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Como ya se dijo en la nota 4, la «Advertencia que puede servir de prólogo» de Ceferino de la Calle (pseudónimo de Silverio Domínguez según M. Lichtblau 1959: 181) a Perfiles y medallones, publicado en 1886, se inspira directamente en el prólogo autorial de Potpourri y alude, posiblemente, a toda la polémica que surgió a raíz de esa novela. También el «Dr. de la Calle» (así firma la «Advertencia») se siente aburrido y, entre «bostezo» y bostezo, enciende un cigarro (el tarro de caporal de Cambaceres), sentado frente a «tinteros, plumas y papel»; «sin plan ni idea preconcebida» (a «lo diablo» para Cambaceres) empieza a rellenar cuartillas. Reconoce que sus «cuadros» resultan «exactos y que causarían sensación» y él mismo se declara «un discípulo de Zola» por su «realismo puro que solo tiene cabida en la literatura pornográfica, o sea obscena» (1886: 111). Irónicamente el autor alude al «olfato», aunque relacionado con el «fino» de los amigos que olían el éxito de escándalo, lógicamente los lectores -en estos momentos de batalla por el naturalismo en Argentina- lo relacionarían con el «mal olor» que se decía expedían las novelas naturalistas de Zola, aunque no las de Daudet. Los buenos consejos de sus amigos de quitar «virulencia, y [separar] todas las escenas de color realista» para que se pueda publicar su manuscrito «con aceptación» (y no «provocarlos», id.: VI) son los reclamos que hizo la crítica -en este caso posterior- a Cambaceres. Igual que el autor de Potpourri, admite haber descrito las «costumbres y pasiones de esta sociedad». Al final anuncia un total de seis «novelas naturalistas» y promete, socarronamente, «no recargar[las] de crudo realismo, para así contemporizar con los escrúpulos de mucha gente docta y amante de la literatura casi romántica»
, todo un alfilerazo contra los críticos citados en este trabajo.
12
Todavía en 1892, al reseñar la novela Apariencias de Federico Gamboa, C. Oyuela exige como valor de la novela «la suma de hermosura [en] su concepción y ejecución»: «El arte es manifestación total y armoniosa del espíritu»; además, pretende que podía esperarse «algo más delicado y selecto» al retratar personajes de «alta posición social y espíritu refinado» (1943: 11,447).
13
Para completar la teoría literaria cambaceriana se deben tener en cuenta otros escritos como su carta a Martín García Mérou, autor de la novela Ley social (originalmente «Marcos») y su reseña de esta novela (ambos textos en Cymerman 1993: 49, 86 ss.; cf. Gnutzmann 1998: 71-72, 105 ss.).
14
La misma preocupación la expresa el editor B. Valdettaro al proponerse sacar una serie «en ediciones populares [...] ofreciendo obras nacionales de todos los autores a igual o más bajo precio que la de los extranjeros»
(en el interior de la página titular de M. (Manuel) Bahamonde, Mareos. Novela americana, Buenos Aires, B. Valdettaro, 1892).
15
García Mérou en sus Recuerdos literarios (1891) y Confidencias literarias (1894; cf. Gnutzmann 1998b: 133-135).
16
Al contrario de García Mérou, el poeta J. V. González, en su repaso de las novelas de los años 80, afirma que «hasta ahora las tentativas de aclimatar al naturalismo en nuestras letras han fracasado [...] y si hubo libros como Silbidos de un Vago, y Sin rumbo, de Cambaceres, que se leyeron con avidez, no fue porque hubieran llegado a la altura de las obras maestras de la escuela, sino porque halagaron y estimularon vicios y murmuraciones sociales»
(del 31-12-1888; s. f.: 81). Aunque parece elogiar a Zola, en realidad rechaza el naturalismo como se ve en la siguiente cita: «la novela materialista apiña en torno suyo, como el cadáver a insectos, a todos aquellos que se sienten con disposiciones y deseos de escribir por placer»
(id.: 80).
17
E. M. S. Dañero, argentino y editor de las Obras completas cambacerianas dice que una edición anotada de Potpourri necesitaría «centenares de notas explicativas»
(1956: 9). Se puede sospechar que Cambaceres era un consciente escrutador del lenguaje; en Potpourri se refiere a las diferencias entre el español de la península y el de Argentina: «Cuántas veces en mi prurito de hacerme el pulido y queriendo mostrar que soy sujeto de hablar castellano, si se ofrece, no sólo he pronunciado caballero, cuadrilla, brillante, como reza el diccionario, sino que a lo mejor, la lengua, acostumbrada a moverse en hijo del país y por vengarse, sin duda del bárbaro tormento a que la sometía, me salía fabricando un llo o un aller, que me ponían los cachetes como friso del tiempo de Rosas!»
(210).
18
Se ha hecho célebre su inclusión de palabras como «culo» (al final de En la sangre) y «puta perra» (final de Sin rumbo); pero igualmente deben tenerse presentes expresiones y modismos menos extremos. La reseña de Miguel Cané de Sin rumbo es el mejor ejemplo de este tipo de crítica: «esta jerga grotesca, vulgar e incapaz; esa palabrota, sucia y compadre; la desnudez inexplicable de ciertas palabras vulgares y soeces»
(Cané 1980: 191-192).