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ArribaAbajo- XIII -

No oí esa noche que Celina volviera de una de sus excursiones nocturnas, y lo comprobé a la mañana siguiente, cuando miré su cama y estaba vacía. Hice fuego y logré elaborar un café pasable. Miré afuera, y el tiempo frío que había regresado, echaba sobre el paisaje una llovizna que me hizo soñar que estaba en un páramo inglés, de esos que se ven en el cine como marco de historias de mastines, fantasmas y profanadores de tumbas. Mis convicciones íntimas me impedían a vestirme para salir a tentar de nuevo el hallazgo de un trabajo y la independencia, pero decidí que derramando semejante frío neblinoso sobre el mundo, Dios me estaba diciendo que no valía la pena el trabajo de buscar trabajo, por lo menos ese día. Y acaté el mandato divino, poniéndome el poncho sobre la ropa interior, y enfundando mis pies en unas enormes pantuflas de Celina.

Aproximé una silla a la ventana y miré afuera sin ver nada y pensé por dentro sin pensar nada. Apenas soñando. Que era el último habitante del planeta arrasado   —104→   y que el único camino que me quedaba por delante, era sobrevivir. Con cierto rencor, reconocí que no hacía falta arrasar todo el planeta para llegar a esa conclusión. De otra manera no se explicaba que estuviera refugiado allí acobardado por una llovizna, sabiendo que me llamaba Carlos Salcedo y que Carlos Salcedo no significaba nada.

-Yo soy Carlos Salcedo.

-¿Quién es Carlos Salcedo?

-Bachiller.

-Como el Dr. Quiñónez, no te pregunto qué es sino quién es.

-Bueno, carajo, yo soy yo.

-No me impresionas. Todo el mundo es un yo. Y hay yos con personalidad de trapo de piso, como yo, y yos con imponencia de catedrales y de montañas como el del Dr. Quiñónez.

-Muy bonito, ahora resulta que no me conozco. Solucionémoslo. Mucho gusto. Carlos Salcedo, servidor.

-Igualmente. Carlos Salcedo, servidor. Pero así no vale, hermanito. Buscando tu identidad dentro de tu identidad es como si te estuvieras masturbando. Autocomplacencia.

-Tu abuela.

-Le daré nuestros saludos, pero hazme caso, aquí sentado no te vas a encontrar. Estás en alguna parte, allá arriba, en la ciudad.

-Sí. Pero la ciudad me mandó a freír espárragos porque no sé inglés. Y una vez una chica que sí sabe inglés me quiso dar una limosna.

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-Realmente, si quieres ir más abajo tendrás que cavar un pozo.

-Gracias por tu optimismo.

-De nada.

-Te queda el recurso de volver a casa.

-¡No!

-De escribir una carta pidiendo ayuda.

-¡Jamás!

-Me pregunto si serías tan orgulloso si no te estuviera manteniendo una ramera.

-Yo también me pregunto, pero no me contesto.

-Me estás resultando un cobarde, Carlos Salcedo.

-Peor, Carlos Salcedo, creo que lo que somos es un vividor.

-Vamos, no es para tanto, fue el Destino, los hados. Ella me encontró y me reparió. Parece la maldición de un marinero borracho, pero así fue este nuevo comienzo.

-Lo que tenemos que hacer es pensar en forma coherente.

-Está bien, ayúdame.

-Correcto. Tratemos de saber qué demonios has venido a buscar a la ciudad.

-No sé.

-Qué boludez.

-Es que yo no vine a la ciudad sino me salí del pueblo. Era como el corcho de una botella de sidra. La presión me empujó hasta que salté y vine a aterrizar aquí, pero la joda es que de aquí no voy a ninguna parte.

-Tenemos que intentarlo.

-Eso pienso.

  —106→  

-Entonces nos vestimos y en marcha.

-Hace un frío de mierda. Mañana. Palabra.

Corté el autodiálogo y pensé en mi casa, sin poder evitar cierta nostalgia. Sin saber por qué, regresó a mi memoria un episodio vivido cuando era niño. Y era verano, con ese caliente cielo azul de diciembre que se hacía más caliente en esas horas de la siesta en que yo me iba, descalzo de casa, saltando de mata en mata para evitar la quemadura de la arena reseca. Quienes no conocen el silencio de la siesta en verano, no conocen el silencio en toda su grandeza, porque viene de un poder sin edad que dice al viento que enmudezca y al follaje que se aquiete suspendido al borde de un suspiro reverente, y al cocotero que suelte el perfume reventón de sus flores para que el silencio sea silencio y perfume, y la siesta la hora milagrosa en que la vida se detiene a darse una pausa, mientras el tiempo reposa al borde del arroyo, mojándose los pies en el agua. Yo era una mota de polvo en el paisaje detenido y una intrusión irrespetuosa en el silencio. Saltaba de verde en verde, feliz, ya entonces, de estar lejos de casa y cerca de nada, y lanzándome por la pendiente a la carrera hasta arrojarme al arroyo, mojándome la ropa por la misteriosa razón de que desde que mamá dijera que la ropa había que cuidarla, yo no perdía ocasión de echarla a perder. Fue entonces que apareció por la lomada la tropilla de caballos arreada por un jinete arrugado, sin dientes y de ojos cavernosos como la Muerte. Los caballos sedientos galoparon hacia el agua y él desmontó del suyo para que también bebiera. Me vio, rió, dejó en   —107→   el suelo su roñoso sombrero de paja, y también se tiró al agua con toda la ropa, que en realidad era sólo un pantalón sostenido por un trozo de cuerda, y una camisa de indefinido color, de faldones al viento. Riendo los dos, jugamos a salpicarnos con el agua fría, hasta que él se cansó, sacó el pene y se puso a orinar solemnemente en el agua. Me puse a su lado y lo imité, y jugamos a ver quién disparaba más lejos, con la victoria de él, de quien aprendí el truco de apretar el chorro hasta que doliera para lanzarlo de golpe. Al fin, decidió que debía continuar su camino, montó en su caballo y reunió diestramente a la tropilla que lanzaba alegres relinchitos de alegría. Me dijo adiós con las manos y se marchaba, cuando salí corriendo del agua, alcancé a la tropilla y monté de un salto sobre una yegua mansa y panzona que ni se dio por enterada de que llevaba un jinete. Aquello le parecía a mi amigo el tropero el colmo de lo cómico, y barría todo el silencio y toda la majestad de la siesta con sus grandes carcajadas en falsete, y con grandes palmadas en sus muslos que hacían plap plap en la ropa mojada. Seguimos camino adelante, y yo daba por sentado que bajaríamos hacia el valle donde se precipitaba el arroyo y los pastos llegaban a mi altura para soltar a los caballos que serían felices comiendo, bebiendo y descansando a la sombra y llamándose a la reunión al caer la noche mediante suaves relinchos. Al menos, eso era lo que yo pensaba con respecto al destino final de los caballos viejos y de las yeguas ancianas, cansados de llevar cargas, tirar carros, mover las norias de las ladrillerías en su interminable   —108→   viaje circular y tener el cuero herido por el filo inmisericorde de las espuelas. Pero algo andaba mal. No salimos del camino para deslizarnos al galope hacia el valle verde de los pastos altos. Seguimos por el camino polvoriento y en el andar de los animales no había el jubiloso galopar hacia la libertad sino el paso tardo de los condenados. Condenados. La palabra me hirió como un latigazo, porque el camino nos llevaba al matadero. Iban a matar a mi yegua. Iban a asesinar la perfección de mi esquema de sacrificio y premio. El catecismo que me enseñaban hablaba de un Dios de bondad. De bondad también para los caballos. Desmonté de mi yegua y corrí a ponerme frente a la tropilla, sacándome la camisa para hacerla tremolar sobre mi cabeza tratando de parar aquella procesión hacia el sacrificio. El tropero reía y se parecía cada vez más a la Muerte, y azuzaba a la tropilla que indiferente pasaba a mi lado, y enfilaba hacia el portón del matadero que lanzaba un olor a sangre que ponía pánico en los ojos mansos y en las narices palpitantes de los animales, pero no rebelión, porque seguían adelante, y yo lloraba y el tropero reía. Regresé a casa, y mi dolor se hizo más dolor, porque no había nadie con quien compartirlo.

Mis recuerdos se interrumpieron con la llegada del primo-amante-vendedor de sangre, que de paso, se llamaba Sócrates. Sí señor. Sócrates, cuando que con toda lógica, debería llamarse Filemón, o Robustiano, u otro nombre más acorde con su posición social e intelectual. Sócrates era portador de una variedad de bolsitas de   —109→   polietileno amontonadas en una gran canasta. En las bolsitas había arroz, porotos, locro, harina, en cantidades no mayores de un kilo. Y además de la canasta, portaba una bolsa de lona cuyo contenido sonaba con un ruido que no sé por qué razón, llamaba a un obscuro escalofrío, que no dejé que me impresionara, pues me dije que la cosa estaba suscitada por sus antecedentes de vampiro al revés. De todos modos, el envoltorio de lona no me dejaba totalmente tranquilo.

-Esto es para la Celina -dijo, depositando la canasta sobre la mesa-. Es cada vez más poco lo que se puede recoger.

Me miró esperando un comentario.

-Claro, es cada vez más poco -le confirmé, sin comprender de qué se trataba.

-Es a causa de esa porquería de bolsa de plástico -continuó.

-Realmente, las bolsas de plástico son una porquería -le apoyé.

-No se rompe ni por joda.

-Claro, son de plástico.

-La bolsa de «arpillera» se rompían como Dios manda -prosiguió.

Finalmente, saqué en limpio que Sócrates trabajaba en la descarga de vagones en el «Cambio Grande» y que había una Ley no escrita de que el «derrame» correspondía a los descargadores que, cuando las bolsas eran de yute, como Dios manda, también como Dios manda se ayudaban a sí mismos produciendo algunos agujeros por donde brotaba el bienvenido «derrame».   —110→   Pero con las nuevas bolsas de plásticos...

Me extrañó que no me preguntase de Celina.

-Celina no está -le dije con ánimo de explorar si había algo humano en las relaciones entre los dos.

-Yo sólo vine a traerle esto -dijo, señalando la canasta.

Por lo que a él concernía, Celina podía estar en la luna.

-Ayer de tarde se fue con un tipo -le informé-. Y no vino a dormir anoche.

-Qué bien -sentenció.

-¡Cómo que bien! -me irrité-. ¿No es tu mujer?

-A veces nomás -y dicho esto cambió tranquilamente de tema-. No te olvide de avisarle que traje la bolsa.

Y señalaba el bulto sucio de tierra.

-¿Qué hay en eso?

Sonrió, sacudió la bolsa y el contenido sonó a matraca.

-Güeso -me informó.

No vi la razón de que unos cinco kilos de hueso fueran importantes.

-¿Hueso?

Deshizo el nudo de la bolsa, metió en ella la mano y sacó otra mano, pero muerta y desprovista de carne.

-¡Jesús! -temblé despavorido.

-Vale mucho -me informó con aire de entendido.

-De... ¿de dónde los sacaste?

-De la sepultura. De dónde va a ser.

Decididamente, el sujeto tenía inclinación a lo macabro. Vendía medio litro de sangre, moría medio litro   —111→   y compraba un lechón degollado, o pollos listos para el horno, o un gran trozo grasiento de matambre relleno. Y ahora venía con una carga de huesos humanos. Como compañía, en una tarde de fantasmas ingleses, aquello no era lo mejor.

-¿Para qué sirven? -pregunté sin atreverme a profanar aquel bulto señalándolo con el dedo.

-Para lo estudiante de medicina. Celina tiene su clientes. Allí -señaló la bolsa- hay como un esqueleto completo, sólo falta una cabeza y una pierna. Má o meno quince mil...

Echó sin reverencia alguna aquella mano en la bolsa, que cayó con un ruido de dedos desparramados que me revolvió el estómago.

-¿Existe algo sagrado para Uds. dos?

-¿Cómo dice?

-¡Roban sepulturas!

-¡No es robo!

-¡A quién le robamo?

-¡A los deudos!

-¡Ya no son má deudos!

-¿Cómo?

-Yo tengo también mi decencia, joven. Nunca abro una sepultura que tiene flore y vela, porque eso e señal de que lo güeso todavía son querido...

Y allí estaba el bulto. Los huesos de un muerto olvidado, a quien ya nadie recordaba, ni lloraba. Recordé aquella novela de cierta gente que vivía en una aldea miserable a orillas del mar, y había una ley que decía que   —112→   quien recogía los restos de un naufragio era dueño de ellos. Y toda aquella gente triste vivía oteando el mar, soñando con despojos que venían flotando hacia la playa...

Sócrates ni Celina eran distintos a esa gente.

Ni yo.

Linda manera de explorarme buscando mi identidad y de buscar en el mundo lugar para mí. Es como si Dios me tuviera odio -pensé- o que quisiera hacerme probar (¿para qué?) el más duro, ácido, sabor de la miseria.

Cuando aquel bruto de tan pueril filosofía se fue, llevé la bolsa lo más lejos posible, al borde de la laguna espesa, y la dejé allí.

Y allí la vi, toda la tarde, cada vez que me asomaba. Y pensaba que la cima más negra de la tristeza, podía tocarse siempre que uno tuviera la oportunidad de asomarse a un ventanuco miserable, para ver una siniestra envoltura embarrada a orillas de un lagunejo verde, de aguas podridas, conteniendo el esqueleto incompleto de alguien que fue alguna vez, mojándose bajo la llovizna.



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ArribaAbajo- XIV -

Celina regresó cuando ya era de noche cerrada, y yo terminaba de consumir los restos de comida que aún quedaban. Jadeaba ella bajo el peso de un gran paquete envuelto en papel madera y sujetado con un recio cordel. Lo depositó en la mesa, y con la más amplia de sus sonrisas, me dijo:

-Es para vos.

Su sonrisa se desdibujó un poco cuando yo no reaccioné como ella esperaba, y no me precipité jubiloso a abrir aquel paquete.

En cambio, miré ceñudo el prolijo envoltorio.

-¿Qué es?

-No es lujería. Es cosa útil.

-¿Útil? ¿Qué?

-Para «tu» inglés.

-¿Para «mi» inglés?

A esta altura ya se había puesto ceñuda. Deprime siempre llegar en alegre galope con un regalo y encontrar una bienvenida hosca, como la mía. Lo reconozco.

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-¡Abrí de una vez, carajo!

No sólo estaba deprimida, sino también enojada. Y me dio placer que estuviera enojada. Sadismo, que le dicen. Y no moví un solo dedo para abrir el paquete.

Entonces, furiosa, ella trató de deshacer el nudo, que era fuerte, invencible, lo que la enardeció más aún, e hizo que se agachara sobre el paquete y cortara el grueso cordel con los dientes, con la misma facilidad que si fuera un spaguetti.

Y allí estaba «mi» inglés. Lecciones grabadas en cassettes, con su libro de texto, y un pequeño aparato reproductor de los cassettes, a pila. Y no faltaban ni las pilas. Quedé tan desconcertado que olvidé que estaba enojado, o que debería estarlo.

-¿Pero de dónde sacaste todo esto?

-¡Compré!

-¿Con qué dinero?

-Con mi dinero.

-¿Y de dónde salió ese dinero? ¿Del gringo que ayer vino a buscarte?

-¡No! Ese es solamente un amigo de ocasión.

-¡No me digas! ¿Y... hay otra categoría?

-Claro, el permanente. Pero permanente hay uno solo. Es un señor muy respetable y decente.

Maligno de mí, no sólo quería herir, sino remover el cuchillo en la herida.

-Vamos a entender esto, querida Celina. Tenés una docena de clientes...

-¡Hombres!

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-Está bien. Hombres. Una docena, que son algo así como para ir tirando. Pero hay uno respetable y decente, que es el preferido.

-¡Y el que me ayuda más!

-¿Por qué?

-Porque es el que más me necesita.

-¿Por qué? ¿Está enfermo?

-No. Es viejo.

-¿Te necesita para qué?

-Él dice que yo le ayudo a sentirse joven.

-¡Me imagino cómo!

-¡Es así mismo, como te imaginás!

-¿No te da asco?

Me miró con sus purísimos ojos llenos de un triste reproche, y me preguntó:

-¿Por qué estás procurando que sienta vergüenza?

-¿Eso hago? -pregunté hipócritamente.

-Sí, eso hacés. Y no vas a conseguir que tenga vergüenza. No le robo. Le doy lo que quiere, y me da lo que necesito.

-Está bien. Pero yo quise saber si no sentías asco.

-No. ¿Y vos?

-¿Yo? ¿Asco? ¿Por qué?

-Por esa cena que terminaste de comer.

Me levanté de un salto, derribando la silla al hacerlo. Me deshice del poncho, busqué mis zapatos y me vestí, mascullando que en la perra vida volvería a aquel antro de locura, podredumbre y vicio.

-Me voy -dije, y abrí la puerta.

-¿Adónde? -preguntó.

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No le contesté y salí. El frío penetró con uñas de hielo mi delgado traje y la llovizna me cubrió con su manto de humedad. Pero apreté el paso. Me iba. No importaba adónde. Pero me iba. Me detuve en seco. En alguna parte yo había pensado lo mismo y había hecho lo mismo. Irse. No importa adónde, pero irse. ¡Ya! Fue cuando decidí marcharme de mi pueblo. Y ahora la historia se repetía. La cosa no tenía sentido. No se puede vivir para estar yéndose siempre de alguna parte a ninguna. Era cosa de loco. ¿Qué me faltaba? ¿Humildad, fatalismo, conformidad? Pensé en Celina. ¿Un poco más de compasión, tal vez?

¿No pude portarme un poco más decente cuando ella llegó alegre como un arbolito de Navidad trayéndome las lecciones inglés?

¿Tenía derecho a hacer una cuestión capital del origen de aquellas lecciones de inglés? Un vejestorio pagaba una ilusión de juventud y el dinero se transformaba en una oportunidad para uno que sí tenía juventud. Y sí tenía necesidad del inglés. Y sí tenía un frío de mil demonios.

Volví.

No. No me miró con aire de triunfo. Ni se iluminó su rostro con la risa satánica de la araña que sabe que la mosca no puede escapar. Tomó mi saco que había tirado sobre la cama, con sencillez, y lo colgó de un clavo y cuando me senté en la mesa, con sencillez se arrodilló y me despojó del zapato y de las medias: Si es una araña -pensé- es del tipo benigno.

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Puse el primer cassette, y una voz pausada empezó a conjugar el verbo to be. Abrí el libro. Allí estaba, la cosa parecía fácil. Le sonreí, me sonrió. Apagué el aparato.

-¿No vas a empezar «tu» inglés? -preguntó.

-Mañana -le dije.

Me desvestí para acostarme. Ella trajo una toalla y me secó el cabello, apretándome la cabeza contra sus abundantes pechos. Me metí en la cama, tapándome con el poncho, y ella cruzó la cortina que daba a su habitáculo y desapareció. Un momento después volvió, descalza, y apagó la vela encendida sobre la mesa.

La habitación guardaba un resplandor. Más que vi, adiviné que se despojaba del vestido y venía a sentarse en mi cama. Sus manos me acariciaron el vientre por encima de la cobija.

-¿No querés aflojarte? -susurró.

-¿Qué?

-Los hombres necesitan aflojarse. Sacarse de adentro el miedo, la rabia, desatar el nudo de la garganta...

-¿Contigo?

-Conmigo.

-¿Pero no dijiste que soy tu hijo?

-Por eso.

-Es que... eso se llama incesto.

-No me importa como se llama. Vos me necesitás... y yo me abro toda.

Impoluta maternidad de leona. Me corrí en la cama. Se acostó a mi lado, grande, pasiva, poderosa.

Ardido, me aflojé hasta la laxitud más placentera,   —118→   y dormí como un bendito, sin miedo, sin rabia, sin nudo en la garganta.

Pero aquella fue la única, primera y última vez que el sexo intervino. Es que yo no lo quise más, nunca más, y eso bastó para ella, sin orgullo herido ni esas reacciones de hembra ofendida que son, o deben ser, derivación lógica de actuaciones así.

Mi rechazo permanente y su pasiva aceptación quizás resulte difícil de explicar. Pero lo intentaré. Ella había dicho que a los quince años le hicieron un aborto, y la «dejaron huera». Pobre de ella, en esa simple palabra estaba connotada una mutilación inhumana, quizás la destrucción de aquel nido espeso, generoso y cálido donde madura el pichón humano. Y la de esos terminales de las sacudidas totales del éxtasis y del clímax que llevan al placer del sexo a ese fuego abrasador, tierno, final. Todo, para siempre ausente en ella, en la pobre Celina, que vivía del sexo sin saber lo que era el sexo. Concibiéndolo como la obligación mecánica de darse sin recibir, y haciendo que «su» placer fuera sólo el provocar placer en el hombre, instrumento pasivo, voluntarioso, dócil y maleable del frenesí del macho, maestra en todas las artes de provocarlo, pero virgen en todos los modos de sentirlo.

Aquella noche se me reveló esa tragedia, y el despertar al día siguiente fue para llegar a la conclusión de que yo no la había amado, sino la había usado, y ella se había dejado usar para expresar amor, no deseo. Toda ella era una medicina, aunque parezca ridículo decirlo, tanto   —119→   para aquel viejo a quien ayudaba a sentirse joven, como para este joven que estuvo a punto de reventar de presiones interiores, y se descargó todo entero en ella. Nunca más, Dios mío, nunca más.

La busqué y no estaba. Se había marchado muy temprano. Miré por la ventana. La llovizna se había ido y la bolsa de huesos también. En la mesa estaba listo mi desayuno, y como una insinuación, mis lecciones de inglés al lado de la bandeja del pan.



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ArribaAbajo- XV -

Todo el mes de agosto transcurrió para mí en una placentera rutina. Como todo introvertido, y por añadidura cavilador, me gustaba la gimnasia mental, y encontré que el aprendizaje de un idioma era para mí una mina de descubrimientos, y de autodescubrimientos de mis potencias en latencia. Sólo al finalizar setiembre, y era ya Primavera, que me trajo días más cálidos y mosquitos más feroces provenientes de la laguna, tuve un momento molesto, cuando las cintas magnetofónicas y el texto habían agotado su capacidad de enseñarme. Con cierta discreción y con cierta humillación además, informé a Celina que lo que había aprendido correspondía, más o menos, a lo que podía aprender un párvulo, o a lo sumo, un adolescente, y que debería avanzar más, sobre terrenos más adultos, lo que implicaba que necesitaba la segunda serie de lecciones grabadas, y el texto. No frunció el ceño ni hizo pregunta alguna sino sonrió con esa sonrisa de que no hay que preocuparse por menudencias y ya al día siguiente por la noche, volvió con otro paquete, posiblemente   —122→   resultado inmediato de una sesión de rejuvenecimiento con el Número Uno, como yo había bautizado al generoso anciano que había encontrado su fuente de Juvencia en los expertos brazos y vaya a saber qué más de mi benefactora.

Empecé con entusiasmo y provecho el nuevo escalón más empinado de mi conquista de la lengua de Shakespeare, apoyado, admirado y mimado por Celina, que me alimentaba abundantemente, y hasta se preocupó de los tormentos que me provocaban los mosquitos, apareciendo una tarde con un grueso envoltorio de tejidos de nailon, y trayendo a remolque a Sócrates, que armado de clavos y martillo, instaló una defensa contra los malignos vampiritos en las ventanas, y hasta se ingenió para fabricar una contrapuerta protectora de aquel material. El mísero rancho no ganó nada en elegancia, pero el elemento civilizador que implicaba la tela de nailon conformó en cierta medida mi permanente necesidad de confort y decoro. Recuerdo nítidamente que cuando terminó aquel trabajo, Sócrates tuvo una breve charla con Celina, al término de la cual, con aire enojado arrojó el martillo al suelo y se marchó mascullando cosas, y dándose vuelta a mirarme con inocultado rencor. Pregunté a Celina la razón de aquello, y la razón de aquello era que Sócrates creyó justo cobrarse la molestia quedándose a dormir con Celina, pero Celina había dicho no. Le pregunté por qué había dicho no, y ella me respondió que «no cabía» que en la misma casa una pareja hiciera porquerías al mismo tiempo que un joven se estaba matando para ser   —123→   «más gente». Le dije que le agradecía pero que ella había sido muy severa con Sócrates, y que yo era hombre y comprendía esas cosas y que me hubieran insinuado que me marchara por unas horas a vagar allá arriba en la ciudad, actitud que ella descartó por falta de realismo porque con el bruto de Sócrates no había aventura amorosa que durara unas horas sino toda la noche, dicho lo cual, cortó la cuestión con la tajante, y en su caso, asombrosa sentencia de que «un poco de decencia también ayuda».

Plenitud de generosidad, tan suya, y absoluta falta de decencia, también tan de ella, fue el episodio que ocurrió un domingo a la tarde, cuando yo me adiestraba por enésima vez en la pronunciación correcta del último cassette de la segunda serie de lecciones. En aquella ocasión, llegó Celina acompañada de un sujeto alto y flaco, vestido deportivamente, que desde su llegada hasta que se fue, no despegó de la oreja derecha una radio a transistor que al parecer transmitía un partido de fútbol, Celina entró en el rancho y el hombre se sentó afuera, con su aparatito pegado al oído.

-Es un amigo farmacéutico -me informó ella, mientras abría una caja y me mostraba su contenido. Allí estaba toda la farmacopea lanzada al mercado para fatigas mentales, sobre esfuerzos intelectuales, stress por exceso de concentración, neurotónicos y fósforos enriquecedores de la inteligencia y estimulantes de la capacidad mental, en todas sus formas consumibles por la vía oral, comprimidos, tónicos, pastillas, grajeas y hasta unas tabletas de multivitaminas que se echaban en agua y producían   —124→   una agradable y burbujeante bebida refrescante.

-¿Todo esto para mí?

-Con el seso no hay que jorobar, mi hijito -explicó, y luego, en un tono doctoral que quizás aprendió del farmacéutico, me informó que aunque parezca mentira «los sesos también se gastan».

-¿Es una... «ayuda» del farmacéutico?

Sencillamente sonrió, me recomendó que leyera las instrucciones que venían con cada medicina y que aprovechara todo y se dispuso a marcharse con el farmacéutico.

-¿Te vas con él?

-Tiene su «bulín».

-No parece muy entusiasmado...

-¿Por qué?

-Está más interesado en el partido que en vos.

Rió estruendosamente.

-Bobo que sos -dijo-, lo que pasa es que dijo en su casa que se fue a la cancha.

Y se fue. Y cuando lo vi al flaco farmacéutico seguirle dócilmente, con el aparatito pegado al oído, también yo reí estruendosamente. Aquello resultaba sumamente cómico. Lo malo es que descubrí que lo cómico a veces también suele incluir una pequeña dosis de desprecio a uno mismo, sobre todo cuando miraba la tarifa en fármacos que había cobrado Celina por irse con su sigiloso y prudente cliente, perdón, hombre.

En los últimos días de Noviembre, ya estaba atacando con singular éxito un tercer ciclo, de Inglés para   —125→   Ejecutivos, cuando regresó Celina trayendo el diario de la tarde, y en él, un aviso que decía: «Preparo alumnos para examen de ingreso en las Facultades de Arquitectura e Ingeniería. Profesor Fulano de Tal.»

-Quiero que te vayas a saber cuánto cobra -dijo.

-No recuerdo haberte dicho que voy a entrar en la Universidad -repliqué con enojo.

-El que no entra en la Universidá siempre va a ser un burro -declaró.

-Bueno. Yo voy a ser un burro que sabe inglés.

-Yo no sé de qué le sirve el inglés a un burro si no se sacrifica para dejar de ser burro -remachó con su acostumbrada lógica de hierro.

Medité un poco. Yo meditaba en cuestiones éticas, aunque parezca mentira. Pero ella interpretó que mi silencio era resistencia.

-Bueno, haragán de porquería, entramo o no entramo en la Universidá.

-Entramo -le dije, y le prometí que iría a averiguar costos preuniversitarios al día siguiente.

Pero esa misma noche, durante la cena, aquellas cuestiones éticas que dije me preocupaban, volvieron a salir a flor de piel. De modo que hice la pregunta que me atormentaba como una piedrecilla en el zapato.

-Celina... ¿Por qué?

-¿Por qué... qué?

-Todo esto. Si todavía no te diste cuenta, vivo a costilla tuya.

-Así está bien.

-¿Qué es lo que está bien, Celina?

  —126→  

-Que las cosas se balanceen siempre. Vos vivís mediante mí. Yo vivo mediante vos. Empate y todo contento.

-No veo cómo estás viviendo mediante este servidor.

-¿Estás sano, gordo, contento?

-Sí.

-Y yo estoy contenta. Por primera vez desde... desde muy antes, estoy contenta.

-Explícame de dónde viene el contento.

-No sé cómo explicar...

-Procurá.

-Bueno. ¡Me alcancé!

-¿Cómo?

-Me alcancé. Antes de conocerte y tenerte aquí, corría y corría.

-¿Sin rumbo?

-No. Corría detrá de mí misma. Y no me alcanzaba nunca. Ahora me alcancé.

-¿Cómo lo sabés?

-Ya no tengo ganas de correr. Ya no hay necesidá de correr. Me alcancé. Vos que estudiaste mucho has de saber cómo es eso. Explicame vos.

-Sé poco de eso, Celina. Pero presumo que todos corremos detrás de nosotros mismos, de una u otra manera.

-¿Viste, viste? ¿Y qué pasa cuando nos alcanzamos?

-Supongo que alcanzamos la paz.

-¡Eso, eso! -casi gritó de júbilo-. No sabía qué me pasaba. Ahora sé. Tengo paz. Sirvo para algo. Sirvo para alguien. Si no te recibís de doctor te mato. No, no te mato. Me mato.

  —127→  

Tomó mis manos con tanto cariño y las apretó contra su pecho con tanta ternura que por un momento temí que me ofreciera una sesión de aflojamiento. En cambio me ofreció postre, y con un horrendo cuchillo, abrió una lata de durazno, como si la lata fuera de papel.

A la mañana siguiente, fresco, desayunado y feliz, estrenando una guayabera nueva llena de adornos que me hacía parecer un tocador de marimba panameño, un pantalón vaquero y unos cómodos mocasines, todos obsequios de Celina, fui al centro a averiguar la cuestión del cursillo de ingreso a la Universidad. Pero antes de salir, le había aclarado a Celina que si ella quería un Doctor en la familia, aquel aviso del profesor que preparaba a aspirantes a ingenieros y arquitectos no me servía de nada. Y que, por lo demás, yo quería ser Doctor, pero en Ciencias Económicas, porque todavía tenía en mente aquellos once pisos del edificio Imperial, y en el séptimo, un gatazo presuntuoso a quien demostrar lo que yo valía, y una chica a quien demostrar lo mismo, pero en otro orden de cosas.

De tal manera, llegué a la inteligente conclusión de que si quería ser Doctor en Ciencias Económicas, tendría que ir a la Facultad de Ciencias Económicas a averiguar cómo era la cuestión aquella de inscribirse. Hacia allí me dirigí... haciendo un amplio rodeo para pasar por el edificio Imperial. Cuando estuve frente a él, el demonio que llevamos adentro me dijo «sube», y el ángel que llevamos adentro miró para otro lado haciéndose el desentendido. Entré y cuando iba a tomar el ascensor, decidí que mi   —128→   subida hasta el séptimo piso debía ser simbólica, por la escalera, escalón por escalón, piso por piso. Para demostrar qué, no sé. Pero quedaba elegante, y me hacía aparecer hombre de pelea ante mis propios ojos. La liturgia burocrática detrás del cristal era exactamente igual, sólo que eran apenas las ocho de la mañana, y la pila de papeles de la izquierda del Sumo Sacerdote era monstruosamente alta. Abrí aquella puerta que invitaba a entrar, y allí estaba ella, Perla o como se llamara, con sus hermosos ojos y con el bellísimo regalo de una sonrisa que no fue como la primera vez, sacada del manual de la perfecta secretaria, sino florecida en una genuina sorpresa.

-¿You remember me? -le pregunté.

-¡Yes! -me contestó sin poder contener la risa.

-¡I'm the one who couldn't understan english! -le disparé todo de corrido.

-¡I remember! And I seet but I can't believe it -replicó.

-¡Eh! -le corregí-. ¡Your not say! I hear it but I don't believe IT!

-¡Congratulations!

-¡Thank you!

Reímos a carcajadas, como dos alegres idiotas. Hablamos de no sé qué y le dije que estaba con prisa y me iba, pero antes le pregunté si alguna vez me permitiría que la invitara a cenar, y sin decir que no me preguntó cuándo y le contesté que cuando me recibiera de economista y me fui. Bajé de nuevo por las escaleras y descubrí que las grandes alegrías del corazón nos ponen alas... en los pies.

  —129→  

En la Facultad, un cortés funcionario me orientó sobre las materias que debía estudiar y cómo inscribirme para el examen de ingreso. Además me informó que el Centro de Estudiantes había programado cursillos gratuitos para los aspirantes. Como él quiso, volví otro día con mi diploma, me inscribí en el cursillo y la tercera noche que concurrí, con una presuntuosidad estúpida concluí que entre esos párvulos yo no tenía nada que aprender, y no fui más. En el examen de ingreso me presenté con el garbo de Hitler paseando bajo del Triunfo de París. Y salí con el aspecto de perro apaleado de Napoleón embarcando para Santa Elena. Entre doscientos postulantes me tocó el número doscientos y si hubieran sido quinientos, me hubiera tocado el quinientos. Me senté en la acera de la Facultad, imagen de la derrota, preguntándome si bachillerato era bachillerato, o una tomadura de pelo, y con una bola de plomo, equivalente a otro año perdido, empantanada en mi garganta.

Celina, Dios la bendiga, no lo tomó a la tremenda, lo que al final de cuentas no me gustó. Hubiera querido que llorara, se tirara de los pelos y me tratara de vago, inútil e ignorante, y de paso, me diera ocasión de llorar también yo, autocalificarme de cretino e imbécil y derramar abundantes lágrimas sobre sus grandes hombros consoladores. Pero la muy desgraciada dijo algo así como a lo hecho pecho y esto no es el fin del mundo, se emperifolló, salió, no volvió para el almuerzo, y sólo apareció cuando yo me preguntaba si pasaría la noche afuera. Traía un paquete que me parecía conocido, lo   —130→   abrió, y se desparramaron sobre la mesa los doce cassettes y el libro de textos de un curso de francés para principiantes. Era su modo de decirme que en todo naufragio, siempre hay algo útil que salvar, o por lo menos, un tablón para aferrarse.



  —131→  

ArribaAbajo- XVI -

El mes de diciembre, y parte de enero, pasé solo en la casita del bajo, porque Celina fue de viaje al Brasil. Me moría de curiosidad de conocer al «hombre» de turno que se la llevaba de vacaciones, pero ella no dijo nada. Naturalmente si yo le hubiera preguntado me lo hubiera dicho, pero una especie de pudor me lo impidió, un pudor nacido en cierta proporción aritmética por la cual a más hombres en la vida de Celina, mayor era la abundancia del maná caído del cielo para este servidor vuestro. Y mi sentido del decoro, o lo que él quedaba, no salía muy bien parado. Sin embargo, cuando ella preparaba la flamante valija de cuero que se había comprado, tuve un indicio de la naturaleza de la aventura, porque vi, como quien no quiere la cosa, que entre sus ropas introducía una gran bolsa de plástico transparente con unas ropas blancas, unas medias blancas y unos zapatos blancos, con suela de goma: un uniforme de enfermera. De tal suerte que sospeché que el viajero era el Número Uno, el generoso anciano con vocación de joven que posiblemente iba de   —132→   vacaciones con su correspondiente anciana... y se llevaba a Celina como enfermera. Picarón el vejete. Y el colmo de cínica mi benefactora.

La cuestión de mi subsistencia fue generosamente prevista mediante un cheque a mi nombre que ella me entregó, y que alcanzaba para darme la gran vida durante su ausencia. La firma del cheque no me dijo nada, y no hubiera sido nada raro que fuera la del Número Uno, aunque si no lo mismo daba.

Pasé todo diciembre aprendiendo francés y tratando de no mezclarlo con el inglés, con bastante éxito. Y la noche del Año Nuevo, cuando me afligía mi soledad, vino cayendo de visita Sócrates, sin un céntimo y con un hambre de tres días. Fuimos al centro, compramos un pavo y media docena de botellas de sidra y la pasamos en grande, tan en grande, que todo el día primero de enero Sócrates se pasó aumentando el volumen de la laguna vomitando en ella, y yo convenientemente instalado en la letrina, donde podía dar curso por igual a las instancias de las náuseas y de la diarrea que se turnaban para martirizar mi pobre cuerpo.

Al anochecer Sócrates se marchó llevándose lo que quedaba del pavo, yo encendí la lámpara y recordando que tenía familia le escribí a mis padres una carta bastante mentirosa, en la cual les decía que pedía perdón por mi largo silencio, pero había estado ocupadísimo estudiando para ingresar en la Facultad de Ciencias Económicas, cosa que había logrado ocupando el segundo lugar en la lista de los más altos calificados, sólo superado   —133→   por el sobrino del Decano de la Facultad, y que estas cosas no deben amargarle a uno, etc. Les conté también que tenía un empleo en una firma que se denominaba Imperial Sociedad por Acciones, y que mi oficina estaba en el séptimo piso y mi trabajo era recibir telegramas de todo el mundo y clavar alfileres de distintos colores en un mapa del planeta, delicada tarea en la que me ayudaba un Secretario medio tonto de apellido Quiñónez. De paso, les informé que había recibido suma cum laude un diploma de profesor de Inglés y que ahora estaba empeñado en una licenciatura de francés avanzado. Finalmente, les rogaba que no me escribieran a la dirección de mi trabajo porque el lema de la Empresa era «no mezclar la vida privada con la responsabilidad» y que en mi próxima carta les indicaría a qué dirección escribirme, porque estaba por conseguir un departamento con vista a la Bahía, en cuanto lo desocupara el experto yanqui que estaba por irse a su país. Cuando terminé la carta y lo releí sentí una genuina admiración por mí mismo, es decir, por el hasta qué grado de majadero y mentiroso puedo llegar a ser, pero en el fondo, estaba feliz. Le estaba empujando a mi padre a mirar a mis queridos hermanos como unos pobres infelices comparados con el brillante hermanito menor. Además ya veía a mi madre recorriendo casa por casa toda la cofradía de las Devotas del Señor, mostrando aquel documento que testimoniaba la conquista de Asunción por un hijo del pueblo que a mayor abundamiento, era también su hijo.

Envié la carta sin arrepentimiento alguno y cuando   —134→   volvía del correo, trayendo además unos libros sobre finanzas y economía que había comprado, encontré a Sócrates que había vuelto. Y acompañado. Ella era una damisela flaquita, blanca y pecosa que sorprendentemente, cuando reía, mostraba todos los dientes, grandes, enormes, sanos, como si las cosas se hubieran vuelto al revés y en vez de ser ella una chica con dentadura, parecía más bien una dentadura con una chica alrededor. Con malísima condición de actor, Sócrates me contó la triste historia de que ella era una pariente recién llegada de la campaña, y no había encontrado la casa de la madrina a la que venía destinada y que apelaba a mi generosidad para darle hospitalidad hasta que él localizara a la madrina. No me faltó mucha imaginación para darme cuenta de que aquella chica era una previsión más, y una provisión más, de Celina, que había encargado a Sócrates la satisfacción de las necesidades sexuales de su querido hijito. De manera que le dije a Sócrates que no me tomara por tonto, por inmoral y por inútil. Bajó la vista humillado y me confesó que lo que yo pensaba era la verdad y que se sentía muy avergonzado. Lo miré severamente y lo invité a irse inmediatamente con su vergüenza y sin la chica, que se quedó tres días en los que actualicé todos mis conocimientos franceses menos el idioma.

Celina volvió el 15 de enero, exactamente cuando mi curso elemental de francés ya estaba completado y yo me sentía listo a pasar a escalones siguientes. Sin embargo, tuve que esperar una semana para que ella volviera con el consabido paquete, y atribuí aquella tardanza a que   —135→   el Número Uno todavía estaba haciendo cuentas de lo que había gastado en el Brasil y sobre las exigencias cada vez más desmedidas de Celina, y había tardado un poco más de lo acostumbrado en sacar la billetera. Con todo, en el curso del año culminé las tres etapas de la enseñanza, que completé, tanto en inglés como en francés, mediante un sistema inventado por mí: acopiar de las casas importadoras de la ciudad cuantos catálogos traían automóviles, heladeras, medicinas y maquinaria agrícola y ponerme laboriosamente a traducirlas al castellano. De esta manera, aquel año perdido en la Universidad fue provechoso en otros órdenes, porque dominé ambos idiomas, y de paso, aproveché al máximo una «beca», sí, una beca que un día me trajo con aire triunfal Celina, para estudiar un curso gratuito, gratuito al menos para mí, de dactilografía. Como puede apreciarse, las interminables relaciones de Celina trabajaban sin parar en beneficio del equipaje del que me estaba haciendo, para tentar un modo más práctico de conquistar la ciudad, allá arriba. Sin embargo, como no todo es completo en este mundo, ni perfecto, que yo sepa, Celina nunca pudo incluir en su colección un ejemplar de librero, de suerte que para ir formando mi biblioteca de obras de Economía, Economía Política, Sociología y Finanzas, tuve que ahorrar mucho de lo que ella me daba bajo el rubro de «para distraerte un poco». De más está decir que para dar el toque final al frenesí de saber que me había apestado desde que fallé ignominiosamente en el ingreso a la Facultad, me devoré aquella literatura que algún día me llevaría hasta el último piso del   —136→   Edificio Imperial.

El año pasó velozmente. Estaba de nuevo inscripto en el cursillo preparatorio para tentar el ingreso a la Facultad, y asistía religiosamente a todas las clases, y aunque parezca mentira, me sentía feliz y en paz con mi conciencia.

Celina ausente, solo en la casita, viendo la estrellada noche de diciembre a través de la tela antimosquitos de la ventana, con la cabeza reposando sobre la almohada y los oídos ya acostumbrados al croar de las ranas de la laguna, reflexionaba sobre todo y sobre nada, en ese delicioso y poco comprometedor ejercicio de dialogar conmigo mismo que mi soledad, mi falta de amigos, y la mente bastante bruta de Celina, toda una nulidad como interlocutora para un sujeto de mi categoría intelectual, me habían acostumbrado.

-¿Valió la pena salir de allá, de mi pueblo? Contesta con sinceridad.

-Valió.

-¿Dime por qué valió?

-No es fácil. Hay que volver a Jesús cuando dice que por los frutos lo conoceréis. Y soy el fruto mismo de un árbol nuevo con raíces nuevas. Sé inglés. Sé francés. Conozco las grandezas y las miserias del Capitalismo. He aprendido lo que son las ideologías, cómo nacieron, qué quieren destruir, qué quieren construir y qué caminos toman, y hasta dónde llegaron. Me siento abrumado por las tres cuartas partes de la Humanidad que pasa hambre y por la cuarta parte restante que pasa miedo y guarda su pan y su   —137→   vino en sus cajas fuertes, y vende sus productos a precio de locura y compra su petróleo a precio de suicidio. O viceversa. Ahora tengo una idea de lo que es este podrido mundo y de lo que hay que saber y aprender para mantenerse lo más lejos posible del hedor.

-¿Recuerdas tu dolor cuando no pudiste impedir que aquellos caballos fueran al matadero?

-Lo recuerdo.

-Lloraste.

-Claro que lloré.

-¿Por qué cambiaste?

-Yo no cambié. Me cambiaron el mundo en que creía iba a vivir.

-Palabras. Yo diría que aquel niño que puso luto en su corazón porque los pobres eran sacrificados, crecería para luchar porque en el mundo no existiera hedor.

-Estoy en eso.

-Mentira. Acabas de decir que todo lo que estudias y todo lo que aprendes no es para evitar que existan hedores, sino para ubicarte donde no los huelas. En algún último piso, por ejemplo. Has cambiado.

-No. Me han cambiado.

-¿Quiénes?

-Ellos. Mi pueblo petrificado en la conformidad, mi Colegio que me mintió. Mi padre que concibe la familia como un casillero. Mi madre anestesiada para el amor.

-¿Los desprecias?

-No, pero quiero ser distinto. Quiero pensar distinto.

-¿Como qué?

  —138→  

-Como que la vida no es una invitación. Es un desafío, yo lo he aceptado.

-Lo sé. Volviéndote un ambicioso maníaco.

-¿Eso soy?

-Eso, y más que eso, también un amoral.

-Vamos, no tanto...

-Sí, amoral, un zángano adherido al costado de una prostituta.

-No se dice zángano, se dice lapa, o rémora. Y como se diga, al fin, es el camino que me ofrece la Providencia.

-¡Hipócrita!

-Está bien. Lo soy. Pero... ¿amoral? Voy descubriendo, hermano, que la moralidad es cosa compleja, tiene muchos matices. Ella lo dijo. Es feliz. Está contenta, terminó de correr, se alcanzó y está gorda de sí misma. Está plena de sí misma. Bienaventurados los pobres de espíritu, dijo Jesús, pero no dijo por dónde debería venir la bienaventuranza, y con eso nos dejó la facultad de elegir, y ella me eligió a mí, y ahora conoce el éxtasis, no el de la carne, sino el del espíritu, hermano. Le miro la cara cuando pasa el plumero sobre mis libros. Parece Santa Teresa frente al altar. No le enseñaron a adorar a Dios ni a temer el pecado y cautelar la salvación de su alma, pero es una santa en bruto, o una santa bruta. Intuye que los libros son objetos sagrados que guardan el Conocimiento, y que el Conocimiento es el Camino. Ha hecho de los libros Su culto, de mi persona el Elegido y de sí misma la fanática, o llámala la beata que ofrenda todo con alegría, su cuerpo, su pan, su dinero, su tiempo y su angustia. Por lo tanto,   —139→   hermano, te prohíbo que me hables de moral. Sencillamente, no cuenta.

-Entonces, hablemos de lo amoral.

-No es tan malo como parece.

-¿No?

-No. Porque cuando estamos vacíos de perspectivas es lícito desechar una moral que sólo sirve de lastre y asumir una nueva. Si una vieja moral me condena a ser esclavo y una nueva me permite ser libre, la elección no es difícil.

-¡No eras esclavo!

-Lo era de un mostrador, de un pueblo donde me faltaba el aire y estaban tratando de meterme a la fuerza en un casillero. Dios me sacó de allí.

-¡Ofendes a Dios!

-¿Por qué? Él me instaló aquí. Me salvó de morir de frío y dio un hijo a una prostituta huera, y a mí me dio en ella...

-¡Eh! ¡No ofendas a mamá!

-Está bien. No ofendamos a mamá.

Lo dicho, en paz con mi conciencia, y feliz, me dormí.



  —140→     —141→  

ArribaAbajo- XVII -

Una noche, después de que yo había regresado de mi cursillo, y Celina me esperaba en casa, cenábamos a la luz de la lamparita a pila con dos tubitos de neón (made in Hong Kong) que había substituido a la lámpara «mbopí», formando los dos un bello cuadro de vida familiar, Celina se despachó con una nueva ocurrencia. Fue después que yo le contara que practicaba mi inglés con un compañero de cursillo que era profesor y traductor y que éste estaba asombrado de que lo hubiera aprendido solo; y que practicaba mi francés con una pareja de jóvenes increíblemente hermosos e increíblemente sucios que solían venir de siesta a la laguna a pescar ranas, presumiblemente para comérselas, pues yo no le veía otro destino a los pobres batracios ni otros recursos a aquellos hediondos hippies, cuando ella se despachó con la susodicha ocurrencia.

-Estoy contenta de que vayas a entrar en la Facultá -me dijo-, pero no estás completo.

-Sé inglés, sé francés, soy dactilógrafo. Si te refieres al portugués...

  —142→  

-No. Hablo de otra cosa. No estás completo.

-¿Como qué...?

-Como hombre.

Pensé que la vida relativamente casta que llevaba la había inducido a atribuirme algunas carencias ofensivas, y me enojé.

-Creo que una vez te demostré...

-No es eso...

-Y si le preguntás a tu amiga la dentuda flaca...

-¡No es eso!

-¿Entonces por qué no estoy completo?

-Un hombre tiene que estar preparado para no hacer nunca de mirón por donde sea que ande...

-¿Y...?

-Tenemos que aprender algunas cosas de hombre.

-Para no ser mirón -dije sin comprender nada.

-Y para no ser menos que nadie. En ninguna parte.

La miré entendiendo a medias. Por una vaga asociación de ideas, imaginé allí mismo una leona madre que le decía al cachorro que bueno hijito ya es hora de que aprendas a cazar y vamos a salir por ahí a empezar con algún conejo viejo, gordo y torpe.

La cosa no resultó exactamente así, pero bastante parecida. Ocurría que la idea que Celina tenía de «estar preparado para no hacer de mirón por donde sea que ande» y «no ser menos que nadie», era que un hombre que se respete debía tener, aparte de lo que enseñaban los libros, algunas habilidades que en conjunto vendrían a ser algo así como el equipaje para practicar en vivo y en   —143→   directo eso que los estudiosos llaman relaciones públicas. Hasta había mandado hacer una lista de lo que ese verano me iba a enseñar para ser «un hombre completo». Sacó de las profundidades de su corpiño un papelito doblado que contenía aquella lista, obviamente no redactada por ella, sino posiblemente, por un amigo que se tenía por sabio y de vuelta de todas las cosas. Leí la lista y no dejé de darle cierta razón a aquel obscuro pedagogo, porque contemplaba la solución de situaciones en las que el que no está preparado hace el papel de bobo o de inútil, o de ambos a la vez. En concreto, la lista decía que: 1) aprender a nadar; 2) aprender truco; 3) aprender a manejar un arma de fuego; 4) aprender a bailar; 5) aprender a aguantar la bebida más fuerte, entre paréntesis «muy útil en la campaña»; 6) aprender a montar a caballo y 7) aprender a manejar automóvil. El hecho de que la lista no incluía aprender a jugar fútbol y a tocar el arpa, revelaba por otra parte que Celina creía en un destino superior para mí.

Me guardé el papelito en el bolsillo con la sonrisita tolerante de quien piensa «me gusta la idea pero vamos a dejarla para después.» Pero había olvidado que cuando Celina decidía algo, del dicho al hecho no hay trecho alguno, tanto que a la mañana siguiente, apenas amanecía, era prácticamente arrancado de la cama por Sócrates, mientras Celina a su lado sonreía de oreja a oreja ofreciéndome un hermoso pantalón de baño color azul eléctrico. De modo que la cosa empezaba con las lecciones de natación que me iba a proporcionar Sócrates. Miré su corpachón redondo y pesado y me pregunté con cierta   —144→   aprensión si mi profesor sabría nadar. Sabía. Pero como profesor de natación no resultaba muy académico, pues todo su sistema consistía en llevarme al río, en un lugar donde había barranca a pique, pegarme un empujón hacia las aguas profundas, contemplar sonriendo malignamente mis desesperados pataleos y sacarme medio muerto y con diez litros de pestilente agua que había tragado en la barriga. A la cuarta tentativa de homicidio, milagrosamente, jubilosamente, logré flotar. Y a partir de allí todo fue fácil. Aprendí a nadar. Ya podía alguna futura dama millonaria de mi relación invitarme a su mansión con piscina de azulejos y aguas templadas y ya no estaría condenado al papelón de confesar que no sabía nadar, o de meterme torpemente en la zona reservada a los párvulos de la piscina. Así era como funcionaba la mente de Celina, cuando se empeñaba que ninguna situación tomara desprevenido a su precioso hijo adoptivo.

Los seis aprendizajes restantes me dieron una medida más clara de la variedad del sindicato de ayudadores de Celina. Aunque parezca mentira, el truco me enseñó un viejo profesor de Derecho, de quien sospeché que era el autor del descabellado plan de estudios a que me estaban sometiendo para ser el gran hombre de todas las ocasiones. Con él, no sólo aprendí a jugar pasablemente aquel juego, sino que el juego mismo era como esos viajes largos en avión en que uno se sienta al lado de un desconocido al empezar el viaje, y al terminarlo, es como un amigo de toda la vida, confidencias incluidas. Y justamente una de sus confidencias fue que sus relaciones   —145→   sexuales con Celina consistían simplemente en mirarla, ya que por la edad ya no estaba para otros trotes. Ahora bien, mirarla cómo y haciendo qué y qué tipo de placer sacaba de su afición de mirón, no se lo pregunté nunca, por pudor y porque al fin de cuentas, todos llegaremos a viejo y la mente y la carne tienen extraños caminos. Todo lo contrario de este provecto amante pasivo, fue el Sargento que me enseñó a manejar un arma, cuyas tendencias empecé a comprender cuando me explicó que él había leído en alguna parte, y lo creyó como un versículo de la Biblia, que el arma era la prolongación simbólica del miembro masculino, de tal manera que aquel varón que mejor manejaba el arma, de ser más varón podía presumir. El Sargento era ayudante de un General que tenía una quinta que tenía a su vez un stand de tiro, y logró permiso de su jefe para usar aquellas instalaciones para «convertir en macho a un civil medio monflórito» según me explicó el General que le había dicho su ayudante, una vez que vino a contemplar cómo yo apuntaba el blanco y acertaba un árbol que estaba diez metros de distancia. De ello, ya se verá que como tirador yo sería un fracaso completo, conclusión a la que arribé yo a las dos semanas de practicar y de tener un zumbido en el oído hasta cuando dormía, y a la que arribó mi instructor después de contar con aire culpable cerca de cuatrocientas cápsulas servidas que había malgastado en mí. De todos modos, se consoló recordando que había prometido a Celina enseñarme a manejar un arma y no a ser un campeón de tiro, y que ya podía darnos por satisfechos con que yo supiera cómo se   —146→   cargaba un arma, cómo se apuntaba, cómo se liberaba el seguro y cómo se disparaba. En qué dirección ya pertenecía a los misteriosos determinismos del más puro azar. Para siempre.

Felizmente, en lo referente a montar a caballo, yo ya tenía algunos antecedentes, y toda la lección que necesité para ser un jinete pasable fue pasar dos días de un fin de semana en una estancia del Chaco, donde el capataz me tomó como alumno. En esos dos días, averigüé con tangenciales preguntas que el favor de convertirme en centauro de las praderas no provenía del capataz, sino del dueño de la estancia, quien, cuando lo conocí, me llevó al colmo del asombro, porque se trataba de un anciano caballero sentado en una silla de ruedas que jugueteaba todo el día con su transmisor de aficionado instalado en la estancia, y era permanentemente atendido por una enfermera que lo seguía a todas partes arrastrando una mesita de ruedas atiborrada de medicamentos. Durante la cena (me invitó gentilmente a su mesa) el anciano mostró un inusitado interés en los progresos que yo estaba haciendo en eso de «hacerme hombre». Le expliqué el significado real del pensamiento de Celina al respecto, y me di cuenta que mi explicación lo sumía en una mustia tristeza que no pude explicarme... hasta que llegó su hijo, ya a la hora del postre y conduciendo un polvoriento Alfa Romeo Sport. Él y su auto formaban una absurda combinación, por la poderosa masculinidad de la rugiente máquina y por la lánguida femenidad del sujeto, cuyas largas pestañas trepidaban como alitas de mariposa   —147→   cuando se fijaba en mi persona. Lo que se dice, un maricón irremediable. En fin, atando cabos y recogiendo indicios sueltos, llegué a la conclusión de que el anciano, que posiblemente en mejores tiempos había gozado de los encantos y habilidades de Celina, alentaba el sueño imposible de movilizar los conocimientos profesionales de mi madre postiza para despertar las dormidas potencias varoniles de aquel hijo único, fuente de su trágico desencanto de viejo. Traté de adivinar a qué medios, a qué terribles amenazas echaría mano el anciano para lograr que el joven consintiera en el honor de entregarse a manipulaciones femeninas, y con muda tristeza, anticipé el completo fracaso del experimento. Se veía que el pobre muchacho vivía alentando un solo sueño dorado: viajar a Dinamarca donde dicen que se hacen operaciones realmente milagrosas.

Aprendí a bailar con la flaca de los grandes dientes con el simple procedimiento de acompañarla en sus correrías nocturnas por los locales del ramo, y combiné este aprendizaje con el que correspondía a asimilar a lo macho el whisky más puro y la caña más ardiente, con el resultado de que una mañana desperté sentado en un roñoso automóvil abandonado en un gran galpón de un taller mecánico, cuyo personal, y tampoco yo, pudimos explicarnos jamás cómo había venido a parar yo a semejante lugar. Finalmente, un taxista increíblemente gordo y asquerosamente libidinoso me enseñó a manejar, y mientras yo aprendía, por las noches, no paraba de detallarme todas las veces y todas las posiciones en que había hecho   —148→   el amor con Celina, además de una docena de variantes. El hombre parecía un Kamasutra viviente y practicante. Pero a pesar de todo, aprendí a manejar, y unos días después Celina me pidió dos fotos tipo carnet, que se los conseguí, y a la semana siguiente apareció por la noche un misterioso sujeto que puso en mis manos mi flamante registro de conductor y se llevó a Celina.



  —149→  

ArribaAbajo- XVIII -

Un atardecer, fatigado de estudiar mis temas del cursillo, abandoné el rancho, subí la barranca y desemboqué en la ciudad. No quería más que descansar. No pensar, y como eso es imposible, pensar en nada. Me senté en un banco, en una de las plazas de la Costanera, y me dediqué a contemplar el vuelo gracioso de las golondrinas, con ese algo de danza triunfal que tienen los airosos desplazamientos aéreos del pajarillo en cuestión. Borrachera de espacio y de libertad, dominio absoluto del viento, poderosas alas para volar por toda la redondez del planeta huyendo del frío y siguiendo al verano, si tendría que haber un pájaro sagrado, debería ser la golondrina, pero que yo supiera entonces, y ahora tampoco, la golondrina nunca figuró en ninguna mitología, como el Ibis de los egipcios o como las águilas carniceras que están como motivo central, reinas de la heráldica, de los insolentes escudos de los Imperios y de las Naciones que sin ser Imperios, no dejan de ser imperialistas. Sin embargo -me decía en mis abúlicas reflexiones de aquella tarde tranquila-,   —150→   si la mitología y la heráldica olvidaron a la golondrina, la poesía la ha redimido, y en mi mente fluyeron el recuerdo de tantos poemas hermosos y antiguos, desde Bécquer hasta Amado Nervo, pasando por José Asunción Silva, Darío, Peza, que vieron en el vuelo de la golondrina la parábola del sueño y del ensueño, y la incorporaron a la eternidad de sus poemas vencedores del tiempo.

Tan sumido estaba en este delicioso divagar, que apenas tuve conciencia de que alguien se sentaba a mi lado en el banco. Y sólo supe que tenía compañía cuando escuché como un murmullo de enojo. Miré al extraño, y allí estaba aquel anciano que gruñía para sí, como mascando algún recóndito rencor personal. Se dio cuenta de que yo le miraba curioso, y me dijo:

-Ud. jovencito, se está preguntando qué demonios estoy mascullando. Y no se extrañe. Porque le voy a contar un secreto: soy mascullador de oficio.

-Un oficio bastante raro, señor.

-¡Nada de raro! ¡Basta llegar a viejo y ya está! Ya verá cuando Ud. sea viejo, aprenderá a mascullar.

-Pero me parecía que Ud. masculla con rencor.

-No hay otra forma de mascullar. Con rencor.

-¿Y contra qué masculla, señor?

-Mire a su alrededor. ¡Vamos, mire, mire! -me urgía.

Le complací y eché una mirada circular.

-¿Qué ve? -preguntó.

-Nada. Mejor dicho lo de siempre.

-¿Una ciudad, no?

-Sí, señor. Una ciudad.

  —151→  

-Una ciudad ingrata, jovencito.

-¿Cómo?

-No sé si me podrá entender, muchachito.

-Trataré.

-¿Sabes lo que es la ingratitud? -preguntó.

-Tengo una idea.

-Es arrancarnos una parte de nosotros mismos. Esta ciudad es ingrata. Estoy sentado aquí, mascullando, porque me cerraron el café donde antes iba a conversar. Pasé por esa esquina, ¿sabes?, y donde estaba el café está el esqueleto de algo que va a ser, no el esqueleto de algo que fue. Una construcción nueva, para oficinas, tal vez. Un esqueleto sin alma para un edificio sin alma. Han llenado la ciudad de agujeros. Echaron las casas viejas donde moraba la vieja alma de la ciudad, y la han reemplazado por agujeros. ¿No es locura? A veces... tengo miedo de salir de mi casa y al volver no encontrar ya mi casa sino un gran agujero. Ya ni siquiera conozco mi barrio, donde había un vecindario de gente cálida que armaba sin querer una gran confabulación para capturar la felicidad: una felicidad de una cuadra de larga. Compartida, cuyo punto más alto era la amistad del almacenero y el borracho que parecía haber nacido al pie del mostrador y allí estaba destinado a morir. Pero ahora el vecindario ya no es la gran confabulación para la felicidad, porque cada casa se aisló de sus hermanas, y en cada casa hay una conspiración para tener la mejor heladera, la TV más grande o el auto más lindo. Camino hasta la esquina, ¿sabes?, y las piedras gastadas de la acera me dan ganas de llorar, porque ya no   —152→   están los que allí dejaron sus huellas... ¿Dónde fueron los amigos? Murieron o se fueron detrás del hijo médico a Norteamérica a vivir una vejez de intruso en un barrio gringo. El último de mis amigos vendió la casa y se fue a vivir a un departamento. Nunca le visito porque le tengo terror a los ascensores. Me queda salir a pasear, pero mi vieja me quita el valor cuando me dice que cruzar la avenida es un suicidio... Además... ¿Adónde voy a ir? ¿Al Puerto, a ver cómo parten los barcos de pasajeros y los pañuelos mojados dicen adiós a los viajeros? Ya no hay barcos, ni hay pasajeros. Y si voy al Puerto a pasear y a recordar, corro el peligro de que un güinche me decapite. Además, ya nadie viaja en barco, para ir coleccionando paisajes. Todos viajan en avión, para ahorrar horas inútiles... ¿Te das cuenta?

-Me doy cuenta, señor -le contesté.

-Bien. Esta era una ciudad juiciosa. Uno iba al paso que quería empujando su propia vida. Cambió.

-Le sigo, señor.

-Ahora es una ciudad ambiciosa. Ya nadie empuja su vida hacia adelante. La vida le empuja a uno. ¿Se da cuenta de la diferencia?

-Sinceramente no, señor.

-Es medio duro de coco, jovencito. ¿Ud. estudia?

-Sí.

-¿Para qué?

-Para realizarme.

-No lo va a conseguir.

-¿No?

  —153→  

-No. La ciudad lo va a encasillar. Ya no es el hogar, es la fábrica. Mire a su alrededor. Fiebre de crecer. Los rascacielos brotan como hongos. De repente hay mucho dinero. Y el dinero no se guarda, se invierte que es como decir se muestra. Se muestra con descaro y con insolencia. Todavía no sabemos cuál es el edificio más alto de Asunción, pero cuando lo sepamos va a venir un batallón de ingenieros, una caterva de arquitectos, un malón de financistas dispuestos a levantar el edificio más alto que el más alto. ¿Para qué? Para que la maquinaria siga andando.

-Vaya, ¿qué maquinaria?

-¿Pero quién es Ud.? ¿El Bello Durmiente del Bosque que acaba de despertar?

-Algo parecido.

-¡Se ve! ¡Qué maquinaria! ¡La que multiplica los bancos señor mío; la que hace brotar como hongos las financieras, las inmobiliarias, las cajas de ahorro y préstamos! ¡La que moviliza a los grandes pescadores que le ponen gordas lombrices a sus anzuelos para que muerdan las multinacionales y nos pongan hoteles de cinco estrellas! ¡Qué maquinaria! Como ingenuo Ud. es el campeón, muchachito.

-¡Ilústreme!

-¡No se burle, eh! ¡Qué maquinaria! ¡La maquinaria del gran banquete, muchachito! ¡Con una gran mesa donde el ambigú no alcanza para todos! ¡Para las Consultoras, para las Concisas, Parafrisas, Protofrisas y Putrefrisas! ¡Para cambiar todo, todo! ¿Recuerda los juegos florales?   —154→   ¡Qué va a recordar! ¡Los poetas se reunían a leer sus poemas y había una reina rubia que premiaba al mejor con una corona de laureles! ¡Ya no hay juegos florales para la juventud! ¡Hay licitaciones, concursos de precios! ¡Hay adjudicaciones y subadjudicaciones! ¿Sabe Ud. lo que es un Aquelarre?

-¡Tengo una vaga idea!

-¡Era una reunión de brujos que invocaban al demonio!

-¿Y eso qué tiene que ver con lo que me está diciendo, señor?

-¡Ya no se llama más Aquelarre!

-¿No?

-¡Se llama Consorcio!

-¡De modo que los consorcios son el nuevo culto del demonio!

-¡Peor! ¡Porque por lo que sé, el demonio fue siempre pobre! ¡Los consorcios son el nuevo culto del Dinero!

-¡Señor, si me permite, respeto sus puntos de vista, pero está en un error!

-¡No me diga! Eso sí que está bueno. ¡Yo, en un error! ¿Por qué?

-Es sencillo. Ud. condena el progreso, señor.

-¿Le parece?

-Sí. Y perdóneme la crueldad. Porque es viejo. Y el progreso lo dejó de lado.

Me miró con esa profunda, tolerante lástima de quien sabe todo frente a uno que no sabe nada, nada de nada.

-¿De modo que su bendito progreso me dejó de lado por   —155→   viejo? -preguntó.

-Así es -repliqué.

-¿Y a Ud., muchachito?

-A mí no me va a dejar de lado, señor.

-Claro que no. No lo va a dejar de lado, pavote. ¡Lo va a digerir!

Se levantó enojado, y repitiendo para sí que pobre joven destinado a ser deglutido en esta merienda de negros que se llama progreso, y qué progreso, progreso, bah. Y se marchó.

De pronto, el vuelo de las golondrinas perdió para mí todo su encanto. Aquel viejo amargante me había dejado un sedimento de atemorizadas presunciones. Decidí volver a mi cálido refugio de la laguna, y cuando me dirigía hacia el bajo volví la mirada hacia la ciudad enmarcada por el crepúsculo. Aquellos aislados edificios de altura parecían dedos admonitorios elevados al cielo. Y algo de amenazante había en la poderosa rudeza de los esqueletos de los grandes edificios en construcción.



  —156→     —157→  

ArribaAbajo- XIX -

Aprobé, no sin ciertas angustias, el examen de ingreso en la Facultad. Y aquella hazaña mereció el festejo de un pantagruélico banquete que compartí con Celina y Sócrates. Sócrates, que no entendía muy bien la razón de aquel jolgorio y la naturaleza de mi triunfo, preguntó si de entonces en más debería llamarme doctor. Yo le dije que no pero Celina le dijo que sí, y agregó para mi beneficio que era bueno que ya fuera acostumbrando mis oídos a tan cortesano tratamiento. Después de todo, sólo faltaban seis años. Una bicoca para un tipo tan inteligente como yo.

Seguía con regularidad los cursos cuando las cosas empezaron a cambiar. Y el tal cambio empezó cuando una noche Celina me dijo:

-Él te quiere conocer.

Entendí que se trataba del Número Uno. Que era el único «Él» en nuestras conversaciones. Los otros eran mencionados solamente por su nombre, pero «Él» era él.

-No veo para qué -contesté.

  —158→  

-Te quiere conocer -repitió.

Yo no sabía que él supiera de mi existencia. Por eso me extrañó un poco.

-¿Le hablaste de mí?

-Claro. Sabe todo.

-¿Qué es todo?

-Todo. Yo le cuento todo.

-¿Te interroga?

-Tiene derecho a saber qué hago de su plata.

No me gustó mucho la idea de presentarme a aquel caballero con el currículum y la facha de un caficho a medias.

-Nos espera mañana -dijo ella y terminó con todas mis dudas. La dolce vita tendría necesariamente su lado amargo, y tarde o temprano lo enfrentaría. Simplemente, había llegado el momento. Imaginé la entrevista e imaginé también lo profundo que sería la humillación de esos detenidos de la Gestapo, desnudos frente a sus interrogadores. Algo de eso presentía en mi porvenir inmediato.

Llegamos al atardecer a la casa. Situada en una avenida silenciosa, apenas se la veía detrás de unos árboles inmensos. No había jardín, sólo árboles, nutridos, verdes, nudosos, eternos. La casa era grande y sombría. Un viejo vestido con un traje de mecánico que tenía en sus grandes bolsillos una tijera de podar nos abrió el portón de hierro. Intuí que algo no cuajaba en el viejo y traté de adivinarlo. Y lo adiviné: la tijera de podar. Allí no había nada que podar, a no ser con una topadora, de manera que llegué a la conclusión de que la tijera de podar era parte   —159→   del uniforme del portero, o una justificación de su sueldo. Detrás de los viejos árboles cuidados por el viejo portero estaba la vieja casa, cuya vieja puerta hicimos sonar con el viejo llamador de bronce, y como ya me imaginaba, abrió la puerta una vieja mucama que saludó cariñosamente a Celina y luego me miró con esa mirada que dice más o menos de modo que es éste, como si hubieran pasado largas sobremesas hablando de mí. Si me permiten ser demasiado reiterativo, les diré que la casa me pareció por dentro más vieja que por fuera, porque por fuera sólo se veía vejez. Adentro se la respiraba, con esa mezcla de olor a cuero, madera, entierro y encierro que tienen las casas con mucha carga de tiempo, vida, y recuerdos.

En pos de la mucama subimos una escalera de mármol, ancha y curva, que en algún tiempo perdido habría tenido una alfombra roja por donde bajaba al salón una tímida doncella de blanco vestido de fiesta para bailar en el salón su primer vals con un airoso Capitán con uniforme de gala que después moriría sin pena ni gloria en una revolución inútil.

La mucama golpeó discretamente una puerta, nadie dijo adelante, pero ella abrió lo mismo, y entré en el vasto despacho del Número Uno. Celina se había quedado afuera y la mucama se retiró silenciosa como un fantasma. El Número Uno estaba de pie, con las manos cruzadas en la espalda, como un General que medita.

La primera impresión que me causó, forjó en mi mente una frase: un viejo león. Pero un viejo león idealizado,   —160→   porque un viejo león posiblemente tuviera la melena despellejada, la piel comida por los gusanos, las costillas al aire y los ojos medio ciegos. El Número Uno era un viejo león tallado en mármol por un artista que jamás conoció un viejo león. La blanca y lustrosa melena, el porte majestuoso de su cuerpo viejo pero erguido, la mirada aguda. Si se pusiera una túnica sería idéntico a Charlton Heston haciendo de Moisés.

-Acérquese, jovencito -rugió.

Sí, rugió, porque tenía una voz profunda, de barítono, metálica, vibrante. Hubiera jurado que el sonido de esa voz había movido los caireles de la araña que colgaba del techo. Me acerqué preguntándome si debía besarle los zapatos, las manos, o algún grueso anillo del gran-algo, duda de la que me arrancó dándome la espalda y encendiendo la luz de un velador sobre su escritorio. Cuando se volvió a mí, la luz sólo alumbraba la pechera de su camisa blanca y su rostro quedaba en las sombras.

-Viejo de mierda, tienes un sentido bastante desarrollado de los efectos dramáticos -pensé en lo más recóndito posible.

Me miró largamente. Dios mío, otro Dr. Quiñónez no, imploré mentalmente. Se desplazó lentamente, separó su silla y se sentó frente a su escritorio, haciendo que la luz le diera de lleno en la cara. Si trataba de impresionarme, y hasta de asustarme o simplemente de ponerme en mi lugar, de caficho a medias, lo consiguió ampliamente. Resulta toda una hazaña tener 23 años, la conciencia emporcada, estar de pie sin saber qué hacer con   —161→   las manos, y sostener la mirada fría y azul de unos ojos enmarcados bajo unas tumultuosas cejas blancas.

Me preguntó de pronto mi nombre, pero en inglés. Se lo dije en castellano, porque no había otra manera. Luego mi edad en inglés.

-Veintitrés -le dije en inglés.

-Dígame por qué Ud. me parece un tipo raro -preguntó en inglés.

-Posiblemente porque sale poco de su casa, señor -contesté en inglés y con suicida audacia.

-Explíqueme eso -me ordenó en francés.

-El mundo está lleno de tipos raros -repliqué en el mismo idioma-. En realidad, forman mayoría.

Soltó una risa profunda, y los caireles se movieron, sin duda alguna.

-Celina tiene razón -sentenció en castellano-. Es Ud. un muchacho inteligente.

-Gracias -le dije en castellano.

-Me puede servir -agregó.

-Gracias.

-No se apresure en agradecerme, joven. Aún tengo dudas.

-No le comprendo, señor.

-Me gustan los jóvenes que luchan y van adelante. Como Ud.

-Gracias -ya me estaba resultando fatigoso decir gracias a cada instante.

-Lo que no me gusta es su método.

-¿Mi método?

  —162→  

-Ud. explota a una mujer.

Lo dijo con tanta crudeza que sentí subir la furia. La peor, la de los tímidos.

-Es la misma que Ud. usa -le dije.

No se le movió un pelo de la ceja.

Yo le pago -afirmó tranquilamente.

-Y yo le hago feliz -repliqué.

-¿Y en qué trabaja?

-En hacerla feliz.

-Trabajo cómodo.

-No lo crea, señor. Mientras desempeño mi trabajo, debo repetirme veinticuatro veces al día que no soy un corrompido.

-¿Y se convence de que no es un corrompido?

-Ni sí ni no. Dejo la respuesta para después. Lo que importa es caminar, ir adelante, como Ud. dice.

-A muchos caminantes no les importa ir pisando caca de perro.

-Y todos los que llegaron pueden comprarse un zapato nuevo.

-¿Piensa que Ud. va a llegar?

-Pienso.

-¿Por qué?

-Ud. lo dijo. Soy inteligente...

-Y cínico.

-O inocente.

-¿Inocente Ud.?

-Sí. Ud. trata de hacerme creer que hago mal. Yo no veo mal por ningún lado.

  —163→  

-La incapacidad de ver el mal no es inocencia.

-Y la propensión de ver el mal donde no existe es paranoia.

-¿Dónde aprendió eso?

-Leo mucho.

A esta altura de este duelo a floretes verbales, yo había madurado una vehemente sospecha. Y pregunté:

-Señor. ¿Me está probando Ud.?

-Sí -me respondió.

-¿Para qué? ¿Qué se propone?

-Usarlo. ¿No invertí dinero en Ud.?

-Sí. Pero no me gusta ser usado.

-Digamos entonces, en beneficio de su delicado sentido del decoro, que va a ser empleado.

-Eso suena mejor.

-En el futuro tendrá que acostumbrarse a tragar lo que no le gusta.

-¿Futuro? ¿Qué futuro?

-Venga conmigo.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Lo seguí, a dos pasos de distancia, envidiando sus anchos hombros y su cuello musculoso. Salimos al corredor y al extremo del mismo había otra escalera, que subimos en silenciosa procesión. Se detuvo ante una puerta y golpeó. Desde adentro llegó una vocecita tremolante que dijo «Entren». «Entren», en plural, como si estuviera esperándonos. Entramos. Allí estaba la compañera del león, que no era una leona, sino una delicada porcelana china. Si las muñecas envejecieran como los seres humanos, aquella dama   —164→   sería una muñeca vieja, muy vieja. Me pregunté dónde estaría Celina.

La quise ver. Tanta vejez junta ya me abrumaba. Cuando miraba alrededor buscando por casualidad algo joven o algo nuevo, escuché lo que pude definir como un berrido. Miré a la vieja dama. No era ella, porque ella no tenía nada de animal sino todo lo contrario, y aquel berrido tenía connotación primitiva, como el primer llanto de un mamut bebé nacido en una caverna, allá en el amanecer del tiempo. El león patriarca me tomó de los hombros y me acercó al sillón donde la dama estaba sentada, frente a la ventana abierta, por donde no veía paisaje alguno, como corresponde, sino el espeso follaje de un umbroso mango cuyas ramas parecían querer meterse en la casa.

-Es él -dijo el caballero, exhibiéndome a la dama, como un viejo Cruzado que trae prisionero un joven moro que será educado para paje.

-Es guapo -dijo ella, sonriéndome y mostrando una perfecta dentadura postiza que parecía pegada sólo con saliva, porque sobraba algo.

-Gracias -dije yo, pensando que la próxima vez traería un cartelito con la palabra «gracias» colgado del cuello.

-Además, Celina dice que es Ud. un hombrecito muy inteligente.

¿Celina? ¿Qué diablos pasaba allí? Como si leyera mi pensamiento, ella me tranquilizó.

-No se escandalice, muchachito. Celina es como de la familia. ¿Comprende?

  —165→  

-Comprendo.

-No, muchachito. No comprende nada, y se está preguntando hasta qué punto Celina es como de la familia -se volvió al marido-. Díselo.

-Entre nosotros no hay secretos -explicó el viejo.

Existe cierta forma rara de sentir vergüenza. Es la vergüenza que uno siente cuando está con personas que deberían sentir vergüenza y no la sienten. Así me sentí yo. Buscaba algo para decir que lo comprendía y que no estaba yo para moralizar, cuando el silencio fue roto por otro berrido. Y esta vez me di cuenta que aquel sonido de cubil venía de detrás de una gran puerta que no había visto al entrar en la habitación. Marido y mujer notaron mi curiosidad, se miraron y se dijeron con la mirada que ya llegará el momento de explicarle.

-Somos dos viejos solos -me declaró, sorpresivamente, el dueño de casa.

El berrido, o lo que sea, volvió a oírse claramente. Espeluznaba. Asustaba.

-No tan solos -respondió la anciana, mirando aquella puerta que parecía conducir a una era de caos y de nacimiento. Lava, fuego, planeta joven preñado de vida.

-Quiero decir que no tenemos familia -aclaró el viejo.

-Él es nuestra familia -le discutió la anciana.

Hablaban entre ellos, pero con ese curioso tono de quienes hablan para un tercero. Yo. Lo que no comprendía era qué papel me reservaban.

-Venga -me dijo el anciano, volviendo a aferrarme del hombro y conduciéndome hacia aquella puerta.

  —166→  

Me dejé llevar con cierto miedo. Él abrió la puerta, y me agredió una bocanada de hedor animal. El viejo león me obligó a entrar.

El hombre estaba tendido boca abajo en la cama. Acababa de defecarse encima y una enfermera (sí señor, vieja enfermera) le aseaba el traste con una toalla mojada y luego trataba de arrancar la nauseabunda sábana de debajo de aquel hombre, o lo que quedaba de él en piel, hueso y cabellos completamente grises. Como si fuera un niño, la diestra enfermera le vistió un fresco pijama de seda y con habilidad que da la práctica lo tumbaba hacia allá y tendía la sábana que quedaba para acá, y lo giraba por acá y alzaba por allá.

El viejo león me empujó hacia aquella miseria. Volvió los ojos hacia mí, berreó horriblemente y se metió un pulgar en la boca y empezó a chupárselo.

Zombie, me dije, recordando un cuento haitiano. Muertos vivos.

-Tiene 32 años -me informó el viejo león, con una voz sin emoción, como si me estuviera informando la temperatura ambiente. Es terrible como la gente se acostumbra a sus tragedias.

-¿Su hijo?

-Lo que queda de él. Le faltaba un año para recibirse de abogado.

-¿Un accidente?

-De automóvil. Está descerebrado. Es un vegetal. Para siempre. Vamos.

Me llevó afuera. Apenas me dio tiempo de ofrecer   —167→   mis respetos a la vieja dama que contemplaba el follaje del mango y me sacó al corredor. Bajamos la escalera por donde bajara en un tiempo mejor aquella doncella vestida de blanco y llegamos al salón. Allí me detuve y lo encaré francamente.

-¿Adónde nos conduce todo esto, señor?

-Todo conduce a la muerte, jovencito.

-No busco explicaciones macabras, señor.

-Yo moriré. Mi mujer morirá. Mi hijo seguirá viviendo.

-¿Y...?

-Ud. seguirá viviendo.

Era tremendamente críptico. Pero empecé a comprender. Pero allí terminó la conversación porque con su voz de trueno llamó a Celina, que apareció en el acto, como si estuviera escondida detrás de algunos de los sillones del salón.

-Está bien por hoy, Celina -dijo el anciano, me miró y continuó-; me lo traes el jueves.

«Me lo traes el jueves», como si yo fuera un paquete.