1
L. Pfandl. Historia de la literatura nacional española en la Edad de Oro. Barcelona. MCMXXXIII, pág. 330.
2
«Clarín» utilizó ingeniosamente esta acepción popular para el título de una de sus obras: El Señor y los demás son cuentos.
3
Estos términos se emplean imprecisamente aun por los críticos modernos. Menéndez Pelayo en los «Orígenes de la novela» (Ed. Nacional. Tomo I) estudiando el «Calila e Dimna» dice: «copiaré dos apólogos de los más breves»
(pág. 39) y al acabar «y ya está transcrita esta fábula»
(pág. 40). Más adelante: «He aquí el más remoto original de la Doña Truhana de El Conde Lucanor y de la Perrete de Lafontaine, sin que sea fácil decir a punto fijo cuando se efectuó la transformación y cambio de sexo del religioso o bracmán del cuento primitivo...»
(pág. 41). En tres páginas, tres denominaciones distintas -apólogo, fábula y cuento- para una misma obra. Lo cual, si bien prueba la riqueza del léxico, prueba asimismo, cierta imprecisión. Más adelante, citaremos ejemplos aun más curiosos de vacilaciones terminológicas, referentes al cuento. ¿Ocurriría lo mismo con la novela? La contestación negativa viene a probar que tal abundancia de formas, no solo puede explicarse por riqueza de vocabulario, sino por imprecisión conceptual.
4
Novelillas las llama Juan Valera en el prólogo a «Una docena de cuentos» de Narciso Campillo. 1878.
5
Pfandl. Ob. cit. pág. 332.
6
En la Epístola al «Amantísimo lector» que Juan de Timoneda pone al frente de su Patrañuelo dice: «porque patrañuelo se deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente amplificada y compuesta, que parece que trae alguna apariencia de verdad. Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana rondalles y la toscana novelas, que quiere decir: tu, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aquí van relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron compuestos»
. «El Patrañuelo». Ed. La Rosa de piedra. Madrid 1941, pág. 7.
Timoneda confiesa bien explícitamente que se trata de cuentos, dando a esta palabra su sabor tradicional: cuentos escritos pero con intención oral, que el lector puede aprender y relatar a su vez.
7
Pfandl Ob. cit. pág. 333.
8
Buena prueba de ello es que en una de las más recientes antologías de cuentos españoles figuran como tales La fuerza de la sangre de Cervantes y El castigo de la miseria de María de Zayas, entre otras narraciones breves de Timoneda, Salas Barbadillo, Castillo Solórzano, etc. Los mejores cuentistas españoles, compilación de Pedro Bohigas. Tomo I. Ed. Plus-Ultra. Madrid, (s. a.)
9
En contraste, Armando Palacio Valdés llama novelas a algunas narraciones de esta serie: «Contenían varias novelas de Alarcón: ¿Por qué era rubia? Coro de ángeles, E1 final de Norma y algunas otras. Semblanzas literarias D. Pedro Antonio de Alarcón. Obras completas de A. Palacio Valdés. Tomo II Ed. Aguilar pág. 1196.
10
A. G. Blanco. Historia de la novela en España desde el Romanticismo a nuestros días. Madrid, 1909, págs. 233-234.