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11

Cf. J. C. Johnson (1993 99).

 

12

Cf. D. R. Reedy (1984: XLIV).

 

13

Cf. L. García-Abrines (Ibid.). Al referirse Reedy (1984: XLIV) a la exclusión de los poemas religiosos de Caviedes por Odriozola y Palma, convierte una conjetura en una verdad: «¿Fueron suprimidos por los editores para no cambiar la imagen truhanesca de Caviedes? ¡Lógico y muy posible!». G. Bellini (1966: 157) opina por su lado que «la poesía religiosa de Caviedes» es «la parte menos interesante de su obra» y Reedy (1982: 298; 1984: XXVII) también piensa que «los poemas religiosos y filosófico-morales representan, a nuestro parecer, la parte menos original e interesante de la obra de Caviedes».

 

14

M. L. Cáceres (1972: 3, 9).

 

15

M. Menéndez y Pelayo (1913, 192, n. 1) advertía ya respecto de las obras atribuidas a Caviedes que «el estilo de la mayor parte de ellas no es el de Caviedes, ni siquiera parece el de un solo poeta, sino de varios cuyas obras se mezclaron con las suyas en las colecciones manuscritas». Palma (1899b; 248, n. 1, 253) denunciaba a fray Agustín Sanz por plagiar a Caviedes en 1710 (cf. García-Abrines, 1994: 15, 17-18) y García-Abrines (1993: 61-64) suprime los epigramas de John Owen traducidos por Francisco de la Torre pero atribuidos a Caviedes. L. A. Sánchez (1940: 82) pensaba que las poesías caviedanas «de índole elegiaca muchas de ellas [...] bien pudieran pertenecer a un autor distinto», algo similar ocurre con la variante de un poema de J. Martínez de Cuéllar (cf. E. Carilla, 1946, J. del Valle y Caviedes, 1984: 523, n. 1, 1990: 772-773) que J. Prado (1918: 72), mal informado, ensalzaba como «una elegía digna de los grandes místicos españoles, maestros de la Edad de Oro». Otros poemas de dudosa autoría o de distintos autores insertos en los manuscritos de Caviedes han sido recensionados por Vargas Ugarte (1947: X-XV), D. R. Reedy (en J. del Valle y Caviedes, 1984: 499-524), L. García-Abrines Calvo (1994: 12-25) y M. L. Cáceres (1990a: 216, 221, 222, 767-806) que al referirse al manuscrito de la Universidad de Duke, reconoce: «si es verdad que es el más nutrido de todos los manuscritos conocidos, la causa hay que buscarla en la inclusión, por parte del copista, de un número relevante de composiciones que no pertenecen a Caviedes y otras que se le atribuyen (y esto se evidencia por la fraseología y el estilo ajenos al poeta). Lamentablemente, en algunos casos, no podemos comprobar este aserto por falta de textos que lo avalen». Luego reitera que «algunos manuscritos, los más voluminosos, nos dan la impresión, durante el curso de la copia, de ser conjuntos heterogéneos de obras de otros autores que han sido consignadas, en una especie de extraño entrevero, con las poesías de Caviedes. Esta falta de coherencia interna y temática de la mayoría de los códices ha sido la dificultad mayor y más grave al fijar el texto concordado».

 

16

Por ejemplo, no es lícito anular de los manuscritos tres sátiras «malas y con erratas, y la última aun sin rima» y suprimir 15 composiciones por razones de «estilo» (L. García-Abrines, 1993: 64, 1994: 19-21) o censurar en el Corpus caviedano que «no todos sus versos pueden ser calificados de aceptables porque no estaríamos en lo cierto. Existen algunos verdaderamente monótonos, prosaicos, faltos de inspiración» (M. L. Cáceres, 1975 117). Este proceder recuerda la leyenda atribuida a Praxíteles que a fin de dejar para la posteridad sólo obras perfectas, destruía toda aquella escultura que no le salía bien..., sólo que aquí en vez de ser el propio autor quien determina lo que no debe publicarse con su nombre, son los críticos quienes se encargan de esa labor. Finalmente, todo género de juicios inductores de opinión a priori, compete a los lectores no a los editores de esos textos.

 

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Las estrofas mencionadas dicen: «Ríete de ti el primero / pues con simple fe sencilla / crees que el médico entiende / el mal que le comunicas. // Ríete de ellos después / que su brutal avaricia / vende por ciencia, sin alma, / tan a costa de las vidas. // Ríete de todo puesto / que aunque de todo te rías, / tienes razón. Dios te guarde / sin médicos ni boticas».

 

18

R. Jakobson (1973: 16) escribía en 1921: «¡Dejemos a los otros atribuir al poeta los pensamientos enunciados en sus obras! Hacer asumir al poeta la responsabilidad de las ideas y de los sentimientos, es tan absurdo como el comportamiento del público medieval que apaleaba al actor que representaba el papel de Judas».

 

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Lohmann Villena (1990a: 17) habla de «la fácil proclividad a trasponer a su persona [de Caviedes] el centelleo de sus mordaces epigramas y sátiras, que desde luego parecen crepitar de pasión» y Bellini (1966: 155) sostiene que «en la poesía de Caviedes no existe dato seguro». A este propósito, S. Freud (cf. E. Freud, L. Freud e I. Grubrich-Simitis, 1978: 269) advertía a S. Zweig algo que quizá conviene recordar ahora: «uno no puede volverse biógrafo sin comprometerse con la mentira, el disimulo, la hipocresía, la adulación, sin contar con la obligación de enmascarar su propia incomprensión. La verdad biográfica es inaccesible. Aun si se llegara a tener acceso, uno no debería valerse de ella».

 

20

Curiosamente Reedy (1984: XXVIII, XXX) llama al enunciador de todos los poemas «narrador» y «narrador lírico».