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G. Genette, Seuils, Paris, Éditions du Seuil, 1985. Cito en este trabajo según la edición inglesa, Paratexts. Thresholds of interpretation (1997) por falta del original en la biblioteca universitaria.
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Se trata de los capítulos 8, 9 y 10, respectivamente titulados «La situación comunicacional del prefacio»; «Las funciones del prefacio original» y «Otros prefacios, otras funciones». Existen breves estudios anteriores como el de J. Derrida, «Hors livre» (1972); C. Duchet, sobre el prólogo en la novela histórica (1975); H. Mitterand, sobre «Le discours préfaciel» (1975) y «La Préface et ses lois» (1980); M. Charles, sobre los prólogos de Gargantua y Adolphe en Rhétorique de la lecture (1979: 33-58, 215-247) y O. Avni, «Dico vobis: Préface, pacte, pari» (1984). Con posterioridad, el número 69 de la revista Poétique (febr. 1987), coordinado por G. Genette, está dedicado exclusivamente a «Paratextes». Por último, D. Jullien analiza «La préface comme auto-contemplation» (1990) y R. M. Viti ofrece un análisis del prefacio de Thérèse Raquin (1994).
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Véase, por ejemplo, los Carnets d'enquêtes de Zola editados por H. Mitterand (Plon, 1987) y su estudio de estos paratextos en Le Regard et le signe (1987: 37 ss.). Igualmente importante es la publicación de la Correspondance del mismo autor por el CNRS y la Universidad de Montreal (vol. X en 1995). Por lo demás es sabido que en las ediciones de la Pléiade «entra todo»
(en palabras de G. Genette).
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Faltan todos los prólogos mencionados en mi libro La novela naturalista en Argentina (1880-1900) (1998) que resumiré en este lugar: M. Bahamonde, Mareos (Gnutzmann 1998: 8-9); A. Argerich, ¿Inocentes o culpables? Novela naturalista (id.: 87 ss.); F. A. Sicardi, Libro extraño (id.: 203 ss.). Pero también otros prólogos deberían tomarse en cuenta como el de L. V. López a La gran aldea (1884) que se inicia con una dedicatoria a su «amigo y camarada» Miguel Cané y un epígrafe tomado de una comedia de E. Pailleron, todo un comentario y una oferta de lectura; e igualmente la «Dedicatoria» de Irresponsable de M. T. Podestá (Impr. de la Tribuna Nacional, 1889); «La advertencia» de C. de la Calle (pseudónimo) a Perfiles y medallones (1886) parece directamente inspirada en las «Dos palabras» de Cambaceres; el prólogo de P. G. Morante a Grandezas es de otro tipo: una queja contra el tratamiento recibido por el Ateneo (Ivaldi & Checchi, 1892); aunque Risa amarga se parece más a un caleidoscopio de escenas y descripciones que a una novela, en su «Prefacio» el «Barón de Arriba» (O. Saavedra, 1896) habla de propósitos y razones; asimismo, el crítico debería reflexionar sobre la función del «Sumario» que antecede a la novela Emilio Love de S. I. Villafañe. Seguramente habrá que añadir toda una lista de otros títulos, aún menos conocidos que los mencionados aquí.
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C. Cymerman ha mostrado cómo se repiten los mismos errores sobre Cambaceres a lo largo de un siglo: datos erróneos acerca de su estado civil, fecha y lugar de su muerte, fecha y lugar de la publicación de sus novelas, repetición de los mismos juicios... (1993: 27-28; se trata de artículos publicados por el crítico a partir de 1969). Todavía en 1994, en la edición de Sin rumbo, edición promovida por la Secretaría de Cultura de la Nación, de la pluma de M. A. Noel, se pueden leer los mismos errores: publicación de Potpourri en 1881 en París (id. para Sin rumbo), muerte en 1888 en París, lugar de «su persistente exilio voluntario»
(1994: XII), «frivolidad» y «diletantismo», afición «superficial por las manifestaciones artísticas», etc. (id.: IX). Este tipo de crítica se inaugura con los «parricidas» (D. Viñas, N. Jitrik...) a finales de los años cincuenta (y continúa todavía en muchos trabajos como el de G. Geirola, 1992). El artículo «Cambaceres adentro y afuera» de N. Jitrik (1960) es un buen ejemplo de ello («una filosofía de paternalismo terrateniente», prejuicio clasista, xenofobia, actitud individualista opuesta a lo colectivo, etc.); al contrario, R. Borello es más moderado y aportó muchos datos rectificadores (1958, 1960). Lejos de la crítica dominante porteña, ya en la misma época, H. E. Guillén (Univ. del Chaco) concibió otra idea de Cambaceres: «de su innovación surgió el ciclo de novelas de la crisis, testimoniales, comprometidas en declarar anticipadamente la mengua de los valores morales»
(1963: 200).
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Hay un error en la edición Minerva, puesto que el cap. XXIV se repite dos veces; al contrario, la edición de 1882 repetía dos veces el cap. III; la edición en Hyspamérica (Madrid, 1985), tomada de la Editorial Losada (1943), corrige los despistes.
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La actitud de los escritores Miguel Cané y Martín García Mérou hacia la obra de Cambaceres cambió en poco tiempo. En este momento Cané resultaba el más cercano y el de más confianza; sin embargo, su reseña de Sin rumbo es nefasta (Sud-América, 30-10-1885). Incluso traiciona al amigo retomando las palabras de la carta de Cambaceres: «Enfermo, hastiado, Cambaceres, para distraerse, tomó un día la pluma y al correr, sin pretensión literaria [...]»; incluye la primera novela cambaceriana en su rechazo al calificarla de «libro enfermo, libro de un enfermo». Al contrario, García Mérou podía haber sido detractor del libro en un primer momento según se deduce de una alusión en su artículo sobre La gran aldea al hablar de «un escritor argentino» que lanzó poco después de Nana (recibida en Buenos Aires en 1880, Gnutzmann 1998: 63) «una obra cruda y violenta [cuyas] primeras ediciones desaparecen en un relámpago» y contra la que «el clamor [...] es universal» (1886: 64). En su reseña de Sin rumbo defiende a Cambaceres contra las acusaciones de pornografía, «fabricante de escritos afrodisíacos, rebelado de la vida, outlaw y ateo» que le han llovido desde su primera novela (id.: 72-73).
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A. Tcachuk muestra la obsesión de los personajes cambacerianos por el estado de salud de su estómago (1976: 209).
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El mismo error de confundir autor y personaje cometen, entre otros, A. Giménez Pastor, editor de Música sentimental en la editorial Minerva (1924: 11); E. M. S. Dañero, editor de las Obras completas de Cambaceres en Castellví (Santa Fe, 1956: 9), etc. Incluso A. Tcachuk, en general muy cuidadosa, mantiene que la novela es «autobiográfica» (con Cambaceres como «actor», 1976: 63).
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El periódico oligárquico Sud-América incluía puntualmente noticias acerca de los Cambaceres (Eugenio y su hermano Antonino, el Senador), sus casas, sus fiestas y recepciones, las idas y venidas del escritor y el anuncio de (próxima) publicación de sus novelas (cf. Sud-América, 7-7-1884; 30-7-1884; 13-9-1884; 26-9-1884...). Cymerman incluye una nota del 15-7-1886 sobre Eugenio y su fastuosa casa (1993: 30-31).