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Las citas son, al pie de la letra, las siguientes: «Juan del Valle y Caviedes era un poeta cachondo» (1993: 55), «se chunguea el poeta» (Ibid., 60), «Valle y Caviedes era todo un caballero español, tan católico como su maestro Quevedo» (Ibid., 80), «[Caviedes] Era un machote que tuvo de todo, una hija habida en buena guerra [?] y seis hijos legítimos» (en J. del Valle y Caviedes, 1993: 21, n. 5), «Tenemos pruebas suficientes [?] de que Valle y Caviedes (al igual que su maestro Quevedo) tenía debilidad por las faldas, pero sin ser feminista» (Ibid., 376, n. 5), cf. en J. del Valle y Caviedes (1994: 26, 267, n. 3, 289, n. 14, 409, n. 38).

 

32

Habremos de notar que salvo García-Abrines, ninguno de los críticos caviedanos del siglo XX ha privado a Caviedes su calidad de criollo, cf. M. L. Cáceres (1975: 15, 42, 96, 128), Echagüe (1943: 31), Carilla (1982: 261-262), Arias Larreta (1970: 261), Xammar (1947: 77, 79-80, 90), Reedy (1982: 295, 1984: XLIX), Tamayo (1992: 302), etc.

 

33

Cit. National Enquirer del 16/6/98, p. 61.

 

34

Véase la relación de dichos documentos en la adenda de este capítulo.

 

35

García-Abrines (1993: 94) concibe al mismo Caviedes estrictamente como «poeta barroco andaluz» mientras que A. Alonso (1967: 200, 202) sin dejar de anotar el nacimiento de Caviedes en Porcuna, se refiere a él como «poeta satírico peruano».

 

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Carpentier (1987: 97) escribe también: «la verdad es que la palabra 'criollo' es un elemento vital para el entendimiento de nuestra América, madre América, América mestiza, que es nuestro continente. Esa palabra 'criollo' que aparece por primera vez en un tratado geográfico, en México, en el año 1574, esa palabra 'criollo' es la que habría de seguirnos a todo lo largo de la obra de los hombres que afirmaron en los siglos XVII, XVIII y XIX nuestra personalidad, nuestra presencia y nuestra entidad».

 

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Algo muy semejante a lo que sucede con el Corpus sorjuaniano, cf. N. M. Scott (1993: 163).

 

38

Por ejemplo, García-Abrines (1993: 80) defiende que el poema De corazón, amo y creo, la religión protestante incluido en el Manuscrito de la Biblioteca de Madrid (17.494), es impublicable «no por ser hereje, sino porque poéticamente es detestable». Ésta y muchas otras purgas son justificadas triunfal y gastronómicamente por el mismo García-Abrines (Ibid., 96): «Había que hacer justicia al jaenés. Su Diente del Parnaso que antes era un revoltijo de tripas es ahora una deliciosa y picante madeja, digna de ser saboreada con el caldo más fino de Jerez».

 

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Empecinada la Madre Cáceres (1972: 4) por «establecer la propiedad» de cada poeta, tienta linderos utópicos: habla (1975: 87, 112, n.) de «reconocer lo auténtico caviedano de lo que no lo es» y también (1990a: 216, 217, 221) nada menos que de «ofrecer al lectoría obra del autor en su estado original...».

 

40

No faltan, desde luego, voces que destacan la índole popular del corpus caviedano como J. Prado (1918: 69), A. Arias Laneta (1970-259, 260), D. R. Reedy (1982: 295), A. R. de la Campa y R. Chang-Rodríguez (1985: 225), J. G. Johnson (1993: 87). Sin embargo, en todos estos casos se impone la sumisión a los criterios autoriales.