrir ya no podía
| | | |
la gran pasión, los ásperos cuidados |
435 | | | que a su causa Silvano padecía,
| | | |
se vino con Belisa a los collados | | | | ado el pastor Silvano estar solía, | | | | con determinación de no pesarle | | | | si aquel pastor su mal quiere mostrarle. |
440 | |
|
| Llegadas do Silvano está llorando,
| | | |
Belisa se sentó cabe la fuente. | | | | Silvano mira Alcida suspirando, | | | | y Alcida disimula sabiamente,
| | | |
mas el amor allí sobrepujando |
445 | | | a lo que fingir quiere el que lo siente,
| | | |
en contemplarlo se quedó suspensa, | | | | sufriendo allá entre sí su pena inmensa. | | |
|
| Pues como cada cual está elevado,
| | | |
quiso hablar Belisa interviniendo. |
450 | | | Llegose a él, tirole del cayado,
| | | |
dejóselo llevar, no lo sintiendo,
| | | |
y díjole: «Ah pastor, ¡cuán descuidado | | | | estás!» Pero Silvano en sí volviendo,
| | | |
le dijo: «No hay cuidados más derechos |
455 | | | que los descuidos por amores hechos.» | | |
|
| Respóndele Belisa: «Bien lo creo,
| | | |
¡triste de la que ha tanto que lo siente!» | | | | Y como de le oír tuvo deseo,
| | | |
llegose junto a él cabe la fuente |
460 | | | y dijo: «¿Cúyo sois?» «De lo que veo
| | | |
-le respondió Silvano blandamente-, | | | | amor no me dio cuyo hasta ahora,
| | | |
que me ha dado una ninfa por señora.»
| | |
|
|
Belisa replicó: «¿Quién es aquella |
465 | | | que en un punto, pastor, pudo robarte?»
| | | |
Silvano respondió: «No sé más de ella | | | | que no saber por ella de mi parte; | | | | después que con mis ojos pude verla48,
| | | |
para tratar de mí soy poca parte.» |
470 | | | Y aunque Belisa entiende su fatiga,
| | | |
no se lo da a entender, porque él lo diga. | | |
|
| Alcida, aunque en levada, bien oía
| | | |
lo que el pastor responde, y sospechaba
| | | |
si es ella, y otra no, por quien decía, |
475 | | | si de su amor o de otro preso estaba.
| | | |
Y como quien amaba en demasía, | | | | y en lo que respondió no se fiaba, | | | |
dijo a Belisa paso y al oído:
| | | |
«Pregúntale por quién está perdido.» |
480 | |
|
| Tornó Belisa luego a importunarle49,
| | | |
diciendo: «Di, ¿quién causa tu fatiga?» | | | | Silvano respondió: «La lengua calle
| | | |
lo que en mi alma entró, y amor lo diga.»
| | | |
No quiso más Belisa importunarle50, |
485 | | | y como su dolor en fin le obliga,
| | | |
se va su paso a paso por el prado, | | | | dejando allí los dos con su cuidado. | | |
|
| Suspendiole a Silvano su tormento
| | | |
pensar que amor en él está seguro; |
490 | | | no siente la pastora descontento
| | | |
en ver que entró en su alma el amor puro, | | | | mas por honrar la entrada al pensamiento, | | | | de su gran discreción derriba el muro.
| | | |
Y así se están los dos, porque a hablarse |
495 | | | ninguno de ellos osa aventurarse.
| | |
|
|
Parécele a Silvano que ya tarda; | | | | hablar quiere, y no dice cosa alguna. | | | | Amor es quien lo mueve y acobarda; | | | | el atrever y el miedo están a una. |
500 | | | Temor es el que está diciendo: «¡Aguarda!»
| | | |
Su mal dice que hable y lo importuna. | | | | No halla medio alguno el desdichado
| | | |
a quien no hurte el cuerpo su cuidado.
| | |
|
|
En esta confusión está metido, |
505 | | | y Alcida está también metida en ella.
| | | |
Cada uno está cobarde y atrevido | | | | para decir al otro su querella; | | | | cada uno de su pena está vencido,
| | | |
pero Silvano en fin, forzado de ella, |
510 | | |
temblando, bajo, ronco, y comoquiera, | | | | le comenzó a hablar de esta manera: | | |
|
| «Señora mía, si este mi tormento | | | | disimular pudiera de algún arte,
| | | |
o si en amor cupiera sufrimiento, |
515 | | | callara yo mi mal por no enojarte;
| | | |
mas es tan desusado el mal que siento | | | | que yo para encubrirlo no soy parte, | | | | ni soy quien en decirlo tengo culpa, | | | | que amor es quien me mueve y me disculpa. |
520 | |
|
| »El gran amor que tengo no es acaso,
| | | |
por elección ha sido, yo lo siento: | | | | un paso contó amor tras otro paso, | | | | en todo hubo su cuenta y su descuento,
| | | |
quitando, ninfa mía, el mal que paso, |
525 | | | vuestro valor y mi merecimiento,
| | | |
eu todo hubo su cuenta, pero en esto | | | | poderla haber jamás es manifiesto. | | |
|
| »Mis ojos no sin causa te miraron,
| | | |
pues no hay cosa que ver después de verte; |
530 | | | mi espíritu cansado te entregaron,
| | | |
que contra tu beldad no hay cosa fuerte. | | | | El alma y los sentidos se juntaron,
| | | |
y acuerdan todos juntos de una suerte
| | | |
de se entregar a ti, y quien huyere, |
535 | | | que pierda luego el ser que en mí tuviere.
| | |
|
|
»Padezco sólo un mal y mil dolores, | | | | de quien mi mal en torno está cercado, | | | | y aunque me forzó amor a mis amores, | | | | pues yo no resistí, no fui forzado: |
540 | | | fatigas, descontentos, disfavores,
| | | |
no me harán llamar triste a mi hado, | | | | que no es tan malo el mal de ser cautivo, | | | | cuan bueno es el vivir, pues por ti vivo.
| | |
|
|
»Si estando yo sin mí hablo contigo, |
545 | | | y viéndote no estoy corto y medroso,
| | | |
no soy, señora, yo el que esto digo; | | | | hablar debe otro en mí, pues hablar oso. | | | | Amor, aunque es la parte, es buen testigo
| | | |
de cómo lo que digo me es forzoso, |
550 | | | o sea atrevimiento, o sobra, o mengua,
| | | |
mover delante ti mi ruda lengua.» | | |
|
| Y así calló, quedando sosegado, | | | | y no callar tan presto bien quisiera.
| | | |
Hubo temor, en fin, de haber callado, |
555 | | | por lo que a aquella ninfa oír espera.
| | | |
Piensa que la indignó en haber hablado, | | | | y que hablando más entretuviera
| | | |
la terrible sentencia que esperaba,
| | | |
y esto causó el temor cuando callaba. |
560 | |
|
| Mas ella aunque a Silvano está escuchando,
| | | |
bien muestra que de amor no está segura: | | | | ora el divino rostro matizando
| | | |
con un vivo color de grana pura,
| | | |
ora secretamente suspirando, |
565 | | | ora un dulce mirar, una blandura,
| | | |
que a él para respuesta le bastara | | | | si el crudo mal de amor no le cegara. | | |
|
| Si él volvía los ojos hacia el suelo,
| | | |
dando alguna razón con movimiento, |
570 | | | alzaba ella los suyos con un celo
| | | |
de ver a quien causaba su tormento.
| | | |
Y cuando él otra vez los vuelve al cielo | | | | para le encarecer su pensamiento,
| | | |
Alcida iba los suyos abajando, |
575 | | | y así le va su vista salteando.
| | |
|
|
La ninfa no quisiera responderle, | | | | mas ya su voluntad no está en su mano. | | | | Pensando que el tardar será ofenderle,
| | | |
mil veces le acomete y es en vano. |
580 | | | Y aunque vergüenza llega a entretenerle,
| | | |
en fin, amor y fe, y el su Silvano,
| | | |
en su memoria entraron, y en un credo | | | | quitaron todos tres la fuerza al miedo.
| | |
|
|
Con un blando suspiro comenzando, |
585 | | | y con un rostro puro y muy sereno,
| | | |
le dijo: «Tu dolor estoy notando,
| | | |
y no sé si me salvo o me condeno; | | | | por ser tuyo, tu mal lo estoy pasando,
| | | |
y si mi hado en esto es malo o bueno, |
590 | | | no estoy tan libre para yo juzgarle51,
| | | |
mas ya que habla amor, la razón calle. | | |
|
| »Si yo temo tu fe, si tengo miedo, | | | | que no viene sin causa esta sospecha,
| | | |
si en tu mano es fingirte triste o ledo, |
595 | | | imaginarlo yo, ¿qué me aprovecha?
| | | |
Saber que ya no mando en mí ni puedo | | | | me hace estar contenta y satisfecha,
| | | |
y pues que tú y amor tenéis la culpa,
| | | |
en ambos tendrá Alcida su disculpa. |
600 | |
|
| »Quisiera yo fingirme muy exenta,
| | | |
y padecer secreto lo que siento; | | | | quisiera estar quejosa y descontenta, | | | | llamando a tu pasión atrevimiento,
| | | |
mas el dolor que ahora me atormenta |
605 | | | no da tanto lugar al pensamiento
| | | |
para que encubrir pueda su accidente, | | | | mostrándose al revés de lo que siente. | | |
|
| »Mas ya que paró aquí mi mala suerte,
| | | |
o buena para mí si tú quisieres, |
610 | | | ¿qué puedo yo hacer sino quererte,
| | | |
y aunque me pese, creer que tú me quieres? | | | | Y pues, pastor, ya temo yo perderte,
| | | |
¿qué más prenda de amor? Para que esperes
| | | |
que yo nunca jamás podré olvidarte, |
615 | | | ni aun tú de desamor podrás quejarte.»
| | |
|
|
Calló con esto Alcida y no callara | | | | si más que dijo allí decir pudiera;
| | | |
si más hay que mostrar, aún más mostrara,
| | | |
y si hay más que querer, aún más quisiera. |
620 | | | Ninguna cosa entonces le estorbara,
| | | |
aunque la muerte allí sobreviniera, | | | | para decir la pena que sentía
| | | |
aquel que mucho más que a sí quería.
| | |
|
|
Y aunque quedó con rostro sosegado, |
625 | | | mostró en su corazón no haber reposo
| | | |
en un blando suspiro, y adornado | | | | de un cierto volver de ojos muy airoso. | | | | ¡Ved qué haría Silvano en tal estado!, | | | | estando un poco antes tan medroso |
630 | | | de la respuesta dura de su Alcida,
| | | |
a quien su libertad está rendida.
| | |
|
|
No le perdió el pastor razón ninguna, | | | | que todas las escribe en su memoria,
| | | |
ni piensa que jamás persona alguna |
635 | | | sacó de ser vencido tal victoria.
| | | |
Mas témese el pastor que la fortuna | | | | le venga a tomar cuenta de esta gloria, | | | | que nunca el amor dio contentamiento
| | | |
a quien fortuna deje sin descuento. |
640 | |
|
|
Belisa, que escondida está escuchando | | | | lo que pasaba Alcida con Silvano, | | | | a cada paso de estos suspirando,
| | | |
está teniendo a Amor por inhumano.
| | | |
De su pastor se acuerda contemplando |
645 | | | cuántas veces le dijo en aquel llano
| | | |
lo que a Silvano allí oído había, | | | | y ella lo que Alcida respondía.
| | |
|
|
Decía: «Quiera Dios por lo que toca
| | | |
a esta nuevamente enamorada, |
650 | | | no esté el amor de aquel sólo en la boca,
| | | |
y el alma exenta de él y descuidada,
| | | |
que cuanto en ellos más amor se apoca, | | | | tanto más su pastora está prendada.
| | | |
No temen ya de amor mudanza alguna; |
655 | | | como señores gozan su fortuna.
| | |
|
|
»¿En quién nunca se vio tan gran mudanza | | | | como en Alcida, siendo tan exenta
| | | |
que a tantos perder hizo la esperanza
| | | |
sin que del mal de amor hiciese cuenta? |
660 | | | ¡Extraña orden de amor! ¡Extraña usanza
| | | |
que tenga por mal caso y por afrenta | | | | haber un corazón que sea exento | | | | para poder vivir sin su tormento!»
| | |
|
|
Alcida en este tiempo está rogando |
665 | | | que la zampoña toque el su Silvano.
| | | |
Tomábala el pastor no porfiando, | | | | que porfiar allí no es en su mano. | | | | Comiénzala a tocar y ella escuchando,
| | | |
y Belisa también, y aun todo el llano; |
670 | | | ninfas del río, sátiras, y faunos
| | | |
los suspendió tomándola en las manos.
| | |
|
|
Mas cuando Alcida oyó cómo tocaba | | | | con aire tan gracioso y excelente,
| | | |
y cómo con el son se concertaba |
675 | | | el dulce murmurar de aquella fuente,
| | | |
que algunos versos cante le mandaba. | | | | Y respondió el pastor alegremente: | | | | «Escoge tú la historia que quisieres,
| | | |
que yo no he de salir de lo que quieres.» |
680 | |
|
| Alcida, que en Silvano está su gloria,
| | | |
su vida, su contento, su deseo,
| | | |
su voluntad, su intento, su memoria, | | | | aunque mandarle así tiene por feo,
| | | |
le dijo: «Canta un poco de la historia |
685 | | | de la hermosa Silvia y de Danteo,
| | | |
que en Lusitania fueron tan nombrados, | | | | y de Diana y Marte celebrados.» | | |
|
| Silvano no sintió de sí contento
| | | |
de ser de su pastora así mandado, |
690 | | | que en verso no sabía el propio cuento
| | | |
para cantarlo a son y concertado. | | | | Mas comenzó a tocar el instrumento, | | | | y de un nuevo furor allí inspirado,
| | | |
haciendo pronto el verso así decía |
695 | | | con voz suave y dulce melodía:
| | |
|
|
«Llorando el sinventura de Danteo, | | | | delante su pastora estaba un día, | | | | diciendo: "¿Por qué causa, ¡oh alma mía!,
| | | |
no puedo verme a mí si no te veo?" |
700 | | | "Pastor -le dijo Silvia-, no te creo",
| | | |
y a otra parte el rostro revolvía. | | | | Pasar quiso de allí, mas no podía; | | | | vergüenza pudo más que su osadía.
| | |
|
|
»Danteo respondió medio difunto: |
705 | | | "¿Por qué esperanza mía estáis dudosa
| | | |
de un amor tan firme y verdadero?" | | | |
Y Silvia replicó: "Porque en un punto | | | | se muda y hace fin cualquiera cosa,
| | | |
y el falso amor en esto es el primero." |
710 | | | Luego el pastor le dijo: "Tal dolencia
| | | |
no la tendrá quien viviere tu presencia".» | | |
|
| Así acabó Silvano, y muy quieto | | | | quedó, puestos los ojos en Alcida,
| | | |
la cual solemnizó todo el soneto |
715 | | | con lágrimas, sintiendo la caída
| | | |
de aquel joven pastor, fuerte y discreto, | | | | pues en la primavera de su vida
| | | |
cortó la Parca el hilo a gran porfía,
| | | |
por dar al mozo Adonis compañía. |
720 | |
|
| Muy bien sabía Alcida aquella historia,
| | | |
mas nunca la movió a sentimiento | | | | hasta que tuvo amor en la memoria, | | | | y vio por experiencia su tormento.
| | | |
Y como en ver Silvano está su gloria, |
725 | | | tampoco le pasó por pensamiento
| | | |
sentir que en el soneto que cantaba | | | | con mudanzas de amor la amenazaba. | | |
|
| Por alto no pasó esto a Belisa,
| | | |
que allí sintió de amor la rabia cruda |
730 | | | cuando le oyó decir de aquella guisa:
| | | |
«Amor es el primero que se muda.»
| | | |
Y dijo: «¡Ay triste yo! ¿quién no se avisa? | | | | ¿Quién se confía en amor? ¿Quién no se ayuda | | | | de lo que la enseñado la experiencia? |
735 | | | Mas no da para esto amor licencia.»
| | |
|
|
Acaso volvió el rostro al claro río | | | | Belisa, y vio a Felina que venía | | | | con su tan seco rostro como estío | | | | oscureciendo el sol, nublando el día. |
740 | | | Como el que airado sale a desafío,
| | | |
así la extraña sátira venía,
| | | |
con sus descalzos pies de arpía pura, | | | | con su infernal meneo y apostura.
| | |
|
|
Con su nariz muy larga y derribada, |
745 | | | con sus negros cabellos y erizados,
| | | |
con su muy chica frente y muy rapada, | | | | con sus lucientes ojos y encovados,
| | | |
con su garganta luenga y muy plegada,
| | | |
con sus muy largos dientes descarnados, |
750 | | | con sus flacas mejillas y arrugadas,
| | | |
con sus fruncidas tetas y colgadas. | | |
|
| Su aya era esta bruja, y conocida | | | | por tan desconfiada y tan celosa
| | | |
que de ellas fue continuo aborrecida |
755 | | | por muy pesada, necia, y cautelosa.
| | | |
Mas era, en fin, por fuerza obedecida, | | | | por no poder hacerse allí otra cosa,
| | | |
y así como la vio venir Belisa,
| | | |
a Alcida va de presto y se lo avisa. |
760 | |
|
| Llegó Felina luego con su gesto
| | | |
más de infernal visión que cosa humana, | | | | diciendo: «Decid ninfas, ¿qué es aquesto, | | | | que os he de buscar yo cada mañana?»
| | | |
Belisa le replica: «¡Oh cuán de presto |
765 | | | os enojáis así, Felina hermana!
| | | |
¿Qué hace al caso andar por este prado, | | | | do no se oye pastor ni ve ganado?» | | |
|
| Abrió Felina entonces52 allí su boca,
| | | |
la cual sus dientes tienen siempre abierta, |
770 | | | y dijo: «Do hay vergüenza mucha o poca,
| | | |
jamás la orden común se desconcierta. | | | | Hacéisme andar buscándoos hecha loca. | | | |
El diablo me entregó llaves ni puerta.»
| | | |
Dijo entre sí Belisa: «Sí haría, |
775 | | | que un diablo de otro diablo se fiaría.»
| | |
|
|
No dijo esto tan bajo que no oyese | | | | Felina lo que dijo, y muy rabiosa
| | | |
le respondió que aquello no dijese,
| | | |
ni fuese confiada en ser hermosa, |
780 | | | que si ella se afeitase y compusiese,
| | | |
quizá que no habría ninfa tan graciosa. | | | | Y, que había visto en ella que tacharla | | | | para llamarla diablo y afrentarla.
| | |
|
|
Y prosiguiendo dijo: «Estas hermosas, |
785 | | | en sus rostros pintados confiadas,
| | | |
están más alteradas y humosas | | | | que si ellas fuesen deas celebradas. | | | | ¡Sus!, vámonos de aquí, porque estas cosas,
| | | |
Belisa, para mí son excusadas. |
790 | | | Ora sea yo hermosa, ora fea,
| | | |
que a fe que alguno hay que me desea.» | | |
|
| Mil pesadumbres de estas se decían, | | | | aunque Belisa siempre se burlaba.
| | | |
Los dos amantes tristes ya temían |
795 | | | la ausencia con que el tiempo amenazaba.
| | | |
Las ninfas a este tiempo se partían, | | | | la vieja iba delante y las guiaba. | | | | Aquel que amor tocó con cruda mano | | | | podrá juzgar cuál queda allí Silvano. |
800 | |
|
| Alcida no va en sí ni a sí se entiende,
| | | |
sus ojos vuelve atrás y va buscando
| | | |
aquel a quien la ausencia el fuego enciende, | | | |
que ya su soledad quedó llorando. | | | | Belisa, a quien amor también ofende, |
805 | | | el mal de los dos siente imaginando, | | | | si siente algo la vieja, y va diciendo:
| | | |
«O es muerto ya el pastor o está muriendo.» | | |
|
| Felina en ella va los ojos puestos,
| | | |
Belisa la miró con un desgaire |
810 | | | de un cierto volver de ojos entrepuestos,
| | | |
y el rostro así torcido por donaire; | | | | Felina dijo así: «¡Hacedme gestos!» | | | | Belisa respondió con gentil aire:
| | | |
«A saber yo hacer gestos, yo os hiciera |
815 | | | uno que muy mejor que el vuestro fuera.»
| | |
|
|
La vieja se tornó a trabar con ella | | | | y no advirtió al pastor que atrás venía, | | | | siguiendo a su pastora como a estrella
| | | |
que la cansada nave al puerto guía. |
820 | | | Mas luego allí perdió la vista de ella
| | | |
y vio como la vieja las metía | | | | en un alto palacio suntuoso,
| | | |
que a poco trecho está del valle umbroso.
| | |
|
|
Quedó el triste pastor, mas no ha quedado, |
825 | | | que con Alcida fue, aunque quedaba
| | | |
tan triste que por sí se ha preguntado | | | | como el que sin su alma se hallaba. | | | | Y su dolor responde acelerado,
| | | |
diciendo que su cuerpo sólo estaba |
830 | | | allí, mas que su alma ya era ida,
| | | |
y sólo el dolor daba al cuerpo vida.
| | |
|
|
No ve Silvano aquel hermoso gesto, | | | | consúmese su vida poco a poco.
| | | |
No sabe si es a Alcida manifiesto |
835 | | | el mal que la atormenta y vuelve loco,
| | | |
y el sinventura amante a todo esto
| | | |
se esfuerza cuanto puede, y puede poco,
| | | |
que quien su alma dio y está sin ella
| | | |
jamás gozó de efecto alguno de ella. |
840 | |
|
| Su luna se entrepuso, y eclipsado
| | | |
estaba el corazón del nuevo amante, | | | | a otro horizonte53 ve un sol pasado
| | | |
y su fortuna vuelta en un instante.
| | | |
En un espeso mirto y muy poblado |
845 | | | de hojas, sin pasar más adelante,
| | | |
se mete el sin ventura lamentando,
| | | |
al cielo, tierra, y mar, mil quejas dando. | | |
|
| Ora se queja allí de su ventura,
| | | |
ahora está quejando de su Alcida, |
850 | | | ora del infernal gesto y figura
| | | |
de aquella vieja falsa endurecida,
| | | |
ora de amor que el corazón le apura, | | | | ora desea la muerte, ora la vida;
| | | |
y no hallando en una ni otra medio, |
855 | | | tomó el vivir muriendo por remedio.
| | |
|
|
Estando así el pastor, como he contado, | | | | venir vio hacia sí un viejo anciano,
| | | |
señor del monte, soto, y del ganado
| | | |
que allí se apacentaba en aquel llano. |
860 | | | Un buen carcaj al cuello trae colgado,
| | | |
ballesta armada al hombro, y en la mano | | | | el asta trae también, do la afirmaba,
| | | |
en cuanto el lobo o ciervo le tardaba.
| | |
|
|
Disimuló el pastor su grave llanto, |
865 | | | retrajo al corazón su gran tristeza.
| | | |
Sus lágrimas cesaron entre tanto | | | | por ver del viejo anciano la graveza, | | | | y no recibe el mozo poco espanto
| | | |
de ver en su dolor tan gran crüeza, |
870 | | |
y ver que disimula el mal que siente, | | | | sin darlo a conocer a toda gente.
| | |
|
|
Y el viejo no quedó poco espantado | | | | de ver allí a Silvano, como digo.
| | | |
Nunca en aquel lugar pació ganado, |
875 | | | ni allí buscó pastor solaz, ni abrigo.
| | | |
Y conoció muy bien de experimentado | | | | el grave mal que el mozo trae consigo, | | | | en ver perdido al rostro las colores,
| | | |
mas no entiende la causa si es de amores. |
880 | |
|
| Y con un rostro blando le decía:
| | | |
«¿De adónde eres, pastor? O, ¿adónde vienes, | | | | que estando solo aquí sin compañía
| | | |
muy grande muestra das que algún mal tienes?
| | | |
¿De qué procede el mal que en ti porfía, |
885 | | | y el gran dolor que muestras y sostienes?,
| | | |
que si hay remedio en él, yo me profiero | | | | a serte buen amigo y compañero.» | | |
|
| Silvano respondió, disimulando:
| | | |
«De Lusitania soy, de un valle umbroso, |
890 | | | adonde entre mis deudos repastando
| | | |
el mi ganado anduve asaz gustoso, | | | | ora en el campo andaba apacentando, | | | | ora en un soto espeso y deleitoso.
| | | |
Y las pastoras todas que allí andaban, |
895 | | | su pena y sus amores me contaban.
| | |
|
|
»Las unas lamentando me decían
| | | |
cuán mal podían sufrir el mal de ausencia, | | | | las otras el contento en que se veían54,
| | | |
a sus pastores viendo en su presencia. |
900 | | | Y las que ausencia y celos padecían,
| | | |
quejábanse ante mí de su dolencia, | | | |
mas yo les daba en todo su descuento
| | | |
y en el descanso más que en el tormento.
| | |
|
|
»Por cosas que después me sucedieron |
905 | | | convino que dejase yo esta vida.
| | | |
Los mis sentidos tristes bien sintieron | | | | el mal que se ordenaba en la partida. | | | | Los mis cansados pasos me trajeron
| | | |
aquí, do veis que ha sido mi venida, |
910 | | | y no tengo más mal que me atormente
| | | |
si no es la soledad y el verme ausente.» | | |
|
| El viejo respondió: «Pastor amigo, | | | | jamás permaneció un buen estado,
| | | |
lo que fortuna ves que usó contigo, |
915 | | | usó con otros muchos que han pasado.
| | | |
Si acaso quieres tú vivir conmigo, | | | | y te contenta el soto y verde prado, | | | | quizá podrías andar en compañía
| | | |
que no te fuese tal como la mía.» |
920 | |
|
| Resucitó el pastor como de muerto
| | | |
en ver que le cometen tal partido, | | | | porque en aquella hora entendió cierto, | | | | por sólo el rostro y aire que en él vio,
| | | |
que es padre de su Alcida, y el concierto |
925 | | | entre los dos fue hecho y consentido.
| | | |
Y así se van los dos, amo y criado, | | | | al alto y gran palacio ya nombrado. | | |
|
| Contar lo que sintió en verle Alcida,
| | | |
y lo que sintió en verle el su Silvano, |
930 | | | él viendo que el gozar de su querida
| | | |
el tiempo se lo pone ya en la mano, | | | | y ella en contemplar la alegre vida | | | | que vino tras un mal tan inhumano,
| | | |
no hay lengua humana, no, que hacerlo pueda, |
935 | | | que todo entendimiento atrás se queda.
| | |
|
|
Pues no le plugo menos a Belisa, | | | | aunque temió su mal se descubriese, | | | | y sin esperar más los dos avisa,
| | | |
diciendo a cada uno que advirtiese |
940 | | | en encubrir su pena de tal guisa
| | | |
que por señales nadie la entendiese, | | | | y a culpa de un liviano y bajo exceso | | | | no resultase en mal su buen suceso.
| | |
|
|
Olimpo se llamaba el viejo anciano, |
945 | | | padre de la hermosa y linda Alcida,
| | | |
el cual dijo al pastor: «Pues ya, Silvano, | | | | en mi poder pensáis pasar la vida, | | | | aquí andará el ganado en este llano,
| | | |
y aquí sea vuestra choza y la manida, |
950 | | | para de noche estar con el ganado,
| | | |
do hay más seguridad que no en el prado.» | | |
|
| Silvano respondió: «De lo que quieres | | | | jamás saldré yo un punto, señor mío.
| | | |
Yo dormiré en el campo si quisieres, |
955 | | | por nieve, helada, truenos, agua, o frío.
| | | |
Y si del mal o el bien que dispusieres, | | | | en algún tiempo ves que me desvío, | | | | yo digo desde aquí que la manada
| | | |
me quites luego al punto y mi soldada.» |
960 | |
|
| El viejo Olimpo tanto se agradaba
| | | |
de ver el buen servicio de Silvano | | | | que casa, hacienda, y honra le fiaba. | | | | Debajo estaba el hato de su mano,
| | | |
la cuenta a otros pastores la tomaba, |
965 | | | y dábala tan buena al viejo anciano
| | | |
que ya no le tomaba alguna cuenta | | | | de leche, lana, quesos, ni otra renta.
| | |
|
|
Las noches que pasaba con su Alcida,
| | | |
los días con Belisa conversando, |
970 | | | aquellos dulces ratos, y la vida
| | | |
que, sin pensar perderla, está gozando, | | | | el alabar continuo su venida,
| | | |
el dulce suspirar de cuando en cuando,
| | | |
de gran contentamiento y no fatiga, |
975 | | | no hay lengua de hombre humano que lo diga. | | |
|
| Pues como su fortuna ya cansase,
| | | |
como cansarse suele entre amadores, | | | | y el tiempo apresurado amenazase
| | | |
de dar por sólo un bien cien mil dolores, |
980 | | | con brevedad mandó que se mostrase
| | | |
el desastrado fin de sus amores,
| | | |
el cual mostró a las gentes de tal modo | | | | que a la lástima moviese el mundo todo.
| | |
|
|
Silvano, estando entonces55 el más contento |
985 | | | que nunca hombre lo estuvo en tal estado,
| | | |
sin sospechar la pena y gran tormento | | | | que el tiempo y muerte le han aparejado, | | | | soñó una noche un sueño en que el intento
| | | |
del tiempo conoció, y el triste hado |
990 | | | de su pastora Alcida, cuya suerte
| | | |
le amenazaba ya con breve muerte. | | |
|
| Soñó que vio venir a su señora | | | | en boca de un león atravesada,
| | | |
y allí delante de él luego a la hora |
995 | | | entre sus dientes fue despedazada,
| | | |
y que unos gritos oyó de hora en hora | | | | de una hermosa ninfa que llegada | | | | allí, le pareció a Belisa tanto
| | | |
que lo hizo despertar con gran espanto. |
1000 | |
|
| Y luego sospechó la desventura
| | | |
que el sueño poco a poco le mostraba. | | | | Del mal se defendía a fuerza pura,
| | | |
y en ver que es bien amado se esforzaba.
| | | |
Pero del sueño teme la soltura, |
1005 | | | tornando a imaginar lo que soñaba,
| | | |
y en busca de su Alcida va derecho | | | | para quedar con verla satisfecho.
| | |
|
|
Alcida, con las noches que han pasado,
| | | |
las cuales pocas veces las dormía, |
1010 | | | o con jamás de sí tener cuidado
| | | |
si no es de aquel pastor por quien moría, | | | | o con pisar descalza el verde prado
| | | |
con su querido amor en compañía,
| | | |
un mal le dio tan fuerte y tan crecido |
1015 | | | que el rosicler del rostro le ha encendido. | | |
|
| Debajo un pabellón que en una huerta
| | | |
de aquel alto palacio armado estaba, | | | | está la hermosa Alcida y casi muerta | | | | en ver el grave mal que le aquejaba. |
1020 | | | Con un paño de seda está cubierta
| | | |
la cama, de claveles rodeada. | | | | Sentada junto a ella está Belisa,
| | | |
que a su pesar la está moviendo a risa.
| | |
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En esto entró el pastor alborotado, |
1025 | | | del sueño que soñó muy descontento.
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Llegó do el pabellón estaba armado;
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su Alcida viendo allí, quedó sin tiento, | | | | y aunque por ella fuese asegurado
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que no era nada el mal, su pensamiento |
1030 | | | delante de sus ojos le había puesto
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el sueño que soñó, mirando en esto. | | |
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| La fiebre a su pastora le crecía
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y su viva color la acrecentaba.
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La su garganta así resplandecía |
1035 | | | que el resplandor del sol sobrepujaba.
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Tan mala voz del pecho descubría, | | | | con una blanca mano que sacaba, | | | | que no sé corazón tan fuerte y duro
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que allí pudiere estar de amor seguro. |
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Los ojos puso Alcida en su Silvano | | | | con una brevecita y dulce risa.
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Lo mismo hizo el pastor, aunque en su mano | | | | no está mostrar placer de alguna guisa.
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Del sueño un mal le nace sobrehumano, |
1045 | | | el cual le conoció muy bien Belisa,
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y dijo: «Mayor mal que su dolencia
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nos da a entender, Silvano, tu presencia.» | | |
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| Respóndele el pastor disimulando:
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«No hay otro mal que a mí pesar me diese, |
1050 | | | si no es ver yo mi bien aquí pasando
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lo que por ella yo pasar pudiese.» | | | | Mas ellas, no creyéndole y jurando | | | | que algún dolor si siente les dijese,
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le han puesto en muy gran riesgo de decirlo, |
1055 | | | mas ve que toca a Alcida el encubrirlo.
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Cuyo dolor divino está mudado | | | | y firme todavía el pensamiento, | | | | y a su pastor se ve en tal estado | | | | que la esperanza pierde y el contento. |
1060 | | | Y el viejo Olimpo está con tal cuidado
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que en él no puede entrar contentamiento | | | | en ver su hija estar de aquella guisa,
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y no con menos pena está Belisa.
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No tanto pesa Alcida de su muerte |
1065 | | | como de ver que deja a su Silvano,
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apriétale un dolor muy recio y fuerte, | | | | esfuérzase la triste y es en vano. | | | | Tampoco puede creer querrá su suerte | | | | quitarle luego un bien tan soberano. |
1070 | | | De la dolencia aprietan los dolores,
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mas dale más que hacer el mal de amores. | | |
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| Estuvo muchos días allí Alcida, | | | | ora aflojando el mal, ora arreciando;
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si hoy muestra señal de tener vida, |
1075 | | | mañana le está muerte amenazando.
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Seis meses pasó así, aunque entendida | | | | su muerte fuese luego en enfermando, | | | | mas los que la curaban lo encubrieron | | | | hasta aquella hora y punto que pudieron. |
1080 | |
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Y en fin, muy a la clara ya mostraban | | | | tener poca esperanza de su vida:
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sus delicados huesos se contaban,
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y la virtud del cuerpo es consumida;
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los sus hermosos ojos se anublaban, |
1085 | | | la gana del comer está perdida.
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Seis días turó así desconfiada
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la triste Alcida, moza y desdichada.
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¡Ved qué haría el pastor desventurado,
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o qué podría sentir su pensamiento |
1090 | | | en ver que en breve el tiempo la ha quitado
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su bien y su alegría y su contento! | | | | Ya de llorar el triste está cansado, | | | | mas a su mal no halla algún descuento,
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si no es que viendo muerta a su pastora |
1095 | | | se mate él mismo a sí en aquella hora.
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Olimpo con Belisa allí se estaban | | | | a la pastora Alcida acompañando; | | | | toda la noche entera la velaban,
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su desdichada muerte allí aguardando. |
1100 | | | A ella algunas veces se allegaban,
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y con palabras blandas esforzando | | | | están a quien le da dolor más fuerte | | | | mil veces su pastor, que no su muerte.
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Ya la tercera noche era llegada. |
1105 | | | Belisa dijo a Olimpo que se fuese,
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que la pastora estaba algo aliviada, | | | | y que era justa cosa que él durmiese. | | | | Y pues Silvano estaba en la posada,
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que le mandase luego allí viniese, |
1110 | | | y así junto los dos la velarían,
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y si arreciase el mal le llamarían.
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Pues como este acuerdo concluyeron, | | | | Olimpo se salió y entró Silvano.
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Los dos llorando a solas estuvieron; |
1115 | | | la muerte ya a este punto estaba a mano.
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Allí junto a la cama se pusieron, | | | | mostrándole un placer fingido y vano. | | | | Y dijo: «¿Cómo estáis, mi amor primero?»
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Alcida respondió: «La muerte espero.» |
1120 | |
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| Replícale Silvano: «Dios no quiera
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que yo vea de mis ojos vuestra muerte, | | | | porque es mejor, mi alma, que yo muera | | | | que recibir después un mal tan fuerte.» | | | | Silvano estaba tal que quien lo viera |
1125 | | | pudiera bien sentir su mala suerte, | | | | porque a cualquier palabra que allí expresa, | | | | en su garganta un nudo se atraviesa.
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Tres noches ha que nadie allí dormía,
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Belisa ni Silvano, ni aun Alcida, |
1130 | | | y en cuanto el pastor triste esto decía,
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Belisa se dejó quedar dormida. | | | | El sinventura amante, que sentía | | | | que su tristeza a sueño le convida, | | | | arrima la cabeza a la almohada |
1135 | | | do su pastora triste está acostada.
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Estando, pues, durmiendo en esta hora, | | | | pasaba por la enferma un accidente,
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un paroxismo, un mal, que a la pastora
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le pareció su muerte estar presente. |
1140 | | | Y toma un tal esfuerzo allí a deshora,
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muy más de mujer sana que doliente, | | | | como hace la candela si fenece,
| | | |
que más que en su principio resplandece.
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La que si acaso el brazo levantaba |
1145 | | | y la camisa en él se le encogía,
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volver no la podía como estaba
| | | |
si Olimpo a su Belisa no lo hacía,
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la que de flaca el cuerpo no mudaba,
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ni el rostro a parte alguna revolvía, |
1150 | | | con un esfuerzo extraño y no pensado,
| | | |
sobre la cama sola se ha sentado.
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Y como vio dormido al su Silvano, | | | | comiénzalo a mirar la desdichada. | | | | Sostiene la cabeza en una mano, |
1155 | | | la otra afirma recio en la almohada;
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diciendo está: «Mi bien, no ha sido en vano | | | | amar como os amé, ni ser yo amada,
| | | |
pues de este mundo llevo un gran contento
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en ver que os he ocupado el pensamiento. |
1160 | |
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| »Yo miré mi bien, mas yo confío
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que no entrará otro amor en tu memoria, | | | | y que jamás de allí saldrá este mío,
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lo cual no es para mí pequeña gloria,
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pues yo pensar perderlo es desvarío, |
1165 | | | aunque de mí la muerte haya victoria,
| | | |
que, pues que va en el alma el pensamiento, | | | | no es parte en él la muerte ni el tormento. | | |
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| »El caudaloso Duero y su corriente,
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que cuesta abajo va tan desenvuelto, |
1170 | | | atrás podrá volver más fácilmente
| | | |
que el nudo de los dos podrá ser suelto. | | | | Las piedras hablarán y no la gente, | | | | será diciembre claro, abril revuelto, | | | | mas no podrá la muerte ni fortuna |
1175 | | | dos almas apartar que ya son una.
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»Con el feroz mastín el lobo fiero | | | | hará perpetua paz y compañía,
| | | |
y de la oveja mansa el su cordero
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huyendo se irá al bosque a gran porfía, |
1180 | | | y el mar se secará también primero
| | | |
que pueda yo creer, ¡oh alma mía!, | | | | que infortunio o muerte o caso alguno | | | | los dos quite jamás de estar en uno.»
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Estando Alcida en esto, derramaba |
1185 | | | en el56 rostro del pastor que allí dormía,
| | | |
mil lágrimas ardientes, do mostraba | | | | la grande fe y amor que le tenía.
| | | |
Y viendo que el pastor ya despertaba,
| | | |
cayó en la cama allí quedando fría. |
1190 | | | Pero pasó de presto este accidente,
| | | |
y el último llegó muy brevemente.
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Tentó el pastor su rostro, el cual bañado | | | | en lágrimas lo halla de su Alcida.
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Volviose a ella y dijo el desdichado: |
1195 | | | «¿Qué es esto? ¿Cómo estáis? ¿Estáis dormida?» | | | | Responde: «Pastor mío, ya es llegado
| | | |
el punto de mi muerte y mi partida. | | | | Suplícoos yo, mi amor, por lo que os quiero
| | | |
que un don no me neguéis, pues veis que muero.» |
1200 | |
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| Respóndele el pastor: «Jamás yo vea,
| | | |
señora, un mal tan grave y tan siniestro. | | | | Pues no hay cosa en mí que mía sea,
| | | |
¿qué habrá que demandar en lo que es vuestro? | | | | Ved nuestra alma qué quiere o qué desea, |
1205 | | | pues menos no consiente el amor nuestro
| | | |
sino vivir conformes de una suerte
| | | |
en gloria, en pena, en gozo, en vida, en muerte.» | | |
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| «Al don que pedir quiero estad atento»,
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responde la pastora ya cansada, |
1210 | | | «Suplícoos, amor mío, pues no siento,
| | | |
si no es por sólo vos, la muerte airada, | | | | que de este mundo lleve tal contento | | | | como es decir que fui con vos casada,
| | | |
y el alma irá contenta a donde fuere, |
1215 | | | y vos conoceréis el bien que os quiere.»
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No tuvo tiempo alguno allí Silvano | | | | para le agradecer lo que pedía,
| | | |
mas luego al punto y hora dio la mano | | | |
y dijo: «Yo os recibo, ¡oh alma mía!» |
1220 | | | «Yo a vos, mi bien -dijo ella-, pues me gano | | | | con tan dichosa y dulce compañía.»
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Y al punto que acabó de decir esto, | | | | cortó la Parca el hilo muy de presto.
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Silvano, cuando vio que muerta estaba, |
1225 | | | el seso y la paciencia le faltaron,
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la voz llegaba al cielo y le pasaba, | | | | y en este punto todos despertaron. | | | | Belisa, como allí tan cerca estaba,
| | | |
y el sinventura Olimpo, que miraron |
1230 | | | y vieron muerta Alcida, con su llanto
| | | |
la tierra, cielo y mar recibe espanto. | | |
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| Belisa va a Silvano y muy de presto | | | | le dijo: «¡Oh pastor triste!, vete luego,
| | | |
que no conviene aquí, ni aun es honesto |
1235 | | | que con tu llanto muestres tu gran fuego.» | | | | Sintió el pastor muy bien su presupuesto,
| | | |
aunque el rabioso mal le tiene ciego. | | | | De entre ellos se salió, y allí quedaron, | | | | do con muy graves llantos la enterraron. |
1240 | |
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| Con rabia más mortal que no la muerte, | | | | Silvano se salió al verde prado,
| | | |
diciendo: «¡Alcida mía!, ¿no he de verte? | | | | ¿Do estás? O yo, ¿do estoy, pues te he dejado?
| | | |
Pues, ¿cómo Alcida mía, he de perderte, |
1245 | | | y no pierdo la vida en tal estado?»
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Y así cayó en el suelo en un instante, | | | | sin alma, sin sentido, el triste amante. | | |
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| Tornó a volver en sí y dijo: «Alcida,
| | | |
Alcida, ¿qué es de ti que no te veo? |
1250 | | | ¿Llevas mi alma? No, que aun tengo vida.
| | | |
¿Vida es la que ahora tengo? No lo creo. | | | | ¡Vuelve mi alma acá desconocida!
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¡Mas no la quiero ya, ni la deseo!
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¿Estoy sin vida y hablo? ¡Oh desconcierto! |
1255 | | | No dejaré el hablar, pues estoy muerto.» | | |
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| Estando en tal congoja el desdichado
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no sabe imaginar a dó se vaya. | | | | Despierta un poco y llora su cuidado,
| | | |
y a cada paso cae y se desmaya. |
1260 | | | Toma su flauta, siendo en sí tornado,
| | | |
y al pie de una muy seca y alta haya | | | | sentado, así comienza un triste canto | | | | que aun a las fieras mueve a eterno llanto:
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«¿De quién os quejaréis, Tisbe hermosa, |
1265 | | | pues ante tiempo veis la sepultura?
| | | |
¿De amor, de la leona presurosa, | | | | de Píramo tardar, o de ventura, | | | | de la cruel espada rigurosa,
| | | |
de su querer, o vuestra hermosura? |
1270 | | | Ora quejéis de un mal, ora de ciento,
| | | |
quejar yo de mí sólo es más tormento. | | |
|
| »¿Por qué, Venus, estáis desconsolada, | | | | vuestro querido Adonis lamentando
| | | |
y de señora en cierva transformada, |
1275 | | |
de Átropos y amor mil quejas dando? | | | | Si vuestra pena es grave y no pensada, | | | | mira la que Silvano está pasando,
| | | |
y entre una larga pena o breve muerte,
| | | |
juzga cuál de las dos será más fuerte. |
1280 | |
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| »Si el infernal tormento obedecía
| | | |
la música de Orfeo, que en él entraba, | | | | si el mal de los dañados suspendía,
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y el suyo cada vez se acrecentaba,
| | | |
y si perdió del todo su alegría |
1285 | | | por un solo mirar que se excusaba,
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también mi mal nació de haber mirado, | | | | mas yo no lo excusé, que fui forzado. | | |
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| »Si Juno se halló tan agraviada
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de aquella ninfa Eco que improviso |
1290 | | | el cuerpo le quitó, y fue tornada
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en voz con que responda al su Narciso, | | | | quitándome fortuna mal mirada, | | | | cuanto quitarme pudo y cuanto quiso, | | | | la voz que me dejó para quejarme |
1295 | | | me hace daño en vez de aprovecharme.»
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Allí quedó Silvano lamentando | | | | su triste soledad, su desconsuelo, | | | | su pena, y su dolor aventajando
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de cuantos dio fortuna en este suelo, |
1300 | | | y con su triste canto lastimando
| | | |
la tierra, el mar, el aire, y aun el cielo, | | | | hasta que venga muerte a despenarle, | | | | pues ella, y otro no, puede curarle. | | |
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